12 junio 2013
¿Tirso de Molina o Jorge Javier Vázquez?
16 mayo 2012
El día que el bosque de Birnam subió a Dunsinane
09 abril 2012
Nuevos aires en la dramaturgia

Grooming
Paco Bezerra
Artezblai, 2012
ISBN: 978-84-939657-0-9
65 páginas
9 €
Joaquín Blanes
Sin duda hay una nueva hornada (me gusta esta palabra, me recuerda al pan recién hecho, al tacto crujiente de la corteza y a la ternura de su miga caliente); una nueva hornada de dramaturgos que están abriéndose paso entre la vieja escuela de Sinisterra o Alonso de Santos y genialidad incontestable de Juan Mayorga o Juan Cavestany (sólo hay que ver Hamelín o Urtain para apreciar estos dones).
Autores como Juan Carlos Rubio, que dentro de una corriente, digamos, más comercial, escribe y pone en escena obras con una estructura muy singular (Humo o Tres); otros como David Desola que con La charca inútil o Gracia Morales con NN12 llenan el escenario con problemas sociales enriqueciéndolos con una sensibilidad inusitada y muy atractiva. Hay otros, más bien otra, como Angélica Lidell, que buscan romper la tranquilidad del patio de butacas y hacen que se remuevan los espectadores en sus asientos, incómodos ante la brutalidad de lo que están viendo, que no es más que un reflejo singular de nuestras propias miserias.
El caso de Paco Bezerra es curioso, porque, si no recuerdo mal, es el primer dramaturgo que obtiene el Premio Nacional de Literatura Dramática sin haber estrenado una pieza en condiciones, cuando digo en condiciones me refiero en un teatro conocido y con una compañía formal. Este almeriense sorprendió con su obra Dentro de la tierra, porque tiene la particularidad de afrontar temas sociales bastante delicados de poner en escena, porque hieren la sensibilidad del espectador acomodado, del espectador del teatro comercial, del espectador herencia de la astracanada de Pedro Muñoz Seca y su Don Mendo.
Ahora publica Grooming en Artezblai Editorial y El Teatro de La Abadía, dirigido por José Luis Gómez, estrenó el pasado 1 de febrero en Madrid la puesta en escena de esta obra. Paco Bezerra carece de poética, tiene un lenguaje directo, lleno de referencias cinematográficas y actuales, no escribe pensando en lo onírico sino en la expresión directa. Juega con el secreto dramático, bastante previsible en esta obra, y con el intercambio de roles, protagonista-antagonista, el hombre es un lobo para el hombre, nadie es candoroso 'per se', nadie es malo sin una disfunción atávica. Esto ya lo mostró hace mucho Tenesse Williams con sus complejos personajes de El zoo de cristal o en Un tranvía llamado deseo, la bondad y la maldad habitan en el interior de las personas y se muestra o aflora según qué condiciones.
Sin embargo, Paco Bezerra tiene un don, que es el ritmo en los diálogos, la propensión a presentar con humor situaciones frágiles o molestas; aunque realizar una felación en el teatro ya no es cosa de asombro, acostumbrados a La Fura del Baus o a la mismísima Angélica Lidell. Una cuestión que resulta más gratuita que necesaria para el desarrollo de la trama, tal vez por esa tendencia postmoderna de poner en guardia o desagradar al público para llamarle la atención; hay otras maneras para incomodar al público, basta con el tema que se trata, hubiese bastando con la tensión que se genera en ese 'chat' que mantienen los dos protagonistas. En este caso la obra no precisa de ese detalle felatorio porque la obra en sí es molesta por el tema, el ciberacoso sexual a menores, es decir, 'grooming', anglicismo que agrada tanto a la psicología moderna. Como bien dice la protagonista: “Te diré por qué: este país está lleno de paletos que piensan que el castellano es poco técnico y que estas cosas quedan mejor en un idioma que nadie entiende.”
El cambio de roles es esperado en todo momento, porque con sólo dos personajes en la obra, se sabe, que la sumisión y la dominación se intercambiarán en cualquier momento. La cuestión es en qué momento y por qué razón, y para eso, tendrán que leer la obra, ir a verla al teatro o ambas cosas.
En este caso y aunque se trate de una crítica del libro, como en todo lo referente al teatro, una obra se escribe con la intención de ser representada. Ningún dramaturgo escribe para publicar, esto es un extra que, tal y como está el mundo de la edición teatral en este país, es una hazaña que sólo se atreven a realizar determinadas editoriales: Alianza porque tiene a los clásicos, Tusquets porque tiene, entre otros a Dürrenmatt, La uÑa Rota en pequeñas dosis y Ñaque y Artezblai porque tienen una vocación y una valentía que ni siquiera el mal momento que pasa la publicación teatral les hace perder la ilusión y el arrojo que deberían tener otras editoriales.
