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28 septiembre 2011

Formas de contener el mundo


Stoner

John Williams

Baile del Sol, 2010

ISBN: 978-84-15019-34-3

246 páginas

15 €

Traducción de Antonio Díez Fernández


Daniel Ruiz García

Uno de los elogios que Antonio Muñoz Molina dedicaba a Vida y Destino, la monumental novela de Vasili Grossman, era su capacidad de resumir y contener el mundo en un solo relato. Y apelaba para justificar su opinión a la obra de clásicos como Tolstoi, Proust, Mann o Pérez Galdós, que en su momento fueron capaces de construir grandes monumentos de palabras con la capacidad más o menos integradora, más o menos total, de albergar el mundo, de contenerlo al completo, como un molde de tinta que recubriera el globo terráqueo.

La obra de Grossman, en efecto, es vasta, ambiciosa, diversa, abarrotada de voces y de paisajes, con apariencia de totalidad. Al terminarla, a uno le queda el espejismo de haber creído poder dar la vuelta al mundo, más concretamente al mundo que abarca el periodo histórico contenido en la novela.

Hay, sin embargo, otras muchas formas de resumir y contener el mundo en un solo relato. También es posible integrar en una novela toda la vida a través de la sencillez. Contando, por ejemplo, la biografía aparentemente insustancial de un profesor universitario. Es lo que hace John Williams en su magistral Stoner, una novela que deslumbra de cabo a rabo por su ausencia de artificio, por la falta de ruido y por esa gracia invisible que tiene de contar una vida anónima, donde no existen grandes logros ni hazañas, y donde todo termina más o menos como empieza, sin que el mundo cambie en nada tras el paso de una vida sobre la que se concentra el foco de la narración.

No sé, la verdad, por qué me ha gustado tanto. Es una novela sencilla por donde se mire, donde el protagonista viaja a la deriva en un mundo de grisura, consagrado a esa vida gris y continuamente zarandeado por su pusilanimidad y su estoicismo a la hora de afrontar el sufrimiento. He tenido la sensación de asomarme a una ventana indiscreta para ver pasar el mundo, una vida, la vida del profesor William Stoner. Era, me parecía, una vida insulsa, una vida tranquila, común, pero cada vez se me hacía más difícil no mantener el ojo asomado a aquel resquicio. Al final se me ha hecho difícil despedir a Stoner, acudir al instante de su muerte, que era también el instante de su recapitulación vital.

Probablemente toda la magia de saber convertir lo nimio, lo insustancial, lo ordinario, en una historia conmovedora resida en el estilo de John Williams. Porque Williams es un escritor no sólo altamente competente, sino con unas dotes de elegancia estilística poco comunes. Sabe contar como cuentan los realmente buenos: sin alharacas, sin excesos, sin pretender demostrar nada, sino de forma contenida, planteando guiños permanentes al lector para convertirlo en confidente de eso que se ve por la ventana. Es uno de esos escritores inteligentes que convierten a los lectores en inteligentes. Sólo así podemos entender que una novela sobre un tipo común, sobre un buen tipo, así, sin más, se lea con semejante entusiasmo, con semejante interés, deseando en lo más íntimo que esa historia simple de un hombre simple no acabe nunca.

A estas alturas puedo decirlo: una de las mejores novelas que he leído este año. Y barrunto que en mucho tiempo.

28 abril 2011

El camino de la esperanza


Frágil (Antología 2001-2009)

Eva Vaz

Editorial Baile del Sol, 2010

ISBN: 978-84-15019-38-1

82 páginas

10 €

Prólogo de Fernando Beltrán



Rafael Suárez Plácido

Hay ocasiones en las que para comprender un libro plenamente hay que conocer algo de la vida del autor. No sé si ocurre eso con Frágil, el último libro de Eva Vaz, publicado en la tinerfeña Baile del Sol (2010), pero el libro se parece mucho a la persona que lo ha escrito: frágil, desde luego, y expuesta, como pocas personas que haya conocido, a la mirada de los demás. Frágil, expuesta e impúdica, como a ella le gusta decir. En este libro se nos ofrece toda una vida con sus bellezas, sus miradas, sonrientes o no, y sus tristezas.

