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06 julio 2012

Brindis con Grand Champagne a la luna de los charcos

Manolo Haro
Durante años, jovencitas despiertas y vigilantes a los nuevos aires literarios me han aconsejado la lectura —siempre inmediata— de la obra de Amèlie Nothomb, escritora belga-nipona de gran, dicen algunas, solvencia literaria. De eso ya ha pasado mucho tiempo y otros títulos han venido a engrosar la biblioteca Nothomb en estos últimos lustros. Me sorprende ahora ocupando portadas de revistas de moda en las que aparece con sombreros de Yohji Yamamoto, vestidos de Viktor & Rolf y gabardina de Vivienne Westwood, supongo que gurús del diseño internacional. El negocio editorial y los magacines de moda han sabido aliarse para mostrarnos a una mujer a la que los tiempos le han facilitado su presencia en las cubiertas de estas publicaciones: su aire afectadamente gótico y sus raíces japonesas la convierten hoy día en una autora de indudable contemporaneidad para el farandulesco negocio editorial.
Con ese movimiento de placas tectónicas que supone encajar un nuevo autor en la "corteza" que cada uno considera canónica, intenté instalar en su momento a la citada escritora en ese territorio de cuencas, valles y mesetas del Parnaso. Leído lo leído (Metafísica de los tubos), contemplé indolentemente que es éste otro nombre para guardar en el habitáculo estanco del observatorio sísmico de las veleidades creativas, allí donde quedan alojados otros vapores de solfatara que perfuman las mesas de novedades.
La Metafísica de los tubos es una novela corta entre lo cutre-kafkiano y la bonhomía bienpensante dignas de Bariccos, Rivas, Tabucchis y otros pájaros babélicos. En resumen, la novela cuenta los avances vitales de una niña, hija de un diplomático belga en Japón, que toma conciencia de tubo desde sus más tempranos parpadeos. Esta situación acaba con la llegada de su abuela a la ciudad de Kobe para visitar y observar de cerca tan increíble fenómeno. Los padres quedan estupefactos al ver como "su tubo" sale de esa condición por el simple hecho de encontrarse con el placer, materializado en una tableta de chocolate blanco que le da a probar su abuela. A partir de ahí se narrarán su relación con dos asistentas japonesas que personifican el bien y el mal respectivamente; el intento de suicidio truncado; y el deseo de la protagonista de no separarse nunca de la cultura japonesa. Todo ello con el contrapunto de fondo de un repaso a las incursiones occidentales en el país durante la 2ª Guerra Mundial.
En fin, para ser sinceros, no se le negará a la obra algún fogonazo desvaído al final de un túnel de intuiciones líricas, aunque todo se queda bajo la forma de una filosofía (de ahí lo de "Metafísica") licuada sin apenas desarrollo, algo que agradará a lectores de fin de semana, a horteras (con su antigua acepción de dependiente de tienda) y a otras almas cándidas que bailan al compás de los suplementos culturales de signo progresista. Sinceramente, no llegué a sentir la ironía del surrealismo ni las audacias de lo simbólico, tal como dice la crítica especializada.
De la revista que citaba arriba extraje una serie de hábitos "nothombianos" que pueden dar ciertas claves para las nuevas generaciones de artistas literarios: escribir de 4 a 8 de la mañana, desatascar el magín con un litro de té, no tocar una tecla –todo a mano– y gastar los derechos de sus obras en –según ella– el acto ascético de beber Dom Pérignon de 1977, Laurent-Perrier Cuvée Grand Siècle o Cristal Roederer. Ojalá el consumo de estos Grand Champagne surtieran el mismo efecto sobre ella que el whisky en William Faulkner.  Stendhal, en una celebre frase dirigida a Merimée, decía: “Escribir no es apuntar; escribir es disparar”. Aquella tarde de lectura la desperdicié en el campo de tiro, mientras que el practicante sólo atinaba a mirar por encima del cañón, sin intuir apenas la diana al fondo del pasillo.