La puesta en escena que ha realizado José Luis Gómez es excepcional, tal vez el tempo, como dice un buen amigo, el “tempo Abadía” la haga en determinados momentos excesivamente lenta; pero Gómez le ha sacado partido en varias cuestiones: la primera en el universo onírico que la obra original no destaca, el tema de Alicia en el país de las maravillas, ese comienzo con el conejo es formidable; la segunda es que ha sabido interpretar con sabiduría el humor que esconde el texto y que José Luis Gómez ha querido mostrar con algunos guiños muy divertidos como el detalle del coche. Lo que es cierto es que el teatro afronta un nuevo reto y es que tiene que abrirse a las nuevas tecnologías, algo que ya está en la obra de Bezerra y que la dirección de escena ha sabido incluir justificadamente como un elemento más que ayuda a la historia a completarla y no a proyectar elementos anodinos que no apoyan el texto sino que lo entorpecen o acallan.
20 marzo 2012
De la luz y la sombra

El Sunset Limited
Cormac McCarthy
Mondadori, 2012
ISBN: 978-84-397-2502-2
96 páginas
14,90 €
Traducción de Luis Murillo Fort
Coradino Vega
Las novelas de Cormac McCarthy se caracterizan por una prosa incisiva, de una riqueza y una plasticidad tan seca como penetrante; una recreación del paisaje físico casi orgánica, en la que la naturaleza se convierte en otro personaje; una constante reflexión sobre el mal y lo apocalíptico; y una difuminación de las referencias deícticas que exige al lector estar muy atento para saber quién está hablando. Esos elementos, tan presentes en Meridiano de sangre o en su Trilogía de la frontera, brillan sin embargo aquí por su ausencia. Porque, escrita a la par que su aclamada La carretera (2006), El Sunset Limited se trata de una obra teatral en un solo acto, protagonizada por dos personajes claramente acotados en un espacio desde la primera línea reconocible: “Una habitación en un bloque de pisos de un gueto negro de Nueva York”. Pónganles las caras de Samuel L. Jackson y Tommy Lee Jones a estos personajes porque ésos fueron los rostros que protagonizaron la adaptación televisiva que dirigió el segundo para la HBO. El negro es un expresidiario que, tras una reyerta carcelaria, escuchó la voz de Jesús. El blanco, un profesor universitario para quien la única razón de estar vivo es tirarse a las vías del tren en el momento en que entre el Sunset Limited en la estación a más de cien por hora. El primero ya ha evitado que el segundo lo haga y, a modo de ángel de la guardia, lo retiene en su casa para que no lo vuelva a hacer. La suya es una misión evangélica. Intenta razonar con el blanco por qué ha llegado a esa situación y hacerle cambiar de punto de vista.
El diálogo empieza de una forma acartonada pero rápidamente alcanza la tensión de contraponer dos cosmovisiones 'a priori' irreconciliables. El blanco sólo ha creído en la cultura, pero “la civilización occidental se esfumó finalmente por las chimeneas de Dachau”. Por lo que a día de hoy no le queda nada a lo que agarrarse. Ha sido precisamente el conocimiento y la preponderancia del intelecto lo que le ha llevado a ver el mundo como un campo de trabajos forzados. Para el negro, en cambio, toda pretensión de conocimiento es vanidad (“Dentro de mi cabeza no hay pensamientos propios”, “Le sorprendería el poco tiempo que paso tratando de entender la vida”, “Mi manera de ver el mundo es muy limitada”), y sugiere si no ha sido esa arrogancia de la razón la que le ha conducido a la desesperación autodestructiva. Sin embargo, la obcecación del blanco es inflexible: “Si la gente viera el mundo como lo que es. Si viera lo que la vida es realmente. Sin sueños y sin ilusiones. Dudo mucho que nadie pudiera aportar una sola razón para elegir la muerte lo antes posible”. Cuando el negro le pregunta qué de malo hay en ser feliz, el blanco replica que la felicidad es contraria a la condición humana. El coraje de pretender lo contrario, más que insuficiente, es una farsa. Y el negro asiste perplejo a las consecuencias de la lucidez: a la brillante verbalización del no, a la irrefutablemente lógica evidencia de que la visión pesimista siempre es la correcta.
NEGRO: "Dígame, ya que no le convence esta vida, ¿cómo cree que tendría que ser?"
BLANCO: "Ni idea. Pero así no."
