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22 julio 2013

El abejar del agua


Miseria y compañía

Andrés Trapiello

Pre-Textos, 2013. Colección "Narrativa Contemporánea"

ISBN: 978-84-15576-53-2

404 páginas

25 €
  



Antonio Rivero Taravillo

Sucedió en la presentación en Sevilla de La novela de K., segunda entrega diarística de José Manuel Benítez Ariza: entre el público había un tipo ceniciento y resentido que se costea la edición de unos diarios que andan muy escasos de interés, lo mismo vital que literario, y ni corto ni perezoso salió a pontificar contra los autores de aquellos otros diarios en que la ficción se solapa con la realidad, quizá manifestando el pobre hombre su admiración y envidia por esos personajes más de legajos que de libros: los notarios. A este X (le tomo prestado el embozo a Andrés Trapiello, y que me aspen si vuelvo a leer una línea más del referido don nadie sevillano) le parecía muy mal que el autor del Salón de pasos perdidos en que se encuadra Miseria y compañía ideara, adornara, novelara al cabo, por más que esto sea algo que no se oculta jamás, pues con caracteres perfectamente legibles los volúmenes declaran al pasar por la aduana de la policía diarística, antes de abrazar a los lectores que los están esperando impacientes: “Una novela en marcha”. Y no así, sino en versales. Pero ni por esas. X dice que Trapiello pasa de contrabando creación, aquello de lo que él mismo carece.

Pero este caso patológico es excepción. La inmensísima mayoría de personas avisadas saben que en estos diarios van a hallar gran literatura. Cortés, para no contradecirlos, el presente tomo ofrece algunas de las mejores páginas de todo el ciclo, consiguiendo, y parecía imposible, el más difícil todavía. Trapiello cada vez sabe templar mejor el tono humorístico, que actúa como un bajo continuo incluso en los momentos de mayor gravedad o introspección, y que aplica a sí mismo antes que a nadie. Crea, además, neologismos, juega a veces con el lenguaje, evoca situaciones pasadas y narra y describe las del momento. Y hablando de bajo continuo y del trabajo gozoso del autor, ya sea en su piso de Conde de Xiquena en Madrid o en la casa de campo de Las Viñas: un regato y unas piedras le hacen escribir esta frase, también aplicable al libro y a todo el empeño sostenido que fluye desde hace veintitrés años: “Había algo subyugante en ese susurro, en su laboriosa urdimbre: el abejar del agua.”

Hallamos aquí los lagares extremeños, el pasear la mercadería literaria de alguien que no tiene vocación comercial por Múnich o los Países Bajos, un periplo italiano en familia, la vida propia de los chicos R. y G., la postración final del admirado y querido Ramón Gaya, la mofa de un conocido poeta editor abonado a estas páginas y en cuya nómina ya debe de ir devengando trienios y hasta sexenios, el Rastro, los sucesos del 11 de marzo de este 2004 de a poco más de una página por día, la escritura de la obra propia (aquí, la novela Al morir don Quijote)… El accidente que ocasiona la fractura del pie (que se nos cuenta junto con la necesaria rehabilitación) quizá sea el motivo de que el autor acelere y pase casi de puntillas (valga la expresión, porque usa muleta) sobre el final del verano y el otoño junto el tasado número de días del invierno que corresponde, poco más de una semana, a cada tomo de estos diarios, que siempre acaban con el año.

En este tomo Trapiello se ha dejado la ventana abierta y se ha colado por ella una mosca, variante cojonera, que se posa en algunas palabras para señalar la indistinción de género, o mejor dicho: la inclusión de ambos. Así, en vez de escribir “aventureros” o “aventureras”, el tipógrafo que hay en el escritor compone “aventurer*s”. Es su particular arroba este asterisco, y siendo como es innecesario, un capricho, tampoco merece la pena prestarle demasiada atención más allá de la travesura, en realidad no de hombre ni de mujer, sino de niño. No convence, pero no vamos a matar moscas a cañonazos. Además, su zumbido pasa casi desapercibido en el general susurro.

Los lectores habituales de Trapiello ya lo saben, aunque en Miseria y compañía todo lo ya conocido se acrecienta, si cabe: se trata de una obra sobresaliente, sin parangón (me atrevería a decir que en cualquier lengua, al menos en su fortuna editorial), y muy adictiva, pero no por añadidos químicos, sino por su calidad natural. Para quien se aproxime por primera vez al Salón de pasos perdidos, que ya tendrá sus desertores pero que a cada entrega suma incondicionales, aquí va una lista de algunos de los ingredientes, pues la fórmula solo la conoce su autor (al que antes se le leía tomar más esa bebida de arcana ecuación, la coca-cola y ahora prueba más la cerveza, el vino): levedad, hondura, observación, piedad, ironía, paisajes, pensamiento, aguafuertes, todo ello con una expresión afortunada en cada párrafo y un repertorio de palabras que se rescatan para la literatura y la vida, no la filología, la Academia.

08 abril 2013

A ratos Conget se pone serio



La mujer que vigila los Vermeer

José María Conget

Pre-Textos, 2013

ISBN: 978-84-15576-38-9

147 páginas

17 €




Juan Carlos Sierra

Con la de decepciones que se suele llevar uno cuando se deja acariciar por los cantos de sirena de las promociones editoriales, es de agradecer que todavía haya autores como José María Conget, cuya literatura se sustente por ella misma, sin necesidad de campañas de prensa o de extenuantes ‘tours’ de presentaciones por toda la geografía española. La mujer que vigila los Vermeer, el último libro de cuentos del autor aragonés, viene a confirmar -otra vez- la solidez, fiabilidad y fidelidad de una literatura personal, de una prosa sin alambiques ni trampas; en definitiva, la coherencia de una carrera literaria que no necesita de voceros fulleros, sino que se contagia como los virus, en el boca a boca.

Salvo en lo que al humor se refiere, en esta nueva entrega de José María Conget volvemos a encontrar las constantes de su literatura en los últimos años. Por las páginas de La mujer que vigila los Vermeer desfila la sana obsesión de su autor por el cine y el cómic, el autobiografismo -incluso en los relatos menos autobiográficos-, cierto "pelelismo" masculino frente a mujeres de talla moral XXL y, por supuesto, la complejidad de las relaciones entre aquellos y estas. Si bien es cierto que, como se apunta más arriba y como advierte el autor en la dedicatoria, el humor no está tan presente en este libro como en otros recientes de Conget, no hay que olvidar que relatos como "Conspiración" o "¿Lo mío tiene remedio, doctor?" dibujan en el rostro del lector una sonrisa desde el inicio al final de ambos cuentos.

