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31 julio 2013

Juguetes rotos


Daniela Astor y la caja negra

Marta Sanz

Anagrama, 2013. Colección "Narrativas Hispánicas"

ISBN: 978-84-339-9762-3

267 páginas

16,90 €




Fran G. Matute

Cuando fallece una diva no resulta difícil encontrar en los titulares de prensa la expresión “juguete roto”. La primera vez que la leí me causó profunda impresión porque me pareció enormemente elocuente. Cómo nos remite a algo bonito que ha nacido para ser usado, manoseado, golpeado y que, ya sea por desdén o por el mero paso del tiempo, termina perdiendo toda su entidad cuando se rompe, cuando deja de servir a su propósito que no es otro que el de divertir y entretener, el de dar placer, en definitiva. Cuando estas características las aplicamos a una persona la imagen se vuelve ciertamente incómoda. Y es esa incomodidad, soterrada, la que recorre las páginas de Daniela Astor y la caja negra, la última y potentísima novela de Marta Sanz.

Son los años del destape, del landismo y del daba-daba-da. Cuando una España bisoña confundió la democracia con el despiporre y la libertad con el horterismo, convirtiendo así el proceso de la Inmaculada Transición (Rafael Reig ‘dixit’) en uno de los mayores esperpentos ‘kitsch’ que ha dado la Historia reciente. Primero el pezón, luego la teta en su plenitud, para luego dar paso a la pelambrera y al mejillón. Y el homínido, con cara de tonto, embobado ante la visión de lo anterior. Se va así abriendo el diafragma de la cultura para introducir en su producción elementos de consumo adaptados a los supuestos vientos de cambio. Así se plantea, desde las altas esferas, que la modernización alcance a una caterva de catetos que fantasean, valga la redundancia, con el “fantaterror”: con vampiras lésbicas y sangre de mermelada desparramada sobre sus cuerpos de ninfas maniatadas. Son los años de esplendor de Nadiuska y Susana Estrada, pero también de Gracita Morales y Florinda Chico. Del cine de León Klimovsky, pero también del de Mariano Ozores

La pasión por el consumo de semejante producción “cultural” invita, intrínsecamente, a que la mujer se libere. Pero, ojo, que no estamos hablando de liberación sexual sino de liberación frente al sexo opuesto, esto es, de emancipación. A la mujer se le indica el camino para que domine al macho cabrío. Y surgen así las musas del destape. Las primeras que se atreven a romper los moldes de la censura. Las más descaradas. Serán hembras por las que los hombres suspirarán. Soñarán con ellas. Humedecerán las viejas alcobas de los españolitos, esas que todavía están coronadas por crucifijos de madera. Darán color al blanco y negro, en esa nueva etapa en la que España necesita acostarse con una buena erección para poder producir al día siguiente. Estas musas heredarán la Tierra. Y por eso Catalina, a sus doce añitos, quiere ser una de ellas. Catalina quiere crecer para dejar de ser Cati y así poder convertirse en su ‘alter ego’ imaginario, Daniela Astor, una diosa del papel cuché, por la que los medios beben los vientos... Mira aquí, Daniela. Estás magnífica. Qué ojazos. Pon esos morritos que tanto nos excitan. Esos tacones, cómo realzan tu figura, tus interminables piernas. Tienes a los hombres rotos, Daniela. Nada te puede detener… Y en esta encantadora ensoñación vive la niñita Catalina cuando la cruda realidad (y hasta aquí podemos leer) irrumpe en el escenario de la vida para hacer tambalear los cimientos de su existencia. 

Pronto comenzará a sospechar Catalina que las instrucciones que les han dado a las niñas de su generación son confusas. Que la adultez no es el nicho de libertad que se promete. Que Catalina probablemente no quiera terminar siendo la diva con la que sueña, más que nada porque detrás de ese halo de permisividad que percibe lo que hay es, realmente, puro libertinaje. Catalina se percatará de que a la mujer se la está cosificando para disfrute del hombre que es quien se está realmente liberando, ahora sí, sexualmente. Será entonces cuando Catalina se enfrente a otro tipo de libertad, relacionada también con la desnudez pero no del cuerpo, sino del alma. Y es que de lo que trata Daniela Astor y la caja negra es de Libertades, así con mayúsculas. De nuevo el recato nos llama la atención para no desvelar excesivos datos de la trama, pero baste decir que un país que pretende modernizarse mostrando senos al descubierto y que luego se dedica a criminalizar los derechos inherentes a las mujeres deja mucho que desear. Y Marta Sanz plantea esta cuestión de la forma más contundente posible, apelando a una historia sentida e íntima que está contada con tanta rabia y pasión que mucho nos tememos que presenta más de un paralelismo con la vida real de la escritora. 

No hace falta exhibir partes desnudas del cuerpo porque aquí se está hablando de otra forma de desnudez”, escribe Marta Sanz. Se enfrenta así la propia autora, a la hora de plantear su novela, al mismo dilema que la protagonista, percibiéndose constantemente en sus palabras ese valiente esfuerzo por mostrarse "desnuda" ante el lector, elevando el texto a cotas de una sensibilidad y brillantez inusuales. En cualquier caso, Daniela Astor... no es una novela de la que sea fácil hablar en público si no se tiene enfrente a un interlocutor que conozca ya las claves de la misma, de ahí que me limite a ofrecer una somera reflexión temática y, sobre todo, estética acerca del impacto que me ha supuesto leer esta obra. Porque, básicamente, cómo me ha encandilado la voz que Marta Sanz ha construido para su Catalina/Daniela. Qué precisa y poética. Qué inocente e inteligente. Qué mirada más limpia. Pero también, qué dolorosa. Vuelve a la mente esa sensación de obsolescencia programada que implica ser una suerte de “juguete roto”. Es esa lucha interna por cumplir o no con las obligaciones del ser social, esa autoconsciencia de la imposición de unos estándares estéticos contra los que pelea la protagonista. Una batalla que, tristemente, sólo puede ganarse desde la Literatura. De nuevo, así, con mayúsculas. Y Marta Sanz la gana desde el primer párrafo de su Daniela Astor y la caja negra que es uno de los pocos textos verdaderamente imprescindibles que he leído en lo que va de año.

24 julio 2013

De la necesidad de perdón


Absolución

Luis Landero

Tusquets, 2012. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-434-3

320 páginas

19 €





Jesús Cotta


Me pasé todos Los juegos de la edad tardía con ganas de abofetear al protagonista por lo mal que se montaba la vida y por lo mal que sus estupideces y su poca sabiduría vital se lo hacían pasar a quienes lo querían y para que pusiera de una maldita vez los pies en el suelo y la cabeza sobre los hombros.

Lo mismo me ha pasado con Absolución, porque el prota de esta novela tiene mucho del prota de la otra, es decir, del propio Landero. Este prota tiene menos pájaros en la cabeza que aquel, pero también menos iniciativa, menos vitalidad, menos espíritu propio, o quizá habría que decir que su espíritu propio consiste en sentirse extraño en su papel y en la vida. El prota le dice “Te quiero” a una muchacha porque se lo gritan a su alrededor todas las cosas y porque es lo que había que decir en ese momento del galanteo, pero tiempo después corta con ella porque la ve comerse un huevo duro. Lo accidental va haciendo su vida. Soporta en su espaldas listas de propósitos incumplidos, sueños de grandeza (¡el afánnnnn!) que lo llevan a despreciar la poesía y la belleza de lo pequeño y cotidiano. Intenta probar a ver si encaja en el papel de hijo, amigo, novio, profesional en varios gremios, pero todo lo acaba cansando, porque él no es el protagonista de su propia vida, sino un espectador pasivo. Está en un sitio, pero con la cabeza en otro. Y un sitio solo le cuadra si es nuevo y nada lo ata a él. No es que la vida le aburra. Es que lleva el aburrimiento en las venas.

