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08 mayo 2013

París bien vale una fiesta


Sobre París

Ernest Hemingway

Elba, 2012

ISBN: 978-84-939902-2-0

166 páginas

14 €

Prólogo y traducción de Clara Pastor



José María Moraga

Los Grandes también anduvieron en zapatillas, y es una corriente fácil de constatar la recuperación por parte de editoriales pequeñas de obras menores de autores mayores. Así, las mesas de librerías ofrecen hasta el último cuento de Proust, Melville, los rusos o -un favorito de esta arqueología literaria- F. Scott Fitzgerald. Todo esto está muy bien, y estas obritas, a menudo bien editadas y presentadas, no tan a menudo bien de precio, suponen una preciosa adición al catálogo de estos autores, pues ofrecen títulos difíciles de encontrar o directamente nunca antes aparecidos en España. Pero son obras menores, y aunque es de ley alabarlas en su justa medida, no suelen resistir la comparación con las obras “grandes” que hicieron famosos a los que las firmaron.

Tampoco lo pretenden. Es el caso de este Sobre París, título 'ad hoc' compuesto por la Editorial Elba a base de recopilar algunos de los artículos que Ernest Hemingway (1899-1961) escribió en la capital francesa entre 1922 y 1923, y que aparecieron publicados originalmente en el Toronto Star (en sus ediciones tanto diaria como dominical), periódico para el que el futuro Nobel de Illinois ejerció como corresponsal en Europa. ¿Qué ofrece este libro entonces? Algo desde luego no desdeñable: los primeros pasos de un Hemingway que todavía distaba mucho de ser el autor de éxito en que se convirtió, uno que redefinió la prosa en inglés del siglo XX: en 1923 Ernest Hemingway ni siquiera era aún un autor publicado.

El germen del estilo de Hemingway se halla presente en Sobre París (si bien confieso que nunca he leído los artículos originales en inglés), pulcro, seco, conciso; amigo de las frases breves que sin embargo encierran enormes cargas de profundidad humorísticas o que sugieren mucho más de lo que explicitan. Eso que los cursis dicen de que en la literatura de Hemingway lo que no se dice es más importante lo que se dice. Tan solo en la pieza “Visita de un veterano al antiguo frente”, en la que el Hemingway veterano condecorado de la Primera Guerra Mundial toma la palabra, se permite el periodista alguna veleidad descriptiva,  y tal vez también en “Un vuelo París-Estrasburgo”, crónica de un primitivo viaje en avión, medio que aún se encontraba en pañales en 1922. También encontramos en Sobre París el germen de algunos de los temas que hicieron universal a este escritor: la ya citada Primera Guerra, su obsesión por la vida nocturna (en especial la parisina), por el alcohol, por el precio de las cosas, su incipiente interés por el toreo y todo lo auténtico de la vida en general. Lo anterior resultará familiar al lector de Adiós a las armas (1929) o Fiesta (1929), por citar las dos novelas donde estos temas se hacen más patentes, que son además las que elevaron al autor al estrellato literario, dentro de aquella afamada Generación Perdida norteamericana que tantos lazos mantuvo con la Europa de entreguerras.

La cronología y la referencia al resto de la obra de Ernest Hemingway no es un adorno aquí: por ejemplo, en 1923 el escritor frecuentó al también norteamericano Ezra Pound, verdadero pope del Modernismo (entendido a la anglosajona), a fines de ese año apareció su primer libro Three Stories and Ten Poems y ya para el año 24 Hemingway era un fijo de la pomada parisina y se había hecho amigo de F. Scott Fitzgerald. Paralelamente, el último artículo de este volumen Sobre París, “Navidad en París”, está fechado el 22 de diciembre de 1923 y antes que una mera crónica constituye un sugerente y comedido relato más afín al famoso cuento de 1933 “Un lugar limpio y bien iluminado” que a otras piezas periodísticas aparecidas en esta recopilación, del tenor de “Clemenceau, políticamente muerto” o “Elecciones papales: entre bastidores”.

