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19 julio 2013

Ese punto

Mi vida querida 

Alice Munro

Lumen, 2013

ISBN: 978-84-264-2139-5

336 páginas

22,90 €

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino




Coradino Vega

¿Qué es escribir bien? Para unos consiste en exigir un lenguaje fortalecido por la audacia verbal, la exuberancia subordinada o un puntillismo más o menos caprichoso que, en ocasiones, puede sonar demasiado a artificio. Para otros, en cambio, lo importante es la concisión, acuñar la palabra precisa y buscar una naturalidad que, sin reproducir exactamente el habla, rehúya un tono de excesiva literatura. Hay muchas formas de escribir bien, y no seré yo, que cada vez tengo menos certezas sobre más cosas, quien excluya ninguna posibilidad (cada vez que comento un libro temo que alguien me confunda con un crítico literario). Pero si alguien me preguntara qué es para mí escribir bien, creo que respondería que escribir como Alice Munro.

Como ocurre a menudo con Flannery O’Connor o Eudora Welty, da la sensación de que Alice Munro ha llegado a un punto en el que, tras aprender todo lo que podría llegarse a aprender sobre técnica narrativa, la decisión consciente de ignorar cualquier norma se funde con el deseo realizado de escribir con total libertad, como si fuese lo primero que se escribe, sin ningún tipo de corsé o de miedo, con la única pretensión de contar de la manera más rudimentaria posible. Sin altanería, parece que está por encima de cuanto no es importante: todo aquello que desdeña esa especie de academicismo contemporáneo con función policial que reduce tanto la experiencia literaria. Puede que los diez cuentos y las cuatro piezas autobiográficas que integran Mi vida querida no provoquen un impacto tan notorio como el que producían, por ejemplo, muchos de los relatos de su anterior entrega, Demasiada felicidad. Y es que, en su último libro, Alice Munro ahonda aún más en el despojamiento, en lo esencial, en una engañosa transparencia: las historias son más breves, los párrafos se comprimen casi tanto como los títulos de sus piezas y el silencio dice mucho más de lo que se enuncia explícitamente. Ya no hay apenas vidas completas, como sucede en la mayoría de esos cuentos suyos que abarcan condesada la materia de una novela, sino instantes, momentos insignificantes sólo en apariencia, comienzos de una cosa que luego se transforma en otra o que en realidad nos está hablando de una tercera.

Una mujer que ha publicado un libro de poemas vuelve algo bebida a casa de una fiesta en compañía de un hombre que no es su marido y al que irá a buscar años después, en un viaje en tren durante el que dejará un momento a su hija sola. Una joven maestra llega a un frío sanatorio de niños tuberculosos que está junto a un lago y allí se enamorará del médico que lo dirige. Una chica tímida y apocada se fuga de su pueblo con un novio huyendo de una familia terca, regresa al cabo de mucho tiempo y se encuentra con el policía que la acompañaba del trabajo a casa por exigencia paterna. Un niño rememora vagamente la separación de sus padres y cómo su hermana, para llamar la atención, se tiró sin saber nadar a una laguna. Una joven se queda a vivir con unos familiares cuando sus padres se van a Ghana y cuenta cómo su tío, que es un hombre inflexiblemente conservador y religioso, anula a su tía sistemáticamente. Una antigua criada chantajea al arquitecto que la hija tullida pero no acomplejada de un magnate local tiene por amante. Un meticuloso oficinista que se libra del ejército por su labio leporino y siempre vivió con su madre se hace amigo de la extravagante hija de un banquero y ambos quedan para ver la televisión cuando ésta aparece novedosamente. Un soldado vuelve de la guerra y, cuando queda muy poco para llegar a su pueblo, se arroja del tren y se queda a trabajar en una granja en la que vive una mujer sola. Una anciana con problemas de memoria va en coche al pueblo donde pasa consulta un doctor especializado en su tema y, cuando llega allí, no recuerda el nombre del médico. Un matrimonio de avanzada edad planifica su muerte conjunta pero aparece una antigua amante del marido y ambos acaban comportándose como dos jóvenes.

Todas esas historias transcurren en un espacio de tiempo en el que tiene una presencia continua y lejana la II Guerra Mundial, y que se extiende —con esa facilidad que tiene Alice Munro para contrastar el pasado con el presente— por los años de la Gran Depresión, el puritanismo que vino luego, y la revolución tecnológica y moral de los sesenta y setenta que, a la vez que el esplendor económico, parece traer consigo una fuerza liberadora no siempre exenta de consecuencias. Casi todas transcurren en pueblos pequeños o ciudades de provincia, y la autora les cede la palabra directamente a sus personajes, dignificados en su cotidianidad sin horizontes, como si le diera pudor estar en un primer plano aun sin dejar de estarlo invisible, constante, sutilmente. No hay muchas descripciones, ni una especial propensión al lirismo, si acaso un cambio de tiempo verbal para acelerar un desenlace. Y sin embargo, con pocos elementos y una sencillez muy difícil de conseguir, las ficciones de Munro exudan una riqueza vital expansiva, un crisol de experiencias de las que hay mucho que contar porque tratan de esas fronteras que todos tenemos que decidir si atravesamos o no en algún momento de la vida.

Si el estilo no es más que la extensión del temperamento de un artista, la limpieza de la prosa de Munro denota una sabiduría serena que, aun cuando nos habla de lo terrible sin nombrarlo, confiere al acto de contar un rango de felicidad originaria, un grado de entusiasmo y amor por la escritura que recuerda a ese ‘grain of stupidity’ sin el que, para Flannery O’Connor, era imposible hacer nada creativo en condiciones.

En la última sección del libro, Alice Munro recopila cuatro fragmentos, cuatro fogonazos recordados que ella misma confiesa autobiográficos: “lo primero y lo último —y lo más íntimo— de cuanto tengo que tengo que decir sobre mi propia vida”. En ellos, como si fuera una continuación posible a la reconstrucción genealógica explorada en La vista desde Castle Rock, la escritora ya octogenaria revisita a su padre, y en especial a su madre, desde el punto de vista intolerante de la niña que fue, la adolescente confusa marcada por el resentimiento o incluso la joven esposa absorbida por los hijos pequeños y su “siempre frustrante afán por escribir”. Son piezas que, por medio de una crudeza desnuda, revelan dos o tres verdades tan lacerantes como curativas. No hay consuelo ni remedio ni ninguna clase de indulgencia exculpatoria, pero sí perdón, una especie de pacto con la vida.

Leyendo Mi vida querida, volviendo la página atrás para recordar algún nombre o desentrañar un silencio, la ocultación consciente de un dato o un hecho, uno se siente más cerca de comprender lo que de ordinario e insólito, casual e inefable, maravilloso y cruel tiene la existencia. Una vez más, es lo que nos brinda Alice Munro: su hondura, su generosidad, su grandeza.

[Publicado en Micro-revista]

26 noviembre 2012

Fronteras movedizas


 
Poesía completa

Zbigniew Herbert

Lumen, 2012

ISBN: 978-84-264-2130-2

652 páginas

26,90 €

Prólogo, traducción y notas de Xaverio Ballester 



Antonio Rivero Taravillo
 
You learnt the lyre from him and kept it tuned”, escribe en un poema de su libro Electric Light Seamus Heaney. Quien según él aprendió del dios Apolo a tocar la lira y la mantuvo afinada es, como reza el título de la composición citada, el poeta polaco Zbigniew Herbert, a cuya sombra se dirige el irlandés en esos versos que acompañan en el mismo poemario a los de otras elegías dedicadas a Ted Hughes o W. H. Auden. Como se ve, lo sitúa entre grandes poetas de su predilección.

¿Pero quién era Herbert? Como escribe en su prólogo Xaverio Ballester, nació “en la Leópolis de la diócesis latina, la Lemberg de la Galitzia de los austrohúngaros, la polaca Lwów, la soviética L’vov y la actual L’viv ucraniana, detalle por sí mismo asaz significativo del trajín históricamente vivido en estos confines”. Fue eso en 1924. En 1941 ingresó en la resistencia contra el invasor nazi. Y en 1956 publicó su primer poemario, Cuerda de luz, al que siguieron otros ocho hasta su muerte en 1998. Estudió varias carreras universitarias y trabajó en lo que pudo. Tras varios viajes al extranjero, se instaló en París en 1963, repartiendo su vida a partir de esta fecha en estancias allí y en Varsovia. Autor de libros de diferentes géneros, es fundamentalmente poeta y a menudo, como sucedió con sus compatriotas que padecieron el régimen comunista, en su obra hay una elipsis, un velo, un humor, una sutileza que tienen mucho que ver con la censura impuesta, burlada mediante esa forma sutil y personal que colinda con los servicios secretos y que es, en el fuero interno de los poetas, la inteligencia a secas. Los últimos poemarios son ya de despedida, con una conciencia de la próxima muerte que recuerda al Cernuda de Con las horas contadas; así, Elegía para la partida (1990), donde comienza una larga lista de poemas de homenaje y en recuerdo de amigos y maestros, que alcanza hasta Epílogo de la tormenta (1998).

