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27 julio 2011

El oscuro pasajero


El demonio

Hubert Selby Jr.

Huacanamo, 2011

ISBN: 978-84-937891-2-1

312 páginas

18 €

Traducción de Juan Miguel López Merino



Fran G. Matute

De la escueta información publicada en relación con esta obra de Hubert Selby Jr., me quedo con un dato: esta es la novela favorita del cómico Andy Kaufman. Muchos conoceréis a este señor gracias a la película Man on the Moon (1999) de Miloš Forman. Y como ya hace tiempo que se estrenó me voy a tomar la libertad de "espoilearla" con el ánimo de hacer más rica en matices la presente reseña.

Por si alguno no lo sabe, Andy Kaufman murió de cáncer de pulmón. Un cáncer que se presentó incurable desde el primer momento. No obstante, Kaufman tiró de fe a la hora de combatirlo y recurrió a mil y un remedios ajenos a la medicina oficial. Uno de sus desesperados intentos fue acudir a una especie de chamán filipino cuya fama como sanador le precedía. Aquel curandero se vanagloriaba de introducir sus manos en la carne viva de sus pacientes y extirpar, sin anestesia ni cirugía aparente, el órgano enfermo. Un milagro que realizaba delante de miles de feligreses, desahuciados y sedientos de esperanza, que todos veían con sus propios ojos y sucumbían al asombro en el acto. Cuando le toca el turno a Andy Kaufman, gracias a un leve movimiento de cámara, conocemos el engaño más ruín y repugnante que uno pueda imaginar. Un sucio juego de manos hábilmente perpetrado por el falso profeta, un ardid de prestidigitador que se mofa de la muerte de sus pacientes, los cuales recorren kilómetros y gastan fortunas por tener una audiencia con el hombre que juega a ser Dios. Y en ese preciso momento que conocemos el vil truco, Kaufman rompe a llorar... pero de risa. Aquéllo le parece la broma de mal gusto más cojonuda que haya presenciado jamás. ¡El jodido filipino se está quedando con todo el mundo en sus putas narices!. Una obra de arte de humor negro. Así que si tenemos en cuenta que El demonio (1976) es la novela favorita de semejante personaje, sólo cabe interpretar dos cosas: o estamos ante la broma infinita o ante la obra genial de un demente.

Si nos decantáramos por la segunda de las interpretaciones, lo primero que tendríamos que destacar es el potreo al que somete Selby Jr. a su personaje protagonista. Ese Harry White, apodado "el amante", un triunfador nato, un JASP en el Nueva York de mediados de los 70. No sabemos si Harry es más ducho con las mujeres o en el trabajo aunque lo primero, en ocasiones, afecte a lo segundo. El éxito no se consigue sin dejarse algo por el camino y a Harry le van a pasar la factura por todas sus conquistas en horario de oficina. Pero vicisitudes amorosas y laborales al margen, Harry ha nacido para ganar y su jefe le dará las claves del éxito y Harry las cumplirá a rajatabla con tal de conseguir el ansiado reconocimiento empresarial.

Ni su jefe, ni sus amigos, ni sus conquistas de un día, ni sus padres, ni siquiera el propio Harry, son conscientes de que en lo más profundo de sus entrañas habita un ser innominado que se alimenta de la bilis de su porteador. Selby Jr. no se adentra en disquisiciones psicológicas para justificar la existencia de ese "oscuro pasajero" (como el que acompaña al Dexter Morgan de Jeff Lindsay), por lo que el personaje de Harry pasa por ser el preludio de Patrick Bateman en American Psycho (1991). El mal habita en Harry y no nos preocupa saber qué motivó su nacimiento. Harry disfruta pecando y a lo largo de esta novela lo vemos caer en una espiral de autodestrucción que lo llevará al límite.