Por tanto, la lectura de los artículos de Hemingway para el Toronto Star puede arrojar una interesante luz sobre los inicios literarios del autor, además de constituir un deleite por sí mismos, es decir, la forma tiene mérito pero también lo tiene el contenido. Las piezas resultarán tanto más interesantes cuanto más interesado esté el lector en la geopolítica europea de entreguerras (todo aquello de Clemenceau, Poincaré, la Paz de Versalles, la ocupación de la cuenca del Rhur…). No obstante, aunque no seamos expertos en estas cuestiones, la prosa y el ojo del Hemingway reportero se posan en una suficiente diversidad de temas como para satisfacer a todos los paladares. Especialmente notables por lo divertidos son los artículos “Americanos bohemios en París” (que se abre con la frase “La escoria de Greenwich Village, Nueva York, ha sido espumada y depositada en grandes cantidades a la zona contigua al café de la Rotonde, en París”), “La música desenfrenada de las noches de París” y “La vida nocturna europea: una enfermedad” (en que se compara la vida nocturna de París, Berlín, Madrid y ¡Constantinopla!). Estos artículos cuentan, además, con el interés de ofrecer las opiniones y visiones tempranas de Hemingway acerca de una vida bohemia y noctámbula que volvería a hacer acto de presencia en su ficción (Fiesta) y en su no ficción (París era una fiesta, póstuma de 1964), placer que dejo valorar al lector pero que para mí ha resultado uno de los mayores alicientes de Sobre París.

Notorio es que, como recoge Clara Pastor en su conciso aunque informativo prólogo, “Hemingway se labró una reputación como fabulador, en el sentido de que exageraba tanto las experiencias vividas como su participación en los acontecimientos” (11). Estoy de acuerdo con la prologuista y traductora empero en que Sobre París no muestra esta tendencia de manera tan marcada, sino que más bien “las crónicas del joven Hemingway evidencian una voluntad de rigor y de precisión” (13), lo que a mi juicio no les impide dar cuenta de modo consciente e inconsciente de la infinita admiración que un Hemingway de veintidós años sentía por la cultura francesa y por París en particular. Todo un festín portátil, ¿no creen?

22 marzo 2013

Negro sobre blanco


Trapos sucios

Ishmael Reed

La Oficina, 2012. Colección "BAAM"

ISBN: 978-84-940078-2-8

304 páginas

19,50 €

Traducción de Javier Lucini



Fran G. Matute

Vamos a comenzar con una afirmación controvertida: en Estados Unidos no quedan intelectuales. O, al menos, los pocos que puedan seguir llamándose así no comulgan ya con la tradición histórica intelectual. Sí, ya sé que algunos estaréis pensando en Noam Chomsky o Hilary Putnam o incluso Francis Fukuyama. Grandes pensadores, sin duda. Figuras de relevancia mundial dentro de su campo académico. Pero, insistimos, no creo que la gran aportación intelectual de los Estados Unidos haya venido del mundo de las ideas abstractas sino, más bien, de una modalidad de lo anterior que atiende al nombre de “pragmatismo”. Y en esto, los ‘yankees’ nos ganan a todos por goleada. Eso hay que reconocerlo.

Ishmael Reed bien podría haber sido uno de los pocos intelectuales afroamericanos que existen hoy día. Pero tras leer estos Trapos sucios (1993) nos vamos a conformar con considerarlo -más allá de como a un excelente novelista postmoderno, que es lo que esencialmente es- como uno de los grandes pragmatistas de color. Porque la realidad es que sus reflexiones no son tan profundas como parecen ni sus conclusiones tan elevadas. Y sin embargo uno percibe que detrás de sus palabras hay horas de estudio y razonamiento por lo que no son opiniones vertidas, ni mucho menos, a la ligera. ¿De qué habla Reed en esta colección de ensayos? De todos los temas que le interesan: política, literatura, música, deporte… pero siempre desde una perspectiva monocorde: el racismo.

El título de este volumen produce una imagen tremendamente elocuente de lo que hace Reed en sus artículos de opinión: aquí se airean los “trapos sucios” de mucha gente. Sobre todo, aquello que las clases altas blancas norteamericanas no quieren escuchar y pretenden ocultar bajo esa conspiración mediática que, según Reed, existe en los Estados Unidos y cuyo único objetivo es mantener arrodillada a la raza negra: “(…) aunque las cadenas de televisión emiten todo el día imágenes de camellos negros de poca monta, rara vez retransmiten historias de blanqueo de dinero, presumiblemente porque los bancos son algunos de los principales accionistas de las cadenas” (página 220).

