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18 febrero 2013

El tábano de Ío


Bajo el sol. Las cartas de Bruce Chatwin

Bruce Chatwin

Sexto Piso, 2012

ISBN: 978-84-15601-16-6

556 páginas

28 €

Selección y edición de Elizabeth Chatwin y Nicholas Shakespeare

Traducción de Ismael Attrache y Carlos Mayor


Coradino Vega

En las anotaciones del que fuera director de la escuela en la que cursó su enseñanza primaria, aparece un rasgo definitorio del carácter de Bruce Chatwin que cualquier psicopedagogo actual diagnosticaría como trastorno por déficit de atención hiperactivo. Y es que la idea de su viuda y su biógrafo, al agrupar y comentar estas cartas que abarcan desde que el autor de En la Patagonia tenía ocho años hasta un mes antes de morir sin cumplir los cuarenta y nueve, parece pasar por que nos fijemos en la cartografía interior de quien fue uno de los escritores más itinerantes que se hayan conocido. Irresistible y seductor, tan consciente de su ingenio como de su atractivo, de una temprana cultura exuberante, fetichista, esnob, cariñoso, egoísta hasta la irritación, reservado, mordaz con tendencia a una agudeza ácida cuando no directamente cínica, de brillante sentido del humor y una locuacidad ciclotímica tan estimulante como exagerada, Chatwin despliega en su correspondencia un grado más del álter ego que aparece en sus principales libros sin entrar en los chismes íntimos que sí revelaron su biografía: “Yo no creo en eso de confesarlo todo”, le dijo a su amigo Paul Theroux. Pero si hay un cariz que presida en todo momento su temperamento, ése es el mismo que dirige sus pasos en zigzag por el mundo y que se torna en la propulsión de la mayor parte de su obra: la curiosidad por lo desconocido, por ir más allá, por penetrar en el misterio para extraer su belleza; la incapacidad de estarse quieto mucho tiempo en un mismo sitio; el ansia de busca, de huida y de intensidad, bajo la que subyace, según Enzensberger, “una presencia turbadora”, algo sobrio, solitario y conmovedor que hace que cada vez que releamos sus libros encontremos siempre una prueba de innovación, otro detalle de su genialidad, una veta que nos pone en la pista del poderoso legado de lo que dejó escrito.     

Con sólo veinte años controlaba los departamentos de antigüedades, impresionismo y arte moderno de Sotheby’s, donde conoció a su esposa, y viajaba por media Europa, Nueva York o las excavaciones de Oriente Próximo como si fuera un profesor universitario. Precoz fue también su hartazgo del mundo de las subastas y el coleccionismo y, aprovechando el diagnóstico de un oculista, huyó a Sudán para estudiar arqueología a su regreso en la Universidad de Edimburgo. Duró poco. Pronto detestó la academia tanto como trabajar o volver a su Inglaterra natal, el único país en el que nunca se sintió en casa. De esa época data su matrimonio con Elizabeth Chanler, la compra de Holwell Farm —una granja con ovejas en la que al cabo de un solo día le entraban “temblores causados por el malestar del sedentarismo”— y el proyecto de escribir un ambicioso ensayo sobre el nomadismo, cuya sinopsis detalla minuciosamente en una carta dirigida a su editor fechada el 24 de febrero de 1969. En la primera concepción de ese libro que pensó titular The Alternative Nomad y que sólo diecisiete años después vería la luz convertido en Los trazos de la canción, estaba ya todo Chatwin. La solución a la eterna pregunta de por qué el hombre, desde el principio de los tiempos, se debate entre el ansia de explorar y el anhelo de mantenerse en la civilización sólo era la forma que tenía de explicarse a sí mismo. Mientras, los viajes son constantes y se suceden a un ritmo vertiginoso. Hay cartas remitidas desde Afganistán, Níger, París, Punta Arenas, Camerún, Patmos, Nepal, la Toscana o Provenza, Ronda, Alice Springs, y un largo y heterogéneo etcétera. Chatwin siempre está pensando en su próximo destino, ideando planes: “El cambio es lo único que le da sentido a la vida. No te la pases delante de un escritorio. Puedes acabar con úlceras y cardiopatías”. Su avidez oscila de la paleontología hasta la antropología, pasando por la botánica y la obsesión por adquirir y vender antigüedades u objetos exóticos: una cabeza maorí que —según decía él— había pertenecido a Sarah Bernhardt, un símbolo sintoísta del siglo XVII que le parecía un brancusi, una mesita marroquí, un metro de tela de seda persa, las mancuernas de un marajá, una capa de plumas peruana, una figura mesopotámica de hematita que representaba la imagen de un pato. Siempre preocupado por la cuestión económica, cuando decide al fin que su vocación es escribir, Chatwin manda a su mujer a visitar posibles casas en la que retirarse a trabajar alejado de “las bibliotecas y la obra de los otros hombres” y poder “mirar con ojos nuevos”. Pero antes entraría en nómina en The Sunday Times Magazine, para la que entrevistó entre otros a Malraux, Indira Gandhi o a la viuda de Ósip Mandelstam, uno de los escritores que más admiró junto a Isaak Bábel. De la revista se despediría con una escueta nota: “ME HE IDO A PATAGONIA CUATRO MESES”.