Pero no es ni mucho menos un personaje aburrido, porque lo interesante no es lo que le pasa por fuera, sino lo que le pasa por dentro, la manera que tiene de asumir lo exterior y encajarlo en su universo particular e interior. Eso es lo bueno. El protagonista es un joven que no se adapta al ritmo vital de los demás, un prófugo de la vida con alergia a la permanencia, a las ataduras, al compromiso. Las palabras que rigen su vida son contingencia, destino, ironía, tedio. Es un Ulises al revés: naufraga evitando el regreso (por cierto, el único error que he detectado en el libro es que llama Antínoo a Alcínoo, el rey feacio que acogió a Ulises). La palabra de Ulises es nostalgia (cuya etimología es precisamente "dolor del regreso"). La de nuestro protagonista es hastío. Cuando parece que por fin ha encontrado un sitio fijo y un corazón que lo comprende, de nuevo vuelve a huir, abrumado por la enormidad de unos sucesos que él no ha buscado pero que ha protagonizado casi sin querer.

El libro está escrito en una tercera persona que no es un narrador omnisciente, porque solo cuenta lo que el protagonista siente, hace o piensa, no lo que piensa o sienten los demás. Gran parte de la novela fluye entre dos planos temporales: un presente que relata el inminente encuentro con la amada y el encontronazo con lo peor del ser humano; y un pasado que sale a relucir una y otra vez a propósito de ese presente. Y la tercera parte del libro es un peregrinaje, un libro de huida y de peregrinaje, de búsqueda de la paz, de absolución, de sentido, de redimirse de la culpa contraída, como un Orestes huyendo de las Furias. El protagonista se ve abrumado por el pecado cometido. La culpa lo corroe, como al personaje encarnado por Robert De Niro en la película de La misión. El mundo actual está presidido por la idea de que la culpa es mala y ha desterrado el concepto de pecado. Pero al protagonista esa idea, lejos de liberarlo, lo esclaviza. Necesita absolución y penitencia. Pero no cree en Dios, así que tiene que recurrir a un tribunal humano. Se da cuenta de que la inercia huidiza de su carácter ha provocado un daño a quienes menos quería él provocarlo y de que tiene cambiar el rumbo de su vida, pero esto no se puede hacer con un simple acto de voluntad, sino que necesita de un ritual, de un confidente, de una ceremonia para que sea un hito en la vida, para que el perdón sea efectivo y se traduzca en actos.

Lo mejor de la novela es la radiografía de las almas, la descripción, con trazo sutil y brillante y hondo, de los pensamientos, de los sentimientos, de los recuerdos y, sobre todo, de ciertos personajes que jalonan la obra y que son una verdadera delicia: el amor del señor Levin, Moisés, el vitalista señor Gálvez y su concepto místico-filosófico de "aparición", el peculiar misántropo Olmedo, el padre del prota y su “cohorte de afectados” y el Comediante, un perro que debería figurar en la antología de perros literarios, junto con Orfeo, el perro de Niebla de Unamuno y los extraordinarios y cervantinos Cipión y Berganza.

En la novela no ocurre casi nada extraordinario: lo extraordinario es la pluma del Landero, rica en matices e ideas imprevistas y detalles sorprendentes y reveladores, todo lo cual devuelve a la realidad el relieve, la belleza y la dimensión que nuestro apresuramiento le quita. Mientras que otros escritores intentan compensar con hechos extraordinarios lo ordinario de su prosa, Landero se puede permitir el lujo de contarnos cualquier cosa, porque lo hace de maravilla, sin ser prolijo ni erudito, sino solo vivaz y oportuno.

Recomiendo, en fin, la novela, porque, construida con los sucesos más contingentes, acaba siendo una unidad de lo más necesaria.

23 julio 2013

Literatura de piscina

La verdad sobre el caso Harry Quebert

Jöel Dicker

Alfaguara, 2013

ISBN: 978-84-204-1406-5 

666 páginas

22 €

Traducción de Juan Carlos Durán Romero

Premio Goncourt des Lycéens, Gran Premio de la Academia Francesa y Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa 2013


José Martínez Ros

Con el buen tiempo, llegan los bikinis, pareos y bañadores. Al mismo tiempo, los informativos de la tele se llenan de noticias de relleno, porque a la gente no le gusta pensar en los grandes males que afligen a la humanidad cuando los termómetros pasan de treinta y cinco grandes centígrados, y las librerías de novelas que, legítimamente, podemos llamar como “literatura de piscina”, porque cuando estamos en la de nuestra comunidad de vecinos, comentando entre susurros y risitas que el vecino del ático está criando una considerable barriga o que la vecina del segundo se ha hecho tatuar un dragón chino en su nalga izquierda, no nos hallamos en las mejores condiciones para atender a filigranas literarias.

Una de las estrellas del verano de 2013 es La verdad sobre el caso Harry Quebert, escrita por un jovenzuelo suizo, Jöel Dicker, que así plantea sus credenciales para convertirse, en el mejor de los casos, en el Ken Follett del siglo XXI y, en el peor, en el multimillonario autor de un solo éxito. La verdad sobre… puede leerse de dos maneras. En primer lugar, como un entretenido subproducto que cumple todas las condiciones para arrasar en las listas de 'best-sellers': una escritura que, siendo muy generosos, puede calificarse como transparente y, en el peor, como totalmente impersonal, carente de cualquier rasgo de estilo: el autor puede ser Dicker, a sus veintisiete años, o un redactor competente de folletos de Mercadona o Viajes de El Corte Inglés. Luego, posee un protagonista atractivo, Marcus Goldman (a pesar de sus orígenes, el autor lo ha ubicado en Estados Unidos, probablemente porque es el país que, sin duda, tiene más resonancia en la imaginación global), un joven escritor con una crisis literaria (ya no sabe de qué escribir, vaya por dios). Goldman es simpático e inofensivo. Carece de tendencias depresivas, rarezas irritantes, manías absurdas y obsesiones megalomaníacas: es decir, no se parece en nada a cualquiera de los muchos escritores de carne y hueso que conoce quien escribe esta modesta reseña y no inquieta en absoluto a un lector medio. Su crisis literaria es igualmente irreal y tópica (si quieren leer una descripción genuina de una, les aconsejo echar un ojo a Mao II de Don DeLillo); le lleva a viajar a una Nueva Inglaterra reducida a unas cuantas agradables postales turísticas, donde reside su mentor, Harry Quebert, un legendario sabio y escritor que también es muy simpático y agradable: mientras leía, a ratos me lo imaginaba con la cara de Jack Lemmon y, a veces, con la de Robin Williams, aunque la trama pergeñada por Dicker no estaría a la altura de tan notables intérpretes, sino más bien correspondería a uno de los muchos telefilmes de intriga que suelen (o solían) emitir en la tele a primera hora de la tarde o de madrugada. Bien: resulta que el bueno de Quebert guarda un gran secreto en su pasado. Mientras estaba redactando su primer novelón, mantuvo una relación con una jovencita llamada Nola (que es ciertamente menor de edad, pero no tanto como para convertirla en una peligrosa y pederástica lolita y por lo tanto agitar la adormecida conciencia del citado lector medio) que, además de inspirar su obra, fue, al poco tiempo, asesinada o, al menos, se supone que fue asesinada, porque nadie ha encontrado su cuerpo… hasta ahora. Lo que sigue es el acostumbrado juego de pistas falsas, vueltas de tuerca, engaños y personajes-que-no-son-lo-que-parecen, con unos policías que actúan exactamente como lo hacen los policías en los telefilmes, unos cuantos palurdos estadounidenses que corresponden con toda exactitud a la imagen que tenemos de ellos tras cientos de referencias cinematográficas y la gran, gran sorpresa final, que es todo menos sorpresa, si hemos leído antes unas cuantas novelas de esa hábil prestidigitadora que fue doña Agatha Christie, cuyo talento para los finales inesperados supera en mucho al del joven Dicker.

