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20 mayo 2013

Banquete suburbial


Disociados

El Ángel, Karmelo C. Iribarren, Roger Wolfe y David González                        
  
Ya lo dijo Casimiro Parker, 2013

ISBN: 978-84-9392-706-6

232 páginas

15 €

Selección y prólogo de Gsús Bonilla y José Ángel Barrueco



Daniel Ruiz García
  
El planteamiento es tan atractivo como ambicioso: reunir en un solo volumen ("antilogía" la llaman los editores) a cuatro autores que por distintos caminos han realizado una contribución extraordinaria al panorama del 'underground' poético patrio, erigiéndose en referentes dentro de la poética suburbana nacional.

El formato de Disociados repite una fórmula que Ya lo dijo Casimiro Parker probó en 2010 con Contrapoesía: cuatro autores se unen y reúnen para presentar una parte significativa de su obra, combinando piezas ya editadas con otras de carácter inédito. Una suerte de pelea a ocho manos, con un espacio para cada uno de ellos que está prologado de forma sucinta para entender mejor su obra.

Disociados es un libro muy bellamente editado, con una composición a base de tiralíneas blanquinegras que casan muy bien con el concepto minimalista y aparentemente prosaico de la literatura que contiene dentro. La forma está en este sentido muy bien trabada con el fondo, ya el estilo de los cuatro poetas es seco, punzante, expresivo, contundente y en líneas generales negro. Además de compartir todos estos elementos, demuestran un gusto casi atávico por el malditismo, con una postura frente al mundo que denota pura actitud 'punk' en su vertiente más desencantada. El envase es común, pero cuando se entra a degüello en los versos los estilos adquieren matices, reconstruyendo cuatro universos distintos que corresponden a cuatro voces muy señaladas.

La primera de las figuras en saltar al ring es El Ángel (1961-1994), símbolo del poeta maldito y también icono de los desechos de la movida madrileña, que comparece con foto de García Alix, invitándonos desde el recuerdo de una muerte joven a introducirnos en su obra, casi reducida a un único libro hoy considerado de culto, Los planos de la demolición. La obra de El Ángel es la obra de un yonki a la deriva entre la euforia de la heroína a la depresión más inconsolable y oscura, con una voz que titubea entre el mesianismo y la contundencia 'punk'.

Karmelo C. Iribarren (1959) es el segundo poeta invitado. Si hubiera que buscar en España a un poeta cercano a la poesía de Raymond Carver, ése sería sin duda Iribarren. Mujeres, whisky, humo de tabaco, decepción: son algunos de los motivos simbólicos sobre los que se construye la obra de este poeta del desencanto, cuyo fraseo y laconismo otorga a muchos de sus poemas la apariencia de miniaturas de gran potencia aforística (“La soledad es eso,/ahora lo sé:/lo que hay/antes y después de tu nombre”).

Roger Wolfe (1962) es probablemente, y sin desmerecer al resto, el peso pesado del poemario. No estoy diciendo algo que pueda ofender, teniendo en cuenta que hablamos de quien probablemente constituya la muestra más lograda y referencial de la poesía 'underground' nacional de las últimas décadas. Su voz, que muchos han querido identificar como una impostación de otras voces de la literatura 'underground' anglosajona, alcanza, vista en perspectiva, una densidad incontestable, con una personalidad poética fuera de toda duda y que se ha convertido en todo un modelo de referencia para muchas generaciones de poetas jóvenes. Los poemas que ya le leímos en libros imprescindibles del 'underground' poético patrio como Días perdidos en los transportes públicos o Hablando de pintura con un ciego mantienen en esta edición toda su vigencia. El Wolfe inédito que aquí se nos muestra conserva su mordida cínica y desengañada, y reconocemos la misma voz cansada, el mismo esplín, que recorre con su aliento amargo toda su obra.

Cierra el cuarteto David González (1964), sin duda una voz poética de gran singularidad, que aporta a la paleta general del libro los colores más intensos e inflamables. La literatura de David González es una literatura de rabia, construida con pedazos de cristal y que parece consagrada a hacer daño. Es una poesía memorial, engendrada desde la conciencia de la desventaja. Como el perro maltratado, tiene tendencia a morder, y entretanto nos regala ladridos que sin embargo nos devuelven extrañamente la esperanza por su intensidad musical.    
                                                                                                    
De esta singular reunión son especialmente culpables los "antílogos", José Ángel Barrueco y Gsús Bonilla, que han sabido armar un libro esencial para entender la poesía 'underground' nacional de las últimas décadas. A ellos hay que agradecerles su esfuerzo y su acierto a la hora de seleccionar los platos y a los invitados. No se me ocurren mejores comensales para un banquete suburbial. 

06 abril 2010

Que hagan otros el trabajo sucio

Afuera canta un mirlo

Roger Wolfe

Editorial Huacanamo

ISBN: 978-84-9374-325-3

Barcelona, 2009

64 páginas

8 €




Rafael Suárez Plácido

Parece que Karmelo C. Iribarren y Roger Wolfe llevan bibliografías paralelas. Comenzaron en editoriales pequeñas, como suele ocurrir. Estallaron en Renacimiento. ¿Quién iba a decir ahora que la sevillana editorial Renacimiento fue la cumbre del mejor Realismo Sucio hispano? Y tras breves estadías en diversos sitios, y editar ambos sus Poesías Completas, vuelven a coincidir en la editorial barcelonesa Huacanamo.

