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08 noviembre 2012

Ensaladilla rusa



El retorno de Eurasia. 1991-2011

Francisco Veiga y Andrés Mourenza

Península, 2011

ISBN: 9-788-499-4212-92

492 páginas

28,50 €





Ilya U. Topper

Corrían los años noventa y a una revista semanal española se le ocurrió sacar un reportaje sobre las repúblicas centroasiáticas, esas que están ahí en alguna parte que en nuestros atlas de colegio seguramente había una mancha blanca y que se llaman todas igual, o casi, y que además a nadie le importan. La revista tuvo la idea de añadir un mapita para orientar al lector. Y el infografista tuvo la idea –deduzco, conociendo a los infografistas– de poner en letra pequeña el titular “Ensaladilla rusa”.

Casi 20 años más tarde, precisamente los que median entre que picaron las cebollas y batieron la mayonesa, quiero decir entre el derrumbe de la Unión Soviética, y el día de sentarnos hoy a la mesa, a alguien se le ha ocurrido sacar la ensaladilla de la nevera y ver cómo está de apetitosa. Concretamente, se le ha ocurrido a Francisco Veiga, profesor de Historia de la Autónoma de Barcelona, y Andrés Mourenza, corresponsal de la agencia Efe, a la sazón en Estambul y hoy en Atenas (que es harina de otro costal).

Y resulta que aquel plato está de lo más apetitoso. Para los comensales de Moscú, Pekín, Ankara, Washington y Bruselas, quiero decir, aquellos que todas las mañanas se toman un trago de petróleo en ayunas y esnifan gas natural. Todos ellos están hincándoles los tenedores a esa ensaladilla, y a veces en los dedos, como quien no quiere la cosa. Es fascinante, sí.

Lo que tiene una digestión algo más pesada es, aparentemente, el libro. Sobre todo si usted lo empieza desde el principio y lee hasta el final, cosa recomendada porque sigue un orden cronológico. Y no tan recomendada porque usted puede engolliparse en el primer tercio, si no tiene tanto interés en saber exactamente qué porcentaje del dinero de la CIA se llevaba cada uno de los pistoleros afganos que entonces -hablamos de los años ochenta- aún no se llamaban yihadistas sino muyahidines o cómo los de Jomeini se cargaron al partido kurdo iraní marxista en el 79. Si lo quiere saber, desde luego  -y son cosas que no está nada mal saber, porque de aquellos huevos vinieron estas mayonesas-, este libro es una mina de caviar.

Ésta es una de las ventajas e inconvenientes del  libro: algunos de los ensayos que lo componen son tan extremamente detallados que sólo interesarán a quien realmente necesite información muy específica o es un gourmet de la Historia. Nada para hacerse una idea general de si la ensaladilla pica o no. Pero si usted está aburrido de degustar platos para turistas y quiere la receta exacta, sí, aquí la tiene. Si no es usted académico, casi sáltese el capítulo de "Estrategias para Eurasia", que tiene ese regusto de chef Michelín que deconstruye tortillas a base de analizarlas. Pero hay bocados suculentos alrededor: podrá usted enterarse quién le puso los cuernos con quién en los clanes kirguizes y qué floristería de Belgrado mandaba las rosas a Georgia y los tulipanes a Kirguizistán para sus respectivas revoluciones, y hasta qué jardinero estadounidense ponía el abono. Es un decir.

Si usted le tira más el aspecto periodístico, la sección tercera, "Nuevos y Viejos Actores", es de esas tapas que no vale dejar en el plato. Ahí tiene cuatro pinchos: Afganistán y Afpak (=Pakistán), Llegan los turcos (a Asia central), La incógnita china (pero algo menos incógnita tras la lectura) y El bunker iraní (nada impenetrable para usted, a partir de ahora).

Si aún le queda hambre, léase la cuarta parte: diría que lo del Cáucaso huele que alimenta, aunque en realidad huele podrido, y sobre todo huele a petrodólares saudíes, como casi todo lo que hoy día se llama islam. Luego tiene La eterna cuestión kurda, desde sus orígenes hasta hoy (en la medida que algo eterno tiene principio), que es también trago obligado si alguna vez ha querido hincarle el diente a esa patata caliente. Después, una vez más, la revolución kirguiz, y van tres, pero eso es como las tortillas: cada uno la hace a su manera y siempre sabe distinta. Y finalmente está la sorpresa del menú, o cómo Israel está intentando untar el Cáucaso y patés adyacentes en su rebanada de pan. Lo de untar quizás no sea un decir.

Falta el postre: “Eurasia, fijando el concepto”, por el propio Veiga. Como un buen flan, rellena los huecos entre la comida y convierte todo en una masa digerible. Aunque teniendo en cuenta que la digestión cerebral no siempre funciona igual que la intestinal, yo incluso recomendaría empezar con este postre y, una vez fijado el concepto, ir picoteando del resto de las tapas, según le conviene, le interese o necesite documentarse. Sobre todo si usted no tiene estómago para atiborrarse en un par de sentadas con 490 páginas.

Un consejo, eso sí: el libro lleva, a la académica manera, notas al final, y aunque en algunos textos puede creer que son sólo de bibliografía y no vale la pena meter un palillo de dientes, en otros serán fundamentales para entender de qué habla el autor. Así que no se me deje las migas, que también alimentan. Y otro: para mantel pídase un gran mapamundi, porque el único boceto que viene en el libro corre riesgo de quedarse corto.