Ante ese potencial, al negro sólo le queda contraponer la fe, algo que por supuesto el blanco únicamente reconoce en personas con una grave carencia, mientras que el negro lo ve al revés: “El que no cree tiene un problema. Se ha propuesto desentrañar el mundo, pero cada vez que descubre algo que no es verdad deja otras dos dudas en su sitio”. Él sólo puede ofrecer una receta: “O amas a tu hermano o mueres”. Pero su capacidad argumental, la insuficiencia del lenguaje para cimentar la afirmación o verbalizar la “gracia” de la que hablaba Flannery O’Connor, no puede competir con las armas dialécticas de una razón dispuesta a demostrar su inexistencia. ¿Cómo hacer ver a quien sólo ve sombra que la luz está en todas partes y que la sombra la produce quien se empeña en no verla? De ahí que la misión del negro se troque en una terrible prueba de su propia creencia. Está claro que el blanco quiere el perdón, pero ¿y si no hay nadie a quien pedírselo? La lucha impotente por salvar al profesor choca de lleno contra el silencio del universo.
No hay por tanto aquí atmósfera de 'western', ni distopías, ni concomitancias con Hemingway o con Faulkner. Este Cormac McCarthy prescinde del envoltorio y simplifica el escenario y el lenguaje para mostrar en crudo los grandes temas de la humanidad: el sentido de la vida, la muerte, Dios, la felicidad o el conocimiento. Y aunque estemos ante una obra en apariencia menor por su comienzo titubeante y un final tan enorme como dramáticamente precipitado, McCarthy —con este despojado diálogo que nos hace acordarnos de Platón y de los ilustrados del siglo XVIII— elude toda contingencia y se atreve a penetrar en lo esencial para, como Shakespeare, llegar a la conclusión de que si existe una verdad no tiene más remedio que ser dialógica.
En un tiempo en el que la literatura le ha dado la espalda a los grandes temas en aras del detalle o del solipsismo, no le falta razón a Harold Bloom cuando considera a Cormac McCarthy un clásico vivo.
07 diciembre 2011
Alas para llegar al tesoro
La epopeya de las alas
Rafael Cansinos Assens
Arca Ediciones, 2011
ISBN: 978-84-937287-7-9
32 páginas
2 €
Manolo Haro
Un escritor no sólo puede tener valor por lo que otro afirma de él. Al menos eso es lo deseable. En todo caso, el tiempo, ese silencioso e incesante crítico literario, es el que despeja las nieblas de los ditirambos dionisíacos que, por muy diferentes intereses, alguien recitó a la luna de los charcos en honor al supuesto artista. Rafael Cansinos Assens fue durante un tiempo una sombra desconocida a los pies de la alargada figura de Jorge Luis Borges, que lo reconoció como maestro y que lo consideró un extenso y detallado atlas del saber literario. Poco a poco la salida a la luz de la obra del autor ha ido ayudando a que las palabras de admiración del argentino se hayan convertido paulatinamente en un mero eco que se apaga y que así nos permite oír la portentosa voz de un autor que no necesita de coros para poder ocupar un puesto de importancia dentro de la literatura española.
El joven Cansinos vio la tienda del Romanticismo cerrada ya por agotamiento, vivió el Madrid bohemio y modernista, abrazó posteriormente la causa ultraísta y convino (o convinieron por él) que el exilio interior en la posguerra era su mejor salida para no acabar en lugares más lúgubres si cabe. Este acelerón biográfico no puede obviar que el sevillano, mientras Gómez de la Serna pontificaba en El Pombo, orquestaba otra tertulia en El Colonial a la que asistía un jovencísimo y entusiasta Borges. Vivía en la Morería, muy cerca del ultraísta viaducto donde muchos encontraron –como diría Max Estrella– la regeneración con un vuelo. Esta etapa vital figura maravillosamente viva en sus no menos excelentes tres tomos de memorias La novela de un literato. El franquismo lo depuró por llevar una “vida rara” (cuestión esta muy vinculada a sus relaciones con el mundo judío) y por consiguiente lo despojó del carné de periodista. Hasta el año de su muerte, el autor llevó una titánica tarea de traducción para la editorial Aguilar, vertiendo al castellano a autores como Goethe, Dovstoieski o Balzac, entre otros, y Las mil y una noches y el Corán. Todo ello acompañado de un aparato crítico que aún hoy sorprende por su profusión y (a veces extraña) originalidad.
El librito que nos ocupa deja ver de manera original la concepción de Cansinos Assens en torno al arte y cómo ésta fue su elección como forma de vida allá por los años veinte. El camino hacia la belleza requiere de la renuncia a cualquier vínculo con todo lo que no sea, según Théophile Gautier, “el arte por el arte”, por lo que profesarlo supone consagrarse a algo parecido a un apostolado secular. Si el arte es una religión, la entrega es su único credo. La epopeya de las alas es un ejercicio estilístico y genérico al que el lector tiene que llegar con las coordenadas de producción, estética y tradición literaria muy claras. Podríamos referirnos a la obra como un híbrido entre el teatro lírico y la reflexión poética en torno al arte, contenido en una especie de diálogo renacentista atravesado por cierto tono dramático y modernista que en ese momento ya se consideraba crepuscular.
