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15 enero 2013

Con estos cuentistas nunca se sabe



Todos los cuentos

Antonio Pereira

Siruela, 2012

ISBN: 978-84-9841-653-4

892 páginas

29,95 €

Prólogo de Antonio Gamoneda



Rafael Suárez Plácido

Con Antonio Pereira nunca se sabe. Uno va leyendo la narración que nos propone, recorriendo cada contorno de cada sílaba, como si fuera un poema, pensando que le están contando una historia que más o menos le suena, y en el último momento, en el último párrafo o en la última frase, aparece la frase –a veces la palabra- que lo cambia todo y que hace que la historia suene como nueva. Con Antonio Pereira nunca se sabe. No lo digo yo, lo dice él mismo en su “Cuento de los dos narradores”: “… que con estos cuentistas nunca se sabe.” Y tanto que no se sabe porque este cuento, por ejemplo, de los dos narradores, no es siquiera un cuento al uso, sino que fue el prólogo de la antología Cuentos del Medio Siglo. Eso es lo primero, esta Narrativa breve completa incluye toda su obra narrativa, excepto sus tres novelas: más de doscientas textos agrupados en doce libros.

Se trata de un acontecimiento editorial, por supuesto. Antonio Pereira falleció en 2009 y, aunque ya había publicado alguna antología de cuentos, nada ha sido comparable al esfuerzo editorial que le ha dedicado la editorial Siruela, con esta edición cuidadísima, marca de la casa que, además, lleva un texto prólogo, o a modo de prólogo, del poeta Antonio Gamoneda. ¿Un poeta prologando los cuentos de Pereira? Claro, el descubrimiento -para quien aún no lo haya realizado- del Pereira narrador no puede hacer olvidar que ahí hay también un Pereira poeta. No sólo cuando escribía versos, también en su narrativa. De hecho él siempre se consideró más poeta que otra cosa.

Su primer libro de poemas, El regreso (1964) aparece en la entonces más que prestigiosa colección Adonais, y está adscrito a la estética del círculo castellano-leonés formado en torno a la revista Espadaña. Quizás hubiera sido un buen comienzo para hablar de un buen poeta, pero sólo dos años después apareció su primer libro de cuentos: Una ventana a la carretera. Ya desde estos inicios nos encontramos a un autor maduro. Realmente lo era, pues nació en 1923: hablamos de primeros libros publicados con más de cuarenta años y el jovencito que iba publicando sus artículos y poemas, desde muy joven, en algunos periódicos de la zona, ya no era un principiante y tenía cierto nombre entre sus paisanos, y algunos de los más entendidos ya lo reconocían como un nombre muy a tener en cuenta.

En el citado “Cuento de los dos narradores” hace una brevísima semblanza de su biografía literaria. Esos "dos narradores" son él mismo y se refieren a los dos estilos, o "dos estéticas" que marcaron su obra. El primero, un narrador inocente, al que podían tachar “de localista y de costumbrista y provinciano” con cierta razón, porque sus historias se referían a “lo que él veía o imaginaba en sus comarcas del interior.” Pero “fue perdiendo la inocencia con los libros de teoría literaria y otras malas compañías (…) y prosperó en el oficio de contar y se convirtió en el narrador resabiado.” El cuento concluye diciendo que pese a esa evolución en lo estético “no se arrepiente de sus cuentos de aquel tiempo, ni a sus personajes los niega.” Es un tema sobre el que se puede escribir mucho y, sin duda, se ha escrito. El primer Antonio Pereira escribía cuentos provincianos y costumbristas, pero era plenamente consciente de que lo eran y buscaba con ellos una intención crítica. En estos cuentos, aparece reflejada la vida cotidiana durante la dictadura. Y, aunque es cierto que se publicaron ya en los segundos años sesenta, se mostraban maneras de vivir que no eran las habituales ni las consentidas por el sistema. En este sentido, ya en su segundo libro, El ingeniero Balboa y otras historias civiles, publicado en 1976, ese escritor resabiado aparece plenamente y esa intención crítica con la dictadura y sus costumbres es ya más que evidente. Hay un tópico cuando se escribe sobre un autor de cuentos, y es decir que tal cuento o tal otro es digno de aparecer en una antología de relatos del siglo. “El ingeniero Balboa” es digno de ser uno de los grandes relatos escritos en nuestra lengua. Ahí es donde se ve a ese Antonio Pereira que ha leído y asimilado Teoría de la Literatura y, sobre todo, que se ha juntado con malas compañías, y comienza a aparecer é mismo en sus relatos, con datos autobiográficos evidentes, mezclando realidad y ficción: ahí empieza a no saberse dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción. El personaje de Elena Balboa, Lena, es uno de esos personajes que siempre buscamos en nuestras lecturas y al que ponemos una u otra cara, según sea nuestro estado de ánimo, que sólo ha llegado a nosotros por unas cuantas frases y escenas intuidas más que leídas: uno de los grandes personajes de nuestra literatura esbozado en unas pocas páginas.

