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13 diciembre 2011

'Terra borealis incognita'

Nada hay donde la palabra quiebra. Antología de poesía y prosa

Stefan George

Trotta, 2011

ISBN: 978-84-9879-204-1 237

240 páginas

16 €

Edición y traducción de Carmen Gómez



Ilya U. Topper

Dicen las crónicas que Ernest Shackleton nunca llegó al Polo Sur: fracasó en el intento. Pero tiene un lugar de honor en la lista de los exploradores árticos y antárticos, porque su manera de fracasar era, de todas, la mejor posible. Nunca perdió a un miembro de sus expediciones, y siempre conseguía salvar los muebles, quiero decir los trineos de perros.

Se me ocurre porque acometer una traducción se parece bastante a una excursión a una tierra incógnita. Especialmente cuando se trata de traducir poesía. Muy especialmente cuando se trata de traducir poesía alemana. Y sobre todo cuando se trata de poesía alemana expresionista.

Cuando se trata de Stefan George, el intento se parece mucho a pisar las placas de hielo al sur de las islas Orcadas: parecen seguras y de repente uno pierde pie. Sus composiciones, tan sencillas, casi populares, sin retruécanos, sin construcciones rebuscadas, sin cultismos, atrapan, pero cuando uno intenta traducirlas se encuentra con que no hay donde apoyarse y mira al ojo del vórtice.

Carmen Gómez lo ha intentado y cabe aplaudir el intento y mucho. Ya era hora de que se diera a conocer en España uno de los mayores poetas alemanes del siglo XX. Y Carmen Gómez, además, se ha lanzado a esta expedición con la valentía que caracteriza a los exploradores de verdad, éstos que clavan banderas: ha intentado mantener ritmo y rima en los poemas, para que tengamos acceso no a la cáscara vacía de las palabras sino a su jugo de melodía, soniquete, ritmo, pulso.

Digo que lo ha intentado. Usted, lector, quiere saber si lo ha conseguido. No. No del todo. No siempre. Ha optado por utilizar rima asonante en la mayor parte de los casos y no sé si a usted, pero a mi oído, acostumbrado a las plenas, vibrantes rimas del alemán, la asonante no es rima. Irá muy bien en un romance, pero no es rima cuando hablamos de George.

Y demasiado a menudo, la traductora recurre a una herramienta que todos hemos usado alguna vez, pero de la que no se debe abusar: invertir el orden habitual de las palabras en una frase para colocar al final la que mejor se ajuste a la rima. Y eso crea una impresión de cierta artificialidad, un timbre de lírica decimonónica, que está muy reñido con el lenguaje de George: culto y rico en su vocabulario pero directo, llano y simple en su construcción. "De quien no probó de cicuta sedantes granos..." dice "El ejecutor". Quien nunca se embriagara con la cicuta, habría dicho yo. Pero tampoco sabría cómo rimarlo con esa insuperable frase de George, que Carmen Gómez clava con tanto acierto: "Quien nunca midió a puñal a su hermano..."

Sí, lo sospecha usted: cada poema de Stefan George, cada uno, daría para una reseña. Y cada verso, si me apuran. Porque son versos salpicados de minas que explotan al paso de cualquiera. Arranca uno de los poemas más populares de George ("La canción"): "Un mozo al bosque se marchó / aún de barba rala...". "Sein bart war noch nicht flück", dice el original, y aquí el poeta comete el pequeño crimen/milagro de usar una palabra que todo el mundo va a entender inmediatamente, pero que nadie ha escuchado nunca: 'flück' es una variante local, recogida únicamente en diccionarios alemanes del siglo XVIII, de 'flügge', palabra que describe a un pájaro que ya ha aprendido a valerse de las alas. "Rala" es el adjetivo exacto para una barba que aún no está en edad de volar... pero existe, es de uso común, ya no es George. No me miren a mí, yo tampoco sabría encontrar la solución.