Madre y hermanas aguardan la vuelta del hijo y el hermano respectivamente que, tras haber dado el salto al “azul” del arte vuelve “sin alas” a la casa materna con los alegóricos muñones del fracaso. “¿Cómo pudiste esperar que conquistarías ese azul, inaccesible emporio, infranqueable Eldorado de tesoros ardientes, que nadie podría tocar, abismo defendido por sus propias luces, desierto lleno de espejismo fatales? ¿Cómo pudiste esperar el prodigio, ¡oh!, hijo mío?”, le dice la madre a un vástago que se ve como un Perseo blandiendo la cabeza de la Gorgona en su mano, un Belerofonte a lomos de Pegaso, un Elías subiendo al cielo. Ya había dado Cansinos a la imprenta El divino fracaso (Valdemar, 1996) en 1918, un ensayo entre memoria y confesión visto desde un lirismo quizás más medido que en La epopeya de las alas. En aquel libro hacía un recorrido por la ardua y sacrificada tarea del literato. “Pienso que la mayor victoria de un artista sería no dominar su arte, sino abandonarlo... ¡Qué verdaderamente victoriosos seríamos entonces, libres de toda carga, pasando entre las cosas con manos cándidas y vacías y sueltas, sin ese gesto ya de cazadores de lazo!”, afirma. El poeta sin alas de La epopeya, muy al contrario, engolfado en la belleza y el azul acepta el fracaso como un don de su destino de poeta y, como si de un anti-Rimbaud se tratara, sueña con volver a mirar con sus ojos ese “azul” que Darío tomó como “el color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, color oceánico y firmamental”.
Es probable que este título que publica ahora el Archivo Cansinos Assens (ARCA), diligentemente guiado por Rafael Cansinos hijo, no suponga más que un detalle anecdótico entre toda la producción cansiniana, una simple mota suspendida en el aire celeste que supone toda la creación del autor. Su obra crítica (publicada por la Diputación de Sevilla en 1998 y tristemente agotada) es dueña de una agudeza indiscutible. Los tres volúmenes anteriormente citados de sus memorias literarias (ahora en Alianza Bolsillo los tres tomos) ejercen sobre sus lectores una fascinación absoluta. A la espera quedamos los amantes de Cansinos de la publicación de sus diarios de guerra, ejercicio idiomático –está escrito en muchas de las lenguas que dominaba el autor– y del corazón donde el escritor se pone a prueba en ambas tierras. Posiblemente estos apuntes de la conflaración civil guardarán testimonio del momento anterior a cuando el fulgor de aquel joven incandescente dejó de brillar a la luz del día y pasó a relumbrar en la noche estrellada y silenciosa de su labor del exilio interior, ésa que ahora nos va llegando para el deleite de los amantes de la buena literatura.
24 mayo 2011
El mundo es un escenario

El torturador arrepentido
Carlos Salem
Talentura, 2011
ISBN: 978-84-937659-6-5
136 páginas
13 €
Fran G. Matute
Ecléctico y virtuoso como pocos, el argentino Carlos Salem está decidido a hacerse un hueco en nuestra literatura (que es ya por derecho la suya). Novelista, poeta, organizador de festivales, conductor de blogs y tertulias literarias, relatista, director de colecciones... y ahora dramaturgo.
Reconozco que hacía siglos que no leía una obra de teatro. Quizás porque siempre he pensado que el teatro ha de verse representado en un escenario y lo contrario es como leer una letra de una canción sin que se encuentre acompañada por su melodía: un ejercicio más poético que otra cosa, un acto incompleto y onanista a través del cual se corta el cordón umbilical que une una obra con su creador y su público. Salem cree firmemente en este vínculo a tres bandas, por eso aboga por la perfopoesía y la sana crítica literaria cara a cara. Pero un servidor no ha tenido la oportunidad de asistir a las representaciones llevadas a cabo por la Compañía Brétama Teatro, así que mi acercamiento a El torturador arrepentido es meramente desde el papel y la soledad de mi habitación, un acercamiento que sin embargo, a la vista de la idiosincrasia de la obra, me ha deparado momentos de estremecimiento que dudo mucho hubiera podido percibir a través de la representación teatral.