A medida que Harry se mimetiza con sus demonios internos observamos cómo el éxito va llamando a sus puertas. Ascensos, reconocimientos internacionales, dinero, casas suntuosas, una familia adorable, un futuro prometedor y sin límites... así que sería fácil interpretar que Selby Jr. está haciendo un alegato contra el capitalismo y sus consecuencias. Pero juraría que hacer una lectura de la novela en esos términos resultaría maniquea y simplona. Considero que Selby Jr. está más interesado en describir los procesos mentales por los que un hombre aparentemente normal puede llegar a pasar, no por culpa de su ambición (de hecho la oficina se muestra como uno de los pocos oasis mentales de Harry), sino por el mero gusto de hacer sufrir a su personaje. Es por esto por lo que creo que Andy Kaufman disfrutó tanto con la lectura de El demonio, a la vista de los calvarios a los que somete el autor a su particular cobaya. Calvarios que se reducen a todo lo que supone vivir en sociedad: familia, compañeros de trabajo, esposa, hijos...

Es esta, quizás, la novela más "literaria" de Hubert Selby Jr. Nos fascina ese detallismo costumbrista con el que se va adornando el día a día de Harry. Esa dulzura impostada con la que Selby Jr. trata temas como el matrimonio, las reuniones familiares, el cuidado del jardín... todo narrado desde el interior de las cabezas de los personajes, como si fuese una vocecita que te susurra al oído lo fantástico y fenomenal que es todo. Y es tal la maldad que encubren dichas frases que uno va leyendo cada párrafo esperando a que Harry saque, de un momento a otro, un cuchillo y los aniquile a todos. Y leemos El demonio con esta especie de angustia reprimida porque sabemos cómo se las puede llegar a gastar Hubert Selby Jr. -lo hemos leído recientemente en La habitación (1971), un auténtico vendaval de aberraciones 'contra natura'- y porque tanto buenrollismo nos irrita en sus palabras.

Pero el momento de implosión no parece llegar nunca y cuanto más caldeada está la situación, Selby Jr. nos refresca las ideas gracias a una reponedora ducha, elemento narrativo que hace las veces de válvula de escape de la novela, actuando como destensionador para su personaje, de ahí su acertada inclusión en la foto de portada de la edición aquí comentada. Gracias a ella, El demonio termina siendo un continuo sufrimiento de lectura, siempre a la espera del "rompimiento de gloria", siempre expectante a que aparezca el Hubert Selby Jr. de Última salida para Brooklyn (1964) o Réquiem por un sueño (1978).

Así que siempre cabe decantarse por la primera de las interpretaciones que nos sugería la elección de El demonio como la novela favorita de Andy Kaufman. Considerar que esta obra es una broma constante del autor a sus lectores, a los que martiriza casi tanto como al pobre Harry, al que condena, casi desde la primera página, a morir de éxito. ¿Es ésta una novela a destacar dentro de la obra de Selby Jr., un meritorio ejercicio de psicología psicótica o estamos ante una obra menor, un amago de recorrer nuevos caminos literarios, que no colma nuestras expectativas más cafres? Todo dependerá de lo en serio que te tomes el humor negro de Andy Kaufman...

21 septiembre 2010

Extraña y contra natura


La habitación

Hubert Selby Jr.

Escalera, 2010. Colección "Precursores"

ISBN: 978-84-937018-6-4

268 páginas

19 €

Traducción de Daniel Ortiz Peñate



Fran G. Matute

Hubert Selby Jr. pasará a la historia por Última salida para Brooklyn (1964) y Réquiem por un sueño (1978), y esto es incontestable. Pero ello no quiere decir que el resto de su ignota y breve obra deba caer en el olvido. Prueba de lo anterior es La habitación (1971) que se publica y traduce en España ahora por primera vez. De hecho, según valoremos la obra de Selby Jr., podríamos llegar a afirmar que La habitación es el pináculo de su literatura.

Explicaba brillantemente nuestro amigo Daniel Ruiz en su reseña sobre Réquiem por un sueño, que Hubert Selby Jr. formaba parte del llamado realismo sucio. Por su parte, Richard Price, en el prólogo a dicha obra, definía al autor como alguien con “la habilidad para humanizar lo aparentemente inhumano, y por extensión, humanizar al lector”. Todo esto nos lleva a reflejar que la obra de Hubert Selby Jr. se caracteriza por ser brutal, grotesca, transgresora, angustiosa y repugnante, y sin embargo nos encanta.