La sencillez del lenguaje es traicionera: yo también leí durante toda mi adolescencia la sexta estrofa como "... de ahí sus nombres luna y sol / y monte vega y lago", interpretando que los personajes de piel nívea y cabello de oro que el mozo se encontró en el bosque brujo se llamasen así (y aclaro que el alemán es mi lengua materna). Me ha hecho falta releer el poema en la edición española para caer en la cuenta de que la palabra llamar / llamarse es ambigua en alemán y que en realidad, lo que dijo el mozo a los aldeanos, que se burlaban de él, era que había aprendido unas cuantas palabras básicas en el idioma de aquella gente maga (así nombran luna y sol...).

No es el único caso en el que la ambigüedad, agudizada por la extrema economía del lenguaje expresionista, casi desprovisto de preposiciones y reducido a lo esencial, le ha jugado una mala pasada a la traductora ("Copas volcadas / sueltas las joyas / mujeres rameras / delgadas escancian / se hunden cansadas / solteros costados / pechos caderas..." se leería en realidad: "...delgadas coperas / se hunden cansadas / desnudos costados / pechos caderas..." )... aunque quién sabe si no queda mejor la palabra escanciar aquí, después de todo.

Pero son más los aciertos, los hallazgos de ritmo y música. Lean, si no, el "Anticristo", uno de los más largos de George ―alcanza una página entera― que, por cierto, aquí sí emplea la rima asonante, normalmente desconocida al norte de los Pirineos. La versión en castellano es fiel y caen las palabras como otros tantos golpes de trueno, en uno como en otro idioma, certeros, terribles, hasta el apocalipsis.

Vale, lo confieso ya: escudriño tanto cada verso porque George es de mis poetas favoritos. Tan favorito que yo mismo me afané hace diez años en traducir un poema. Uno. El de la cicuta y el puñal se me ha resistido hasta hoy. Sólo pude con el del jardín. Donde Gómez dice:

"Ríe alzándose el año hacia ti / el perfume del vergel aún tenue / trenza en el cabello en torno a ti / revoloteando hiedra y verónica. // Dorada es la simiente aún en el aire / no tan elevada acaso y tan rica / rosas te saludan todavía afables / mas algo pálida su gallardía.// Callemos lo que nos es prohibido / hagamos voto de estar contentos / aunque ya no nos sea concedido / más que unidos caminar un trecho."

a mí me dio:

"Te sonríe en el año maduro / callado, el olor del jardín. / trenza en tu cabello oscuro / verónicas y jazmín. // Los trigales como oro relucen, / más apagados quizás. / Las rosas aún te seducen / aunque ya se marchiten más.// Callemos lo que nos está vedado, / hagamos voto de felicidad / aunque más no nos sea dado / que un paseo en intimidad."

Si usted lo sabe hacer mejor, ¿por qué no lo hace? le escucho decir, estimado lector. ¡Coja papel y lápiz y llame a la editorial en lugar de ir criticando! Ya. No sabe usted las semanas o meses que iba dándole vueltas al poema del jardín. Tardaría años para un libro como el que nos ofrece Carmen Gómez. Y visto cómo se cotiza la poesía en los mercados esos días, la verdad, por el mismo precio prefiero que me pongan un trineo con perros e ir en pos del Polo Sur. Es más fácil.