Cuenta Salem en esta obra la historia de una venganza planificada a sangre fría con el telón de fondo de la dictadura de Videla. Una sangre fría que cuesta calentar llegado el momento. Pero no busquen en el texto un posicionamiento político más allá de la evidente repulsa a un sistema autoritario. Salem enfrenta a sus personajes con su pasado y sus actos y los abandona en el abismo de la duda. Y lo hace utilizando técnicas narrativas más propias de la ficción televisiva actual, rompiendo la cuarta pared, mostrando en escena al mismo personaje en su juventud y su madurez, discutiendo consigo mismo, intentando buscar sentido y coherencia a unas decisiones que se tomaron bajo el yugo del miedo, la coerción y el egoísmo. Salem no nos propone una lucha entre el bien y el mal sino entre la legitimidad y la redención.
Así que tenemos un personaje como Julio, un infante torturado por la milicia argentina que se transforma, una vez borradas sus señas de identidad y refugiado en España, en Jorge Luis (efectivo juego de palabras con dos de los grandes escritores argentinos). Por otro lado encontramos al torturador, conocido durante los tiempos más crueles como El Lobo y hoy día dócilmente retirado, cómo no, en España conviviendo en sociedad bajo su verdadero nombre, Horacio. Julio-Horacio, Lobo-Jorge Luis, Lobo-Horacio, Julio-Jorge Luis... Salem enfrenta a todos con todos, pasado y presente, torturador y torturado, torturador y militar retirado, joven inocente y adulto ávido de venganza. Monólogos intimistas y reflexivos, diálogos enfurecidos y subyugantes, convierten a El torturador arrepentido en un carrusel de tensas emociones.
Sin ánimo de desvelar detalles importantes en el transcurrir de la obra, mencionar que Salem, para hacer más doloroso el proceso de venganza, dota a sus marionetas de familia humanizante. Acompañan a Julio-Jorge Luis y a Lobo-Horacio sus sufridas esposas-hijas-novias, que actúan como contrapunto a una historia dura y desgarradora, que funcionan a modo de piqueta de la realidad, con golpe de efecto humorístico (no podía faltar en una obra de Salem) incluido que sirve de perfecta válvula de escape a esta historia que, ya lo hemos dicho, nos ha sobrecogido y estremecido durante gran parte de su lectura, por su fuerza expresiva y su profundidad reflexiva para tratar con éxito un tema alambicado que, por ejemplo, en este país de memorias históricas encontradas, seríamos incapaces de abordar con la distancia y solvencia con la que lo hace el arguñol.
No queremos dejar de resaltar que la presente edición de Talentura incluye a su vez un interesante prólogo de María Suanzes (directora de la compañía teatral que ha representado esta obra) detallando los pormenores del montaje y el peso de la visión y del entusiamo de Salem por hacer que la representación saliera adelante, así como unas notas finales escritas por el autor que ayudan a contextualizar el acercamiento de Salem a un tema tan controvertido como la dictadura argentina. Y para rematar se añaden algunas fotos de las representaciones para que podamos ponerle carne y hueso a los personajes de El torturador arrepentido, la primera y exitosa incursión teatral de Carlos Salem que esperamos poder ver algún día representada en nuestra ciudad.
Recitaba Elvis Presley: "alguien dijo una vez que el mundo es un escenario y cada uno debe interpretar un papel". Sabemos que ese "alguien" era un tal William Shakespeare. Y también sabemos cuál es el papel que Carlos Salem ha decidido interpretar en este mundo: el de hombre del Renacimiento literario. Salem sabe hacer de todo y todo lo que hace lo hace bien. Da la impresión de que para Salem todo el camino es de ida. 'Aller simple'...
26 mayo 2010
Cinco traductores para una geisha
La Judith de ShimodaBertolt Brecht
Alianza, 2010
ISBN: 978-84-206-6878-9
Páginas: 200
Precio: 16 €
Traducción: Carlos Fortea
Ilya U. Topper
Japón, 1856: La geisha Okichi apacigua al cónsul norteamericano e impide que la ciudad de Shimoda sea bombardeada por los buques de guerra. 1929: Un dramaturgo japonés publica una tragedia en doce escenas que refleja la triste vida de esta heroína tras el acto que le dio fama. 1935: Un profesor británico traduce el drama japonés al inglés y lo publica. 1940: Una escritora finlandesa planifica elaborar una versión finesa con aportaciones propias. Se lo comenta a un poeta y dramaturgo alemán, de visita en su casa. A éste le gusta la idea y encarga a su secretaria (en realidad coautora y amante) una versión alemana de la obra. En colaboración con la autora finlandesa añade un ‘marco’, en el que varios espectadores ven y comentan el drama japonés, insertando breves interludios; además reemplaza una escena por otra de su propia cosecha.
El trabajo se queda a medias ―sólo se completan 4 escenas de las 11 que deberá tener, y la mayor parte está redactada por la secretaria-coautora― y se olvida más o menos. 2004: Un filólogo alemán encuentra un guión completo en finés en el legado de la escritora finlandesa. Lo traduce al alemán, lo utiliza para completar el fragmento, crea una versión coherente en 11 escenas con interludios y lo publica. 2010. Un traductor español nos ofrece una versión en castellano de esta obra. Pregunta: ¿quién figura como autor en la portada del libro?
