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20 diciembre 2010

Ser o no ser

Los poetas que no fueron

Jean Murdock y José María Casanovas

Thule Ediciones, 2010

ISBN: 974-84-92595-67-9

13,20 euros

70 páginas



Juan Carlos Sierra

Muchos nos hemos preguntado en algún momento qué habría escrito, por ejemplo, Federico García Lorca si no hubiese sido asesinado en lo más alto de su madurez creativa. Siempre nos quedará la duda de si habría progresado exponencialmente o si habría acabado repitiéndose como tantos poetas que no han sabido dejar de escribir a tiempo. También nos ha rondado alguna vez por la cabeza qué poemas habría escrito, por poner otro caso paradigmático, Rimbaud si no hubiese dejado la literatura a los veinte años para dedicarse a trabajos más prosaicos, o qué canciones habría compuesto, por ejemplo, Kurt Cobain, con o sin Nirvana, si no hubiese decidido pegarse un tiro cuando todos cantábamos sus canciones como si fueran nuestros himnos generacionales.

Como ejercicio fabulador de escritura-ficción puede resultar entretenido asumir el papel de Doppelgänger o doble creativo de los cadáveres exquisitos de la literatura –o de la música, en el último de los casos-. Incluso puede resultar un ejercicio de musculatura muy interesatne para quien pretenda dedicarse a la creación, porque de los grandes maestros es de donde mejor se puede partir para después encontrar una mirada y una voz personales. ¿Alguien acepta el reto?

Forzando un poco más esta tuerca, Jean Murdock –alias de Carmen G. Aragón- y el dibujante José María Casanovas proponen una triple mortal literario y visual altamente recomendable en Los poetas que no fueron.

No se trata aquí de rellenar el hueco que la muerte o la vida dejó en la obra de los artistas que dejaron de crear, sino de darles voz a los personajes que inventaron, de sustituir su condición de marioneta a las órdenes de su creador por la de creadores, seres de carne y hueso que se explican más allá de lo que sus padres putativos les dejaron decir. Aunque no se hallen en pie de guerra contra su autor, a la manera de Augusto Pérez con Miguel de Unamuno en Niebla, sí que existe algo de reivindicación de la opinión propia del personaje de ficción o de matización del dibujo que dejó para la posteridad el autor que les dio vida.

El artefacto literario ilustrado propuesto por Jean Murdock y José María Casanovas no solo se ciñe a lo estrictamente literario, sino que pasean por sus páginas personajes de la cultura de masas –ya se sabe que la literatura no lo es- como John Locke de ‘Perdidos’, Charlie –el de ‘Los ángeles de Charlie’-, los cinematográficos Rick Deckard de ‘Blade Runner’, Escarlata O’Hara de ‘Lo que el viento se llevó’, la ‘tarantiniana’ Beatrix Kiddo o el mismísimo Tiburón de la película de Spielberg, entre otros. Incluso se asoman al principio del libro el físico austriaco Erwin Schrödinger y su gato, que muestran las paradojas e interrogantes a los que aboca la física cuántica, es decir, en lo que atañe a esta reseña, la paradoja entre realidad y ficción, del ser y no ser simultáneos.

Lo curioso de todos los personajes de Los poetas que no fueron es que, a pesar de asignarles la etiqueta de poetas, solo uno escribe en verso, quizá por el pudor de sus autores a introducirse en una técnica de escritura que no controlan. En este sentido, es de agradecer la humildad de sus autores –sean reales o ficticios-, porque lo que surge como un proyecto atractivo, original y atrevido, cuyo resultado resulta igualmente atractivo, original y atrevido, podría haberse convertido en una ‘quiero y no puedo’, en un bonito proyecto que se vino abajo cuando tomó cuerpo, en una idea interesante que no pasa de eso. Es más, en el único poema del libro tampoco se toman demasiados riesgos en lo que a lenguaje poético se refiere: el poema de Ted Hughes ‘El pensamiento-zorro’ está escrito tal y como lo dejó el poeta inglés, pero desde la voz del zorro –como si ‘Caperucita roja’ lo escribiera el lobo-. Esto no hay que interpretarlo como un defecto, sino que se antoja más bien como otra de las virtudes de Los poetas que no fueron.

Si Papá Noel o los Reyes Magos pertenecieran al club de Los poetas que no fueron, ¿qué dirían en estas fechas? Pídeselo en tu carta. Quizá te lleves dos sorpresas.

10 febrero 2010

Todo por la pasta

Viajes Borges, Talleres Hemingway

Mark Axelrod

Thule, 2009.

ISBN. 978-84-92595-43-3

220 páginas.

14,33 euros.









Alejandro Luque

El título de este libro es su primer acierto, y probablemente el mayor: los nombres de Hemingway y Borges son dos cebos que muchos lectores mordemos siempre. Nos acercamos con curiosidad a estas páginas y, atendiendo a la contraportada, nos disponemos a abordar “una secreta guía cultural” que a través de Europa y América, siguiendo el rastro de comercios y productos “que ostentan los grandes nombres de la civilización occidental”, va a explicarnos “los pequeños giros del destino que llevaron a grandes personalidades de todos los tiempos a mezclarse con el vil parné”.
Suena bien, ¿no? Abordamos pues el primer capítulo, que narra las desavenencias entre Andersen y Kierkegaard a cuenta de un café derramado sobre un manuscrito, y que concluye con la apertura de un restaurante por parte del primero. “Qué curioso –piensa el lector-, no tenía ni idea de esto”.
Continúa el sumario (cuya numeración, por cierto, es defectuosa) con la historia del café que Karen Blixen abrió en Copenhague tras explotar con su marido una plantación en África, y con el pub Boswell, el restaurante Colette o el café Kafka, y lo mismo con los chocolates Leibniz, los bolsos Lautrec o el dentífrico Rembrandt...Y, antes o después, según el grado de suspicacia que uno maneje, llega a la conclusión de que todo es más o menos inventado. En sus viajes por el mundo, suponemos, el autor Mark Axelrod, al parecer profesor de Literatura Comparada en California, ha ido fotografiando carteles o etiquetas con nombres de celebridades y recreando a partir de ellos la historia de cómo podría haber sido su fundación. ¿Por qué no presentarlo así al público, como el ejercicio de estilo que es?
Pero son otras las objeciones que podemos hacerle al proyecto de Axelrod. Para empezar, no parece demasiado difícil encontrar comercios que lleven nombres de gente famosa: las ciudades suelen ser agradecidas con sus mejores hijos, y rotulan calles y plazas con sus nombres. Luego, no es inusual que los comercios que se abran allí se bauticen del mismo modo. Por ejemplo, en la zona de Alexandre Dumas de París hay una Farmacia Alexandre Dumas, lo cual no significa que ni el padre ni el hijo se dedicaran jamás a vender jarabes, que se sepa. Y no digamos cuando se trata de simples apellidos, algunos de lo más comunes en sus países de origen.
A esa sensación de pequeño fraude se le suma otra pequeña decepción. Si Axelrod hubiera escrito unas vidas imaginarias a lo Schwob, tal vez podría haber llegado más lejos. También si se hubiera atrevido a llevar el humor que subyace en muchas de estas piezas algo más lejos. Porque si la gracia consiste en rebajar los nombres sagrados a la categoría de bagatela comercial, me temo que la realidad siempre va a superar a la ficción. En cambio, el juego de los nombres famosos se agota muy pronto por quedarse en eso, en puro juego, como el mago que repite el mismo truco una y otra vez. La verosimilitud va sufriendo estragos en la misma medida en que la fantasía no alcanza a encandilarnos. Un experimento original, en fin, que no pasa de experimento.