A partir de ahí, cada cuento que leemos, cada uno de los casi doscientos cuentos que le siguen, es una aventura por vivir, de la que sabemos un título, un nombre propio evocador, pero no mucho más. Lo único que vamos previendo es que hasta que no lleguemos a la última línea del cuento, no sabremos realmente qué estamos leyendo. Sus pasiones, sus amigos (Antonio Gamoneda, que le escribe un maravilloso y emocionado prólogo, el jovencísimo Juan Carlos Mestre o Juan Eduardo Zúñiga), sus autores favoritos (los ilustrados franceses, los simbolistas -Rimbaud-, y un listado de contemporáneos que sorprende por su heterogeneidad desacostumbrada en aquellos tiempos que le tocó vivir), el amor, el sexo, la amistad, el gusto por lo bueno y, muy especialmente, por la literatura, nos van acompañando en esta singladura que sorprenderá a los lectores que aún no lo conozcan. Una vez que lo empiecen a leer, ya no podrán soltarlo.

17 septiembre 2012

La sordidez que acecha

Los mutilados

Hermann Ungar

Siruela, 2012. Colección "Libros del Tiempo"

ISBN: 978-84-9841-589-6

158 páginas

16,95 €

Traducción de Ana María de la Fuente



Sara Mesa

Expresionismo y sordidez. O sordidez representada mediante el lenguaje del expresionismo. A Esmé, la protagonista del relato de Salinger, tan seducida ella misma por la sordidez, le hubiese encantado la historia de Franz Polzer. En ella están no solo la oscuridad o la truculencia: también lo conmovedor, lo patético. Pobre Polzer. Un personaje al vaivén de circunstancias cuyas reglas desconoce, como el Joseph K. de El proceso. Una marioneta desmembrada por recibir tirones de tantos lados. Una víctima, pero también un borrego, incapaz de tomar ni una sola decisión que lo libere de sus yugos. Un personaje de su época, sometido a los brutales imperativos de la industrialización y el crecimiento económico. 1923. Entreguerras. Una Europa escindida, en ebullición, calentándose para otra gran guerra. Hermann Ungar, escritor checo, judío, cercano pero lejano del círculo de Max Brod y Kafka, publica Los mutilados, una novela brutal y descarnada como pocas. El universo Grosz llevado a la literatura.

Es sorprendente cómo en una novela de apenas 150 páginas pueden aparecer tantos temas, todos ellos bajo la misma visión de lo grotesco. El trabajo. El sexo. El dinero. La violencia. La amistad. La religión. La maternidad. La familia. La posición social. El odio a los judíos. Nada queda indemne. Personajes esquemáticos, acciones rápidas, diálogos secos y certeros y no pocas cercanías con nuestra estética del esperpento. Suciedad y crueldad: el señor Ungar no nos ahorra ningún mal trago. La historia comienza con sencillez, y luego se precipita mientras devoramos las páginas. En realidad podría resumirse en lo siguiente: el oficinista Franz Polzer, empleado de banca que lleva una existencia rutinaria y sin ambiciones, temeroso siempre de que le roben, lo asalten o se le acerque una mujer, no sabe decir no, desconoce el concepto de resistencia. No sabe decir no a una relación de sumisión e indignidad con su casera, la viuda Klara Porges; no sabe decir no a sus compañeros de trabajo, que lo asedian y se burlan de él; no sabe decir no a la lascivia que lo acecha, al robo, a la crueldad; no sabe ni siquiera escapar de su propio miedo. Bien pensado, sí hay algo a lo que dice no -un no titubeante-, en la medida en que no desea perder el mundo de seguridad que él cree que domina. Pero no lo diremos. No es conveniente contar la historia de Los mutilados; es mucho mejor enfrentarse al libro sin saber demasiado de ella. O simplemente destacar la naturaleza deforme de los personajes: Karl Fanta, amigo de la infancia del protagonista que padece una enfermedad que lo condena a la mutilación paulatina de sus miembros; el enfermero Sonntang, un matarife arrepentido que vive una religiosidad perversa; el médico, el estudiante, el apoderado, el hijo de Fanta… toda una galería de secundarios que lo sumergen en acciones que no comprende, reglas sin determinar, la turbiedad de lo que no se ve pero se presiente repugante. Franz Polzer es, sin duda, un fantoche.

Los mutilados es una novela plagada de símbolos. El sexo siempre se presenta como carne cruda; la visión de la mujer desnuda es cercana a la de un animal abierto en canal. Polzer, profundamente misógino, piensa: “La desnudez de la mujer era repelente…. Le horrorizaba pensar que aquel cuerpo no estaba cerrado. Que tenía un corte, una abertura insondable. Como la carne desgarrada, como una herida”. Sin embargo es incapaz de sustraerse al embrujo de ese cuerpo: “Ella se abrió. Polzer no se movía. El cuerpo de la mujer brillaba de sudor. Encima de los ojos tenía la raya del pelo. Le relucía el blanco cuero cabelludo. Sus pechos gordos caían, flácidos, hacia los lados”. La raya del pelo en la viuda parece un símbolo terrorífico de la vagina; es una obsesión en el protagonista: “Por la noche, Polzer veía relucir la raya del pelo. Ella dormía. Él deseaba levantarse y borrar la raya. Entonces todo se arreglaría, estaba seguro”. La raya del pelo adquiere los tintes obsesivos del borde de la falda de Teresa, la mujer del doctor Kien en el Auto de fe de Canetti: algo de lo que el hombre no puede escapar. Y sin embargo, Polzer asume su suerte como justa: “Él quería apartar la manta y mirarla. Ver el vientre hinchado, los pelillos entre los pechos que colgaban hacia los lados cuando ella estaba echada, la cara gruesa, las manos que habían tocado a todos los hombres, por todas partes. Ella era horrible y estaba profanada. Tenía el cuerpo amarillo. Ahora bien: así debía ser”.