Llama, por tanto, la atención el tono contenido y grave del conjunto de la obra, que alcanza su punto más sombrío en el penúltimo relato titulado "Dos habitaciones", el texto más explícitamente biográfico y más triste, donde se rastrea la huella de la muerte en los espacios que han dejado de habitar dos personas recién fallecidas. También en el ensayo de cuento autobiográfico o de autobiografía de ficción que es "Mi vida en los cines", justo el anterior a "Dos habitaciones", aparecen los fantasmas de la Parca jugando con la memoria de los cines, es decir, de las películas y de la vida que estos han proyectado en la vida del narrador y protagonista.

En todo caso, los caminos que recorren los cuentos recogidos en La mujer que vigila los Vermeer no necesariamente concluyen con la muerte, pero sí en una especie de amargura, de fracaso, de soledad, de frustración,… En este sentido, hay que destacar aquellos que tienen que ver con lo "paraliterario" universitario. Me estoy refiriendo a otro par de cuentos, pero esta vez no consecutivos: "Suaves laderas" y -quizá el mejor del conjunto- "No calls, no letters, no messages". En ambos, sobre una explícita crítica al mundo de quienes se dedican profesionalmente a destripar el hecho literario -y, si se da el caso, a destripar a todo el que se les ponga a tiro-, se impone un relato crudo sobre la soledad y la bilis -no se sabe si fue antes la gallina o el huevo- de quienes como modernos mártires de las letras se crucifican voluntariamente en el madero de los estudios literarios e ignoran, consecuentemente, los códigos más elementales del mundo que se halla fuera de los libros.

Mientras que a estos eruditos ciegos parece que todo lo humano les es ajeno, José María Conget sabe plantear en cada uno de sus textos alguna de las grandes preguntas que inquietan desde siempre al ser humano, especialmente las que tienen que ver con sus relaciones más íntimas. 

08 junio 2011

El mundo de otra manera


Breve teoría del viaje y el desierto

Cristian Crusat

Pre-textos, 2011

ISBN: 978-84-15297-13-0

112 páginas

10 €

Premio Internacional de Relato Manuel Llano, 2011


José Martínez Ros

Se pueden escribir relatos de otra manera. Se puede contemplar el mundo de otra manera. La mayoría de los libros de relatos que se publican por autores de lengua española se adscriben a uno de estos dos modelos -en algunos casos de curiosa amplitud de miras, a los ambos-: a) la escuela realista-chejoviana, que ha más presente en España, país refractario donde los haya a todo lo relacionado con la imaginación, cuyos seguidores suelen copiar, en las últimas décadas, no tanto a Chéjov como a sus principales prosélitos actuales, casi todos norteamericanos (Carver, Richard Ford, John Cheever, Peter Stamm, Lorrie Moore y Tobias Wolff, por sólo citar a algunos) y que, en su actual versión degenerada que hace furor en los talleres literarios, se caracteriza –resumiendo- por estar escritos con el vocabulario de un graduado de primaria, con personajes que beben y fuman demasiado y están muy deprimidos; y b) la escuela del fantástico, con una legión de saqueadores de los tres grandes argentinos, Borges, Bioy Casares y Cortázar, que carecen del aliento metafísico del primero, la elegancia irónica del segundo y de la incesante capacidad para la invención y el juego del tercero y que, en la mayor parte de los casos, se reduce a fuegos artificiales: algo de magia, una pizca de mitología, algún pequeño juego formal y, al final, nada de nada, puro vacío. También están los microrrelatistas, pero a esos mejor ni nombrarles.

Por fortuna, libros como Breve teoría del viaje y el desierto de Cristian Crusat, Premio internacional de relato Manuel Llano, nos convencen de que aún hay esperanza para el cuento y evitan, en el último momento, que nos nacionalicemos suizos. Los relatos de Cristian Crusat rechazan orgullosamente ambos modelos, en lo que supone todo un desafío a la mayoría de las convenciones acerca del arte del relato. Por un lado, evita cuidadosamente las poses fatalistas y el neocostumbrismo de los pseudochejovianos actuales: sus personajes, extraídos de un mundo global, y que pueden vivir en una caravana en el desierto norteamericano, recorrer una carretera de Almería o hablarnos desde las páginas de un cuento ajeno son presentados desde una cotidianeidad que no tarda en iluminarse con el resplandor pentescostal de la epifanía y sufrir una revelación que, en la mayoría de los casos, los obliga a enfrentarse al auténtico rostro de su soledad o a unos sentimientos difíciles de asumir, como ocurre con los jóvenes enamorados del relato que da título al libro.

Por otro, Crusat construye sus historias –excepto la protagonizada por la encantadora Lena que, sin duda, está narrada desde un ensueño centroeuropeo- a partir de una realidad reconocible y espesa que todos conocemos, aunque no siempre nos detengamos a observarla: la de las urbanizaciones turísticas, los enormes aparcamientos y los hoteles abarrotados. Como todo autor realmente original, no duda en inventar su propia tradición, en la que conviven presencias tan singulares como las del cuentista peruano –uno de los más grandes y más ignorados- Julio Ramón Rirbeyro, el extravagante Salinger o Milorad Pavic, el genial autor del Diccionario Jázaro. Del primero, sin duda, toma la perspectiva irónica y el interés por los personajes en quiebra, del segundo su hipersensibilidad urbana y del tercero las piruetas metanarrativas.

Breve teoría del viaje y el desierto es un libro especialmente recomendable para aquellos que deseen saber por dónde irá el relato del siglo XXI: no cabe duda de que Cristian Crusat es uno de sus más intrépidos pioneros.

31 mayo 2011

¿A qué se debe su serenidad?


Dogos

Antonio Portela

Pre-textos, 2011

ISBN: 978-84-15297-05-5

57 páginas

8 €

Premio José de Espronceda de Poesía 2010



Rafael Suárez Plácido

Poemarios recientes que han surgido declarándose herederos de otros ámbitos artísticos encontramos muchos. Siempre ha sido así. La relación entre la poesía y la pintura es secular y lo mismo se podría decir refiriéndonos a cualquier otra faceta artística. Pero poesía y música responden a unos mismos códigos genéticos. La poesía nació para ser cantada. La música para formar un todo con la poesía. Hubo un momento en que se separaron. No sabría decir de qué momento se trata. Supongo que debe ser algo cíclico. Hay momentos donde la narratividad, el ansia de contar una historia, o la necesidad de reflexionar sobre el mundo se impusieron a esa otra necesidad de crear universos paralelos a la naturaleza que nos rodea.

