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13 septiembre 2012

Doble aventura


La ecuación de la vida

Yasmina Khadra

Destino, 2012

ISBN: 978-84-233-2948-9

352 páginas

19,90 €

Traducción de Wenceslao-Carlos Lozano



Alejandro Luque

Muchos lectores recordarán la sorpresa que supuso la irrupción en el mercado español, a finales de los 90, de una misteriosa escritora argelina llamada Yasmina Khadra, capaz de plasmar la convulsa cotidianidad de su país con técnicas de novela negra de muchos quilates. Que se sospechara que detrás de aquel sobrenombre se ocultaba un hombre, y además un hombre de armas, no hizo sino atraer más atención sobre novelas como Morituri, Doble blanco o El otoño de las quimeras.

Tras el éxito de esa trilogía protagonizada por el comisario Brahim Llob, un personaje que junto al Montalbano de Camilleri y el Jaritos de Márkaris conforma hoy el triángulo de oro de las letras negrocriminales del Mediterráneo, Khadra –o lo que es lo mismo, Mohamed Moulessehoul– empezó a dar señales de querer alejarse puntualmente del estricto ámbito argelino para desarrollar ficciones de atmósfera más universal. Obsesionado con el juego entre violencia y poder, viajó al Afganistán de los talibán en Las golondrinas de Kabul, y entró de lleno en la guerra iraquí con Las sirenas de Bagdad.

Su última novela hasta la fecha, La ecuación de la vida, participa de esa voluntad de escapar de la realidad inmediata y asumir retos como escritor. De ahí que este libro contenga una aventura doble, la que vive el protagonista y la que atraviesa el propio autor, explorando territorios desconocidos para él. La primera aventura es la de Kurt Krausmann, médico que lleva una vida apacible hasta el día que su esposa, sin que ningún indicio pudiera permitir imaginarlo, se suicida. Para sacarlo del pozo depresivo, su amigo Hans le propone viajar con él en barco al archipiélago de las Comoras, donde colabora en ayuda humanitaria.

Sin embargo, en medio de la travesía serán asaltados por piratas somalíes y sometidos a un duro cautiverio, un descenso al corazón de las tinieblas africanas –¿Puede ser el nombre de Kurt un guiño al Kurtz conradiano?– en el que la mentalidad europea chocará frontalmente con la forma de entender la vida del continente negro. Con un ritmo narrativo bien sostenido, salpicado de digresiones más o menos didácticas, Khadra va derivando el thriller en viaje iniciático, incorporando personajes llamados a enriquecer los puntos de vista de la historia, como el francés Bruno, apasionado de África, el pirata-poeta Joma Baba-Sy o la médico Elena, sevillana voluntaria en Darfur con la que Kurt vivirá una inesperada historia de amor.

Pero si en la aventura del doctor Krausmann hay sed, dolor, muerte y pasión, la peripecia literaria de Khadra no parece menos accidentada. La principal dificultad es la de introducir al lector en un medio del que se ignoran tantas cosas, y en una situación excepcional que a veces asoma por los telediarios, pero que rara vez se cuenta en profundidad, como es un secuestro en África. Vemos al autor sortear peligros evidentes, sobre todo un exceso de lirismo que lastra el ritmo en algunos pasajes; también se la juega en lo que respecta a la verosimilitud, dejando sin resolver del todo la comunicación entre personajes de distintas lenguas –no parece plausible que todos los africanos hablen un inglés literario tan fluido– o alguna discusión, tan chocante en el contexto de la historia, en la que se cita a Sófocles y Shakespeare. 
 
Khadra, no cabe duda, ha preferido arriesgar en terrenos resbaladizos y escarpados antes de volver a recorrer el camino conocido de una nueva trama policíaca. De paso, cuestiona la soberbia europea y occidental, recordando que quizá la vida esté en otra parte y que no hay verdadero viaje que no pase por el interior de uno mismo.

[Publicado en Mercurio]

06 octubre 2009

La seriedad como mérito literario

Lo que el día debe a la noche

Yasmina Khadra

Destino, 2009.

ISBN 978-84-233-4172-6.

384 páginas.

