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20 marzo 2012

De la luz y la sombra


El Sunset Limited

Cormac McCarthy

Mondadori, 2012

ISBN: 978-84-397-2502-2

96 páginas

14,90 €

Traducción de Luis Murillo Fort



Coradino Vega

Las novelas de Cormac McCarthy se caracterizan por una prosa incisiva, de una riqueza y una plasticidad tan seca como penetrante; una recreación del paisaje físico casi orgánica, en la que la naturaleza se convierte en otro personaje; una constante reflexión sobre el mal y lo apocalíptico; y una difuminación de las referencias deícticas que exige al lector estar muy atento para saber quién está hablando. Esos elementos, tan presentes en Meridiano de sangre o en su Trilogía de la frontera, brillan sin embargo aquí por su ausencia. Porque, escrita a la par que su aclamada La carretera (2006), El Sunset Limited se trata de una obra teatral en un solo acto, protagonizada por dos personajes claramente acotados en un espacio desde la primera línea reconocible: “Una habitación en un bloque de pisos de un gueto negro de Nueva York”. Pónganles las caras de Samuel L. Jackson y Tommy Lee Jones a estos personajes porque ésos fueron los rostros que protagonizaron la adaptación televisiva que dirigió el segundo para la HBO. El negro es un expresidiario que, tras una reyerta carcelaria, escuchó la voz de Jesús. El blanco, un profesor universitario para quien la única razón de estar vivo es tirarse a las vías del tren en el momento en que entre el Sunset Limited en la estación a más de cien por hora. El primero ya ha evitado que el segundo lo haga y, a modo de ángel de la guardia, lo retiene en su casa para que no lo vuelva a hacer. La suya es una misión evangélica. Intenta razonar con el blanco por qué ha llegado a esa situación y hacerle cambiar de punto de vista.

El diálogo empieza de una forma acartonada pero rápidamente alcanza la tensión de contraponer dos cosmovisiones 'a priori' irreconciliables. El blanco sólo ha creído en la cultura, pero “la civilización occidental se esfumó finalmente por las chimeneas de Dachau”. Por lo que a día de hoy no le queda nada a lo que agarrarse. Ha sido precisamente el conocimiento y la preponderancia del intelecto lo que le ha llevado a ver el mundo como un campo de trabajos forzados. Para el negro, en cambio, toda pretensión de conocimiento es vanidad (“Dentro de mi cabeza no hay pensamientos propios”, “Le sorprendería el poco tiempo que paso tratando de entender la vida”, “Mi manera de ver el mundo es muy limitada”), y sugiere si no ha sido esa arrogancia de la razón la que le ha conducido a la desesperación autodestructiva. Sin embargo, la obcecación del blanco es inflexible: “Si la gente viera el mundo como lo que es. Si viera lo que la vida es realmente. Sin sueños y sin ilusiones. Dudo mucho que nadie pudiera aportar una sola razón para elegir la muerte lo antes posible”. Cuando el negro le pregunta qué de malo hay en ser feliz, el blanco replica que la felicidad es contraria a la condición humana. El coraje de pretender lo contrario, más que insuficiente, es una farsa. Y el negro asiste perplejo a las consecuencias de la lucidez: a la brillante verbalización del no, a la irrefutablemente lógica evidencia de que la visión pesimista siempre es la correcta.

NEGRO: "Dígame, ya que no le convence esta vida, ¿cómo cree que tendría que ser?"
BLANCO: "Ni idea. Pero así no."

Ante ese potencial, al negro sólo le queda contraponer la fe, algo que por supuesto el blanco únicamente reconoce en personas con una grave carencia, mientras que el negro lo ve al revés: “El que no cree tiene un problema. Se ha propuesto desentrañar el mundo, pero cada vez que descubre algo que no es verdad deja otras dos dudas en su sitio”. Él sólo puede ofrecer una receta: “O amas a tu hermano o mueres”. Pero su capacidad argumental, la insuficiencia del lenguaje para cimentar la afirmación o verbalizar la “gracia” de la que hablaba Flannery O’Connor, no puede competir con las armas dialécticas de una razón dispuesta a demostrar su inexistencia. ¿Cómo hacer ver a quien sólo ve sombra que la luz está en todas partes y que la sombra la produce quien se empeña en no verla? De ahí que la misión del negro se troque en una terrible prueba de su propia creencia. Está claro que el blanco quiere el perdón, pero ¿y si no hay nadie a quien pedírselo? La lucha impotente por salvar al profesor choca de lleno contra el silencio del universo.

No hay por tanto aquí atmósfera de 'western', ni distopías, ni concomitancias con Hemingway o con Faulkner. Este Cormac McCarthy prescinde del envoltorio y simplifica el escenario y el lenguaje para mostrar en crudo los grandes temas de la humanidad: el sentido de la vida, la muerte, Dios, la felicidad o el conocimiento. Y aunque estemos ante una obra en apariencia menor por su comienzo titubeante y un final tan enorme como dramáticamente precipitado, McCarthy —con este despojado diálogo que nos hace acordarnos de Platón y de los ilustrados del siglo XVIII— elude toda contingencia y se atreve a penetrar en lo esencial para, como Shakespeare, llegar a la conclusión de que si existe una verdad no tiene más remedio que ser dialógica.

En un tiempo en el que la literatura le ha dado la espalda a los grandes temas en aras del detalle o del solipsismo, no le falta razón a Harold Bloom cuando considera a Cormac McCarthy un clásico vivo.

09 noviembre 2010

El incartografiable mundo de nuestro viaje

La Trilogía de la Frontera: Todos los hermosos caballos, En la frontera y Ciudades de la llanura.

Cormac McCarthy

DeBols!llo, 2009

ISBN: 978-84-979360-4-0, 978-84-979341-2-1 y 978-84-979373-9-9 respectivamente.

336, 448 y 280 páginas respectivamente.

8,95 € (cada volumen).

Traducción de Pilar Giralt Gorina, Luis Murillo Fort y Luis Murillo Fort respectivamente.

Todos los hermosos caballos, ganadora del National Book Award (1992).


Fran G. Matute


No deja de sorprenderme que Cormac McCarthy se haya convertido, ya no sólo en un fabricante de best sellers, sino en todo un personaje del mundillo literario. Sobre todo si tenemos en cuenta que hasta hace muy poco McCarthy rehuía de aparecer en público, conceder entrevistas, recibir premios, hacer presentaciones o cualquier otra faceta publicitaria y vivía cuasi-recluso en su rancho de Nuevo México. Quiero pensar que este resurgimiento público de la figura de Cormac McCarthy (hasta se le pudo ver en el programa de Oprah) viene provocado por el boom mediático que han tenido algunas de las adaptaciones cinematográficas que se han estrenado recientemente sobre su obra. Al margen de los pingües beneficios que estará percibiendo, la verdad es que el cine ha convertido a Cormac McCarthy en un reputado y rentable escritor tanto en los Estados Unidos de América como en Europa.

En cualquier caso considero que la prosa de Cormac McCarthy no es de fácil digestión y por ello me fascina aún más su éxito de público. Su obra está poblada de un detallismo exacerbado, preocupado por el entorno más que por sus habitantes, descuidado en las formas lingüísticas (o mejor dicho, utilizando reglas gramaticales propias) y con una temática “western flavour” de difícil asimilación para otras culturas. Precisamente por lo anterior, considero que McCarthy debería ser el objeto del deseo de los críticos más sesudos (esos que en mi imaginación fuman en pipa, gastan afinada barba y viven rodeados de salones forrados de libros decrépitos) por la complejidad, y sin embargo austeridad, que ofrece su obra. Pero la realidad manda y hoy día McCarthy es un escritor venerado tanto por crítica (sesuda o no) como por público (exigente o no), y prueba de ello es la avalancha de reediciones de todas sus novelas (en tapa dura o bolsillo), motivo por el que hoy nos encontramos aquí.

Pero si echamos la vista atrás, el primer reconocimiento generalizado por parte de público y crítica vino de la mano de una novela y, curiosamente, de una posterior adaptación cinematográfica a principios de los noventa, gracias a la publicación del primer volumen de lo que más tarde se denominaría la “Trilogía de la Frontera”. Aquella primera entrega tuvo por título Todos los hermosos caballos (1992) y constituyó un éxito sin precedentes para el bolsillo del autor de Rhode Island gracias a una arriesgada apuesta publicitaria por parte de la editorial: aquello se vendió como una novela romántica (y con la misma etiqueta se pretendió vender la inevitable película). La realidad es que, comparada con la anterior obra de McCarthy, Todos los hermosos caballos parecía una especie de giro estilístico. Pero en sus entrañas subyacen los mismos elementos que han configurado la particular prosa mccarthyana. Del mismo modo que unos cuantos arbustos no conforman un bosque, la inclusión de ciertos pasajes de corte amoroso en esta premiada obra no permite calificarla de novela apta para todos los públicos. Y es que Todos los hermosos caballos termina siendo igual de brutal que cualquier obra de McCarthy y más cuando se empeña en reflejar con tanta precisión el nacimiento del mal en el joven John Grady Cole a lo largo de su homérica y sentida odisea por tierras fronterizas.

El siguiente escalón que McCarthy decidió construir en su celebérrima obra fue En la frontera (1996), la que, a mi juicio, es la mejor y más vanguardista aportación a la trilogía fronteriza. En este filosófico volumen, McCarthy recupera buena parte del espíritu que imbuyó su obra maestra Meridiano de sangre (1985). El contacto del hombre y la naturaleza se encuentra presente en cada uno de sus párrafos. Los pasajes que presentan la relación de Billy Parham con la loba son a la vez hermosos y enigmáticos, del mismo modo que el reencuentro de Parham con su familia tras otro largo periplo por territorio mexicano resulta estremecedor y desconcertante. En En la frontera nos topamos también con un McCarthy más otoñal y trascendente. Recupera su prosa abrupta para con el paisaje y describe sin pudor, pero con aparente desgana, la labor del hombre. Y sin embargo encuentra en esta extraña simbiosis grandes dosis de verdad, autenticidad y hasta alegría. Es En la frontera una novela compleja por su extensión y su estructura, hasta el punto de que se permite el lujo postmoderno de mostrarnos, en alguna que otra ocasión, los pensamientos de la loba que acompaña al protagonista durante buena parte de la trazada.

La última pieza de la trilogía la compone Ciudades de la llanura (1998), en la que el autor reencuentra a Billy Parham con John Grady Cole en una nueva confrontación fronteriza. Esta tercera entrega, a priori de menor enjundia que las anteriores, pero con un final violento, filosófico y hermoso, viene a completar la visión de McCarthy sobre el mundo. Dicha visión pasa por destacar la importancia de la vejez, entendida ésta como la sabiduría que otorga la experiencia y la capacidad de mirar atrás sin ira. Sólo el anciano tiene derecho a opinar, a extrañarse, a reflexionar. El anciano se ha mimetizado en la naturaleza. Es un elemento más de ella. Por otro lado, a McCarthy le gusta esconderse en el detallismo naturista, pretendiendo así contextualizar el mundo al que pertenece el ser humano. McCarthy describe la fauna, la flora y los fenómenos naturales con bisturí. ¿Es el hombre un elemento más del paisaje? ¿Acaso no tiene mayor entidad que un escarabajo, un rayo o un cactus? Parece plantear McCarthy cuando nos perdemos en sus kilométricas disertaciones sobre el desierto, las colinas o los ríos.

Pivotando sobre estas dos verdades estilísticas (la vejez del hombre y su simbiosis con la naturaleza) termina McCarthy escribiendo siempre de lo mismo: el enfrentamiento del ser humano con una naturaleza exhausta, que lo pone a prueba, que le obliga a apostatar de su condición de ser social y civilizado para poder reencontrarse con su verdadero yo, siendo la frontera (ese lugar imaginario, indefinido, casi mágico) dónde dicha confrontación se pone de manifiesto en todo su esplendor. Y no tiene McCarthy miedo de mostrar al hombre como un asesino, como un caníbal, como un animal, como un ser vivo en definitiva. De eso va la literatura de McCarthy, de eso trata también esta trilogía. Nos relata, en palabras del autor, “el incartografiable mundo de nuestro viaje”. De nuestro último viaje.

17 mayo 2010

Diamante hermoso y afilado


La carretera

Cormac McCarthy

DeBols!llo, 2009

ISBN: 978-84-8346-868-5

210 páginas

7,95 €

Traducción de Luis Murillo Fort


Daniel Ruiz García

La crítica cinematográfica ha tratado de forma desigual a la película La Carretera, protagonizada por el cada vez más revalorizado Viggo Mortensen. No nos toca a nosotros meternos en ese fango, pero el estreno del largometraje ha servido una vez más para desempolvar otra obra del escritor norteamericano Cormac McCarthy, quien se está acostumbrando en los últimos tiempos a adaptaciones cinematográficas de altos vuelos en taquilla (El hombre que susurraba a los caballos, No es país para viejos…). Sin haber visto La Carretera, estoy dispuesto desde ya a suscribir el manoseado y algo irritante tópico que siempre ha prevalecido en el maridaje entre cine y literatura, y por el cual el libro siempre es mejor que la película.

La Carretera, que por cierto fue premiada con el Pulitzer en 2007, es una obra inmensa. Inmensa no por su extensión, que es más bien breve, ni tampoco por la peripecia que la ocupa –los personajes de la novela pueden contarse con los dedos de las dos manos-, sino sobre todo por el trasfondo de la historia, por la dureza insondable de lo que cuenta.

McCarthy es, a qué dudarlo, uno de los monstruos de la literatura contemporánea. Solo un monstruo es capaz de construir una trama que se sostiene sobre tres personajes, uno de los cuales no habla, porque en realidad funciona como un símbolo. Corrijo: los tres personajes son símbolos, con un poder metafórico que acerca la novela a una dimensión lírica más propia de la poesía. Hay un padre, un hijo y una carretera. El padre y el hijo avanzan por la carretera hacia el sur, buscando el mar y sobreviviendo a duras penas en un mundo devastado por la penuria, la degeneración del ser humano (el canibalismo es prácticamente la única forma de supervivencia) y una naturaleza que uno imagina como un escenario post-atómico. Siempre hace frío, y además de agua llueve ceniza. Una ceniza que hace el ambiente irrespirable, enfermizo. Hay pocos hombres, y los que quedan buscan alimento y son más bien alimañas, seres humanos degenerados regidos por atavismos y donde la palabra, la abstracción, ha sido prácticamente suprimida en beneficio del instinto de supervivencia. Son como hombres del Paleolítico, sólo que envueltos de una estética de carritos de la compra, perros abandonados y basura. La estética del prototípico homeless norteamericano. Supervivientes en un mundo abocado al exterminio, en el que un padre lucha por mantener con vida a su hijo, siempre obsesionado con llegar al sur, hasta el mar, otro personaje-símbolo con el que se evoca el anhelo de salvación, la aspiración humana de la redención por encima de la miseria cotidiana.

Es un libro durísimo, que sin duda tocará especialmente la fibra sensible a los que, como quien esto suscribe, tienen hijos pequeños. Un libro cuya principal fortaleza es el estilo: un estilo lacónico, directo, con una fuerte presencia del verbo, que otorga un gran dinamismo a la novela y favorece un ritmo de lectura casi adictivo. Una vez que empezamos a leerlo, ya no podemos abandonarlo, porque necesitamos saber, porque tenemos que conocer qué pasará con el padre y sobre todo con el hijo en ese camino sin regreso hacia la playa por una carretera plagada de amenazas.

Confesaré algo: es de los pocos libros que he leído que me han llevado a llorar. Llorar con un libro no es tan fácil como hacerlo con una película, porque la palabra está mucho más dirigida al intelecto, y el proceso de lectura lleva implícita necesariamente una cierta distancia. No obstante, estamos hablando de una novela que está escrita con tinta, sí, pero también con ese otro material invisible con el que escriben sólo algunos privilegiados. Privilegiados como McCarthy, capaces de arañarte el alma, el corazón, las tripas, o como queramos llamarlo, a través de palabras tan hermosas y afiladas como puntas de diamante. Léanla, se lo recomiendo. Aunque sólo sea para corroborar una vez más el irritante tópico de que el libro siempre es mejor que la película.

[Publicado en la revista Billete Único]