El terror se extiende a los sueños. Polzer se obsesiona con el orden en el trabajo, con los pasos nocturnos, con los ruidos y los olores. A veces la novela apesta. La habitación de enfermo de Karl Fanta desprende un hedor insoportable al que todos parecen acostumbrarse pronto. La fealdad es el único reino posible. El propio Fanta, al que la mutilación conduce al cinismo -pero también a la lucidez- es duro al plantearlo: “En el mundo, hay sibaritas y hay glotones. Polzer, ¿comprendes? La belleza es algo superior. Tú no puedes sino contemplarla… Pero los glotones prefieren atracarse de carne de cerda, en lugar de degustar exquisiteces…”

El mundo del trabajo, de la oficina, es descrito con más crueldad aún que en El proceso. Los compañeros de Polzer y sus jefes parecen confabulados contra él. Él está en sus manos; debe someterse a designios cuyos fines no conoce. El ascenso social es contemplado con deseo, pero también con miedo. La forma de vestir es importante, demasiado importante. Polzer se avergüenza de sus manos enrojecidas, que delatan su origen humilde. Es un simple contable, su misión es contar, pero a veces no sabe qué está contando. El dinero se revela fundamental, pero nadie confiesa de dónde proviene ni con qué fines: “Dinero, dinero, de todas partes, dinero (…) para qué el dinero, siempre el dinero, de todas partes, dinero”. El enfermero ex matarife, que conserva su gran cuchillo manchado de sangre de ternera, predica que los pecados han de repetirse para poder obtener el perdón, “porque no hay más expiación que la de responder nuevamente de tus pecados, porque la expiación nunca termina (…) no nos es dado abandonar nuestro camino ni nuestros pecados”. Todo es enfermizo, está viciado, se pudre.

Leer este libro es zambullirse en una estética de lo feo y lo perverso. Una estética de lo deforme, también, que afecta a las breves pero efectivas descripciones de espacios: claustrofóbicos, asfixiantes, casi sobrenaturales. Tres años antes de la aparición de Los mutilados, en 1920, se estrenaba El gabinete del doctor Caligari. Hace mucho que no veo esa película, pero sus imágenes volvieron a mi mente con este libro: personajes acosados entre muros que se retuercen, sombras que acechan y un horror incomprensible para las leyes del racionalismo. Hay quien huye de esto: otros lectores, sin embargo, nos sentimos irremediablemente atraídos. A estos, el libro no les defraudará, estoy segura.

Nota: Cabe añadir que, al mismo tiempo que esta edición de Siruela, ha aparecido otra en el sello Backlist de Planeta, con prólogo de Ricardo Menéndez Salmón.

27 julio 2012

La era de los descubrimientos


Blues de Trafalgar

José Luis Rodríguez del Corral

Siruela, 2012. Colección "Nuevos Tiempos"

ISBN: 978-84-9841-649-7

176 páginas

15,95 €

Premio de Novela Café Gijón 2011




Fran G. Matute

Han pasado veinte años desde la Expo '92 pero parece que es justo ahora cuando la literatura se ha parado a pensar, por primera vez, qué significó aquello para la sociedad sevillana. Es cierto que la prensa sí se fue encargando, al principio, de ensalzar la capacidad organizativa de una ciudad que, francamente, rozaba el provincianismo en aquel entonces para, posteriormente, desmitificar cuanto se construyó en la Isla de la Cartuja y alrededores, a la vista del legado de pobreza económica y espiritual que nos dejó el evento. También en la calle, entre los corrillos de vecinos, viandantes y parroquianos, se ha debatido largo y tendido sobre el aprovechamiento que se hizo de tantísimos miles de millones de pesetas que se invirtieron a principios de los noventa por la capital. Pero el mundo de la cultura pareció quedarse mudo ante la magnitud de la exposición. Sevilla, capital del mundo. Y ningún artista autóctono fue capaz de sentirse inspirado por la celebración de la era de los descubrimientos, como para retratar el momento.

Será casualidad, quiero pensar, que la generación que más disfrutó de aquel 1992 -estoy pensando en la nacida a principios de los años setenta- esté empezando ahora a coquetear con el momento. Será casualidad que, por ejemplo, Alberto Rodríguez filme una película ambientada en los años de la Expo. Será casualidad que la gente lleve ahora orgullosa camisetas de la mascota Curro, que se venden como artículo 'cool' o 'vintage'. Han tenido que pasar veinte años para que los verdaderos protagonistas de aquel 'boom' digirieran lo ocurrido y se atrevieran a contarlo. Veinte años para poder verbalizar, sin miedo a represalias, que el verdadero descubrimiento que se celebró en aquella época fue el de la corrupción. Y que por un año de celebridad se hipotecaron miles de vidas a costa de unos pocos que se llenaron rápidamente y sin esfuerzo los bolsillos y que hoy día ocupan los asientos del poder.

De esto va, en esencia, Blues de Trafalgar de José Luis Rodríguez del Corral. Una novela corta, con vocación de 'thriller', que pone sobre la mesa, de forma bastante esquemática -todo sea dicho- pero con tino, cada uno de los escalones de putrefacción que se construyeron en Sevilla tras la Exposición Universal. Desde el arquitecto que se hizo de oro gracias a la "modernización" estilística de la ciudad, pasando por el periodista que alcanzó el monopolio audiovisual de cuanto se quiso rodar y emitir por aquel entonces, terminando en el político que supo comprar amistades en el momento idóneo y que se perpetúa en el poder gracias al tráfico de favores e influencias. Sin citar nombres o apellidos -o al menos no reales- no resulta muy difícil identificar a estos personajes con individuos de carne y hueso, si se conocen bien los entresijos mediáticos de Sevilla. Pero ya se sabe que es de mala educación señalar.

