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21 marzo 2013

Porque no todo se arregla con tiritas


La lentitud como método

Carl Honoré

RBA, 2013

ISBN: 978-84-9006-532-7

336 páginas

18 €

Traducción de Julia Alquézar



Jesús Cotta

Hay dos maneras de resolver los problemas, porque hay básicamente dos tipos de problemas. La solución rápida para los problemas fáciles y la solución lenta para los problemas difíciles.

Me hago un corte en el dedo con un papel (una "papirodactilotomía": perdonad el palabro, pero es que tenía ganas de colocarlo en algún sitio) y me pongo una tirita y ya está. Ese es el primer caso.

Trabajo en una empresa que hace agua por todos sitios y cuyos empleados se acusan unos a otros, agobiados por un jefe cardíaco que va gritando por los pasillos. Ahí hay que aplicar la solución lenta. Ahí no sirven tiritas ni parches ni fórmulas mágicas, sino que hay que sentarse durante muchísimo tiempo, muchísimos días y dedicándole al  asunto muchas neuronas, implicar a mucha gente de mucho tipo, unir puntos que creíamos inconexos, atender a los pequeños detalles que marcan la diferencia entre el fiasco y el éxito, ver las cosas a largo plazo, echar mano del caudal de nuestra intuición, tener la humildad de pedir perdón y rectificar, mirar el asunto desde muchos puntos de vista, pedir consejo a diestro y siniestro, buscar la raíz del problema, averiguar cuál es realmente el objetivo que queremos alcanzar y determinar por tanto qué actos de hoy pueden encaminarnos a conseguir ese objetivo mañana.

Esa es la solución lenta, que no sigue una pauta ni un método concreto, sino que consiste en todo eso: tomarse en serio y con tiempo y con bemoles el asunto. Igual que sería absurdo ponerse a reflexionar largo y tendido acerca de la tirita que me voy a poner tras la papirodactilotomía, también es absurdo poner tiritas y parches a problemas gordos y complejos por si suena la flauta.

Y, sin embargo, eso es lo que en muchísimos casos hacemos y no solo en el ámbito privado (desavenencias amorosas, educación de los hijos, la lucha personal contra las adicciones...), sino también en el ámbito público, laboral y político: leyes encaminadas a contentar al electorado más que a resolver a fondo un problema de fondo, instituir comisiones para dar la sensación de que se está haciendo algo, impartir desde los ministerios recetas facilonas, consignas ideológicas o reglamentos apresurados para asuntos tan complejos como la educación de los adolescentes, la regulación del tráfico, la contaminación, la violencia callejera, etc.

¿Y por qué nos empeñamos en dar soluciones rápidas a problemas complejos? Carl Honoré lo explica muy bien en este estupendo libro. No solo hay razones biológicas que nos llevan a buscar satisfacción inmediata, sino que también hay razones culturales.

Una de ellas es que vivimos en una época apresurada. Este apresuramiento se debe, entre otras cosas, a la presión de la sociedad industrial, de los relojes y los horarios y la productividad y todas esas cosas estresantes que marcan nuestra vida. Yo mismo, para escribir esta reseña, he luchado contra el reloj, he leído por la calle ¡y sin pisar ni un solo coprolito canino!, he escrito a salto de mata en huecos de tiempo. 

Otra razón del apresuramiento es esa nueva moral extendida por la publicidad y por cierta posmodernidad e inoculada en nuestra manera de vivir: vivir deprisa y de modo disperso, quererlo todo ahora, no soportar la frustración, el dejarse llevar, el ser espontáneo, el “no te controles”, el “mejor pedir perdón que pedir permiso”, el “haz lo que te pida el cuerpo”... Leer oblicuamente la pantalla del ordenata, la afición por el haiku y el microcuento, por las pastillas milagrosas, el horror al silencio... son otros ejemplos de nuestra vida apresurada. Incluso cierta agencia nórdica de poner cuernos entre casados, de cuyo nombre no logro acordarme, nos instaba con sus lemas publicitarios a no desperdiciar la ocasión, porque la vida son dos días, hala, date prisa, pon el cuerno ya y todo eso. Qué estrés.

Así las cosas, no es raro que nos pasemos en nuestra vida privada bregando con un problema personal sin lograr salir de él y poniendo solo parches que solo agravan el problema, y que en la vida pública tengamos que soportar problemas que nos afectan a todos y que nadie sabe cómo resolver. Sin embargo, Carl Honoré piensa que nunca hemos estado en mejores condiciones para aplicar la solución lenta, porque vivimos en un mundo donde la información fluye fácil, inmediata, casi gratuita, mucha, variada y todo eso es ideal para la solución lenta, que necesita de mucha información, de muchos puntos de vista, de muchos ejemplos prácticos. Así que se pone manos a la obra y, tras el éxito mundial de Elogio de la lentitud, nos ofrece este magnífico libro para escribir el cual ha recorrido medio mundo, ha hablado con media humanidad y ha sometido su tesis a mil abogados del diablo hasta convencerse de que es válida, verdadera y buena.

Este libro vale la pena leerlo por varias razones:

a) Porque no es ni de autoayuda (gracias a Dios) ni lo contrario, sino un libro de pensamiento o, más bien, el libro de un pensador que ha hecho lo que hacen los buenos pensadores: reflexionar sobre un asunto todo lo que puede y lo mejor que puede no para ahorrarnos el trabajo de pensar, sino para que nosotros pensemos a partir de ahí y lleguemos más lejos que él.

b) Porque no es un libro triunfalista. Los ejemplos que nos pone para cantarnos la excelencia de la solución lenta no están idealizados ni maquillados, sino bien descritos y sin ocultar las sombras. Él sabe que la realidad es dialéctica: para que existan imponentes leones, estos tienen que comer gráciles gacelas y, por tanto, lo que se gana por un lado se pierde por otro, pero, aun así, hay que apostar. Qué le vamos a hacer. 

c) Porque tampoco es buenista. El buenismo es una plaga moderna y tontorrona que consiste en afirmar que somos todos muy buenos, que con un poquito de buena voluntad va a haber buen rollo, que tampoco es para tanto, etc. Al contrario, el libro deja claro que muchas veces los problemas no tienen solución, que la mejor solución es a veces resolverlo solo parcialmente o convivir con el problema lo mejor que se puede y que, aun cuando el problema se resuelva con la solución lenta a largo plazo, ese camino no está exento de peligros y de errores, porque el mundo es complejo y porque cada uno de nosotros, igual que por dentro es un buen tipo, es también un cabroncete que se puede dedicar a poner zancadillas o a destruir los castillos de arena del otro porque es muy díver. El mayor problema en realidad eres tú, o sea, yo, y este es un problema sin solución.. Abajo las utopías y viva el realismo.