25 noviembre 2009

El escritorio penitenciario

Kafka y el holocausto

Álvaro de la Rica

Editorial Trotta, 2009

ISBN: 978-84-9879-04

142 páginas

13 euros




Javier Mije


La existencia es injusta y sus atributos están desigualmente repartidos. Si en cada cabeza humana se encuentra la catástrofe humana que corresponde a esa cabeza, si como escribió el lúcido Bernhard tocamos a calamidad por barba, y esta mañana se levanta usted el cráneo y no halla más que una ligera migraña es sin duda por un desajuste estadístico del tipo avícola –esto es, si usted se ha comido dos pollos y yo ninguno en el recuento resulta que nos hemos zampado uno cada uno-. Pues bien, si su cabeza está desprovista de desastres (pero no lo creo), si como dice un horripilante anuncio, no hay en ella más que mujeres y caspa es porque, en lo referente a las catástrofes, Kafka se comió la granja. De todas ellas una de las más frecuentada por la crítica es la que resulta del conflicto entre la literatura y la vida. No podía ni quería vivir sin mujeres. Es abrumador el tiempo que empleó en conquistarlas, marearlas y abandonarlas. Confió en el matrimonio como única tabla de salvación para su complicadísima situación familiar. Pero en su torturada percepción ese compromiso era incompatible con la escritura. Escribir equivalía a morir, casarse con Felice, Dora o Milena era abrazar la vida. Kafka eligió morir: “si no escribiera yacería en el suelo, digno de ser barrido”, afirmó en carta a Felice poco antes de concebir al personaje que corrió esa misma suerte al metamorfosearse en insecto. Para Canetti, “el hecho concreto de no poder vivir la vida y escribir a un tiempo, esa imposibilidad, le degrada y es la que se expresa a través de la imagen del escarabajo”. La reducción de su horizonte vital a la escritura lo convierte en culpable. No es extraño que el reo de En la colonia penitenciaria sufra el tormento de una máquina que escribe sobre el condenado hasta matarlo. Kafka estaba hablando de la escritura que mata. Tenía 40 años cuando la tuberculosis lo fulminó. Resuelta la catástrofe humana correspondiente a esa privilegiada cabeza se inició la leyenda kafkiana.
Kafka y el holocausto es un interesante, elaborado y comprometido ensayo. Un libro de libros, como señala Álvaro de la Rica, compuesto con los descubrimientos de otros autores y por sus propias contribuciones al torbellino de la interpretación de la obra del escritor de Praga. Kundera acuñó el término kafkología para referirse a la hermenéutica kafkiana. Kafkología quijotesca, añadiría yo, si aceptamos que la grandeza de obras como Ante la ley, El castillo o El proceso deriva parcialmente de su ininteligibilidad. Kafka es sobre todo un estilo narrativo. De la Rica analiza su técnica en los siguientes términos: en un contexto cargado de elementos increíbles contrasta la visibilidad de las imágenes, la claridad del estilo, con la imposibilidad de comprensión. Si la alegoría establece un paralelismo entre un sistema de imágenes y unos pensamientos abstractos, Kafka supera lo alegórico: “la alegoría dice una cosa por medio de algo distinto, descontando que ese algo distinto no tiene la mayor importancia en sí. En la obra de Kafka, en cambio, lo que tiene importancia y valor son las imágenes concretas”. Uno de los rasgos de lo kafkiano resultaría de que esa visión no es la traducción de nada. No remite a nada. Otro es su carácter profético, no tanto porque anticipara o convocara mediante su mención los demonios del totalitarismo, sino en el sentido de que su obra desvela lo oculto. Para Hannah Arendt las narraciones de Kafka retratan los abusos de un poder omnímodo en contra del individuo. “La maldad de ese mundo es su arrogante pretensión de ser una necesidad divina. Kafka se propone destruir ese mundo reflejando con brutal claridad su horrible estructura”. Estas tenebrosas instancias del poder atemorizan al hombre, y son para la filósofa alemana la protesta de Kafka al legalismo judío: la presión de la Ley, el sentimiento de culpa y la denuncia de una sociedad que se convierte en representante de Dios en la tierra.
Es precisamente cuando el ensayista expone sus ideas religiosas, para iluminar con la obra de Kafka algunos preceptos católicos, cuando a este reseñador le resulta difícil seguir manteniendo un diálogo fructífero con su texto. No entiendo por qué “el matrimonio es el único modo real en el que el hombre y la mujer, al unirse, cuerpo y alma mutuamente entregados, transmiten la vida”. Ni puedo estar de acuerdo con el aserto bíblico “según el cual el temor de Dios es el principio de la sabiduría”. Tampoco, si recuerdo el rostro de Rouco Varela o el comportamiento de la Iglesia Católica -con sus muy honrosas excepciones- durante nuestra Guerra Civil, puedo aceptar sin más que “nunca ha resultado fácil encontrar sacerdotes que defiendan abiertamente la mentira y el orden de lo necesario”. No estoy seguro de que convengan estas afirmaciones dogmáticas a un libro de Literatura Comparada que, por lo demás, he leído con gusto y provecho.