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26 abril 2012

De la ceniza a la vida o de la vida a la ceniza



A punto de dejarlo

Enrique Baltanás

Paréntesis, 2012

ISBN: 978-84-9919-210-9

210 páginas

16 €

   



Jesús Cotta

Para los que nos pasamos la vida dejando de fumar y para los amantes de los libros inteligentes, esta novela tiene muchos puntos de interés.

Julián Arjona, el protagonista, trabaja de bibliotecario en la antigua Fábrica de Tabacos de Sevilla, hoy edificio universitario y quiere dejar de fumar. La novela transcurre en un solo día, la víspera del gran día en que se verá libre de la nicotina.

Ese propósito tan aparentemente sencillo constituye para él el inicio de una vida nueva, marcada por la salud, el amor y la plenitud. Los que, cuando fumamos nos atormentamos y, cuando dejamos de fumar, somos fumadores in pectore, nos solidarizamos con las elucubraciones del protagonista sobre el humo.

Yo, en mi lucha contra el tabaco, he agotado todos los argumentos psicológicos, biológicos, económicos, sociales... pero el libro me ha abierto un inesperado horizonte de argumentos: los filosóficos y los ideológicos. Kant, Sartre, la transición, la revolución, etc. me han revelado en este libro muchas cosas acerca del tabaco. ¿Fumamos porque tenemos vocación de ceniza, como dice el autor, para acostumbrarnos a la inminente llegada de la dama negra, o bien por un exceso de vida y de energía, aunque ello acelere la muerte? ¿El tabaco es un placer a pesar de la adicción o precisamente por la adicción? ¿Sería la solución fumar moderadamente, como aconsejaban los griegos (“Nada en exceso”) o esa solución solo sirve para gente que nace con vocación de moderación? ¿Existe gente así?

Y lo bueno es que toda esta filosofada está viva y en movimiento de las manos y de la cabeza del protagonista y su médico confidente Salvador López Cuadrado con su obra Espirales de humo, que me encantaría leer.

Los protagonistas que circulan por la obra, menos uno, que no diré quién es, son equilibristas porque buscan en medio de la tendencia natural al exceso el equilibrio que los libre del abismo. Desde fuera, unos parecen incoherentes y otros hipócritas, pero eso es solo la apariencia externa que la búsqueda interna del equilibrio produce en el observador ajeno. No estaría de mal recordarlo cada vez que despachamos a mengano y a fulano con etiquetas tales como chaquetero, chupaculos, desquiciado o superficial.

La novela está escrita en forma de diario y, aunque el tono predominante es amargo, nostálgico y desencantado, el protagonista trata bien a las personas, no se ceba con ellas, las acaba comprendiendo a todas, menos, según me parece, a él mismo.

Pero su tono amargo surte el muy positivo efecto de destruir los falsos ídolos ideológicos, mediáticos, políticos o sociales que han embaucado a tantos hombres: la coherencia política, la revolución, el éxito literario, la realización profesional, etc.. ¿Qué queda entonces en pie? El amor, que, por muy cursi que suene, es lo que uno, al final de su vida (¡Rosebud!), descubre que andaba buscando.

La novela ganó en el año 2000 el premio Tiflos y merece la pena su regreso al ruedo, porque es entretenida y con enjundia, dos cosas difíciles de conjugar. Aunque a veces uno echa en falta que el protagonista piense menos y actúe más y que dé algún puñetazo en la mesa y tenga un poco más de crótalos y castañuelas, uno se lo pasa muy bien descabezando con él las cabezas de esa hidra que nos impide encontrar lo verdaderamente valioso en este juego o sueño o río que es vivir. Si el protagonista lo encontró en el otoño de su vida, otros lo podrán encontrar gracias a su lucha en la primavera o el verano, con más estaciones que vivir por delante.

Dejar de fumar arreglará el vacío existencial del protagonista, pero no porque se vea libre de la nicotina, sino porque el adiós al tabaco es para él el adiós al desamor, a la sensación de fracaso, a la frustración como amante y como escritor. Por eso creo que, aun cuando no dejara de fumar, su vida dejaría de ser humo con solo el amor radiante que lo visita para salvarlo de la cercanía de la ceniza y de la muerte.

Pero dejo al lector la tarea de averiguar si lo consigue o no, algo que se lee entre líneas en las últimas magníficas páginas de la novela, que constituyen un cambio de perspectiva brevísimo, revelador como un relámpago y conmovedor.

30 marzo 2011

Trimalción en el Huevo Oeste

El gran Gatsby

Francis Scott Fitzgerald

Paréntesis, 2011. Colección "Orfeo"

ISBN: 978-84-991-9148-5

182 páginas

13 €

Traducción y prólogo de José Luis Piquero





José María Moraga

Es curioso cómo se nos acumulan las “novedades” editoriales. Justo ahora que Baz Luhrmann ha anunciado que para el año que viene va a rodar una versión de El gran Gatsby con Leo DiCaprio ‘et alii’, quizás convenga hacerse eco de la reedición que ha hecho Paréntesis de la magistral novela de F. Scott Fitzgerald. Un título tan elusivo y con tantas resonancias míticas como “La Gran Novela Americana” se ha convertido ya en un cliché, pero durante el tiempo –décadas- en el que este Santo Grial literario se buscaba activamente había un libro sobre todos que proyectaba una sombra de padre sobre toda la producción novelística americana, precisamente el que nos ocupa hoy.

De acuerdo, Moby-Dick (1851) y otras obras cumbres han pretendido este título -¿no publicó Philip Roth hace cuarenta años un libro humorísticamente titulado La gran novela americana? Pero si una de las características esenciales de esa supuesta quimera es ser a la vez reflejo y crisol de una sociedad y capturar el espíritu de una época en los Estados Unidos, nadie podrá contestar que eso lo logró como ninguna El gran Gatsby (1925), auténtico manual de instrucciones de la tan cacareada “Era del jazz”.

Lejos de perder vigencia, su comentario sobre el Sueño Americano (otro mito de la tierra que mejor los produce, empaqueta y vende) cobra hoy más actualidad que nunca. Y acaso estos años que corren de crisis financiera, con sus arribistas, fortunas hechas y deshechas en un plis y bonanza para la industria del lujo tengan más puntos en común con el periodo entreguerras de lo que estamos dispuestos a admitir. Obligatorio hablar, si hablamos del Gatsby, del Sueño Americano, encarnado en Jay Gatsby, el Bernard Madoff de los años 20, el triunfador bañado en oro (ojo: bañado, no de oro macizo). El nuevo Benjamin Franklin capaz de optimizar su tiempo libre para elevarse de la mediocridad hasta llegar a ser alguien (al menos, “alguien con dinero”). Y todo ¿por qué? Por el amor de una mujer, como cantaba Julio Iglesias, personaje que sin duda hubiera frecuentado las fiestas de Jay Gatsby, de haberse celebrado hoy.

Obligatorio también hablar de su simbolismo. En el Gatsby resuenan ecos del Trimalción de Petronio, pero su significado está profundamente ligado al siglo al que pertenece, el siglo XX. Los símbolos se acumulan en la novela: los imponentes huevos rocosos –East Egg y West Egg- que limitan la bahía donde viven los protagonistas, los ojos del anuncio del Dr. T. J. Eckleburg, la lejana luz verde que se distingue a duras penas… el futuro es algo que contemplamos en la lontananza, todos tenemos algo que esperar, Gatsby el que más, pero solo al final lo averiguaremos. El valle de las cenizas, ese páramo que también sirve de metáfora… todo contribuye a crear en la novela una riquísima atmósfera simbólica que no es mi intención desmenuzar aquí por si hay por ahí algún alma cándida que tenga la suerte de no haber leído el libro todavía.

Los personajes de El gran Gatsby se encuentran entre los más memorables de la literatura norteamericana, lo que hoy día equivale a decir “de la literatura global”, además de Gatsby están, entre otros, la extraña pareja formada por Tom y Daisy Buchanan, esos que rompen platos y dejan que los recojan los demás, la deportista Jordan Baker –representante de las chicas ‘flapper’- y el mejor, que dejo para el final. Nick Carraway, ese narrador del que pronto aprendemos que nos podemos fiar bien poco. Nick, ese cuyo padre le aconsejó que no hablara mal de los demás pero que no hace otra cosa en todo el libro. Ese que no es Gatsby, pero por cuya boca sabemos la historia de Gatsby. La historia de Jay Gatsby, un hombre admirable y despreciable a la vez, un hombre indudablemente atractivo, porque resulta imposible sustraerse a su glamour, mantenerse impasible en presencia de sus exquisitas camisas (por ejemplo), debe ser leída porque es un monumento a la literatura y porque proporciona un deleite indecible. También –qué duda cabe- por su carácter ya aludido de gran novela americana (permítanseme las minúsculas) pero en el primer párrafo deslicé una mentirijilla: la reputación del Gatsby no quedó establecida de modo incólume hasta bien entrada la segunda mitad del siglo que preside. En cuanto a 2011… ¿Leonardo DiCaprio haciendo de Robert Redford? Mejor quedarse con el texto original de Fitzgerald.