d) Porque es todo un canto a lo mejor de la democracia, que es el sistema que mejor se adapta a lo imprevisible, compleja y rica que es la vida. Lo mejor de la democracia consiste en entregar el poder real a la gente, en dar importancia a su opinión y sus problemas, en darle la oportunidad y el poder para resolverlos por su cuenta, porque los hombres somos valiosos y merecemos, pues, no solo respeto y libertad, sino también poder. Demuestra con mil argumentos meridianos cómo los problemas se resuelven mejor si el poder trata a las personas como personas y no como a votantes o expedientes que solo pueden ser ayudadas si cumplen unos requisitos sacados de los prejuicios de unos funcionarios más o menos informados y bien intencionados.

e) Porque, en vez de ser el libro de un iluminado que nos da una fórmula mágica, es el libro de un moderado que encuentra algo útil y valioso en campos, ideas, tácticas de lo más variopintas. Así, por ejemplo, a la vez que explica lo eficiente que es contar con la opinión de la gente como ocurrió en el 'crowdsourcingislandés que reformó la democracia y asombró al mundo, recalca la necesidad que hay muchas veces de una coordinación dirigida desde arriba o gracias a un líder carismático que arrastre a la gente por el camino de la solución lenta a pesar de que los beneficios no sean inmediatos.

f) Porque los ejemplos que cita de soluciones lentas exitosas no se limitan al mundo anglosajón y europeo, como vemos en tantos libros, sino a todo el mundo: Singapur, Costa Rica, Bolivia, Corea, España, etc. Existe otro mundo donde las cosas se hacen bien a pesar de todo.

g) Porque nos ilustra el discurrir acertado de la solución lenta a largo plazo mediante ejemplos de los más  complejos y variados: los mediadores escolares, el reflotamiento de una empresa de alta tecnología, el protocolo de los aviadores de guerra, las normas de una cárcel de nuevo diseño, las relaciones de pareja, los pequeños propietarios del cultivo del café, los videojuegos en Corea, la donación de órganos, y un interesante etcétera.

h) Porque el autor es un tipo simpático que no se limita a analizar los problemas que tienen otros, sino que pone ejemplos sacados de su propia vida y no para dejarse precisamente en buen lugar. Uno se siente inclinado a atender al mensaje de quien es tan falible como uno.

i) Porque, sin ser un libro filosófico y teórico, subyace en él una filosofía amable, un optimismo antropológico que no olvida nuestras sombras, pero que canta el poder de nuestras luces para alumbrar nuestro camino, y porque recupera virtudes clásicas que hoy no son las reinas de la fiesta, pero que siempre han sido las estrellas de la noche oscura del alma: humildad, paciencia, fortaleza, justicia, un poco de austeridad, pero todas regadas con la alegría de estar vivo y de ser hombre.

j) Porque, a la hora de plantear posibles soluciones, no incurre en el error de tantos consistente en tratar al hombre como una razón con patas y no como lo que es en realidad: un batiburrillo de pensamientos, conscientes e inconscientes, de impulsos, emociones, sentimientos, en fin, una mezcla muy bonita de cabeza, pecho y de lo que hay más abajo.

k) Y porque no es un libro ideológico, sino lógico, apto para todos los públicos, independientemente de la mano con que vote.

Al leer este libro, yo pensaba que el autor me iba a invitar a vivir con el ritmo de las pirámides de Egipto, ¡a mí que soy un manojo de nervios! y he descubierto que me invita sencillamente a no apresurarme, pero sin renunciar al manojo, porque cada uno cuenta con un potencial y con ese ha de salir adelante.

Todos sabemos que hay problemas que requieren soluciones lentas, pero luego no nos aplicamos el cuento a nuestra vida, porque tenemos prisa y porque no nos gusta sentarnos a pensar largo y tendido sobre un problema que nos amarga la vida. La mejor manera, sin embargo, de no amargársela más o tanto es sentarse a pensar sobre él.

Yo, por ejemplo, me he dado cuenta de que solo aplico la solución lenta a mi faceta como escritor: hablo con la gente, leo muchos libros sobre el proyecto que quiero realizar, tomo muchas notas desordenadas y evolutivas sobre las ideas que se me ocurren para el proyecto, escribo y tacho. Pero solo la aplico a eso y no a otras cosas que son más importantes que la literatura.

Así que, para empezar, he empezado a aplicar la solución lenta a ciertos problemas privados que quienes me quieren conocen bien y a ciertos problemas laborales que mis colegas y yo sufrimos. Uno de los que se puede contar es mi adicción al tabaco. Me he dado cuenta de que mi verdadero objetivo no es dejar el tabaco, sino llevar a mis nietos a hombros sin que se me salga el corazón por la boca. Para ese objetivo, el tabaco es un inconveniente. A ese objetivo de mañana tengo que encaminar mis actos de hoy. Así que voy a empezar hoy mismo. No me pondré una fecha para dejar de fumar, porque ya he comprobado que eso es una solución rápida: mientras llega la fecha, me harto de fumar y, cuando llega la fecha, soy más adicto y fracaso y vuelvo a fumar más todavía hasta la siguiente fecha. Voy a cambiar el planteamiento. Tengo todo el tiempo del mundo.

Ya te contaré, Carl. Pero, por el momento, 'gratias tibi ago ex corde'.

07 enero 2013

Generosidad y talento


El progreso del amor

Alice Munro

RBA, 2012

ISBN: 978-84-9006-236-4

393 páginas

21 €

Traducción de Flora Casas



Sara Mesa

El día que le dieron el premio Príncipe de Asturias de las Letras a Leonard Cohen yo no me alegré. Había pasado por encima de Alice Munro, una de las candidaturas que llegó hasta la final. Probablemente a Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931) no le hacen falta este tipo de galardones, pero sigo pensando que no es lo suficientemente reconocida y valorada por los lectores, no al menos tanto como muchos de sus colegas hombres que, con igual o menor calidad literaria, obtienen bastante más repercusión con cada nuevo título. No soy la primera que lo dice, ni seré la última: Alice Munro está entre los mejores de la literatura contemporánea. Es una maestra del arte de la narración, domina a la perfección el aliento del relato largo (extensiones de 30-40 páginas en muchos casos), sus historias rezuman sabiduría, sensibilidad y una absoluta piedad y comprensión por cada una de sus criaturas. Es sencilla y elegante, y a la vez increíblemente profunda y ambigua. Es admirable, Alice Munro, y ninguna palabra puede suplir la formidable invitación que supone empezar cada uno de sus cuentos: simplemente leer el arranque, la manera de desenvolver poco a poco la historia, es la mejor manera de hacerse adictos, y adeptos, a sus libros.