Formalmente, la poesía de Herbert tiene estos rasgos: la falta de puntuación, el sangrado de estrofas como subtextos o ramificaciones, la abundancia de poemas en prosa que trasladan las fronteras de los géneros (como las de la asendereada Polonia suya) y se acercan a menudo al microrrelato (en el que importa más el fogonazo lírico, la paradoja, que el elemento de ficción narrativo) y la recurrencia de una máscara (al modo de las de Hanrahan o Robartes de Yeats, no al de los heterónimos de Pessoa): Don Cogito, un personaje en que se desdobla el autor en varios de sus libros, aunque entreverándolo con poemas más abiertos y no delimitados por este alter ego, una suerte de Juan de Mairena sin discípulos. Los títulos de los poemas dedicados a este protagonista son del estilo de “Don Cogito contempla su rostro en el espejo”, “Don Cogito medita sobre el regreso a su ciudad natal” o “Las dos piernas de Don Cogito” (donde se evidencia cierto parentesco con Don Quijote, que aún aparecerá en otro poema de Herbert). Aparte de ese expediente, el polaco es un maestro del monólogo dramático lleno de ironía, como en “Habla Damastes, apodado Procrustes” o “El divino Claudio”, con su catálogo de ignominias y crímenes, donde hallamos estrofas como esta: “fui yo quien salvó Ostia / de la invasión de la arena / desequé pantanos / construí acueductos / a partir de ahí lavar la sangre / resultó en Roma más sencillo”.

Herbert está siempre atento al detalle, como es imperativo en un gran poeta, y hace que las cosas sucedan en el propio poema, como en el muy plástico “La sal de la tierra”, donde a una mujer se le cae al suelo una bolsa de azúcar y al agacharse para recoger los granos “su oscura mano rebaña / la riqueza malgastada / y a cambio recoge también / claras gotas y polvo”. En otro lugar escribe que “unas manos femeninas / inclinan un jarro / desde el que va goteando una trenza de leche”.

Y también lo es de la metáfora y la metonimia, como cuando ofrece este fino desplazamiento semántico al afirmar de un gato cazador que “se lleva a los pajarillos del árbol antes de que estén maduros”; así como del trazo sorprendente, como en el brevísimo “La luna”: “No comprendo cómo se pueden escribir versos sobre la luna. Está gruesa y desaliñada. Hurga las narices de las chimeneas. Su ocupación favorita es meterse bajo las camas y olisquearnos los zapatos.” Lo mismo sucede en versos aislados como “era un melómano del silencio” o “adaptar la cabeza a la forma de la almohada”.
           
Uno destacaría “El profe de ciencias”, “Cuando el mundo se detiene”, “Tapiz chino” (tan borgeano) “La hermana”, “El abismo de Don Cogito”, “Secuoya”, “Desde lo alto de la escalera”, “Al río”, “Canción de cuna” o “Las manos de mis antepasados”, pero podrían ser otros los textos elegidos para una eventual y estupenda antología, para la que no faltarían candidatos.

Ballester, catedrático de filología latina de la Universidad de Valencia, ha conseguido ofrecer una estupenda versión que a veces parece mirar al hablante de español del otro lado del Atlántico, como cuando emplea “piso” por “suelo”. A veces adapta sabiamente: usa “albuferas” y “maritornes” para palabras que no sabemos qué serían en polaco. Y hace bien en llamar la atención en el prólogo sobre elementos que luego hallará el lector: las enumeraciones, las tautologías y las deliberadas "acronías" o "eucronías" en poemas donde se mezclan de una manera fluida las épocas, como en “La lluvia” (“alzaba del suelo a sus camaradas caídos / Roland Feliksiak Aníbal // gritaba que era la última cruzada / que pronto Cartago caería / y después entre sollozos reconocía / que a él Napoleón no le caía bien”) o en “Anábasis”. Tampoco omite, y lo recuerdo ya que comparece aquí el título de ese poema de estirpe griega, la abundosa presencia de temas y referencias del mundo clásico, reelaborados, transfigurados de una manera que me parece magistral (en concomitancia no pocas veces con Cavafis): “A Atenea”, “De Troya”, “A Marco Aurelio”, “Parábola del rey Midas”… por citar solo algunos de su primera entrega.

Herbert, de cuya poesía aparte de unas versiones catalanas no contábamos más que con Informe desde la ciudad sitiada y otros poemas (Hiperión, 2008), es un grande en un país de grandes y numerosos poetas. Sin ninguna duda se trata este de uno de los libros de poesía traducida más importantes publicados en España en el año que ahora acaba y un valor seguro en lo por venir.

16 marzo 2012

En ocasiones ve muertos


La primavera del comisario Ricciardi

Maurizio de Giovanni

Lumen, 2012

ISBN: 978-84-2642-027-5

384 páginas

18,90 €

Traducción de Celia Filipetto Isicato



Alejandro Luque

¿Cómo así? ¿Un policía que en ocasiones ve muertos, que recibe incluso mensajes de ellos, como si se tratara de una mezcla de El sexto sentido y la saga de Montalbano? Pues sí señor, nada menos que esto es lo que propone Maurizio de Giovanni en su serie de novelas negrocriminales protagonizadas por el comisario Ricciardi, y que ya lleva dos entregas: la correspondiente al invierno y a la primavera, lo que invita a pensar -elemental, querido Watson- en una tetralogía correspondiente a las estaciones del año, como hizo Leonardo Padura en su día.

En esta ocasión, el misterio que Ricciardi deberá resolver gira en torno al brutal asesinato a golpes de una anciana cartomante, actividad profesional que compaginaba con la de la usura. Crimen dostoievskiano donde los haya, este caso servirá como pretexto para presentar a una serie de personajes de distintas clases sociales que rodeaban a la pitonisa, todos ellos con más o menos motivos para ser sospechosos. Ricciardi y su fiel colaborador Maione, policía implacable y sentimental, irán así invitando al lector a hacer sus propias quinielas respecto a la identidad del culpable, para lo que habrá de sortear no pocas pistas falsas.

Ahora toca dirigirnos al lector dominguero, de natural perezoso, que lleva un rato con la mano levantada y una sonrisa nerviosa dibujada en el rostro, y que invariablemente preguntará: “¿Pero engancha, engancha?” Sí señor, La primavera del comisario Ricciardi engancha, se lee de un tirón, tiene todos los ingredientes para depararle un buen rato de lectura al sol, ahora que acecha la primavera. Lo que no estamos tan seguros es de que se trate realmente de un buen 'giallo'. En primer lugar, porque se nota demasiado la plantilla, el esquema tipo de la investigación y la urdimbre precocinada de la trama. Eso agradará a quienes les gusta transitar por lugares conocidos, pero en ningún caso alentará el espíritu aventurero del público lector.

Luego está la ambientación espacio-temporal de la novela. De Giovanni ha elegido, imaginamos que nada azarosamente, el Nápoles de 1931, es decir, el apogeo de la dictadura mussoliniana. Sin embargo, salvo muy contadas pinceladas de esas que llamamos de color, la acción podría tener lugar en cualquier parte y en cualquier lugar. El autor prefiere contar una historia de buenos y malos completamente blanca, sin detalles que puedan herir susceptibilidades políticas o históricas, antes de meterse en camisa de once varas. Pero para eso podría haberse ahorrado la fecha, incluso el nombre de la ciudad: sintiéndolo mucho, Nápoles no resulta visible entre las brumas de esta obra. Y aunque esté feo comparar, invitamos a leer Puertas abiertas de Leonardo Sciascia, por ejemplo, para entender que se puede ir mucho más allá, y más adentro.

“¿Pero es mala, entonces?”, pregunta el turista de la lectura con sus 20 euros arrugados en la mano. No, señor. No del todo. De Giovanni ha encontrado, tal vez sin buscarlo, un filón narrativo en ese comisario alucinante que en ocasiones ve muertos, que vive con su anciana tía y distrae las horas jugando a ser 'voyeur' con la vecina de enfrente, abandonado a una extraña melancolía. “El hombre que mira –escribe el autor, en implícito homenaje a Alberto Moraviano vive, pero puede tratar de poner las cosas en orden”. Ése es el camino por el que el novelista napolitano puede llegar a hacer grandes cosas. Entre tanto, se conforma con darnos un buen entretenimiento, algo que en estos tiempos turbios también se agradece sinceramente.

14 noviembre 2011

La dolorosa necesidad del enemigo


Delirio

David Grossman

Lumen, 2011

ISBN: 978-84-264-198-4

230 páginas

17,90 €

Traducción de Ana María Bejarano



José M. López

Uno de los temas que David Grossman (Jerusalén, 1954) toca en parte de su obra ensayística, sobre todo en aquellos textos que intentan ofrecer algo de luz sobre el conflicto de Oriente Próximo, es la necesidad de los pueblos de crearse un enemigo para definir su propia identidad. Pero esta tendencia fatal a la que, según Grossman, se ven irremediablemente abocadas ciertas comunidades también afecta de manera personal a cada individuo, sobre todo al individuo enamorado, como intenta ilustrarnos en esta imprescindible obra de ficción.

Delirio es una novela de carretera, y, como toda buena historia que transcurre durante un viaje, este no será más que una excusa para conducir a los personajes a través de un itinerario interior mucho más profundo. En este tipo de narraciones lo normal es que aquellos tipos a los que conocimos al principio de la historia vayan sufriendo un cambio durante el trayecto, y que, una vez acabado este, una vez devueltos a su Ítaca natal, no sean los mismos que lo empezaron. Aquí nos encontramos ante un viaje que se pliega sobre sí mismo, claustrofóbico, donde dos personajes se ven obligados a compartir durante unas horas el interior de un coche que recorre, nocturno, la carretera hacia un destino temido para uno, ignoto para el otro.

En el asiento del conductor se encuentra Esti, un ama de casa abnegada y dedicada con fervor a su hogar, a sus hijos y a su marido, Mija. Este ha pedido a su mujer que haga el favor de llevar a no se sabe dónde y de manera urgente a su hermano Shaul, que se encuentra impedido debido a un extraño accidente que le ha dejado con el pie escayolado. La relación entre los cuñados siempre ha sido fría y desconfiada, ya que ella nunca ha comprendido la fervorosa admiración de su marido hacia un hermano vanidoso, excéntrico y caprichoso, como bien se puede entrever a partir de esta extraña petición. Sin embargo, y transcurridos los minutos iniciales del viaje, Esti se da cuenta de que el deterioro de Shaul no es solo físico. Este se encuentra emocionalmente torturado, debido a sus sospechas sobre una supuesta infidelidad de su mujer, Elisheva, que, según él, comparte su vida con otro hombre desde hace diez años, durante cincuenta y cinco minutos al día, momento en el que ella dice estar en clase de natación.

De este modo, el pequeño habitáculo que forma el interior del Volvo en el que viajan se torna en una especie de confesionario rodante donde Shaul se atreve, dubitativo al principio, a volcar sobre Esti esta tortura que lleva sufriendo durante todos esos años en los que nada ha contado a su mujer. Desde el asiento trasero, se dispone a transmitirle la desesperación que le corroe a diario al notar que su esposa le está siendo arrebatada por otro hombre con el que se imagina que esta ríe de manera más sincera, hace el amor de manera más ardiente, vive, aunque solo sea durante cincuenta y cinco minutos al día, de manera más intensa. Porque el celoso siempre considera que el otro, al que no conoce, lo hace todo mejor que él, y que la relación que supone que se le esconde es más completa y satisfactoria que la que él ofrece a su pareja. El personaje de Shaul se torna, por tanto, en un nuevo narrador que, dentro de la novela, y en un segundo nivel de ficción, relata a su cuñada, durante tal periplo nocturno, sus pesquisas infructuosas para pillar a la supuesta infiel, su delirio, en definitiva, que no es más que la sospecha infundada de una infidelidad ficticia orquestada por el infierno de los celos. El personaje de Shaul se convierte, por tanto, en un narrador poco fiable “de esos que tanto nos gustan” -Moraga 'dixit'-, que es capaz de inventar las historias más incongruentes con tal de seguir alimentando esa sospecha que termina dando sentido a su vida. De este modo, el marido puede sospechar de su esposa incluso cuando no hay pruebas de su infidelidad, ya que esta falta de indicios justifica, precisamente, la habilidad de esta a la hora de programar sus citas. En la novela, por tanto, suelen confundirse el narrador principal y el narrador personaje, como en esta ocasión en la que, a través de un estilo indirecto libre utilizado con pericia, se dice que “Eliseheva era siempre una persona muy inocente, muy transparente y clara, hasta el punto en que Shaul había empezado a preguntarse qué es lo que ocultaba con ese comportamiento tan perfecto”.

Estamos, en definitiva, ante un subyugante, apasionado y casi científico tratado sobre los celos, sobre todo de aquellos que se nos aparecen de manera obsesiva e injustificada. Sin embargo, y como aportación original de Grossman con respecto a otros escritores que han excavado en las oscuras profundidades de este sentimiento -léase Proust o el, en mi opinión con menor fortuna, Sábato de El Túnel- debemos destacar la idea sobre cómo los celos pueden funcionar como un motor que potencia la creatividad humana, en la medida en que el celoso, y cito palabras del propio autor en el epílogo de esta edición, “actúa -por supuesto sin saberlo- como una especie de artista”, que inventa una historia cruel recreada hasta en los mínimos detalles, de manera que estos “se acoplen a sus delirantes fantasías, hasta conformar una especie enrome mosaico”. Así, nos parece una de las más valiosas aportaciones del libro esta idea del celoso como dramaturgo involuntario y obsesivo que, dentro de su doloroso torbellino de dolor, solo encuentra salida en la recreación de esas situaciones en las que el amor entre su mujer y su supuesto amante siempre será más pasional, más elegante, más divertido y sereno que el amor lícito de los casados. Hasta tal punto, continúa el autor, “que los celos pueden llegar a crear, con todo el poder de nuestra imaginación y de nuestro deseo, un paraíso del que nosotros mismo nos vamos a desenterrar” ('sic').

Esti, cuñada del celoso Shaul, es, en un primer momento, tan solo la persona utilizada por este para hacerle llegar a su destino, un Caronte insignificante al que debe pagar con su relato para que le adentre sin muchas preguntas en su Leteo particular de ensoñaciones y miserias, en su infierno personal de celos y dudas. Sin embargo, y mientras los kilómetros van transcurriendo, esta se convierte en oyente imprescindible de esta alocada y dolorosa tragedia, inventada por aquel al que observa desconfiada desde el espejo retrovisor. Ella, única espectadora de tan angustiosa farsa, ve aumentada su empatía hacia aquel hombre al que creía engreído y prepotente, ya que su delirio le hace humano y cercano ante ella. Del mismo modo, el efecto catártico de la historia sirve a esa ama de casa ordenada y perfecta para atreverse a excavar en un pasado propio y doloroso que la persigue, y al que nunca se había atrevido a mirar de frente. De modo que, y como dijimos al principio, las dos personas que aparecen al final de la novela no son las mismas que la empezaron, al menos por la especial relación, de complicidad, de comprensión y de entendimiento, que se ha forjado inesperadamente entre ellos.

Un estilo desenfrenado y paranoico predomina en los parlamentos de Shaul, donde la yuxtaposición armónica de la frase se sucede con las descripciones, a veces sensuales, a veces desagradablemente realistas, de los detalles que adornan la supuesta relación de su mujer con él mismo y con su supuesto amante. En cambio, el estilo del narrador principal y externo es pulido y elegante. Dentro de su sintaxis sencilla y precisa se deslizan, sin apenas darnos cuenta, plásticas comparaciones, metáforas y sinestesias que facilitan al lector la comprensión de los oscuras heridas que albergan las almas de esos dos animales encerrados en un utilitario camino a ninguna parte, de esas dos criaturas a las que solo les unen sus llagas, ya sean reales o inventadas. En estos fragmentos las percepciones físicas y emocionales se confunden, consiguiéndose así transmitir al lector una compleja teoría acerca del dolor humano.

Delirio es una enorme novela que nos invita a emprender un viaje donde descubrimos que el ser humano necesita para definirse, para dar sentido a su vida, de la existencia de un engaño, de un enemigo que ponga en riesgo la armonía de su existencia, hasta el punto de que es capaz incluso de inventarlo en el caso de que este no llegue a existir. Como dijimos al principio, este es uno de los aspectos que utiliza Grossman para explicar, de manera bastante lúcida, el conflicto Palestino-Israelí, que tan de cerca le toca. Y es que si Borges decía que solo existimos si alguien nos piensa, de los textos de Grossman parece deducirse que solo existimos si alguien nos engaña o nos ataca.

06 junio 2011

La verosimilitud de la forma


Brooklyn

Colm Tóibín

Lumen, 2010

ISBN: 978-84-264-1770-1

315 páginas

18,90 €

Traducción de Ana Andrés Lleó



Coradino Vega

Quizás toda forma de literatura sea un artificio, una mentira, pero hay obras que lo aparentan menos y otras que lo aparentan más. Por otro lado, la tarea de narrar una historia acaecida en un tiempo remoto a la experiencia del novelista corre el riesgo de la insinceridad. También puede que todo esto no sea más que prejuicios tan generalizados como relativos, asentados fundamentalmente en parte de la crítica y en las escuelas de escritura creativa. De ser así, Brooklyn sería un magnífico ejemplo para romper con la tentación de cualquier tipo de amordazamiento previo. Contada de un modo completamente lineal, desde un punto de vista en tercera persona apoyado en la protagonista que nos sumerge de lleno en su conciencia al tiempo que guarda una distancia exacta de seguridad, la última novela de Colm Tóibín pone de manifiesto cuán importante es la forma para que lo que se cuenta sea lo que se quiere contar.

A priori estaríamos ante un relato 'déjà vu': Eilis Lacey, señorita de un pueblo del sudeste irlandés, emigra a Estados Unidos a principios de los cincuenta para encontrar trabajo; es decir: típica historia de viaje en barco, llegada a Nueva York, dificultades de adaptación, relación sentimental, paulatina transformación y conquista del sueño americano. Situado su inicio en España pasaría, para algunos, por una novela sospechosamente costumbrista. Y sin embargo, por más que la trama sea a grosso modo ésa (final escatimado, no se preocupe el lector), todo en Brooklyn resulta original, verdadero, de una autenticidad vital sobrecogedora, magistral, de una templanza, un virtuosismo técnico y una perspicacia psicológica a la altura del protagonista de una anterior novela de Colm Tóibín titulada The Master: Henry James. El secreto radica precisamente en la verosimilitud de su forma. Cómo contar la emancipación de una mujer que nos evoca a Jane Austen además de a James, con una sobriedad contemporánea como de entre Alice Munro y J. M. Coetzee. Cómo lograr esa sustancia y esa solidez con una superficie tan difícil de ligera, con un estilo tan limpio, suave y contundente al mismo tiempo, de una ―podríamos decir― sofisticada contención, que provoca en sí la placidez del que lee lo muy complejo escrito de modo muy sencillo. No hay un solo detalle que denote voluntad de estilo en esta obra de Tóibín, ostentación, gesticulaciones ni grandilocuencia. A la humildad de su propósito inicial (contar simplemente lo que le pasa a Eilis) se le suma el deliberado paso atrás que da el autor hasta hacerse invisible. Así, nos muestra todo de manera transparente sugiriendo lo justo, siendo explícito sin incurrir en ningún exceso explicativo: el pasaje en un camarote de tercera a través del Atlántico, la casa irlandesa en Brooklyn de la señora Kehoe, el oficio de dependienta en unos grandes almacenes, los cursos nocturnos de contabilidad, el noviazgo, un suceso trágico, la vuelta a Irlanda, los factores que alimentan la indecisión. Una historia sobre el exilio y el arraigo, tremendamente emotiva, que no cae en ninguno de los clichés del sentimentalismo. Porque no debería confundirse el estilo despojado de Tóibín con cierto minimalismo que sólo oculta la incapacidad de transmitir emociones, conmover al lector, estrecharle la mano y reconciliarlo con el mundo como se hacía antes de la pérdida de la inocencia literaria. Brooklyn demuestra que no hace falta una mirada oblicua para ser original, ni una voz empoderada, ni tan siquiera el sobrevaloradísimo talento, sino que basta el oficio de contar muy bien esta deslumbrante historia sobre el destino y la fatalidad, poblándola de unos personajes dotados de una dignidad y una inteligencia que evitan todo tipo de condescendencia.

De entre la proliferación de títulos con referencias a Nueva York que últimamente ocupan las mesas de las librerías españolas, muchos situados del lado por el que sopla el viento de la moda y otros al calor del oportunismo comercial, merece la pena acercarse a Brooklyn por la honestidad de su planteamiento, por la comprensión de algo tan complejo como el haz de verdades y mentiras y azares y contradicciones y decisiones y determinismos que forma la vida, y porque rehúye precisamente de eso que parece ir asociado a una novela sobre la conformación de Nueva York: los aires de grandeza épica de la llegada a Ellis Island cuando, desde el barco, el inmigrante vislumbra la Estatua de la Libertad.

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

02 junio 2011

Los dones eran muchos


El libro del anhelo

Leonard Cohen

Lumen, 2011

ISBN: 978-84-264-1583-7

247 páginas

17,90 €

Traducción de Alberto Manzano

Premio Príncipe de Asturias de las Letras, 2011


Rafael Suárez Plácido

Sé que no es necesario y que nadie me lo va a pedir, eso espero al menos, pero si tuviera que elegir una canción que escuchar constantemente, o todos y cada unos de los días de mi vida, no sería ni de Caetano Veloso, ni de Nick Drake ni de Portishead, ni de Paolo Conte ni de Franco Battiato, ni de Nick Cave ni de Ella Fitzgerald, ni de Tom Waits. Esa canción sería de Leonard Cohen y se llamaría "Famous Blue Raincoat". No es sólo la música, es también la letra, pero no sólo la letra: también la música. También diría que no son sólo la música y la letra, también soy yo. Cuando escucho las canciones de alguien que me gusta trato, en la medida de lo posible, de aunar música y letra. Por eso, la idea de que a Leonard Cohen (Montreal, 1934) le hayan concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y no el que yo creo que merecía sobradamente, el de las Artes, que ya recibieron por ejemplo Woody Allen y Bob Dylan, otras dos figuras transcendentales de las Artes de estos últimos cincuenta años, me deja algo confundido. No voy a entrar en debates sobre si Ricardo Mutti lo merece también o no. Es incuestionable. Lo bueno o lo malo que tienen estos premios que se conceden a toda una carrera o a toda una vida es que tienen mucho donde elegir.

En España tenemos traducciones de buena parte de sus libros. De eso se ha encargado tradicionalmente Visor que nos ha ido dejando una buena serie de títulos: La energía de los esclavos (1980), Flores para Hitler (2001) y Memorias de un mujeriego (2002) son buenos ejemplos de la trayectoria de un poeta que es en gran medida casi tan bueno como el cantautor que todos conocemos. El último libro de poemas suyo que se ha publicado en España es Libro del anhelo, en esta ocasión editado por Lumen en 2006, en una fantástica edición que incluye textos manuscritos e ilustraciones del autor.

El texto es una serie de poemas, en verso o en prosa, que vuelven una y otra vez sobre su biografía, el diario de un personaje clave en nuestra historia, obsesionado por los temas que nos interesan a todos. El sexo, que aparece constantemente en los poemas y en las ilustraciones, se une a la angustia asumida del paso del tiempo. Los primeros textos fechados son de los últimos años setenta, cuando el autor casi alcanzaba los cincuenta años y llegan hasta los finales noventa. El otro gran tema del libro es la religión, entendida como una búsqueda de algo que prometía ser y que nunca fue. El apellido Cohen es judío. Sus padres llegaron a Canadá de Lituania, huyendo de una situación que se hacía insufrible, con lo puesto y fueron montando un próspero negocio. Su madre aparece constantemente en los poemas. De sobra está decir que este es su libro más personal. En uno de sus textos más valiosos, el poema en prosa “La historia hasta aquí” leemos:

“Las cosas volaban el día que nací. Hacía viento. (…)
Los Donantes se apiñaban sobre mí como si fueran un equipo de béisbol. Empezaron a darme cosas y luego a quitármelas. (…) Los dones eran muchos y muchas las advertencias que los acompañaban.
Te damos un gran corazón pero si bebes vino empezarás a odiar al mundo. La luna es tu hermana pero si tomas somníferos te verás en compañía de mujeres desdichadas. Cada vez que trates de alcanzar el amor perderás un copo de nieve en tu memoria.
Mi madre estaba acostada no muy lejos y la oí gritar: “¡No es mío!” (…) Oí cómo lo decía, y con un chillido de alegría le agradecí que dijera la verdad.”


Con el tiempo comienza a escribir poemas y así comienza a ser valorado en su país, donde conoce al poeta Irving Layton, su gran amigo hasta hace unos años, a quien dedica este libro y con quien conversa en una serie de poemas: “Siempre que le explico / lo próximo que quiero hacer / Layton me pregunta solemnemente: / Leonard, ¿estás seguro / de hacer lo incorrecto.” La admiración era mutua. Ambos se complementaban y a Cohen le servía para mantener los pies en el suelo: “Él defendía a Nietzsche / Yo defendía a Cristo / Él estaba por la victoria / Yo estaba por menos / A mí me gustaba leer sus poemas / A él le gustaba oír mi canción.” Esta rebeldía era natural, claro, como ocurría en los vecinos del sur por aquellos mismos años, pero también tenía mucho que ver con la sempiterna rivalidad que en todas partes se reproduce constantemente entre poetas jóvenes y los que ya no lo son tanto: “Si eres joven y resulta que no eres Arthur Rimbaud preferiríamos no saber nada de ti. Y si por casualidad fueras Arthur Rimbaud definitivamente no querríamos saber nada de ti.”

Gran parte del tiempo dedicado a la escritura de este libro transcurrió en el monasterio zen de Mount Baldy, donde Leonard Cohen pasó un tiempo como el monje Jikan, dedicado al conocimiento del budismo, con el maestro Roshi, de quien escribe: “La verdad es que nunca entendí / lo que decía / pero de vez en cuando / me veo / ladrando con el perro / o doblándome con los arcos iris / o ayudando / de otras pequeñas maneras.” Las alusiones a la disciplinada vida monacal son constantes. El maestro decide qué puede escribir y qué no. Y mientras tanto, la lucha por tratar de entender su búsqueda del mundo va haciendo mella. Tras varios años asumiendo de ese modo las enseñanzas y la dura disciplina de sus superiores, decidió abandonar el monasterio: “Querido Roshi, Lamento no poder ayudarte ahora, porque he conocido a esta mujer. Por favor, perdona mi egoísmo. (…) Jikan, el monje inútil inclina su cabeza.”


La traducción es del también músico y poeta Alberto Manzano, que ha contado con las ilustraciones y con la colaboración personal del propio autor. Es un libro hermoso. Es lo más hermoso que podemos tener escrito de Leonard Cohen. Es Leonard Cohen, que nunca, ni en los años en que estuvo retirado, dejó de estar interesado por todo lo que pasaba en el mundo. Hay varias referencias a España en este libro. Algunas de ellas al que ya ha declarado como uno de sus poetas favoritos, Lorca, y de quien probablemente hablará en la entrega del premio que acaba de recibir, si es que viene a recibirlo. Bob Dylan no vino. Woody Allen sí lo hizo. ¿Vendrá Cohen? Lo cierto es que siempre se ha sentido muy vinculado a España. Siempre ha citado como uno de sus mejores conciertos el que dio en Sevilla hace ya muchos años, en la promoción del I’m your man. Yo puedo decir que estuve allí.

20 mayo 2011

Misterios gozosos y dolorosos


Demasiada felicidad

Alice Munro

Lumen, 2010

ISBN: 978-84-264-1843-2

339 páginas

22,90 €

Traducción de Flora Casas



Coradino Vega


La mayoría de los libros de relatos de Alice Munro superan las trescientas páginas, albergan alrededor de una decena de cuentos con unas treinta de promedio, y cuando uno los termina siente la misma sensación de pérdida y duración que deja una densa, compleja y, al mismo tiempo, placentera novela. Más aún: cada uno de esos cuentos atesora esa cualidad de duración y mundo completo propia de la novela, microcosmos que ―gracias al primoroso dominio que tiene Alice Munro del tiempo narrativo y la elipsis― son capaces de contarnos una vida entera combinando la distancia larga dentro de la brevedad con el detallismo de lo concreto.

En esta última colección de nueve relatos y la pequeña nouvelle que la titula y cierra, hay al menos siete obras maestras. De cómo una joven madre encaja la muerte de sus tres hijos, de cómo otra encara la desaparición voluntaria del suyo, de cómo se afronta la muerte y la enfermedad, la crueldad de los niños o la soledad en pareja, son algunos de los temas de los que tratan estos cuentos acaecidos en un tiempo "en que la gente empezaba a acostumbrarse a los ordenadores", ex hippies de vida tranquila o personas comunes o corrientes a las que, de pronto, sucede algo normal que se nos revela sin embargo extraordinario. Por su parte, la chejoviana Demasiada felicidad rastrea, de forma parecida a como hizo Coetzee con Dostoievski en El maestro de Petersburgo, los pasos de la novelista y matemática Sofia Kovalevski en el siglo XIX.

La prosa de Alice Munro es elegante, natural, de una técnica refinada y versátil que a la vez es precisa, afilada y pulcra, de una sobriedad y delicadeza en la que lo sereno se vuelve de repente punzante. En la misma página podemos sentir cómo se nos raja la cara de un navajazo y palpar simultáneamente la posibilidad de su cura. Porque en eso reside quizás la grandeza de Alice Munro, en su riqueza emocional, en la manera que tiene de dotar a la vida de sentido aunque sea narrando sus pequeños, inexplicables y numerosos sinsentidos. Cada escena cotidiana tiene la justa dosis de ambigüedad para entender el misterio que la habita. Leemos con placidez y armonía estos relatos que, sin embargo, encierran lo terrible, insoportable y tremendo como si nos adentráramos lentamente, sin estridencias ni artificios, en las aguas de una laguna llamada realidad. De ahí que Alice Munro sea una de las más grandes escritoras vivas, si no la que más: porque sabe conjugar complejidad y sencillez con la misma maestría con la que hace visible la maldad junto a la redención, la penumbra y lo epifánico, y las heridas con la bonheur de vivre. Leer a esta mujer que desprende sabiduría, comprensión y piedad es encontrarle sentido a la vida. Desde su hondura irónica, tibia y feroz, Alice Munro nos invita a amar la buena literatura o, lo que es lo mismo, a compartir con ella instantes de verdadera dicha.

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

10 enero 2011

La Historia de Europa


El cementerio de Praga

Umberto Eco

Lumen, 2010

ISBN: 978-84-264-1868-5

587 páginas

16,99 €




Rafael Suárez Plácido

Umberto Eco era un referente en nuestro país cuando se estrenó en 1985 Bajarse al moro, de Alonso de Santos, donde una de las protagonistas aparece en escena leyendo su clásico Apocalípticos e integrados. Lo cierto es que ya entonces había publicado su primera novela, El nombre de la rosa (1981), uno de los mayores éxitos comerciales en nuestro país de una novela histórica, reflexiva, muy exigente, policíaca y ambientada en plena Edad Media.

Pienso en uno de sus personajes, Jorge de Burgos, empeñado en que nadie acceda al último libro de la Metafísica de Aristóteles, y me parece estar viendo al protagonista de El cementerio de Praga (Lumen, 2010), el capitán Simonini: misántropo, misógino, antisemita, falsificador, embustero, espía doble o triple, traidor, avaricioso y asesino. Es curioso, en la ficción nos parece que este no es el peor de los crimenes; para muchos tampoco en la vida.

Simonini nació en Turín, en Piamonte, y tiene sesenta y siete años, los mismos que el autor cuando concluyó la novela, el mismo lugar de nacimiento. Educado en las contradicciones de su abuelo, conservador antisemita, y su padre, revolucionario carbonario, comienza una serie de peripecias que pronto le llevarán a ponerse al servicio del espionaje de su país. Todos los personajes que aparecen en el libro son reales o tienen trasfondo real. Todos los hechos también lo son, más o menos. Umberto Eco nos expone un maravilloso cuadro en el que ahonda en su visión de la formación de Europa. Y todo es sorprendentemente actual: la manipulación del héroe Garibaldi por los que siempre mandan y seguirán haciéndolo; el uso y abuso que hizo Napoleón III del concepto “democracia” para que los que no hacía un siglo habían hecho rodar cabezas de monarcas, pasen a dar sus vidas por ellos; el uso que los poderosos hacen de los revolucionarios: todo.

Umberto Eco habla de un “lector como Dios manda”, al que no le será difícil disfrutar de la historia pese a los flash-back y al aparente desorden de los diarios. El narrador va escogiendo de entre los diarios del protagonista los fragmentos que considera necesarios y esclarecedores. El cementerio de Praga es una lectura rica, una prodigiosa acumulación de conocimientos y belleza. Sin concesiones, Umberto Eco vuelve a sumergirnos en su peculiar Historia de Europa, nuestra Historia.

30 septiembre 2010

Sin censura

Una historia iraní de amor y censura

Shahriar Mandanipour

Lumen, 2010

ISBN: 9788426417718

382 pg.

20,90 euros

Traducción: Ignacio Gómez Calvo (a partir de la versión inglesa de Sara Khalili, inédita en farsi)




Ilya U. Topper

Si Shahriar Mandanipour (Shiraz, 1957) hubiera escrito la historia de amor que siempre quiso escribir, jamás habría visto la luz, en todo caso no en su país natal: son largas las tijeras de la censura iraní, y cualquier mención al cuerpo humano, o un amor que no se agota en disquisiciones sobre pétalos de rosa, es sospechoso de depravación.

Evidentemente, un escritor iraní lo sabe y extirpa de antemano las frases peligrosas para no condenar a su editor a quedarse con toneladas de papel para reciclar (se permite imprimir libros, pero no distribuirlos, sin pasar por el censor). El público iraní habría rellenado las escenas ausentes, los gestos apenas insinuados, con una bien entrenada imaginación, pero usted, lector, se aburriría mucho y no se enteraría de la misa la mitad.

Mandanipour podría haber publicado su novela íntegra en el extranjero, por ejemplo en Estados Unidos donde vive desde 2006, y a usted le gustaría, pero sería en cierto sentido falsa: ningún iraní puede escribir ni leer desde hace exactamente 30 años una novela así.

Shahriar Mandanipour optó por hacer todo a la vez: escribió la historia tal y como la concibió, se dedicó a tachar todas las frases que la censura le quitaría e intercaló todas las explicaciones sociológicas y políticas necesarias, para que usted, lector no iraní, entendiera el conjunto, e hizo imprimir el resultado, tachones (legibles) incluidos, en América. Una idea genial, para empezar.

Pero no se paró ahí: primero cobra vida propia el personaje que representa la oficina de censura iraní, un tal señor Petróvich (no me pregunten por qué tiene nombre ruso). Luego, la tierna historia de amor de una estudiante y un joven vendedor clandestino de películas, Sara y Dara, se prolonga en las explicaciones intercaladas, donde usted aprenderá todo aquello sobre su relación que un lector iraní se puede imaginar, pero ningún editor puede (ni necesita) imprimir. La risa se cuela a menudo entre las costuras: los iraníes han aprendido a tomarse con humor ese pequeño infierno diario en el que convierten la vida las mil y una normas del régimen, tan absurdas como ineludibles.

El extraño coro a dos voces llega a enredos cada vez más atrevidos: el señor Petróvich y el autor llegan a convertirse en antagonistas de una historia paralela y finalmente Dara y Sara cobran una vida propia que pronto no podrá controlar ni el propio autor ni el señor Petróvich. Un asesinato flota en el aire como última solución...

Esta es una historia compuesta por imágenes. Imágenes poderosas como pensadas para una película que nadie podrá rodar en Irán: Dara y Sara sentados en una triste sala de Urgencias de un hospital porque sólo allí podrán hablar a salvo de la policía moral. El censor de cine ciego, que sus ayudantes de describen los centímetros de muslo de la actriz para que decida si pasar o no la tijera. La cumbre, tal vez, ese remedo tan inverosímil y tan convincente de Una proposición indecente, con el viejo poeta convertido en buhonero de libros en el papel de Robert Redford y Sara en el de Demi Moore: un manuscrito milenario por quitarte el pañuelo en plena calle...

Mandanipour ha conseguido unir con esta novela, su primera obra traducida al inglés, una poderosa historia de amor ―cercana, destructiva y esperanzadora como todas las historias de amor― y una mordaz sátira contra el régimen teocrático iraní. Ha superado el reto de hacer que el hilo que cose ambas historias sea aún más fascinante que las piezas originales.

No sé si ustedes saldrán sanos del laberinto, pero no se arrepentirán de haberse metido, se lo prometo.

09 octubre 2009

Una lectora poco común

El lector común

Virginia Woolf

Lumen, 2009

ISBN: 9788426416995

288 páginas

21.90 €

Traducción de Daniel Nisa Cáceres


Ningún autor cree en la crítica, a menos que
ésta sea elogiosa para él o contraria a sus colegas.
Augusto Monterroso
Para Carolink
Manolo Haro


La esfinge que vigila el pórtico que da entrada a este libro atrapa entre sus garras la siguiente cita del doctor Johnson: “me regocijo de coincidir con el lector común; pues el sentido común de los lectores, incorrupto por prejuicios literarios, después de todos lo refinamientos de la sutileza y el dogmatismo de la erudición, debe decidir en último término sobre toda pretensión a los honores poéticos”. No es casual que Virginia Woolf (Londres, 1882- Lewes, Sussex, 1941) eligiera esta cita para el breve artículo introductorio que le da nombre a este libro y que se erige como una poética precisa para el que lee –como ella misma hace – sin los condicionamientos del crítico ni la erudición del académico.
La escritora, a pesar de lo que pueda parecer a partir de su producción novelística, es, para cualquiera que se haya adentrado en, por ejemplo, su ensayo Una habitación propia, de un didactismo lleno de entusiasmo, inteligencia y perspicacia. Sus destellos de lectora nos ofrecen una visión personalísima de la tragedia griega; de la difícil viscosidad con la que ciertos personajes se pegan a las vidas de sus autores, eclipsándolos tal como hizo Robinson Crusoe con Defoe; del sonido de la risa en la oscuridad de Jane Austen; de los matices simbólicos de las Brönte; de la velocidad de los latidos del corazón de George Eliot, etc. Virginia Woolf nos lanza a las bibliotecas, a las librerías, en busca de los libros que comenta; nos apetece cerciorarnos de que todo lo que cuenta es cierto, maravillosamente cierto. Pero no todo es complacencia; también acomete contra las flaquezas creativas de señalados escritores como Thomas Hardy o la citada George Eliot.
Incitación, guía de lectura, paseo entre bastidores para ver la tramoya de los grandes autores, caja de herramientas para los aprendices de brujos, ya sean críticos, profesores de talleres literarios, novelistas, poetas o meros letra-heridos. Resulta difícil dar la medida exacta de lo que esta obra puede regalar a los que se acerquen a ella.
Remarco, por su especial interés para aquéllos que buscan respuestas certeras a preguntas incómodas, los artículos “La narrativa moderna”, “Joseph Conrad”, “Cómo le choca a un coetáneo” y “¿Cómo debería leerse un libro?”. Con ellos se podrían cimentar un edificio en cuyas plantas convivieran respetuosamente, pero siempre sabiendo en qué cordel tienden su ropa cada uno de ellos, el escritor materialista, el escritor espiritualista, el editor, los espíritus insomnes de los canonizados, el crítico y el lector común que aguarda en la puerta de la librería a que lleguen las novedades. El inquilino del bajo, siempre pendiente de cómo respira el mercado, sería el escritor materialista, ese que “escribe sobre cosas sin importancia, empleando una inmensa destreza y laboriosidad para hacer que lo trivial y transitorio parezca verdadero y perdurable”. El vecino del primer piso es el escritor espiritual, aquél que quiere revelar a toda costa los parpadeos de esa llama recóndita que transmite como una centella sus mensajes por el cerebro con gran valentía, haciendo caso omiso a lo que Nabokov llamaba “el monstruo ceñudo del falso sentido común”, el que nos pregunta si la obra se V-E-N-D-E-R-Á. El editor habita de alquiler en el entresuelo que separa el bajo y el primer piso; su responsabilidad es grande y sus opciones se dan la mano con la materia que paren sus vecinos escritores. Su elección a la hora de pedir sal a uno u a otro mediatizará, junto con lo que diga sobre ellos el vecino del penthouse, el crítico, qué leerá el joven apostado en el zaguán. La fórmula Woolf para los críticos se asienta en que han de leer las obras contemporáneas como si fueran cuadernos que el tiempo enmendará o emborronará, sin contribuir por ello a lo que Julian Gracq ha llamado “la literatura del bluff”. El paciente lector, independiente y lleno de curiosidad, a pesar de la comunidad de este edificio, es el que tiene la última palabra. Sólo le basta con algo de imaginación, inteligencia y curiosidad. Si el cosquilleo de la espina dorsal sube hasta el cerebro (Nabokov again), con eso basta.
Este arte ancilar de la crítica literaria tiene, para mí, los portaestandartes incuestionables de Cyril Connolly y Edmund Wilson. A ellos habría que sumar el nombre de Virginia Woolf. Su estilete no es complaciente, es certero, por eso nos atrapa. Sirvan las mismas palabras que le dedicó a George Eliot para agradecerle a la soberbia Virginia este volumen: “Se hundió exánime, debemos depositar sobre su tumba todo el laurel y todas las rosas que esté en nuestra mano ofrecer”. Disfruten.

08 octubre 2009

Los infelices

La familia Wittgenstein

Alexander Waugh

Lumen, 2009
ISBN: 9788426417176

483 paginas
24.90 €

Traducción de Gerardo Páez Irrazí.




Luis Manuel Ruiz


En 1938, Ludwig Wittgenstein paseaba con su amigo Theodore Redpath por los prados esmeralda de Cambridge cuando prorrumpió en una de esas preguntas cargadas y amartilladas con que solía desarmar a sus interlocutores. “¿Ha sufrido usted alguna tragedia en su vida?”, interrogó. Redpath, para ganar tiempo, le pidió que fuera más específico y que concretara lo que entendía por tragedia. Ludwig respondió sin vacilar: “No me refiero a la muerte de tu abuela a los ochenta y cinco años… Me refiero a suicidios, episodios de locura o disputas familiares”. Él sabía bien de lo que hablaba: según su definición, la suya había sido una familia trágica en todo punto, casi respetando un guión, apurando cada variante de desgracia como para que ninguna de ellas quedara sin tantear. Este volumen de Alexander Waugh sobre la genealogía de uno de los filósofos más famosos (que no populares) del siglo XX nos hunde a muchos de sus admiradores en un estado que bordea a la vez la perplejidad y el tedio, esa clase de suficiencia tonta que hace al alumno desoír las lecciones porque conoce el soniquete de cada encabezamiento. A lo largo de desaforadas biografías que se detenían con morosidad en sus excentricidades sexuales o en sus raptos místicos, nos forjamos la imagen de un filósofo único, arrastrado por sus tormentos, al que una combinación de rigorismo moral e ideas fijas había convertido en una especie de mesías consagrado al cálculo y la lógica. Pero Waugh nos demuestra que el Ludwig maníaco, el obseso de la muerte, el violento sin causa, el músico, el pensador brillante, el nido de contradicciones, no era más que la pieza de una máquina mayor y mucho más terrible, su propia familia.
La crónica de los Wittgenstein podría servir de ejemplo perfecto a todos quienes afirman que el carácter es cuestión de genética. Igualmente, podría usarse con la misma fortuna por quienes defienden que el carácter es cuestión de educación. Durante toda su existencia, Ludwig merodeó el proyecto de suicidarse; si no lo llevó a cabo fue por cuestiones, quizá, de intendencia o inoportunidad. El suicidio era una vieja tradición familiar que no habría tomado desprevenida a su pobre madre. Tres de sus hermanos mayores, Hans, Kurt y Rudi, lo habían practicado con éxito mediante pistolas y veneno y lo mismo una tía remota que fue encontrada descomponiéndose en su dormitorio. Otra constante del temperamento de Ludwig era la inestabilidad: acosado por fantasmas perpetuos, se hizo soldado para morir en las trincheras, se convirtió en maestro rural, renunció a su fortuna, se enemistó constantemente con personas a las que había jurado amistad eterna. En esto también se le habían adelantado sus hermanos: Kurt padeció un infantilismo congénito que abrumaba a sus padres, Gretl saltaba de las fiestas de sociedad a los hospitales del Ejército de Salvación, y Paul, el otro gran protagonista de la saga, podía enzarzarse en una discusión a golpes con cualquiera por el mero motivo de un adjetivo mal escogido. Los múltiples trastornos que asolaron la vida de esta gran estirpe vienesa de finales del siglo XIX y principios del XX (perteneciente al mismo tronco de los Zweig y los Hoffmansthal) admiten, repito, ser explicados tanto desde el punto de vista del genotipo como desde el del fenotipo. Los partidarios de la genética encontrarán que tal acumulación de suicidas, perturbados, homosexuales y genios apunta forzosamente en la dirección de una doble hélice; los partidarios de la educación centrarán su atención en la figura del patriarca, el industrial del acero Karl Wittgenstein, que amasó una fortuna capaz de competir sin desdoro con la de los Guggenheim y Rockefeller del otro lado del océano y que sometió a sus hijos a una instrucción donde la frialdad, la reserva y el aislamiento eran la pauta.
Sin vacilar, este libro deliciosamente deprimente recorre paso a paso todas las estaciones del declive de los Wittgenstein: desde su relumbrón en los años de los valses de Strauss hasta la demolición de su palacete en la Alleegasse durante los bombardeos norteamericanos de Viena. En medio quedan los retratos de la sufrida Hermine, incapaz de fundar un hogar propio pese a desearlo con todos sus arrestos por no poder traducir sus sentimientos en gestos ni palabras; de Gretl, bondadosa y estúpida, casada con un hombre fuera de sí y madre de dos tarambanas que se emborrachaban diariamente con champán; de Helene, quizás el único personaje común y corriente de esta historia, que mereció esa vida opaca que todos deploramos pero que a todos nos tranquiliza. Y sobre todo, claro está, de Ludwig y su hermano mayor y némesis, Paul Wittgenstein, el pianista manco más famoso de todos los tiempos, obcecado en convertirse en concertista a pesar de que un balazo le destrozó el brazo derecho durante una carga de caballería en la Primera Guerra Mundial. En este contexto, la cita de Tolstoi se ha vuelto de rigor: si todas las familias felices se parecen, las desgraciadas lo son cada una a su modo. Salvo los Wittgenstein, que lo fueron de todos los modos posibles.

07 julio 2009

Excéntricos fundando cielos

Excéntricos ingleses

Edith Sitwell

Lumen, 2009

ISBN: 9788426417022

440 pág.

20.90 €



Manolo Haro

En el año 1900, Sir George Sitwell, cuarto baronet de Renishaw Hall, le encargó al pintor John Singer Sargent un retrato de familia:


En un salón de evidente ambiente aristocrático, se observa a una joven de mirada insolente vestida de rojo junto a su padre, a una mujer hermosísima colocando unas flores en un recipiente y a unos niños sentados en el suelo mientras juegan entre piezas de puzle y soldaditos de plomo ante la mirada atenta de un perro. En los retratos de Sargent existe una enigmática fisura por la que se cuela cierto simbolismo, el cual despliega silenciosamente ante el espectador el revés de la historia de los retratados. En este caso concreto casi se podría contar la vida de los Sitwell a partir de esta estampa: Edith Sitwell (Scarborough,1887- Londres,1964), con apenas trece años, se nos brinda con una pose de absoluta independencia (seda roja sobre negro), una fuerte personalidad y una relación distante con sus progenitores, con los que nunca se llevó bien; con esos dos niños, Osbert y Sacheverell , afanados en crear un universo imaginario con sus juguetes, formará su hermana Edith uno de los círculos literarios más importante de la Inglaterra de los años 20 y 30.
El genial crítico Cyril Connolly, en su artículo “El movimiento moderno”, engasta el nombre de Edith Sitwell entre las escritoras Virginia Woolf, Colette, Katherine Mansfield, Edith Wharton, Willa Cather y Gertrude Stein, que en los años 20 formaban parte de un luminoso mediodía literario en el periodo de entreguerras. Más conocida como poetisa que como narradora (de hecho, su obra Collected Poems es incluida por Connolly en los cien libros claves del Movimiento Moderno), la obra que nos ocupa, Excéntricos ingleses, viene a mostrar un talento absoluto a la hora de agavillar retratos de personajes entre los que ella misma podría contarse. Ya en 1933, cuando dio a la imprenta estas hojas, la autora había reunido los suficientes hitos biográficos para que se la tomara realmente como una dama excéntrica tanto en el atuendo (vestidos de brocado, turbantes dorados, anillos inverosímiles) como en su carácter, lo que la convirtió en blanco de vulgares críticas en los periódicos del momento. El libro podría leerse como un essai á clef: su autora nos coloca ante una Naturalis Historiæ de la excentricidad, reflexionando sobre su significado y colocándose ella misma de alguna manera tras una larga tradición, en su gran mayoría, de británicos poco convencionales.
En el pórtico inicial del libro se traza una hermosa teoría sobre el origen de esta actitud ante la vida: la excentricidad es la lucha individual contra la docilidad, la búsqueda de algún antídoto que nos salve de la melancolía, la fundación, en definitiva, de un cielo en el que soportar nuestras existencias. Resulta algo arduo espigar entre este desternillante desfile de personajes algunos ejemplos que den la justa medida del talento compositivo de la autora. Ayudada por una pluma agudísima, Edith Sitwell cataloga, como si añadiera un apéndice a la enciclopedia del mundo natural que escribiera Plinio en el siglo I, ermitaños, curanderos, deportistas, aficionados a la moda, aventureros, intelectuales, escritores, piratas, fantasmas e, incluso, avaros, pues, tal como ella misma afirma, “la excentricidad adopta muchas formas”. Destaco entre todos ellos el retrato de Herbert Spencer (intransigente con la fealdad femenina); la relación de Margaret Fuller con Emerson y Carlyle; la intolerancia al ruido de este último (la mujer tuvo que pagarle a una aprendiz de pianista, a granjeros criadores de gallinas y a propietarios de gallos para que se alejaran de su martirizado marido); la fama póstuma del poeta Jonh Milton, mancillada por el comercio de sus restos por devotos fetichistas (mechones de pelos, dientes, costillas arrancados y puestos a la venta); la vida inverosímil de Monsier Louis de Rougemont, que vivió con caníbales australianos y vio osos voladores; o la acuática existencia de Lord Rokeby que, después de un viaje a Aquisgrán, se sometió de por vida a abluciones continuas.
Las fuentes de Edith Sitwell remiten a poemas, epitafios, biografías, memorias y cartas. Su estilo lleva al lector a pasar el revés de la mano por un brocado en el que las tramas doradas son el efecto resultante de tejer con sagaz ironía y con un punto de crueldad, sin abandonar esa sutil flema inglesa que nos hace sonreír a medida que vamos pasando páginas. Estas pequeñas obras maestras que conforman los diecisiete capítulos del libro se inician la mayoría de las veces con una apertura prometedora y un remate final lleno de inteligencia: el dedo índice y corazón tensan la cuerda del arco y oímos la fulgurante salida de una flecha que atraviesa el artículo, sin perder nunca brío, hasta atravesar el corazón de la manzana.
A pesar de lo afirmado arriba, la escritora nunca se tomó a sí misma como excéntrica, y con esa causticidad que atraviesa Ingleses excéntricos llegó a afirmar: “No soy una excéntrica. Lo que pasa es que estoy un poco más viva que la mayoría. Soy como una anguila eléctrica en una charca llena de peces de colores”. Vibren con sus chispazos.

01 julio 2009

Trilogía de la lujuria

Vitaliano Brancati

Tríptico siciliano

Lumen, 2009
ISBN: 978-84-264-1657-5

842 pág.
26,90 euros.

Traducción de Roberto Falcó Miramontes, Ángel Sánchez-Gijón y Rosa Marcela Pericás

Alejandro Luque.


Primero fue Verga, luego Vittorini. Ahora –ya estaba tardando– le toca el turno a Brancati. Ignoro a qué responde la coincidencia de que se reediten en España, en muy poco tiempo, las principales obras de tres maestros sicilianos del siglo XX casi olvidados, pero en cualquier caso se trata de una excelente noticia para los lectores. Y en el caso de Vitaliano Brancati (1907-1954), del que acaba de ver la luz este corpulento Tríptico siciliano, bien podemos hablar de pequeño acontecimiento.
Pero, ¿quién fue, quién es Brancati? Como los dos novelistas antes citados, este autor nació en la costa oriental de la isla, muy cerca de Siracusa. En su juventud se definió a sí mismo como “fascista hasta la médula”, y dedicó sus primeras obras a cantar las bondades de Mussolini y su régimen. Trasladado a Roma, su amistad con personalidades como Benedetto Croce fue abriéndole los ojos y permitiéndole tomar distancia del fascismo, periodo que siempre recordó como el de los años perdidos, y a su militancia como “borrachera de estupidez”. A este momento seguirá el comienzo de su fructífera colaboración con el semanario L'Omnibus de Leo Longanesi, así como el desarrollo de un estilo muy particular, ácido, socarrón, a ratos desopilante.
A esta línea responde nuestro Tríptico siciliano, que bien podría haberse titulado Trilogía de la lujuria, y que contiene, por este orden, un clásico, un rescate y una sorpresa. Los tres giran en torno los obsesivos misterios del sexo, y están protagonizados por una burguesía bovina y frívola en el marco de la Italia de los años 30, es decir, del apogeo mussoliniano. De hecho, como señaló en su día Sciascia, Brancati vincula eficazmente el erotismo y el fascismo como fenómenos trágicos en la vida de su país, escenarios en los que elementos como la privacidad o la libertad individual son fatalmente sacrificados. Para los cinéfilos, diríamos que sus personajes, tan reprimidos como obstinados, están entre el mundo de adolescentes onanistas y adultos bravucones de las películas de Tornatore y el imaginario grotesco de un Álvaro Vitale y su Jaimito.
El clásico es sin duda la novela Don Juan en Sicilia, que si no me equivoco estaba fuera del alcance de los lectores españoles desde la edición de Quarderns Crema, de hace 15 años. Su protagonista, Giovanni Percolla, ha hecho de la mujer el objeto de todo su pensamiento y el pretexto de todas sus acciones. Uno de sus amigos, igualmente contagiado de esta satiriasis, llega a afirmar que a su muerte quiere ser sepultado en la playa de Abbazia, sólo para que le pasen por encima las mujeres más bellas del mundo. Pero, lejos de emprender conquista alguna, todas las fuerzas se les van en mirar a los toros desde la barrera.
Con 40 años cumplidos, Percolla vive colmado de atenciones por tres hermanas que son como tres madres, hasta que se casa y se muda a Lombardía. Allí su vida dará un cambio notable, conocerá el éxito social, pero sospechamos que cambiaría su sueño cumplido por volver a aquellos años de holgazanería y cachondeo. Sátira despiadada del machismo en general y del donjuanismo en particular, la novela fue llevada al cine por Alberto Lattuada.
Como contrapunto a la figura del gallo siciliano se propone El guapo Antonio, el rescate de la trilogía, pues no veía la luz en nuestro idioma desde 1973, con Planeta. Si en el Don Juan el tema central es la conquista, aquí lo que planea es el terrible fantasma de la impotencia. A Antonio, “el más guapo de los sicilianos”, se lo rifan todas las mujeres, pero dista mucho de ser ese paradigma de virilidad que todos creen. También adaptada a la pantalla grande por Bolognini, con Marcello Mastroianni y Claudia Cardinale en los créditos, El guapo Antonio es también una caricatura del sentido del honor y una desmitificación del macho italiano como un modo de desenmascarar la grosera jactancia nacionalsocialista.
La sorpresa, por último, viene de la mano de Los placeres de Paolo -aunque tal vez la traducción más adecuada sería Paolo el caliente [Paolo il caldo]-, la novela póstuma e inconclusa de Brancati que hasta hoy permanecía inédita en español. Menos jocosa que las anteriores, se plantea como una sucesión de recuerdos personales de juventud encarnados en un personaje de ficción, Paolo Castorini, inmerso en un mundo de fiebres lúbricas, orgullos precarios e inconsolables ataques de celos, que Giancarlo Giannini y Ornella Mutti defendieron en el cine.
Leonardo Sciascia, que conoció a Brancati como profesor de su colegio, reconocía en él a un maestro –“Pensaba: así hay que escribir, así quiero escribir”- tanto por su estilo seco y punzante, preciso y sin excesivo gasto en florituras, como por su capacidad de penetración en la realidad y de vivisección de sus vecinos. La misma sociedad forjada entre la siesta con pijama y la bravata de barra de bar que, como señaló otro gran lector, Vincenzo Consolo, “había dado el poder al fascismo y en el fascismo había hallado su identidad”. Claro que tal vez resulte Brancati más actual de lo que sospechamos: ¿Es posible disociar esa vergüenza colectiva de la Italia de hoy, un país donde son más llamativas las entradas y salidas con jovencitas de un presidente apodado Papi que sus turbios negocios, sus escandalosas leyes, su abusivo control y su descaro a la hora de eludir a la justicia?