Alentado por la diseñadora de interiores Eileen Gray, y obsesionado con la historia de un tío bisabuelo, decidió llegar al “punto más lejano al que el hombre ha llegado a pie desde su lugar de origen”: al Cabo de Hornos, a la isla de Tierra del Fuego. El resultado sería su primera publicación, su primera obra maestra, ese libro maravilloso e inclasificable titulado En la Patagonia. A mitad de camino entre la crónica de viajes, el periodismo literario, la llamada autoficción y la novela, es todo eso a la vez y nada de eso exclusivamente. Según el propio Chatwin, que se quejará de lo mal que la crítica iba a comprender “esas cosas tan extrañas” que escribía, se trataba de un símbolo de la necesidad de estar siempre en movimiento, de un viaje alegórico siguiendo el esquema clásico (“el narrador sale a buscar a la bestia, etcétera”). Según W.G. Sebald, la originalidad de Bruce Chatwin radicó en derribar las barreras impuestas por editores, libreros y críticos, en sus estructuras e intenciones enigmáticas, en su promiscuidad, en cómo rompió el molde del libro de viajes para introducirse en el ámbito de lo metafísico y lo milagroso. “La búsqueda de los nómadas es la búsqueda de Dios”, escribiría años después el propio Chatwin en una de estas cartas. Las disputas con sus editores por la clasificación genérica de sus libros, por escapar de “la horda cada vez más populosa de escritores de viajes”, fueron tan frecuentes como los litigios con los albaceas de los modelos reales de sus personajes. Tras la Patagonia, vendría Benín, que daría lugar a El virrey de Ouidah, la historia de un traficante de esclavos bajo el modelo del Flaubert de Salambó y los Tres cuentos; las fronteras de Gales, en la reacción a la indiferencia con la que fue acogido su libro anterior que es Colina Negra, una novela-novela bajo el influjo de Thomas Hardy; Checoslovaquia en retrospectiva para Utz; o la Australia aborigen para la de nuevo heterodoxa Los trazos de la canción. “No puedo escribir sobre lo que no conozco”, confiesa en otra carta Chatwin. Pero no hay lugar en el mundo que escapara a su obstinado conocimiento, podríamos responderle.

A partir de la publicación de En la Patagonia, esta correspondencia deja testimonio de cómo Chatwin suda tinta en el proceso de cada uno de sus libros, de sus voluntariosas exploraciones para dotar a una historia de “veracidad”, de lo arduo de su investigación y el montaje y la reescritura de numerosos borradores. Aficionado a citar los aforismos de La tumba inquieta de Cyril Connolly, Chatwin también creía que “en un mundo en el que todos los años se imprimen millones de páginas llenas de tonterías, acaba constituyendo un deber salir al mundo, observar y condensar lo visto para lectores del futuro de una fecha desconocida”. Sin embargo, a pesar de la autoconfianza que destila su prosa chispeante, hay momentos en el que la vulnerabilidad del desaliento sale a la luz sin deshonestidades: “No le des demasiado importancia a tu inseguridad: la mía está en un momento álgido”, le escribe al joven periodista indio Sunil Sethi; o a su editor italiano, Roberto Calasso: “Al final llevabas razón, lo mejor es aplicar tu ‘método tijera’”.