En una escala 'best-seller', colocaríamos La verdad sobre… por encima de engendros infumables como 50 sombras de Grey o las obras completas del muy infame Dan Brown, pero decididamente por debajo de (Stieg) Larsson que, al menos, fue capaz de colocar a una auténtica friki casi autista en el corazón de su trama y a varios años luz de la mejor versión de Stephen King.

Hay otra manera de leer esta novela: como la ganadora de un Premio Goncourt des Lycéens, de un premio de la Academia Francesa y del Premio Lire. Como una novela “de verdad”. No lo aconsejo. Resulta, francamente, descorazonador y deprimente. 

17 julio 2013

Buen amor, mal de amores



El buen amor

Olga Bernad

Nuevos Rumbos, 2013

ISBN: 978-84-938505-5-5

132 páginas

20 €




Jesús Cotta


El buen amor es la segunda novela de Olga Bernad. Ya que he leído casi toda su poesía y sus dos novelas, puedo decir que, siendo buena poeta como es, me gusta ella más como novelista que como poeta, porque en novela ella es más torrencial y libre, más imaginativa, más imprevista e intempestiva.

En esta novela, como en Andábata, su primera novela, lo que más sorprende es la vitalidad del narrador, en este caso, un hombre en el otoño de su vida, con poca formación, con pocos horizontes intelectuales, pero con una capacidad de análisis de los caracteres ajenos y de su propio corazón que sorprenden por lo intuitivos y agudos que son... Lo mejor de la novela es sin duda la voz del narrador, el cual expresa del modo más iletrado y popular posible los pensamientos más profundos que una persona cultivada solo podría transmitir en un lenguaje culto. Sin embargo, la autora es capaz de adaptarse al registro popular de su personaje dotándolo de la profundidad psicológica y de análisis que solo ella tiene. En la vieja disputa entre la superioridad del lenguaje sobre el pensamiento o al revés, esta novela parece demostrar que es el pensamiento el que gana, el que se las ingenia para obligar al lenguaje a decir lo que tiene que decir por muy pocas que sean las palabras con que cuenta.

El protagonista recuerda a Sancho Panza, por su sentido común, su llaneza, su bondad natural y sus impulsos primitivos y por la contundencia de su expresión... Sus valores son sencillos, pero su aplicación práctica es compleja en el día a día, algo que el protagonista analiza con frecuencia. El respeto que aprendió de niño en la iglesia, de manos de su padre, la impresión que le causa la contemplación de la belleza, el sentido de la propia dignidad, el deber para con la esposa, la indignación ante la injusticia... todo eso se mezcla con sus impulsos y su obsesión amorosa y da como resultado una bomba que es él a punto de reventar de un amor que no puede decir a nadie. En su obsesión creciente y con tal de defender al objeto de sus amores, que no sospecha nada, llega a pegarle a su mujer y a una vecina y eso no hace sino alejarlo de él.

Esta novela es la historia de un amor que comienza por los Ojos (el lector ya entenderá la mayúscula) y acaba casi matando el corazón del protagonista, el cual ni se atreve a confesárselo a la amada, en quien, no sé por qué, veo un trasunto de la autora. Ese amor es difícil e imposible porque ambos están comprometidos y los separa la edad, la cultura, el mundo, el horizonte, aunque son vecinos. La amada no sospecha siquiera el seísmo personal que provoca con solo su sonrisa, con un saludo, con el perfume que lleva. ¿Qué puede hacer un hombre cuando, cercano ya a la vejez, descubre que lo que lo unía a su esposa era solo cariño pero no amor y cuando, de pronto, a destiempo y brutalmente, es arrastrado por ese torrente universal, ese chute de Dios en vena que es la obsesión amorosa ante la auténtica belleza que lo conmueve de cabo a rabo? Él se deja arrastrar y llevar y casi matar porque, ya que no puede consumar ese amor, lo menos que puede hacer es consumirse en él, porque por las cosas grandes y verdaderas lo mínimo que puede hacer uno es eso, morirse. ¿Y qué más grande y verdadero que el amor? Aunque ese amor lo mate, es buen amor, no mal amor. Es más, precisamente porque puede matarlo de pena es buen amor.

Lástima que el protagonista no sintiera lo mismo por su esposa, que es una buena mujer, aunque algo sosa. Estaría bien saber qué piensa ella de él, porque al fin y al cabo es ella quien lo salva de la muerte, quien lo vuelve a la normalidad, a la “normalidá”, como dice él, a lo que siempre había sido su sitio, pero que nunca lo será porque ha conocido otra cosa que le impide encontrar el sitio hasta que muera.

Sin embargo, hay algo grande en esa resignación suya a vivir sin la belleza auténtica, la “de verdá”: comprender que, al fin y al cabo, por mucho que eche de menos entre sus brazos la estrella que tiene clavada en el corazón, su sitio es su sitio, aunque esté bien fastidiado, eso sí, sin perder nunca “los cojones”, que para eso los tiene un hombre, para no dejarse domesticar por médicos, horarios, viajes a Canarias, esposas diligentes y protectoras... Nada de guardar los cojones en la cajita de la moral acomodada, en el bote de las pastillas, en el bolso de la esposa. Esa parte indómita y viril que es la que conquista corazones, planetas y continentes permite al protagonista, a pesar de su hundimiento, conservar su dignidad de macho enamorado y frustrado.

15 julio 2013

Monumento al detective desconocido

Os hemos engañado. Todavía nos quedaba un 'bonus track' en la recámara de las reseñas especiales por el IV Aniversario de EC. Pero no deja de tener su sentido que sea este cántico al albañil de las letras, a la literatura 'pulp' en definitiva, el que expíe, de verdad, los pecados lectores de los estadistas. Y es que, como comprobarán al final, nuestro Ilya U. Topper tiene más razón que un santo... Disfruten con este monumento al detective desconocido.


Ilya U. Topper

Llego tarde a entregar esta reseña. Padecía lo que los analistas llaman un suspense de creatividad estructural: se trataba, me dijeron, de airear un pecado o pecadillo literario. Y resulta que no recordaba ningún libro que me haya gustado y del que me avergüence, o viceversa, lo que, espero, se interprete como señal de buen gusto, y no de falta de vergüenza (aunque cualquiera sabe).  Cuando por fin caí y recordé uno, el problema se agrandó: no recordaba ni autor ni título.