Quienes hayan leído atentamente ¿Estás seguro de que no nos siguen? (DVD, 2002), el primer libro de Antonio Portela (Huelva, 1978), habrán encontrado, pese a las muchas citas ocultas o explícitas de canciones del universo pop, se trata de un poemario donde prevalece el afán por contar la experiencia y el deseo de esta experiencia. Muchos descubrimos en él a un poeta con muchas cosas que decir y sin pelos en la lengua a la hora de hacerlo. No sólo eso. Encontramos también que, con apenas veinticuatro años, el autor ya sabía lo que quería: arrojarse en los brazos de la poesía. Este interés por combinar las artes no era novedoso en la poesía de su tiempo. De hecho, es muy frecuente encontrar autores jóvenes, y no tanto, que bucean en las aguas de la cultura pop para esbozar sus primeros versos. Siempre ha sido así. Lo que no era tan habitual, aún sigue sin serlo, es que después de un primer libro con esas condiciones, esperásemos con ganas un segundo libro.

Han pasado nueve años. Esto ya no es tan frecuente. Normalmente estos autores suelen publicar libros con mayor frecuencia y, todo hay que decirlo, con muchas menos pretensiones de hacer poesía. Tengo amigos que lo conocen, o lo conocían, y es cierto que no sabían demasiado de él. Me decían que después de un primer libro que tuvo buena aceptación es difícil afrontar un proyecto nuevo. Aquí está el resultado: Dogos (Pre-textos, 2011).

Hay momentos que recuerdan al anterior poemario. Pienso en el poema “Administra la copa. (El último de Rocco Siffredi)” o en “Esta noche”, pero son los menos. E incluso en estos, la narratividad explícita de aquellos versos ha dejado paso a una voz diferente, sin perder la cercanía, mucho más elaborada. Las historias, los momentos, se apoyan mucho más en el lenguaje poético. No sé qué pensará el poeta de aquel primer libro: ¿necesario aprendizaje? ¿Poemas de juventud? Quizás ambas nociones se complementen. Aquí la palabra retoma ese primigenio sentido musical. El verso es más cuidado, sin dudarlo ni un instante diría que más logrado.

Las referencias son básicamente musicales. Una serie de canciones de David Bowie, uno de los iconos del pop de nuestro tiempo, dan pie a una serie de poemas. Ya desde el título. "Diamond Dogs" es el título de una canción que Portela transcribe como "Diamantinos Dogos", el primer poema de la colección, que ya desde el inicio nos sorprende: “Se oyen ladridos por las arboledas. / Vienen de antiguo. Dicen que barruntan / indefensas fracciones de universo, bajo pretil o trampa de intemperie, / bálsamo insomne, fiestas, soledades / y cuerpos.” El poeta es consciente de esta transformación buscada y lograda. Es joven, muy joven, pero “apenas mi recuerdo navega ya por Ítaca”. Ya nada es tan explícito. No hay tantas citas y las que hay, conjugan a los clásicos con las referencias citadas de David Bowie y con las menos usuales de Arcade Fire o Rufus Wainwright . En el poema "Ceniza" surge la dicotomía entre dejarse llevar por el tumulto o “abandonarme a la liturgia pura / de contemplar, no hacer (…) y ser un ávido animal de amor / desatendido”. Diría que encontramos una voz más reflexiva, que opta por esta segunda opción, porque de alguna manera descubre el vacío en esos cantos de sirena que, sin duda, le llegaron: “Nadie me dijo que de nada sirve / la embriaguez, pues mi parte / de laguna sería / bendita por la gracia del desierto, / que habría de beber esta sustancia / sin preguntar por qué / la cantidad vertida.”

Las referencias a su pasado son constantes: Huelva, Punta Umbría, las dunas, Doñana… los amigos, a los que dedica algunos de sus mejores versos sin malgastar retórica ni adjetivos ampulosos, ni falsa conmiseración, sólo permitiéndonos contemplar algunos de sus momentos de dicha. Así escribe: “Mirad a mis amigos. / Llevo un año sin verlos. / (…) Ellos son el verano. Son la vida.”

Conocemos más el mundo interior del poeta en los versos sentidos y sinceros del poema "Extraños", que en todo el libro anterior. La duda interior, la hermosa sorpresa que nos depara la vida, ir reconociendo la belleza y la pureza en los que nos rodean. Pero no es este otro tipo de desnudo el que marca nuestro interés por este libro. Dogos es la unión entre música y palabra, más allá del artificio sincero que articula el libro. En Dogos nos reencontramos con aquel jovencito que cantaba la vida sin tapujos, más maduro, más consciente, con más ansias de buscar. Decir que es más reflexivo es repetir lo obvio. Hay una pregunta que marca el devenir del libro y está en el poema "Portada de Men’s Health": “¿A qué se debe su serenidad?” Esta es también la pregunta que nos hacemos cuando leemos y disfrutamos con este libro. ¿Y ustedes? ¿No desean saberlo?

16 febrero 2011

Carretera minimal


Carretera blanca

Antonio Mochón

Pre-textos, 2010

ISBN: 978-84-92913-73-2

68 páginas

10 €

VI Premio de Poesía Javier Egea


José Martínez Ros

La poesía, en nuestra sociedad, recuerda a una de esas ancianas que, llenas de achaques y hasta con la memoria medio borrada, se aferran obstinadamente a la vida, por lo que resulta más que probable que acaben sobreviviendo a sus enterradores. De su agonizante y rara vitalidad da prueba la periódica aparición de nuevas antologías de poesía joven (una extraña y pintoresca costumbre del no menos pintorescas editoriales españolas, tal vez con el fin de que el libro sea adquirido al menos por los familiares y amigos de los múltiples antologados), labor en la que el inefable Luis Antonio de Villena sobresale con un celo que, sin duda, podría estar dedicado a mejores fines. Esta peculiar situación, con continuas nuevas hornadas de poetas que se leen entre sí y se pelean entre sí, financiados en sus publicaciones por los contribuyentes a través de múltiples premios locales, pero totalmente desconectados de un público que, con toda razón, opta por no leer a adolescentes o a individuos con mentalidad adolescente, es un fenómeno que merecería estudio. Roberto Bolaño opinaba que la poesía española contemporánea, con algunas excepciones (Gimferrer, Panero, García Valdés) era, en general, malísima, pero es mejor no hacer caso de Bolaño que, como es bien sabido, tenía la costumbre de decir siempre la verdad.