24 noviembre 2010

El filo de la desesperanza

Bancos de niebla

Juan Carlos Palma

Paréntesis Editorial. Colección Umbral. 2010

ISBN: 9788499191348

118 páginas

12 €


Daniel Ruiz García

La nueva novela de Juan Carlos Palma está hermanada con cierta tradición del género en la que la voz narrativa representa a un personaje más bien secundario de la trama, cuyo propósito es contar desde su condición de espectador o incluso de gregario la vida o la experiencia de otro. Ese otro se erige, a través de las elipsis, de los silencios, de su latente ausencia, o bien de sus apariciones escasas pero siempre intensas, en el personaje central, siempre rodeado de misterio, de un halo de intriga. El propósito de la voz narrativa en este tipo de novelas, e incluso de la propia novela, es siempre dotar de comprensión a esa intriga, completar el puzzle que el mismo personaje representa. Si le preguntamos a Vila-Matas, no dudará en afirmar que el paradigma de esta categoría de novelas se encuentra en Baterbly el escribiente, de Mellville. Sin embargo, hay muestras de este tipo de narrador diseminadas a lo largo de toda la Historia de la literatura: las propias novelas de Sherlock Holmes son un ejemplo claro del narrador testigo. Ejemplos hay para cansarnos: por gusto personal, me quedo con El filo de la navaja, de Somerset Maugham (¿para cuándo el reconocimiento crítico definitivo de este imprescindible?). Pero si hay una novela a la que Bancos de niebla me ha recordado, es a El Gran Meaulnes, de Alain-Fournier.

Porque la historia de Bancos de Niebla es una especie de elegía, de canto sentido a una suerte de Meaulnes invertido, de contra-Meaulnes. La antítesis del maravilloso personaje dibujado por Alain-Fournier, el chico malo de la clase, el travieso, siempre predispuesto a la aventura, el estereotipo que después llego a hacerse carne de celuloide a través de James Dean. El anti-Meaulnes se llama en la novela que nos ocupa Mario, y es un chico torpe, enfermizamente introvertido, sometido al escarnio permanente de los compañeros de clase. Si en la novela de Alain-Fournier quien se encargaba de trazar el retrato de Meaulnes era un compañero de clase, Francisco Seurel, aquí quien ordena e intenta dotar de comprensión la vida de Mario es un amigo de infancia, Andrés –trasunto, suponemos, del propio Juan Carlos Palma, si damos por buena la aclaración que acompaña al final de la novela-, que lucha contra sus propios fantasmas intentando comprender las verdaderas causas del infortunio del protagonista.

Para que una novela con este planteamiento funcione, se exige un alto nivel de competencia en la capacidad de dosificación de la información. Es importante mantener un equilibrio en la forma de proporcionar los datos, y favorecer así el deseo de lectura, con una tensión sostenida que sólo debe vaciarse en el último capítulo. La brevedad, desde luego, ayuda (la novela no supera las 120 páginas), pero hay que aplaudir la forma en que Juan Carlos Palma sale airoso del reto, demostrando que, desde luego, no es nada primerizo en esto de la narrativa (además de publicar varias novelas, ha obtenido algunos galardones de peso, como el Rodrigo Rubio de Novela Negra). Como forma de apuntalar la narración y dar cabida a ese personaje que se mueve desde la remembranza y la ausencia, Palma se vale de un recurso que tiene mucho de cinematográfico: la audición de una serie de cintas de audio grabadas en distintos momentos de su vida por el personaje central en las que éste va narrando de forma pormenorizada su propio testimonio y, sobre todo, sus sentimientos. De esta forma, hay breves monólogos interiores que se intercalan con la voz narrativa, la del amigo que recuerda, que se erige como la voz principal, y que se afana en el objetivo de rellenar los huecos de silencio e incomprensión. Esta voz del amigo gana en intensidad hacia el final de la historia, a partir de la narración de un sueño no cumplido que recrea al Mario que nunca fue y que resulta de gran belleza. Es el momento de mayor brillo de la novela y en el que la narración alcanza mayor altura poética. Sólo por esas páginas finales merece la pena leer este libro.

Algo que no escapa a los lectores de mi generación es la incorporación de referencias culturales, sociales y de ocio enormemente estimulantes para todos los que habitamos en esa región infantil de los años 80. Además de los valores propios de la historia, Bancos de niebla resulta muy interesante porque rescata vivencias y recuerdos en los que de una forma u otra todos los que crecimos en aquellos años nos vemos reconocidos. Sentí un verdadero fogonazo de recuerdos, por ejemplo, cuando en un momento de la narración Palma alude al juego de mesa El imperio Cobra, con el que a menudo jugué de pequeño. También están los clics de Famobil, los juegos del Spectrum… Un escaparate de iconos propios de la infancia de los 80 que Palma maneja con desparpajo y sin complejos, sabiéndose parte indisociable de una cultura popular que es necesario reivindicar por encima de los estiramientos propios de la gran cultura. Algo parecido a lo que hace José Ángel Barrueco en Recuerdos de un cine de barrio, y que empieza a barruntar que los 80 serán un terreno bastante prolífico de cultivo para la narrativa que viene.

03 noviembre 2010

Vuelve Edith Warton

Madame de Treymes y otros relatos

Edith Wharton

Paréntesis, 2010

ISBN: 9788499191041

360 páginas

16 €

Traducción: Lale González-Cotta

José María Moraga


Vuelve Edith Wharton: la primera mujer que recibió el Pulitzer, la amiga de Henry James. La reportera de guerra, la malcasada, la imperialista, la árbitra de la elegancia, la maestra de la ironía, la naturalista de salón… ¡Sálvese quien pueda? Esta vez no. La forma que ha escogido la autora neoyorquina para regresar (ella, que tan famosa es por escribir sobre fantasmas) es una colección con diez de sus relatos más conocidos, editada por Paréntesis bajo el título Madame de Treymes y otros relatos (2010).

“Madame de Treymes” es el buque insignia del volumen, como podían haberlo sido muchos otros. Se trata de uno de esos cuentos de “inocentes en el extranjero” (por robarle la frase a Mark Twain): norteamericanos en Europa a principios del siglo XX. Los complicados usos sociales, la estratificación imperceptible dentro de una sociedad de clases más rígida si cabe que la estamental, el cortejo, los miramientos, la hipocresía y el miedo al qué dirán conforman un rico tapiz costumbrista absolutamente fascinante para nosotros, pobres lectores globalizados y virtuales de aproximadamente 100 años después.

Era una época en la que las mujeres no podían tener pasado, tu estatus como anfitriona (y hasta tu reputación) podía caer debido a unas cortinas mal elegidas y en la que el papel de la mujer bien era el de buena madre y esposa, espejo y coautora no reconocida del éxito social de su marido. Los hombres lo tenían mejor porque podían fumar puros y ganar dinero, pero la serie de constricciones que atenazaban a la sociedad imponían sobre sus hombros unas responsabilidades mayores que las de la mujer, con lo que tampoco es para arrendarles la ganancia.

Esto no solo les ocurría a los americanos “expatriados” en Francia, Wharton nos deja diáfanos ejemplos del sutil juego de poder doméstico impuesto por una época en cuentos como “Los otros dos” (curioso retrato de divorcio y familles recomposées) y “El mejor hombre” (sobre chanchullos políticos), ambientados en Nueva York, el mundo del que salió la autora. “La misión de Jane” (sobre una problemática adopción con inesperados resultados) abunda en idénticos contextos sociales.

¿Y los fantasmas? Solo hay un cuento de este género, el inquietante “Después”, bien narrado y redondo podríamos decir, en general, si no fuera porque en el siglo XXI me temo que no cumple su función principal: dar miedo. Tampoco da miedo ya (hace décadas) Otra vuelta de tuerca (1898) del contemporáneo y amigo de Wharton Henry James, pero ambos relatos resultan lo suficientemente turbadores para, sin asustar, ser considerados como clásicos del género.

El mundo del arte, del que Edith Wharton se sintió tan cerca, queda bien reflejado en cuentos como “El veredicto”, “El legado” y “Expiación” (sobre una autora novel sospechosamente parecida a la propia Wharton en sus comienzos). “El legado” es además un estudio sobre el carácter humano, lo mismo que otro cuento, “Un cobarde”, cuyo título resulta ambiguo por no decir irónico. “Un diletante”, pese al suyo, toma una imagen del mundo del arte para apartarse de él y trazar uno de esos encajes de bolillos sociales también presentes en “Los otros dos” o el titular “Madame de Treymes”.

