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30 mayo 2013

Los crímenes de Oxford hacen una carrera de letras

La juguetería errante

Edmund Crispin

Impedimenta, 2012

ISBN: 978-84-15130-20-8

320 páginas

22,20 €

Traducción de José C. Vales



El canto del cisne

Edmund Crispin

Impedimenta, 2013

ISBN: 978-84-15578-22-2

280 páginas

19,95 €

Traducción de José C. Vales



José María Moraga

La editorial Impedimenta viene haciendo una más que encomiable labor si no de arqueología sí de antropología (robo la metáfora a Stephen Thomas Erlewine) al rescatar algunos títulos que se encuentran entre los más celebrados de su tiempo pero que en algún momento del siglo pasado cayeron en la oscuridad y que, francamente, a día de hoy resultaban desconocidos en España, incluso para gente más o menos puesta. Este es el caso de las novelas detectivescas de Edmund Crispin (pseudónimo de Bruce Montgomery, 1921-1978), que vienen a unirse a otros “rescates” sonados como los de los libros de Stella Gibbons, Terry Southern, Joan Lindsay o E. F. Benson, por citar algunos casos espigados (casi) al azar de entre el catálogo de la casa.

Por el momento, dos son los títulos que han aparecido en España: La juguetería errante (primera edición de 2011, original de 1946) y El canto del cisne (2013, de 1947). En ambos casos se trata de “Un misterio para Gervase Fen” -como rezan sus subtítulos- curioso detective aficionado, que entre caso y caso enseña Literatura en la universidad de Oxford, cuando la universidad de Oxford era la universidad de Oxford y cuando “literatura” se escribía con mayúscula. Estas novelas no marcan la aparición del detective (que tuvo lugar en 1944 con The Case of the Gilded Fly) pero La juguetería errante sí es su aventura más famosa y desde luego más recordada. El canto del cisne, ambientada en la segunda posguerra mundial, supone una dignísima continuación a la anterior, y me atrevería a decir que si no resulta más memorable que su predecesora al menos sería lícito decir en su favor que está mejor escrita.

En cierto modo podríamos hallarnos ante el último gran exponente de la novela detectivesca clásica, la novela de detección propiamente dicha, de historias que empezaron acaso con Poe y Conan Doyle, y que alcanzaron la perfección con Agatha Christie. No conviene olvidar que al otro lado del Atlántico hacía tiempo que se estaba desarrollando la edad de oro de la novela negra; baste apuntar que para 1938 (año en que se desarrolla La juguetería errante) D. Hammett y R. Chandler ya habían dado a la imprenta lo mejor de su producción. Crispin el autor no es ajeno a esta revolución, y en ocasiones algunos de sus personajes tratan, en plan de broma, de parodiar el lenguaje bronco de la ‘hard-boiled fiction’, retienen a alguien a punta de revolver o entran en un cine en el que se proyecta una película que claramente pertenece al género negro. Pero así y todo, y a pesar también de algunas (post)moderneces narratológicas (como por ejemplo el hecho de que el propio Gervase Fen piense en posibles títulos para los libros que recogerán sus aventuras), tanto La juguetería errante como El canto del cisne pertenecen de lleno a un imposible mundo de la “Inglaterra que se nos fue”: esa a la que tanto cantaron los Kinks, la de los ‘village greens’, las tazas de té a las 5, los ociosos paseos en automóvil, esa en la que las buenas gentes sencillas se conocían todas entre sí y dejaban la puerta abierta porque se fiaban del cartero, el lechero o el policía del pueblo. La Inglaterra soñada y nostalgizada que acaso nunca existió en realidad.