Si les digo los nombres ―Yamamoto Yuzo, Glenn W. Shaw, Hella Wuolijoki, Bertolt Brecht, Margarete Steffin, Hans Peter Neureuter, Carlos Fortea, por orden de aparición― ustedes tampoco lo dudarían. Ni siquiera dudarían en poner el nombre de Brecht más grande que el título en la portada. Por una vez que existe un escritor que vende, para qué pensar más.
El libro se lee con cierta fluidez (son apenas 110 páginas de drama, se hace corto). La triste historia de la geisha Okichi, empujada, casi obligada a salvar su patria y luego denostada, despreciada por hacerlo ―no hay nada peor que ser tocada por un extranjero, en la concepción del Japón decimonónico― puede muy bien animar a reflexionar sobre la vida de los héroes: ¿por qué una persona acomete algo que la convierte en héroe ante los demás? ¿Y qué ocurre si luego no responde al papel de héroe? Esta reflexión en realidad no está siquiera presenta: a Okichi la expulsan de la sociedad nada más cumplir su cometido, que es el de salvar la piel de los demás. Sólo décadas más tarde la convierten en heroína, pero entonces ya es tarde para la Okichi real.
Esta escena es una de las más emocionantes de la obra, y es la única que corresponde a Brecht: la del cantante de baladas que glorifica la heróica Okichi mientras que ésta, borracha y derrotada, escucha entre el público y protesta porque así no fue su historia, no. Muy brechtiano.
Por lo demás, poco de Brecht hay en esta obra. Los interludios, que presenten breves debates entre un magnate japonés, una periodista norteamericana, un orientalista inglés y un poeta nipón, apenas tienen interés, más allá de cumplir el típico cometido ―típico de Brecht― de recordar al espectador que lo que ve es una obra de teatro y de crear distancia entre el patio de butacas y el escenario (efecto de alienación lo llaman los expertos).
Por supuesto se encuentran algunas frases citables: “El patriotismo no es un negocio para los patriotas sino para otra gente”. “Habría que fundar una asociación de protección de los héroes”. “Insistimos en que el Estado sólo puede ser salvado por hombres intachables”. “Somos muy exigentes y severos para con la gente que hace algo”.
Ésta última sentencia quizás la quisiera aplicar Brecht a sí mismo, porque no falta quien piensa que este gran poeta y dramaturgo tuvo mucho morro al tomar prestadas sus materias de todas partes y hacer que otras ―Margarete Steffin, la ‘secretaria’, por ejemplo― hicieran parte del trabajo.
La ‘Judith’ (perdone usted, lector agnóstico, el nombre hebreo de la geisha: en Alemania, la fe cristiana está tan arraigada que hasta el ateo Brecht cayó en la trampa de recurrir a una historia bíblica para explicar un drama japonés), la 'Judith' tuvo muy poca suerte entre los críticos de teatro alemanes (“van a escenificar cualquier lista de la compra en la que Brecht hubiera garabateado un par de palabras”).
¿Tan mala es? No, mala no es la obra de Yamamoto, es más, la recomendaría, pero Brecht, en alemán, es otra cosa: la traducción de Neureuter de una traducción de Wuolijoki de una traducción de Shaw de un original japonés no tiene nada que ver con el idioma del “único creador de lenguaje alemán del siglo XX”, gracias al que “el idioma alemán permite hoy expresar cosas que no supo expresar antes de que Brecht escribiera poesía” (Lion Feuchtwanger dixit). Quien va al teatro para escuchar a Brecht tiene derecho a esperar ese nivel; ofrecerle Neureuter-Wuolijoki-Shaw-Yamamoto bajo la firma de Brecht es un fraude.
Reflexiones, éstas, que apenas afectan al lector español, que conoce a Brecht más por su ideología marxista que por su increíble dominio del lenguaje (haría falta un Brecht español para traducirlo). Aun así, uno desea que la editorial española hubiera tenido la elegancia (que no tuvo la alemana) de colocar en la portada del libro el título que la escritora finlandesa puso a su guión: “Un drama de Yamamoto Yuzo. Versión occidental con interludios de Hella Wuolijoki y Bertolt Brecht”.
(Según cuenta el traductor Shaw, Yamamoto Yuzo fue conocido por defender los derechos de los dramaturgos japoneses y demandar a quien escenificara sus obras sin pagar el canon correspondiente, no por pesetero sino por difundir el respeto a los derechos del autor. La Historia, esa maestra de la ironía).
19 octubre 2009
En busca de los clásicos
07 septiembre 2009
El secreto dramático
Humo. Arizona.