Al margen de la evidente manipulación mediática que puedan sufrir las minorías raciales, no ya en EE.UU. sino en todo el mundo, lo que más nos preocupa del discurso de Ishmael Reed es el excesivo hincapié que hace, para justificar las carencias de dichas minorías, en la existencia de una fuerza externa opresora que se dedica a pisarles el cuello cada vez que un avance social o cultural se consigue. De tal forma que la tesis de Reed tiende a reducirse, si la caricaturizáramos, a una reflexión del tipo: por cada cosa mala que hace un negro, hay diez blancos haciendo cosas peores; cuando un negro hace una cosa mala sale en las noticias, pero si la hace un blanco no se entera nadie; los negros fracasan porque los blancos no les dan recursos… y así sucesivamente. Me van a perdonar que ironice con todo lo anterior, pero me hubiese gustado saber lo que opina Ishmael Reed de la escena de la “Operación Escudo Humano: escóndanse detrás del moreno” que salía en la película South Park (Trey Parker, 1999), pues imagino que sería para él como presenciar un momento epifánico.

El punto más extremo de lo anterior es el artículo dedicado a Mike Tyson y esa defensa indirecta (y patética) que hace Reed del boxeador, cuando fue acusado por violación en 1992. Un delito que, en palabras de Reed, no es que parezca justificable (aunque venga a despacharse este hecho con un simple “si esto es así, entonces el boxeador necesita ayuda”) pero que queda reducido a una nueva manipulación mediática de los poderes fácticos, celosos de no tener ya esa “gran esperanza blanca” en el mundo del boxeo. No siempre es así de radical Reed en sus puntos de vista y también reparte entre los suyos, a muchos de los cuales no perdona que hayan alcanzado el éxito académico para terminar disfrazados de empollones de la Ivy League, olvidando por el camino del aprendizaje sus señas de identidad y mimetizándose con las modas del hombre blanco. 

En cualquier caso, nos llevamos la impresión de que es la extensión de muchos de estos artículos de opinión lo que no permite a Reed, en ocasiones, concretar o desarrollar sus conclusiones. Y esto es así porque no puede ser casualidad que los ensayos que más nos hayan llamado la atención dentro de este volumen sean, precisamente, los de mayor extensión, como “Poesía americana: ¿existe un centro?” o ese exquisito ejercicio de Nuevo Periodismo que es “El cuarto Ali”. También puede parecer casualidad -pero no lo creemos- que estos dos ensayos sean los más viejos de la colección, escritos a finales de los setenta (mientras que el resto es, en gran parte, de principios de la década de los noventa), lo que también nos puede indicar que las ganas de explayarse de Ishmael Reed se han ido diluyendo con el paso del tiempo.

Mucho más sosegado e interesante nos ha parecido el Reed culto que, siempre sin perder de vista la reivindicación racial, nos regala una serie de semblanzas de hombres y mujeres de su tiempo, del mundo de la cultura, el deporte o incluso de los negocios, personajes admirados por el autor. Figuras importantes como Chester Himes, Langston Hughes, Ambrose Bierce (este no es negro, como ya sabrán ustedes, pero ya se encarga Reed de recordarnos que su abuela tenía cierta mezcla) o los Panteras Negras, son algunos de los retratos que se incluyen en la segunda parte de estos Trapos sucios. Pero el más interesante de todos nos ha parecido, sin duda, el de Jess Mowry, escritor que desconocíamos por completo y cuya obra, defendida en boca de Reed, nos ha llamado poderosísimamente la atención. Y también hemos constatado, tristemente, que no hay traducciones al castellano disponibles de este autor por lo que aprovechamos la recensión para enviar un mensaje al traductor, nuestro premiado Javier Lucini, y lo conminamos a que le meta mano a la obra de Mowry a la mayor brevedad posible. Garantizamos desde aquí, al menos, un lector. Del mismo modo que  estamos en disposición de confirmar cómo la calidad del trabajo de este traductor está cada día ganando más enteros pues ya me dirán si no es impagable que, para contextualizar un ‘slang’, te remitan, vía nota a pié de página, a una escena de la película Aterriza como puedas (Jim Abrahams, 1980), en un juego postmoderno que, creemos, haría las delicias de alguien como Ishmael Reed (siempre y cuando no se rían de ningún afroamericano en esa escena, claro).