Aunque sólo fuera por el formato recomiendo el libro: no soy fan de los novelones del siglo pasado, sí de los cuentos cortos. Edith Wharton se muestra en estos diez relatos una dignísima representante de tan norteamericano género, desde luego, y su ironía, su ojo clínico social y sus tímidas -bien que sólidamente argumentadas- quejas sobre el papel de la mujer en la época que a ella le tocó vivir hacen de esta lectura un placer. Pero además del género y del contenido me gustaría decir algo acerca del lenguaje, ese material con que se forjan los libros.

En última instancia, no debe olvidarse que Madame de Treymes y otros relatos es una traducción, que califico de correcta, a cargo de Lale González-Cotta. Perdonadme la pedantería: la (de)formación me ha acostumbrado a leer en el original, y a ratos me resultaban incómodas las intrusiones de palabras o expresiones que yo creía estar viendo al trasluz en inglés. No estoy diciendo que el libro esté mal traducido, ni que yo lo hubiera hecho mejor, todo lo contrario. Sólo que resulta un poquito fastidioso leer por primera vez unos cuentos traducidos, simplemente porque hace que las cortinas de la Sra. Wharton me hayan parecido un poquitín peor elegidas de lo que seguramente son.

21 octubre 2010

Postales de otra Cádiz

Carne de gato

Miguel Ángel García Argüez

Paréntesis. Colección Umbral. 2010.

ISBN: 978-84-9919-114-0

236 páginas

13 euros


Daniel Ruiz García

Las pulsiones que sirven como encabezado para cada una de las cuatro partes de la nueva novela de Miguel Ángel García Argüez (hambre, sueño, frío y miedo) constituyen en sí mismas un perfecto resumen de los avatares que padecen los personajes que deambulan por sus páginas. Porque Carne de gato puede leerse como un tratado sobre supervivencia, en concreto sobre la supervivencia de un grupo de jóvenes que vive, ama, odia y padece en Cádiz, la ciudad milenaria tan manoseada en estos tiempos de efemérides y palabras mayúsculas pero que aquí adquiere otra dimensión. El dibujo de la Cádiz de Miguel Ángel García Argüez es una Cádiz hermosa pero nada señorial, se reconoce poco en esta postal bucólica de taza dorada bañada por el Atlántico que ejerce de cuna de Europa: más bien es un animal anciano que se lame las patas, una existencia enferma habitada por insectos que malviven a duras penas sin ningún tipo de esperanza más allá de la obtención de placer o la satisfacción de sus instintos básicos.

La juventud que García Argüez perfila en las páginas de esta novela mueve muy poco al optimismo. Parece que el escritor, que sabe bien de lo que habla –aparte de poeta y de artista musical, tiene una reconocida trayectoria como letrista en el Carnaval de Cádiz-, ha querido plantear un retrato humano como quien acerca la oreja a una conversación ajena: dejando que los personajes hablen entre sí, se desenvuelvan, casi a su libre albedrío. Aunque la trama no es ajena a algunos efectismos narrativos, al llegar al final del libro no hay conclusiones morales, los personajes no abrazan una meta, más allá del roce, de la búsqueda del cariño, el único antídoto contra la incertidumbre. “Ellos dos se abrazan con miedo”: es precisamente una de las últimas frases de la novela, que define bastante bien el tono general de Carne de gato.

García Argüez es poeta, y eso se nota en la forma de narrar. Porque aunque el estilo es bastante directo, con un predominio de la acción y, por tanto, del verbo (en muchos momentos se intuye cierta deuda con autores norteamericanos en la órbita del realismo sucio), en otras ocasiones hay momentos de gran vibración lírica, con imágenes de fuerte plasticidad en las que se reconoce la vocación poética del escritor. Este lirismo, en todo caso, está bastante bien dosificado, de forma que la lectura es sencilla, amena, agradable. A ello ayuda, asimismo, una capacidad innegable de oído, y una habilidad para el retrato de ambientes costumbristas sin llegar al apolillamiento y el olor a naftalina.

Se echan en falta en Cádiz voces como la de García Argüez. Voces capaces de plantear crónicas de una ciudad que retratan historias que extrañamente salen en las fotos, aunque son más comunes de lo que cualquiera puede pensar.

04 junio 2010

Una novela vivita y coleando


Andábata

Olga Bernad

Paréntesis, 2010

ISBN: 978-84-9919-9073-0

228 páginas

13 euros (9'10 en ebook)






Jesús Cotta


Lo que más me gusta de esta novela es la frescura y la sinceridad con que se explican las cosas, lo breves y sutiles que son las pinceladas con que retrata a ciertas personas, el humor con que la narradora protagonista se trata a sí misma y esa estupenda manera de convertir lo cotidiano en excelente materia literaria. Yo, que me siento incapaz de hacer literatura con mi propia vida, siempre he admirado a los que novelan lo radicalmente cotidiano y, encima, lo hacen con gancho. La clave está en la humanísima, sincerísima y fresquísima protagonista, que no se calla nada, ni miedos, ni frustraciones, ni pecadillos, ni complejos, ni virtudes ni defectos, y todo ello sin pizca de autocomplacencia ni de sarcasmo ni de hipérbole, que sería lo fácil, sino con mucha gracia y talento literario.

No encuentra uno en esta Andábata asuntos extraordinarios y tramas novelescas. Lo extraordinario y novelesco es lo que la narradora, como si tal cosa, nos cuenta; y uno está deseando sentarse con ella y una copa en una terraza para que nos lo siga contando todo, hasta el final y el último detalle, porque ella es divertida, terapéutica, inteligente, realísima, simpática y transmite unas tremendas ganas de vivir, de perdonarlo casi todo y de meterse aún más en ese día a día suyo de luchadora poeta trabajadora y amante feliz con riesgo constante de desliz.

Lean, si no, el final del segundo capítulo, que es de antología, o la desternillante historia de las amigas porretas o el justificadísimo cabreo del capítulo III. Y los diálogos del V demuestran que la vida en pareja puede ser lo más divertido y acertado que se puede hacer en la vida; y ese sueño de ser camionera y los seres imaginarios que pululan por el libro, como el obispo de Celibandia, y con los que la prota habla con un desparpajo libre y reflexivo. Y menudo pedazo de amiga que es Carmen. Y les doy mi palabra de que todos esos personajes, incluso el obispo de Celibandia, no tienen nada de pastiches literarios: están vivitos y coleando, como servidor.

La variedad de registros es otro de los alicientes del libro. Tan pronto echa mano del vocabulario artístico como del lenguaje callejero, pero todo dentro del estilo libre, luchador y suelto de la prota. Olga Bernad, además de novelista, es poeta, y en este libro sabe sacarle a la lírica partido narrativo. No le ocurre como a esos poetas que cuando escriben prosa parece que no pueden contar nada, sino tan sólo sentir mucho. Me gustan esos libros que son tan ágiles contando como elegantes escribiendo.

Es, en fin, la novela de quien lidia en la oscuridad con el mundo, sin alharacas y con dignidad, echando mano del amor que le dan, pero dando más amor del que ella se da cuenta. Es también una novela que, sin maquillar la realidad, transmite unas ganas tremendas de vivir y de comprender a la gente.

Quien quiera saber más de la autora y de su poesía, que pinche en su blog Caricias perplejas, donde disfrutará de textos redondos y sin pelos en la lengua, imprevisibles y libres.

24 mayo 2010

De viajes y espirales

Percusión

José Balza

Paréntesis, 2010

ISBN: 978-84-9919-057-0

230 pág.

13 euros.

Prólogo de Toni Montesinos


Rafael Suárez Plácido

A veces uno reconoce entre sus manos una perla. Eso me pasó, en 2002, con un libro de relatos que editó el Ateneo de La Laguna. Se llamaba La mujer de la roca (y otros ejercicios narrativos). Era de un escritor venezolano del que no sabía nada entonces, y recuerdo que la joven editora, que fue quien me lo ofreció en el transcurso de una conversación interesantísima sobre los cuentos y las pequeñas editoriales de provincias, me comentaba que se lo habían enviado a muchos medios y críticos, pero que no se habían hecho eco de él. No había vuelto a encontrar libros de José Balza (Delta del Orinoco, 1939) hasta que me topé con Percusión, entre las novedades de la editorial Paréntesis. Habría mucho que hablar sobre esta editorial sevillana y, muy especialmente, sobre la colección Orfeo que nos devuelve la posibilidad de leer buenos libros agotados e inencontrables. Como botón de muestra: Todas las mujeres de José María Conget, o la antología de la poesía de Pessoa, El misterio del mundo, traducida por José Luis García Martín. Pero este es el momento para hablar de Percusión, de José Balza.