Juan Carlos Rubio
Editorial Fundamentos, 2009
ISBN: 978-84-245-1179-1
158 páginas.
8, 65 €
Joaquín Blanes
Juan Carlos Rubio pertenece a la nueva hornada de autores dramáticos que con inteligencia y oficio están mostrando a la crítica más tradicional que sigue habiendo vida escénica en nuestro país después de Valle-Inclán, Buero Vallejo, Alonso de Santos o Sinisterra. Por supuesto no podemos hablar de una generación, porque sería incluir estilos muy diversos en una faltriquera cultural; de eso se encargará la crítica dentro de unos años. Desde luego no es lo mismo ver Caricias de Sergi Belbel, que Animales nocturnos de Juan Mayorga, aunque tengan una violencia verbal y física parecida. No creo en lo generacional, salvo por el hecho de que los autores hayan nacido en un periodo relativamente próximo y haber compartido ciertas modas culturales del momento.
En absoluto es igual ver una puesta en escena de una obra de Rodrigo García frente a una de Juan Carlos Rubio. El primero trata de agredir, de alguna manera, la conciencia burguesa, es el clásico ejemplo vanguardista de épater le bourgeois, mientras que el segundo se acerca más al teatro tradicional en su concepción de puesta en escena, arropándola con un toque poético, como demuestra Las heridas del viento, la primera de las obras que recopila este libro. Una obra que con sólo dos personajes es capaz de mantener la atención del lector/espectador. Su puesta en escena ha sido un éxito en Miami y en el offside de Nueva York bajo un montaje de Juan Manuel Cifuentes.
El punto de partida no es nuevo, pero sigue siendo interesante este tipo de incidente incitador. Tras la muerte de su padre, el protagonista, David, descubre entre sus pertenencias unas cartas de amor escritas por otro hombre y dirigidas a su progenitor. Desde ese momento, David decide buscar la verdad sobre la figura de su padre. Pero lo que aparentemente parece obvio para el lector/espectador en realidad no lo es, de ahí la riqueza de la trama que construye Juan Carlos Rubio en esta obra, llena de poética en los discursos vitalistas, aunque en el fondo agotados y amargos, del otro protagonista: Juan, el hombre que le escribía cartas de amor al padre de David. El final es insospechado y deja una sensación desoladora porque buscar la verdad de alguien extinto puede ser un problema.
La segunda obra es, seguramente, la más exitosa de Rubio, gracias a un plantel de actores que participaron en su estreno: Juan Luis Galiardo y Kiti Manver, un acierto en la elección de estos dos actores para los papeles protagonistas.
La historia recuerda en cierto modo a San Manuel Bueno Mártir, alguien que predica algo en lo que no cree, es el caso de Jack. Esta obra tiene un juego de diálogos muy ingeniosos en réplicas y contra-réplicas, así como una historia que se basa en el secreto dramático.
El secreto dramático es uno de los elementos esenciales en el teatro del siglo XX, podría decirse que es un como un McGuffin, haciendo una vaga analogía con el cine. Existe un secreto que silencian los personajes al espectador, un secreto del que no quieren hablar, pero que se respira en el fondo. Como el secreto de Willy Loman, el viajante de Arthur Miller, el de Tío Vania de Chéjov, etc. Los secretos van dejando de serlo poco a poco y tienen mucho que ver con el sentimiento de culpa, con el psicoanálisis, con Freud y con sus reminiscencias oníricas.
La obra que cierra el libro es Arizona, una obra corta, de nuevo con dos únicos personajes (George y Magaret) donde se habla del miedo hacia el otro, hacia el inmigrante. En Arizona se habla del devastador desierto, una de las puertas de entrada de los emigrantes, concurrida y trágica. En lo que llevamos de 2009 han fallecido 161 personas intentando alcanzar un sueño que ciertamente no se logra nada más llegar, cruzar la frontera es sólo el comienzo de una vida ardua y maltrecha. Esta obra es una alegoría sobre la defensa de nuestras tierras de la llegada del otro, ese otro que, decimos, nos quita el trabajo, el dinero y a nuestras mujeres. Es una diatriba contra las fronteras. Breve e intensa, directa y sincera, dramática.
Como ya dijimos en la reseña del libro de Rodrigo García, publicar teatro es un acto de valentía, de otro modo, es difícil acceder a nuevos textos dramáticos. Por eso creo necesario el reconocimiento de editoriales como Fundamentos en su colección Espiral/teatro, Ñaque o la tan denostada SGAE, que publica obras de teatro a un precio más que asequible. Este libro nos da a conocer a un autor que comienza a ser de obligado seguimiento.
30 julio 2009
Leer teatro
Rodrigo García
Editorial La uÑa RoTa
ISBN: 987-84-95291-13-4
510 páginas.
