Mostrando entradas con la etiqueta Fundación Ecoem. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fundación Ecoem. Mostrar todas las entradas

10 noviembre 2009

Una bandada de pájaros

A merced de los pájaros

Jesús Cotta

Fundación Ecoem, 2009.

ISBN: 978-84-92411-83-2

56 págs.

8 euros




Rafael Roblas


Lo escribió hace muy poco el tratadista Javier Mije en esta misma página: quizá los libros nos gusten cuando provocan la ilusión de que hablan de nosotros mismos. Y alguna razón debía de tener el admirado colega cuando una bandada de pájaros procedente de un libro de poemas nos obliga a comenzar esta reseña por el tejado y no por los cimientos. Efectivamente, tanto el regusto que produce este A merced de los pájaros en el paladar como el buqué de su presentación son inmejorables, pero ¿cómo desentrañar los inefables caminos del verso sin que se avinagre el poema con los agrios rudimentos de la crítica literaria? Conviene ir paso a paso.

A merced de los pájaros es el primer libro de poemas de nuestro compañero Jesús Cotta. Publicado como quinto título de la colección Siltolá (Fundación Ecoem), el cuaderno –que así podría también denominarse por su brevedad- recoge treinta y siete composiciones muy apegadas formalmente a los cánones clásicos. De este modo, el verso endecasílabo se convierte en el eje rítmico de la obra, combinando indistintamente la rima con el verso blanco. Capítulo aparte merecen los poemas que utilizan el soneto como armazón, bien sea a la manera tradicional o a la innovadora variante del soneto blanco, tan nerudiano en su terminación. Sin embargo, no son las únicas propuestas de Cotta. Heptasílabos, pentasílabos, tiradas arromanzadas, rimas abrazadas sueltas… conforman una amalgama rítmica monocorde y, al mismo tiempo, diversa que dotan de unidad al poemario.

Pero si el clasicismo caracteriza el apartado formal del libro, ¿qué decir de los temas tratados? La perdurabilidad de la naturaleza ante la fugacidad de la huella humana, la belleza, la familia, la soledad, la muerte, el amor. Ninguna nota discordante, ningún guiño postmoderno, ninguna brizna de experimentalismo extrapoético. ¿No es acaso esto otra muestra más del equilibrio ortodoxo del poeta? Quizás por ello, y a la manera de los nuevos pastores de Virgilio, Cotta nos emplaza de nuevo al beatus ille de su corazón. Y allí, entre árboles y violetas, líquenes y hojarascas, sombras y estrellas veremos sucederse una tras otra las cuatro estaciones del año, presagiando al final la cenicienta luz del invierno, ese no ser al que algunos [lo] confunden con la muerte.

En A merced de los pájaros se encuentran versos tan brillantes que podrían ser calificados como definitivos a pesar del carácter primerizo de su autor: ¿No me dirás, descuido de la noche, / a qué sabrán tus labios de hojas verdes? O tal vez estos otros, de remotas reminiscencias lorquianas: Hoy se me han despertado tus delfines / y me han hecho montar en tus caballos, / aunque eres alta y honda y me das miedo. Sin embargo, donde demuestra admirablemente Cotta su oficio es en el remate de los poemas, revelándose como un excelente visionario que conduce al lector por el camino del verso, abandonándolo al final del sendero para que sea este el que halle en solitario la piedra filosofal que convierte la intuición en una onza sentimental de oro. Evidentes ejemplos de esto último son “La noche más oscura”, “Amor me sabe a poco” o “Estrellas en el barro”.

LA NOCHE MÁS OSCURA

Se ha cernido la noche más oscura
y ya no ves las torres que has alzado,
la ciudad que tu espalda aún defiende,
los muchos niños que llevaste en brazos.

Y te encuentras de pronto en un abismo
donde no llega el canto de los pájaros
y no ves en el cielo las estrellas
porque las tienes todas en la mano.

Tócalas, padre, para que se enciendan
y te curen por siempre del espanto.