He leído varios de sus volúmenes de relatos y es sorprendente comprobar la extraordinaria calidad de todos ellos. Funcionan como piezas compactas, coherentes, donde nada sobra ni falta. Esto lo explicaba muy bien nuestro compañero Coradino Vega aquí, y yo no voy a añadir más. Basta en este caso con confirmar que en El progreso del amor vuelven a encontrarse todas las virtudes mencionadas en aquella crítica, en once relatos impecables cuyo denominador común son las historias familiares -¡con todo lo que puede suponer la familia!- o de vecinos -¡con todo lo que pueden suponer los vecinos!-, los escenarios maravillosamente descritos de una Canadá rural de granjas, casas de retiro, pueblos y pequeñas ciudades, y esa lente de aumento que se coloca sobre la cotidianeidad para descubrir en ella toda su grandeza y complejidad.

Además de la finura y eficacia de su estilo, hay que destacar dos aspectos en la narrativa de Alice Munro que son realmente excelentes: la capacidad de penetrar en la psicología de los personajes y de describirlos con un solo trazo, un acto, una manera de mirar o una única frase (y en esto se revela como fiel seguidora de Chéjov) y el preciso manejo del ritmo de la narración, con continuos saltos temporales, alternancia de escenas y un inteligente uso de la elipsis. En el primer caso, la escritora se nos revela como una observadora inigualable de la naturaleza humana, con una agudeza que sorprende continuamente. Así, todas las relaciones que aparecen en sus cuentos resultan creíbles y cercanas: el hastío que siente un hombre por su amante y su obsesión por un nuevo amor en “Líquenes”, la desigual relación entre un hermano responsable y otro supuestamente alocado en “Monsieur les Deux Chapeaux”, la amistad entre dos adolescentes y su posterior ruptura en “Jesse y Meribeth”, la tentación de una infidelidad en “El vertedero blanco”, etc. Pero no hay que engañarse. No se trata de relaciones que por cotidianas resulten simples, aburridas o vulgares. Encontraremos en estos cuentos agresiones, engaños, traiciones, frustraciones, fingimientos, remordimientos, rencores, venganzas, pasiones, sueños, locuras... en fin, la vida en toda su dimensión, que como ha insistido en numerosas entrevistas la autora, se manifiesta con increíble riqueza en cada ser humano por corriente que parezca. A veces es un recuerdo o un hecho aislado lo que explica el desarrollo de toda la historia. Otras veces son revelaciones, verdaderas epifanías que producen giros inesperados. Siempre hay coherencia y verosimilitud, y sin embargo también hay riesgo. Alice Munro es una escritora valiente, que no elude temas complejos, sean los que sean, pero que los trata sin aspavientos, sin excesiva solemnidad ni trascendencia, como sin darse importancia.

En cuanto al segundo factor apuntado, el de la estructura de los relatos y su soberbio manejo del ritmo, sobresale de entre todas una pieza maestra, "Ataques", un relato de más de 30 páginas donde todo se narra en torno a una reveladora elipsis, a través de la sugerencia (comentarios de personajes, pequeñas acciones, saltos en el tiempo y secuencias alternas...). Hay que ser muy bueno para atreverse con esto sin que además resulte forzado o pretenciosamente experimental, pero es que Alice Munro es muy buena, y su naturalidad y prodigioso talento narrativo pueden con esto y con más.

El progreso del amor es un libro generoso, como todos los de Alice Munro -largo, denso, sin ningún relato que no merezca la pena o que ni siquiera merezca menos la pena-, tan bueno como cualquier otro para que aquellos que todavía no conozcan a esta escritora se inicien en su obra. No hay mucho más que pueda decirse al respecto en este espacio: alabar quizá su talante humilde y trabajador, su tenaz dedicación a la literatura a pesar de los impedimentos que pesaron sobre ella como “ama de casa que escribe en sus ratos libres”, su vitalidad e ingenio (en una entrevista reciente dijo: "...pensaba si Chéjov se habría enamorado de mí de haberme conocido. Creo que no, a los hombres no les gustan las mujeres como yo. Pero quién sabe, él finalmente se casó con la actriz Olga Knipper que arrastraba su propia fama, así que... Sí, es posible que yo le hubiera gustado"). Pero nada de esto alcanza, y es mucho, a la grandeza que desprende cualquiera de sus libros. Monumentales.

27 diciembre 2012

El sueño y los monstruos

Las tribus de Israel. La batalla interna por el Estado judío

Ana Carbajosa

RBA, 2011

ISBN: 978-84-9867-988-5

280 páginas

20 

Prólogo de Enric González


Ilya U. Topper 

Érase una vez un hombre que tenía un sueño. El hombre se llamaba Theodor Herzl, era ateo y su sueño era reunir a todos los judíos de Europa en un territorio propio, un Estado Judío. Agonizaba el siglo XIX y aquel sueño y aquel hombre parecían venir cargados de razón. Le daba un poco igual dónde, pero al final consensuaron que iba a ser en Palestina, porque a los religiosos les gustaba tanto soñar con celebrar el Año Nuevo que viene en Jerusalén.
 
Un siglo más tarde, la periodista Ana Carbajosa se dedica a analizar qué ha pasado con aquel Estado Judío. Una especie de foto fija, una instantánea de los resultados de un sueño. Y como ya advirtiera Goya, son monstruos.
 
Ana Carbajosa no habla del sueño, o muy de pasada. No hace un recorrido histórico ni presenta a Herzl: para eso hay otros libros (el mejor lo comentamos aquí hace poco, el viaje del gran Albert Londres en 1930 por los gélidos infiernos de los judíos). Ella habla de los monstruos. Los hace pasar revista, uno por uno. Y es para asustarse.
 
Ahí van: Los ultraortodoxos. Los mizrajíes y demás judíos de segunda. Los colonos. Los activistas de izquierda. Y los palestinos con pasaporte israelí, los llamados árabes israelíes.
 