19,50 euros.

Ilya U. Topper

Cuando un creador respira hondo, se arremanga y declara que ahora va a presentar su gran obra, yo me echo a temblar. Porque casi siempre es entonces cuando la fastidia irremediablemente. Le pasó a Oriana Fallaci (Inchalá), le pasó a Emir Kusturica (Underground)... Parece una fatalidad: cuando alguien quiere, por fin, condensar toda una época, un siglo tal vez, en una obra épica, se acaba pareciendo a aquel primo de Borges que tuvo el Aleph en casa.

Es con esta aprensión que abro Lo que el día debe a la noche de Yasmina Khadra, es decir Mohammed Moulessehoul, ex militar y afamado escritor argelino con seudónimo de mujer. La obra que quiere por fin trazar un retrato de la historia colonial argelina, conciliar, medio siglo después, las rupturas, ser la saga de toda una generación.

Empecemos por la conclusión: la novela no está mal. Khadra no la fastidia: tiene demasiado oficio de novelista como para enredarse en una epopeya fallida. Antes lo contrario: se queda corto. Hay que esperar hasta la página 280 para alcanzar este diálogo con garra, este duelo de titanes verbal que convierte los personajes en figuras atemporales, pero ahí está. Superado el ritmo lento de la primera mitad del libro, la narración se condensa, y por supuesto Khadra lleva al lector a dónde quiere: le emociona, le desespera, le arranca lágrimas. Por supuesto engancha.

Pero no es una obra redonda. Un pecadillo de adolescencia y un juramento de cortesía para acallar las lágrimas de una señora simplemente no alcanzan para fundamentar un drama de amor tan irrevocable, tan desgarrador. Aquí, al escritor le falla la artillería pesada para derribar el escepticismo del lector.

Quien abre la novela no tanto para dejarse emocionar por un drama amoroso sino para conocer la historia de Argelia, verá cumplidas pocas expectativas. El libro tiene el mérito ―y no es un mérito menor― de retratar la historia de los colonos franceses, españoles, catalanes y de hacerles justicia: eran argelinos, nacidos y criados desde varias generaciones en la tierra norteafricana, aunque siempre en una especie de apartheid frente a los ‘indígenas’, hasta su expulsión en 1962.

Pero la novela no entra en detalles históricos. No nos dice que los habitantes de origen cristiano o judío ―aunque éstos últimos fueran de habla árabe― eran desde 1870 ciudadanos franceses, mientras que la población musulmana se regía según el estatuto de indígenas. Sólo roza de pasada la enorme fractura entre argelinos musulmanes independentistas y aquellos allegados a Francia (los ‘harkis’).

El protagonista Jonas/Younes está demasiado absorto en su drama amoroso particular como para prestar demasiada atención a las circunstancias históricas de aquella década que puso fin al colonialismo europeo en África del Norte y estableció por primera vez en la historia una división política neta entre las dos orillas del Mediterráneo.Y el drama, repito, no es redondo.

No puedo evitar una sospecha: el tono trágico de Lo que el día debe a la noche intenta conferirle seriedad, al libro, elevarlo al rango de literatura con mayúscula que aparentemente no merecen a ojos de algunos las anteriores novelas de Yasmina Khadra. ¡Fuera el tono chispeante del arrollador comisario Brahim Llob de la Trilogía de Argel y La parte del muerto! ¡Fuera los enredos inverosímiles, los personajes con una pie en la caricatura, los disparos a destiempo! ¡Fuera los laberintos de trampas y pistas falsas que despistan al lector antes de llevarle a un final relampagueante! Aquí no hay nada de eso. Aquí queremos hacer literatura. Y es con visible embarazo que la jefa de prensa confiesa a los periodistas que Yasmina Khadra incluso incursionó alguna vez en la novela negra.

Como si fuera fácil inventar un personaje como Brahim Llob. Como si divertir al lector fuera una tarea indigna de un escritor. A mí me afearon en una charla que resaltara el enorme humor de Stanislav Lem, como si lo acabara de insultar. No: a Yasmina Khadra no le debería hacer falta este libro para ser considerado un respetable escritor.