Hay autores de antologías y otros de poesías completas. Eva Vaz ha publicado, antes que este, cuatro libros y, especialmente en los dos primeros se ha tratado de poemas que entraban en la línea de la llamada poesía de la conciencia que, en nuestra opinión, generalmente miraba el mundo sin demasiada profundidad. No era una poesía de autor, sino una poesía que trataba de acoplarse a cómo debía ser el mundo. Las relaciones humanas, el sexo como motor de ellas, será el principal de sus temas. En esto se anticipaba Eva Vaz, bastantes años, a lo que ahora escriben algunas de los poetas más jóvenes que quizá crean que innovan. El otro tema que comparten estas primeras páginas es la mirada sobre una infancia con momentos tristes, en los que ya, aun siendo una niña fuerte físicamente, se anticipa tanta fragilidad. En los dos poemarios siguientes nos encontramos el contacto con nuevos mundos poéticos, que le asoma a la poesía de la experiencia, mucho más obvia en el cuarto libro, Metástasis, su mejor libro hasta el momento. Porque Frágil recoge y ensambla los mejores momentos de toda su poesía, a la que ha añadido algunos poemas, hasta hoy inéditos, que ha estado elaborando estos últimos meses.

Para los que somos del sur, Eva Vaz ha sido una presencia que recordamos de toda la vida. Sin embargo es una poeta joven (Huelva, 1972), que ha destacado en el grupo onubense, primero, y a nivel nacional, luego, desde hace ya algunos años, aunque no publicó su primer libro, Ahora que los monos se comen a las palomas, hasta 2001, con casi treinta. De este libro aparecen en Frágil trece poemas. En ellos, la poesía es el remedio para dejar de sufrir en una vida en la que no se reconoce, en un cuerpo que no siente nada suyo, pero que le sirve para “conquistar el mundo / en un abrir y cerrar / de piernas.” El texto busca el prosaísmo para acompañar una situación desgarrada, donde nada era como le habían prometido. Ni la vida, ni los escritores, ni la muerte, ni el amor. Su segundo libro es La otra mujer (2003), quince historias de mujeres ficticias en las que descubrimos datos que nos evocan a la autora. Tanto en las mujeres protagonistas, como en los hombres antagonistas. Se trata de hombres insensibles, incapaces de satisfacer, ni siquiera de comprender, a las mujeres. Feminismo, yo diría que tópico, en el que el hombre siempre es el culpable de todo, y que se resume en los tres versos siguientes: “Yo amo. / Tú dañas. / Él goza.” De estas historias ha escogido cinco, de las que yo prefiero las dos últimas, que hablan de la niña que ella fue: de sus dolores, sus ilusiones y sueños, y el precio que hubo de pagar por ellos. Un precio que ella exhibe donde más duele, donde más se ve. Y, también, una forma de comenzar a ver la poesía que se parece ya más a la de los siguientes libros: el dolor.

Nueve son los poemas que aparecen de Leña (2004), su tercer libro publicado. Una cita de Carver nos adelanta alguno de sus temas. El desarraigo en cualquier lugar, incluso en aquel en el que se supone que has sido más feliz, porque la felicidad es un cuento chino que nos contaron de niños para engañarnos. Y desde luego el motivo de la felicidad no va a ser el matrimonio. Las escenas de matrimonio que nos ofrece son desoladoras. La idea de la escayola: “Todo el mundo tiene / escayola.” Uno no puede ser diferente. Si trata de serlo, ya va a ser imposible reintegrarse al rebaño. Y hay que ser muy valiente para vivir solo. O muy cobarde. Las cosas nunca son como parecen. Las relaciones humanas se enmarcan en complicadas luchas de poder. ¿Quién somete a quién? ¿Somos todos iguales? La cita de Carver no muestra sólo el tema principal: también la forma. La frase desnuda. Las acciones. Lo que realmente nos importa de la historia. Porque sus poemas son historias. Eso no ha cambiado. La que más me interesa es “Estigmas”, otra de sus historias de matrimonios que continúan siéndolo no sabemos por qué. Aún no han dado el salto definitivo, el de la ruptura, que vendrá con el cuarto y su mejor libro, hasta el momento: Metástasis (2006).