De este modo, como en la sinuosidad dulce del río, el libro discurre por el cauce del lector (yo soy el río, adiós, yo soy el río) hasta un mar que se transmuta en el aire donde vuelan los pájaros y resplandecen las estrellas (¿Por qué un amor nacido entre las flores / me recordará tanto a las estrellas?). Algunas composiciones se quedan en la memoria, retenidas por meandros que impiden su trayectoria natural. Excelente es el soneto blanco inicial “Los árboles no pueden suicidarse”, donde la voz lírica rumia el fatal destino del hombre, ser consciente de su muerte, y lo contrapone a la naturaleza, símbolo de la belleza inconsciente (Las mariposas por ejemplo insisten / en volar sin saber que son hermosas); así como el vértigo de eternidad que transmite el poema “Visita a las secuoyas”, árboles ajenos a los límites humanos en tiempo y en espacio, aplastantes vencedores ante todo soberbio atisbo de progreso y de tecnología contemporáneos (¿Para qué ir a ver los rascacielos / temblones que además se resquebrajan / si hay secuoyas que llegan hasta el sol?); o, más adelante, “Estrellas en el agua”, sueño en el que el poeta alarga su brazo para atrapar la ilusión óptica de una estrella sobre las aguas del estanque nocturno, como lejana sombra de un nuevo Manrique becqueriano (¿Y quién no fue feliz en el engaño / de tener al alcance de los dedos / la más indiferente lejanía?).

Este es, en fin, el libro de Jesús Cotta, una sucesión de ilusionantes aciertos que sumergen al lector en una catarsis que se agradece en estos tiempos que corren, tan poco propicios para la lírica. Pero, sin embargo, y como ocurre en todo tanteo inicial, el libro dista de ser redondo y no sería justo pasar por alto una de sus aristas más evidentes: a pesar de los aspectos positivos reseñados, se advierte en la estructura del poemario cierta dispersión, achacable sin duda a la disparidad de obras seleccionadas y a su difuminado proyecto global. Quizás por esto se notan demasiado los saltos entre las composiciones, encadenadas en estilo y forma, pero discontinuas en temas y símbolos, asemejándose en algunas ocasiones a una concatenación de buenos poemas ocasionales, sin ninguna cohesión narrativa ni lírica entre sí.

Pero no nos engañemos, este quinto título de una cuidadísima –todo hay que decirlo- colección Siltolá de poesía es un buen libro de poemas. Con él su autor se ha señalado para que en un futuro su nombre no sólo sea tenido en cuenta como el del excelente ensayista que ya es, sino también como el de un poeta de los pies a la cabeza que puede dar mucho de sí. Por lo pronto, ya sus pájaros vuelan tan alto por el cielo lírico que buscan las estrellas lejanas, pero, a la vez, tan cercanos al suelo que por eso hablan en el libro de nosotros mismos. Quizás ese sea el secreto de la poesía. Quizás, por eso mismo, este A merced de los pájaros deja tan agradable sabor, como el del buen vino, en el paladar.

23 octubre 2009

Las muescas que deja la vida

Señales de vida

Juan Antonio González Romano

Fundación Ecoem, 2009

ISBN: 978-84-92411-82-5

80 páginas

8 €




Manolo Haro

Afirmaba el crítico literario Cyril Connolly que “los poetas viven bajo la compulsión de escribir poesía, pero nadie está obligado a leerla. Una conspiración une al autor del volumen breve con su lector: ambos se lo pueden permitir”. El azaroso laberinto de los libros que se publican en mi ciudad ha arrimado hasta mi mesa de lector estas Señales de vida de Juan Antonio González Romano, poeta conspirador de un volumen que guarda en su contenido, como ya se avisa desde la bella y sencilla cubierta ajedrezada que lo guarda, un juego de versos que mucho tiene que ver con ésta: peones puestos al servicio de una poesía a caballo entre el juego literario de los homenajes a torres veladas y torres manifiestas, memorias de amor y de damas, y, sobre este fondo, la constancia de que el paso por la realidad nos obliga al recuerdo teñido unas veces por el dolor, otras por el júbilo.
Bajo la advocación de Antonio Machado se abre el pórtico que da entrada a las cinco secciones que componen la obra: “De cadencias”, “Verano”, “Seguidillas”, “Seguidillas (casi) intrascendentes” y “Soleares”. De don Antonio toma el hálito de sabiduría que se esconde tras su heterónimo Juan de Mairena y de sus Campos de Castilla (la vida-camino recorrida con la conciencia de esa doble cara de la memoria: la de la felicidad y la del dolor).
Los ecos machadianos también vienen por la parte de Manuel, más en lo referente a la utilización de moldes de la tradición flamenca (coplas, seguidillas compuestas y soleares), que a su contenido, pues González Romano se aleja de los tópicos y los manidos modismos andaluces, ofreciendo un tornasolado y posmoderno divertimento donde se dan cita Catulo, Berceo, Lope, Don Juan Tenorio, Miguel Hernández, Guillén o Neruda (“No me gustas cuando callas./ Muy poco me importa a mí/ que a Neruda le gustara”). Resulta evidente que estos versos se mueven entre las certezas y mentiras del mundo y el amor, cañamazo en el que bordar historias de despecho, errores y recuerdos, al fin y al cabo, las muescas que deja la vida.