18 marzo 2010

Intercambio de identidad

Ordeno y mando

Amélie Nothomb

Anagrama, 2010

ISBN 978-84-339-7525-6

160 páginas

15 €

Traducción de Sergi Pàmies


Carolina León

Una escritora controvertida: convendrán conmigo en que lo es hasta el punto de que hay opiniones en contra de tal condición de escritora. Aquí no me voy a meter yo en tales berenjenales, porque escribir está claro que escribe -a razón de un libro por año- y negarlo sería ponerme a traducir a Wittgenstein.

Mientras tanto, la autora parece decidida a configurar, libro a libro, una especie de mapa de los deseos y las inquietudes contemporáneas: el gusto estético, las relaciones interpersonales, los límites de la crueldad o el paradigma de lo legal. Ésta no es probablemente la primera vez que Nothomb se interna en un ambicioso ítem, intensamente engastado en la narrativa contemporánea, como es el problema de la identidad -que es como hablar de la representación del espacio en la pintura renacentista o del abandono de la idea de hombre ilustrado en el temprano siglo XX.

Ordeno y mando baraja pocos elementos, en escasas páginas, y un juego interior inteligente, modesto, un sota-caballo-rey con confesión delictiva, esbozo de crónica negra, personaje insignificante y circunstancias extraordinarias, para hacer brotar la cuestión central: cómo es posible conquistar la "libertad" del individuo, incluso con respecto de sí mismo. Este personaje/narrador, Baptiste Bordave, es "adoctrinado", de manera aparentemente casual, sobre la manera de actuar en caso de muerte de un invitado en su casa. Al día siguiente, tal cosa sucede: una persona solicita usar su teléfono y, mientras está marcando, cae al suelo muerto, cual hechizado de cuento de hadas.

El hombre decide que es factible hacerse pasar por el difunto, intercambiar identidades. "¿Quién era yo?", se pregunta. Un ser anodino, sin sueños ni ambiciones, envuelto en la desmoralizante tarea diaria de subsistir. No teniendo mucho que decir sobre sí mismo, toma la ventaja inicial: el muerto -del que se llega a saber mucho más que del propio narrador- es un personaje de gran solvencia económica y turbia profesión (un agente secreto, se insinúa), que vive con una hermosa mujer en una "villa" de gente acomodada, cenando champán noche sí noche también.

Sin pena alguna, rompe los vínculos con su identidad y adopta las muy felices costumbres del escandinavo Sildur. Entran en juego, entonces, la aletoriedad, la ignorancia, las hipótesis y la ley de la gravedad -no del crimen, sino de poderes deconocidos- gravitando sobre él. Gran parte de la longitud de este libro está dedicada a elaborar y desmontar teorías sobre el hombre por el que trata de pasarse, y lo que puede hacer la imaginación acerca de esas circunstancias heredadas.

Así, lo anodino de su existencia se llena de azar, de misterio, de aventura. Con seriedad (pocas veces) e insistente aliento irónico, vodevilesco, circense, en el planteamiento y resolución de muchas situaciones, vemos al personaje echarle una buena cantidad de morro a lo que se ha planteado como objetivo y salvar los obstáculos hasta quedarse con el nombre, las cosas, y la chica del muerto. ¿Qué problema tiene, pues, este thriller? Que la resolución de todos los conflictos vienen encabalgados en mucho dinero en metálico y cuentas corrientes. Que, allí donde otro creador muy preocupado por temas semejantes como Michael Haneke no consigue salvar a los burgueses amenazados en su estilo de vida, Nothomb hace un enroque con su don-nadie y le otorga un cheque en blanco para comenzar de nuevo.

Me interesa resaltar el estilo de la narración: esa prosa seca, hosca, mínima, cargada de ironía hasta el punto de que el lector no consigue reconocerse en ningún personaje. El distanciamiento de un espectáculo circense, que todos sabemos trucado. No podemos dejar de plantearnos si nos está preguntando algo, o bien respondiendo por nosotros. ¿Aceptaríamos ese cheque para ser "algún otro" y dejar de tener miedo? Su personaje toma lo que está a su alcance, lo hace, lo logra. Pero la fábula se estropea por cuanto todo lo consigue merced al dinero y al poder que éste otorga. No tener más miedo tiene, como ya sabíamos antes del libro, un precio.