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20 junio 2012

Simpatía por el Diablo


Huella jonda del héroe

Montero Glez

Imagine Ediciones, 2012

ISBN: 978-84-96715-50-9

172 páginas

15 €

Premio Llanes de Viajes 2012




Fran G. Matute

Quiso el viento de levante traernos a la Andalucía a un navajero literario de los madriles. Un chulapo de lengua vivaz y poquísima vergüenza que atendía entonces al nombre de Roberto y que dio con sus huesos en Tarifa, donde se rumoreaba que vivía en un cuchitril dedicándose a escribir y a la vida contemplativa, si es que acaso no estemos hablando de lo mismo. Quiso la leyenda y el tiempo que Montero Glez -como así se dio a conocer al gran público la criatura- sentase bases en la provincia de Cádiz y desde allí se dedicara a construir su imaginario, su folclore cósmico, nacido del polen rubio, la tortillita de camarones y los vientos de cambio.

Resulta que cuando un forastero pretende adentrarse en tu identidad temes que no la comprenda o, peor aún, que la malinterprete. Andalucía quedó para los extranjeros como un circo de toros, flamenco y ferias atiborradas de faralaes y muchos visitaron estas tierras buscando precisamente eso. Tiene uno miedo entonces que el forastero, repetimos, vuelva a casa a contar lo que ha visto ya que, en la mayoría de las ocasiones, no es más que un cascarón no eclosionado. Muy pocos dedican el tiempo suficiente para poder interiorizar en puridad lo que una tierra tan fértil es capaz de proveer. 

Leyendas, mitologías y héroes. En lo poético, esto es lo que buscaba un joven Montero. Ser merecedor de historias para que su literatura actuara de catalizador. Pero hasta en lo prosaico se cumplen sus expectativas, pues los estereotipos están para revelarse ciertos y la Andalucía se le presenta a Montero como un lugar en el que poder vivir dignamente sin tener que trabajar demasiado. Estas palabras, que hicieron sangrar los oídos de los necios, todavía retumban en aquellos enemigos de la cultura que no perdonan que Montero Glez se haya empadronado en su querido Sur. Un agravio para muchos. Un insulto para los orgullosos y trabajadores andaluces. 

Pero Montero Glez ha rendido siempre pleitesía en su literatura a estas tierras y Huella jonda del héroe es, en nuestra opinión, el homenaje definitivo. Un cántico a esa Andalucía exultante de cultura. Una Andalucía de caminos y ventas, de maestros del folclore y de mujeres hermosas, de gastronomías mágicas y razas vetustas como el tiempo, de 'hippies' flamencos y dioses mitológicos. Montero posa su mirada de extramuros en este material, pero su corazón y sus tripas -con lo que escribe- están bien cerca de esa visión del mundo que la tierra otorga, entre sus heridas de sangre y barro, de miel y mar.

Como escritor maldito que es, Montero se alía con el Diablo para poner al servicio de la historia de la Andalucía su particular viaje por el Sur. Esa indómita geografía que no termina en Tarifa sino que se extiende en su esencia hasta Marruecos una vez atravesada esa cuchilla oxidada que es el estrecho. Y de Cádiz pasamos a San Fernando y de allí a la aldea de Sancti Petri, para luego bordear Tánger con destino Jerez de la Frontera. Y reanudar la marcha hacia el barrio de Triana en Sevilla sin olvidarse de Morón de la Frontera y Umbrete, desde donde los 'yankees' y los gitanos culminaron su alquimia musical. 

Montero persigue a Hércules por el Guadalquivir y a su paso va topándose con los orígenes del flamenco, un quejío arraigado a la sangre y a la tierra como lo es su propia literatura. Por las páginas de Huella jonda del héroe se dejan ver, cómo no, José Monge Cruz (al que ya dedicó monográfico en el majestuoso Pistola y cuchillo) y Manolo Caracol, Rancapino y Pericón de Cádiz, pero también Federico García Lorca y Manuel de Falla, Paul Bowles y Fernando VillalónCeesepe y García-Alix, Kiko Veneno y Raimundo Amador... No pretende Montero, para contar este su viaje, emular al maestro Quiñones, del que bebe profusamente, sino que toma prestado un tono narrativo ligeramente distinto al de su ficción y que lo empareja con su admirado Fernando Vallejo. 

Uno que tampoco es andaluz por carta de nacimiento se sigue sintiendo obligado a observar con ojos inocentes cuanto acontece por estas tierras. Y se sorprende al comprobar que el viaje de Montero transcurra por caminos paralelos al de este humilde cronista. Será por afinidad que he bebido las páginas de este ensayo personalísimo que no viene tanto a contar una lección de historia como a dejar plasmada una pasión y una justificación, que pasa por afirmar que Montero comprende a la perfección Andalucía. Y que Montero es por afinidad más andaluz que la gran mayoría de los que en estas tierras vivimos, siendo Huella jonda del héroe su tarjeta irrevocable de empadronamiento.

27 diciembre 2010

Potro de rabia y miel


Pistola y cuchillo

Montero Glez

El Aleph, 2010

ISBN: 978-84-7669-969-0

128 páginas

18 €




Fran G. Matute

Vaya por delante que servidor no es de esos mitómanos que se deja engatusar por la leyenda donde quiera que resida. Vaya por delante también que a este humilde cronista le repampinfla el flamenco y aledaños, no porque me cause disgusto sino por desconocimiento y desidia. Anticipo estos datos que podríamos denominar autobiográficos para dejar claro el discurso. Soy consciente de que un libro sobre Camarón de La Isla no debe ser cualquier cosa y menos si quien lo escribe es Montero Glez. Así que esta introducción que huele a excusa no es más que el vehículo que he diseñado para dejar bien clara mi valoración de Pistola y cuchillo: esto es lo mejor que ha escrito Monterito en años. Y que quede bien claro que afirmo lo anterior no porque su protagonista sea José Monge Cruz sino porque lo ha escrito el que a mi juicio es el mejor prosista de este país, Roberto Montero González.

A Monterito siempre le ha ido bien el barriobajeo, lugar en el que su labia maldita, rasposa y escurridiza puede campar a sus anchas. Pero cuando ha querido ponerse palaciego Monterito también lo ha clavado. Así que la Venta Vargas en San Fernando (Cádiz), que no es ni antro ni palacete, nos parece un lugar idóneo para vertebrar la narración de Pistola y cuchillo. Una mesa, tres personajes, una bandeja de tortillitas de camarones y José más parlanchín de la cuenta. De eso va esta intensa recreación de las últimas horas de Camarón. De recuerdos, sueños y detalles que se rememoran con nitidez una vez impresa la leyenda. Para ello Montero se introduce en la escena como un actor más gracias a un artificio. Imagina a Camarón como un ludópata de la gallística que decide amañar el último reñidero para sacarse unos jurdós y tratarse de lo suyo. Son las horas en que Camarón conoce que tiene la mancha cogida al pecho. Son horas en las que Camarón era sólo José (como lo llamaba todo el mundo), un hombre cualquiera, apocado y sin fortuna amasada que lucha contra la fatalidad.

"Cuando la leyenda se convierte en realidad, hay que publicarla" se decía en El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962). Pero Montero desoye por completo esta máxima ofreciéndonos un Camarón cercano, introspectivo y meditabundo. Una leyenda hecha carne y esputo, uno más de la parroquia que vivió el engaño (las cartas de El Cordobés) y el revés (el desplante de Manolo Caracol) y también el éxito mundial ("El Mick Jagger gitano", "El Joe Cocker de San Fernando", rezaban los periódicos parisinos tras sus actuaciones en Cirque d'Hiver mientras el artista preguntaba "¿Y quiénes son esos gachós?"). Y un "longplay" rompedor sobre el que el cantaor reflexiona en sus sueños y confiesa que no entendió en su momento. Todo esto se rememora alrededor de esa mesa en la Venta Vargas, donde Montero despliega su imaginario. Dos años se ha pegado el artista para terminar 120 tristes y cinceladas páginas que se leen como se traga la leche condensada. Con dulzura y espesura, donde cada palabra es una bala y cada frase una puñalá. Son todo lugares comunes hasta para el más neófito de los camaronianos, pero Glez hace con el de San Fernando lo que Stefan Zweig con la Historia. Le da vida.