Así que lo más destacable de esta obra de Rodríguez del Corral es su atrevimiento a la hora de abordar una temática tan delicada y sobre la que nadie había osado -al menos que yo sea consciente- atacar de forma tan directa. Sí. José Luis lo afirma sin contemplaciones. La generación que construyó la Expo -la del propio autor- se acomodó ante los cánticos de sirena provenientes del poder y del dinero y perdió toda su vocación revolucionaria, que tanto le costó alcanzar.

Pero si bien hemos empatizado con la línea temática planteada por Blues de Trafalgar, curiosamente inspirada en hechos reales, nos ha costado encontrar la misma sintonía con ciertas asunciones estilísticas tomadas por el autor y que, en demasiadas ocasiones, han terminado por enturbiar el resultado final de la obra literaria. A nuestro juicio, la prosa que gasta Rodríguez del Corral en Blues de Trafalgar para contar esta narración sobre la corrupción del alma nos ha parecido bastante plana. No quiere esto decir que el autor escriba mal. No seré yo además el que insinúe tal cosa. De hecho existen pasajes de cierto lirismo, como los dedicados al viento de levante gaditano. Pero acostumbrado -o, mejor dicho, decantado por- a la escritura musculosa, la lectura de muchos párrafos de esta novela se nos han caído, literalmente, de las manos. Si a eso añadimos el tono moralista que contiene la historia del protagonista y algún que otro truquillo narrativo que Rodríguez del Corral se saca de la manga para atar su intrahistoria (esas casualidades del destino tan hollywoodienses, esa historia de amor tan forzada, ese 'twist' final sobre las verdaderas intenciones de la víctima...), la verdad es que el conjunto de todos estos elementos hacen que el relato, en ocasiones, se hunda en su propia simpleza.

Pero Blues de Trafalgar, a pesar de sus flaquezas, se nos ha presentado como un texto lleno de complicidades. Las playas de Cádiz, los barrios de Sevilla, los jardínes de Londres. Estos son los escenarios que utiliza Rodríguez del Corral para situar esta historia y todos ellos nos han resultado afines de un modo personalísimo. Por no hablar de cierta relación personal indirecta con el autor (motivo principal por el que nos hemos decidido a leer esta novela, la verdad sea dicha), cuyas conexiones no desvelaremos para evitar posibles intoxicaciones en un conocido gallinero de la ciudad. Quiero resaltar con lo anterior que muchas veces son otros elementos los que nos tienen que llevar a leer un libro, más allá de su pretendida calidad literaria. Pues Blues de Trafalgar es una obra que, seguramente, era necesario escribirla, sobre todo por la interesante exposición que hace de las ramificaciones sobre la corrupción post-Expo, como indicábamos con anterioridad. Todo ello con independencia de que nos hubiera gustado que se contara de otra forma más atrevida, literariamente hablando.

25 mayo 2012

De un país que ya no existe

José Martínez Ros

Me apasiona la música, el cine y la literatura de lo que una vez fue Yugoslavia y ahora son media docena de pequeñas repúblicas que aún intentan recuperarse de la última gran matanza europea, uno de esos territorios -como Polonia e Irlanda, por ejemplo- condenados a generar más historia de la pueden absorber y a producir un buen número de grandes artistas ligados fatalmente a su tierra natal. Sin poseer un conocimiento enciclopédico de la literatura balcánica, sólo en las últimas décadas tendríamos que citar al bosnio Aleksandar Hemon (autor de novelas tan divertidas y desoladoras como El hombre de ninguna parte o Amor y obstáculos) o al extraordinario dueto formado por esos malabaristas del lenguaje que fueron el borgiano Milorad Pavic (Diccionario Jázaro) y el también experimental y extraordinario Goran Petrovic (Atlas descrito por el cielo). Todos ellos herederos de la épica tanto de Ivo Andric, autor de la monumental Un puente sobre el Drina, o hijos bastardos del formidable Danilo Kîs, uno de los más grandes narradores del siglo XX (si no han leído aún Circo familiar o la Enciclopedia de los muertos no saben lo que se pierden), una (no tanto) nueva generación de autores balcánicos fronterizos con crisis de identidad natal evidente siguen aterrizando en las bateas. Ahora vamos a hablar de otros dos grandes creadores que acaban de desembarcar en nuestras librerías: el croata Miljenko Jergovic y el serbio Svetislav Basara. Con ellos vamos, pues.