Es por eso que ustedes verán aquí una portada marrón absolutamente anodina, y pensarán que les quiero dar gato por liebre, pero juro por todos los santos, empezando por Simon Templar, que es una fotografía real de un libro, y que no la he sacado de una tienda de atrezo digital. La fotografía, digo. El libro sí. Lo compró mi buen amigo Daniel Iriarte en las callejuelas del barrio de Tarlabasi -ese barrio del centro de Estambul donde filmaríamos un año más tarde un cortometraje ambientado en la guerra civil de Grozni, porque las calles daban el pego- a un señor que vendía libros al peso. Dani me trajo al menos cinco o seis kilos que, alineados en mi estantería, daban una excelente impresión de adusto aburrimiento, exactamente lo que necesitábamos para decorar el espacio vital de un disidente de Karayumurtistán Occidental con una debilidad por las transexuales de Estambul a punto de ser asesinado por un pistolero a sueldo capaz de despachar a un adversario con el canto de un terrón de azúcar.

Tras el fin del rodaje, y ante la difusa promesa de Dani de que vendría a recoger los volúmenes cuando le diera tiempo, junto con la camisa de mi asesino (que hoy es una de las mejores piezas de mi armario: el hombre siempre tuvo mejor gusto que yo en el vestir), empecé a hojear por distracción las obras, todas encuadernadas en el mismo falso cuero marrón, y descubrí que muchas eran en inglés y contenían historias de detectives y malhechores. Algunas manchetas ubicaban las ediciones originales en los años treinta, tanto en Nueva York como en Londres,  pero era algo difícil de determinar por la falta de pericia de los encuadernadores, probablemente analfabetos: muchas historias empezaban en medio, o terminaban en medio, justo en el momento de abrirse el ataúd con el falso muerto, aunque con suerte descubrías que seguían cincuenta páginas más adelante, y dándole la vuelta al libro para leerlo al revés. El peor en este sentido era el de relatos de Agatha Christie, aunque no importaba gran cosa, porque en las historias de doña Agatha, de todas formas el único capaz de seguir el hilo narrativo es Hercule Poirot.

Al final encontré dos o tres volúmenes con historias bastante completas, ubicadas en Nueva York, y en las que el típico detective privado persigue, pistola en mano, a mafiosos, millonarios con instintos asesinos y traficantes, encajando unos cuantos golpes en la nariz por el camino y contemplando a pelirrojas en vestidos transparentes (que es esencialmente lo más lejos que llega el erotismo literario norteamericano antes de cambiar de denominación de categoría). No recuerdo el autor -o los autores, porque creo que hubo varios, aunque indistinguibles- , me consta que no aparecían en internet y tampoco puedo comprobarlo ahora, porque al cabo de releer todas las obras varias veces al derecho y al revés -en el sentido literal de la palabra-  resolví que los volúmenes eran ideales para equilibrar el colchón de mi cama donde sobresalía por encima del armazón de hierro (que había tenido que capar con la rotaflex para subirlo por el hueco de la escalera). Allí, en tan inconspicuo lugar, los alcanzaría meses más tarde su destino, al romperse una tubería en la cocina e inundarse el piso entero. Sólo salvé de las densas capas de moho un ejemplar de The Saint, clásico casi tan inmortal como su protagonista, al que no había conocido hasta entonces. (Eso, no haberlo conocido antes, sí es el algo de lo que me avergüenzo, no el disfrutarlo hasta la saciedad, frase por frase, envidiar su impenetrable calma y su imperecedero estilo frente a al negro ojo de las pistolas). 

Sí tuve que despedirme de todas las aventuras de Leonidas Witherall, aunque sigo admirando profundamente a alguien (Phoebe Atwood Taylor, alias Alice Tilton, 1909–1976) capaz de crear un jubilado maestro de escuela, clavado a William Shakespeare, autor secreto de famosas radionovelas centradas en el ficticio lugarteniente Hazeltine y obligado en cada entrega a resolver un asesinato cuyo autor indudable es, a ojos de la policía, él mismo. Y alguien que de paso, mientras  se balancea en la cuerda floja entre el cuchillo del auténtico asesino y la silla eléctrica, es capaz de arrancarle al lector carcajadas. Hercule no duraría ni dos párrafos contra Leonidas.

Pero no quería hablar de los clásicos. Ni tampoco de esa otra autora, británica esa vez, que en los años cincuenta fue capaz de inventarse una pareja de asesinos a sueldo homosexuales, para darles un toque cercano y entrañable, profundamente humano. Y luego dicen que Brokeback Mountain.

No: mi homenaje va a ese autor o autores que no figuran en ninguna enciclopedia, que estaban obligados a repetir, mes tras mes (si tanto tiempo les otorgaba el editor) el mismo modelo de industrial amenazado, esposa desconfiada, amante de cabaret, traficante de droga, ladrón de diamantes y policía corrupto, una tras otra vez. Literatura que no deja huella. Literatura sin más pretensiones que, por parte de uno, comer caliente y del otro, pasar una tarde de verano sin pensar en su propia pequeña vida. Literatura de la más modesta y la más honesta. Metería presos a estafadores alquimistas que se creen guías de la humanidad, pero pondría un monumento al obrero de la máquina de escribir.  Y modesto no quiere decir fácil: aunque la trama no hace falta complicarla más allá del triángulo de sospechas, el estilo sí debe ser ágil y los diálogos, chispeantes, si uno quiere que el lector vuelve a decidirse por el mismo autor en el kiosco de la siguiente estación de trenes.

Recuerdo -y de eso sí me avergüenzo un poco- que a los veintidós años, y con la irreverencia imprescindible en un periodista cultural de esa edad, pregunté en una conferencia de Juan José Millas si no creía que gente como Andreu Martin mostraba mucho más oficio a la hora de narrar que unos cuantos grandes nombres premiados (entre los que no habría incluido al propio Millás hasta que publicara Dos mujeres en Praga). No recuerdo su respuesta. Tampoco puedo decir que sea muy fan de Martin, demasiado lúgubre para mi gusto.

Pero mantengo que el trabajo del albañil de las letras tiene su sudor. Un gran escritor puede fabular sobre su infancia o cualquier otra torre de marfil. Un autor de novela negra del tres al cuarto debe mantener siempre una mano en el pulso de la sociedad que le rodea, porque si la ambientación no funciona, el lector no se creerá las pistas falsas. En este oficio, lo primero es saber pintar bien el decorado. Y ese autor anónimo nunca podrá permitirse el lujo de volverse aburrido, insoportable, encadenador de frases incomprensibles, buzo de profundidades filosóficas insondables. No puede arrastrar al lector hacia un lugar donde no ocurra nada ni ocurrirá nada y hacerle creer que ese círculo vacío es el ángulo recto de la L de Literatura. Eso es algo que queda reservado a los grandes escritores, que quieren ver sus nombres impresos en tarjetones suecos.

Me quedo con un diálogo de uno de aquellos tomos amarillentos que, según aprendí hoy de Luque, se llaman 'pulp' en americano, y lo pongo por testigo que a veces son esas obras sin nombre ni gloria las que mejor resisten el paso del tiempo. Imagínense a un detective, manoseando inquieto su pistola en el bolsillo de la chaqueta, tomándose un café con un periodista local en un bar demasiado cerca del muelle, donde el sindicato del crimen descarga los fajos de droga que luego se almacenarán en la casa de un diputado:

- Te lo he advertido: no vayas. Te pegarán un tiro y la policía estará encantada.
- ¿Me dices que están todos compinchados?
- Todos.
- Pero eso hay que denunciarlo. Tú trabajas en un periódico. Los periódicos están para informar al público. ¿Por qué no lo destapáis?
- ¿Ves ahí enfrente la casa de putas? ¿Sí? Pues ¿sabes cuál es la única diferencia entre nuestra redacción y esa casa? Que nosotros no tenemos un piano en el vestíbulo.

