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20 septiembre 2010

La podredumbre del alma

El jardín de los suplicios

Octave Mirbeau

Olivo Azul, 2010

ISBN-13 978-84-92698-06-6

216 páginas

19 €

Traducción Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán





Carolina León


"- Yo estaba pensando en el amor -repliqué (...)- ¡Y resulta que usted vuelve a hablarme, que usted sigue hablándome de suplicios!... - ¡Claro!... puesto que es lo mismo..."

Podemos haber pasado por todas las literaturas -del siglo XVII, del XVIII, del XIX- situadas en ese otro lado; podemos haber leído a todos esos visionarios que no se dejaban engañar por los velos del racionalismo y respetabilidad con los que pretendía vestirse el hombre moderno; por todas aquellas narrativas que -desde Sade hasta Flaubert- destacaban el lado más oscuro, sucio y desgarrado del alma humana. Algo falta, sin embargo, en el puzzle, y se llama Octave Mirbeau. Él llega algo más tarde, en un contexto de pleno establishment democrático pre-siglo XX, y por ello sus cargas de profundidad están puestas sobre esa forma de gobierno.

Mirbeau no es demasiado conocido en nuestro país, pero dos editoriales "indies" se han decidido a rescatar parte de su obra. Casi a la vez, apareció esta nueva traducción de El jardín de los suplicios (Olivo Azul) y otra distinta en la editorial Impedimenta. Es la primera la que hemos tenido oportunidad de revisar, y no sé bien qué les ha podido llevar, al mismo tiempo, a poner de relieve a este autor que pone en solfa prácticamente todas las instituciones, desde los ministerios del gobierno francés a las elecciones. Quizá se trate de su ojo clínico sobre las prebendas del poder, quizá de su rematadamente agudo análisis sobre el circo democrático... Todo ello otorga a la novela el encanto típico de la premonición inocente, un efecto de déjà vu que produce más de una sonrisa torcida.

Pero El jardín de los suplicios es algo más que una crítica a las instituciones. He podido saber que su apariencia desmañada, sus tres partes mal trabadas hechas de ligazones casi ridículas se deben a que no fue concebido como una novela, que se trataba de proyectos entregados semanalmente como fascículos, que en algún momento el autor decidió sumar y dar una apariencia unitaria. El efecto es extraño, perverso, no del todo mal conseguido.

Un "frontispicio" inicial en el que, mediante la conversación de un grupo de hombres respetables, en un salón reservado, se realiza una apología del asesinato que ya la quisiera para sí Bret Easton Ellis. Una segunda parte, larguísima, en la que el protagonista nos cuenta un prolongado sinvivir a la sombra de un hombre influyente y su viaje hacia tierras desconocidas -he aquí que entra en liza el exotismo, pero no es una novela cuyo valor descanse sobre los paisajes y las costumbres de otras tierras-. Y una tercera, aquí sí, cuyo título coincide con el del total: El jardín de los suplicios. A ella aterrizamos a golpes, sin prevención casi, creyendo que íbamos a encontrarnos con el relato baboso de las dulzuras del enamoramiento, el narrador enredado en amorío con una de las viajeras del barco.

En un giro cruel, nos vamos a zambullir en lo que de verdad es este libro: todo lo anterior no es más que una introducción exagerada en la que se nos habla, tímidamente, de decadencia moral, de civilización podrida, de valores agonizantes. A donde llega nuestro hombre, de la mano de su mortalmente bella Clara, es al lugar donde se materializan todos los bajos instintos de la raza humana y donde éstos se han hecho una forma de arte.

Hay temas en esta novela que, vistos desde una perspectiva actual, nos obligarían a detenernos en cuestiones éticas y nos pondrían en curiosos dilemas (¿por qué es la mujer es la que lleva el liderato en la procesión sangrienta?, ¿por qué toda este refinamiento de la tortura es situado en una China medieval y contemporánea?), pero esos interrogantes resultan anacrónicos. Leamos desde el momento, hacia este momento. Mirbeau, como otros de su época, recurre a la ambientación exótica y al espacio teñido de mitología para recrear temas universales y, sobre todo, críticas contingentes a su tiempo. Se larga al más remoto y desconocido de los países para explicar que el asesinato, por más que se vista de razón de Estado y amable racionalidad burguesa, es un instinto básico y un rasgo definitorio del ser humano.