Lírica fronteriza
Freelander

Miljenko Jergovic

Siruela, 2012

ISBN: 978-84-9841-665-7

172 páginas
18, 95 €
Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek



Del croata Miljenko Jergovic nos llega Freelander, novela corta que demuestra una vez más que el impacto que puede provocar una obra no depende del número de páginas. Nos encontramos en Croacia. La guerra -que tan bien nos han mostrado los cineastas yugoslavos como Danis Tanovic (En tierra de nadie), Emir Kusturica (Underground), Milcho Manchevski (Antes de la lluvia)- ha terminado. El profesor Adum, jubilado y viudo que espera pacientemente su muerte, sólo habla con el cartero, que un día le trae el aviso que uno de sus tíos, centenario, acaba de morir en Sarajevo y se le reclama para la lectura del testamento. Sin nada mejor que hacer (pero sólo después de conseguir un pistola) sube a su viejo coche y emprende el viaje. El trayecto no dura demasiado, pero sí lo suficiente para que se le revele al lector la nostalgia que siente por la ausencia de su esposa (y los remordimientos que siente por no haberla tratado mejor mientras vivía) y una vida unida inexorablemente a las vicisitudes de su país, desde su nacimiento en plena Segunda Guerra Mundial, en una Croacia bajo el régimen fascista y genocida de los Ustacha de Ante Palevic, aliado de Hitler, a lo que siguió la larga, gris y burocrática Era de Tito, al final de la cual Yugoslavia (que, paradójicamente, era uno de los países más prósperos y de mejor nivel cultural de los situados tras el Telón de Acero) fue despedazada y arruinada por el fanatismo religioso y nacionalista.

En su viaje por Croacia (un país socavado por las fosas comunes en las que “los croatas enterraban a sus vecinos serbios o los serbios habían enterrado a los croatas”) y Bosnia nos muestra con maestría las cicatrices que ha dejado el último conflicto en el alma de sus habitantes y paisajes gracias a una escritura cruda, con imágenes tajantes y poderosas, en las que un partido de fútbol local o el hallazgo de unos caballos agonizantes en una carretera se convierten en sombríos símbolos de un presente en ruinas. La novela, sin embargo, no resultaría tan memorable si no fuera por su conmovedor protagonista, el anciano profesor Adum. Como sólo los grandes novelistas hallan, Jergovic conquista al lector y consigue que se encariñe con él gracias, en parte, a sus propios defectos y, sobre todo, a su enorme humanidad.
Juegos sin fin

Peking by Night
Svetislav Basara
Minúscula, 2012
ISBN: 978-84-9558-786-2
174 páginas
16, 50 €
Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek


Peking by Night es el segundo libro que nos llega del serbio Svetislav Basara tras una novela inclasificable e iconoclasta, Guía de Mongolia (que, por cierto, entusiasmó a Vila-Matas). Se trata de un libro de relatos, aunque probablemente no se parezca a ninguno que hayan leído antes, excepto tal vez los cuentos más experimentales y subversivos de Cortázar (unos cuantos cronopios no habrían desentonado aquí). Como los del argentino, no son narraciones tradicionales, con estructuras previsibles y desenlaces lógicos: cada uno de ellos funciona como un campo de pruebas en el que el hilo argumental (si lo hay) y se disuelve siempre de manera imprevisible y con diversos grados de -creciente- delirio.
El inicio es inmejorable: en "Crimen perfecto", el primer cuento del libro, a partir de unos pocos elementos -una conversación, un reloj estropeado, una muerte- construye una impactante reflexión sobre el tiempo y el destino (con curiosas similitudes con el famoso capítulo acerca del origen del Dr. Manhattan de Watchmen). Después, la imaginación de Basara se dispara en todas direcciones: nos describe las últimas reflexiones de alguien que está cayendo desde la torre Eiffel ("Historia de una caída"), se burla despiadadamente de los tópicos de la novela detectivesca ("El maravilloso mundo de Agatha Christie"), narra una fiesta que oscila entre la tragedia y la farsa surrealista ("Guateque fatal"), una llamada de teléfono de Dios ("Perdido en el supermercado") o una carrera interminable y onírica de unos personajes bastante disparatados que no se olvidan de posar, finalmente, para los lectores, escribe un relato y, a continuación, una reseña hostil. Y como en el caso de Cortázar, cada uno de los veintidós relatos de este libro es una pequeña obra maestra llena de humor y fantasía: sólo es necesario entrar en el atrevido juego que nos propone Basara. ¿Se atreven?

20 abril 2012

Hierba y arena en verano; nieve y asfalto en invierno


Hambre y seda

Herta Müller

Siruela, 2011. Colección "El Ojo del Tiempo"

ISBN: 978-84-9841-619-0

186 páginas

18,95 €

Traducción de Isabel García Adánez



 
Sara Mesa

Me gusta mucho Herta Müller. Muchísimo. Su prosa acerada y certera es una de las mejores muestras que conozco de la unión en una obra entre ética y estética. Para Müller, ambas cosas son lo mismo. Con un lenguaje poético, seco, brillante, despojado de retórica pero impregnado de sentido, Müller habla en sus libros de la atrocidad de las persecuciones políticas, la represión, la falta de libertad, la pobreza y la humillación de los seres humanos bajo las dictaduras. Me deslumbraron los relatos de En tierras bajas, El hombre es un gran faisán en el mundo y El rey se inclina y mata, todos ellos publicados en Siruela, por esa capacidad de condensación en el lenguaje de realidades tan complejas. A través de imágenes, frases abruptas y giros inesperados, la escritora nos pone ante los ojos un mundo de desolación y desamparo. No podemos dejar de mirarlo: nos apela. Y es así porque en su obra hay autenticidad. Hay fuerza. Y hay, también, experiencia.