Asustan todos. De los ultraortodoxos, los haredíes, aquellos “que tiemblan” ante Dios y esperan al mesías, pero mientras tanto se dedican a salvar su alma cortando el papel higiénico por entre dos líneas de perforaciones en sábado, ustedes igual ya saben algo, si me han hecho caso y se han comprado Orgullosas y asfixiadas, de Anna García, como les recomendé aquí. Pero la galería de horrores que se intuye como entre sombras en el libro de García, aquí va fotografiada bajo una luz inclemente, los focos del periodismo conciso. Sí, créanselo: también las patrullas de recato de los judíos ultraortodoxos lanzan ácido a la cara de las chicas que van guapas; esto no sólo ocurre en Afganistán.
 
Los colonos. El que esto firma sólo pasó (disfrazado) un mes con ellos, precisamente en el asentamiento cuya alcaldesa es la dirigente entrevistada aquí: Daniela Weiss. Y me quito la kipá ante la precisión con la que Carbajosa describe el mundo mental de estos tipos que se creen pioneros en el Lejano Oeste, claveteando palizadas contra los pieles rojas sin quitarse la metralleta que llevan en bandolera: un buen palestino es un palestino muerto. Están todos: los muy creyentes, los menos creyentes, los casi hippies –pero no menos colonos y no menos seguros de que Dios les asignó esta tierra mediante contrato escrito– y los que no tienen donde caerse muerto pero tampoco conciencia.
 
Los activistas, polo opuesto a los colonos, también asustan, no por lo que son –son gente como usted y yo, gente que reacciona como reaccionaría cualquier persona que no haya sido transformada en monstruo por cien años de sueño– sino por su número. Por su escasísimo número. Y por los ingentes esfuerzos que tienen que hacer para poder hablar de cosas como paz o derechos humanos, términos que, como no deja de repetir Uri Avnery, son hoy en Israel palabras sucias, esas que no se pronuncian entre gente decente.
 
Los mizrajíes, más que asustar, entristecen. Mizrajíes es el término que engloba a todos los judíos de los países llamados árabes, desde Marruecos a Iraq y Yemen, también a bereberes, kurdos, persas, turcos, caucásicos... (a veces los llamamos sefardíes, pero sefardí sólo es  la élite castellanoparlante de este grupo heterogéneo). Es decir, eran árabes, bereberes, kurdos y persas de fe judía a los que el sionismo –y las circunstancias políticas provocadas por el sionismo– arrancó de sus patrias y trasladó a la Tierra Prometida. Donde se encontraron con que sus correligionarios y patrones asquenazíes, es decir alemanes, rusos, rumanos, húngaros, polacos, checos, moldavos, los trataron como mano de obra barata y despreciada. Y como baluarte contra el despiadado enemigo árabe. Sólo que ese despiadado enemigo era igual que ellos: hablaba su idioma, escuchaba la misma música, comía platos similares, se reía igual. 
 
“Puentes imposibles” llama Ana Carbajosa este capítulo, y es un capítulo para llorar (si no, pónganse de fondo música sefardí, cantada por una argelina a la que hace un año expulsaron de la Orquesta Andalusí de Israel por ser mujer). Porque los árabes, bereberes, kurdos y persas podrían haber elegido hermanarse con aquellos que les eran semejantes, compañeros no sólo en su cultura sino también en la explotación laboral y el desprecio del patrón blanco. No lo hicieron. O no les dejaron. Para no ser confundido con el enemigo, del que nada les distinguía, los mizrajíes se convirtieron en los sionistas más fervorosos, los más decididos a odiar a los “árabes”, los más entregados a un integrismo religioso que distaba años luz de sus creencias, pero en el que fueron adoctrinados por teólogos lituanos, algo así como la secta talibán del judaísmo.
 
Esto fue en los años cincuenta y sesenta, pero no se ha superado. Acompañen a Ana Carbajosa en su paseo por un mercado israelí intentando hablar en árabe con aquellos que aún lo dominan. La destrucción consciente de las ancestrales culturas judías mizrajíes y su transformación en un bloque lituano-integrista quizás no sea más cruel que la opresión que el gobierno de Israel inflige cada día a los palestinos, pero es uno de los mayores monstruos que ha parido el sueño de Theodor Herzl.
 
Y están los palestinos con pasaporte o, como los llaman allí, árabes israelíes. Estos ciudadanos de tercera, un 20 por ciento de la población, relegados a un espacio en el que no molestan, porque ellos son el resto del enemigo al que no se pudo expulsar, pero que se ha conseguido neutralizar. Mas si estos no son monstruos, protestarán ustedes. Son simples ciudadanos a los que les ha tocado vivir en un país que no les reconoce como tales, y en el que tienen suficiente con intentar sobrevivir. Sí, pensaba yo. Pero Ana Carbajosa ha ido a hablar con ellos y, sobre todo, con ellas. Y resulta que al igual que en los territorios ocupados, se están entregando en masa a los jeques islamistas. Por los mismos motivos: porque ante la desesperación, uno acaba recurriendo a Dios. Y a la mezquita, al velo y la represión sexual y todas esas cosas. No son tan severos, tan despiadadamente fundamentalistas como los judíos haredíes, en la barriada de al lado. Aún no. Pero el monstruo está apenas levantando su cabeza, y el sueño de los herederos de Herzl lo sigue alimentando. Ya verán.
 
Si Goya volviera, leería Las tribus de Israel antes de ponerse a pintar.

19 octubre 2012

Apretando hasta hacer que salgan chispas



No llames a casa

Carlos Zanón

RBA, 2012. Colección "Serie Negra"

ISBN: 978-84-90006-147-3

296 páginas

18 €




Fran G. Matute

No nos parece muy descabellado decir que No llames a casa es una de las sorpresas editoriales del año y que Carlos Zanón es uno de los grandes descubrimientos aunque ya llevara su tiempo merodeando por el mundo de las letras. Novelista barcelonés, pero también poeta, y sobre todo escritor con alma rockera (suya es la única biografía en castellano sobre el gran Willy DeVille), Zanón parece interesado en recorrer los límites del género negro y creemos firmemente que está llamado a cosas importantes en el panorama literario de este país.