Lo primero es señalar es que la novela se publicó por primera vez en Seix Barral, en 1982, y desde entonces no se había vuelto a reeditar. En este caso, además se incluye un prólogo de Toni Montesinos, de donde entresacamos la frase que inicia la carrera literaria del autor. Es el principio de Marzo anterior, su primera novela, escrita con unos sorprendentes diecinueve años: “En el fondo ni siquiera esto es válido, porque en alguna vuelta de la espiral volveré a encontrarme: yo mismo ante mí.” Y es doblemente sorprendente porque esta frase, escrita sobre 1960, resume toda la trama de Percusión, publicada más de veinte años después. El narrador es un hombre de sesenta y cinco años que regresa, de un larguísimo viaje de más de cuarenta años, a su ciudad, Caranat, donde vuelve a encontrarse con él mismo rejuvenecido. Después de un viaje resuelto en espirales alrededor de sí mismo se reencuentra con ese jovencito que marchó de la ciudad en busca de una estabilidad seriamente truncada por una frustración amorosa. La frase que inicia la novela es también de las que te arrastran a seguir leyendo: “El hombre más bello es quien llega desde el lugar más lejano dices al verme, como si yo hubiera partido ayer, como si este encuentro no ocurriese con cuarenta años de separación.” Otra frase que resume toda la novela, que nos promete que a partir de ahora nos señalarán paisajes diferentes, personajes encontrados, más o menos amables, situaciones o peripecias personales que nos llevarán a reflexionar sobre la vida y las relaciones. Pero todas irán formando círculos concéntricos, en espiral, en los que seguiremos encontrándonos al protagonista enfrentándose a las mismas preguntas de siempre: ¿en qué ciudad vivir? ¿Con quién vivir? O incluso: ¿merece la pena vivir siempre, en cualquier circunstancia?

En el viaje del narrador, un compañero de excepción: Giordano Bruno. Memoria y vida van a estar marcadas por las lecturas del filósofo italiano que murió en la hoguera inquisitorial. La observación gozosa de la naturaleza, de las ciudades, de las personas y sus sistemas, y su deseo de ser parte activa de ellos, van a mover al narrador que sale con veinticinco años de Caranat (trasunto de Caracas), donde ha sufrido un desengaño amoroso con Nefer, pero donde además no encuentra acomodo, ni personal ni laboral.

El primer destino del viaje es Dawaschuwa, “tan diferente de Caranat, nuestra ciudad modernísima (…) la dulzura de sus gentes me decidió”. La presencia en esta ciudad, que es Managua, y en sus alrededores; el trato con sus gentes y con sus paisajes; el uso del lenguaje tan trabajado, tan propio de esta zona del mundo, me evocó inmediatamente al Carpentier de Los pasos perdidos, ese otro viaje iniciático al centro del mundo. Eran los años finales de la dictadura de los Somoza. En la novela asoma la figura de Cardibal (Ernesto Cardenal), que ya iba forjándose como la figura que luego fue, que ahora es. La revolución sandinista es la música de fondo para mostrarnos las relaciones personales con Harry, un joven al que instruye y transforma de un buen salvaje en un prometedor licenciado, y que finalmente casi le lleva al suicidio, y a abandonar la ciudad. El segundo destino será “la Isla”, que trata de ser una imagen más o menos utópica de Cuba. Toni Montesinos encuentra referentes en Jonathan Swift. Yo hablaría también de Huxley. El narrador sabe que allí nunca encontrará su sitio. De hecho es el único lugar donde no encuentra el amor, porque todo está demasiado reglado: también el sexo. El tercer lugar es Shamteri, que nos recuerda a Nueva York. Los círculos concéntricos nos muestran lugares opuestos. Las demás ciudades están citadas explícitamente: La Haya, Erevan, Samarcanda. La novela termina en un 2005 con un mundo desquiciado, con amenazas exteriores y con la necesidad de volver al principio de todo: Caranat.

“El hombre más bello es quien llega desde el lugar más lejano.” La belleza es el conocimiento, la sabiduría que da haber conocido tantas situaciones diferentes y a tantas mujeres. Las mujeres son parte esencial de cada ciudad. El único sitio donde no se cita expresamente a ninguna es “la Isla”. Pero las mujeres, el amor, el sexo, el desengaño… son motivo para ser feliz o no serlo en algún sitio. El narrador nos cuenta que no se puede enamorar de quien se le entrega totalmente. Así, los amores felices no existen, o no duran. En el momento en que la mujer se le entrega, deja de tener interés. Diferente es el caso de Harry: Harry es su obra. Ver cómo se aleja de lo que había previsto para él le causa un daño que bien pudo haber sido irreparable. El amor es entrega, es pulsión, es percusión: la música que mueve el mundo.

La editora del Ateneo de La Laguna me decía que veía a José Balza entre los grandes autores hispanoamericanos actuales. No lo sé. Aún conozco demasiado poco de él para asegurar eso, pero sus relatos son muy buenos y Percusión es una buena novela que hay que leer.

23 abril 2010

Por favor, bájenme un piano a la 3ª cubierta

El aprendiz de emigrante

Robert Louis Stevenson

Parentesis, 2009

124 páginas

ISBN: 9788499190402
12 €
Traducción y prólogo de Eduardo Jordá



Manolo Haro

Me reconozco como un ferviente admirador de Stevenson. Viajé a Edimburgo con un volumen de sus artículos (A la luz de una linterna, Cuatro, 2002) por el puro placer de intentar recobrar la escurridiza esencia de las cosas que él vio y que ya no existían. En autobús me acerqué a St. Andrews porque una frase de uno de sus escritos no podía ser desoída: “St. Andrews era un lugar poco adecuado para estudiar; el resonar del viento del Este y el estallido de las olas permanecen en sus aulas somnolientas y confunden las palabras del profesor, hasta que maestro y lección se pierden por igual en el olvido y sólo las gaviotas golpean las ventanas y las corrientes de aire marino susurran en las páginas, ya al aire libre”. Eso encontré, el olvido trenzándose caprichosamente por los únicos vestigios reconocibles de que Robert Louis era escocés. En ese mismo St. Andrews una apergaminada viejecita nos regaló, por sólo seis libras, la flor de Coleridge, el único rastro tangible de que los buscadores de tesoros no siempre se vuelven a casa con las manos vacías: un ejemplar de Poems by Robert Louis Stevenson en la preciosa edición de Everyman´s Library. Pero el autor, como casi siempre constatamos los mitómanos que nos lanzamos al encuentro de los paisajes de los escritores que amamos, está más vivo en sus libros que en las postales y los museos dedicados a su gloria.

Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850-Samoa, 1894) fue un hombre de acción. A pesar de su delicada salud, nunca se reclinó en la cama más de la cuenta. Tras su frustrado paso por la universidad, primero como estudiante de ingeniería náutica y luego como abogado, viajó junto a su hermano a Francia con la intención de dedicarse a la pintura. Hace noche en el Hotel Chevillon, en Grez, población a la que llega con la pretensión de contrastar opiniones y colores con la colonia de artistas bohemios que allí estaban establecidos. Es invierno. Un grupo de gitanas sentadas junto a la chimenea se acompañan de dos mujeres, una jovencita y otra adulta. La mayor se llamaba Fanny Osbourne y la pequeña, su hija, Belle. Su vuelta a San Francisco es inminente. El escritor y Fanny, en proceso de divorcio, se enamoran. Ahí empieza todo.

Es más que probable que si las flechas de Cupido no hubieran salido de su carcaj en dirección a estos dos corazones la producción literaria de Stevenson, al menos en sus comienzos, no habría recorrido los mismos caminos por los que se lanzó. Concretamente, El aprendiz de emigrante comienza a gestarse a partir de la travesía que el novelista realiza a bordo del Devonia. Su cometido esencial era ir al encuentro de Fanny, pero el escritor se topó con la posibilidad de vivir un viaje más íntimo y pleno bogando entre las turbulentas aguas de las almas que viajaban en tercera clase. Los diez días que duraría el periplo desde el puerto de Clyde, en Glasgow, al de Sandy Hook, en Nueva York, le aportaron una amplia colección de tipos humanos y unos sólidos puntales para desarrollar una teoría personal sobre la emigración y sobre las clases sociales. Su pasaje en segunda sólo se diferenciaba del de tercera en que tenía una mesa (para escribir) y una vajilla de loza. Las penalidades eran las mismas. En una cubierta llena de escoceses, irlandeses, escandinavos, alemanes y algún que otro ruso, Stevenson fue uno más: “Formábamos una compañía de derrotados: los borrachos, los incompetentes, los débiles, los manirrotos, todos los que habían sido incapaces de sobreponerse a las circunstancias de su país, tenían que huir ahora lastimosamente a otro”.