Aún en 2013, tiene más razón que un santo. Más razón que Simon Templar. Que es, como ya habrán adivinado si se han fijado en las pistas que sembré, quien se oculta tras la portada que ustedes ven arriba (Follow the Saint, Leslie Charteris, 1939, edición de 1959). Los villanos en este libro son completamente imaginarios y no tienen relación con ninguna persona viva.

12 julio 2013

Una bolsita de gravilla, por favor

Nos ha costado sonsacarle a Sara Mesa un pecadillo de juventud lectora pero una vez abierto el tarro de las esencias... resulta que la vocación escritora de nuestra laureada estadista fue ¡Isabel Allende! Así que pasen y lean esta desgarradora confesión de un pasado lector ecléctico como pocos y que terminará, como no puede ser de otra forma, en lapidación. Ponemos así fin, con este broche de oro, a esta serie de reseñas especiales motivadas por el IV Aniversario de Estado Crítico. Esperamos que las hayan disfrutado.



Sara Mesa

Lo confieso: si no es por la presión de algún que otro estadista contumaz no hubiese escrito jamás este texto. Qué le vamos a hacer, una a veces se avergüenza de su pasado. Pero luego viene eso tan sano de la vergüenza torera y de dar la cara y reírse de una misma, así que aquí estoy, admitiendo mi devoción adolescente por esa escritora sonrojante a la que –que sí, que sí- tanto debo en mi formación lectora. A ver: se trata de leer con entusiasmo, ¿no? Con devoción. Con pasión. Pues eso, sí, ni más ni menos es lo que me pasó a mí con Isabel Allende. ¿Me excusa el hecho de tener 15, 16 años cuando empecé a leerla? ¡Espero que sí! Con esa edad espongiforme yo devoraba todo lo que caía en mis manos. Qué veranos aquellos en los que no podía salir con mis amigos y tenía que refugiarme en los libros… lo mismo Agatha Christie que Dostoievsky, Martin Vigil que Cortázar, Herman Hesse que Flaubert, la revista Nuevo Vale –que compraba a escondidas- que La conjura de los necios… Cuando digo todo, es TODO, independientemente de que lo entendiese o no… ¡pero si hasta me leí de cabo a rabo El año del peluquín, de Santiago Carrillo, porque lo regalaban con el periódico, o las selecciones del Reader’s Digest de los años 50 que encontré en casa de mi tía abuela! Así que, por un lado, suplico el perdón para esta chica despistada y un pelín aburrida (¡captatio benevolentiae, por favor!), pero por otro, ya que estamos, tengo que ser sincera y admitir mi pecado: a mí de verdad lo que en realidad me atrapaba, más que ninguna otra cosa, más que las aventuras de Raskolnikov o los conejitos de la carta de una señorita en París, eran aquellas novelas de amores tremendos, fantasmas, mujeres brujas, sexo más o menos explícito y trama más o menos política que leí y releí ¿cinco? ¿seis? ¿diez veces?... Ah, todavía recuerdo mi fervor por La casa de los espíritus, por De amor y de sombra y por aquellos cuentos que, en fin, sí, admito que me parecían una auténtica obra de arte: me refiero a los de la almibarada, tramposa y cursi Eva Luna.

De hecho, venga, voy a echar los restos aquí con más confesiones. Siempre digo que fui una lectora voraz pero que jamás, nunca, me planteé que podría llegar a escribir algún día. Más allá de mis infumables diarios, no fue hasta llegar a la treintena que sentí verdaderamente ese impulso de sentarme a escribir mis propias historias. Jamás fui una escritora precoz. Pero cuando digo esto, también miento un pelín. En realidad, el primer impulso, todavía incipiente pero el primero al fin y al cabo, lo tuve leyendo a Isabel Allende… ¿podría yo hacer algo similar, me dije? ¿Podría yo contar historias como las de ella? Copiaba párrafos de sus novelas para aprender… cuántos adjetivos tan intensos, qué sintaxis tan envolvente, qué encantadores me parecían sus personajes encantadores y qué retorcidos sus personajes retorcidos. Isabel Allende fue mi primera maestra… ¡era mi modelo! ¡Cuánto me indigné cuando vi que no le dedicaban ni un mísero párrafo en la sección de literatura hispanoamericana de mi manual de historia de la literatura! Alejo Carpentier, sí, Gabriela Mistral, y Rulfo, y Borges, y más recientitos García Márquez y Vargas Llosa, estupendo… pero ¿dónde dejaban a Isabel Allende? ¿A quién se le había olvidado incluirla? ¡Esa gente no sabía nada de libros! Aquella jovencísima Sara Mesa no podía entenderlo.

Más adelante las cosas fueron cambiando y ya con 18 años cayó en mis manos Paula, el libro en que la Allende relataba la enfermedad y muerte de su hija. Ahí el tufillo empezó a ser demasiado evidente y una alarmita se encendió en mi cabeza todavía considerablemente hueca: ¿no era aquello demasiado morboso? ¿Estaba la escritora tendiéndonos una trampa melodramática? Sin dudar del verdadero dolor que una madre siente ante una tragedia así, ¿no era aquel libro innecesario? A mí desde luego me generó rechazo. Me aparté. Y poco después empecé a renegar de toda su obra. Me da la sensación además de que todo lo que vino después era aún peor, sustancialmente peor. Pero, ¿tenían aquellas primeras novelas que yo leí algún valor? Debería releerlas para contestar con propiedad, aunque intuyo que literariamente hablando no son más que plastiquete del barato (codazo, codazo, guiño, guiño, para los compañeros Luque y Moraga). Y sin embargo, seamos justos: no pasa nada por leer librillos como estos. A esta que les habla no le ha impedido posteriormente leer otras cosas. Incluso escribir y todo, bajo premisas estéticas radicalmente distintas. Todo sirve, todo contribuye. Por qué no. Está claro que Isabel Allende no debía estar en el canon de mi manual de literatura. Pero quizá tampoco deberían estar otros que conocemos, contemporáneos nuestros, en los canones de la crítica actual. Si vamos a ponernos en plan de lapidar a autores (al modo 'naïf' de La vida de Brian, faltaría más) no solo deberíamos ensañarnos con escritoras como Isabel Allende: otros más encumbrados también se merecerían lo suyo. Así que todos a comprar bolsitas de gravilla y barbas postizas...

10 julio 2013

La adolescencia de la literatura


Continuando con las reseñas por el IV Aniversario de Estado Crítico, hoy le toca el turno a una lectura vergonzosa clásica de la época adolescente: Richard Bach. ¿Quién no ha visto de joven sus obras Juan Salvador Gaviota e Ilusiones en las estanterias de  casa? Juan Carlos Sierra sucumbió a ellas en un tórrido verano. No guarda buen recuerdo pero aquella lectura evitó que nuestro estadista tomara otros derroteros bien distintos a los de la literatura...