El talento de Chatwin para contar anécdotas reales, exagerándolas hasta cruzar la línea de la ficción, queda desparramado a lo largo de este libro. Tras el brío y la vitalidad del desparpajo con el que está escrita, por ejemplo, la larga carta a Elizabeth fechada en Viena en julio del 67, y que más bien parece un relato de Saul Bellow, está la urgencia de captarlo todo, el continuo estado de ansiedad que le impele a convertir la vida en una eterna juventud dorada: historias rocambolescas, personajes estrambóticos y la continua y casi infantil expresión del mismo deseo: “Quiero ir a Níger, ver más nómadas: la tribu de los peul bororo”. La postal es el espacio ideal para lo que mejor parecía dársele: contar algo de sopetón, sin preámbulos; la carta, el lugar en el que su prosa eléctrica, de una visualidad arrebatadora y prístina a la vez que densa, encuentra mejor acomodo. Ser el niño bonito de las damas neoyorkinas de la alta sociedad e ir un jueves a la ópera con Jackie Onassis, bucear en Kenia por arrecifes de coral o hacer windsurf en la Martinica, apenas distrae el conflicto entre lo que Chatwin quería ser y lo que realmente era. Llegó a ser un escritor prestigiado y renegó en todo momento de la figura pública de escritor. Se separó de Elizabeth Chanler, vendieron Holwell Farm, tres años después se reconciliaron en Katmandú y, a los pocos meses, le confesó a una amiga que, sin ella, se había sentido terriblemente deprimido. En ese periodo pasó una temporada en la colonia de escritores de Yaddo y no dejó de ansiar escaparse de aquel “entorno de cartón” privilegiado. De sus pullas no se escapó V.S. Naipaul, a quien consideraba precisamente un quejica, pero tampoco su amigo Salman Rushdie. Lo mismo soltaba que “el infierno es una casa, cuyo perro se llama Cerbero”, que daba la razón a Connolly cuando decía: “Dentro de todo viajero hay un anacoreta que anhela quedarse en casa”. Se pasó la vida siendo un hipocondríaco supersticioso, mentiroso y exageradamente cómico y, cuando realmente llegó la enfermedad, empleó ese mismo talento para camuflarla. No le tembló la pluma a la hora de prescindir de su amiga Deborah Rogers para fichar por la agencia literaria de Andrew Wylie, alias ‘El Chacal’ a partir de ese momento. Se mostraba más cariñoso con Susan Sontag, a quien sólo vio una vez, que cuando escribía a su esposa. Pedía a sus amantes (como James Ivory) que fueran a verle, pero se preocupaba en todo momento de que no estuviera Elizabeth —que sabía y consentía sus relaciones homosexuales— o, cuando le diagnosticaron el VIH, de que su padre no se enterara de su doble vida. Tras conocerlo en La Alpujarra, Gerald Brenan dijo de él:

“Es un hombre encerrado en sí mismo, como un insecto bajo una capa de quitina; no le importan nada los demás y tiene que estar todo el rato hablando (…) No puedo decir que me caiga bien, es un chavalillo que sólo va a lo suyo, pero tiene una energía impresionante”.

La edición de estas cartas por parte de Elizabeth Chatwin y Nicholas Shakespeare gravita entre la mitificación del genio y un retrato moral que a uno no le queda claro si parte de la admiración o del ajuste de cuentas. Pero puede que en esa ambigüedad radique en parte la riqueza subyugante del libro. Cuando a Chatwin le comunican que tiene sida, éste no se cansa de publicitar que ha sido infectado por un hongo extrañísimo detectado en unos campesinos chinos, en una cueva de murciélagos o en una orca varada en la India. Conforme avanza el deterioro físico, alcanza un estado de hipomanía en el que la aceleración mental acentúa los rasgos más atrayentes de su carácter: se vuelve cada vez más locuaz, delirantemente imaginativo, un torbellino de la naturaleza que no se correspondía con la parálisis nerviosa que ya había afectado a sus piernas. Conmueve la última carta que le escribe Michael Ignatieff en la que le pregunta hacia dónde se está escapando ahora. Conmueven las cartas previas a su muerte dictadas a su mujer en las que Elizabeth añade posdatas para explicar cuál es la verdadera situación de su marido. Conmueve el cuarteto que compuso Kevin Volans basándose en Los trazos de la canción y ante cuya audición Chatwin sólo fue capaz de articular una palabra: “precioso”. Hasta conmueve su acercamiento final, medio alucinado medio místico, a la fe ortodoxa griega tras ver un pantocrátor. En el último libro que leyó aparecían estos versos:

“A todo renunciamos menos a nosotros mismos:
el egoísmo es lo último que se pierde;
nuestros suspiros son exhalaciones de la tierra,
nuestras pisadas dejan un rastro en la nieve”.  