Digo con demasiada precipitación que Frágil es más interesante que Metástasis. Lo es y no lo es. Lo es porque en Frágil tenemos los mejores de todos sus poemas, con solución de continuidad y, además, algunos poemas inéditos que son tan buenos o más que los mejores. Pero Metástasis es ya un libro diferente, singular. Ya tenemos la voz de la poeta: completa, rotunda, subjetiva. Ella es como es y así aparece en el libro: completa y rota, rotunda y dubitativa, subjetiva y elegíaca. Desde luego no encontramos resquicios de la poesía de la conciencia. Al contrario, aquí la experiencia personal es la base de todo. Ni encontramos máscaras ni generalizaciones. Incluso el título de uno de ellos: “La banca defraudó 236 millones de euros a la Seguridad Social”, supone un poema íntimo elegíaco. En Metástasis, ya desde el título, están muy presentes la enfermedad y la muerte. “La mujer de los huesos pequeños” es la autobiografía del dolor. No sólo dolor de existir, también dolor físico. El lado del erotismo sucio, porque el erotismo en sus poemas nunca es inocente, siempre es sucio y culpable, también se encuentra aquí. Pero ya la responsabilidad no es exclusiva del hombre. Ahora la mujer también reconoce que hay una historia que la ha llevado a ese final poco amable. Y si en algún poema encontramos atisbos de ese mundo hermoso, todo termina en sarcasmo. “Uni-2” es un buen ejemplo. Sarcasmo mezclado con esperanza. Siempre volvemos y se supone que siempre volveremos a caer. Pero, ¿y mientras? ¿Qué hacemos con los buenos momentos vividos? Compartirlos. ¿Y con los malos? También compartirlos. La voz del poeta no nos va a engañar. Ni va a tratar de hacernos el camino más fácil. Pero nos cuenta que vuelve a aparecer el amor, y que ahí está su hija marcando definitivamente el camino de la esperanza.

10 junio 2010

Y tanto

Límites y Progresiones

José María Cumbreño

Baile del Sol

Tenerife, 2010

ISBN: 978-84-15019-00-8

138 páginas

10 euros

Daniel Ruiz García




Límites y Progresiones, de José María Cumbreño, es uno de esos libros que hay que leer lápiz en ristre, porque son muchas las veces que uno se ve impelido a subrayar. Es un libro enorme, emocionante, a veces incluso impúdico. No se me ocurre una expresión más eficaz de conversión del sentimiento íntimo, doméstico, en palabras.

Es difícil definir este libro de Cumbreño, como resulta difícil describir gran parte de su literatura. Miscelánea sería probablemente el término más apropiado, porque entre las páginas de Límites y Progresiones hay de todo: aforismos, poemas, apuntes de dietario, relatos breves. A veces recuerda un poco a Italo Calvino, pero otras veces tiene el descarnamiento de un Carver, con momentos de impulso rabioso, que conviven con otros de gran recogimiento.

Cumbreño hace de la técnica del collage un verdadero magisterio. Además de enseñarnos que era posible alcanzar la santidad a través del ejercicio del malditismo más desquiciado (asesinato de esposa incluido), William Burroughs nos mostró de qué manera no había que trabajar el collage, o el cut-up, como lo bautizara Brion Gysin. Porque el collage, el sampleado, para que resulte efectivo, debe contar con cierta hilación, con un poso semántico, dramático, e incluso de argumento común. En Límites y Progresiones, Cumbreño demuestra que es posible hacer collage, e incluso hacerlo de forma impecable, sin que en ningún momento perdamos la perspectiva y el contexto de lo que se nos cuenta. Cumbreño riza el rizo del “corta y pega”, incorporando incluso frases que escucha en el ambiente doméstico a su propio hijo pequeño (hijastro, por los afectos que demuestra a lo largo del libro, no es un término apropiado), y que son engarzadas en la obra de manera natural, permitiendo en todo momento el reconocimiento de la voz.

Esto no quita que en Límites y Progresiones se hable de muchas cosas, y que sea posible (otra bondad de la literatura de Cumbreño) la polisemia. Puede entenderse como una toma de posiciones frente a la paternidad asumida y también la impuesta. Puede concebirse como un tratado sobre el amor doméstico. También es, en cierto modo, un ensayo sobre la literatura y sobre el hecho literario. En su conjunto, a través de su recorrido diacrónico, es una crónica personalísima sobre la forja de una trayectoria literaria, acontecida a lo largo del breve lapso de tiempo que discurre entre dos veranos (2007-2008).

Es un libro bellísimo, que recomiendo a todos los que gustan de la literatura consagrada a las cosas que no hacen ruido. Literatura de las pequeñas cosas, podríamos denominarla, el compromiso con la observación del mundo a través del ojo de la cerradura.


Un diario.

Palabras debajo de una fecha.

Contar cosas a medida que suceden.