Es un casi tierno subterfugio el suyo... En el siglo XX las grandes cuestiones de la moral se localizaron, muchas veces, en la conquista de otros planetas. Pero donde fallaron la mayoría de estos escritores, Mirbeau cincuenta años antes les saca los colores en cuestiones narrativas. Tanto en las primeras partes, temáticamente más convencionales, como en la tercera, un monstruoso despliegue dedetalles botánicos y alardes descriptivos sobre el sufrimiento de la carne, el francés se muestra como un auténtico toro de la prosa, cargado de ritmo, verborragia, sentido de la oportunidad, pasión por la ambivalencia y amor al equívoco. Mirbeau es un prosista tan fértil y versátil como cualquiera de los rincones de ese inmenso jardín de torturas que recrea en la tercera parte de la novela, donde todos los estallidos de dolor están matizados por una inquietante, poderosísima belleza de la escritura. De tal modo que, mientras sus temas y descripciones nos hacen estremecernos, el prolijo envoltorio nos hace sucumbir.

Entre medias y de una manera inteligente como no es fácil de ver hoy en día, Octave Mirbeau ha señalado algunas de las fallas estructurales del cerebro humano y sobre todo la imposibilidad de deshacernos del instinto de sufrimiento y muerte. Todo ello, desde un juego complicadísimo de perspectivas, entre la caprichosa y brutal Clara y el hombre, absolutamente poco confiable, que nos cuenta la historia. Aunque, si me dan a elegir pasar una noche con uno de los dos, al menos yo sé con cuál me quedaría.

23 marzo 2010

La tierra prometida

Al final del mar

Gabriel Sofer

El Olivo Azul, 2009

ISBN: 978-84-936637-2-8

125 páginas.

15 € .

Prólogo de Luis Alberto de Cuenca.


Rafael Suárez Plácido

A veces un libro tarda algo más de lo que debiera en caer en mis manos. No sé si es malo. Probablemente no. Especialmente cuando las primeras frases despiertan mi curiosidad: “Una madre camina con sus hijos hacia el puerto de Marsella. Todavía no ha amanecido, y las calles del barrio están vacías.” Uno se imagina que las calles de Marsella son las primeras páginas del libro que aún están por conocer: “…y les dice a sus hijos, sin detenerse, que miren bien el mar, pues al final del mar está la tierra prometida.” Sigo leyendo y sigo imaginando, y atravieso mares a bordo de barcos que parece que van a naufragar en cualquier momento; y atravieso ciudades: las calles de Sevilla, de la mano de mi abuelo o mi padre, o París, o Córdoba. Al final me pierdo en lugares más lejanos: la Patagonia o la selva amazónica. Algunas historias me interesan menos, pero la mayoría me llevan a lugares en los que he vivido, aunque nunca haya estado en ellos. Recuerdo esos versos de Víctor Botas, que debieron ser míos, en los que evocaba los momentos felices que había vivido con una mujer en Roma, para concluir de forma inesperada: “Pero lo más curioso / (…) es que nunca estuvimos / tú y yo juntos en Roma.”

Gabriel Sofer (Madrid, 1973) nos ofrece algo semejante con Al final del mar, editado por El Olivo Azul. Una colección de dieciséis relatos que ha pasado inadvertida, pero que sin duda ocupará su sitio. Y ha pasado inadvertida, pese a llegarnos con un emotivo prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Entiendo que la mayoría de la crítica actual se detiene muy pocas veces en obras que le resultan difíciles de clasificar, o que no vienen avaladas por una trayectoria conocida o, en su defecto, por una campaña mediática importante. Si se trata, además, de la primera obra de un autor desconocido e ilocalizable, como es el caso, el silencio suele ser la respuesta. Es difícil ser el primero en lanzar la piedra, para bien o para mal. Es muy difícil. Lo sé.

“Al final del mar” es también el título del primer relato. Son sólo diez páginas, pero la historia de Sarah Simon es de las que te atrapan sin remedio. Una mujer que nació con el siglo XX, el más cruel, y que ha pasado por todas las penalidades y aventuras desde muy pequeña, pero que en un momento en el que otros se hubieran rendido, aprendió que podemos luchar por tratar de mejorar el mundo. Sarah Simon hizo suyas algunas de las causas más nobles y, cuando sintió que tuvo que hacerlo, las abandonó. Hoy día, cuando parece que está prohibido equivocarse, Gabriel Sofer imagina un hermoso alegato del error. Porque el error es humano. Y porque los que vencen e imponen su verdad también se equivocan. En este personaje femenino encontramos los orígenes hebreos e irlandeses, y el deseo de luchar para encontrar un mundo mejor y todas sus contradicciones y decepciones. Sarah Simon es el lado más hermoso de la historia del siglo XX.
Los mejores relatos están en la primera parte del libro y ahí encontramos sus temas favoritos. Ya he mencionado el origen hebreo de un personaje. Se repite habitualmente. En los nombres de la mayoría de ellos y en algunas presencias explícitas e implícitas. Uno de los mejores relatos es “Una historia infantil”, donde se vislumbra un homenaje a Elías Canetti. El personaje es una niña que nos cuenta cosas de su abuelo. Es a la vez un homenaje a Sevilla, ciudad por la que ambos pasean y desde la que el abuelo Elías le muestra a su nieta todas la belleza del mundo; ciudad a la que Gabriel Sofer ama y odia al mismo tiempo: “Otro día fuimos a la parte antigua, al barrio de la Judería, al que la gente llama de Santa Cruz porque, según mi abuelo, el otro nombre les da vergüenza, pero no entiendo de qué.” Una delicia.