“Prefiero escuchar la vida de un hombre que vive en medio del riesgo […] porque cada paso que [da] es crítico y revela la vida desnuda y siempre en el vértice del peligro”. Las historias de estos desposeídos, contadas al oído, van conformando una galería de voces de una humanidad azarosa que se jacta de gandulear y de cobrar sin hacer nada. El escocés no es complaciente con algunos de ellos. De hecho, llega a afirmar que las tres causas más generalizadas de la emigración son la bebida, la holgazanería y la incompetencia. No hay épica vana, pues la miseria no la tiene; cuando se encuentra con algún ser que merece la pena, lo notamos, pero no se demora más de la cuenta. No hay concesiones al lirismo; despoblado de oropeles, sólo le dedica algún que otro párrafo apoteósico al mar nocturno. Este librito guarda una humanidad que se trasmina a partir de esos retratos que el escritor construye con tres trazos, como si no hubiera tiempo de más, como si quisiera en un instante atrapar entre los dedos el polvo precioso de cientos de alas de mariposas.

Cesare Pavese afirmaba que Stevenson no se dejó contagiar ni por la obsesión científica del Naturalismo ni por el edulcorado aliento de “el arte por el arte”: “ni verista ni esteta […], fue derecho, por instinto, a lo que de vivo, genuino y eterno había en el fondo de las exigencias de ambas escuelas”. Y seguía diciendo: “Stevenson entra en la prosa narrativa inglesa, y alcanza exótica fascinación, la lección estilística de los naturalistas franceses, la lección de la palabra justa, insustituible, el sentido del color, del sonido, del matiz esencial, del detalle observado con exactitud, y al mismo tiempo la aversión a todo exceso romántico o sentimental, el ejercicio de una sobriedad y un dominio de sí mismo casi estoico”. A veces resulta grato llamar a las puertas del Purgatorio para salvar un párrafo de esta concisión y calado.
Los hermanos Marx viajan desde Italia a Nueva York en un barco cargado de inmigrantes. Harpo y Chico lo hacen como polizones, mientras Groucho consigue para el periplo el famoso camarote de los dos metros cuadrados. La visión idílica y musical de la tercera cubierta en Una noche en la ópera, con arpa y piano incluidos, tal vez sea lo que más se aproxime a la pintura de Stevenson, pues el Devonia era un barco cargado de música, de violines y acordeones, dando igual si era bueno o malo lo que allí se cantaba. Pasen y oigan el agua tempestuosa que se cuela por los imbornales, el estrépito de las gavias y la música gigante de la prosa de Stevenson. No les defraudará. Ah, y feliz Sant Jordi.

25 marzo 2010

El dilema de Henry James

Mi vida sin Eva Gundersen

Manuel J. Ramos Ortega

Paréntesis, 2009

ISBN: 9788499190501

274 páginas

14 euros

Daniel Ruiz García

La adopción de la mirada infantil, el prisma ingenuo, siempre ha sido un recurso fértil para los narradores. Mediante el empleo de un punto de vista premeditadamente inmaduro, de quien no sabe más porque está limitado por edad o por la falta de experiencias, hay muchos escritores que han logrado urdir tramas de gran interés, donde es habitual la trampa, el engaño. Como lectores, estamos obligados a conformarnos con el punto de vista del niño, del personaje inmaduro, que nos ofrece su visión personal y parcial de la vida, limitando nuestra perspectiva de los hechos, deformándola a través de su percepción ingenua y caprichosa. A bote pronto, se me ocurren unos cuantos libros en este tono, entre los que el más popular sea probablemente (pido perdón de antemano) El niño con el pijama de rayas, cuyo planteamiento está íntegramente construido sobre el engaño de esta voz infantil. Pero hay otros muchos: Claus y Lucas, de Agota Kristof, Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal, Ciudad de Ladrones, de David Benioff… Libros en los que nuestros ojos ven a través del personaje, y en los que estamos obligados a ejercicios de elucubración sobre “lo que hay más allá”, en la tradición de aquella seminal propuesta de Henry James en Otra vuelta de tuerca, que tanta influencia ha tenido sobre la Teoría de la Literatura y el concepto contemporáneo de novela.

El libro que reseñamos hoy forma parte de esta tradición. Mi vida sin Eva Gundersen presenta desde las primeras páginas al cadáver que da nombre a la novela, y toda ella es un ejercicio de reconstrucción a través de distintas perspectivas de unos mismos hechos que se van revelando en boca de los personajes.

El autor, Manuel J. Ramos Ortega, es catedrático de Literatura, y eso se nota. Tiene facilidad para ensamblar con armonía algunas de las obsesiones más recurrentes de la literatura universal: el doble, la recuperación del tiempo perdido, la obsesión por la persona amada, la muerte como elemento seductor… Todo ello sobre el tapete de una trama que resulta muy atractiva de partida: en el Cádiz de los años 60, un grupo de jóvenes disfruta con intensidad de sus particulares “veranos del amor”, en medio de un escenario inquietante poblado de veteranos nazis que se ocultan en las playas gaditanas aprovechando las simpatías del franquismo con el finiquitado régimen alemán. Uno de esos jóvenes, André, se enamora perdidamente de Eva G., la hija del cónsul alemán. “La consulita” es quien aparece muerta en la playa de Cádiz, y a la reconstrucción de su secreto está consagrada toda la novela. Así, la trama irá avanzando a través de la voz de distintos personajes, que a modo de puzzle completarán la verdadera historia de esa muerte que marcará a fuego al propio André y al resto de adolescentes del grupo.

No es, a mi juicio, y en contra de lo que sostiene la propia contraportada del libro, una novela coral. Para ser coral debe necesariamente ser poliédrica, con voces que tengan una personalidad propia, distinta. Porque sí, es cierto, hay distintos personajes, pero todos ellos comparten una cierta voz común. Una voz que se mantiene con pocas variaciones en todos los personajes, y que a mí se me antoja una voz adolescente. Esa voz predominante tiene tanta fuerza que le da tono y unidad general al libro. Es una voz evocadora, con mucho ritmo, evanescente a ratos, como un perfume, que es la voz que uno le pondría a una recreación de la juventud, a la propia juventud. Leyendo este libro he recordado películas como Verano del 42, o como American Graffiti, o, en un tono más peninsular, como El curso en que amamos a Kim Novak. En este sentido, las distintas voces funcionan más bien como recurso para armar la estructura de la trama, antes que como herramienta para alcanzar una perspectiva coral. Esto, que podría interpretarse como una objeción, me parece en realidad una de las cosas más atinadas de la novela, y lo que le confiere unidad e integralidad. La voz narrativa de Manuel J. Ramos Ortega es muy fuerte e impetuosa, tiene personalidad y funciona, especialmente en tramas como la que nos ocupa, donde dicha voz asume una gran responsabilidad: la de contar algo desde la ingenuidad, favoreciendo la progresión de la trama y manteniendo el interés prácticamente hasta la última página. Para arrojarnos al final, una vez más, sobre la gran duda de Henry James: ¿había fantasmas, o la institutriz estaba loca?

09 marzo 2010

Sociología novelada

Tierra raya

Antonio Trinidad

Editorial Paréntesis, 2010

ISBN: 978-84-991-9063-1

173 páginas.

13 euros.




Juan Carlos Sierra

Hagamos las presentaciones. Aquí Antònio Trinidad, autor recién llegado al mundo de los libros impresos –aunque escritor desde siempre- con una primera novela, Tierra raya, que no desmerece a las segundas, terceras o cuartas de otros novelistas consagrados. Aquí sus lectores presentes y futuros.

Una vez que hemos repartido besos y apretones de manos, según marcan las normas de cortesía de nuestra sociedad, presentemos a sus personajes. Se llaman, principalmente, Gonzalo y Antonia, que actúan de narradores alternativos a lo largo de las 47 secciones, capítulos o como quiera llamarse a los segmentos en que está estructurada la novela; pero también se llaman Julián y Toñi, los novios, Basilio, el temible cabo de la guardia civil de los tiempos del dictador, Juan Chota, el taxista sin escrúpulos que intenta comerle terreno en el negocio a Julián, su futuro yerno, Mª Victoria y Marifé, las hijas de Antonia y Basilio, Marieta, la mujer de Gonzalo, los hermanos de Antonia... En definitiva, un espectro familiar complejo, como todas las familias, enclavado en la Extremadura del franquismo y del euro, de la dictadura y de la democracia, de los estrechos códigos familiares rurales y del desapego generacional urbano y posmoderno.

Como reza la contraportada del libro, el hecho que da pie a toda la novela es una boda, la de Julián y Toñi. Y quizá nada mejor que una celebración de este tipo, con su debe y haber en la contabilidad de los compromisos sociales y las esclavitudes familiares, para poner sobre el tapete de la narración el conflicto generacional que recorre toda la novela, que no es otro que el abismo abierto entre los miembros de las familias de un país que ha pasado en muy pocos años de la pobreza al estado del bienestar, de la moral del nacionalcatolicismo a las parejas de hecho y, sobre todo, del complejo de inferioridad asociado al analfabetismo a la generación de los universitarios de pueblo con beca.