Con No llames a casa, Zanón ha conseguido hacer fácil lo difícil presentando una historia aparentemente sencilla pero con múltiples aristas. Un triángulo de amor-odio que convierte la extorsión en una forma de vida. Una víctima, nada inocente, que en su desesperación se retuerce como gato panza arriba, y hasta aquí nos permite el decoro seguir hablando de la trama. Pero podemos hablar de la forma todo lo que queráis porque Zanón se presenta como un escritor hábil como pocos para dotar de tridimensionalidad a sus personajes, crear ambientes sórdidos o incómodos e idear situaciones de tensión inusitada a lo largo del texto.

Por otro lado, y aunque el propio autor reniega de la etiqueta "negra" para hablar de esta su última novela, lo cierto es que No llames a casa entronca directamente con una tradición del género arraigada gracias al Pacto de sangre (1937) de James M. Cain, en la que la pulsión delictiva crece en los ciudadanos de a pie y no en organizaciones criminales. Pues, en el fondo, los personajes de la novela de Zanón -Raquel, Bruno y Cristian- no son más que pobres diablos desesperados que creen haber encontrado la solución a sus problemas intimidando a maridos infieles que son pillados 'in franganti' con sus amantes. Así que, por mucho que Zanón se empeñe en negar la mayor, Nunca llames a casa es una novela negra en todos los sentidos pero sobre todo por esa capacidad magnífica que tiene de exponer los deseos más bajos del ser humano.

Y luego está el elemento urbano. Esa Barcelona de cemento, callejones y garitos que ambientan esta historia de dobles morales y cero moralejas en las que el amor es capaz de nacer en los lugares más sórdidos posibles. Pues la sentida y tortuosa relación de Merche y Max -a nuestro juicio, lo mejor de la novela por el verismo y la fina psicología que Zanón es capaz de impregnar a esos pasajes- no podría ser contada en otro sitio que en esas impersonales y tristes habitaciones de alquiler diseñadas para garantizar el anonimato de esos encuentros 'more uxorio'.

Es por todo lo anterior que No llames a casa es un producto tan singular y original. Una novela llena de psicología, de relaciones humanas complejas descritas con bisturí de cirujano y en la que cualquier ciudadano puede convertirse en delincuente, ya sea por voluntad propia o forzado por las circunstancias. Una obra sobre relaciones rotas y venganzas de animales heridos.

Sé que a Zanón le hubiera gustado que la banda sonora de esta historia hubiera sido escrita por su admirado DeVille, pero a medida que engullíamos las páginas de No llames a casa no he parado de pensar en Graham Parker, otro coetáneo del Rey Pachuco y cuyo cancionero me ha acompañado mentalmente en la lectura. Me atrevo entonces a sugerir que en la próxima adaptación cinematográfica de esta novela, a cargo de Daniel Calparsoro, debería sonar en los títulos de crédito finales "You Can't Be Too Strong", ese aborto clandestino en forma de obra maestra pop, hermoso y doloroso, que define a la perfección lo que es esta obra: una sencilla pero inmensa novela negra a la que se aprieta hasta hacer que salgan chispas.

21 septiembre 2012

Sotanofsky y el ardor



Un jamón calibre 45

Carlos Salem

RBA, 2011. Colección “Serie Negra”

ISBN: 978-84-9006-110-7

304 páginas

18 €





José María Moraga
Que Carlos Salem es un autor polifacético y prolífico es algo sabido que no merecería mayor comentario en este blog. Pero la memoria es corta, y a lo mejor muchos lectores no recuerdan sus anteriores novelas, poemas, relatos e incluso obra de teatro de 2011, reseñada aquí. También es un escritor de talento, aunque su condición de prolífico pudiera amenazar con restarle credibilidad, baste recordar el refrán castellano “Quien mucho habla mucho yerra”, que me permito sacar a colación a cuenta de la fascinación del autor argentino afincado en España por las variedades de nuestra lengua de ambos lados del charco.
Un jamón calibre 45 es la última novela de Salem: novela negra, se publica en la Serie Negra de RBA, lo que le asegura el sambenito/marchamo (táchese lo que no proceda) del género policial. Alguien más cínico que yo se atrevería a decir que lo mejor de la novela es el título, al menos lo más ingenioso. Verdaderamente, este tipo de hallazgos lingüístico-conceptuales son muy del agrado de Carlos Salem, y los narradores de sus novelas usan a menudo de ellos, igual que de muletillas o estribillos que sirven para dar continuidad (Recordemos el excelente “Si hay miseria, que no se note”, ‘leitmotiv’ de Camino de ida, 2007, acaso heraldo de la actual crisis).
Nicolás Sotanofsky, protagonista narrador de Un jamón calibre 45, no es una excepción, se trata de una conciencia cínica, atormentada en sus condiciones de argentino emigrado a España (“falacia biografista”, 'anyone'?) y de bohemio de la vida. Se trata de un mujeriego con una brillante capacidad lingüística (no en vano es periodista, y novelista, y poeta…), capaz de describirte un polvo tórrido con divertida precisión a la vez que extrañamiento. El problema no es que se dedique a contar polvos en vez de a reflexionar sobre, digamos, el Sentido de la Vida, el problema es que en la novela nos cuenta muuuuchos polvos. Y no crea el lector, también hay filosofía en las páginas de Un jamón…, pero es de marca blanca, baratita, como el whisky que consume en cantidades industriales Sotanofsky, este detective a medio camino entre Philip Marlowe y “El Nota” Lebowsky.
La referencia al personaje de los Coen no es ociosa (¿he querido ver un guiño en el apellido?), Sotanofsky es un detective a su pesar, de esos que se ven envueltos en una trama que ni ellos mismos medio terminan de entender, un 'amateur' endurecido a base de palizas y encuentros fatales con mujeres o polis corruptos, que investiga como quien necesita sacar la cabeza de debajo del agua, para seguir viviendo. Los engaños se superponen, las identidades falsas dan lugar a otras caretas, y así se desarrolla la novela en una rueda de borracheras, revelaciones y escenas de sexo más cercanas a Sangre a borbotones (2002) -por lo ibérico, se entiende- que a El sueño eterno (1939) o El halcón maltés (1930), por citar a dos de los puntales del ‘noir’.
Para ser sinceros, a los dos tercios del libro ya me daba igual quién era el malo, cuál era el misterio o dónde estaba Noelia (enigmática y sugestiva chica cuya desaparición pone en marcha la trama). Lo realmente importante era disfrutar con la prosa de Salem, con las ocurrencias de Sotanofsky y con la galería de personajes secundarios, ayudantes o antagonistas del protagonista, que dotan a Un jamón calibre 45 de su mejor fuerza cómica, a base de protagonizar situaciones disparatadas, de comedia absurda. Empezando por el causante del título de la novela, un sicario sentimental apodado “Jamón” y de apellido Serrano. Otro secundario en que se deja ver el homenaje al ‘noir’ clásico es el detective-perdedor Felipe Mar López, cuyo nombre levantará una sonrisa en los lectores de Chandler, aunque el personaje más parecido a Philip Marlowe (por lo irónico, por lo borracho, por lo filosófo, por lo poeta) siga siendo Nicolás Sotanofsky, quien al empezar la novela se define a sí mismo como “jodido pero contento”.
Detecto en Salem una apuesta fuerte por presentar una reflexión sobre la argentinidad, el exilio y otros temas de hondo calado difícilmente casables con el lanzamiento de mierda de vaca, los polvos en la piscina y los gatos parlantes. O tal vez sí, esa chufla sea la única manera posible de acercarse a tan sesudas cuestiones en estos tiempos de cambalache, y de “Biblia junto al calefón”, pero yo -sintiéndolo mucho- no se lo compro. Salem lleva en España una burrada de años, pero por mucho que lo intente, tampoco me creo el lenguaje castizo de algunos de sus personajes. En cuanto a la Cuestión Argentina, supongo que será un tema candente, pero la verdad disfruté más con Camino de ida y aquellos pasajes sobre Carlos Gardel (bueno, aceptamos “Gardel” como argentino, ¿no?).
La yuxtaposición de tonos es una cualidad netamente postmoderna, pero en Un jamón calibre 45 en ocasiones la falta de transición entre lo cómico y lo serio, entre un polvo y una bofetada, entre una borrachera y un poema me resulta un poco desconcertante, mejor tomar la novela como un entretenimiento que como una obra seria, y si la recomiendo es en este sentido. Pensad en una película divertida, pensad en una lectura para pasar el rato, que también hacen falta. Pensad en coños. Pensad en dinero. Pensad en Madrid con acento porteño. Pensad en Carlos Salem. Mientras tanto, yo me quedaré pensando que me encanta Salem, pero que a lo mejor me gustaría ver en los anaqueles menos productos suyos, pero más depurados.