Recuerdo que cuando se publicó American Psycho (1991) de Bret Easton Ellis un conocido me confesó que le daba vergüenza reconocer que le había gustado leerla. Vamos, que se lo pasó pipa con los pasajes sádicos. Y ese tipo de fascinación, a medio camino entre el voyeurismo y lo mórbido, es la que provoca Hubert Selby Jr. con su obra.

Dicho lo anterior, confesemos de antemano que lo primero que busqué en La habitación, calificada por la editorial como la “novela más dura que jamás hayamos publicado”, fue al Selby Jr. más golfo y juguetón. Pero hete aquí mi sorpresa (y aparente decepción) al comenzar las páginas de esta novela-reflexión, narrada por un reo confinado en una celda y convencido de su inocencia, cuando nos encontramos con un monólogo intimista y rencoroso contra la sociedad y el orden establecido, una ensoñación brillante que se extiende por gran parte de la primera mitad de esta extraña novela, construida bajo reglas caligráficas propias, a medio camino entre la fábula, el reportaje psicológico y el drama carcelario.

Pero poco a poco vamos hurgando en la verdadera psicología del narrador. Y en un ejercicio de virtuosismo suicida, Selby Jr. se desparrama a gusto en su podredumbre, diseñando una venganza que el propio autor califica de “extraña y contra natura”. No queremos desvelar los detalles de estos salvajes párrafos que ponen al lector contra la espada y la pared (como diría Chiquito de la Calzada, físicamente y moralmente), pero baste decir que tras la lectura de La habitación no podrán mirar a un perro de la misma forma nunca más.

No obstante, no queremos cerrar esta reseña dando la impresión de que lo más meritorio de la segunda novela publicada por Hubert Selby Jr. sea su lado más grotesco. Y es que la literatura de este autor bien podría compararse con el cine de Russ Meyer, al que Roger Ebert se refirió en su día como “uno de los grandes estructuralistas de la historia del cine, junto con Godard”, matizando que eso será así “cuando alguien sea capaz, algún día, de ver más allá de las enormes tetas que aparecen en sus películas”. Así que en la medida en que los lectores no se regocijen demasiado en el barro, podrán disfrutar de la recuperación de uno de los autores más auténticos, venerados y pioneros que ha dado el 'underground' norteamericano.

15 junio 2010

Wild Horses

Réquiem por un sueño

Hubert Selby Jr.

Traducción de Martín Lendínez

Sajalín Editores, 2009

ISBN: 978-84-937413-3-4

340 págs.

20 euros




Daniel Ruiz García

Cuando hablamos de realismo sucio todo el mundo se sitúa de inmediato en el concepto: vida canalla urbana, luminosos descoyuntados, gatos merodeando entre basuras, drugstores infames, borrachos de vino barato, putas con el rímel corrido, sordidez. También existe cierto consenso en relación con el estilo: laconismo, tendencia a la elipsis, diálogos muy vivos, plasticidad en las imágenes. Si no cabe nada que objetar en relación con lo primero, sí me gustaría poner en cuestión lo segundo. El realismo sucio que la crítica literaria ha encumbrado a la categoría de altar se parece mucho al minimalismo propio de Raymond Carver, aunque probablemente encuentra en Charles Bukowski su estilo más característico. Mientras que los cuentos de Carver, en la línea de otros autores como Richard Ford, hablan más bien de lo cotidiano, tomando el pulso a los suburbios de la América Profunda y a las miserias del norteamericano medio, Bukowski es decididamente hiperbólico, salvaje en sus exageraciones, sobre todo en las que tienen que ver con su actividad pélvica y con la capacidad de resistencia de su hígado. Es un autor explícitamente sucio, cuyo planteamiento estético siempre transita por las aguas ponzoñosas del suburbio. Sin embargo, si nos atenemos a su forma de contar, Bukowski pertenece más bien al canon plástico de Edward Hopper. Hay cierta voluntad clásica en su forma de componer los textos, por encima de algunos caprichos, especialmente durante su primera época de publicaciones en revistas underground, como su curiosa alergia a las mayúsculas. Pero en puridad es bastante clásico a la hora de componer los textos, con un estilo que se antoja cercano a muchos de los cuentos urbanos de Hemingway, sin duda uno de los autores norteamericanos del pasado siglo que cultivó con mayor pulcritud ese gusto por la sobriedad estilística.