Bajo el sol puede ser leído por los iniciados en la obra de Chatwin como una comprobación o refutación del personaje que protagoniza En la Patagonia, Los trazos de la canción o ¿Qué hago aquí?, pero también por cualquiera como una autobiografía fragmentada o una conversación con uno de los escritores más excepcionales de la segunda mitad del siglo pasado. Incluso cabe la lectura de una obra de imaginación en la que Bruce Chatwin se nos revele como el ser de ficción que construyó de cara a los demás. En cualquier caso, y aunque estas cosas dependan mucho de las condiciones materiales (en contra de lo que pudiera parecer, Chatwin no fue rico) o la configuración genética,  yo me quedo con el entusiasmo incontenible que desbordan sus páginas, con la intensidad contagiosa que destilan sus cartas, con el triunfo de la amplitud apasionada sobre la languidez de quien ni siquiera intenta vivir como quiere y con el drama de quien siendo consciente de que, como dijo Pascal, toda la desgracia de los hombres es resultado del no saber permanecer en reposo en su cuarto, no pudo hacer nada por evitarla. Su obra trató de arrojar por todos los medios cierta luz sobre la naturaleza de la inquietud humana. 

24 diciembre 2012

Gato por liebre


Aquí y ahora. Cartas (2008-2011)

Paul Auster y J. M. Coetzee

Anagrama & Mondadori, 2012

ISBN: 978-84-397-2632-6

265 páginas

18,90 €

Traducción de Benito Gómez Ibáñez y Javier Calvo


Coradino Vega

Para cualquier seguidor de ambos o de uno u otro, lo cual no es de extrañar dado el éxito del primero y el sólido prestigio del segundo, esta recopilación de la correspondencia reciente entre Paul Auster y Coetzee se presentaba a priori cuando menos prometedora. Los dos escritores se conocieron en el Adelaide Literary Festival de hace cuatro años, y a partir de ahí Coetzee propuso a Auster iniciar una relación epistolar en una suerte de estimulación recíproca o juego intelectual ente colegas. Las cartas abarcan un arco de tiempo que va del estallido de la burbuja financiera de 2008 hasta las revoluciones árabes de 2011 y, oportunamente, comienzan hablando de la amistad. Los demás temas —el deporte, la escritura, las críticas, el cine, el incesto o el insomnio, por mencionar sólo algunos— van surgiendo luego, poco a poco, con una espontaneidad no siempre atendida por el destinatario, pues muchas propuestas quedan sin desarrollar y la primera parte al menos, más que un análisis dialogado de un asunto u otro, adopta el aire de una tormenta de ideas sin resolver.

Ambos emisarios cuidan con gusto el arte de la carta como si fuera lo que realmente es: un uso en vías de extinción. Auster las escribe a máquina. Coetzee las envía a veces por fax o, si tiene algo urgente que comunicar, se las adjunta a la mujer de Auster, la también novelista y ensayista Siri Hustvedt, por e-mail. A ambos parece no gustarles la deshumanización de las nuevas tecnologías. Pero aunque compartan ciertas opiniones y una común nostalgia por un mundo de ayer más cultivado y atento que el de hoy, lo normal es que el diálogo se convierta en un intercambio de puntos de vista prudentemente velado, sobre todo por parte de Auster, tras una almibarada cordialidad de viejos caballeros que sobreviven, más que bien, entre las ruinas del presente. De este modo, cualquier conato de dialéctica queda erradicado por la amabilidad, la concesión, el afecto o el excesivo respeto. Podría decirse que ambos escritores se tratan de tú a tú, aunque esa aparente igualdad queda matizada por lo que parecen ser dos temperamentos bien distintos. Coetzee se muestra más reservado, cautelosamente más seguro, con una notoria inclinación hacia la referencia teórica y un ingenio menos interesante que la inteligencia que muestran sus libros. Paul Auster, en cambio, adopta un rol más mundano, más flexible y afable aunque trufado por una tendencia a mencionar su propia obra que, más que un acto de vanidad, se antoja como una especie de mecanismo de defensa. A ambos les tiran sus cosas: a Coetzee, la lingüística, las matemáticas, los animales, la exigencia crítica y las opiniones políticamente incorrectas, expuestas aquí de forma mucho más tosca e inocua que, por ejemplo, en Diario de un mal año. A Auster, por su parte, le motiva más hablar de béisbol, dejar claro su progresismo compatible con el glamur de los festivales (“soy un firme creyente en la felicidad universal”), e insistir en las casualidades y el azar en lo que parecen pequeñas caricaturas manieristas de sus mejores novelas. Los dos comparten alguna afición, la debilidad por Beckett y un ideal áurico de la figura del escritor aderezado de su correspondiente tópico romántico.