De la lectura de las últimas o penúltimas, cabe pensar que una tendencias o estéticas más consolidadas entre los autores jóvenes es la que cabría llamar minimalista, y que tiene, con toda probabilidad, como representantes destacados, a poetas tan conocidos (aunque ser conocidos en el medio poético actual equivale, como máximo, a una moderada clandestinidad) como Luis Muñoz o Carlos Pardo. Entre sus rasgos más obvios está la tendencia al fragmento, el verso-sentencia conceptuoso, a la ironía menor y a la metafísica de andar por casa y, en algún caso (normalmente muy desdichado) el gusto por las referencias muy contemporáneas y muy 'camp' (las que dentro de un par de décadas necesitarán una nota a pie de página para ser entendidas, en el dudoso caso de que alguien se moleste en leer esos poemas en algún futuro concebible). Los riesgos que supone la asunción de tal estética son, por supuesto, muchos, y no es el menor de ellos la renuncia a la belleza sensorial del poema, a cualquier temática filosófica o social con un nivel más elevada que una canción de Los Planetas, la escritura de textos que son poco menos que juegos de pueriles adivinanzas y chistes entre amigos, lo que Francisco Brines llamó "poesía-crucigrama", como si siempre se le hurtase una pieza al lector para entender el conjunto. En resumen, una poesía castrada. Como sucede en este tipo de moda, los poetas más significativos y con más personalidad (Pardo, por ejemplo) son los más inocentes de los desafueros de sus seguidores, como, sin duda, García Montero no tuvo la culpa de que, al pensar en cierta poesía de los ochenta y principios de los noventa, nos venga a la cabeza la imagen de un tipo insoportablemente sentimental que reflexiona sobre su divorcio mientras escucha jazz un día de lluvia.

Si cabe destacar un libro como Carretera Blanca, del granadino Antonio Mochón es, además de por la belleza de algunos de sus poemas, por el modo en que consigue no naufragar bajo ese pesadísimo lastre. Como hijo de su tiempo, su poesía está poblada de voces ("vivíamos en una estación, ¿lo recuerdas?") e imágenes ("arteria gris/ de lo irreal") que se superponen en un palimpsesto que el lector solo puede desentrañar hasta cierto punto, pero no por ello perdemos contacto con una tristeza ("ya no escribo cartas de amor") o un dolor ("quisiera que esto durara más de lo que duran las desilusiones y los fracasos") que sabemos al instante auténtica. El ritmo es entrecortado y se hace algo fatigosa la lectura de unos poemas que se ordenan, no por su música interna, sino a base de los destellos aislados de imágenes que no llegan a elevarse del todo y sentencias en las que predomina esa filosofía a escala reducida. Otros parecen algo prosaicos, sin el toque de magia o misterio que nos hace ver la realidad, como pedía Wallace Stevens, de otro modo. Pero de vez en cuando unos versos memorables nos recuerdan que nos hayamos ante un verdadero poeta ("El dolor de lo irreparable tiene una piel suave"). Carretera blanca no es, en mi opinión, un libro totalmente satisfactorio. Pero sí muestra que de Antonio Mochón podemos esperar más de lo que nos ha dado ahora y que es un poeta a seguir con atención.

12 octubre 2010

La Revolución, ahora

Las chicas terribles

Pablo Vázquez

Pre-Textos, 2010

ISBN: 9788492913237

160 páginas.

13 euros





José Martínez Ros

De todas las revoluciones acontecidas en el siglo XX, la más exitosa ha sido, sin duda, la feminista. Ese terremoto que ha terminado por abatir la tenebrosa tradición patriarcal de Occidente –y que continúa expandiéndose hacia otras partes del planeta, pese a todas las resistencias- ha tenido también sus consecuencias en el ámbito cultural: entre las más recientes, el auge de una narrativa militantemente femenina que pretende desde las pantallas o la literatura ofrecer una visión del mundo que había sido negada, con raras excepciones, durante milenios. Por supuesto, los resultados han sido muy dispares, y van desde El cuaderno dorado de Doris Lessing, la pintura de Frida Kahlo y las obras de teatro de Caryl Churchill hasta Maruja Torres y Almudena Grandes y la última o penúltima ganadora del Planeta, es decir, del cielo al infierno. Pero, en el otro lado de la trinchera (si aceptamos el viejo tópico de la guerra de sexos o la reinterpretación que de él hizo Lessing, al afirmar que hombres y mujeres somos, en realidad, dos especies distintas condenadas a habitar el mismo mundo y empujadas inútilmente el uno hacia el otro por su mutua soledad), también ha habido consecuencias. Un cambio tan enorme ha provocado, al tiempo, el derrumbe de muchos modelos de hombre y el surgimiento de otros, un proceso quizá más opaco, pero no menos real. Y es algo que se percibe con claridad en esta obra de Pablo Vázquez, Las chicas terribles, Premio Internacional de Cuentos “Manuel Llano” 2009.

Este libro de relatos es, como su mismo título indica, un recorrido por distintos retratos de mujer, filtrados a menudo por una mente masculina, pero sin dejar por eso de llevar la voz cantante: son ellas las que mueven la acción, mientras que los hombres que aparecen son sus víctimas, adoradores o ambas cosas al tiempo. Incluso cuando ellas aparecen en primera persona, como narradoras –como en Las perfectas secretarias o Genoveva Mix- resulta perceptible su construcción a base de clichés de origen cinematográfico, televisivo o de subgéneros menores (terror, novela rosa). Las mujeres de Pablo Vázquez son visiones de mujeres desde una óptica masculina deformada por los medios y el cine y que ya, sin embargo, no tiene nada que ver con los viejos prototipos; son mujeres contempladas por hombres que carecen incluso de autoridad sobre sus propios sentimientos. Eso explica el constante uso del humor, la perspectiva irónica: es una pantalla que los separa de un mundo amenazador.