Tras la lectura de Trapos sucios, primera referencia ensayística de Ishmael Reed traducida al castellano, nos hemos podido acercar un poquito mejor a este autor de culto poco reconocido en España. Parte importante de su obra de ficción se publicó en su día en nuestro país a principios de los noventa, si bien no parece que hoy la recuerde casi nadie. Sirva por tanto este nuevo intento por dar vida a la figura literaria de un grande de verdad, una 'rara avis' que construyó su prosa poética del mismo modo que los músicos abrazaron el 'jazz' modal. Un espíritu libre con un punto de vista único, obsesivo y guerrillero. No es necesario estar de acuerdo con el viejo Reed. Pero sí es necesario saber que existe y que ya es hora de que rescatemos del olvido a un escritor que el día que un conocido me habló de él por primera vez me lo vendió como el "Pynchon negro". Ahora me río porque, tras leer Trapos sucios, tengo la total seguridad de que a Reed esa definición no le hubiera hecho ni puta gracia.

20 mayo 2010

Ponte en su lugar

Escribir en la oscuridad

David Grossman

Debate, 2010

ISBN. 9788483068786

144 pág.

16,90 euros

Traducción de Roser Lluch




Alejandro Luque

En términos históricos, hablamos de las luces para referirnos a un periodo –por lo general delimitado por el siglo XVIII francés e inglés– en el que la razón se impuso a la ignorancia y la superstición, al oscurantismo. El título de esta colección de conferencias y ensayos breves de David Grossman (Jerusalén, 1954), Escribir en la oscuridad, alude al ejercicio de la escritura en tiempo de guerra, que es el de la razón derrotada; concretamente, en la guerra no declarada que desde hace décadas mantiene su país, Israel, con los países de su entorno y consigo mismo.

Grossman muestra cómo, del mismo modo en que los conflictos que reflejan las noticias se desarrollan en un plano territorial –construcción de nuevos asentamientos aquí o allá, desplazamientos de tropas, incursiones en tal o cual ciudad–, hay un territorio interior en el ser humano que padece análogas convulsiones. El autor de La vida entera y Tú serás mi cuchillo lo ilustra a la perfección con el ratón de Kafka, que acechado por el gato y atrapado por la trampa lamentaba que el mundo se le hiciera cada día más estrecho. Ningún centrifugado encoge tanto los tejidos del alma como el del miedo. Y merced a ese miedo, cada individuo permite ser confiscado por su propio Estado y convertido en “zona militar cerrada”.
No obstante, Grossman prefiere mirar hacia fuera que ensimismarse en sus propios traumas; frente al individuo absorto en su ombligo, embelesado en su mitología, asume el reto de comprender al otro (¡ah, los infernales outres de Sartre!), lo que no necesariamente supone un sacrificio, sino incluso una liberación. Porque a veces los otros también están dentro de cada uno de nosotros, y negarlos da mucho trabajo: “¿Quién sabe el esfuerzo constante que hacemos para salvaguardar esos rígidos marcos internos, los cercos en los que está atrapada –a veces atada– nuestra alma multifacética y llena de artimañas?”, se pregunta con extraordinaria claridad.
El autor tiene una providencial herramienta para abordar este empeño: la escritura. Y, para seguir con Sartre, un único tema: la libertad. El caso es que es imposible ser libre bajo el peso asfixiante del miedo, acosado por la presencia permanente y ubicua del enemigo, de ese enemigo que acaba siendo todo el prójimo, todo aquello que pueda englobarse en la hospitalaria categoría de la otredad.
"Identificarme con el punto de vista ajeno", escribe Antonio Tabucchi en La oca al paso, "quizá sea ése mi modo de comprometerme". El secreto consiste, simple y llanamente, en ponerse en el lugar del otro. Para ello hay que intentar, de entrada, reconocer su existencia. Y aceptar que tenga creencias distintas, otro color de piel, otras tradiciones, una ideología que acaso no compartamos. Y apartar los obstáculos de la convivencia pacífica. Asignaturas chupadas que los israelíes no se cansan de suspender con las peores notas.
Lo grandioso del caso es que, al tiempo que Grossman se pone en el lugar de los inveterados enemigos de su pueblo, los palestinos, consigue –acaso sin pretenderlo– que nosotros como espectadores nos pongamos en su lugar. Que dejemos de ver al israelí de a pie como el sionista sin escrúpulos, para entender el drama atroz de su día a día, atrapado entre la permanente sensación de asedio y una identidad hipersensible, entre una memoria colectiva abrumadora y un futuro enfermo de provisionalidad.