Por lo demás, y aparte de lo elegantemente bien que están escritas (si exceptuamos alguna indulgencia del tipo “querido abuelito”, como se atreve a llamar Auster a Coetzee en una ocasión), estas cartas tienen el interés que el fan incondicional o el lector atraído por las estadísticas deportivas puedan darles. Las opiniones políticas vertidas en ellas resultan tan vaporosas como consabidas. Y lo mismo sucede con sus ideas sobre los críticos literarios (a raíz de un enfado de Auster con James Wood), la escritura o las nuevas tecnologías (“los viejos somos notoriamente ciegos a las virtudes de los jóvenes”, reconoce Coetzee). Por lo que no deja de sorprender que un escritor tan riguroso y poco autocomplaciente como Coetzee, en cuya obra resulta tan difícil hallar un solo lugar común y que siempre ha parecido tener como principio “si no tienes algo diferente que decir, lo mejor es callarse”, haya consentido la publicación de este libro que, precisamente por ser fruto del entretenimiento ocioso y carecer de la sustancia de sus ensayos y novelas, aburrirá en especial a sus lectores habituales.

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

21 noviembre 2012

Lo esencial

José Martínez Ros
 
Llega el otoño. Refresca por las noches, una primera hoja se desliza, verde y ocre, desde la capa de un árbol, toca reincorporarse a la rutina laboral. También puede ser un buen momento para reencontrarse con el más secreto de los géneros literarios: la poesía.
 
 
La bicicleta del panadero
 
Juan Carlos Mestre
 
Calambur, 2012
 
ISBN: 978-84-8359-238-0
 
480 páginas
 
25 €
 
 
 
 
 
“Pocos confían en las multiplicaciones bíblicas / Nadie encuentra en el río pepitas de oro / Ningún periódico trae un ruiseñor en la primera página.”
 
Empezamos por el leonés Juan Carlos Mestre, uno de los autores más asombrosos de la literatura española actual. Un libro como La bicicleta del panadero (Editorial Calambur) parece capaz de traducir el mundo con ojos nuevos gracias a su fuerza imaginativa, a la alquimia incansable de sus versos (en la que se advierten ecos perfectamente asimilados de Pound, Whitman o Gamoneda). Mestre está dispuesto a demostrarnos que no es surrealista el poema sino la realidad. La realidad transfigurada por el alcohol, el amor o el insomnio, inconcebible y terrible en su belleza.
 
"Es la hora de la noche y sus duras arrugas que la luz derretirá temprano. La hora de las cremalleras cerradas hasta el cuello y los finos dedos que desenroscan la cantimplora. Cuando ciertos ancianos, ciertas aguas carcomidas por el cáncer, ciertas inconcebibles narraciones distraídas por el contador mentiroso abandonan la escena de los boulevares La hora del reloj de pared y el teléfono móvil que suena en la sepultura. La hora de los mercados y las camas donde se entrelazan los convidados a no despertar tras los tabiques del Hudson.
 
Eras a la que por primera vez pregunté quién era / Un animalito azul que toca el violín entre las nubes teñidas de Chagall / La aldea que comienza en agosto la corcita tumbada sobre el orégano / Eras la lluvia con cabeza de alfiler el inicio del agua / La reina la luna envejecida por la noche del padre / Eras lo que veo cuando miro una campana con los ojos cerrados / Lo naciente tantas veces al día lo escuchado sin que se oiga."
 