Por supuesto, no todos los cuentos están igualmente logrados y a veces su prosa parece recargada en exceso, como si el autor tuviera muchas cosas que decir y muy pocas páginas para hacerlo, un barroquismo que se suele confundir a menudo en este país con la buena escritura o la tensión narrativa, y tal vez debamos demandar al autor una mayor ambición en las siguientes entregas. No obstante, ningún defecto consigue empañar esta certidumbre: he aquí un auténtico escritor.

08 octubre 2010

Jean, el griego

El viaje de Grecia

Jean Moréas

Pre-Textos, 2010

ISBN: 978-84-92913-57-2
128 pág.

12,50 euros.
Prólogo, traducción y notas de Javier Vela.

Alejandro Luque

Hermoso libro éste, por fuera –como es vieja costumbre en el sello Pre-Textos– y por dentro. Pero no se trata de la hermosura de las obras cerradas, en las que no parece faltar ni sobrar una coma, sino de la seducción de lo escrito casi a vuelapluma, como si a pesar de los decenios transcurridos -un siglo largo- la tinta siguiera fresca. Al parecer, cuando vio la luz por primera vez en Éditions de la Plume, podía leerse en sus primeras páginas esta advertencia: “Esta edición jamás será reimpresa”. Esta ambición sería por suerte traicionada mucho después por Transbordeurs, y ahora se hace accesible por primera vez en español.
Antes de abordar la obra, hablemos un momento de su autor: Jean Moréas, pseudónimo de Ioannis Papadiamantopoulos (Atenas, 1856-París, 1910), fue escritor afrancesado y crítico de cine, pionero del simbolismo y posteriormente fundador de la llamada Escuela Románica, para acabar entregado con armas y bagajes al clasicismo decadentista. Podría decirse que es un puente entre Verlaine, que ejerció sobre él notable influencia junto con Baudelaire, y Valéry. Algún dibujo y alguna fotografía lo representan con rostro orondo bajo el bombín, monóculo y mostacho frondoso, con las puntas curvadas hacia arriba: la imagen del hombre del XIX que, como Chesterton o Twain, ya ha puesto un pie en la modernidad.
El contexto de El viaje de Grecia es el del largo proceso de emancipación del dominio turco por parte de la República Helénica. Hace mucho que Byron ha encontrado su fin en las ciénagas de Missolonghi, pero todavía se libraban combates para liberar Tesalia o el Epiro. Y he aquí que el elegante Moréas, sombra familiar de los cafés parisinos, agitador de la Rive Gauche, siente la llamada del terruño y escribe con el corazón y la memoria este delicioso cuaderno.
Digo cuaderno, y no libro, porque tal es lo que sugiere su carácter misceláneo y la brevedad de muchos de sus pasajes. Ésa es su limitación, y también su encanto. En sus páginas cabe todo, el diálogo, la cita, la ocurrencia, la reflexión, la traducción, el relato, bajo un único elemento común: ese viaje griego al que remite el título, y que se desarrolla en dos direcciones: el inevitable horizonte que supone la independencia del imperio otomano y ese camino hacia atrás que el pueblo deberá emprender para reconocerse en sus más arraigadas señas de identidad, léase el esplendor de la Grecia clásica.
El texto, trufado de claves –la mayoría despejadas gracias a la intensa tarea de anotación, por momentos abrumadora, del traductor Javier Vela- describe escenas soldadescas de gran intensidad (“He visto las manos de las mujeres más hermosas pincharse al coser para los soldados”) como recreaciones mitológicas, versos propios junto a otros traducidos de Kostis Palamas, Miltos Malakassis o Andréas Kalvos, evocaciones de niñez, consideraciones sobre la lengua o bellos apuntes sobre los ríos de Europa...
Dispersión y ligereza, ese aire de tarea inacabada, trabajan en este caso a favor de la lectura, al menos como metáfora: todo seguía estando por hacer en la misión de refundar la patria: tarea en la que resultaba tan crucial ganarle las fronteras al turco como salvar del olvido a Sócrates o Platón, y en la que tanto valor tenía empuñar el fusil como la pluma desde las orillas del Sena.

05 octubre 2010

En este mundo


Tranquilos en tiempo de guerra

Cristian Crusat

Pre-Textos, 2010

ISBN: 9788492913091

124 páginas

10 €




José Martínez Ros


Hay algo que no termina de funcionar en la narrativa española; sólo por esa razón se explica que autores de genio como Enrique Vila-Matas sufrieran una larga travesía del desierto antes de ser apreciados en lo que valen, mientras que autores de best-sellers pseudohistóricos y pseudofeministas plagados de tópicos –Almudena Grandes- y de torpes aventurillas de capa y espada –Pérez-Reverte- reciban sospechosas aclamaciones críticas; y ejemplos de pensamiento débil con una prosa de suplemento dominical de viajes se conviertan en el paradigma de la innovación. En ese panorama, un libro como Tranquilos en tiempo de guerra resulta tranquilizador. Este es el segundo libro de relatos de Cristian Crusat (San Antoni, Ibiza, 1983) y representa un cambio sustancial y un gran avance tras Estatuas, también publicado en Pre-Textos, conservando sus virtudes, en especial una prosa tensa y dúctil que debería avergonzar a muchos neobarrocos que confunden el abigarramiento con la elegancia o la intensidad. Mientras que en su anterior título nos encontrábamos con un repaso entre tierno e irónico por los misterios del comportamiento humano, donde el joven autor ensayaba diversos tonos más o menos desenfadados para describir a sus criaturas, en Tranquilos en tiempo de guerra nos encontramos con una extraña gravedad cuya clave nos da una de las citas previas.