Y también paralela es la evolución que encuentro en sus poéticas. Tras un pasado guerrillero: “El trabajo sucio. / Alguien –como dice / mi amigo Iribarren- lo tiene que hacer.” Ellos sentían que tenían que escribir versos incómodos, que llamar a las cosas por su nombre. Ahora, pasados los cuarenta, sus poemas son más sosegados, más discretos, quizá más lúcidos. La edad, la madurez, nos aleja a veces de las trincheras y nos acerca más a la poesía que nos gusta leer. Sería interesante, si su peripecia vital se lo permitiera, conocer la evolución de la tercera pata de ese triunvirato que, a mi modo de ver, es Violeta C. Rangel.

Aunque el primer libro de Roger Wolfe (nacido en Inglaterra, en 1962, pero residente en España desde su más tierna infancia) fue, con sólo veinticuatro años, Diecisiete poemas, no fue hasta Días perdidos en los transportes públicos (1992) cuando descubrimos al Roger Wolfe que hace historia, trasladando al castellano los presupuestos del Realismo Sucio anglosajón. Línea en la que ha estado, haciendo el trabajo sucio, no sólo con su poesía, recogida en la imprescindible Noches de blanco papel (Huacanamo, 2008), sino y muy especialmente en las prosas que denomina de ensayo-ficción: Todos los monos del mundo (Renacimiento), Hay una guerra (Huerga & Fierro), Oigo girar los motores de la muerte y Que te follen, Nostradamus (ambos en DVD). No me ha interesado mucho, en cambio, su obra narrativa, en la que sé que tenía puestas muchas esperanzas. Ahí está para quien quiera recogerla. Ahora es el momento de hablar de Afuera canta un mirlo (Huacanamo, 2009), su último poemario.

Cuando uno lee su ensayo-ficción y sus relatos, piensa que de dónde saca este hombre el tiempo para leer. Pero lo cierto es que pocos autores han leído y asimilado tan bien no sólo a los obvios Reed, Bukowski (“el abuelo”), Carver o Selby… (nadie ha escrito tanto y tan bien sobre Selby), sino a Cernuda, Pavese, Eliot, Pessoa, Celine o Hammet. Ahora que surgen tantas voces nuevas que dicen recoger su testigo, habría que pedirles que no sólo lo leyeran a él o que, al menos, lo leyeran completo. Si se quiere contar algo interesante, hay que leer más y mejor.

Toda esta reflexión sobre lecturas e influencias viene al caso porque desde el primer poema, “El trabajo sucio”, con una cita significativa del citado Iribarren, nos sorprende con sus lecturas preferidas: “Leo a Parcerisas, a Joan Margarit. / Releo a Juan Luis Panero, / a Cesare Pavese y a Cernuda.” Dice que es la poesía que siempre le ha gustado. Y nos sorprende aun más y gratamente: “Descubro los poemas amorosos / de Abelardo Linares. Me deslumbro. / Son una maravilla.” ¿Quién lo iba a decir? Pero es cierto. Y también lo es que estas son sus lecturas y bien que se nota en este libro. A lo largo de cuarenta y dos poemas desiguales nos ofrece la radiografía de un hombre que entra, sin demasiadas garantías de querer hacerlo, en su madurez. Son poemas escritos a lo largo de ocho años en los que mira hacia atrás con cierta melancolía: “Tiempos felices. / ¿Por qué la felicidad siempre / está donde no está?” Aparecen las figuras de sus padres, a quienes ya dedica su primer libro, y de su abuelo. Y reconoce que algunos de sus versos no van a perdurar: “Este poema / que a duras penas / recordaré mañana.”

Leer, fumar “buen tabaco holandés”, tomar té o algún café, son algunas de las ocupaciones que reconoce. Ya no hay bares ni alcohol. “Siéntate y espera” es otro de sus mejores poemas. Pero de los primeros del libro, prefiero uno en el que apenas se le reconoce: “El eterno retorno del delirio”, con un dominio de la palabra y del encabalgamiento que nos hace pensar en de lo que sería capaz si se lo propusiera, o en su mejor libro, al menos el que yo prefiero: Mensajes en botellas rotas (Renacimiento, 1996). Ocurre en Madrid en los tiempos que preceden a la mal llamada “guerra de Irak”, que él llama con más acierto: “nuestra pax americana”. Pero siempre encontramos la extrañeza o el pesimismo que siente el poeta: “Todo está tan bien / que casi duele. Todo está en su sitio. Todo encaja, perfecto / y absoluto, en el manso esquema del eterno retorno del delirio.”

Los últimos diez poemas, a partir de “La tregua”, son de los que más me han gustado: poemas en los que “el mundo / está en suspenso”, y con él nosotros, “mientras huye en todos los relojes / cada instante irrepetible”. La Praga más gótica, Bécquer, Panero (Juan Luis, claro), Eliot, Kavafis o Cernuda pasean por la mente del poeta, que sufre la amenaza del papel en blanco. La amenaza, la espada de Damocles que se cierne sobre todos los poetas.

Roger Wolfe es un poeta que sólo tiene cuarenta y nueve años. Roger Wolfe todavía tiene muchas alegrías que darnos.