Los poemas de Juan Carlos Mestre adoptan distintas formas: versos libres, versículos, letanías, oraciones y, en muchas ocasiones, el monólogo de un individuo que contempla el mundo desde una perspectiva a veces irónica, a veces teñida de entusiasmo o de dolor, que desafía con la lógica de las emociones las servidumbres del lenguaje, que trata de definirse, de reivindicar su autonomía estética, su derecho a buscar la felicidad y su rechazo al sufrimiento y los fantasmas de la historia. 
 
"[…] y más de ciento cincuenta mil campesinos, según datos del Ministerio de Agricultura de la India, utilizaron los pesticidas, adquiridos bajo préstamos de usura, para suicidarse, óyelo bien, para suicidarse. En Kerala, en Karnataka, en Andhra Pradesh, terminada la primavera, se recoge el algodón para los saris blancos de las vestidas de luto. 
 
No fue, desconfiaba de la pureza del dolor / Y la ilimitada tristeza de los funcionarios / No puso ningún libro por almohada / La minoría es él, también la muchedumbre / Alguna estrella debería llevar su nombre / Algún solitario girasol entre los zarzales / Algo que no hizo: callarse."
 
Después de leer La bicicleta del panadero (y su libro anterior, el también magnífico, La casa roja) tengo dos certidumbres: Mestre es un poeta mayor y somos afortunados por el simple hecho de ser sus contemporáneos; y lo seríamos mucho más, si mucha más gente lo leyera: el mundo empezaría a cambiar.
 
Cartas del verano de 1926
 
Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak y Rainer Maria Rilke
 
Minúscula, 2012
 
ISBN: 978-84-9558-788-6
 
439 páginas
 
25 €
 
Traducción del ruso de Selma Ancira, del alemán de Adan Kovacsics y de los poemas por Selma Ancira y Francisco Segovia
 
Edición e introducción de Konstantín Azadovski, Evgueni Pasternak y Elena Pasternak
 
Difícilmente se podría decir que las traducciones de la poesía rusa -de un país de enormes poetas que, durante el periodo estalinista condenó a buena parte de sus desgraciados contemporáneos literarios al exilio, la muerte, la locura y un número casi infinito de formas de degradación- sean muy populares, y la razón es muy clara: en contra de lo que sucede con la poesía en lengua inglesa, francesa o italiana, parece que no se ha encontrado el modo de traducir a los clásicos rusos al español (y sí, no obstante, a sus grandes novelistas) sin que se pierda su esencia, es decir, la misma chispa de su poesía. Así, mientras que todos hemos leído traducciones más o menos brillantes de Blake, Baudelaire, Shelley o Leopardi, en las que, a pesar de los pesares, admirábamos un reflejo de la fuerza, de la visión, del original, creo que nadie o casi nadie ha experimentado lo mismo con Ajmatova o Pushkin. 
 
Esa es una de las razones, y no la única, por la que me ha parecido tan extraordinario este libro, que con el no demasiado atractivo título de Cartas del verano de 1926 nos trae la joven editorial Minúscula. Superficialmente, su contenido sólo debería atraer a eslavistas y a recopiladores de anécdotas literarias: recoge la copiosa correspondencia que mantuvieron dos de los mayores líricos rusos, Marina Tsvietáieva y Borís Pasternak, entonces dos jóvenes y muy entusiastas poetas de una Unión Soviética en la primera etapa de su Revolución, con su admirado Rilke, el autor de las Elegías de Duino, el mayor poeta de lengua alemana del siglo XX, al que no le quedaba demasiado de vida. Digo “superficialmente”, porque este mágico epistolario se lee con una pasión arrolladora. No es que sólo resulte fácil de leer -gracias a la impagable labor de los traductores-, sino que es complicado no prendarse de él. 
 