Ahora se edita este conjunto de textos -la mayoría de ellos procedentes de conferencias- bajo el título de Hambre y seda. En ellos se aborda de nuevo el tema de los regímenes totalitarios y su repercusión en la vida cotidiana de las gentes, esa “telaraña de detalles y nimiedades que amenazaban la vida a diario”, como la misma autora dice. Los textos se agrupan en cuatro bloques, precedidos de una introducción (“Sobre la frágil institución del mundo”). En ellos se reflexiona sobre las consecuencias de la dictadura de Ceaucescu, pero también sobre la etapa posterior de Iliescu y sobre la guerra de los Balcanes.

Para los que aún no sepan los detalles, hay que decir que Herta Müller (Nitzkydorf, 1953) es descendiente de suabos emigrados en Rumanía. Muy crítica con el régimen de Ceaucescu, se vio obligada a abandonar el país en 1987 por defender los derechos de la minoría alemana. Previamente se había negado a colaborar con la Securitate -la policía política rumana-, perdió su trabajo por ello, fue interrogada y perseguida durante años y le fue prohibido publicar. Sabe, por tanto, de lo que habla.

En estos textos, Müller describe con acidez y minuciosidad la vida de la gente “corriente” bajo la dictadura, ese mundo gris y árido de miseria, hambre, incultura y miedo que se desarrollaba ante la mirada paternalista y megalómana del tirano y su esposa. Reflexiona sobre el poder del lenguaje -lo que se dice y lo que no, el significado que se le otorga a las palabras, el control de ese significado por la propaganda oficial-, el odio racial y étnico, la discriminación de las minorías -incluidos los gitanos rumanos-, la irrupción de las normas en todos los ámbitos de la vida privada, el clima de desconfianza mutua que se instala entre los habitantes bajo una dictadura. Nos dice Müller que nadie que viva en democracia puede comprender este horror. Nos pide, de algún modo, que hagamos el esfuerzo de comprenderlo. Pero cuesta. Sabemos muchas cosas, pero nos produce escalofríos conocer los detalles: la policía podía detener e interrogar en cualquier momento a cualquier persona, entraban en las casas y las registraban sin que nadie pudiera denunciarlo, obligaban a los ciudadanos a colaborar en la vigilancia de sus compañeros de trabajo, la libertad de expresión y de reunión estaban prohibidas, uno ni siquiera podía disponer de su propio cuerpo, debían formarse colas de horas y horas para conseguir tan solo un pedazo de bloque “hecho de pescuezos, alas, patas y cabezas de gallina”, los jubilados morían de hambre y frío en las calles, se hacía desaparecer a los disidentes en supuestos accidentes de tráfico o suicidios. El catálogo de barbaridades es terrible. Y afectaba a la vida por completo.

Uno de los textos más demoledores es el que da nombre al conjunto, “Hambre y seda”. Ahora que nuestro ministro de Justicia apela a la maternidad como baluarte de no sé qué esencia en la mujer, todos deberíamos leer este pequeño ensayo en el que se habla del sometimiento de las mujeres, convertidas por el régimen de Ceaucescu en meras máquinas de engendrar hijos. El aborto estaba prohibido y castigado, así como los métodos anticonceptivos. Se aspiraba a que cada mujer fértil tuviese cinco hijos (aunque luego no pudiera alimentarlos) y se las sometía a revisiones ginecológicas forzosas por médicos que en muchos casos eran solo interrogadores de la Securitate. Los abortos clandestinos eran frecuentes y trágicos. El mero hecho de ayudar a una mujer que se estuviese desangrando por haber intentado inducirse el aborto podía conducir al cómplice directamente a la cárcel. La propia Müller nos cuenta cómo ella misma, para provocarse un aborto, llevó durante tres días y tres noches, a escondidas y sin dejar de ir a trabajar, unas agujas de hacer punto metidas en el útero. Ese era uno de los métodos de inducción que circulaba entre rumores, pero no el más peligroso. Las mujeres más pobres quedaban a expensas de médicos clandestinos y sin escrúpulos. Las mujeres del régimen, en cambio, no tenían ese problema: ellas sí podían abortar. Leyendo este texto uno revive la atmósfera opresiva de la magnífica película Cuatro meses, tres semanas y dos días, de Cristian Mungiu.

Herta Müller es radical -en el sentido de ir hasta la raíz- y por eso desconfía de las utopías en tanto que grandes sistemas que mutilan la individualidad: “Las utopías son sueños. Sólo que nunca se sabe quién empieza a soñar. Si hay un puñado de personas que toman en serio ese sueño, suelen ser un puñado de fundamentalistas, de gente a medio educar o de analfabetos. Ellos son los únicos que sueñan en nombre y a costa de otros (…) Y cuando un puñado de personas sueña, varios millones se echan a temblar”. Defiende la importancia de los detalles, de las vidas individuales que componen una sociedad: “Quien no puede vivir con el detalle, quien lo prohíbe y lo desprecia se vuelve ciego. De mil detalles nace algo, pero no es una vida abstracta, recta como un hilo tensado, no es un consenso común, no es una utopía”. Su forma de escribir se basa por eso en los detalles -he ahí esa unión entre ética y estética de la que antes hablé-, en la descripción de esas vidas y en mostrar cómo a través de sus marcas se puede ver la aberración de la dictadura. El estilo de Müller no es poético por una cuestión formalista: lo es porque es reflejo de su visión ética de la sociedad. En este conjunto de ensayos consigue mantener este estilo, difuminando las fronteras del ensayo parar entrar en su textura literaria habitual. Aparecen personajes de sus relatos y novelas, como por ejemplo los locos de la ciudad (una enana, una vieja, un filósofo), de los que extrae esta inquietante reflexión: “Mostraban el estado en que nos hallábamos todos. Encarnaban la demencia, eran simplemente lo que se veía tras la apariencia de aquel régimen, ni más ni menos. Se me caía el alma a los pies al verlos. Si todos fuéramos acordes con cómo estamos de la cabeza, pensaba, iríamos por ahí comiendo hierba y arena en verano y nieve y asfalto en invierno”.