Más allá de este conflicto, Tierra raya puede leerse como una suerte de ensayo sociológico de ese país, que evidentemente es España. La virtud principal del estreno editorial de Antònio Trinidad es que, como ya hiciera Luis García Montero con su biografía novelada de Ángel González, en vez de elegir el camino más trillado y menos amable del género ensayístico, ha optado por transformarlo en novela, por contárnoslo al oído, por acercárnoslo con una anécdota, la boda de Julián y Toñi, que estrecha el espacio entre el lector y la materia narrativa. De ahí lo absorbente de la novela, que además provoca en el lector una mezcla muy particular de sentimientos: la añoranza por la pérdida de una humilde infancia rural –o de barrio- y el rechazo a la hipocresía de aquellas relaciones sociales y familiares viciadas por los rumores, los chismes, los corrillos y los prejuicios.

Todo este entramado narrativo y sociológico resultaría hueco si no estuviera avalado por una prosa vigorosa y muy personal, por una estructura bien engarzada, sin cabos sueltos, por un notable dominio del lenguaje, en el que destaca de manera sobresaliente la naturalidad con que maneja Antònio Trinidad los registros que le vienen bien a cada personaje. El lenguaje, como un reloj suizo, marca los tiempos exactos del desnivel generacional entre lo rural y lo urbano, las horas en punto de quienes se quedaron anclados en el pasado rural antedemocrático y de los que salieron del pueblo y sólo vuelven para asistir, como extraños, a la boda de un familiar.

02 marzo 2010

Lo que no se dice

La carpa de oro

Charo Prados

Paréntesis, 2009

ISBN 978-84-9919-043-3

127 páginas

12 €

Luis Manuel Ruiz

El taoísmo postula, como si el universo estuviera construido en forma de chiste o de precipicio, que lo importante de toda obra se encuentra en su conclusión: que es más esencial el silencio que la palabra y que los espacios en blanco entre las sombras definen mejor el retrato de un rostro que las marcas del carboncillo. Esta estética de la sugerencia, de la voz baja, del camino oblicuo y la línea quebrada fue también la que cultivaron los devotos del hermetismo y los simbolistas de Mallarmé: lo profundo siempre yace en el abismo y la luz que se revela simplemente aboceta los perfiles de algo que no se debe, o que no se puede publicar. Lo cual me hace desviarme hacia otro pensamiento, este también de raíz mística, en el que abundaron Wittgenstein y Hoffmannsthal y que Chesterton expresó (trató de expresar) del siguiente modo: el alma humana posee coloraciones, crepúsculos y recovecos cuyos matices no pueden capturar los toscos gruñidos que brotan de nuestros pulmones. Para decir lo que verdaderamente importa el lenguaje se muestra a menudo cobarde, o ingrato: mejor recurrir a su trastienda.

Es, me parece a mí, el ideario que comparte Charo Prados, la autora de esta sugerente antología de relatos plagada de acontecimientos nimios, triviales, de andar por casa, que sin embargo ocultan casi ominosamente una verdad que no se puede nombrar. Sus narraciones eluden de manera deliberada, casi provocativa, lo fantástico y sus alrededores: nos topamos con niños de veraneo en pueblos inciertos del sur, parejas cansadas que se regalan por el aniversario baratijas no menos cansadas, funcionarios de color ceniza, padres que no soportan el yugo del biberón y la cuna, bicicletas en la tarde. Y sin embargo sentimos, y aquí radica la indudable maestría de la autora, que es otra cosa de lo que se nos está hablando y que la denuncia, el reproche o la maravilla se concentran en otra parte, en el envés de la trama: la incapacidad de la vida, este reloj defectuoso, para marcar con puntualidad el destino de nadie, el hastío que acompaña a la madurez y la conversión inevitable de las esperanzas en sus caricaturas, la posibilidad de una existencia paralela en los predios de la fantasía o el anhelo, nunca realizados, el polvoriento prodigio de lo banal. Prados es consciente de que nuestra realidad se encuentra surcada por corrientes oceánicas o súbitas descargas eléctricas (esa energía secreta que el taoísmo llama chi) que iluminan momentáneamente el presente y dan sentido a lo que nos sucede y deseamos, pero también de que dichas epifanías ceden ante el eclipse de la rutina y el manoseo de todos los días. La carpa de oro consiste en el modesto intento de salvar esas perlas del fango de los calendarios.

No es el lenguaje una de las virtudes menores de la recopilación. Callado, pluvial, sin estridencias, sabe dejar de lado cuando la ocasión lo precisa su tono de confidencia para arrojarse a la euforia o el espanto: El estómago le ardía, le daba pellizcos, como si lo tuviera lleno de sanguijuelas, leemos de la ansiedad o de la certeza en la página 18.

21 enero 2010

Susurrando al oído del joven Borges

Las fuerzas extrañas

Leopoldo Lugones

Paréntesis, 2009

ISBN: 9788499190167

135 páginas

12 €





Manolo Haro

Cuando Leopoldo Lugones (Córdoba-Argentina, 1874- Buenos Aires, 1938) arribó a Buenos Aires desde su ciudad natal, envuelta en la polvareda ocasionada por la especulación de la última década del XIX, ya se había alistado en el decadentismo y su reloj estético avanzaba sincronizado con la hora que dictaba París. En la metrópolis bonaerense se topó con dos ­jalones que guiarían gran parte de su obra: por un lado, con Rubén Darío y, por otro, con los exaltados discípulos de la teósofa Madame Blavatsky.
Si Lunario sentimental lo convirtió definitivamente en un prócer dentro de la poesía modernista, resultaría un error aciago no reparar en una extensa producción cuentística que lo sitúa en el jardín donde se cultiva gran parte de la renovación del cuento hispanoamericano.
En el racimo de narraciones que ofrece esta selección comenzamos caminando por los vislumbres dorados de la estética modernista (postales de amor bucólico e inocente sobre un locus amoenus que va evolucionando hacia un locus terribilis) para meternos de lleno en una concepción teosófica del mundo y del arte donde se hace patente la crecencia de que estamos ante el advenimiento de otra era en la que fuerzas extrañas entrarían en juego. En este núcleo temático brotará el gran talento cuentístico de Lugones, cuyos personajes, ambientes y situaciones se muestran moteados por las influencias de Poe, Jacobs, Wells, Lovecraft, Chamisso y Horacio Quiroga. Confidencias de locos, venganza de animales asesinados, geómetras en busca de la inmortalidad, científicos demiúrgicos tras una flor asesina, hombres desdoblados, vivos testimonios sobre el mito bíblico de la destrucción de Sodoma y Gomorra, etc.
El gran acierto de esta edición reside en no optar por la disposición cronológica de los cuentos, sino por su progresión temática y la depuración estilística hacia la que se encaminaba un Lugones que andaba y desandaba los meandros estéticos del momento. La mayor parte de los textos proceden de revistas de la época, a excepción de tres relatos que formaron parte del libro Las fuerzas extrañas. Junto a “La estatua de sal”, que no figura en dicho volumen, tal tétrada conforma lo que para Borges es lo más notable de la producción cuentística lugoniana y a la que dedicó elogiosas palabras. Se trata de “Yzur”, (“el primer cuento fantástico de la literatura argentina”), “Los caballos de Abdera”, “La lluvia de fuego” (“indiscutible obra maestra”) y el citado “La estatua de sal”.
Salvando los cinco primeros textos del libro, algo o bastante escorados hacia el vergel de las musas de Darío, dentro de estos relatos sobresale la presencia de una gran erudición libresca, el flujo preciso de una prosa luminosa y una técnica narrativa que los va alejando paulatinamente de la decoración superflua del modernismo. Leerlos a la luz de la obra narrativa de Borges, arroja muchas pistas sobre cuáles fueron los referentes argentinos del autor del El Aleph y coloca a Lugones entre las marmóreos bustos de los renovadores del cuento hispanoamericano.
“Pido que me sepulten en la tierra, sin caja y sin ningún signo ni nombre que me recuerde”. Así lo dejó el escritor justo antes de ingerir un vaso de whisky con arsénico. Tristemente para él, estos cuentos, como muchos de sus versos, lo alejan de ese deseo del olvido.