24 mayo 2012

La literatura enferma

Nosotros dos
Siberia blues

Néstor Sánchez

RBA, 2012

ISBN: 978-84-9006-157-2

267 páginas

22 €

Prólogo de J. Ernesto Ayala-Dip




Sara Mesa

A la búsqueda de un autor distinto, de esos que van quedando aparcados en las cunetas de la historia literaria, una se encuentra a veces con rarezas como estas dos novelas, Nosotros dos y Siberia blues, reeditadas ahora en un solo volumen por RBA con faja elogiosa de Enrique Vila-Matas.

Su autor, Néstor Sánchez (Buenos Aires, 1935-2003) es, muy probablemente, uno de los más olvidados de su país y generación, a pesar de la encendida defensa de Cortázar, de su aura de autor de culto y del éxito inicial que obtuvo con estas dos novelas, escritas en 1964 y 1967 respectivamente. Después vino la indiferencia, producto no solo de la dificultad de su obra (una propuesta narrativa radicalmente diferente a la fórmula del 'boom' hispanoamericano), sino también a causa de la propia trayectoria vital del escritor, que emprendió un exilio continuado por Europa y Estados Unidos, huyendo de lo que venimos a llamar “mundillo literario”, y que llegó incluso a subsistir mendigando en las calles de San Francisco y Nueva York. Se cuenta que algunos de sus primeros amigos argentinos quisieron homenajearlo pensando que estaba muerto. Pero no. Vivía. Lo único que pasaba, explicó luego, es que “se le acabó la épica”. En este afán de desaparecer Néstor Sánchez se nos revela también muy vilamatiano.

Nunca en mis libros inventé una historia”, dijo en una entrevista. “Todo ha sido en base a mi vida presente o pasada”. A impulsos de esta conciencia creadora, estas dos novelas, en gran parte autobiográficas, recogen el mundo de Sánchez, sus vivencias, su percepción de las cosas; también sus intereses: la música -el jazz, el tango-, el juego, la prostitución, la vida marginal del lumpen, porque lo no marginal, afirmaba, le parecía “de una pobreza sobrecogedora”. Roberto Arlt estuvo, cómo no, entre sus referentes literarios.

Bajo el paraguas de Cortázar, la prosa de Néstor Sánchez avanza varios pasos más allá en su alejamiento del realismo y de la novelística tradicional. Esta prosa, que no se puede considerar simplemente como narrativa, tiene en realidad una textura más propia de la poesía. No en vano sus novelas fueron calificadas de poemáticas por su capacidad evocadora, la ausencia de acción, el detenimiento en sensaciones y recuerdos, lo débil de la anécdota.

Su primera novela, Nosotros dos, funciona como un poema de amor y nostalgia, un largo monólogo emprendido por un personaje que recuerda una historia pasada y que se dirige a la mujer que amó -y que se quedó en un andén de tren, con el hijo en brazos- para contarle su pasado y explicar, o tratar de explicar, su presente. Pero las referencias se pierden, los planos se mezclan, poco se saca en claro. El mismo narrador lo reconoce: “Clara, la literatura enferma, nos cerca tanto papel y la idea de la muerte…”.

Situada en un ambiente prostibulario, marcada por la atmósfera del alcohol y del baile -el propio Sánchez fue bailador de tango profesional-, y con personajes tan extravagantes como el chulo Santana, el dramaturgo filósofo Eliseo o la Polaca, la novela resulta compleja, en ocasiones inabarcable. Hay tramas que tardan en cerrarse, sugerencias esquivas, agramaticalidades propias del fluir de conciencia. No es, por tanto, una lectura fácil ni que pueda ser interrumpida y retomada arbitrariamente: el fraseo, extremadamente musical, tiene una cadencia que no debe perderse. La organización textual (capítulos breves) parece pensada para marcar el modo de lectura (o de relectura). Según ha contado recientemente Vila-Matas, esta novela fue el detonante de su propia escritura: “Leí la novela ‘Nosotros dos’, de Néstor Sánchez, a finales de los setenta en una edición de Seix Barral que me animó a tratar de escribir mi primer relato. ¿Será de verdad que en el fondo la mejor literatura es aquella que mueve a crear? Sea como fuere, ‘Nosotros dos’ fue un libro decisivo para mí…”.