En ella David Foster Wallace, tótem y mártir de la literatura contemporánea, afirmaba: la ironía nos tiraniza, aludiendo al modo en que la narrativa “ligera” del cine y, sobre todo, la televisión han colonizado de todas las demás artes, impidiendo que aquellas dudas y perplejidades que han llenado el corazón y la mente de los seres humanos desde el comienzo de los tiempos puedan ser tratadas con la misma profundidad por los nuevos narradores (a pesar del carácter profundamente irónico y postmoderno de la mayor parte de la narrativa de Foster Wallace, incluyendo su magnus opus La broma infinita, no dejó de señalar el callejón sin salida que representa un arte incapaz de contemplar directamente la realidad sin continuos filtros previos). O como dice una chica en uno de estos relatos: “No puedo dejar que me la metas ni una vez más, si no dejas de pensar que eres otro” (toda una poética en una frase). Y es que el pequeño gran libro Cristian Crusat se centra en dos temas perfectamente serios y que merecen atención: el amor y la soledad.
Entre los protagonista de estos relatos abundan los personajes como Charly –un adicto al porno en proceso de rehabilitación- que tienen auténticos problemas para hacer frente a sus sentimientos e impulsos y, sobre todo, a comunicarlos, a pesar de que, probablemente, no habría nada que desearan más. Por eso, tal vez, muchos de ellos son jóvenes y adolescentes, para los que, en muchas ocasiones, la distancia entre sus emociones y la realidad es más que insoportable, o se encuentran una circunstancias difíciles, incontrolables, que lo hacen conscientes de la fragilidad de sus sentimientos, como el astronauta que narra “Un balcón azul de titanio” o los fantasmales hermanos de “Cuadros colgados en la pared”.

Un ejemplo perfecto sería el relato que da título al libro: una sigilosa, perfecta, historia de amor narrada de un modo tan despojado y distante que tardamos unos párrafos o unas páginas en comprender que apunta directamente hacia nuestro corazón. No duden en acercarse a Tranquilos en tiempos de guerra: es un libro que marca muchas de las tendencias que seguirá (o que debería seguir) la mejor literatura de este tiempo, la que aún está por escribirse.

08 septiembre 2010

¿Qué es importante?

Nuevas semblanzas y generaciones

Luis Antonio de Villena

Pre-textos, 2010

ISBN: 978-84-92913-41-1

327 páginas

20 euros.


Juan Carlos Sierra




Me imagino el revuelo en las estanterías de novedades que produciría un libro escrito, se me ocurre, por mi amigo Juan Ángel Duarte sobre sus experiencias en el mundo de la pintura ‘de brocha gorda’, teniendo en cuenta que aquí no sólo cabría el interés por las cuestiones más técnicas del oficio –texturas, rodillos, colores o disolventes-, sino por el, digamos, elemento humano tan variado con el que trata habitualmente –compañeros de trabajo, pero sobre todo clientela-, que –sigo imaginando- daría para un tratado bastante completo sobre el alma humana.

¿Quién se acercaría al libro? Pues, en principio, todo aquel involucrado en el arte del gotelé o del mortero monocapa, probablemente algún cliente, por si acaso ha salido retratado, y si su habilidad en el manejo de las palabras fuera tan sugerente como su capacidad para mezclar colores, muy remotamente algún amante del Titanlux y de la literatura.

Dicho esto, ¿qué interés tiene un libro como Nuevas semblanzas y generaciones de Luis Antonio de Villena? Pues depende a quién se le pregunte. Probablemente a mi amigo Juan Ángel le parezca particularmente intrascendente, porque su experiencia visitando como trabajador de la ‘brocha gorda’ a miles de familias le ha podido enseñar más tipos humanos y, en ocasiones, más excepcionales que los que aparecen en el libro de Luis Antonio de Villena, porque en todos los ámbitos laborales hay gente fascinante.

¿Por qué se dan, entonces, tanto los libros de escritores sobre ellos mismos o sus compañeros de profesión y no tanto en el gremio de los pintores? No sé. A lo mejor es que al final los escritores hacen lo que saben, es decir, escribir, aunque sea de otros escritores, y los pintores pintan. Espero que sea solo eso y no alguna idea peregrina como pensar, por ejemplo, que solo los del gremio de la escritura poseen rasgos de carácter exclusivos y superiores al resto.

Creo que lo que salva, no obstante, al libro de Luis Antonio de Villena de caer en esta lógica absurda es que desde el prólogo el autor nos avisa de que se trata de una obra escrita desde la amistad. De modo que lo que traspira en cada uno de los retratos es la ternura y la admiración por la vida y obra del amigo. Aunque también se dan casos de simples semblanzas escritas desde el conocimiento que parte de encuentros ocasionales –Andrés Trapiello, Alain Robbe-Grillet o Rubem Fonseca, por ejemplo-, o de desencuentros más o menos curados por una amistad de largo recorrido –Antonio Colinas, por poner un caso-.

Otra de las constantes de estas Nuevas semblanzas y generaciones es la presencia del elemento gay, por decirlo de alguna manera. No sé muy bien por qué la condición sexual de los amigos retratados en estos textos –dominantemente la homosexualidad- son tan constantes en este libro y, por consiguiente, supongo que tan importantes para Luis Antonio de Villena – incluso llega a sugerir que Carlos Pardo debería haber experimentado “un cierto coqueteo con lo gay, aunque fuera coqueteo tan sólo, para recalcar la modernidad y su movimiento”-. Se me escapa cuál es la intención –si es que existe alguna- de esta reiteración e insistencia en la condición sexual del escritor-amigo retratado. No sé si en el libro sobre el gremio de la brocha mi amigo Juan Ángel se habría interesado por los vecinos de sábanas de sus retratados.

A pesar de todo, Nuevas semblanzas y generaciones, merece un buen revolcón, homo o heterosexual, siempre y cuando uno se encuentre en el grupo de los letraheridos o de los mitómanos literarios. Para ellos sí que resultará un libro, si no fundamental, al menos ameno, sugerente, entretenido,… Y no descarto que a Juan Ángel, mi amigo pintor, también le interese.

02 septiembre 2010

Vida y obra

La ciudad desplazada

José María Conget

Pre-textos, 2010

ISBN: 978-84-92913-37-4

174 páginas

15 euros




Juan Carlos Sierra

Este año 2010 la cofradía de los ‘congetianos’ está de enhorabuena, ya que en apenas tres meses se ha podido topar con dos títulos nuevos del escritor aragonés: Espectros, parpadeos y Shazam! – publicado por la editorial sevillana Point de lunettes-, un libro que recoge artículos dispersos aquí y allá sobre literatura, cine y comics –sus tres pasiones-, y La ciudad desplazada, un conjunto de cuentos auténticamente ‘made in’ José María Conget.