Juan Carlos Sierra

Debió de ser en el verano del 86, en plena y confusa adolescencia. Por aquel entonces, en las tórridas e interminables horas de la siesta de un pueblo de interior, medio manchego medio andaluz, y agotado todo entretenimiento analógico -porque las TIC no habían entrado aún en nuestra vida-, encontré en la casa de mis padres un libro llamado Ilusiones de un tal Richard Bach. El callejón sin salida del sol cayendo a plomo y del tedio de la tarde infinita me llevó a hacer algo que no contemplaba ni en mis peores pesadillas, ponerme a leer.

Sí, efectivamente, querido lector. Yo era un adolescente que prefería el jaleo de la calle y los amigos al silencio íntimo de la lectura, que pensaba que mi trabajo estaría ligado a una portería en un campo de fútbol y no a la literatura y que -por poner un caso extremo y casi vergonzante- me ahorraba el esfuerzo de leer los bocadillos de los pocos cómics que por aquellos años caían en mis manos. Para completar este breve retrato de desorden adolescente, hay que añadir que, al tiempo que sufría los desequilibrios típicos de una educación sentimental deficitaria, de los tabúes sexuales y morales del momento y de una rebeldía porque sí, tenía la carpeta del instituto decorada con una foto de Lenin y era miembro activo de las Juventudes de Acción Católica, lo cual contribuía a desarrollar en mí una espiritualidad de catecismo y un ramalazo pseudo místico muy acentuado.

Con todos estos ingredientes no es de extrañar que una lectura como Ilusiones calara en mí hondamente; hasta tal punto fue así que al poco tiempo continué con Juan Salvador Gaviota, otro de los 'best-sellers' del escritor -por decir algo- estadounidense Richard Bach

Del primer libro no recuerdo apenas el argumento y del segundo me cuesta trabajo ponerlo en pie. Ambos hechos colocan en mal lugar, empíricamente hablando, tanto a aquellos libros como al lector novato que por entonces era yo. He tenido que recurrir a Google antes de escribir este artículo para reconstruir sus tramas. En esta excursión digital me he encontrado con páginas donde se recogen frases de Ilusiones. Mientras las leía atentamente, el severo juez de uno mismo que llevo dentro le gritaba a aquel adolescente: ¡ridículo, cursi, empalagoso, simplón, vacío, filósofo de Tercera Regional! A la alegoría que plantea Richard Bach en Juan Salvador Gaviota y a aquel primerizo lector se les pueden aplicar los mismos calificativos y parecido sonrojo.

Lo curioso, no obstante, de aquella experiencia lectora fue que me abrió las puertas, quizá por una entrada falsa, al mundo de la literatura, porque, a pesar del bajísimo nivel literario de aquellos libros que ahora reconozco con vergüenza torera, a aquel adolescente despistado de mediados de los ochenta le cuadraron y le ajustaron como anillo al dedo. También he de agradecerles que contribuyeran a que abandonara los vestuarios cargados de testosterona del fútbol patrio, vendiera mis guantes de portero y me retiraran de las Juventudes de Acción Católica.

No sé si recomendaría ahora a un adolescente alérgico a la lectura que se aventurara con aquellos títulos. Quizá los tiempos no están para novelitas ñoñas fronterizas con lo peor de los libros de autoayuda. Aunque nunca se sabe. Todavía en algunos listados de lecturas recomendadas para adolescentes está El Principito, que también se las trae. Pero, como diría Irma la Dulce, esa es otra historia.

09 julio 2013

Como Nick Hornby pero sin churra

Que nuestro estadista José María Moraga es un britanófilo empedernido, es de sobra conocido. Pero de ahí a que sea capaz de tragarse cualquier producto que proceda de la Pérfida Albión hay un paso. Pero aquí lo tenemos confesando su devoción por El diario de Bridget Jones, una obra que le ayudó a entender a la mujer inglesa. A la mujer treintañera gorda, borracha, fumadora compulsiva, torpe y con el reloj biológico disparatado, claro.


José María Moraga

Desde el respeto, supongo que las feministas se habrán horrorizado con el título de esta reseña, y primero que nada me apresuro a darles la razón: antes de que a Germaine Greer o a algún discípulo de Lacan o de Freud (si es que quedan) les dé por tratar de castrarme a mí, confesaré la injusticia de tal título. Pido perdón por semejante barbaridad: ¡decir que Helen Fielding viene a ser una versión de Nick Hornby menos la churra! ¿Cómo he podido? Cuando todo el mundo sabe que Nick Hornby es infinitamente mejor escritor que Helen Fielding…

Lo cual no quita que la novelista inglesa haya escrito unos libros muy divertidos, dignísimos continuadores de la tradición satírica de su país, con un sesgo claramente femenino pero altamente disfrutables por todos los sexos (creo que hay siete, según Kurt Vonnegut). La comparación con Nick Hornby no debería haber sido autor con autor sino libro con libro: así, por impresionista e imprecisa intelectualmente que mi apreciación resulte, el punto de partida de mi afición a Bridget Jones es su razonable paralelismo con otro personaje desafortunado en amores: el Rob Fleming  de Alta fidelidad, nacido igual que Bridget en 1995, en plena época del ‘cool Britannia’.

Ambos personajes son enamoradizos hasta la patología; ambos idealizan a sus parejas pero saben muy bien con quién quieren compartir su vida en realidad. Ambos son perdedores en el sentido ‘loser’ del término: tienen pandillas de amigos bastante peculiares, los dos tienen un éxito moderado en trabajos mediocres que sin embargo les placen bastante. Los dos tienen familias que los acosan con el tema de sentar la cabeza.

Cuando estaba leyendo Alta fidelidad, con veinte años, creo, no paraba de pensar: “¡Dios mío! ¡Como este libro caiga en manos de una mujer estamos perdidos!”, porque me pareció que exponía la masculinidad del revés, como un calcetín. Allí estaban al desnudo todos nuestros miedos, ansiedades, pequeñas ridiculeces, que a diario tratamos de cubrir con una supuesta coraza, especialmente en temas de amores. Cuando leí El diario de Bridget Jones (1996) dos años después, sentí que estaba ante el equivalente femenino de Rob, vaya -ahora sí- el término sin la más mínima intención de desdoro. Sentí esto, porque, además de las similitudes ya apuntadas, ambos eran ridículos hasta resultar entrañables, y muy obsesivos ambos: Rob con sus listas de canciones y Bridget con su diario. Supongo que habrá aglomeraciones para rebatirme este razonamiento, cuya veracidad nunca podré constatar porque nunca llegaré a sentir lo que siente una mujer, pero hasta donde llega mi intuición, creo que no es mal punto de partida para empezar a valorar El diario de Bridget Jones.