Homero está omnipresente en el libro: en los viajes y en las guerras. En “El incendio de Homero”, un anciano resiste en su ciudad sitiada en la guerra de los Balcanes. Está solo, con su perro Príamo, y tiene un invierno helado por delante. Para sobrevivir va quemando sus libros: “subrayados, anotados, manoseados, manchados, leídos sobre el vientre de tu amada esposa”, que son su único tesoro. El drama que le supone verlos arder se agrava con el último, la Ilíada: “Esta noche volverán a sonar los hexámetros, (…) Héctor sabrá que va a morir cuando escuche a Aquiles gritar su nombre. Se despedirá, otra vez, de su esposa y de su hijo, y nosotros volveremos a llorar.”

Igual que he mencionado estos tres cuentos podría haber hablado de “Silencio”. El personaje Matías Peres habría hecho sonreír con cierta nostalgia a Borges, igual que el bibliotecario Rafael Cansinos, personaje de “Una cena de Pascua”. O también podría comentarles que el último relato, “Hechos de un hombre”, nos cuenta la historia de un cordobés del siglo XIX, Rafael Matías, muy cercano a la Sarah Simon del primer cuento. Tras una vida azarosa y arriesgada que nos lleva por todo el sur de América, sus últimas palabras son para su primer y único amor: “Te dejo la flor, que es lo único que tengo, pues ni mi nombre es mío.”

Gabriel Sofer nos ofrece algunos de los personajes más interesantes que he conocido últimamente. No se los pierdan. Al final del mar encontrarán la tierra prometida.

04 noviembre 2009

El primer punk


Maintenant

Arthur Cravan
El Olivo Azul, 2009
ISBN: 13 978-84-936637-9-7
Traducción de Jèrome Gauchet y Elena Fons
120 páginas
18 €




Daniel Ruiz García
Con su buen gusto acostumbrado -qué preciosa edición-, El Olivo Azul nos brinda la oportunidad de arrojarnos sobre los textos que componen la mayor parte de la producción literaria de Arthur Cravan. Y al acercarse a los textos, uno tiene la turbulenta sensación de estar acariciando algo muy grande. Porque, ¿quién no conoce a Arthur Cravan? ¿Quién no se ha dejado seducir por su leyenda, por sus extravagancias, por su locura muchas veces inhumana? Arthur Cravan es como aquel joven del barrio del que uno escuchó mil historias, pero que nunca tuvo el placer de conocer en persona. Como El chico de la moto en el clásico de Coppola, como el Gran Meaulnes en aquella imborrable novela de Alain-Fournier. El más listo, el más loco, la puñetera leyenda que ahora, por cortesía de El Olivo Azul, llega hasta nosotros echándonos encima todo su aliento, haciéndonos vibrar y lo más importante, dejándonos la sensación de debajo de Cravan latía un talento creativo enorme.

La editorial cordobesa ha reunido en un único volumen los contenidos íntegros de la revista Maintenant que Arthur Cravan autoprodujo y autoeditó en París entre los años 1912 y 1915. Allí está la mayor parte de la producción de este autor que convirtió su vida excesiva en su principal obra, y el juego en su principal seña de estilo. Porque toda su vida fue un enorme juego, el juego de la confusión, de la duda, de la negación, desde su propio nombre (su nombre real era Fabian Avenarios Lloyd) hasta incluso su muerte (falleció en circunstancias nunca aclaradas en la costa de México).