Este es el lenguaje y la cosmovisión de Herta Müller: puro gancho. Sus lectores no quedarán defraudados con este libro. Y los que aún no lo sean, quedarán atrapados, estoy segura.

28 julio 2011

Simplemente vida


El grito

Antonio Montes

Siruela, 2011. Colección "Nuevos Tiempos"

ISBN: 978-84-9841-524-7

297 páginas

17,95 €

Premio de Novela Café Gijón 2010



José M. López

Esta novela comienza y acaba con un grito, recurso narrativo que considero efectivo y respetable. Sin embargo, soy de los que piensan que, aunque el pan sea de muy buena calidad, hay que rellenar el emparedado. Y es que el sándwich que conforma esta novela posee, en mi opinión, escasos e insípidos condimentos. Mejor dicho, y peor aún, solo contiene vida.

A pesar de lo que acabo de afirmar tengo que decir que El grito transcurre durante los dos días de un velatorio en un pequeño pueblo de provincias. Pero en este caso la muerte solo es una excusa, el 'McGuffin' utilizado por el autor, Antonio Montes (1980), para retratarnos -porque esta novela es un cuadro- la conciencia colectiva de las gentes que habitan en este pequeño municipio, sus rencillas, sus miserias… En definitiva, un devenir cotidiano que no se ve interrumpido por el fallecimiento de esta anciana, ya que la muerte también forma parte del día a día de un pueblo que perece por segundos debido a la inminente espantada de los pocos jóvenes que aún permanecen encerrados allí. Así, este velatorio no es más que un acontecimiento cotidiano más, un acostumbrado ritual de la muerte cientos de veces repetido por cada ciudadano, que reproduce maquinalmente y sin sentimiento cada pésame, cada abrazo, cada beso lanzado a algún miembro de la familia de la muerta.

De este modo, los dos días en los que se vela a esta pobre mujer valen al autor para enumerarnos una sucesión de temas que en tantos libros, en tantas películas hemos visto como propios de este tipo de poblaciones pequeñas y aisladas: las críticas ocultas entre vecinos, los viejos rencores, las sombras familiares, la hipocresía, y, sobre todo, el carácter ritual de la muerte, manifestado en un cúmulo de gestos que deben realizarse más que como expresiones sinceras de sentimientos, como obligaciones de origen incierto, pero que responden a un protocolo del qué dirán de inevitable cumplimiento. Como afirma uno de los asistentes, “las cosas son como son, y hoy me toca estar aquí, que cuando me ha pasado a mí algo han venido a cumplirme y ahora no puedo yo hacerme la tonta”. Por ello, hasta los objetos propios de este tipo de eventos fúnebres, lejos de aparecer como símbolos de comprensión y solidaridad hacia los familiares, se convierten en meras piezas de un engranaje que se pone en marcha de manera automática e inhumana. Es el caso de la coronas que se envían a la familia, que se describen como “impersonales, tristes, parecen el resultado de una cadena de montaje, más que un detalle de cariño”.

¿Pues no parece mala idea como punto de partida/idea central de una historia? Realmente no. El problema es que Antonio Montes, ganador del premio Café Gijón (2010) con esta su primera novela publicada, tan solo nos ofrece un fresco lleno de tópicos y lugares comunes. Quiero decir que no se atreve a coger por los cuernos cada personaje, cada miserable sentimiento de una comunidad moribunda, y utilizarlos como símbolos, superando la mera caricatura, el arquetipo gastado, y que de este modo cobren vida perfiles que vayan más allá de la anécdota y den a conocer personas o situaciones de validez universal. Los mejores cuadros de costumbres, desde la Vetusta de Clarín hasta el lúcido retrato de la América tras el crack del 29 que realiza Steinbeck –al que Montes cita al principio de su novela-, han sabido, según mis entenderes, excavar en las galerías interiores de una sociedad, de modo que, finalmente, lo allí descrito posea trascendencia universal, y se consiga conectar todas las tierras y todos los tiempos. Pero el autor se queda en el caparazón en su intento de describir las sombras, las miserias corrientes y molientes del alma humana. Ni siquiera a través de la aparición de una segunda historia en la que se expone el secreto que guardan los dos nietos de la fallecida consigue este joven novelista introducir el bisturí en las entrañas de los personajes. Este misterio, que, en principio, pretende mostrarse como eje vertebrador de esta trama oculta de la novela, se torna en mero aderezo contado de manera artificiosa y que, por tanto, no se entiende, no es comprensible.