24 €
Joaquín Blanes
Leer teatro es ciertamente complicado porque un texto dramático, por regla general, está escrito para ser representado. Habitualmente, como sucede con los guiones cinematográficos, se suelen publicar a posteriori, una vez comprobado su éxito y su solvencia cinematográfica o escénica. Lope, Calderón o Shakespeare no escribían para publicar sino para representar y, salvo algunos certámenes literarios que premian con la publicación y no con la puesta en escena, el texto dramático nace con la vocación aristotélica de la representación. Así que leer teatro significa visualizar de alguna manera la puesta en escena, las acciones y gestos que respiran bajo el texto. Esa es la gran dificultad de leer teatro, porque el texto es evidente, pero el sub-texto depende de la puesta en escena, de la interpretación, de las acciones físicas, incluso de las cuestiones técnicas: decorado, iluminación, sonido, etc.
Para más inri, existen muy pocas editoriales que se atrevan a publicar teatro, si exceptuamos las clásicas con los clásicos (Espasa, Cátedra y Alianza con Valle-Inclán, Lorca y Brecht, entre otros) y no digamos ya la escasez de librerías especializadas en teatro, después del cierre físico de La Avispa/Ñaque (librería-editorial) que cerró su local en Madrid el pasado junio y que subsiste únicamente como librería on-line.
Todos estos elementos no ayudan a la publicación de autores más actuales, salvo los que llevan una dilata carrera y aún así, porque no todos los textos de Juan Mayorga están publicados, y eso que hablamos de un Premio Nacional, de un autor dramático imprescindible hoy en día.
La uÑa RoTa se atreve a publicar las Cenizas escogidas de Rodrigo García, uno de los dramaturgos más prolíficos, controvertidos e interesantes del panorama escénico europeo, y digo europeo porque la mayor parte de su obra se representa fuera de España, en festivales tan notables como el de Aviñón, Delfos o París y en bienales de arte tan punteras y extravagantes como Venecia. De hecho, desde hace diez años, Rodrigo García suele preparar sus obras en la Bretaña francesa. Y digo panorama escénico porque su concepción del teatro tiene que ver con la puesta en escena y no con el decorado, con la escenografía tradicionalmente artificial.
Hace tiempo que su forma de trabajar consiste en la intuición, en la preparación de acciones físicas con los actores y, una vez construido el universo escénico, comienza a trabajar el texto dramático, siempre con esas constantes atávicas y filosóficas: la violencia, el aislamiento, la provocación, la poesía. A Rodrigo García le encantaría hacer como hacía Tadeusz Kantor, modificar la escena con el público delante, sin embargo le basta con acudir a todas las representaciones porque su concepto de puesta en escena tiene que ver con la reacción emocional del público y necesita estar presente en ese cruce entre el espectador y su espectáculo.
Rodrigo García llama Cenizas escogidas a sus obras recopiladas en este volumen porque considera que sus textos dramáticos son las cenizas que quedan después del espectáculo, pero es evidente que para entrar en el universo nihilista de García estas obras escogidas son un buen comienzo.
En este libro podemos encontrar la evolución natural de su formación, desde unas primeras obras más formalistas con tendencia a lo experimental (Notas de cocina o Carnicero español), pasando a una etapa de concienciación política casi panfletaria (Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo o Compré una pala en Ikea para cavar mi tumba) hasta llegar a un presente en el que persigue un texto menos explícito, más abierto a la interpretación del espectador, incluso incitador, inductor de la reacción más visceral del público (Accidens. Matar para comer, Versus o Esto es así y no me jodáis).
Para Rodrigo García, que últimamente se siente más atraído por las artes plásticas que por el teatro, la materia con la que trabaja son los cuerpos de los actores, por eso el texto ha dejado de ser lo principal, sin embargo, le resulta imprescindible trabajar sin texto, aunque sea proyectado, como sucede en Accidens, esa polémica performance en la que se enfrentan un actor y un bogavante.
Cenizas escogidas abre dos puertas: La primera es la de reconocimiento, transitada por los espectadores incondicionales de su teatro que quieren recuperar, a través de la lectura, aquel momento único de la representación. La segunda puerta que se abre es para nuevos lectores, los que tengan curiosidad por entrar en el mundo particular de Rodrigo García y a través de esa peculiar cosmogonía, tiempo después, acercarse a ver una puesta en escena de este autor original e inteligente.
No es tan difícil encontrar obras de Rodrigo García representadas en nuestro país por compañías independientes, la última que tuve oportunidad de ver, con una propuesta arriesgada por parte de la compañía Teatro A’llado y una buena interpretación del actor Pedro Aguilera, convertía en monólogo Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo y reproducía muy bien el universo ancestral de Rodrigo García.