Quien conozca un poco la biografía de este escritor zaragozano sabrá que, tras su paso por algunas de las ciudades en las que uno siempre ha soñado vivir, es decir, Nueva York, Londres y París, dejó las maletas aparcadas en Sevilla; que el mismo año que se jubiló de su puesto como profesor de Secundaria sufrió un infarto, del que se encuentra felizmente recuperado; que, como ya se ha dicho antes, atesora una vasta cultura literaria, cinematográfica y de TBOs; que, aun habiendo dejado muy pronto su ciudad natal, Zaragoza, mantiene casa en su ciudad natal y una relación estrecha con algunos de sus paisanos -José Luis Borau, Ignacio Martínez de Pisón y todos los escritores del ‘maño-power’-.

Pues, bien, en cada uno de los relatos que componen La ciudad desplazada se pueden detectar todas estas circunstancias biográficas de José María Conget. Verbi gratia, ‘Despedida’ donde el protagonista guarda cama, temores y despedidas en la UCI por un infarto, ‘El cazador de libros’ en el que aparece la obsesión por la literatura desde “un rascacielos de Lexington Avenue con la calle 42”, ‘Fútbol antiguo’ que saca a la luz de la escritura nostalgias familiares zaragocistas, ‘Quillomamona’, que habla de un profesor de Secundaria a punto de jubilarse o ‘La ciudad desplazada’ que no es otra que Londres contemplada desde la distancia del tiempo y de la literatura.

Visto y dicho así, cualquiera podría concluir que estamos ante unos textos sin aparente interés literario y muy apetitosos para los amantes de los chismes sobre escritores. Sin embargo, quedarse en esta lectura superficial no solo perjudicaría al lector, sino que además estaríamos cometiendo una injusticia contra el autor y su obra.

Por encima o por debajo de lo eminentemente biográfico, que entiendo que no sirve más que de muleta donde apoyar el artificio literario, se encuentra lo que de verdad le interesa explicar a José María Conget. Se podía decir que a partir de la anécdota, más o menos cercana a la vida del autor, cada uno de los cuentos trata de poner sobre la mesa un perfil determinado, un matiz distinto de la condición humana cuando se enfrenta a una de sus emociones más determinantes, el amor. Pero entendiendo a éste en un sentido muy amplio: el viaje por las aduanas conflictivas entre el amor y la amistad –‘Variaciones sobre un tema’ o ‘Navarra-104’-, su capacidad para desbaratar otros amores, digamos, más literarios –‘El cazador de libros’-, sus relaciones con el azar –‘Encuentro casual en una estación de autobuses’-, sus intersecciones con la nostalgia –‘Fútbol antiguo’ e incluso ‘Despedida- o las caras insospechadas que nos presenta cuando menos lo esperamos –‘Quillomamona’-.

Y, por supuesto, el amor a la literatura, al juego de la ficción que baraja las cartas de lo real y de lo imaginado, de la vida y del sueño, como ocurre en el relato que le da título al libro –‘La ciudad desplazada-. Todo un aviso a navegantes o, más bien, para polizones chismosos de este libro.

¿Qué es verdad y qué es invención? ¿Dónde empieza el sueño y acaba la vida –o viceversa-? ¿Cuándo habla el Conget persona y cuándo el personaje? ¿Acaso la propia biografía no es una novela de una calidad literaria decepcionante?

Menos mal que en las manos de José María Conget estamos literariamente a salvo.

16 noviembre 2009

Del amor y sus matices

Del amor, del olvido

Darío Jaramillo Agudelo

Pre-textos. 2009.
ISBN: 978-84-8191-972-1

96 páginas.
10 euros.


Juan Carlos Sierra

Si se hiciera una encuesta al común de los mortales, de los que, por cierto, dicen las encuestas que apenas un diez por ciento lee poesía, una amplísima mayoría concluiría que los versos suelen poner sobre el papel las disquisiciones del amor, sus penas y glorias, pero especialmente las primeras, y en primera persona. Es decir, en el imaginario colectivo aún funciona, aunque casi nadie pueda corroborarlo por experiencia propia, el sustrato ideológico romántico acerca de la identificación de la poesía con la expresión de los sentimientos del poeta–especialmente amorosos- en una especie de arrebato místico atribuido a la visita de las musas.
Y hay quien incluso, recordando probablemente sus días de estudiante, esgrime a Gustavo Adolfo Bécquer –toda una autoridad y todo un clásico- como garante de esta idea. Evidentemente, la realidad del género ahora y siempre dista mucho de esta percepción, casi prejuicio –y olvidan asimismo que Bécquer dijo cosas como que “cuando siento no escribo”-. Sin embargo, esto no quiere decir que no sea y haya sido el amor una de las preocupaciones líricas más productivas, fecundas y socorridas para los poetas –buenos, malos y regulares-.
Como muestra de esto último fijaremos nuestra atención sobre el libro Del amor, del olvido del colombiano Darío Jaramillo Agudelo –un buen poeta-. Pero, lejos del frenesí amoroso romántico y sus excesos, esta antología de la poesía amorosa de Jaramillo trata al amor desde perspectivas muy actuales y, lo más interesante, desde una óptica variada, caleidoscópica, que intenta alejar a este tópico literario de los peligrosos tópicos que lo han encorsetado desde la tradición romántica.
En este sentido, la primera parte del libro, titulada sencillamente ‘Poemas de amor’, no es precisamente la más novedosa, salvo por algún que otro poema como ‘Primero está la soledad…’, que más allá de considerarse un poema amoroso al uso trata de explicar al lector un hecho básico de la condición humana, que viene claramente contenido en el título. Es a partir de la segunda sección de la antología de Darío Jaramillo Agudelo -‘Amores imposibles’-, cuando los poemas saltan del papel para agarrar el corazón del lector alumbrando zonas de sombra de las que pocas veces se nos ha hablado con tanta claridad y acierto.
En estos ‘Amores imposibles’ el poeta colombiano acierta a proponer y desarrollar una teoría sobre ellos que paradójicamente los convierte en los más auténticos, en los más puros, en los más ‘románticos’. Y, como en el poema antes citado, la lectura desemboca en parajes más o menos alejados del amor y muy cercanos a otras inquietudes más existenciales. Así cierra Jaramillo esta sección: “Los amores imposibles/ -es tan evidente que siempre lo olvido-/ son partes de ese mundo imposible/ que es mi mundo verdadero”.
El desamor también tiene su hueco en los versos de Darío Jaramillo Agudelo en forma de olvido. Pero no se trata de un olvido punzante, sino más bien higiénico, radical, liberador. Un auténtico destierro de la memoria del amor, “como si nunca fuese”. Esa memoria se reserva en el siguiente apartado del libro -‘Apariciones’- para los momentos dichosos de un amor que ya no es ni está, pero también para el recuerdo de las amistades antiguas. Este es el antídoto, parece afirmar Jaramillo, para hacer más respirable el presente.
Finalmente, las dos últimas partes de Del amor, del olvido cierran este círculo sinuoso en el tiempo con el presente y el futuro. En ‘Encuentros’, salvo los dos primeros poemas que tratan de la ausencia y su nostalgia, el resto gravita alrededor de la pasión, de lo carnal, de lo más real y físico del amor conjugado en presente continuo. Y los dos poemas o versiones de la sección que cierra esta antología ‘Some present moments of the future’ abordan uno de los matices más originales por poco frecuentes cuando los poetas se ponen a escribir sobre el amor: la espera hasta el encuentro, el presente ansioso e interminable del futuro perfecto, es decir, del encuentro con la persona amada.
En definitiva, un recorrido de ida y vuelta por los rincones del amor que dejará satisfechos a amantes, a lectores y a lectores amantes de poesía.