No se trata de hacer una relación de objetos perdidos, sino de hacerla antes de que se pierdan.


Nada del otro mundo. Y tanto.

30 octubre 2009

Novela corta de manual



Majarón

Manuel Moya

Baile del Sol, 2009

ISBN: 978-84-92528-59-2

104 páginas

10 €





Daniel Ruiz García

El libro que hoy nos ocupa es prototípico de lo que conocemos como novela corta. A caballo entre el relato breve y la novela, la novela corta se caracteriza por su capacidad de mantener un nivel de tensión dramática sostenido a lo largo de todo su desarrollo, de manera que se lea casi de un tirón, y que las pausas en la lectura dejen al lector con cierta sensación de 'coitus interruptus'. Para mí, una novela corta eficaz es aquella que, después de la última página, te deja cierta sensación de hambre, como cuando vamos a un restaurante de ésos de 'nouvelle couisine' y nos topamos (por fin) con un plato que realmente nos interesa, pero que las buenas formas del minimalismo reducen a una guarnición casi anecdótica. Y para que una novela me deje sensación de hambre, antes tiene que haberme conquistado con su sabor, que en el caso de la literatura está a mi juicio en el estilo, en la capacidad expresiva y cierta propiedad de hipnosis literaria, eso que convierte a un juntador de palabras en un verdadero escritor.

Majarón, de Manuel Moya, se lee de una tacada. Es un libro vibrante, intenso, cuyo principal atractivo reside en su expresividad, en su forma tan intensa de decir las cosas. El argumento es de extraordinaria dureza: un adolescente pasa sus días en una residencia de menores, donde impera la violencia, el abuso de autoridad y las relaciones basadas en la aspereza y en cierta camaradería, lo que se nos antoja muy cercano al ambiente presidiario. El adolescente comparte habitación con el protagonista indirecto de la novela, Medina, al que todos conocen como Majarón, quien da título al libro. Vive en un permanente estado de alerta e inquietud, soñando con salir del centro, mientras entretanto recibe la presión de su familia, de los responsables del centro y de su propia madre. Desde la primera página sabemos que algo ha pasado, y lo que se nos cuenta en la novela es precisamente lo que ocurrió. La narración no está planteada de forma convencional, sino que se desarrolla a través de una mezcla sin transición de distintas voces que van dando cuerpo al libro, hasta desembocar en un desenlace que no por anticipado resulta menos sorprendente. El acierto del libro es que estas voces tienen una dimensión fantasmagórica, vaga, transversal, ya que no se ciñen específicamente a capítulos rígidos donde se dé rienda suelta a una voz concreta, sino que se van entremezclando, a veces en un mismo párrafo. El resultado final apunta a una diseminación en la que al lector le toca hacer el trabajo difícil (aunque muy estimulante): ir otorgando a cada voz una personalidad y un posicionamiento en la trama. Y lo más difícil: determinar, entre tanta carga de voces, cuál es la que está en lo cierto, en cuál reside la verdad. Al final parece estar más o menos claro, aunque la claridad la aporta el lector, y no el narrador, que no se casa con ninguno: la libertad, parece ser la moraleja, es el único camino.

Confieso que no he leído nada de Manuel Moya, pero tengo claro que a partir de ahora estaré al quite. Moya está, en cierto modo, en la tradición de autores comprometidos con la expresividad, con la búsqueda de hallazgos en la oralidad, con el rastreo de sótanos oscuros en los que, debajo de capas de grasa y mierda, entre gatos despachurrados y bicicletas oxidadas, se esconde la belleza.

08 septiembre 2009

Un poeta llamado Roque Dalton

El turno del ofendido

Roque Dalton

Baile del Sol, 2009

ISBN: 978-84-92528-63-9

176 páginas

12 euros.








