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19 diciembre 2011

'Director's cut'



Vivir y morir en Lavapiés

José Ángel Barrueco

Escalera, 2011. Colección "Trayectos"

ISBN: 978-84-938363-5-1

224 páginas

16 €



Daniel Ruiz García

Se tiende a menospreciar la literatura que traza puentes con lo cinematográfico, tildándola de pobre, de vacua y de esquemática. Los vates de la cosa crítica enseguida se ponen en pie despreciando con virulencia los intentos de invasión de la cultura de la imagen al sacrosanto bastión de la cultura de la palabra. Que un libro resulte muy cinematográfico viene a ser algo parecido a que una película resulte muy publicitaria o “de videoclip”: contaminación de la forma de contar que establece el canon por parte de otros lenguajes y de los recursos que le son inherentes. No vamos a negar que hoy se escriben muchas novelas, en su mayor parte 'bestsellers', que parecen más bien una escaleta cinematográfica convertida en folios cosidos y con lomo. Se me ocurren, por poner un ejemplo masivo, las novelas de Dan Brown, donde todo parece concebido con la idea de dibujar en el lector la sensación de estar asistiendo a una película; a una película protagonizada por Tom Hanks, para más precisión. Tampoco es incierto que hay muchos jóvenes novelistas que crecieron amamantados por la teta de la MTV, y que a la postre eso se nota: las limitaciones en el vocabulario, la incapacidad para construcciones sintácticas especialmente complejas, la falta de oficio en el trazado de arquitecturas novelísticas solventes son algunos elementos tristemente recurrentes entre las últimas hornadas de escritores que aún se mueven en la veintena. Como cantaran los Buggles, el vídeo asesinó a la estrella de la radio; cabe pensar si, de camino, no anda también por cargarse la literatura.

Todo esto, empero, no debe conducirnos a la cerrazón, y a no apreciar todo lo bueno que puede resultar de la fusión e integración del lenguaje fílmico con el literario. Un terreno de arenas movedizas donde es muy fácil sucumbir al malentendido. Ahí identifico un espacio que puede llegar a ser enormemente fértil e interesante, siempre que concurra, claro, una porción de talento en aquel que lo intenta.

Por lo leído en Vivir y morir en Lavapiés, a José Ángel Barrueco le sobra ese talento. Como se deduce de su novela Recuerdos de un cine de barrio, de carácter autobiográfico, creció entre las butacas de un cine de barrio -era el negocio familiar-, donde sometió sus pupilas a todas las exposiciones imaginables de sesiones dobles, triples y especiales de cine. Su cultura cinematográfica es extensa, pero sobre todo natural, nada artificiosa: dicha novela (altamente recomendable, por cierto, para todos los que gustan de las ficciones en torno a la cultura popular) se lee como una especie de dietario sentimental alrededor del Séptimo Arte y del submundo de los antiguos cines de barrio. La familiaridad de Barrueco con el cine es lo que le permite abordar sin ningún tipo de prejuicios ni condicionantes una literatura abiertamente en deuda con el hecho cinematográfico, y lo que a la postre le capacita para dar a la imprenta textos donde la literatura y el cine logran una simbiosis que en muchos otros creadores resulta forzada.

El propio título del libro está en deuda con la película de William Friedkin Vivir y morir en Los Ángeles. Es una novela rabiosamente cinematográfica, pero a la vez muy literaria. Se compone de un enorme número de estampas, en las que se plasma la realidad del barrio de Lavapiés en sus distintos ángulos, con un tratamiento normalmente “objetivante” que en muchos casos recuerda a los encabezados de escena de un guión, pero que en otros casos sugiere una mayor implicación de la voz narrativa. La apariencia calidoscópica de la narración, en la que se presta voz a un número impreciso de personas que habitan o pasan por el barrio, parece ir destilándose conforme el relato avanza hasta solidificarse sobre tres historias principales que acaban construyendo un único tronco. Una traslación fílmica de este relato literario sin incurrir en condensaciones ni ejercicios de síntesis sería simplemente imposible: son tantas y tan diversas las historias, es tan enorme el fresco que resulta de su adición, que cuesta verlo transformado en carne de fotogramas. Barrueco ha querido ejercer así de director, más que de autor, logrando un montaje extraordinario para una película que, al menos desde su riguroso planteamiento literario, resulta inabordable por su tremenda ambición.