Así conocemos al tímido y prudente Pasternak, al que aún faltan décadas para convertirse en Premio Nobel, en el autor de Doctor Zhivago. Al sabio y cansado Rilke, acosado por la enfermedad Y sobre todo, a la apasionada, egoísta, inteligente y arrebatadora Tsvietáeiva, que si hubiera sido una ficción, y no un ser de carne y hueso (con una desgraciada biografía) podría haberse convertido en uno de los grandes personajes femeninos de la historia de la literatura. Sencillamente, es imposible leerla y no enamorase un poco de ella. 
 
"Sumergirme profundamente en mí misma y después de días o años -en algún momento súbitamente- devolverlo como una fuente, profundidad convertida en altura, con el dolor mitigado, transfigurado Pero no relatar: he escrito a este, he besado a aquel. “Alégrate, pronto llegará el fin” –dice el alma a mis labios. Abrazar a un árbol o a una persona –para mí es lo mismo. Es lo mismo."

18 octubre 2012

Cuba en tres tiempos

Alejandro Luque

Aunque en medio de las últimas convulsiones mundiales Cuba aparezca como desenfocada, relegada a los márgenes de la actualidad política y cultural, la mayor de las Antillas no ha perdido su magnetismo irresistible, y su longeva Revolución sigue siendo un motivo de controversia inagotable, capaz de levantar pasiones desbordantes y rechazos viscerales. He aquí tres lecturas que no dejarán indiferentes a ningún interesado en la isla y sus circunstancias. 


Maestro cantor

José Ángel Valente y José Lezama Lima

Renacimiento, 2012

ISBN: 978-84-151-7740-1

216 páginas

16 €

Prólogo de Juan Goytisolo


Fue María Zambrano la persona que les puso en contacto, pero desde el primer encuentro en una casa llena de libros del Trocadero habanero surgió una amistad que perduraría en el tiempo, a pesar de la distancia geográfica y de las interferencias de los censores. Ahora, en una cuidada edición a cargo de Javier Fornieles Ten con prólogo de Juan Goytisolo, ve la luz el epistolario reunido entre el poeta español José Ángel Valente y el cubano José Lezama Lima, el maestro cantor que da título al volumen.
Estas cartas, a las que se suman otras de personajes cercanos a los poetas, así como los ensayos que se dedicaron mutuamente, ponen de manifiesto la instantánea simpatía que se profesaron, así como el progresivo hallazgo de afinidades, entre las cuales destaca -de nuevo con Zambrano como nexo común- el interés por la mística, con especial atención hacia la figura de Miguel de Molinos, condenado por hereje como, en cierto modo, lo fueron también Valente y Lezama : aquel, desterrado en Europa, éste aislado y ninguneado en una ciudad, La Habana, que cantó como nadie. Una lectura que ayuda a comprender tanto las claves de dos poéticas fundamentales del siglo XX, como algunas de las circunstancias a las que hubieron de enfrentarse los intelectuales en aquellos tempestuosos tiempos. 


Necesidad de libertad
Reinaldo Arenas
Point de Lunettes, 2012
ISBN: 978-84-9650-855-2
384 páginas
16 €