Avergonzado con las arbitrariedades de su país, decepcionado por el hecho de que los judíos, “que siempre hemos sido recelosos y cautelosos con el poder, en cuanto lo hemos ostentado se nos ha subido a la cabeza”, Grossman le habla a los suyos con una contundencia tan inusual como admirable. Pacientemente, desmonta una a una todas las coartadas de este pueblo al que durante casi dos mil años “se le ha denegado su humanidad mediante toda clase de medios sofisticados, desde la demonización a la idealización, que son las dos caras de la deshumanización”.

Resulta muy difícil no emocionarse ante las palabras lúcidas y valientes de Grossman, y más aún entender que el Gobierno de su país se permita el lujo de desoír a intelectuales de esa talla. Pero este libro no sólo habla de y para Israel. Ni siquiera se dirige únicamente a ambos lados de la frontera. Se trata de un manual válido para todos aquellos rincones donde el sentido común haya sufrido un apagón, donde la incapacidad para ponerse en el lugar del vecino imponga la oscuridad por decreto. Y nos devuelve la fe en que, incluso en medio de las tinieblas más compactas, haya siempre alguien dispuesto a hacer saltar una chispa que alumbre y dé calor.

[Publicado en MediterráneoSur]

10 mayo 2010

Vida y pasión

Espectros, parpadeos y shazam!

José María Conget

Point de lunettes, 2010

ISBN: 978-84-96058-43-9

275 págs.

15 euros.




Rafael Suárez Plácido

Tengo amigos y conocidos que dicen que nunca leen los artículos de prensa. No les puedo reprochar demasiado. Casi siempre dicen lo mismo sobre los mismos temas. Además, sabiendo el nombre del periódico sabes si van a estar a favor o en contra de algo, porque casi siempre se escribe a favor o en contra de algo. Parece que nadie duda. Parece que nadie reconoce que en la mayoría de las ocasiones se trata de una cuestión de gustos. Hay quien dice también que la mejor prosa española está en estos artículos. Lo que pasa es que casi siempre lo dicen los propios articulistas y, claro, así es muy difícil llegar a algo. Pongamos el caso de los artículos culturales: reseñas o textos de fondo, o textos para catálogos. Cada uno es libre de buscar en ellos lo que quiera. Yo busco noticias de realidades que desconozco, que me abran puertas a un autor nuevo, que me ofrezcan un disco que hubiera pasado desapercibido, o que alguien realmente me convenza de que tengo que ir a ver esa película o esa exposición.

Cuando supe que saldría una recopilación de artículos sobre literatura, cine y tebeos de José María Conget (Zaragoza, 1948) sentí una tremenda curiosidad. Conocía algunas de sus opiniones sobre estos temas y quería saber qué habría de esas opiniones en este libro. La editorial Point de lunettes lleva varios años sacando libros en los que el diseño y el trabajo tipográfico es impecable. Recuerdo que asistí a la primera presentación de sus libros, hace unos años, en la librería Antonio Machado de Sevilla. Y, ciertamente, me alegra que sigan con el mismo empeño en editar bien buenos libros.

José María Conget es uno de esos escritores que hay que conocer. Sus novelas son de las más interesantes que se publican hace años en España. Gaudeamus (Hiperión, 1986) es un ajuste de cuentas con la rígida educación recibida en la España tardo-franquista en una ciudad de provincias, el libro que muchos otros hubieran deseado escribir para mostrar todo lo que vivieron. Recientemente ha reeditado Todas las mujeres (Paréntesis, 2009), otra de sus novelas mejores, en la que el cine es un protagonista más de la acción. En 2002 sacó adelante un proyecto único, Viento de cine (Hiperíón), que realmente son dos libros: la antología de poesía castellana y cine del siglo XX, y las notas correspondientes, que uno no deja de leer desde entonces, (aunque eche en falta alguna nota sobre Jean Seberg). Otro libro que hay que mencionar para elaborar esta reseña es El Olor de Los Tebeos (Pre-textos, 2004). En su prólogo nos dice algo que hay que tener muy en cuenta: “¿por qué y para qué escribimos?” Tras hacer un repaso a algunas de las respuestas más tópicas (yo me quedaría con “para que nos quieran”, de Genet), concluye que él escribe para mostrar “el agradecimiento a personas, libros, películas y músicas” (y tebeos). Los artículos de Espectros, parpadeos y shazam! (Point de lunettes, 2010) son una muestra más de ese agradecimiento. Pero pasemos a hablar del libro, que se divide en tres series:

En “Espectros” nos ofrece artículos sobre libros o escritores. No habla de los que considera mejores o más interesantes, sino de los autores que han tenido mayor relevancia en su biografía, como el teósofo Roso de Luna, al que cita en Gaudeamus, o las páginas llenas de cariño y admiración por Carmen de Zulueta, a la que todavía hay que descubrir. Sus referencias al grupo de Bloomsbury también son deliciosas, como las que dedica a Chaves Nogales o al semidesconocido Ramón Carnicer. En el lado opuesto encontramos referencias negativas a cierta poesía de Juan Ramón, o de Juan Goytisolo, a Umbral, Cela, algunos poetas del silencio (que no nombra) u otros que surgen en torno al Opus, o de ciertos años del Premio Cervantes o de los autores que aceptan premios amañados. No defrauda mis expectativas, al contrario. Me gusta saber que hay autores consecuentes con lo que piensan.

La serie “Parpadeos” habla de sus relaciones con el mundo del cine que, en Todas las mujeres, ya se vio que era algo muy parecido a sus relaciones con la vida. Me encanta el texto “Tiernos camaradas” donde escribe sobre el cine y la libertad, en el marco de la caza de brujas y con la excusa del libro inédito en castellano de Patrick McGiligan y Paul Buhle, de entrevistas a los supervivientes de aquel lamentable proceso. También de la libertad se habla en “Buñuel en el púlpito” o en “La nostalgia de los cachorros”, homenaje al grupo de exiliados en México que rodó En el balcón vacío (1960), con la participación de algunos de los personajes más interesantes del momento: Emilio Prados, María Luisa Elío (que escribió sobre esos años Tiempo), Jomí García Ascott (que la dirigió), García Riera, Tomás Segovia, Álvaro Mutis, García Márquez… En algunos de estos textos asoma el humor, irónico y fino, como cuando inicia un artículo: “Que la justicia norteamericana es inmisericorde lo demuestra la película La milla verde donde los condenados a muerte, además de aproximarse día a día a la silla eléctrica, tienen que padecer de guardián al llorón de Tom Hanks.” Pero el artículo que prefiero es el que dedica a la familia iraní Makhmalbaf (Moshem, Samira, Hana, Maysam y Marziyeh), que han ido cosechando éxitos, casi heroicos, en los principales festivales europeos, y que es también un homenaje a su propia familia, a su hija Rebeca Conget, que se dedica a la distribución de cine extranjero en Estados Unidos.

En la tercera parte, “Shazam!”, escribe sobre tebeos. Los artículos que dedica a los tebeos españoles nos evocan a los que pudimos conocerlos una época más hermosa, en la que nos perdíamos en las páginas de nuestras revistas favoritas. Algunos de mis amigos, yo también, pensamos que somos como somos por culpa de un tal Vázquez que llenó nuestras infancias con algunas de las historias más locas y absurdas. Conget habla también de los principales autores extranjeros: Hergé, Pratt, Schulz, o de las relaciones entre el tebeo y el Arte.

En realidad, Conget no nos habla de libros, ni de películas ni de tebeos. Nos habla de eso, sí, pero de mucho más que eso. Conget nos cuenta la vida de un niño que vivió entre los tebeos que le compraba su tía y las películas que veía en sesión doble o matinal; de un adolescente que sumó los libros (la poesía, las historias) a su vida; de un adulto que nunca ha renunciado a sus pasiones y las ha transmitido a quienes han querido escucharle, igual que ahora nos ofrece su vida, sus pasiones, a todos nosotros.

03 marzo 2010

Recuerdos de una vida entre papeles

Obra periodística I. 1960 – 1973. La construcción del columnista.

Manuel Vázquez Montalbán

Debate, 2010

ISBN: 9788483068557

522 páginas

26,90 €

Prólogo, selección y notas de Francesc Salgado.


Rafael Suárez Plácido

si acaso
en las cálidas tardes con principiante trompeta
como fondo melódico
tu mano de profesora culta
dividió mi mundo proletario
saber o no saber

Estos versos del poema “In memoriam”, que un jovencísimo Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939) dedica “A una profesora de Historia” son la primera aproximación a las razones de su mundo que conozco: un mundo proletario que alguien, aceptemos la anécdota del poema como cierta, una profesora culta de Historia, divide en dos: saber o no saber. De ahí parte una biografía dedicada a saber más y también a luchar por lo que considera justo. De ahí y de unos padres del bando vencido que sufrieron todos los rigores de esa condición.