Jabo H. Pizarroso

Hay poetas tan tiernos, tan extremadamente subversivos, tan categóricamente sólidos, tan irónicos como un limón en vaso largo cuajado de ron de caña tomado a las siete de la mañana en un bar de butacas invisibles y borrachos que ya no cantan, tan eminentes, tan lindos y perversos, tan linealmente sanos, tan transparentes como el agua y tan necesarios como el pan, tan hermanos del verso, tan padres del verso, tan hijos del verso, tan mujeres del verso, tan hombres del verso, tan amantes y tan putas del verso, tan ascendientes y tan descendientes, tan escaladores de montañas, tan trituradores de barrancos y tan creadores de lagos apacibles, tan gemelos de Vallejo o tan parecidos a un volcán, tan deseados cuanto más se les desconoce, tan ignorados como ignorada es la libélula que moja sus alas en la piscina multitudinaria y a la que nadie salva, tan berracos, tan hijueputas, tan envidiables, tan huevones a veces, tan agudos cuando uno los escucha en una de las grabaciones que venden su voz y sus versos en la Casa de las Américas, cerca de Malecón y G, La Habana, tan parteros del semitono y de la fuga, tan matronas de la inocencia, tan inquietos como un niño, tan infantiles como el garabato primero que traza la mano dudosa en el papel, tan caribeños como Barranquilla, tan americanos como un oak, tan poco estafadores, tan sofoclesianos como la máscara puesta en la mesita del camerino mientras el actor se mesa la barba edipesca, tan tremendos como un aguacero y tan livianos como una lágrima, tan de pecho, tan de ritmo, tan centrados en lo que importa y tan metidos en los meandros de la realidad, tan poco amigos de los poco amigos de la política, tan cercanos a la poesía vitalista que prepara caminos de verdad discutida para el hombre, tan desnudos como la humanidad caminante, tan diametralmente opuestos a todo lo que crees que es lo opuesto, tan dípticos y tan trípticos y si me apuran tan decalógicos, tan marsupiales y tan saltarines, tan amigos de la chincheta en la silla, tan odiosos del amodorramiento, tan ingenuos y tan supermanes made in Salvador, tan aclasados, desclasados y paraclasados, tan repentinos, tan poco inocuos, tan venenosos, tan pornógrafos de la sinalefa, tan sadomasoquistas, tan reales como la ficción, tan perfectos como una tumba en el aire, tan ágrafos, tan repudiados por los que repudian, tan atascados en la columna vertebral del siglo veinte, tan citados por Roberto Bolaño, tan amados por Roberto Bolaño, tan adorados por algunos que no son Roberto Bolaño y ni siquiera saben quién carajo es ese tal Bolaño, tan chingones, tan desnutridos y tan deslectorizados, tan activadores de dendritas, tan destructores de axones, tan boxeadores del hígado, tan poco maquinadores, tan verbales y discursivos, tan amigos de la experiencia maquillada por la inexperiencia, tan salteadores de librerías, tan destructores de muros de cárceles, tan bebedores de palabras, tan incendiarios y poco salvados como El Salvador, tan oriundos, tan indígenas, tan cercanos a la cordura, tan vestidos de lógica, tan travestidos por los travestis literarios, tan poco democráticos, tan insalubres, tan salubres y tan salinos, tan selváticos, tan gorriones, tan picantes como el locoto, tan dulces como el ají, tan radicales como lo son las raíces, tan etimológicos, tan antimológicos, tan martilógicos, tan metalógicos y tan sexológicos, tan irreales como la aurora ventral, tan explícitos como el plexo solar cuando habla debajo del estómago y se esfinterializa, tan descamados y tan escamados, tan ninguneados en las mesas poetástricas donde se especula con el pan y donde el vino no se bebe a morro, tan poco sucios, tan ineptos como los aptos, tan lagartijas, tan salamandras, tan cocodrilos sin dientes, tan tiburones devoradores de lectores prejuiciosos y sectáticos, tan trasnochadores, tan lucharniegos, tan amantes de las alturas como de las bajuras, tan poco chicks, tan poco picks y tan mucho cliks, tan deslizantes, tan embriagadores, tan destascadores, tan revolucionarios como el tomate, tan devastadores como el mortero, tan inclinadores de balanzas, tan vivos como la muerte viva, tan asesinados como el peor asesinado, tan detentadores de cuerdas vocales, tan fibráticos como un olbranense a las siete de la mañana, tan limpiadores de intestinos y destinos, tan rumbóticos y tan simbióticos, tan cercanos que escribieron muy buenos libros y a veces estos se publican por fin en la minúscula españa salvadoreña y escriben cosas como éstas...


Una hora apenas después del crepúsculo
ese hombre recoge los hirientes residuos de su día
acongojadamente los pone cerca del corazón
y se hunde con un sudor de tísico aún no resignado
en sus profundas habitaciones solitarias,


y tan, tan agricultores de silencio que todavía hay quienes temen leerlos por puro miedo o porque los desconocen: El turno del ofendido, Roque Dalton, prólogo de Enrique Falcón, Editorial Baile del Sol.