Siberia blues profundiza por esta senda, aunque esta vez son las improvisaciones del jazz las que prestan la condición errática a la prosa, que quizá se complica aún más con escenas congeladas, superpuestas, imágenes sin apoyo referencial. En este caso el narrador, en un recuerdo de su propia educación sentimental, describe el ambiente marginal del barrio de Villa Urquiza en los años 40, la Siberia de sus protagonistas, que acabará convertido en un aburguesado barrio obrero. La novela ofrece un 'collage' de materiales, y también cuatro finales posibles, a cada cual más escurridizo. No hay costumbrismo, sino plena vanguardia, y una experimentación radical con el lenguaje. Valga como ejemplo este fragmento, mezcla de planos temporales, que va a ilustrar bastante bien de qué tipo de prosa estamos hablando:

“¿De qué sirve entonces que por mi parte nunca salté ese alambre ni probé una papa del puchero de cola?: cierta lentitud marica en un puerto donde por otros motivos le cambiarán la voz con el vino, se le subirá el alcohol a la cabeza. Hacia la mitad de cada tarde terminarán boca arriba la fruta que el chico tiró desde esos árboles para enseguida dedicarse a la olla, un ligero ruido a chupadas que Ventura no escucha, a carozo postre todavía entre los dientes hasta que empezará otra vez la afonía raspante, nada sería igual al momento anterior, todo cambia…”.

La literatura enferma, dijo Néstor Sánchez, pero no como adjetivo, sino como verbo: “enferma, nos cerca tanto el papel…”. Posiblemente él mismo cayó enfermo de su propia propuesta literaria, de esa necesidad de nadar contracorriente e indagar en el lenguaje hasta el fondo, sin temer la incomprensión de los lectores ni de los colegas. Onetti no le perdonó el excesivo intelectualismo y lo consideró un mero epígono de Cortázar que no aportaba nada nuevo a lo ya dicho. Esa etiqueta lo persiguió durante años. No iría yo tan lejos, pero tampoco me convence el excesivo entusiasmo vilamatiano. Es cierto que la lectura de estas novelas compensa el esfuerzo empleado precisamente por su innegable rareza, ese estar fuera de lo acostumbrado, pero me deja también un poco fría. Pesa demasiado, en mi opinión, el tono trascendente, en ocasiones egocéntrico. La sensación final es de haber leído algo peculiar, insólito. Muy peculiar, sin duda. Pero es eso lo único que prevalece cuando pasan los días. Que no es poco, está claro, pero tampoco, quizá, es suficiente.

01 septiembre 2010

Lecturas de verano

Testigo de cargo

Agatha Christie

(Trad. C. Peraire del Molino)

RBA Bolsillo, 2010

ISBN: 9788498676761

176 páginas

8 €


Joaquín Blanes

Está en la naturaleza humana el pecado capital de la Pereza y nada hay de vergonzoso en ello, menos aún si el verano es excusa para practicarla. Especialmente extendido durante este periodo, la Pereza se crece con la canícula y la astenia, el calor asfixiante ralentiza los movimientos y el cerebelo se vuelve más denso, perdiendo tensión y ritmo. En esos casos, nada mejor que hacerse con una lectura liviana. Dejárse de voluminosas injundias metafísicas o farragosos Bestsellers y meterse de lleno en los clásicos más ligeros.

La profusa creatividad de Agatha Christie tiene, como toda materia dominada por la abundancia, momentos excelsos y momentos peripatéticos, pasajes de una lucidez abrumadora y párrafos de un ripio deleznable -por algo Agatha Christie dedicó parte de su trabajo a la novela rosa bajo el pseudónimo de Mary Westmacott-; pero su vida estuvo dedicada a la intriga, a la confabulación, al complot, al contubernio e incluso obró con el ejemplo. Existe un episodio enigmático en su vida, en 1926, en el que la escritora desapareció durante once días dejando una simple nota a su secretaria diciéndole que se iba a Yorkshire. Los motivos de su desaparición nunca fueron esclarecidos, algunos biliógrafos sostienen que se marchó después de una crisis nerviosa cuando su marido confesó tener una amante y le pidió el divorcio, otros creen que todo fue un montaje, una treta publicitaria de la escritora. En cualquier caso, la ironía de Agatha Christie consistió en hospedarse en un hotel cercano a Yorkshire bajo el nombre de Teresa Neele, cuando la amante de su marido se llamaba Nancy Neele, lo que nos permite discernir el carácter sátiro y libresco de la escritora británica. El episodio de suspense y misterio existió, la prensa se hizo eco y los fanáticos seguidores de la escritora se estremecieron ante la posibilidad de una ausencia definitiva.

En relación a la producción de novelas de misterio, todo el mundo conoce, al menos de oídas, alguna de las historias de Agatha Christie: Diez negritos, Asesinato en el Orient Express o Un cadáver en la biblioteca (probablemente este libro fuera el origen de ese juego de mesa tan conocido); o bien, inevitablemente ligados a las series televisivas, todo el mundo debería conocer personajes como Hercule Poirot y Miss Marple. El género por excelencia de Christie fue el Whodunit (Who['s] done it? - ¿Quién lo hizo?), que aquí, menos originales en nuestra designación de géneros denominamos novela policiaca o novela negra. En este estilo sería harto complicado no repetirse en los modos de acabar con una víctima, los asesinos de ficción tienen una imaginación limitada y en muchas ocasiones un leitmotif que provoca reiteración, no hay que olvidar que Agatha Christie trabajó en el dispensario de un hospital durante la Primera Guerra Mundial y eso la acercó a conocer el prodigioso mundo de los venenos y a terminar con la vida de muchos de sus personajes con este silencioso método.

Entre su magna producción existe un libro de relatos indispensable para entender el ingenio de la escritora y fundamental para introducirse en el universo intrigante de su creación. Testigo de cargo, que primero fue un relato breve, después una obra de teatro y, finalmente, una magnífica película dirigida por Billy Wilder en 1957; presenta nueve relatos en los que, de alguna manera, puede intuirse la escritura de otros talentos con malaleche como Roald Dahl y sus Relatos extraordinarios.