Existe, no obstante, un realismo sucio de signo muy diferente. Un realismo coetáneo al de Bukowski, y que llega al mismo sitio, pero por otro camino. Es el que representa Hubert Selby Jr., sin duda uno de los principales baluartes del realismo sucio norteamericano, que comparte panteón con el viejo Chinaski por méritos propios, pero que sólo ahora empieza a ser conocido y reconocido en España. Si Bukowski es una suerte de Hopper literario, Hubert Selby Jr. vendría a ser como un Robert Crumb. Se parecen hasta en el físico, pero también en muchas otras cosas. El gusto por el retorcimiento, por la exageración voluptuosa, por el exceso que evidencian muchos de los dibujos de este singular maestro underground encuentra una justa correspondencia en el universo literario de Selby Jr. Sobre todo en el estilo. Porque Hubert Selby Jr. supone la antítesis estilística de Bukowski. Aquí no hay contención. Aquí hay un flujo permanente y casi asfixiante de conciencia. Una forma de narrar que absorbe, donde a veces un capítulo es un solo párrafo, donde todo está escrito en estilo indirecto, donde la voz narrativa se superpone, integra y confunde con la propia voz de los personajes, donde la voz narrativa se permite licencias que el canon estilístico clásico nunca permitiría. Hay concesiones a la lírica que a algún ortodoxo pueden resultarle impertinentes, pero que al cabo otorgan a la narración una dimensión extraordinaria, que permite que el texto se eleve por encima de los frescos del entresuelo y arranque notas de salvaje belleza a lo que se cuenta. En su apuesta por la libertad, Hubert Selby se permite incluso desmontar las normas sintácticas básicas, y escribir desde la base de una convención inventada, con reglas propias, como esa suya tan propia de utilizar los guiones para hacer hablar a los personajes a su antojo, abriéndolos y cerrándolos como le viene en gana.

Hubert Selby Jr. es un maestro de la desmesura, pero también un mago de la lírica. Un tipo que, desde muy temprano, castigado por una tuberculosis prematura, pensó que iba a morir. Angustiado por esta obsesión, y a sugerencia de un amigo, un buen día empezó a escribir. Como le ocurriera también a Anthony Burguess, prodigiosamente, fue capaz de alumbrar un buen número de novelas, y estuvo cerca de alcanzar la ochentena. Pero más prodigiosamente aún, vivió toda su existencia enganchado a las drogas, especialmente a la heroína, de donde sacó las fuerzas para seguir viviendo y también extrajo, de una forma extraña, el soporte principal para su obra. Decía Selby Jr. que su literatura bebía de la voz de la calle, de las conversaciones que escuchaba en los antros, de las peleas entre los niggers y los chicanos de los distritos del Bronx. Nadie puede dudar de eso. Porque si algo exuda la literatura de Selby Jr. es callejerismo de los bajos fondos. Un callejerismo lleno de música, sobre el que se remonta siempre la voz de Selby Jr. Una voz amiga de la digresión, del exceso, del arrebato lírico, que lleva la narración a momentos de inigualable altura poética.

Réquiem por un sueño es un puñetazo salvaje. Indómito pero a la vez lleno de rara belleza. Como esos caballos salvajes que Marianne Faithfull entreveía en medio de sus viajes de heroína, y que Mick Jagger, hábil como siempre, supo robarle y convertirlos en canción. Wild horses, couldn’t drag me away/ Wild horses, we’ll ride them someday. Hubert Selby Jr. los montó. Montó aquellos caballos, y están en este libro. Un libro de rara hermosura, que recomiendo efusivamente. Réquiem por un sueño.