Vivir y morir en Lavapiés huele a cine, pero no a cualquier cine. Barrueco ha sabido sobrevolar por encima de los riesgos de una novela que aborda un territorio urbano tan reconocible como Lavapiés -le podría haber salido, por ejemplo, una novela más costumbrista- planteando una ficción con un pie en la realidad y otra en el cine negro, más concretamente en el cine negro americano de los 80. Resulta inevitable, a mi juicio, asociar la lectura con monumentos como Goodfellas, de Scorsese, el Scarface de De Palma, o True Romance, de Tony Scott. Tres ejemplos de un tipo de cine que es en realidad bastante clásico, y es que en el fondo, Vivir y morir en Lavapiés sigue, como todo el cine de Scorsese, en quien reconozco mayores deudas por parte de Barrueco, una vocación de clasicismo muy bien adornado bajo los abalorios de las formas más modernas de contar historias.

21 septiembre 2010

Extraña y contra natura


La habitación

Hubert Selby Jr.

Escalera, 2010. Colección "Precursores"

ISBN: 978-84-937018-6-4

268 páginas

19 €

Traducción de Daniel Ortiz Peñate



Fran G. Matute

Hubert Selby Jr. pasará a la historia por Última salida para Brooklyn (1964) y Réquiem por un sueño (1978), y esto es incontestable. Pero ello no quiere decir que el resto de su ignota y breve obra deba caer en el olvido. Prueba de lo anterior es La habitación (1971) que se publica y traduce en España ahora por primera vez. De hecho, según valoremos la obra de Selby Jr., podríamos llegar a afirmar que La habitación es el pináculo de su literatura.

Explicaba brillantemente nuestro amigo Daniel Ruiz en su reseña sobre Réquiem por un sueño, que Hubert Selby Jr. formaba parte del llamado realismo sucio. Por su parte, Richard Price, en el prólogo a dicha obra, definía al autor como alguien con “la habilidad para humanizar lo aparentemente inhumano, y por extensión, humanizar al lector”. Todo esto nos lleva a reflejar que la obra de Hubert Selby Jr. se caracteriza por ser brutal, grotesca, transgresora, angustiosa y repugnante, y sin embargo nos encanta.

Recuerdo que cuando se publicó American Psycho (1991) de Bret Easton Ellis un conocido me confesó que le daba vergüenza reconocer que le había gustado leerla. Vamos, que se lo pasó pipa con los pasajes sádicos. Y ese tipo de fascinación, a medio camino entre el voyeurismo y lo mórbido, es la que provoca Hubert Selby Jr. con su obra.

Dicho lo anterior, confesemos de antemano que lo primero que busqué en La habitación, calificada por la editorial como la “novela más dura que jamás hayamos publicado”, fue al Selby Jr. más golfo y juguetón. Pero hete aquí mi sorpresa (y aparente decepción) al comenzar las páginas de esta novela-reflexión, narrada por un reo confinado en una celda y convencido de su inocencia, cuando nos encontramos con un monólogo intimista y rencoroso contra la sociedad y el orden establecido, una ensoñación brillante que se extiende por gran parte de la primera mitad de esta extraña novela, construida bajo reglas caligráficas propias, a medio camino entre la fábula, el reportaje psicológico y el drama carcelario.

Pero poco a poco vamos hurgando en la verdadera psicología del narrador. Y en un ejercicio de virtuosismo suicida, Selby Jr. se desparrama a gusto en su podredumbre, diseñando una venganza que el propio autor califica de “extraña y contra natura”. No queremos desvelar los detalles de estos salvajes párrafos que ponen al lector contra la espada y la pared (como diría Chiquito de la Calzada, físicamente y moralmente), pero baste decir que tras la lectura de La habitación no podrán mirar a un perro de la misma forma nunca más.

No obstante, no queremos cerrar esta reseña dando la impresión de que lo más meritorio de la segunda novela publicada por Hubert Selby Jr. sea su lado más grotesco. Y es que la literatura de este autor bien podría compararse con el cine de Russ Meyer, al que Roger Ebert se refirió en su día como “uno de los grandes estructuralistas de la historia del cine, junto con Godard”, matizando que eso será así “cuando alguien sea capaz, algún día, de ver más allá de las enormes tetas que aparecen en sus películas”. Así que en la medida en que los lectores no se regocijen demasiado en el barro, podrán disfrutar de la recuperación de uno de los autores más auténticos, venerados y pioneros que ha dado el 'underground' norteamericano.