El relato que da nombre al libro genera en el lector la desazón incómoda la cuál no puedo desvelar, naturalemente, sin fastidiar las vueltas de tuerca que contiene el relato. "La señal roja" es un intrincado e interesante relato conspiratorio muy apetecible de adaptar al cine o a la televisión. "El cuarto hombre" retoma los encuentros fortuitos en un tren de varios conocidos que hablan sobre teología y un cuarto individuo, totalmente desconocido que les narrará la extraterrenal historia de Felicie Bault. "La radio" es uno de los mejores relatos del libro e irradia una malevolencia y una mordacidad infrecuente en la racionalidad de Agatha Christie; recuerda mucho la perversidad de algunos relatos de Dahl, y en el mismo estilo continúa "El misterio del jarrón azul", al que se añade la misoginia inofensiva de Patricia Highsmith, que pasa a ser ofensiva y truculenta en el siguiente relato, "Villa Ruiseñor", título sarcástico, sin duda, que continúa en esa línea en "Accidente", con un excelente final.

"El segundo gong" cierra el libro y presenta un caso típico del inspector Hercule Poirot, quizás sea el relato más desabrido e insustancial, porque retoma la línea tradicional basada en explicar, punto por punto, los motivos del asesino y el procedimiento que ha seguido para acabar con una o varias de las víctimas. Prescindiendo de este relato, el libro es un magnífico entretenimiento estival o, si se prefiere, un fantástico relajante muscular antes de regresar al tajo y poner en tensión el cuerpo, la mente y el extracto bancario, como hacemos cada principio de septiembre.

22 marzo 2010

El magnetismo de la violencia

El cobrador

Rubem Fonseca

RBA, 2009

ISBN 978-84-986-7604-4

176 páginas

16 €

Traducción: Basilio Losada

Joaquín Blanes



Ernesto Sábato, ese optimista bien informado, comenzaba uno de sus libros más alegres del siguiente modo: “Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Éste es uno de esos días”. La resistencia, publicado en 2000, abría sus páginas de un modo esperanzador, exhortaba al lector para que resistiera ante la amenaza fantasma del lado oscuro, la misantropía recalcitrante, la displicencia social, el aislamiento, la pérdida de la comunión esencial entre personas, la que se da en los cafés, en los bares a altas horas de la madrugada, cuando el ardor despiadado de la música a todo volumen ha dejado paso al silencio y el camarero advierte: “estamos cerrando”; la misma que se da en las barbacoas domingueras. Sábato hablaba de una resistencia humana a través de la comunicación; por su parte, Rubem Fonseca (1925) habla de todo lo contrario, habla de la resistencia activa, la del cobro de una deuda antigua, porque el determinismo social es tan despiadado que permite el hacinamiento en el extrarradio de las ciudades, en esas chabolas, chamizos o favelas de cartón piedra, de chapa y plástico, de mampostería rudimentaria, que son las primeras en deshacerse, como en el cuento de los tres cerditos, al primer golpe de viento, con las primeras lluvias torrenciales.

Fonseca pone voz a la violencia de los desheredados y crea ese personaje explosivo, fulminante y brutal que es El cobrador. Un ser desahuciado que decide cobrarse lo que una sociedad del bienestar le debe en realidad: “Me deben escuela, novia, tocadiscos, respeto, bocadillo de mortadela en la tasca de la calle Vieira Fazenda, helado, balón de fútbol." Lleno de violencia, el relato que da título al libro es uno de los más desgarradores que se puede encontrar en la narrativa breve. Que tenga cuidado el lector porque Fonseca tira a matar y sus relatos, a la vez que inquietantes, resultan dolorosos.

En este relato Rubem Fonseca consigue acercarnos a lo sublime, entendido como belleza extrema la experiencia dolorosa imposible de asimilar que, probablemente, el griego Longino diera en el siglo III a. C. en su tratado “Sobre lo sublime” y que, tiempo después, Kant describiría en su Crítica del juicio.

Para adentrarse en la obra del autor brasileño este volumen es un magnífico comienzo, porque en este libro de relatos confluyen las constantes del escritor: la violencia, el sexo explícito (que en ocasiones recuerda las sucias descripciones eróticas de Henry Miller), la novela negra y las descripciones meticulosas de los elementos del crímen. Fonseca no es un autor poético, es más bien árido y desabrido, pero sus narraciones tienen unas semillas muy adictivas. Entrar con placer en la literatura del brasileño obligará al lector a perseguir sus libros con denodado ímpetu y encontrar sus libros es tarea de coleccionista, habría que consultarle a un entendido como el Mendel de Stefan Zweig, alguien que conociera al dedillo los lugares sagrados de los libros usados para encontrar alguno de los libros imprescindibles de Fonseca como El gran arte, su mejor obra. Bruguera, en su colección de Libro Amigo, se atrevió a publicar El cobrador en 1985 con una traducción de Basilio Losada, pero pronto quedó relegado a la pecera de los libros de saldo. Sólo desde hace unos pocos años, algunas editoriales se han atrevido a rescatarlo. El gran arte fue publicado en 2008 por las editoriales Txalaparta y Tajamar. Seix Barral publicó en 2003 Bufo & Spallanzani, una novela entretenida con un final sobrecogedor. Ahora RBA se envalentona y publica El cobrador.

En este libro encontramos el origen de Mandrake, un claro homenaje al Philip Marlowe de Raymond Chandler, de hecho entre los cuentos encontramos un guiño a La dama del lago y a El largo adiós y unos diálogos tan lúcidos, lúdicos y efervescentes como los Peta Zetas. Mandrake es un abogado criminalista, seductor y arriesgado que resuelve casos de asesinatos de un modo poco ortodoxo, saliendo malparado de todas sus aventuras. No hay que olvidar que la profesión inicial de Fonseca fue la de inspector de policía en el Distrito 16 de Río de Janeiro.

“Pierrot de la caverna”, el primer cuento del libro, presenta a un pedófilo incurable que graba sus reflexiones en una grabadora. Sin duda una narración incómoda pero certera al mostrar la naturaleza inequívoca de algunos seres humanos, mal que le pese al bondadoso Rosseau; como Anísio, uno de los personajes de “El juego del muerto”, capaz de cualquier cosa por ganar una apuesta, aunque sea encargar la muerte de uno de sus compadres de tasca y pasatiempo.

En el libro de Rubem Fonseca hay cuentos con mayor o menor acierto, pero ninguno tiene desperdicio, en todos se puede encontrar una veta para el disfrute de la lectura y la reflexión y aunque sea únicamente por leer el cuento que da título al libro, habrá merecido la pena.