Efectivamente, escogió saber y escribir. Su obra es amplísima y abarca casi todos los géneros: novela, relato, ensayo, poesía, y el germen de todos ellos: el periodismo. La editorial Debate y Francesc Salgado entregan este volumen, primero de una serie, con un corpus representativo de su obra periodística. De los textos que aquí se presentan hay que destacar que ya existen varias ediciones de Crónica Sentimental de España (Lumen, 1971, la última en Debolsillo, 2003) y que en 2008 se hizo una edición, de Jack el Decorador, que recoge los artículos que publicó en las páginas de la revista Hogares Modernos, en 1969. Pero el resto de los textos no estaban disponibles hasta el momento. El libro se divide en cuatro partes:

La primera es “El debut en la prensa falangista (1960 – 1962)”, debut que ocurrió con veintiún años. Pero es que el segundo texto que tenemos (“Kennedy – Johnson por el Partido Demócrata”) nos da en pocas páginas una semblanza de un Kennedy (J. F.) que acaba de ser elegido candidato a la presidencia de los Estados Unidos por su partido. Nos ofrece las claves de su elección y posterior, y previsible, mandato, tanto en política interior como exterior, con una dignidad y un conocimiento que hoy día conozco en pocos periodistas. Y todo con tan sólo veintiún años.

Estos años escribió para dos órganos del movimiento (todos los periódicos lo eran entonces): El Español y Solidaridad Nacional. Como ya estaba afiliado en el PSUC, ya vinieron las primeras sospechas y problemas desde ambos lados.

Sus entrevistas a escritores o personajes de la cultura ya eran de lo mejor: Cela, Marsé (tras su primer libro), Lara (que luego iba a ser su editor, pero no se salva de su afilada ironía) y una jovencísima poetisa que destacaba entonces tras haber publicado dos libros: Natalia Figueroa.
La segunda parte es “Periodista y ex convicto (1963 – 1968)”. En 1963 sale de la cárcel por su participación en actos contra el régimen, y tiene más dificultades para publicar. Lo hace en Siglo 20, que codirige desde 1965, donde firma artículos de política internacional. O en la ya mencionada Hogares Modernos, donde prácticamente es redactor único y donde nace el seudónimo Jack el Decorador.

Quizá fue una época de transición, la menos interesante en su obra periodística. Pero no olvidemos que fue cuando publicó Informe sobre la información (1966) y sus primeros libros de poemas, que gestó en la cárcel.

El tercer período abarca el éxito con sus artículos en Triunfo: “La eclosión profesional (1969 – 1970)”. Y es curioso, porque ya en 1969 publicó un texto sobre el libro objeto que bien podría haberse escrito hoy. Esta tercera época está marcada por la “Crónica Sentimental de España”, uno de los mejores textos periodísticos que se han publicado en este país. Cinco capítulos en los que habla de España, desde un punto de vista muy personal y en los que, como ya había hecho en su poesía, iguala la tradición culta, con la de la más popular (como ya habían hecho Sontag y Eco, entre otros, pero aún no se había hecho en España). Es cierto que el neo-popularismo es algo semejante, pero hablamos de poesía. En España hay algún precedente, pero tendríamos que hablar, ni más ni menos, que de Rafael Cansinos. Borges y Cortázar ya lo hicieron en nuestra lengua, pero ni llegaron tan lejos, ni son españoles. La música popular, los anuncios, el cine, el fútbol… daban respuesta a los grandes interrogantes del español que veía cómo la situación no deseada se eternizaba, y no tenía demasiada pinta de ir a mejorar.

Un interesante artículo de esta época es “Jaime Gil de Biedma se jubila a sí mismo”, que publica a raíz de la noticia que da el poeta de su retirada de la poesía. Allí leemos:

“A la poesía sincera le ocurre lo que a la ideológica, sólo es buena si no parece sincera.” No sé qué pensarán de esto algunos amigos. Pero continúa: “De todas las trampas que comete Jaime Gil de Biedma en Poemas Póstumos, la más fresca es la de su falsa muerte: Yo me salvé escribiendo / después de la muerte de Jaime Gil de Biedma.”