Es en este contexto de ingenuidad el que los personajes de La juguetería errante florecen. El mencionado Fen y su amigo y “Dr. Watson” el poeta Richard Cadogan, Hoskins: el estudiantillo salido, el Dr. Wilkes: anciano profesor con una botella de whisky por biberón, Sally: la pizpireta dependienta a dos segundos de convertirse en un “tipo” (solo una problemática inteligencia la salva del rol de guapa tonta) y toda la galería de secundarios, incluido el asesino, que pueblan el Oxford de postal de esta novela. En una época en la que la policía británica no llevaba armas (¡ah, que sigue sin llevarlas!), en la que los 'pubs' solo vendían alcohol en un horario muy estricto, en la que la gente escolarizada citaba a Shakespeare y a Milton de memoria, un crimen resulta ante todo una falta de cortesía. Y un asesinato supone una atrocidad apenas imaginable. Lo mismo podría pensarse de El canto del cisne, en el que un doble asesinato cometido durante los ensayos de una ópera de Wagner es resuelto por Fen (esta vez sin compañía de Cadogan pero con otra nutridísima galería de secundarios entre los que destacan el tenor Adam Langley, la escritora Elizabeth y el inspector de policía Mudge) exclusivamente gracias a sus dotes clásicas de detección analítica y a unos dudosos experimentos químicos de última hora que hacen pensar al lector en Sherlock Holmes jugando al Quimicefa. El idílico mundo inglés sí se percibe levísimamente resquebrajado en este segundo libro al tratarse el tema de la ópera wagneriana y su relación (o no) con el nazismo, algo un poco manido hoy día pero valiente en 1947.

¿Qué hace de La juguetería errante y El canto del cisne novelas tan memorables y perdurables, aparte de su estricta trama policiaca (del tipo problema insoluble o asesinato en una habitación cerrada)? Tal vez sea por la más o menos rocambolesca desahogada resolución de los misterios, donde no faltan pasajes deductivos, persecuciones a pie, en bicicleta y automóvil, actos de violencia bastante brutales y pasiones humanas narradas con la sorna y ligereza de una retransmisión de cricket pero escasean los ingredientes sexuales (la época y el público al que iban dirigidas estas obras no daban para más). Pero si tengo que apostar (¡algo tan británico, pardiez!) diría que el caballo ganador de esta serie de libros de Edmund Crispin es sin duda la figura del detective. Gervase Fen, un hombre que bebe whisky como quien lee un soneto, no como esos huelebraguetas del otro lado del Atlántico. Gervase Fen no fisga: él detecta (permítaseme el anglicismo). Gervase Fen es un tipo cáustico, un sabio despistado y ajeno al estilo a no ser un dandismo muy particular de bufandas y pelos de punta. Y pese a ser británico (o a lo mejor por eso), su extrema cortesía puede rayar en la mala educación, pero es un águila. No solo trabaja “de salón” sino que -igual que su predecesor en la melancolía y la detección del 221b de Baker St.- es capaz de darnos escenas de acción trepidante como esa del tiovivo de La juguetería errante que dicen que un tal Alfred Hitchcock plagió años después en su película Extraños en un tren (1951).

05 abril 2013

Promesas como nubes


El país imaginado

Eduardo Berti

Impedimenta, 2012

ISBN: 978-84-15578-18-5

240 páginas

19,95 €

Introducción de Alberto Manguel

Premio Las Américas 2011


Antonio Rivero Taravillo

Con creciente frecuencia, afortunadamente, la difusión de los autores más valiosos de Hispanoamérica va siendo cada vez más una realidad en España, no siempre acompañada por la de los mejores del viejo reino –no se sabe aún por cuánto tiempo– allí. De entre los argentinos, que son todo un caudaloso Río de la Plata, Eduardo Berti es un caso destacado.

Afincado actualmente en España, donde ejerce de traductor literario y sigue acrecentado su obra propia, Berti es bonaerense de 1964 y autor de los cuentos reunidos en Los pájaros (1993 y 2003) y Lo inolvidable (2004), más las novelas Agua (1997), La mujer de Wakefield (1999), Todos los Funes (2004), La sombra del púgil (2008) y La vida imposible (2010). El país imaginado obtuvo el Premio Emecé en la Argentina y, nada más ser publicado en Impedimenta fue galardonado con el premio Las Américas, de cuyo jurado formaron parte autores como Jorge Volpi, