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25 julio 2013

Lo que no debes hacer (o sí) para ser escritor


Una vida subterránea (Diario 1991-1994)

Laura Freixas

Errata Naturae, 2013

ISBN: 978-84-15217-46-6

320 páginas

19 €




Alejandro Luque

De unos diarios que ven la luz, por expreso deseo de su autora, veinte años después de ser escritos, se espera de entrada una justificación a tanta demora. La propia Laura Freixas, en las páginas iniciales, confiesa su “esperanza de que el tiempo suavizara los filos demasiado cortantes”. Parece un buen gancho para adentrarse en el libro: ¿Cuáles serán esos filos? ¿Habrá ajustes de cuentas, revelaciones sorprendentes, perfiles insospechados? El segmento temporal que abarca el volumen, de 1991 a 1994, es aquel que va desde el momento en que Freixas se dispone a abandonar París, hasta su traslado a Madrid, es decir, el momento en que se fragua definitivamente como escritora, después de haber trabajado varios años en el ámbito literario como traductora, agente y editora.

Quienes se acerquen a estos diarios buscando –digámoslo claramente– cotilleos, pierden el tiempo. Hay pullas y rencillas personales, críticas venenosas y bocetos inmisericordes, pero las identidades están tan escondidas que resulta imposible (a menos que uno conozca el paño de primerísima mano) reconocer a casi nadie. Tan es así, que uno se pregunta hasta qué punto contar los pecados, pero no los pecadores, no desnaturaliza completamente el relato. En ocasiones preferiríamos que optara por el silencio antes que por el enmascaramiento tras iniciales o nombres falsos, opción respetable pero empobrecedora. Se dirá que los diarios de Byron o los de Benjamin Constant están llenos de alusiones a personajes que desconocemos… Pero no todos los diarios son los citados, ni todos los diaristas Byron.

Otros sí son reconocibles, como Javier García Sánchez, Mempo Giardinelli o Cristina Peri Rossi, si bien en papeles muy secundarios, como referentes más o menos lejanos. Y esto porque el tema central de estos escritos es la persecución de un sueño, el de ser escritora, y la búsqueda de una estabilidad personal que pasará, andando el tiempo, por la experiencia de la maternidad. La Freixas que arranca el diario lucha con su condición sexual –“para mí femenino significa cobarde, egoísta, pasivo, insignificante y melancólico”– y con su vocación, aunque más que por desarrollarla naturalmente, necesita demostrar que es escritora.

Es a partir de aquí donde Una vida subterránea empieza a antojarse un perfecto manual sobre qué no deben hacer los aspirantes a literato. “Hace tiempo que le estaba dando vueltas a la necesidad de especializarme en algún tema”. ¡Horror! La especialización ha hecho, en los últimos treinta años, que quienes pretenden saber mucho de algo acaben por no saber nada, encerrados en el arnés de su asignatura concreta. “Más que crear, debería decir tener éxito; que equivale a ser alguien; que equivale a ser otro, a no ser yo”. ¡Espanto! La literatura puede ser una manera de conocernos a nosotros mismos o de ponernos una máscara, o de ambas cosas a la vez, pero difícilmente pasará todo esto por una noción convencional del éxito –es decir, el reconocimiento por parte de crítica y público, de los otros–, sino por otra clase de desafíos y de búsquedas que suceden de puertas para adentro, fuera del foco.

Cómo estoy deseando que acabe este purgatorio”, escribe Freixas tras un acto organizado por una gran editorial, donde se siente insignificante. “Recobrar una dignidad; publicar una novela, cambiar de trabajo, estar vistosamente embarazada…”. Anhelos legítimos que revelan, no obstante, una elección de modelos bastante cuestionable. “Me alegra estar al día, conocer la obra de mis contemporáneos; supongo que estoy preparándome para ser uno de ellos”. ¡Ay! Personalmente, creo que leer a los contemporáneos más allá de las dosis homeopáticas imprescindibles, conduce a actitudes propias de carreras de galgos, a indeseables clonicidades, a endogamias estériles. Una cosa es tener una idea aproximada del panorama actual (ya felizmente globalizado) y otra estudiar a los compañeros como una llave para ingresar en el club. Y así van pasando estas páginas, que se leen (o al menos yo las he leído) con desasosiego, con incomodidad, a veces con un escalofrío. Si la publicación de un diario íntimo es un 'strip-tease', el de Laura Freixas no quiere seducir, sino mostrar impúdicamente, como ella misma asume, “nuestras dudas, contradicciones, vergüenzas, miserias, vanidades…

En un momento dado, Freixas expresa su duda “de si soy capaz –durante cuánto tiempo, hasta qué punto- de seguir trabajando sin reconocimiento, sin feedback, sin saber si tanto esfuerzo me servirá para algo”. No cabe duda de que un escritor se nutre, entre otras cosas, de la confrontación de su trabajo con el lector. Pero tampoco la hay de que aquel que no sigue en el camino por falta de aplausos, no merece ser llamado escritor. Será otra cosa, un vendedor de sus libros, un productor de literatura, qué sé yo, pero no ese modelo de conquistador (no de puestos en las listas de ventas, sino de ideas, sueños y emociones) que reconocemos en los grandes.

Mi consejo sería, como señalé arriba, que los aprendices de escritor no tomaran estas pautas como ejemplo, o en todo caso como ejemplo a no seguir. Por otro lado, he de reconocer que la evidencia refuta mi argumentación: siguiendo su fórmula, Laura Freixas logró ser una escritora reconocida, publicó en editoriales señeras, fue bien recibida por la crítica, ganó premios, fue invitada en cursos de verano y en universidades americanas, hizo reseñas para El País y se ganó su propia columna en La Vanguardia. La autora tiene todo mi respeto. Sólo me queda una tímida pregunta: ¿Se trataba de eso?

[Publicado en M'SUR]

05 julio 2013

¿Vos te acordás, Mario?

Alejandro Luque realiza hoy un verdadero esfuerzo crítico para justificar su amor adolescente por la literatura de Mario Benedetti. De hecho, nuestro estadista ofrece en la presente reseña tantísimos argumentos que casi nos ha convencido a todos de que Primavera con una esquina rota es una novela no sólo meritoria sino de lectura recomendable. Y confiamos desde aquí que este cántico a la obra del uruguayo sirva para que la amiga de la madre de nuestro estadista le devuelva el ejemplar que prestó en su día y nunca recuperó.


Alejandro Luque

Quienes me conocieron a los 17 años pueden acreditar dos cosas: que lo de mis rizos en cascada no es una leyenda urbana, y que fui uno de los más fervorosos, por no decir "hartibles", divulgadores de la obra de Mario Benedetti que hayan conocido. Durante mucho tiempo me dediqué a reunir minuciosamente toda su bibliografía –poesía, relatos, novelas, teatro, crítica, periodismo–, vi cuarenta veces El lado oscuro del corazón, acudí a todos los cursos de verano en los que participaba e incluso llegué a ir a Alicante en autobús (cuando Mariluz todavía no había nacido) para asistir durante una semana a una serie de clases magistrales impartidas por él y no despegarme en todo ese tiempo de su vera. Sí, el uruguayo me parecía el no va más, la síntesis perfecta de sensibilidad, compromiso y exigencia literaria, hasta el punto de que llegué a imitarle en poemas en los que voseaba y usaba localismos montevideanos.

Con el tiempo, claro, estos criterios fueron modificándose significativamente. Empecé a detectar carencias, a acusar el abuso de edulcorante en muchos de sus textos, a cansarme del tono 'naïf' de sus poemas (incluyendo la conmoción ante el horroroso comienzo de aquel que decía “Cuando Ayrton Senna se inmoló en Imola...”) o del dogmatismo de sus opiniones, y a acercarme, como suele ser natural, a otros maestros. Defender a Benedetti dejó de ser 'cool', mientras que Borges u Octavio Paz -tan mal vistos entre el progrerío en el que me movía- sí empezaban a serlo. Seguí leyendo los nuevos libros que iba sacando hasta el final de su vida, pero ya con más sentido de la lealtad que verdadero interés.

A la hora de elegir una novela que me haga dar la cara –aun a riesgo de que el rubor me invada– he evitado la tentación de señalar La tregua, que sigue pareciéndome en algunos aspectos muy interesante, y me he decantado por la menos defendible Primavera con una esquina rota, la primera que leí, la primera que me cautivó, la que me pidió prestada una amiga de mi madre y no me devolvió jamás. La obra, como recordarán, se articula a través de capítulos narrados alternativamente por distintos personajes: Santiago, revolucionario apresado y sometido a todo tipo de abusos por los milicos; Graciela, su mujer; Don Rafael, su padre; Beatriz, su hija; Rolando, viejo conocido del matrimonio, que se convertirá en amante de Graciela mientras el esposo está preso; y el propio Mario Benedetti, que narra en primera persona su experiencia como exiliado.

Hay algo que ni siquiera los más corrosivos detractores de Benedetti pueden negarle: la posesión de un estilo propio e inconfundible. Lo malo es que ese tono se infiltra absolutamente por todas partes, de tal suerte que todos los personajes, la niña, el abuelo y cómo no el propio escritor, acaban hablando exactamente igual. Pecado mortal que sigue echando a perder tantas novelas, pues uno de los atributos esenciales de un buen personaje es que tenga su propia voz, armonizada con la voluntad de estilo del autor.

También puede echársele en cara a Benedetti cierta idealización de los personajes, pero eso me parece un reproche secundario. El uruguayo me parece una buena lectura para adolescentes (y para adultos necesitados de cierta base) porque en algún momento todos necesitamos saber quiénes son los buenos y quiénes los malos. Ya habrá tiempo para matizar esas diferencias, para tratar de comprender al adversario o las razones por las cuales algunos países toman inquietantes derroteros. Pero ahí se trataba de contar, y de hacerlo alto y claro, que una serie de sangrientas dictaduras latinoamericanas persiguieron, encarcelaron, torturaron, saquearon y dispersaron en el exilio a sus opositores políticos, violaron a sus mujeres, vendieron a sus hijos, durante décadas. Todo eso no es, que yo sepa, objeto de discusión histórica, y Benedetti supo ver que la novela era el vehículo adecuado para plasmarlo, como los poemas lo fueron para enarbolar consignas en la calle, y los artículos periodísticos para polemizar políticamente.  

Hay dos motivos más para ensayar una defensa del autor de La muerte y otras sorpresas. Uno es su esfuerzo por hacerse inteligible para todos, por “socializar” la literatura más allá incluso de lo que lo hicieron García Márquez o Cortázar. Si a alguien le parece empresa sencilla, le invito a que pruebe en casa a escribir a la vez llano pero estiloso, y con un resultado tan ameno para la abuela como para el sobrino cani. El otro argumento se refiere a una poderosa impresión que me asaltó cuando viajé, hace ya unos años, a Montevideo: observando a los transeúntes en el Mercado del Puerto o en la Plaza Independencia, comprobé que no se parecían a los personajes de Onetti, ni a los de Felisberto Hernández, ni a los de Mario Levrero, sino a los grises, melancólicos y sentimentales burócratas que habitan las páginas de Mario Benedetti.

Tanto tiempo después, no tengo ánimos para recomendar novelas como ésta a quienes me piden consejo, pero tampoco las rubricaría con ningún 'vade retro'. Creo que a Benedetti, como a los primeros maestros, hay que leerlo para huir pronto de él. Y por qué no, volver después sobre sus páginas, y comprobar que algo de su talento, de sus valores y de su fe en la literatura siguen en pie, a pesar de todo.  

28 junio 2013

Tremendo culebrón

Comandante. La Venezuela de Hugo Chávez

Rory Carroll

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-28-9

334 páginas

23 €

Traducción de A. L. Tobajas y M. Tabuyo



Alejandro Luque

Llevo algún tiempo reflexionando sobre el apabullante éxito de Searching for Sugar Man, el documental de Malik Bendjelloul sobre la figura de Sixto Rodríguez. Sí, la historia es emocionante, la cinta está bien rodada, las canciones son hermosas… Pero, ¿es para tanto? Creo que no. Cuando asisto a un fenómeno tan desproporcionado, tiendo a sospechar, y casi siempre encuentro la causa de estos entusiasmos en carencias más o menos profundas de la sociedad.

He llegado a la conclusión de que la gente, harta de que le den gato por liebre, de verdades manipuladas, de productos prefabricados, de comida de plástico y de estrellas de plastiquete, como diría nuestra estadista Sara Mesa, ha abrazado con pasión esta historia de autenticidad y de justicia poética, sin cuestionarse de veras –no van a aguarse ellos mismos la fiesta– si no se tratará de otra sutil astucia del mercado.

Hugo Chávez es otro ejemplo de éxito de masas en el que el entusiasmo del público cubre con creces las flaquezas de la realidad. Si Rodríguez se nos aparece como el último cantante puro, ajeno a la industria y al circo de los medios, el comandante venezolano encarna la última esperanza revolucionaria tras el desmerengamiento del castrismo y la reubicación de China a la vanguardia del capitalismo salvaje. Y del mismo modo, sus detractores corrieron a señalarle como la personificación del caudillo rojo, iluminado y charlatán, dispuesto a llevar a su pueblo al despeñadero en nombre de alguna falaz utopía.       

En la gloria de Searching for Sugar Man pesa mucho la técnica narrativa, el sutil modo en que se reserva una información esencial –que Rodríguez está vivo– y se oscurece con la mano, como en los viejos revelados fotográficos, el verdadero fondo del asunto: cómo la discográfica se quedó con los royalties del músico. Venezuela, un país que dio siempre grandes narradores, desde Arturo Uslar Pietri al impar Adriano González León, fundó su propio género nacional, el culebrón, tomando estructuras del folletín decimonónico y el serial radiado cubano. Con esta base se dispuso Chávez escribir su gloriosa página en la Historia, un culebrón que se prolongó durante catorce años y que su sucesor, Nicolás Maduro, se afana en prolongar en clave de 'spin off'.

Rory Carroll, joven corresponsal del diario The Guardian, ha apostado sin embargo por contar la misma historia con maneras de periodismo de vieja escuela. Comandante es, más que una biografía al uso, un largo y absorbente reportaje, que se lee de un tirón y con los ojos abiertos como platos. Porque lo que despliega el autor con notable objetividad es el enorme catálogo de luces y sombras que fue aquel mandato, una visión que irritará por igual a los 'hooligans' del personaje como a sus más furibundos enemigos.

De un lado, el sueño de justicia social y el deseo real de sanear un sistema podrido desde tiempos inmemoriales; del otro, una manifiesta incapacidad para atajar la corrupción institucional, la dispersión en mil estériles batallas, la ansiedad por controlar la propaganda y la entrega a la demagogia populachera. Y entre una y otra cosa, el doble discurso: denunciar el olor a azufre de Bush, y continuar siendo su principal proveedor de petróleo. Como dijo un diplomático norteamericano: “No mires lo que Chávez dice, mira lo que hace”. Todo ello acabó haciendo de él un híbrido de Fidel, Gadafi y Berlusconi, mientras se alejaba del modelo, más efectivo y estéticamente más acorde con los tiempos, de Lula o Bachelet.   

Los críticos de Chávez deberán reconocer que, impulsado por la subida del precio del crudo, hizo una apuesta sin parangón por ayudar a los más desfavorecidos. Los fans, por su parte, no tendrán más remedio que admitir que no querrían para sí mismos, por ejemplo, un gobierno con generales que eructan ante la cámara como único argumento político, o presidentes que peroran durante horas en su programa, a veces interrumpiendo la programación en el momento más inesperado, para contar que han tenido diarrea o que el capitalismo acabó con la vida en Marte.

Como director de su propio culebrón, Chávez usó la técnica de Stanley Kubrick: todo estaba en su cabeza y dosificaba la información entre sus subordinados con usura, a menudo dando instrucciones contradictorias. No dudó en fulminar a quienes osaran toserle, mientras que la corte de aduladores e inoperantes, los boligarcas, creció por días. A uno de éstos, Maduro, le otorgó el testigo. Antes de eso, salpicó el guión de situaciones bufas, como la del patético “¿Por qué no te callas?” del rey Juan Carlos, pero también de brillantes golpes de efecto y sentencias lapidarias.  

¿El partido acabó en empate? No. Los últimos años de gobierno fueron una pesadilla: la economía venezolana entró en el caos, la inseguridad se disparó hasta límites intolerables, arreció el descontento general y el comandante perdió, por primera vez, una batalla en las urnas, por la que pretendía ampliar sus poderes mediante reforma constitucional. La trama del serial se puso fea, hasta que sobrevino el desenlace inesperado: la enfermedad que acabaría con su vida, la mismo que veladamente atribuyó a una conjura de sus adversarios, porque los hombres como Chávez mueren en batalla, y no derrotados por un vulgar tumor en las ingles.

Final trágico, inesperado, para esta historia llena de intrigas palaciegas y sueños de poder, que disparó la audiencia mundial hasta batir récords de 'share'. El campo de discusión entre la izquierda y la derecha latinoamericanas –y también europeas– se desplazó desde el viejo binomio Miami-La Habana hasta Caracas. Y como en ese Rodríguez en el que tanta gente ha proyectado su necesidad de verdad en el arte, muchos miles lloraron la muerte del “presidente comandante” como la derrota de la última esperanza.

Cabe felicitar por el buen tino, y la espectacular portada, al sello Sexto Piso, que suele caracterizarse por sus ediciones impecables, pero a la que en esta ocasión debemos ponerle los puntos sobre las íes: concretamente, los muchos que faltan en el texto, imaginamos que por algún error de escaneo.

El libro de Rory Carroll, en fin, es un severo cuestionamiento del mito chavista, pero también un claro aviso para el futuro. Venezuela, hoy “reino perdido para la ambición y la ilusión”, necesitará algo más que palabras y carisma para levantar cabeza. La izquierda, por cierto, también.  

25 junio 2013

Malaparte Superstar

Alejandro Luque

Malaparte, vidas y leyendas

Maurizio Serra

Tusquets, 2012. Colección "Tiempo de Memoria"

ISBN: 978-84-8383-430-5

560 páginas

24 €

Traducción de Juan Manuel Salmerón



Quien haya intentado alguna vez escribir una aproximación biográfica de cualquier personaje, sabrá que el principal escollo no reside, por lo general, en la falta de datos, sino en la dificultad para verificar aquellos de los que disponemos. La vida de los hombres es un marasmo de pistas falsas y de subjetividades que no siempre resulta fácil distinguir. Y si se trata de un hombre como Curzio Malaparte, experto en jugar con todas las barajas, campeón de la ambigüedad y de la reescritura de sí mismo, el empeño puede ser titánico.

Lo es, sin duda, el que Maurizio Serra ha llevado a cabo en Vidas y leyendas, acertadísimo título por contener las siete felinas existencias de este escurridizo personaje, uno de los escritores más fascinantes de la Italia del siglo XX, y también sus versiones apócrifas, sus falsificaciones interesadas y toda la mitología que generó a su alrededor. Si bien se ganó la posteridad en dos libros (¿eran novelas, reportajes?) memorables, Kaputt y sobre todo La piel, Malaparte gastó buena parte de sus esfuerzos en la escritura de su obra maestra, su propio guión vital, éste que Serra desentraña con dos instrumentos básicos: uno, un conocimiento profundo no sólo de la obra malapartiana, sino de la época en que vivió. Y en segundo lugar, un permanente cuestionamiento de todo.

Era incapaz de engañar, porque para eso tendría que haber aceptado la realidad”, afirma el biógrafo, y con eso está dicho casi todo. Ni se llamaba exactamente Curzio, ni se apellidaba Malaparte; ni su famoso confinamiento en Lípari –una reprimenda de Mussolini– fue como lo contó, ni su divorcio con el fascismo fue tal… Sí estuvo en Rusia, y en Etiopía, y en China, “donde el socialismo se juega su última oportunidad”, aunque hay dudas de que lo recibiera Mao para contarle que admiraba sus Técnicas de golpe de Estado… Y sólo la enfermedad y la muerte le impidieron culminar su sueño de recorrer Estados Unidos, de Nueva York a San Francisco, en una gira triunfal en bicicleta. Pocos intelectuales como él merecen la manoseada denominación de testigos del siglo; pocos reflejan también la ambigüedad moral, ideológica y artística de su tiempo.

Narcisista, políglota, veterano duelista, pendenciero –a punto estuvo, al parecer, de liarse a puñetazos con su admirado Albert Camus en una discoteca–, poeta irregular pero prosista de un poderío abrumador, periodista dotado de un envidiable olfato y una ambición vigorizante, así es el retrato que Serra hace de nuestro personaje, sin eludir algunas cuestiones íntimas de su personalidad, como su desmedido amor por los perros y su extraña relación con las mujeres, a las que al parecer seducía de un modo fulminante, pero de cuyo contacto físico nunca llegó a disfrutar en plenitud. También aborda su paso de la literatura al cine, a lo Pasolini aunque sin tanta fortuna, y refleja a la perfección el desfile político que se produjo ante su lecho de agonía, en una clínica pagada por la Democracia Cristiana, y su tardía e irónica conversión al catolicismo, según ha explicado el biógrafo, “para no tener que ir a una clínica pagada por el Partido comunista”.

Si la vida, o las vidas, de Malaparte dan para una novela, es una novela de enredo, con un personaje central de una complejidad casi mareante, y desde luego nada edificante. Más o menos como el tiempo que le tocó vivir. ¡Ah! Para disfrutarla no hace falta haber leído Kaputt ni La piel, pero resulta muy difícil no verse tentado a leerlas o releerlas después de pasar la última página de esta biografía.


Muss / El Gran Imbécil

Curzio Malaparte

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-17-3

152 páginas

17 €

Traducción de Juan Ramón Azaola



Mientras leía estos textos de Curzio Malaparte, no podía evitar imaginarme una obra de teatro, un largo monólogo, lleno de giros y digresiones, en el que un bufón se dirige al cuerpo sin vida, ultrajado, colgado por los pies en la milanesa plaza Loreto, del dictador al que sirvió. Ese es, 'grosso modo', el contenido de Muss. Retrato de un dictador y El gran imbécil, aunque como todo lo que tenga que ver con el escritor de Prato, pueda prestarse a muchas interpretaciones.

Como bien explica Francesco Perfetti en el prólogo de esta edición, todo empieza con el proyecto de escribir la biografía de Mussolini, pues no hay escritor afín a una dictadura que no sienta como misión más o menos ineludible retratar para la posteridad a su gran guía. El voluble Malaparte, según explica su biógrafo Maurizio Serra, mantiene con el fascismo una suerte de “amor no correspondido”. Profesa el culto a la fuerza, y ve en la figura de Il Duce no sólo una oportunidad para el despertar de Italia, sino para sus propios intereses, que marcan su alejamiento del régimen conforme van viéndose frustrados. En esto llega el caso del confino, la detención y reclusión en la colonia penitenciaria de Lípari durante casi dos años. Éste será el gran argumento del autor para presentarse en adelante como mártir del antifascismo, y el gran giro que sufre Muss, un texto que en su primer borrador empieza como exaltación del sátrapa y acaba volviéndose feroz invectiva.

¿Cuál es el argumento del drama? Obviamente, la relación del intelectual con el poder, el modo en que aquél coquetea con éste, y también cómo el abrazo del poder puede hacer crujir los huesos del intelectual cuando alguno pierde el paso del baile. “Tú no sabes cuánto te he odiado, Muss. Cuántas veces te he escupido a la cara en mi celda de Regina Coeli, en la celda nº 461 del 4º Corredor, con aquel olor a chinches y a moho…”. Poco importa que sepamos que el escritor no sufrió un presidio tan angustioso, aunque para alguien tan libre como él cualquier cerco sería claustrofóbico. A quien oímos es al actor en plena representación, justo antes de dar el golpe maestro: se vuelve y dirige su discurso hacia el patio de butacas, es decir, hacia sus compatriotas.

La mala fe del pueblo italiano le lleva a fingir que cree en cosas, en personas, en ideas, en las que no cree, y a actuar en consecuencia. Tal era la mala fe de Mussolini (…) El italiano finge creerse sentimental: y no lo es. Romántico: y no lo es. Idealista: y no lo es”. Continúa una larga perorata en la que Malaparte va apretando nervios de la italianidad, dando a entender una idea cruel: un dictador es un producto de su pueblo, un reflejo de los peores atributos de la masa. Claro que el escritor, desde el escenario, pretende olvidar –y que olvidemos– que también él participó en la glorificación del Duce.

Llega entonces uno de los más fascinantes pasajes de este libro, el relato del encuentro de Malaparte con el asesino de Mussolini, en la plaza Colonna de Roma. “Era el asesino estúpido, banal, típico de la crónica negra de los años de posguerra en Italia (…) Le mató no como se mata a un hombre, sino como se roba algo de dinero de un cajón”. Naturalmente, Malaparte lo inventa todo, pero lo inventa muy bien, y encamina su imaginación hacia el terreno que le interesa: después de manifestar su odio hacia el tirano, ensaya un ejercicio de compasión similar al que haría en La piel.

Tras este intenso relato, llegamos a El Gran Imbécil, que entra de lleno en el terreno de la caricatura, pero una caricatura tan ácida y rabiosa que roza lo grotesco, si no fuera porque lo grotesco se parecía mucho al modelo original. No deja Malaparte, desde luego, de soltar patadas en las espinillas a los italianos, ese pueblo cobarde que necesitó de la ayuda extranjera para desalojar a Mussolini del poder, y cuando lo hizo, fue de aquella manera innoble y violenta…

Ésa es la obsesión que mueve estos escritos de Malaparte: el atroz fin de Mussolini, la frustración porque ninguno de sus fieles hubiera tenido la deferencia de darle una muerte honrosa. “Si yo hubiese sido uno de los suyos, no hubiera vacilado en dispararle”, escribe. Y de la imposibilidad de matar al Padre, al único consuelo posible: el escarnio jocoso, que de paso le colocaría del lado de los buenos en la nueva coyuntura. “A los tiranos no hay que matarles, hay que burlarse de ellos. No hay que cubrirles de sangre, sino de ridículo”.

¿Se puede decir algo más de este gran histrión? ¡Telón! ¡Aplausos!

[Publicado en M'SUR]

20 junio 2013

Cómo viajar sin leer


En la Barrera

Gabi Martínez

Altaïr, 2012

ISBN: 978-84-9392-747-9

336 páginas

19 €




Alejandro Luque

Gabi Martínez podría pasar por nieto de grandes autores españoles de libros de viajes, como Manu Leguineche o Javier Reverte. No obstante, mientras éstos tenían el aliento del periodismo y del relato clásico a lo Conrad y Stevenson, esta nueva generación viene inspirada por otros muchos referentes, no sólo literarios. Un buen ejemplo es el último libro del barcelonés, En la Barrera, un recorrido por la Gran Barrera de coral australiana, ese amenazado santuario de la Naturaleza cargado de resonancias aventureras.

Refractario a cualquier linealidad, en el relato de Martínez cabe todo: el reportaje tipo National Geographic y el microrrelato, la paleta expresionista y el rigor del ensayo científico, alguna confesión íntima y alguna concesión al lector 'afterpop'. Se trata de una narrativa que renuncia a proyectar una única mirada personal, como sucedía con los autores citados, y otros más jóvenes como Jordi Esteva, para abrir una mirada poliédrica a través de múltiples ventanas. En la era de internet el viaje no parece tener principio ni final, y como dice Magris citando a Kapuscinski, los vertiginosos cambios del mundo “impiden captar el mundo en su totalidad y ofrecer una síntesis de él, permitiendo capturar, como el reportero en el fragor de la batalla, sólo algunos fragmentos”.

Esto hace, también, que infinidad de citas –de Bruce Chatwin a John Berger, de Jared Diamond a Jorge Carrión, pasando por Darwin, Cormac McCarthy o Fukuyama– se interfieran en el relato, con la misma espontaneidad (y en ocasiones la misma impertinencia) que asoman los amigos en el 'chat' de facebook. Lo importante es que la muralla de referencias textuales no impide ver el paisaje, el geográfico y el humano, que es lo que más interesa. Nadie cerrará este libro sin conocer bastantes cosas de ese hervidero de vida –900 islas, 400 tipos de corales, 1.500 de peces, 2.900 arrecifes…–, y del grave peligro que corre todo el ecosistema debido al calentamiento global, así como curiosidades acerca de la fauna de dos patas que vive allí. Martínez se asoma, y nosotros de su mano, al mundo de los tahúres, de los últimos aborígenes, de vecinos tan pacíficos como aislados o de los locos Haldanes, amantes de la vida al límite que tan pronto se bañan entre cocodrilos como se dejan morder por criaturas selváticas para probar vacunas en su propia piel.

Es entonces, cuando el autor prefiere contarnos lo que ha visto que lo que ha leído, que sin duda es mucho, cuando En la Barrera cobra su corpulencia y sabor idóneos. Es ahí donde su prosa transmite mejor la vida que palpita a su alrededor, su salvaje exuberancia y también su extrema vulnerabilidad. Y donde sentimos que tal vez estemos ante un mundo condenado a extinguirse, pero que aún puede salvarse por obra y gracia de la buena literatura.

[Publicado en Mercurio]

28 mayo 2013

Escribir no es necesario

Lago de Como

Srdjan Valjarević

Sloper, 2013

ISBN: 978-84-940204-7-6

184 páginas

14 €

Traducción de Visnja Jovanovic y José Miguel Vilar-Bou



Alejandro Luque

La literatura balcánica vuelve a estar presente con fuerza en los escaparates de las librerías. En los últimos meses hemos visto salir a la luz novedades de clásicos vivos, como Predrag Matvejević, de otros que ya no están, como Aleksandar Tišma o Danilo Kiš, de jóvenes valores como Ivica Đikić, de revelaciones que todavía no habían asomado a nuestro idioma, como Velibor Čolić o Ismet Prcic… Si el tiempo y las fuerzas nos alcanzan, iremos reseñándolas todas, y puede que lleguemos incluso a escribir correctamente los nombres de sus autores sin necesidad de comprobarlos tres veces. Pero para empezar nos ocuparemos de la ópera prima del desconocido –esperen un momento… ajá– Srdjan Valjarević.

Comentar un libro de una editorial de la que lo ignoro todo, Sloper, y de un autor del que no dispongo de ninguna referencia, es una sensación de libertad poco frecuente. Empiezo, como está mandado, por el título: Lago de Como. Los títulos que tienen nombres de lugares, y de lugares de resonancias más o menos sugestivas, me hacen de entrada levantar una ceja. Tiendo a pensar, malévolo que es uno, que o bien quieren aprovecharse del prestigio de los lugares –siempre recuerdo el morro que echó Aristarain titulando una película suya Roma, donde Roma era una señora– o son tan perezosos que titulan con lo más a mano, es decir, el nombre del protagonista o el del escenario.

Lago de Como. Con fotografía de portada del Lago de Como, ese magnífico rincón de la Lombardía, tan lleno de ecos manzoninianos. Pasemos deprisa, pues, al contenido. Valjarević escribe con frases cortas y secas, casi telegráficas, con ese estilo que tanto irrita a José María Conget cuando habla de una generación de escritores que desconoce el subjuntivo. Yo creo que el autor belgradense sabe usar el subjuntivo, pero lo cierto es que hace notables esfuerzos por disimularlo.

En seguida sabemos del personaje casi todo lo que tenemos que saber: que es un joven escritor serbio, amigo de los alcoholes, que ha recibido una beca Rockefeller como quien no quiere la cosa, como por accidente, pero no parece nada dispuesto a aprovecharla para escribir ninguna obra maestra. Lo vemos llegar a la residencia en la que se alojará, relacionarse con otros personajes más o menos pintorescos, y tenemos la sensación de que hemos asistido a esa escena muchas veces, en otros libros, en infinidad de películas. Y sin embargo, seguimos leyendo, porque Valjarević ha sabido despertar nuestra curiosidad con muy pocos mimbres, y porque esperamos que la historia cobre algún giro inesperado.

Sin embargo, en Lago de Como prácticamente no sucede nada. El narrador visita el pueblo (el señorial Bellagio) para comprar tabaco o calcetines, tiene algún romance, manifiesta su gusto por el fútbol, bebe cuando puede, y muy poco más. A lo largo de treinta capítulos, correspondientes a otros tantos días, seguimos a este escritor por su registro notarial de la nada cotidiana, tratando en vano de asomarnos a algún abismo, alguna herida, algún vértigo, algo que matice la calma chica por la que discurre el relato. No dudo que los editores que han llevado a esta obra a seis o siete idiomas, o los jurados que han hecho recaer sobre ella importantes premios, hayan columbrado destellos de ese tipo. Yo no.

Ni siquiera el socorrido recurso de la guerra –el autor tenía unos 25 años en el conflicto de los Balcanes– parece darle juego. “Sentado en mi cuarto, bebía cerveza y escuchaba las perturbadoras noticias de Serbia, ese pequeño país de donde soy y donde vivo, ese pequeño país donde vivir se ha puesto tan jodido. Eso venían a decir las voces en el transistor, eso pensaba yo. Cambié de emisora”. No, Valjarević no quiere sacudirnos por las solapas.

No obstante, mentiría si no dijera que no he encontrado mérito alguno en las páginas de Lago de Como: hay en ellas un enorme afán por no posar de escritor en ningún momento, por demostrar que escribir no es necesario –aunque lo demuestre escribiendo–, mientras que vivir, observar, escuchar a los demás, reflexionar, sí lo es. En un momento dado, el protagonista enumera a sus escritores favoritos: “Robert Walser, Thomas Bernhard, Walter Benjamin, Robert Musil, Milos Crjanski”. Acaso se olvida de Carver, en cuyo nombre se cometen (¡ay!) tantos crímenes.

[Publicado en M'SUR]

24 abril 2013

A la vuelta de la esquina


El fin del mundo equivocado

Mauro Corona

Altäir, 2013. Colección "Clásicos Heterodoxos"

ISBN: 978-84-939274-9-3

176 páginas

19 €

Traducción de María Alida Ares Ares


Alejandro Luque

La irrupción en el mercado español, hace un par de años, del escritor Mauro Corona, supuso una de esas buenas noticias que no se prodigan demasiado. Su libro Fantasmasde piedra daba a conocer a uno de esos escasos autores que conjugan una prosa más que brillante, rica, enjundiosa, con una personalidad magnética: escalador, escultor, escritor descubierto, como contamos en su día, nada menos que por Claudio Magris. Un hombre como de otra época, de ese tiempo en que vivíamos en comunión con la Madre Naturaleza, poseedor de secretos ancestrales vedados al urbanita del siglo XXI.

El segundo libro de Corona publicado en nuestro país es muy distinto de aquel fascinante rescate del pasado. Ahora, el escritor de los Dolomitas mira hacia el futuro. Y lo que ve, claro, resulta francamente desasosegante. El libro plantea una sencilla hipótesis, nada descabellada: el mundo, exprimido hasta el límite por la ambición humana, se queda sin carburantes: petróleo, carbón y energía eléctrico. ¿Qué se puede hacer? El invierno de “la muerte blanca y negra” acecha y toda la opulencia acumulada con avaricia por el llamado mundo desarrollado se revela perfectamente inútil. Será necesario recuperar el trabajo manual, casi olvidado, y los modos de vida sencillos y naturales para que la raza sobreviva.
    
El mensaje, de evidente aliento ecológico aunque no ahorra algún mandoble para animalistas extremos, es muy fácil de compartir. La mayor parte de los lectores de esta reseña es consciente de que nos hemos vuelto masa improductiva, peor aún consumidores compulsivos incapaces de arrancarle un tubérculo a la tierra, pescar una lisa mojonera o desplumar un pollo. Hasta los críticos literarios se llevan su merecido en esta visión distópica: “Hasta pocos días atrás, no perdonaban ni una, y si algún autor les caía mal por cualquier motivo, ¡adiós muy buenas!, el crítico declaraba que el libro de Fulanito de Tal era una porquería…”. Sí, para los ricos y los pobres, Corona tiene estopa para todos.

Sin embargo, su relato futurista, fascinante por momentos, muestra algunas fallas. La principal, la facilidad con la que da por abolida la economía a las primeras de cambio. No sólo hablamos del dinero, del valor del oro, que a lo largo de la Historia ha fluctuado de un modo notable según épocas y culturas. No es eso. Algo nos invita a pensar que las estructuras económicas, aunque convulsionadas por la coyuntura extrema que se nos plantea, mutarían sin sucumbir por completo al apocalipsis. Hay otra cuestión discutible, y es la fe de Corona en el efecto redentor de la debacle energética. La cultura judeocristiana, tan arraigada incluso en quienes no profesamos su credo, confía ciegamente en que el hambre, el frío, las privaciones, sacan a la luz lo mejor del ser humano. Pero la experiencia histórica y la intuición sugieren que no siempre es así, que con harta frecuencia la desesperación y el miedo despiertan en nosotros a un animal capaz de las peores bajezas. Es mejor no apostar al mundo feliz en un trance como el que nos propone este libro: carecemos de garantías.

No obstante, vale la pena asomarse a estas páginas y hacerse preguntas. Aunque el autor se vuelva un tanto reiterativo, aunque el estilo no tenga la grandeza de Fantasmas de piedra, se hace necesario mirar hacia el horizonte sin cinismo ni ingenuidad. La fantasía de El fin del mundo equivocado no especula con visitas extraterrestres ni delirios cibernéticos de un futuro remoto: habla de cosas que están a la vuelta de la esquina, y ante las cuales usted y yo, probablemente, nos desenvolveríamos como perfectos inútiles. Sólo por eso vale la pena leerlo. Dicho lo cual, si me lo permiten, les dejo y vuelvo a dedicarme a mis tomates, por si acaso.  

11 abril 2013

La ciudad es tuya


Bagheria

Dacia Maraini

minúscula, 2013

ISBN: 978-84-9558-793-0

170 páginas

14 €

Traducción de Juan Carlos de Miguel y Canuto



Alejandro Luque

Si ustedes viajan a la costa norte de Sicilia, podría recomendarles que visiten los frescos de la catedral de Monreale y el Palacio de los Normandos en Palermo, que paseen por Cefalú y hasta que se den un chapuzón en Mondello. Pero sólo si tuvieran mucho, mucho tiempo, podría recomendarles ir a Bagheria. Esta pequeña ciudad a 20 kilómetros de la capital siciliana es hoy sin duda una de las más feas y ruidosas de la isla, por no hablar de su conocida población mafiosa. Y, sin embargo, sorprende indagar en su esplendor pasado, sus tesoros escondidos son asombrosos, e imponente la lista de personajes ilustres nacidos en la villa, desde el pintor Renato Guttuso al cineasta Giuseppe Tornatore o el fotógrafo Ferdinando Scianna –que inmortalizó a sus vecinos en un libro bellísimo, Quelli di Bagheria–, sin olvidar a Fernando II de Borbón, el cruel rey Bomba.

Pero las ciudades a menudo cambian cuando se contemplan con los ojos de la memoria. Hace algunos años, nuestro compañero Ilya U. Topper hubo de afrontar una fugaz polémica por haber declarado en prensa su amor por una ciudad objetivamente fea como Algeciras. Los lectores algecireños podían aceptar la crítica, pero no la devoción, que es en sí misma un estatuto de apropiación, un modo de hacer nuestras las ciudades. Algo parecido hace Dacia Maraini (Fiesole, 1936) en este doble viaje, a la Bagheria que ya sólo existe en su memoria y a la actual, la de las reliquias asediadas por el tráfico y los adefesios urbanísticos.

Internada con su familia en un campo de concentración japonés hasta los diez años, Maraini pasó el resto de su infancia en Sicilia. Allí, recuerda, su madre llamaba la atención por vestir pantalones, cuando todavía era frecuente el luto perpetuo, y era inmoral que las niñas fueran al cine, incluso acompañadas. En la villa Valguarnera, habitada por la abuela Sonia, a la que Caruso piropeó en un autógrafo, y el abuelo Enrico, amante de la antroposofía y la teosofía, escritora vivió un proceso de aprendizaje que relata con genuina y cruda óptica femenina: el cura que le estampó un beso en la boca sin más, el amigo de la familia que también abusó de ella, reflejan un tiempo, acaso no tan pasado, en que ser niña –incluso niña rica– era un oficio muy difícil.

El abandono familiar del padre coincide en el tiempo con el inicio de ese proceso de sistemática destrucción que a partir de los años 50 demolió o arrinconó a buena parte de las magníficas villas dieciochescas de Bagheria. Maraini, que ya se había acercado a Sicilia desde la novela histórica en La larga vida de Marianna Ucrìa, confiesa haber sufrido como escritora cierto bloqueo, “evitando como la peste la isla de los jazmines y del pescado podrido, de los corazones sublimes y de las hojas cortantes”, explica. “Hablar de Sicilia significa abrir una puerta que había permanecido atrancada, una puerta que yo había camuflado muy bien, con enredaderas y marañas de hojas, hasta el punto de olvidar que alguna vez hubiera existido”.

Híbrido de reportaje y de anotación íntima deliberadamente divagatoria, Bagheria es ese exorcismo que ha permitido a Dacia Maraini reconciliarse con aquella etapa. Y, de paso, proclamar su amor por la ciudad fea, es decir, ponerle por delante el posesivo y gritarlo a los cuatro vientos.

[Publicado en M'Sur]

26 marzo 2013

También la verdad se inventa



La generación del 98 en sus anécdotas

José Esteban

Renacimiento, 2012. Colección "Los Cuatro Vientos"

ISBN: 978-84-8472-700-2

208 páginas

16 €


Alejandro Luque

El maestro Bernáldez, que no sabemos si era mejor amigo que lector, que ya es decir, recomendaba siempre, fervorosamente, leer a su compadre Pepe Esteban. Autor de algunos de los libros más curiosos de cuantos se han publicado en las últimas décadas, a este profesor de Sigüenza le debemos por ejemplo un interesantísimo estudio del insulto español, un excelente ensayo sobre Mateo Morral o una impagable antología del epigrama en nuestro país. Ahora sorprende con este simpático retrato coral de la generación del 98, sin duda una de las más pródigas en anécdotas jocosas y pintorescas, todas éstas recopiladas de fuentes muy diversas y organizadas de tal modo que pueden leerse de corrido o saltando a capricho de una a otra.

Por lo general, la anécdota ha sido inexplicablemente rechazada por los estudiosos académicos. Su naturaleza apócrifa la ha alejado del rigor de los historiadores y filólogos, que a menudo han pasado por alto su alto valor simbólico, su interés “por lo que no ha ocurrido”, como dice García Sabell en la cita incluida en el prólogo. Cuando alguna vez me he enfrentado a la duda de incluir o no anécdotas en un texto biográfico, por ejemplo, mi decisión ha sido exponer primero los hechos contrastados, y reservar el anecdotario para el final, como una especie de apéndice, pero también a la manera de una recompensa para el sufrido lector. Subrayamos, pues: éste libro no puede ni debe sustituir en ningún caso la lectura de Luces de Bohemia, Campos de Castilla o El árbol de la ciencia, pero sí puede ser un espléndido postre para tales festines.

Sea como fuere, quien se asome a esta edición de José Esteban –impecable salvo algunas inoportunas erratas y el molesto énfasis en el ceceo de Valle, que no añade demasiada gracia– se regocijará descubriendo que Blaise Cendrars le envidiaba a Pío Baroja la sencillez de su nombre, en el que veía un talismán para el éxito; que Gómez de la Serna defendía la idea de que los españoles nos dividimos en dos grandes bandos, “uno, don Ramón María del Valle-Inclán y el otro, todos los demás”; que el propio Valle envió su brazo a Barbey D’Aureville para poder estrechar su mano, ya que le resultaba imposible viajar a París; y que una vez envió una carta a la dirección “Calle del viejo idiota, 16”, logrando que el cartero supiera que se refería a Echegaray; que Unamuno se sentía más sabio que Sócrates, porque además de saber que no sabía nada, “sé que tampoco saben nada los demás”; que Alejandro Sawa, el bohemio sevillano, agarró una vez por el pescuezo a Rubén Darío, pero le soltó argumentando que “Eres mío, te mataría. Pero has escrito la 'Marcha triunfal'…”.

Sabremos también que Antonio Machado rehusaba grabar su voz en discos, y que Manuel suspendió su ingreso a la Universidad en literatura, por no saber nada de López de Ayala y Sánchez Bravo;  que el padre de Ortega y Gasset le prestó a Azorín una pistola antes de partir a hacer un reportaje sobre La Mancha de Cervantes, aduciendo que “no sabemos lo que puede pasar”; que Maeztu criticó El Quijote como dañino para España; o que Dorio de Gádex obtuvo de Zamacois un café y media tortilla en concepto de adelanto editorial por un libro titulado Por el camino de las tonterías, preguntándole el editor si era autobiográfico… Y no podía faltar la celebérrima anécdota entre Unamuno y Villaespesa sobre los nenúfares, “esas flores que usted tanto cita en sus poemas”.

Todo esto y mucho más descubrirá el lector entre risas seguras, pero nadie quedará a salvo de cierta tristeza antes de cerrar el libro. Porque la obra de Esteban, más allá de los chascarrillos, la maledicencia y hasta el chiste puro y duro, es también un reflejo de aquella España maravillosa y deprimente a la vez, donde algunos de nuestros mejores talentos vivían al filo de la mendicidad, la envidia era una epidemia aún hoy por erradicar y las disputas literarias se dirimían con frecuencia a hostia limpia. Es la España que vio cómo su primer Nobel era para el dramaturgo Echegaray, mientras que Valle-Inclán conocía la miseria y Antonio Machado caminaba, sin sospecharlo, hacia su terrible final. Es, también, la España formidable que da especímenes con nombres únicos y legendarios como los de Enrique Cornuty, Ciro Bayo, Corpus Barga, Sindulfo de la Fuente, Mario Roso de Luna o Camilo Bargiela, la que vivió en colmados y cafés donde a poco que uno se descuidara le salía un  hijo legítimo, y en los espectáculos de variedades donde un maharajá podía encapricharse de la cupletista Anita Delgado

Afirma Azorín en estas mismas páginas que la anécdota no dice nada, que lo importante en la vida es lo normal, “el minuto que es igual a otros millones de minutos”. Pero eso lo decía una voz temerosa del efecto deformador de la anécdota, al igual que mi querido Fernando Quiñones, surtidor inagotable de estas ocurrencias, nos rogaba dosificarlas “porque me descomponéis la figura”. Algo nos indica, en cambio, que estas historias nada restan a la verdadera obra de los escritores grandes y pequeños. Es más, tenemos la impresión de que la Literatura se fortalece y se enriquece cuando, entre bromas y veras, alguien vuelve a decir aquello de “¿Sabes la de Fulanito cuando…?