[Publicado en El libro andaluz]

15 octubre 2009

Sólo falta el aplauso

Ulises y las sirenas. El dilema de la infidelidad

Jesús Cotta

Paréntesis, 2009
ISBN: 9788499190327

170 páginas
13 €

Daniel Ruiz García


A lo largo de las dos semanas de lectura del libro que nos ocupa, y dada la diversidad de espacios en los que lo he abordado (vagón de metro, sala de espera del médico, almuerzos, cama de matrimonio), he tenido ocasión de llevar a cabo un desmañado trabajo de campo que, aunque poco riguroso, me ha permitido extraer algunas conclusiones bastante interesantes: la infidelidad, rotundamente, es algo que sobrellevamos en nuestra vida cotidiana como un elemento incómodo, un tabú al que es mejor no enfrentarse. El interés por la infidelidad es algo que llama poderosamente la atención en la gente, y que te convierte de inmediato en alguien más bien desagradable. En la cama de matrimonio, en el trabajo, con gente conocida, la excusa de una reseña en ciernes me ha servido como justificación para paliar la inquietud de todos aquellos que me veían con el libro entre las manos. En el metro, por ejemplo, ha sido mucho más divertido. No estoy de coña: uno de los días, tuve que sufrir el gesto de despecho e indignación de una chica con la que compartía vecindad en los asientos. Al ver la portada del libro, la joven se levantó y me lanzó una mirada que tenía toda la textura de un escupitajo de desprecio. Creyó ver junto a ella a un crápula en proceso de ilustración para justificar su incontenible querencia por las faldas ajenas.

En Ulises y las sirenas. El dilema de la infidelidad (Editorial Paréntesis), el escritor Jesús Cotta se atreve a hurgar en la llaga de uno de los aspectos menos verbalizados pero más asumidos en la cotidianidad de las relaciones personales: la tentación del cuerno, la posibilidad de ser infieles, la cana al aire, bien de forma ocasional, bien como hábito sistemático. Y lo hace de la forma más inteligente que se me ocurre: a través del humor, y de un lenguaje cercano y simpático, como lo haría cualquiera en un desayuno con compañeros del trabajo, o en la cerveza posterior al cine.


Al leer este libro he tenido muy presente aquello que el gran Montaigne decía en su carta a los lectores en el preámbulo de sus ensayos, cuando matizaba el propósito de su obra: “Si mi objetivo hubiera sido buscar el favor del mundo, habría echado mano de adornos prestados; pero no, quiero sólo mostrarme en mi manera de ser sencilla, natural y ordinaria, sin estudio ni artificio, porque soy yo mismo a quien pinto”.

En buena medida, hay que entender a Cotta como un heredero de Montaigne, al que sin duda ha leído. Su forma de abordar el género, sin grandilocuencias, sin ostentación de eruditismo, de una forma llana, cercana, directa, acerca a Cotta al moralista francés. También, desde luego, y sobre todo, el humor. Porque Cotta resulta, al fin del libro, un verdadero humorista literario, que construye todo su discurso sobre unos cimientos basados en la risa. Este punto de vista, nada fácil, es a mi juicio uno de los principales valores de este ensayo, que se lee perfectamente como un monólogo de largo aliento. Es, sobre todo, un libro divertido, ameno, que fundamenta sus reflexiones sobre la infidelidad sobre personas de carne y hueso: amigos, compañeros de trabajo, gente del entorno del propio Cotta a los que el autor –y este sería otro de los grandes méritos del libro- transforma en personajes de ficción, a los que uno, al cabo, acaba tomando cariño. Personajes como Manolón, el memorable profesor de gimnasia, o la pareja formada por Roque y Encarnita, que a lo largo del ensayo se van revistiendo de atributos, de forma que cuando damos fin al libro deseamos que estos personajes sigan viviendo más allá de las páginas del libro.

Cotta es profesor, y eso se nota. Tiene una forma de decir muy didáctica, sin que en ningún caso parezca pedante, sin que tengamos la sensación de que está sentando cátedra con cada frase. Él te cuenta las cosas con sencillez, con humildad, dejando al lector que él llegue a sus propias conclusiones. En este sentido, también se le nota que es un amante de la cultura clásica, ya que su método nos resulta cercano a la mayéutica socrática. Siempre, desde luego, con mucha pimienta: a lo largo de todo el libro, son habituales las tipologías, los inventarios, las enumeraciones, las clasificaciones, algunas de ellas completamente hilarantes. Entre todas, me quedo con las que ocupan el tercer capítulo, donde Cotta despliega toda su pirotecnia verbal para describirnos todos los tipos de amante. Y así descubrimos, por ejemplo, que al igual que hay un amante sofista, hay un amante kantiano, un amante nietzscheano o un amante postmoderno.

Libro, por tanto, altamente recomendable, y sobre todo saludable, capaz de acercarse a un tabú del tamaño de la infidelidad y de manosearlo sin que en ningún momento nos sentamos violentos, sin que el tecnicismo ni la profusión de datos científicos o eruditos nos haga caer en el aburrimiento, sino todo lo contrario, haciéndonos disfrutar con la infidelidad transformada en un largo monólogo escrito, al que lo único que le resta es un aplauso final.

28 septiembre 2009

La genética europea

Doménica

José Ángel Cilleruelo

Paréntesis, 2009

ISBN: 9788499190204


154 páginas

13 €



Daniel Ruiz García

Doménica, hay que decirlo de entrada, es una pequeña joya. Un libro breve, que te pellizca desde la primera página, con un ritmo sostenido capaz de vapulearnos, de arrastrarnos novela abajo como si nos dejáramos llevar por la corriente de un río hacia su inevitable desembocadura. Lo firma José Ángel Cilleruelo, quien recientemente obtuvo el IV Premio Málaga de Novela por Al oeste de Varsovia y quien atesora un largo bagaje como poeta. Que es poeta se nota casi de entrada: su estilo prosístico tiene toda la precisión propia de quien cultiva el verso que busca el mordisco al hueso del concepto, así como una musicalidad atmosférica que sólo está al alcance de los autores con oído. Porque en Doménica hay oficio, por supuesto, pero hay sobre todo talento, dotes para manejar la palabra como un conjuro, como un sortilegio evocador que nos mantiene siempre alerta y nos incita a sospechar que siempre hay algo más allá. Una tensión difícil de lograr, y que Cilleruelo consigue gracias a una trama sugerente donde predomina la sordidez, la crueldad y cierta dosis de violencia implícita.

La novela se desarrolla en un ambiente prebélico, en algún territorio centroeuropeo indeterminado, probablemente –al menos eso dice la cubierta- de comienzos del siglo XX. Estame, un profesor de escuela despiadado –memorable es la forma en que desfoga su frustración sobre los alumnos, a los que agrede sin miramientos- es destinado a un colegio de provincias, donde aprende a malvivir en un ambiente opresivo dominado por la maldad. El profesor busca pronto un consuelo de esta vida vulgar entre las meretrices, y allí, entre putas, descubre el amor. El amor se llama Doménica, con la que inicia una turbia relación siempre marcada por la necesidad de desembolsar como paso inevitable para acceder al cariño. Por medio se cruzará un personaje, Laborde, un maestro que también es poeta, con quien el protagonista inicia una relación de amistad llena de altibajos. Este poeta es quien abre la novela a su dimensión más lírica, con una tesis que es la que cruza transversalmente toda la idea del libro. El propio autor, a través de su personaje principal, la esboza en su página 74: “El amor es el mejor antídoto contra la realidad”. Realidad y ensueño cabalgan juntos a partir de mediada la novela, de manera que al final nadie es quien de verdad parece ser. Y por encima de todo, predomina la crueldad, representada en la figura de Estame, un cínico perfectamente dibujado que está a medio camino entre Bardamu, el personaje central de Viaje al fin de la noche de Cèline, y Armando Duval, el amante arrebatado de la Dama de las Camelias de Alejandro Dumas hijo. Es un personaje, por otro lado, bastante arquetípico en la tradición literaria del siglo XIX europeo: el maestro de escuelas que vive abonado a una tristeza crónica y que lucha contra el esplín buscando permanentemente progresos en su educación sentimental. Toda la obra, desde su condición modesta, breve, como de miniatura, transpira cierta genética europea, es reconocible en la estética, en ese provincianismo de las pensiones, las tabernas y la escuela, en esa forma de contar asumiendo que lo que se cuenta se ha contado ya muchas veces, porque forma parte de nuestra herencia. Orfeo y Eurídice, Ulises y Penélope, Perseo y la Mandrágora, todo eso está incrustado en Doménica, pero todo a media voz, todo perfilado con elegante trazo, como una cerámica dibujada a mano con un pulso prodigioso.

En fin, creo que se nota, la novela me ha encantado.