El gran público descubrió la figurar del cubano Reinaldo Arenas (1943-1990) gracias al filme de Julian Schnabel Antes que anochezca, que le valió a Javier Bardem su primera candidatura al Óscar. Este éxito ayudó a difundir obras como Celestino antes del alba, Otra vez el mar o las memorias que dieron título a la película. La editorial sevillana Point de Lunettes, que dos años atrás publicó la correspondencia de Arenas con el pintor Jorge Camacho y su mujer, Margarita, ahora recupera una serie de textos donde el escritor de Holguín ajusta cuentas de un modo feroz con la Revolución cubana y con sus valedores.
"El intelectual cubano en el exilio está condenado a desaparecer dos veces: primero, el Estado cubano lo borra del mapa literario de su país; luego, las izquierdas galopantes y preponderantes, instaladas naturalmente en los países capitalistas, lo condenan al silencio", denuncia Arenas en uno de estos ensayos, en los que reitera los mil modos de represión -ninguneo, prisión, vejaciones, espionaje- a los que fue sometido antes de sumarse al éxodo de Mariel en 1980, entre el contingente de homosexuales, delincuentes y enfermos mentales a los que el régimen permitió salir a Estados Unidos.
El volumen misceláneo contiene, entre muchos otros testimonios propios, ensayos literarios, fragmentos de discursos de Fidel y las cartas de intelectuales europeos y latinoamericanos que sucedieron al lamentable caso Padilla, artículos de la ley contra el "diversionismo ideológico" y hasta un recorte de la prensa francesa en la que se especulaba con la posibilidad de que Arenas hubiera desaparecido a manos de las fuerzas policiales cubanas.
Otros documentos constatan de manera más expeditiva el divorcio entre el escritor y el castrismo. Así, con una carta al poeta Nicolás Guillén le hace saber que "de acuerdo con el balance de liquidación de amistad que cada fin de año realizo (...) le comunico que usted ha engrosado la lista del mismo". A Alexandra Reccio, miembro del Partido Comunista de Italia, que visitó a Arenas en La Habana sin dejar de pregonar las bondades de la Revolución, la despide diciéndole: "Ojalá algún día comprenda (...) que el único sitio donde el hombre es libre, y por tanto es realmente hombre, es aquel donde puede manifestar su desprecio. Reciba pues sincera y modestamente el mío".
No se queda atrás a la hora de enjuiciar severamente a sus compañeros de letras. Prácticamente todos, salvo a Lezama Lima y a Virgilia Piñera -que, según acredita Arenas, sufrieron presiones y desprecios parejos a los suyos- reciben invectivas del autor. A los cubanos Lisandro Otero, Fernández Retamar y Edmundo Desnoes no los saca de la consideración de esbirros del sistema. Cintio Vitier es un "monje" y un "santurrón", el nicaragüense Ernesto Cardenal es "tan mediocre e hipócrita como su supuesta doctrina religiosa"; Julio Cortázar pertenece a esas "barbudas putonas izquierdistas que desde París inventan o apoyan revoluciones inexistentes", mientras que el Nobel colombiano Gabriel García Márquez una "vedette del comunismo" y "un híbrido entre la demagogia y el folclor".
Y como blanco de sus más furibundos rencores, la figura de Fidel Castro: "Los intelectuales que, como invitados de honor", escribe Arenas, "visitan las tribunas de los países comunistas, si tuviesen el coraje de pensar por sí mismos y la valentía de no servir a otra causa que a la de la razón (como se supone que debe obrar un intelectual) deberían sentirse profundamente perturbados y entristecidos cuando ante ellos y el jefe máximo, el único jefe, sólo se oye un clamoroso sí con sus consabidos aplausos".
Probablemente arbitrario a ratos, tal vez vehemente en exceso, lo cierto es que el autor escribe investido por la autoridad de la víctima. Arenas se suicidó en diciembre de 1990 en su apartamento de Nueva York, estragado por el Sida. "Cuba será libre. Yo ya lo soy", fueron sus últimas palabras. 

Antología. La poesía del siglo XX en Cuba
VV. AA.

Visor, 2011
ISBN: 978-84-989-5076-2
463 páginas
22 €
Edición de Víctor Rodríguez Núñez



He aquí una antología que, tanto por la seriedad de su revelador prólogo como por la suculenta nómina de los seleccionados, podría considerarse casi definitiva. Cierto es que la delimitación geográfica y temporal, la Cuba de los últimos 50 años, ofrece un panorama tan vasto y rico que poco le habrá costado al autor encontrar perlas a montones.
El sumario se abre y se cierra curiosamente con dos mujeres, Fina García Marruz (1923) y Damaris Calderón (1967), y por en medio se despliegan nombres consagrados (Barnet, Retamar, Arrufat, Fernández) junto a otros pendientes de descubrir entre los lectores españoles menos iniciados, como Fayad Jamís, Luis Rogelio Nogueras o Ramón Fernández-Larrea. Entre unos y otros, el juego apasionante de escuelas, influencias y corrientes que tiene en el grupo Orígenes su fuente primordial de inspiración y de disidencia, y en la Revolución cubana un punto de inflexión determinante.
No hay antología sin ausencias, y a éstas se debe el hecho de que escatimemos la consideración de definitiva. La de Visor tiene tres notables: la de Antonio José Ponte, conocido como narrador pero autor de algunos interesantísimos poemarios; la de José Pérez Olivares, en mi opinión el más capacitado de su generación y del que más cabe esperar en el futuro; y la del propio antólogo, Rodríguez Núñez, dueño de una poética propia y personal que hubiera encajado perfectamente en el sumario.