03 julio 2009

Una nueva mirada femenina

Color carne.
Erika Martínez.
Editorial Pre-textos, Poesía.
Valencia, 2009.
8 Euros.
ISBN: 978-84-8191-956-I

Juan Carlos Sierra

Cuando conocí a Erika Martínez en un curso de verano de El Escorial en 2003, nada me hacía sospechar que aquella muchacha con un discurso claramente desinhibido y alejado de prejuicios feministas y femeninos se convertiría a la vuelta de unos años en una nueva poeta en el panorama lírico español más joven, avalada por un premio de nueva creación y con un libro, Color carne, que en muchos aspectos también apuesta por una mirada y una voz desinhibida de prejuicios feministas y femeninos.
Color carne, el libro con el que se estrena Erika Martínez en el vicio solitario de hacer versos –y publicarlos-, se estructura en tres secciones, de las que la primera, ‘Marionetas’, es la que más me recuerda a la Erika con la que felizmente coincidí en aquel verano de 2003 y la que me convence de que, como en otros momentos he negado, sí existe una literatura femenina, que contempla el mundo y lo escribe desde una perspectiva diferente a la del escritor. Esa diferencia entre la voz masculina y la femenina, en el caso de Erika Martínez creo que se halla en el tono reivindicativo del conjunto de los poemas que componen esta sección.
Comienza ‘Marionetas’ con una especie de declaración de principios. Si Ángel González nos hablaba de que para que él se llamara Ángel González fueron necesarios “hombres de todo mar y toda tierra,/ fértiles vientres de mujeres, y cuerpos/ y más cuerpos, fundiéndose incesantes/ en otro nuevo cuerpo”, para Erika Martínez en ‘Genealogía’ lo que importa sobre todo es la presencia de las mujeres de la familia, las únicas capaces, por lo leído, de entender y soportar el dolor de otra mujer, es decir, de construir al personaje poético que toma la voz en Color carne.
A partir de aquí, el resto de los dieciséis poemas que conforman esta primera parte buscan el espacio femenino en este universo patriarcal “tan ruin, tan puñetero” (‘Mujer con puñal’) desde la infancia (‘La deslenguada’ y ‘Canción de Laura’), desde el lenguaje y la propia escritura (‘La tartamuda’ y ‘Escritura’), desde la maternidad (‘Perverso polimorfo’), desde lo público (‘Beata Illa’ e ‘Ingeniería civil’) y, finalmente, desde el papel que juega dentro de este nuevo universo poético femenino el amor y el sexo (sobre todo ‘Cruces’, ‘Amor’, ‘Caramelos’ y ‘Nieve’).
En las últimas décadas han surgido algunas poetas que generacionalmente se hallan en muchos sentidos en la órbita de estas inquietudes de construcción de un nuevo discurso femenino –Miriam Reyes, Elena Medel, Alejandra Vanessa,…-, pero Erika Martínez es quizá, hasta el momento, la que con más solidez y coherencia ha hilvanado los pespuntes de la reivindicación de un espacio y un lenguaje femenino diferentes. ‘Marionetas’, la primera parte de Color carne, así lo atestigua, pero también algunos otros poemas dispersos en ‘Combustión’ (principalmente ‘Anillo de humo’, ‘Observador internacional’, ‘Paraíso’ o ‘Visión del refugio’) y ‘El bosque interior’, las otras dos secciones del estreno poético de Erika Martínez.
Color carne es, no obstante, algo más que todo esto. En un proceso de adelgazamiento del número de poemas y de la extensión de estos, y a la vez de cierto hermetismo desde la narratividad al impresionismo –especialmente en ‘El bosque interior’-, las otras dos secciones del libro apuntan hacia temáticas algo diferentes, pero en ocasiones no muy alejadas de ‘Marionetas’. En ‘Combustión’ se observa un recorrido desde la memoria de los lugares sentimentales de la infancia, propia y ajena, hasta la huella que ese proceso deja en el presente: “El conflicto es mi única verdad,/ la memoria una sombra que me guía (…) Es mía esta palabra a la deriva” (‘A la deriva’). A esta sección pertenece uno de los mejores poemas del libro de Erika Martínez, ‘El edificio’, que parece transmitirnos una preocupante asunción del aislamiento como ordenamiento social que desemboca en el principio de productividad.
Finalmente, ‘El bosque interior’ apunta, con un hábil manejo en ocasiones de cierta imaginería surrealista, a un replanteamiento de la validez de todo el discurso mantenido hasta el momento en el libro, a la desconfianza en la memoria (‘Espiral’), a la fragilidad del presente (‘Ocaso’), a la apuesta por el poema (‘Amerizaje’) que nos salva de la inconsistencia de lo que creíamos firme y sólido (‘Humus’ y ‘Móviles’).
Después de este recorrido por la primera obra de Erika Martínez, la conclusión a la que uno puede llegar es que, mientras ‘Combustión’ y ‘El bosque interior’, con sus virtudes, continúan la línea de cierta poesía última española, ‘Marionetas’ indaga en un terreno más novedoso e interesante, más personal y rico, que por sí mismo justificaría la publicación de Color carne. La otra conclusión evidente tras la lectura del libro de Erika Martínez es que nos hallamos ante el inicio más que prometedor de una carrera poética –en el mejor sentido de la expresión- que hay que seguir con interés.