Pienso que más de un cantejondista de magín atrofiado debería de hojear esta obra seriamente, pues estamos ante un poeta que engarza a la perfección tradición y (post-) modernidad con un hilo de sencillez difícilmente alcanzable, ofreciendo vino nuevo en vetustos odres, que tal vez corran el riesgo de no continuar a la búsqueda necesaria de renovadas letras. A este respecto, el propio Manuel Machado decía que “el arte no es cosa de retórica ni aun de literatura, sino de personalidad”. Indudablemente Juan Antonio González Romano la tiene.

Por último me gustaría felicitar a la línea editorial Síltolá Poesía de la Fundación Ecoem por su delicadeza en el trato de esta colección. Bernard Berenson, uno de los últimos estetas norteamericanos, dijo que sólo merecía la pena leer poesía que estuviera bellamente impresa con amplios márgenes. Síltolá Poesía ha cumplido honrosamente con ese cometido, sirviendo en hermosa crátera los poemas de Señales de vida. Amigos, lean y canten.

29 julio 2009

Una nueva colección de poesía

Tiempo muerto
Elías Marchite

Fundación Ecoem, 2009
ISBN: 978-84-9241-17-4-0

50 pág.
7'69 euros

Jesús Cotta

La nueva colección de poesía Siltolá, de la fundación Ecoem, empieza fuerte con una edición delicada y cuidada y con los dos poetas galardonados en el primer premio de poesía convocado por la fundación Ecoem, Elías Marchite y Miguel Agudo, primer premio y accésit respectivamente. Es estupendo comprobar que a libros de elegante factura y de buen gusto les corresponden poetas de vigor y prestancia.
En efecto, Tiempo muerto de Elías Marchite fue premiado por un jurado compuesto ni más ni menos que por Luis Alberto de Cuenca, José Mateos, Abel Feu, Enrique García-Máiquez y Javier Sánchez Menéndez.
La convocatoria del premio tiene además el detalle de exigir sólo un mínimo de trescientos versos, y no quinientos o seiscientos como en algunos premios, que parecen creer que los poetas producen versos como churros. Un buen libro de poesía suele contener sólo lo mejor del arduo y bello trabajo de varios años de búsqueda y ésa es la impresión que uno tiene con Elías Marchite.
Se trata de un libro elegante, claro, de emoción profunda, sin alardes de metáforas ni de imágenes, de tema y enfoque variados: confesiones, angustias existenciales, declaraciones brillantes de amor, ramalazos de cariño a los amigos... Pero hay una voz común en todos ellos, una voz elegante, medida, sin estridencias, sin afectación, que llega directamente al corazón y la cabeza.
El primer poema del libro, Meditaciones, ya contiene ese estilo personal y esa voz clara que da unidad a todo el libro. En ese poema el poeta se pregunta de qué le sirve cuanto tiene si por dentro es un ciego en las tinieblas. En Eloy Sánchez Rosillo y en otros poetas encuentro también una confesión similar, la de un mal que anida en lo hondo del poeta, una tristeza honda, una duda insufrible que no se disipa con los bienes del mundo. Quizá ese mal, esa pena, esa saudade, sea lo que lleva a tantos poetas a escribir poesía como si así lograsen matar esos demonios.
Otro poema señero es Difícil, uno de los mejores cantos a la amistad que he leído en mi vida. No se lo pierdan ustedes, en especial, los fumadores que intentan en vano dejar de fumar.
Pero, en mi opinión, el mejor poema del libro es Canción para espantar el mal. Está armado de fuerza y de misterio y echo en falta en el libro poemas tan desmedidos y vigorosos como ése, donde al poeta le sale de pronto una voz más recia y menos medida que conecta con las pasiones más oscuras y los miedos más hondos del ser humano.
Por campos de cemento voy cantando
una canción que duele y es de piedra...
Un poema como ése justifica un premio, un libro y varios años de búsqueda entre las palabras.
Demos, pues, la bienvenida a esta nueva colección de poesía que apuesta fuerte por poetas buenos. Siempre he pensado que los mejores premios no premian al mejor representante de la generación tal o del grupo cual, sino al poeta que más perlas salvajes ha rescatado de los fondos donde los demás no osan aventurarse.
Los buscadores de perlas entienden más de perlas que de generaciones y grupos.