Un aplauso para los cocineros. voy a citarlos de corridilla porque son muchos, algunos son amigos y no quiero que nadie me acuse de arrimar el ascua a sus sardinas. Ahí van: aparte de los chefs Francisco Veiga y Andrés Mourenza, han metido cuchara Ana Cardenes, Arturo Esteban, Carlos González Villa, Daniel Iriarte, Pablo Martín, Carles Masdeu, Ricardo Mir de Francia, Agus Morales, Nicolás de Pedro, Antonio Pita, Juan Sánchez Monroe y Luis Sánchez. Ea, que aproveche.

19 septiembre 2012

Más armas que letras


Lawrence y los árabes
Robert Graves
Península, 2011
ISBN: 978-84-9942-123-0
352 páginas
22 €
Traducción de Juan Antonio Gutiérrez-Larraya

 

Alejandro Luque
Según relata en sus memorias, Adiós a todo eso, Robert Graves conoció a T. E. Lawrence, el legendario Lawrence de Arabia, hacia 1920, siendo aquél un joven de 25 años. ”Usted debe de ser el poeta Graves, ¿no es cierto? Leí un libro de poemas suyo en Egipto en 1917, y me pareció bastante bueno”. Ése fue el comienzo de una amistad duradera, la de dos ex soldados volcados en una nueva batalla: llevar su talento como escritores lo más lejos posible.
Un libro titulado Lawrence y los árabes, escrito además por uno de los poetas y prosistas británicos más grandes del siglo XX, ejerce de entrada una atracción bastante irresistible. A cualquiera le consta que la compleja personalidad de Lawrence llegó a un conocimiento del mundo árabe, ya fuera de su arqueología y su historia –se graduó con la aplaudida tesis La influencia de las Cruzadas en la arquitectura militar europea– como de su orografía, su lengua y sus peculiaridades culturales. Seguramente hubiera bastado dejar correr un magnetófono ante él para obtener una narración llena de pasión y erudición. O remitir directamente a sus famosos Siete pilares de la sabiduría.
Sin embargo, después de un par de capítulos presentados a modo de breve semblanza biográfica, Graves entra de lleno en la materia que parece interesarle más: la experiencia de Graves como estratega y asesor en las revueltas árabes frente al imperio Otomano, es decir, su estricta dimensión militar. Para decirlo más claramente, quienes gusten de seguir el relato desplegando un mapa en la mesa y volcando sobre ella la caja de soldaditos de plomo, encontrarán en estas páginas varias horas de gozo. Pero aquellos que no hayan hecho ni la mili, o simplemente tiendan a aburrirse con el baile de avances y retrocesos de tropas sobre el tapete, sentirán más de una tentación de cerrar el libro y dedicarse a otra cosa. La lección de Historia acaba invadiendo el curso casi entero.
Y no es que sea un relato mal escrito, ni mucho menos. Aunque la traducción adolece de algunas llamativas imperfecciones, no cabe duda de que Graves saca a relucir su estilo y, a pesar de la aridez de algunos pasajes –para no desentonar con la atmósfera del desierto–, el hecho de recurrir a fuentes diversas, entre cartas, libros y otros testimonios de primera mano da cierta viveza a la historia. A menudo, sentimos que el narrador aporta detalles que, si bien parecen imposibles de constatar, aportan verosimilitud al conjunto –“Majaron café en un mortero (lo perfumaron con tres granos de cardamomo), lo hirvieron y colaron con una esterilla de palma…”– o se permite reproducir largas conversaciones como si hubiera estado presente en ellas. Es escritor, es su trabajo.
Tampoco es del todo cierto que el volumen no contenga impresiones e ideas de Lawrence sobre la exótica y convulsa realidad árabe de la época. Pero éstas se dosifican de un modo tan avaro, que se antoja insuficiente. Apenas empieza a entrar en materia, el hilo se interrumpe con alguna voladura de puente o alguna mediación entre tribus. “Es una civilización antigua, muy antigua, que se ha refinado hasta liberarse de los dioses lares y de la mitad de los jaeces que la nuestra se apresura a adoptar”, explica en una carta a su amigo Oxford V. Richards, para añadir más adelante, en las antípodas del colonialismo que acabaría repartiéndose el pastel de Oriente Medio: “Soy y seré extranjero para ellos, pero no los creo peores, ni intentaría cambiar su manera de ser”.
Hacia el final del relato, Graves dedica generosas líneas a consignar la pasión de Lawrence por las motocicletas. Éste se jactaba de haber roto una vez el velocímetro de su Brough-Superior, y en su correspondencia asevera: “Podría escribir páginas enteras sobre la lujuria de moverse aceleradamente”. Ninguno de los dos imaginaba que la aventura de Lawrence de Arabia, el héroe que sobrevivió a los disparos de los turcos, a las picaduras de escorpión y a las inclemencias del desierto, pondría fin a su aventura en una carretera próxima a su casa de Clouds Hill. Tenía sólo 47 años, pero llevaba mucho tiempo viviendo instalado en el mito, del que no saldría jamás.
Él mismo sugirió que este libro llevara un encabezamiento en latín, una cita de la Vulgata difícil de traducir: Onager solitarius in desiderio animi sui attraxit ventum amoris. “Asna montés acostumbrada al desierto, que en su ardor olfatea el viento…”. Viento fragante a pólvora, seguro.
[Publicado en Mediterráneo Sur]