22 julio 2009

Alén do Leteo

Las historias gallegas

Álvaro Cunqueiro
Editorial Paréntesis
ISBN: 978-84-9919-007-5
170 pág.
13 €

Manolo Haro

Cuenta el historiador hispano-romano Paulo Orosio (SS. IV-V) que Junio Décimo Bruto inició la conquista de la Gallaecia Ulterior con una legión de hombres que empuñaban la espada a cada paso, siendo como eran aquellos lugares territorio donde convivían mitos clásicos y leyendas de los pueblos prerromanos. De hecho, cuando Junio Bruto arribó al río Limia, lo identificó como el Leteo, el río del olvido. Los guerreros se resistieron a cruzarlo por miedo a perder el tesoro de sus memorias bélicas. Ante esto, Décimo tomó el estandarte con decisión, cruzó y fue llamando a cada uno de los legionarios por su nombre. Desde entonces, la extrema geografía de esta provincia, la más septentrional del Imperio, en la que se localiza el río Lethes y el fin del mundo conocido (finis terrae), resultó muro feracísimo para que una hiedra de historias se tejiera en la que hoy, ya despojada de cualquier espiritualidad, se conoce como el simple reclamo turístico de Galicia máxica, merced a la combinación de conjuros de queimada (recitado con engolado hastío por buhoneros locales) y figuras de meigas (made in China) que pueblan los escaparates de Compostela.
Pero esa Galicia repleta de fábulas existió hasta hace bien poco; y existe actualmente, tal vez de forma residual, en ciertos lugares y en ciertas personas. Este país ha conservado una tradición oral viva gracias a una sociedad plenamente rural que se mantuvo incólume hasta los años 60 del pasado siglo; hasta entonces se salvaguardó, por encima de las prosaicas historias citadinas, un flujo de relatos nacidos entre el mundo y el trasmundo.
La figura y personalidad literarias de Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911-Vigo, 1981) han contribuido, de una manera difícilmente cuantificable, al trasvase genial de ese universo en vías de extinción que mezclaba de forma natural historias de aparecidos y de ánimas insomnes, de objetos y de animales de locuacidad pasmosa y de algún que otro ser fabuloso con la cotidiana vida de gentes que él mismo conoció o de las que oyó hablar en la botica paterna o en las tabernas que frecuentaba.
Estos predios cuajados de historias que Cunqueiro cultivaría hasta su muerte dieron como cosecha literaria una trilogía de semblanzas galaicas compuesta por Escola de menciñeiros e fábula de varia xente (1960), Xente de aquí e de acolá (1971) y Os outros feirantes (1979), todas ellas escritas en su lengua natal. Para los lectores no familiarizados con la lingua, el libro que nos ocupa, Las historias gallegas, les brinda la oportunidad de respirar este florilegio silvestre de un escritor que se aleja aquí de su obra más intelectual y libresca. Casi todos los retratos nacerían de la reelaboración del propio autor sobre textos extraídos del primero –en su mayor parte– y del último de los títulos de la trilogía citada, con el fin de ofrecer versiones radiofónicas de éstos en el verano de 1981.
Tales relatos germinaron a partir de ese oído atento con el que Cunqueiro supo allegarse hasta el eco lejano de infinidad de voces, las cuales llevaban remontando las cuencas del olvido desde hacía más de 2000 años, trasegando, de generación en generación, sucesos prodigiosos acaecidos a las gentes de su tierra. El autor plasmó a la perfección el matrimonio contraído entre oralidad y escritura, colmándolo de viveza, cotidianeidad y humor, pues mucho de este último destilan las páginas que se reseñan. En esa labor de recuperar, rehacer, reinventar e inventar para devolver las historias al caudal literario de la cultura oral nos topamos con gente alunada y mágica, depositaria ella misma de otras historias. A la manera de los hombres-libro de Fahrenheit 451, que memorizaban obras completas para librarlas de las llamas de un estado grafoclasta, las voces que se entretejen en las 67 semblanzas que ofrece la obra devuelven a la vida hechos prodigiosos protagonizados por hombres, mujeres, almas y animales que habitaron estas tierras, y de los que Álvaro Cunqueiro tuvo noticia (o imaginó tenerla).
A pesar de todo lo dicho arriba y de la felicidad que nos regala el hecho de que lleguen hasta las mesas de novedades una obra como Las historias gallegas, nos entristece constatar que la recuperación de ésta no venga acompañada del mimo y el respeto que su edición merece: las erratas se suceden de manera alarmante página tras página; se echan de menos, ya no un aparato de notas excesivamente enjundioso, pero sí unas pistas por parte del editor que clarifiquen ciertos aspectos ajenos al lector no familiarizado con la cultura ni la lengua gallegas (no todo el mundo sabe que Conxo era el único manicomio de Galicia en tiempos de Cunqueiro ni qué significan algunas palabras que figuran sin traducción). Vaya por delante que las palabras liminares ofrecidas en el magnífico prólogo de Manuel Gregorio González le otorgan al volumen una profundidad y seriedad que no casa con la calidad de la edición. Esperemos que en venideras reediciones se enmienden felizmente estos descuidos.
A la manera de Junio Décimo Bruto, que, candil en mano, cruzó la noche y la niebla de aquella Gallaecia prodigiosa, rescatando con la palabra el nombre de todos sus legionarios medrosos de las aguas del Leteo, así hace Cunqueiro con sus personajes, vivos o muertos, reales o imaginados: los rescata, ya para siempre, de las temibles fauces del olvido.

16 julio 2009

Conget recuperado

Todas las mujeres.

José María Conget.

Editorial Paréntesis.
ISBN: 978-84-937-1353-9

186 páginas.
13 euros.


Juan Carlos Sierra

Hay escritores de corto recorrido comercial –muchas veces casi por propia iniciativa-, pero de largo aliento literario y considerable legión de fieles lectores a prueba de tsunamis editoriales. Éstos, los lectores, forman una especie de cofradía, de tribu literaria, al modo de las urbanas y adolescentes, que comparten guiños, gestos y, por supuesto, fetiche. Una de esta suerte de hermandades literarias es la de los ‘congetianos’, aquellos que desde Quadrupedumque, allá por el principio de los años 80, hasta Pont d’Alma, en 2007, le siguen los pasos al aragonés, pero también gaditano, limeño, londinense, neoyorkino, parisino y, de momento, sevillano José María Conget.
En este club de los congetianos hay grados. Están los hermanos mayores, que tenían edad literaria y lectora en los ochenta, es decir, los afortunados que han podido seguir los títulos de José María Conget según iban apareciendo; y luego estamos los que lo hemos descubierto más tarde y que, por las reglas del mercado, nos hemos tenido que conformar con lo que se iba publicando desde nuestro primer encuentro en adelante, porque muchos de los primeros libros de Conget solo se consiguen con fortuna en alguna librería de viejo.
Por eso, cuando la recién inaugurada editorial Paréntesis incluyó en su catálogo Todas las mujeres, título recuperado al cabo de los veinte años de su primera publicación en Alfaguara, algunos de los hermanos menores de la hermandad congetiana, para celebrarlo, bajamos al supermercado a comprar una botella de lambrusco, que en estos tiempos de crisis anda bastante barato. Y en ese estado medio ebrio, medio eufórico, nos pusimos a leer Todas las mujeres. El problema más importante de esta primera lectura fue la cantidad de erratas –incluso las teóricamente corregidas por el autor- que salían al paso, que uno no sabía si achacarlas al lambrusco o a una edición deficiente.
A pesar de ello y al margen de lo que tradicionalmente ha dicho la crítica de este libro –novela generacional, cinéfila, “de amores y de risas”,…- los congetianos de nuevo cuño nos topamos con un José María Conget hijo de su época literaria ochentera: periodos sintácticos extensos, a veces farragosos, y cierto experimentalismo, sobre todo en la fragmentación de la linealidad y de la voz narrativas. Pero también estaba el Conget que ya conocíamos por libros como Palabras de familia, Bar de anarquistas o Una cita con Borges, el de la prosa poderosa, el del gusto por contar historias, el del humor a flor de piel narrativa.
Además de todo esto, quizá lo más interesante de Todas las mujeres sea, en este tiempo de supuesta muerte de la novela, la reflexión sobre el oficio de escribir que planea a lo largo de todo el texto, que nos lleva a otra de las constantes que los congetianos admiramos en José María Conget: su capacidad para cuestionarse a sí mismo como escritor con altas dosis de lucidez, su tendencia a no tomarse demasiado en serio; en definitiva, su humildad.
Por otra parte, en estos tiempos posmodernos de confusión de géneros, Todas las mujeres supone una suerte de anticipación, ya que en ella Conget –ya a finales de los ochenta- confunde a propósito lo epistolar con la memoria y, en cierto sentido, el ensayo –la autocrítica literaria- para, a pesar de todo ello, componer una novela redonda.
Los hermanos de la cofradía congetiana seguimos aprendiendo cómo se hace buena literatura y disfrutando de ella en manos de José María Conget. Para los que aún no lo conocen, la reedición de Todas las mujeres puede ser una buena oportunidad de ingresar en la hermandad.