Por tanto, no se me ocurre mejor libro para una reseña-aniversario, si como dijo Cotta, se trata de hablar de “obras que, porque eran malas o por lo que sea, no deberían haber[nos] gustado”. A mí El diario de Bridget Jones no debería haberme gustado porque soy un tío, y en principio no pertenezco a la población-objetivo de lectores que probablemente Helen Fielding  y los de Picador tenían en mente cuando la editaron. La novela no es mala: es buenísima: un excelente ejemplo de literatura de género (de un género, la 'chick-lit’, que contribuyó a popularizar hasta lo que es hoy) pero que puede llegar a satisfacer los paladares más variopintos. No hace falta ser una mujer treintañera gorda, borracha, fumadora compulsiva, torpe y con el reloj biológico disparatado para sentir empatía hacia una mujer treintañera gorda, borracha, fumadora compulsiva, torpe y con el reloj biológico disparatado. Antes bien, cualquiera con sentido del humor y un mínimo conocimiento de las convenciones sociales disfrutará a carcajadas de un libro tan bien escrito y (entiendo que) tan realista. Si Carrie (Sexo en Nueva York, 1997) quiere unos zapatos de Manolo Blahnik que cuestan miles de dólares y Belle (Las aventuras íntimas de Belle de Jour, 2005) se gasta miles de libras esterlinas en lencería para calentar a sus clientes, Bridget se conformará con unos peniques para comprarse una botella de vino barato para irse a llorar a su cuarto, aunque en su cándido interior sueñe con los mismos artículos de lujo y experiencias fantásticas que las otras dos ‘glamazonas’.

El gran acierto de El diario de Bridget Jones me sigue pareciendo, más de una década después de haberlo leído, ese formato de diario. Una historia puede verse esclavizada por su carácter epistolar o diarística, pero en este caso el pequeño formato del diario da alas a las vivencias/ocurrencias de Bridget. Lo que empieza como una resolución firme (dejar de fumar, beber menos, mostrarse fría ante los hombres) en una entrada del diario puede quedar sardónicamente obliterado ante la “cuenta de cadáveres” (unidades de alcohol, calorías y cigarrillos consumidos) de la entrada siguiente, exponiendo la debilidad de Bridget, que puede ser la de todos nosotros. Por otro lado, y antes no de la invención de internet pero sí de su hegemonía (no digamos de la web 2.0 de Facebook o Twitter), cada entrada del diario puede ser una excelente cápsula de información con sentido completo, yendo del aforismo al relato breve, según convenga al desarrollo de la trama, que tan a menudo juega también con las elipsis (¿por qué no escribe Bridget en tal fecha?, etc).

El diario de Bridget Jones me encantó, me divertí muchísimo leyéndola, y sucumbí al guiño British-cultureta de la importancia de Orgullo y prejuicio de Jane Austen en toda la trama. Tanto fue así que me leí también la segunda parte Bridget Jones: Sobreviviré (1999), igualmente divertida y acertada en el tono y la finura de las observaciones de Bridget aunque quizás sensiblemente más floja en cuanto a argumento. Pero ¿qué más da? Esto es literatura para disfrutar. ¿Mala? Al contrario: ¡buenísima! Promete una cosa y la cumple a las mil maravillas, y no aliena a media humanidad de potenciales lectores, como ha hecho -por ejemplo- la trilogía de Grey.

La primavera pasada, antes de pensar siquiera en esta reseña-aniversario, nos alegrábamos con la noticia de que Bridget vuelve, de que Helen Fielding va a continuar su historia (que parecía más o menos felizmente cerrada) con otra novela el 10 de octubre, Bridget Jones: Mad About the Boy (sin traducción, por el momento, al español). Poderoso caballero será don dinero que hace resucitar un personaje que funciona perfectamente en caja (y en taquilla: no olvidemos que ya hay dos películas y que no hay dos sin tres), pero ¿quién se resiste a ver si Helen Fielding tiene todavía el ‘knack’, la rara habilidad de tomarles el pulso a las mujeres y hombres de su tiempo? ¿Quién no quiere ver a Bridget años después, probablemente con los mismos problemas u otros nuevos, en la era de Internet? ¿Acaso no resucitoó Conan Doyle a Sherlock Holmes? ¿Acaso no sacó Cervantes una segunda parte de El Quijote una década después?

Para redondear mi confesión: hace doce años me encontraba de Erasmus en Inglaterra y ligaba menos que la gata del Vaticano. Entonces un amigo norteamericano me regaló -con toda la retranca- El diario de Bridget Jones “para ayudarte a entender a la mujer inglesa”. Empecé a leer la novela como una broma y aquí me tenéis recomendándola. Apuntadme en la cola para la que sale en octubre.

08 julio 2013

Soy hijo del Gabo y de San Tranquilino


No es que leer a Gabriel García Márquez sea, en principio, algo de lo que avergonzarse, pero indudablemente El amor en los tiempos del cólera es su obra más controvertida entre los críticos. Catalogada por muchos como un texto ñoño, propio de un culebrón, nuestro estadista Jabo H. Pizarroso se atreve a confesar su adicción a esta novela y cómo su recuerdo aún perdura.



Jabo H. Pizarroso

"El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas", 
Gabriel García Márquez (El amor en los tiempos del cólera)

Tras vestirse de Liquiliqui venezolano, recibir el Nobel en el año 1982, y fotografiarse con el Felipe González de la pana transicionera y la bodeguita preburbuja inmobiliaria, el Gabo se encerró en su casa de Cartagena de Indias y le metió mano a la novela que soñaba con escribir desde hacía grande tiempo atrás.

El amor en los tiempos del cólera es a Gabo lo que Las mejores intenciones es a Bergman, o La forja de un rebelde a Barea. Gabo busca a sus padres en este libro y trenza una historia de amor melodramática, un culebrón latinoamericano, algo que bien podían haber firmado Dago García o incluso Fernando Gaitán, el libretista de Café con aroma de mujer, o Betty, la fea, un relato enraizado en una historia de amor oculto entre dos personas que dura toda la vida, y que empieza y acaba como lo hacen los boleros... "¿Y hasta cuando cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?- le preguntó. Toda la vida-, dijo."

Fermina Daza fumando cigarrillos mentolados en un baño de porcelanas porcelanosas de nácar mientras Juvenal Urbino desrrama a un loro que se le ha escapado a una palmera real, y Florentino Ariza desvirga a una colegiala de trenzas meándricas y kilométricas antes de hacerle el amor y antes de devolverla a la escuela en medio de un caribe de calimas, Úrsulas, Aurelianos y Coroneles que no tienen quienes les escriban. Esta obra del Gabo, decimonónica y daguerrotípica, donde las colchas de cama, los abalorios, las estancias, las galerías de las casas y los alientos huelen a mora y a alcanfor, huelen a trementina y  a acetona, es un melodrama suavón, simple, cursi y lleno de orfebrería  literaria 'made in' garcía-marquez-pop. Según el Gabo es su mejor libro. Y yo estoy de acuerdo con él. García Márquez aquí homenajea ese género del amor y la lágrima que llena las televisiones de medio mundo desde los años ochenta y que viene firmado por escritores y escritoras de latinoamérica. La historia de un hombre que jura amor eterno a una mujer a la que esperará durante toda la vida para seguir demostrándole que le amó en ella, que le amó en todas y en otras, y que le sigue amando, es un libro para adolescentes en las nubes, para chavales y chavalas con pájaros azules en la cabeza.

Neutralizado y extasiado por la prosa de Gabo, me aventuré en este libro antes de meterme al Faulkner de Mientras agonizo entre pecho y espalda como si de una botella de whisky se tratara, y convertirme en un pez. Me metí en este libro seudobarroco, seudoalucinante, antes de follarme vivo, lectoramente hablando, a Reinaldo Arenas y antes de Lezamiarme o ser uno con Víctor Hugues, y estar investido de poderes en un siglo de las luces carpenteriano, antes de Eliseo Diego y Jesús Díaz, antes de estar borracho pero acordarme con Viscarra, y me metí en esa prosa repetitiva del Gabo, esa prosa que no cambia mucho desde que se asienta para la eternidad en Cien años de Soledad, o felicidad como le vi corregir una vez aquella cubierta de cátedra, hasta que noté que la picadura del culebrón El amor en los tiempos del cólera no se quitaba ni con Faulkner, ni con Monterroso, ni con Camus, ni con Anais Nin, ni con cualquier otro antídoto parecido.

Con él único quizá con el que se atemperó la fiebre coleriana, con el único con el que esa fiebre bajaba algunos grados y me permitía ver, y respirar y entrar en otras estancias de otras luces y otros olores y otras flores, fue con Thomas Bernhard y fue con Baroja, pero era eso, y era otra vez y nuevamente Gioconda Belli, que es un García Márquez mujer y sandinista, o Ana Istarú que es un Gabo centroamericano, o incluso César Vallejo, que es un pregabo, pero pasó el tiempo y ya desde el centro justo del caimán, desde Camagüey e incluso desde Isla de Pinos, pude gritar y reír Roque Dalton, pude exclamar también Desnoes, Roberto Arlt, Cortázar, Pizarnik, y Raúl Hernández Novás, pero siempre quedará en mi retrogusto literario un amargo y maravilloso sabor de almendra que me llevará sin cita previa, con nocturnidad, alevosía, y dolo hasta esta novela que comienza de una manera inolvidable y que es para mí como una letanía, un rezo, una sura de almuecín, una oración susurrada al oído, un algo que no sucumbe al olvido ni derrumba el tiempo,… Era inevitable: "El olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados."

05 julio 2013

¿Vos te acordás, Mario?

Alejandro Luque realiza hoy un verdadero esfuerzo crítico para justificar su amor adolescente por la literatura de Mario Benedetti. De hecho, nuestro estadista ofrece en la presente reseña tantísimos argumentos que casi nos ha convencido a todos de que Primavera con una esquina rota es una novela no sólo meritoria sino de lectura recomendable. Y confiamos desde aquí que este cántico a la obra del uruguayo sirva para que la amiga de la madre de nuestro estadista le devuelva el ejemplar que prestó en su día y nunca recuperó.


Alejandro Luque

Quienes me conocieron a los 17 años pueden acreditar dos cosas: que lo de mis rizos en cascada no es una leyenda urbana, y que fui uno de los más fervorosos, por no decir "hartibles", divulgadores de la obra de Mario Benedetti que hayan conocido. Durante mucho tiempo me dediqué a reunir minuciosamente toda su bibliografía –poesía, relatos, novelas, teatro, crítica, periodismo–, vi cuarenta veces El lado oscuro del corazón, acudí a todos los cursos de verano en los que participaba e incluso llegué a ir a Alicante en autobús (cuando Mariluz todavía no había nacido) para asistir durante una semana a una serie de clases magistrales impartidas por él y no despegarme en todo ese tiempo de su vera. Sí, el uruguayo me parecía el no va más, la síntesis perfecta de sensibilidad, compromiso y exigencia literaria, hasta el punto de que llegué a imitarle en poemas en los que voseaba y usaba localismos montevideanos.

Con el tiempo, claro, estos criterios fueron modificándose significativamente. Empecé a detectar carencias, a acusar el abuso de edulcorante en muchos de sus textos, a cansarme del tono 'naïf' de sus poemas (incluyendo la conmoción ante el horroroso comienzo de aquel que decía “Cuando Ayrton Senna se inmoló en Imola...”) o del dogmatismo de sus opiniones, y a acercarme, como suele ser natural, a otros maestros. Defender a Benedetti dejó de ser 'cool', mientras que Borges u Octavio Paz -tan mal vistos entre el progrerío en el que me movía- sí empezaban a serlo. Seguí leyendo los nuevos libros que iba sacando hasta el final de su vida, pero ya con más sentido de la lealtad que verdadero interés.

A la hora de elegir una novela que me haga dar la cara –aun a riesgo de que el rubor me invada– he evitado la tentación de señalar La tregua, que sigue pareciéndome en algunos aspectos muy interesante, y me he decantado por la menos defendible Primavera con una esquina rota, la primera que leí, la primera que me cautivó, la que me pidió prestada una amiga de mi madre y no me devolvió jamás. La obra, como recordarán, se articula a través de capítulos narrados alternativamente por distintos personajes: Santiago, revolucionario apresado y sometido a todo tipo de abusos por los milicos; Graciela, su mujer; Don Rafael, su padre; Beatriz, su hija; Rolando, viejo conocido del matrimonio, que se convertirá en amante de Graciela mientras el esposo está preso; y el propio Mario Benedetti, que narra en primera persona su experiencia como exiliado.

Hay algo que ni siquiera los más corrosivos detractores de Benedetti pueden negarle: la posesión de un estilo propio e inconfundible. Lo malo es que ese tono se infiltra absolutamente por todas partes, de tal suerte que todos los personajes, la niña, el abuelo y cómo no el propio escritor, acaban hablando exactamente igual. Pecado mortal que sigue echando a perder tantas novelas, pues uno de los atributos esenciales de un buen personaje es que tenga su propia voz, armonizada con la voluntad de estilo del autor.

También puede echársele en cara a Benedetti cierta idealización de los personajes, pero eso me parece un reproche secundario. El uruguayo me parece una buena lectura para adolescentes (y para adultos necesitados de cierta base) porque en algún momento todos necesitamos saber quiénes son los buenos y quiénes los malos. Ya habrá tiempo para matizar esas diferencias, para tratar de comprender al adversario o las razones por las cuales algunos países toman inquietantes derroteros. Pero ahí se trataba de contar, y de hacerlo alto y claro, que una serie de sangrientas dictaduras latinoamericanas persiguieron, encarcelaron, torturaron, saquearon y dispersaron en el exilio a sus opositores políticos, violaron a sus mujeres, vendieron a sus hijos, durante décadas. Todo eso no es, que yo sepa, objeto de discusión histórica, y Benedetti supo ver que la novela era el vehículo adecuado para plasmarlo, como los poemas lo fueron para enarbolar consignas en la calle, y los artículos periodísticos para polemizar políticamente.  

Hay dos motivos más para ensayar una defensa del autor de La muerte y otras sorpresas. Uno es su esfuerzo por hacerse inteligible para todos, por “socializar” la literatura más allá incluso de lo que lo hicieron García Márquez o Cortázar. Si a alguien le parece empresa sencilla, le invito a que pruebe en casa a escribir a la vez llano pero estiloso, y con un resultado tan ameno para la abuela como para el sobrino cani. El otro argumento se refiere a una poderosa impresión que me asaltó cuando viajé, hace ya unos años, a Montevideo: observando a los transeúntes en el Mercado del Puerto o en la Plaza Independencia, comprobé que no se parecían a los personajes de Onetti, ni a los de Felisberto Hernández, ni a los de Mario Levrero, sino a los grises, melancólicos y sentimentales burócratas que habitan las páginas de Mario Benedetti.

Tanto tiempo después, no tengo ánimos para recomendar novelas como ésta a quienes me piden consejo, pero tampoco las rubricaría con ningún 'vade retro'. Creo que a Benedetti, como a los primeros maestros, hay que leerlo para huir pronto de él. Y por qué no, volver después sobre sus páginas, y comprobar que algo de su talento, de sus valores y de su fe en la literatura siguen en pie, a pesar de todo.