Y este mismo problema observamos también en la forma. En la novela aparece un narrador escueto, frío, que suele introducir, como en una acotación, la escena, para rápidamente ceder la palabra a los personajes que asisten a esa casa disfrazada de tanatorio. Se reproducen, por tanto, las conversaciones de los diferentes vecinos y familiares de la anciana fallecida, y se intenta mostrar un cuadro del pueblo a través de los diferentes puntos de vista con los que los personajes se enfrentan a la muerte de la vieja. Se suceden, por tanto, pasajes en los que se atisba un deseo de reproducir las conversaciones típicas de los pueblos, con otros en los que se intenta traducir, a través del monólogo interior, la conciencia de los personajes. En los primeros no se consigue imitar con solvencia y rigor el registro coloquial, como antes hicieron Manuel Puig o el maestro Ferlosio, entre otros; y en los segundos se está a años luz de plasmar el denominado “fluir de conciencia” de los personajes, donde la imagen surrealista y caótica se acerca al insondable pensamiento humano. Es más, cada párrafo se limita a mostrar hasta el sopor un pormenorizado repertorio de refranes y frases hechas que son los que escuchamos a diario en este tipo de poblaciones.

Ya he dicho por aquí en alguna que otra ocasión que la vida esconde la vida, y, sin ánimo de mostrarme repetitivo, vuelvo aludir a ello porque este es justamente el principal defecto de esta historia. Lo que Antonio Montes retrata en El grito es solo la coraza anodina de nuestro día a día más ritual, un mordisco de realidad cotidiana y moribunda, intentando dejar entrever, en mi opinión, de manera insuficiente, lo que se esconde detrás de estos gestos o palabras gastados por el uso. En definitiva, vida nada más, pero no la auténtica, la que los libros nos ayudan a descubrir y a comprender, sino la corriente, la tópica, la falsa.

11 enero 2010

Trampantojo libanés

Beirut I love you

Zena El Khalil

Siruela, 2009

ISBN: 978-84-9841-331-1

Pág. 220

Precio: 16,90 €

Traducción del inglés: Clara Ministral


Ilya U. Topper

"Me estaba depilando el chichi cuando la bomba estalló delante de la oficina de mi madre". Una frase como otra cualquiera de Beirut I love you. No me pidan aclarar si este libro es una novela, un ensayo o una autobiografía, si está bien escrito o una imitación chorra de Sexo en Nueva York, si se trata de literatura libanesa o no: su autora, la pintora Zena Khalil, nació en Londres (1976), se crió en Nigeria, vivió en Nueva York, escribe en inglés y, según confiesa, ni siquiera domina bien el árabe. En otras palabras: una libanesa típica (sin ironía: hay muchos más libaneses en la diáspora, desde Paraguay a Sierra Leona, que en Líbano), estudiante, soltera, divorciada, cuya madre siempre se maquilla como Sophia Loren.

Narración en primera persona. Nombres que, según se infiere de los agradecimientos, deben ser auténticos. Pero ¿cuánto es verdad, cuánto invento? No pregunten, hagan como si se lo creyeran todo, ya hablen los vivos, ya los muertos. No se asusten con el arranque, donde parece que se nos ofrece una saga familiar, siguiendo la espantosa manía de las últimas décadas, de Isabel Allende a Oriana Fallaci: es un mero trampantojo, como comprobarán con deleite. Por si alguien de ustedes tuviera ínfulas antropológicas: sí, los drusos, una comunidad religiosa difundida en Líbano, Siria y Jordania, creen firmemente en la reencarnación.

Aunque no tengan ínfulas, aprenderán mucho sobre Líbano. Sin querer. Sin poder evitarlo. Porque no es lo mismo escribir un poema de amor a París o Nueva York que a esta ciudad, donde aún resuenan los ecos de las guerras (ese temor a conducir por los túneles de Beirut porque es donde se dejaban tirados los cadáveres durante la guerra civil). Para comprenderlas no es imprescindible tener a mano El hombre mojado de Olga Rodríguez (aunque ese libro nunca viene mal): a Zena le bastan dos o tres frases para dibujar sus coordenadas, desde la de 1975, cuando la religión era un pretexto para dividir Beirut, hasta hoy, cuando quienes colocan las bombas esconden las manos y tienen un sólo cometido: seguir dividiendo Beirut. Digo mal: con este libro ustedes no comprenderán las guerras de Líbano sino que aprenderán por fin a no comprenderlas.

Como casi todos los creadores libaneses de la década, desde el cineasta Jean Chamoun hasta el escritor Jad el Hage, Zena Khalil le dedica un silencio elocuente a la religión: no sabremos a qué secta pertenece ella (sí, en Oriente Próximo, a todas las confesiones, subconfesiones y ramificaciones de subconfesiones se les conoce con este acertado término), y está bien así: tras haber permitido y alentado tantas guerras, lo mejor que uno puede hacer con una religión es callársela.

He hablado mucho de la guerra en esta reseña; dejaré que ustedes descubran la parte del sexo, la amistad, las complicidades, las risas, el alcohol, el dolor, la lírica, las notas del laúd bajo los ataques aéreos, todo ese inmenso collage hecho de recortes cotidianos, de instantáneas borrosas, de figuras hiperrealistas, ese único largo poema de amor a Beirut. De amor y de ese odio que nace del amor porque Beirut tan poco nos corresponde.

He dicho nos: reconozco que estoy tan enamorado de Beirut como la autora. Debo advertirlo, por si a alguno de ustedes el libro le parece efectivamente una imitación chorra de Sexo en Nueva York (no: afortunadamente, Zena les lleva bastante ventaja a las reprimidas protas de la serie amrikana). Tal vez leer Beirut I love you sin haber soñado antes con Beirut sea como leer a Bécquer sin estar enamorado.

O quizás aprendan ustedes a enamorarse. Según consta en internet, hay vuelos Madrid-Beirut por 200 euros. Sólo ida.