Escritores aventureros ha habido muchos. Ahí están, por nombrar sólo los más recurrentes, los ejemplos de Stevenson, Melville o Hemingway –aunque la veracidad de éste último siempre estuvo ligeramente bajo sospecha-. El caso de Cravan es muy distinto porque, al contrario que todos éstos, Cravan no edificó con su literatura una épica romántica y aventurera, sino que prefirió dejar de lado la literatura para convertirla más bien en un aderezo de su vida, de la que prefirió hacer su principal obra. Transformando su vida en una suerte de performance permanente, Cravan se esmeró en sembrar la sorpresa, la polémica y el ruido en torno a su vida, convirtiéndose, al cabo, en el más vivo paradigma del artista loco, del demente que hace de su biografía su principal obra de arte. En este sentido, no sólo fue el precursor, como se ha dicho tantas veces, del Dadaísmo. Fue, sin duda, y siguiendo la estela de las tesis de Greil Marcus en el estimulante ensayo Rastros de Carmín, el primer punk, de forma que a su lado Sid Vicious parece una ingenua pantomima.

No puedo resistirme, lo siento, a hablar de su vida. Veamos: fue el que le levantó la novia a Marcel Duchamp (en su intensa biografía, Calvin Tomkins recuerda la primera impresión que provocó en Mina Loy su conocimiento de Cravan: “El hedor putrefacto de obscenidades no pronunciadas que emanaba de aquella tumba de carne, carente de todo magnetismo, dejó mi cutis empolvado”. Esto no fue impedimento para que finalmente abandonara al creador de los readymades e incluso se casara con Cravan). También se convirtió en el campeón nacional de los semipesados en Francia, y entabló un memorable combate contra Jack Johnson en la Monumental de Barcelona. Memorable por varias razones: primera, porque Johnson fue el primer campeón mundial de los pesos pesados de raza negra; y segunda, porque en realidad el combate fue un amaño entre Cravan y el boxeador, tras el cual, con los bolsillos llenos, se dieron a la fuga. Autodeclarado sobrino de Oscar Wilde –uno de los aspectos, probablemente el único, que es del todo veraz en su biografía, ya que su padre era hermano de Constance Lloyd, con quien se casó el inglés-, Cravan protagonizó algunos sonoros escándalos, como su atípica conferencia de presentación de la Exposición de los Independientes en Nueva York, de la que Cravan, completamente borracho, fue expulsado por intentar desnudarse en público. En el París prebélico, entabló varios encontronazos sonados con autores consagrados, entre los que resuenan especialmente, por su popularidad, los nombres de André Gidé o de Apollinaire.

Estas son sólo algunas de las anécdotas que jalonan el largo historial de polémicas de un autor que concentra en sí mismo todo el espíritu de las vanguardias de comienzos de siglo, y me atrevería a decir del propio concepto del arte como impulso vanguardista, como expresión de libertad y de negación del orden establecido, como acto supremo de expresión que en muchos casos, de tan radical, parece puro terrorismo.

Es por ello que uno aborda los textos literarios de Cravan con gran respeto, como si entrara en una especie de basílica sagrada, pero también con ciertas reservas, con el miedo a que detrás de tanto ruido no haya más que un tremendo fraude. Pero qué carajo, los cinco números de Maintenant que Cravan sacó a la calle –y que él mismo iba vendiendo con una carretilla, como quien vende pan del día-, todos ellos escritos íntegramente a través de distintos heterónimos, son un verdadero puñetazo, y no resultan, como han querido ver muchos detractores del francés, una producción mediocre. Joder, os diría que el artículo del número 4 –el mejor sin duda de los cinco- sobre la Exposición de los Independientes de París es de lo más potente que he leído en mucho tiempo en materia de crítica artística. Sin ningún tipo de concesión, pegando puñetazos a diestra y siniestra, sin cortarse un pelo. Con un estilo seco y punzante y una mala leche que ríete tú de los críticos de los suplementos culturales. El resultado es verdaderamente hilarante, y uno llega a comprender por qué Cravan se granjeó tantas enemistades en su tiempo, y por qué también ha sido tan denostado por la crítica, a pesar de su incontestable calidad.
Arthur Cravan es un crack, vaya que sí, y hay que sacarlo del olvido. Del olvido literario, quiero decir. Ahora que estamos tan concienciados con eso de desenterrar la memoria, a lo mejor es momento de hacer algo por gente como Cravan. Gente que fue capaz de ejercer la libertad creativa plena a través del puñetazo literario, con el que se adelantó muchas décadas al manido No Future de los imperdibles y las tachuelas. Cravan, el discípulo aventajado de Oscar Wilde, el boxeador más negado de su época (quería forrar sus guantes “con rizos de mujer”), el aventurero, el cobarde en los duelos a pistola, el miserable, el escatológico, el salido, el precursor del punk. Aquel que nos regaló destellos como su definición del fútbol (“el billar de las praderas”) o del genio (“una manifestación extravagante del cuerpo”). Leer Maintenant es toda una experiencia: provoca, como poco, el mismo subidón que escuchar a buen volumen el Never Mind The Bollocks.