Dicen que Camarón se echó a perder cuando dejó su Cádiz natal camino de la capital del Reino y puede que sea cierto, sobre todo si tenemos en cuenta que Montero Glez hizo el mismo camino a la inversa echándose claramente a ganar. Reconozcamos aquí y ahora que tras la publicación de su éxitosa Pólvora negra (2008) pensé que Montero se nos iba, que se nos adocenaba. Y más cuando supe que lo siguiente que venía era un relato sobre algo tan manido como Camarón. Pero me alegro haberme equivocado, porque con Pistola y cuchillo (que tiene cuerpo de relato sí, pero alma de novela) Montero me ha arrastrado por las orejas de vuelta al redil. Todavía falta mucho, pero al autor ya deberíamos llamarlo Roberto, pues es ahora el tiempo el que lo está convirtiendo a él en leyenda.

14 diciembre 2009

El fútbol, esa poesía muerta

A ras de “yerba”
Montero Glez
Debolsillo, 2009.
ISBN: 978-84-8450-264-7
192 páginas
8,95 €

Daniel Ruiz García

La relación entre la literatura y el balompié es antigua, aunque no es hasta hace un par de décadas cuando esta relación empieza a cobrar cuerpo más o menos teórico y académico, convirtiéndose en un maridaje serio avalado por numerosas antologías, artículos especializados y análisis en los suplementos literarios. Como toda disciplina, la literatura-que-habla-de-fútbol también tiene sus paradigmas, y el paradigma de la literatura balompédica apela a una época mítica habitada por jugadores con vocación de gladiadores con un punto bárbaro, balones fabricados a mano con cuero curtido y terrenos de juego que eran auténticos barrizales sobre los que se perpetraban verdaderas luchas encarnizadas. El aliento bélico está muy presente en ese pasado mítico, asperjado de grandes encuentros que se han elevado a la categoría de hazañas, gestas heroicas que han convertido a los futbolistas en soldados valerosos a los que es obligado guardar memoria. Frente a este tótem, hay que situar el reflejo degradado del fútbol actual, dominado por la mediocridad impuesta por los ritmos mercantiles y mercadotécnicos. La era de las Sociedades Anónimas del fútbol, donde nada, ni siquiera el Real Madrid, es ya lo que era.

De este paradigma parten todos los artículos que el escritor Montero Glez ha recopilado en su libro A ras de “yerba”. Apuntes futboleros. Se trata de una reunión de más de 50 artículos periodísticos que el autor de novelas como Cuando la noche obliga o Manteca Colorá ha publicado desde 2005 en ABC y, sobre todo, en la revista Mediapunta. Que Montero Glez es un escritor con una gran fuerza expresiva ya lo sabíamos, merced al tono que impregna todas sus novelas, una suerte de puchero altamente nutritivo y estimulante cocinado a base de Valle-Inclán, Paco Umbral, Céline o Hemingway, por nombrar sólo algunos de sus ingredientes reconocibles. Con sus artículos balompédicos descubro además que es un articulista de fuste, que sabe construir piezas con fuerte músculo, con gran vitalidad expresiva y donde juegan un papel fundamental, como en toda su obra, las metáforas chocantes y plásticas, siempre tendentes a lo deforme o lo excesivo. Un estilo que, desde luego, parece especialmente adecuado para hablar de una cosa tan peculiar como el fútbol, mucho más que una práctica deportiva, más bien un escaparate antropológico de dimensiones descomunales.

Leyendo todos los artículos, uno logra hacerse con una idea general sobre los gustos de Montero Glez en materia futbolística, y también en muchos otros ámbitos. Sabemos que es Raulista; que le costaría poco hacerse de la religión maradoniana; sabemos que para él hay tanta o mucha más poesía en el juego de Zidane que, por ejemplo, en un poema de Keats; sabemos que el fútbol que a él le ha tocado vivir no es, en todo caso, más que un reflejo desvaído del fútbol que se practicaba en otro tiempo, en aquella época mítica que ahora es un florido panteón. Pelé, Di Stéfano, Cruiff, Maradona, todos esos son los santos que hoy constituyen el paradigma de sus artículos balompédicos, y frente a los que toda comparación resulta al cabo odiosa. Cualquier tiempo pasado fue mejor, vienen a decir los artículos, la poesía del fútbol está muerta, pero en todo caso hay que seguir atentos. En cualquier momento puede volver la magia, alguien puede desenterrar la poesía.