La última parte en que se divide el libro es la más amplia, aunque recoge de textos de sólo tres años: “La eclosión del columnista (1971 – 1973)”. Y se abre con un texto en el que se niega la existencia de la “gauche divine”. La ironía es siempre en Vázquez Montalbán su ingrediente principal. Aquí también lo es. No abandona ni Hogares Modernos, ni Triunfo, donde publica una columna, “La capilla sixtina”, que firma como Sixto Cámara. Este sí es ya el columnista que voy a leer durante años, todos los lunes, en El País. El columnista que más me ha interesado siempre, junto a Haro Tecglen y unos pocos más. Pero recuerdo, cuando era pequeño, los ejemplares de Triunfo y Hermano Lobo (donde escribía Manuel Vázquez Montalbán) en la mesa de mi padre, y me pierdo entre ellos…

14 diciembre 2009

El fútbol, esa poesía muerta

A ras de “yerba”
Montero Glez
Debolsillo, 2009.
ISBN: 978-84-8450-264-7
192 páginas
8,95 €

Daniel Ruiz García

La relación entre la literatura y el balompié es antigua, aunque no es hasta hace un par de décadas cuando esta relación empieza a cobrar cuerpo más o menos teórico y académico, convirtiéndose en un maridaje serio avalado por numerosas antologías, artículos especializados y análisis en los suplementos literarios. Como toda disciplina, la literatura-que-habla-de-fútbol también tiene sus paradigmas, y el paradigma de la literatura balompédica apela a una época mítica habitada por jugadores con vocación de gladiadores con un punto bárbaro, balones fabricados a mano con cuero curtido y terrenos de juego que eran auténticos barrizales sobre los que se perpetraban verdaderas luchas encarnizadas. El aliento bélico está muy presente en ese pasado mítico, asperjado de grandes encuentros que se han elevado a la categoría de hazañas, gestas heroicas que han convertido a los futbolistas en soldados valerosos a los que es obligado guardar memoria. Frente a este tótem, hay que situar el reflejo degradado del fútbol actual, dominado por la mediocridad impuesta por los ritmos mercantiles y mercadotécnicos. La era de las Sociedades Anónimas del fútbol, donde nada, ni siquiera el Real Madrid, es ya lo que era.

De este paradigma parten todos los artículos que el escritor Montero Glez ha recopilado en su libro A ras de “yerba”. Apuntes futboleros. Se trata de una reunión de más de 50 artículos periodísticos que el autor de novelas como Cuando la noche obliga o Manteca Colorá ha publicado desde 2005 en ABC y, sobre todo, en la revista Mediapunta. Que Montero Glez es un escritor con una gran fuerza expresiva ya lo sabíamos, merced al tono que impregna todas sus novelas, una suerte de puchero altamente nutritivo y estimulante cocinado a base de Valle-Inclán, Paco Umbral, Céline o Hemingway, por nombrar sólo algunos de sus ingredientes reconocibles. Con sus artículos balompédicos descubro además que es un articulista de fuste, que sabe construir piezas con fuerte músculo, con gran vitalidad expresiva y donde juegan un papel fundamental, como en toda su obra, las metáforas chocantes y plásticas, siempre tendentes a lo deforme o lo excesivo. Un estilo que, desde luego, parece especialmente adecuado para hablar de una cosa tan peculiar como el fútbol, mucho más que una práctica deportiva, más bien un escaparate antropológico de dimensiones descomunales.

Leyendo todos los artículos, uno logra hacerse con una idea general sobre los gustos de Montero Glez en materia futbolística, y también en muchos otros ámbitos. Sabemos que es Raulista; que le costaría poco hacerse de la religión maradoniana; sabemos que para él hay tanta o mucha más poesía en el juego de Zidane que, por ejemplo, en un poema de Keats; sabemos que el fútbol que a él le ha tocado vivir no es, en todo caso, más que un reflejo desvaído del fútbol que se practicaba en otro tiempo, en aquella época mítica que ahora es un florido panteón. Pelé, Di Stéfano, Cruiff, Maradona, todos esos son los santos que hoy constituyen el paradigma de sus artículos balompédicos, y frente a los que toda comparación resulta al cabo odiosa. Cualquier tiempo pasado fue mejor, vienen a decir los artículos, la poesía del fútbol está muerta, pero en todo caso hay que seguir atentos. En cualquier momento puede volver la magia, alguien puede desenterrar la poesía.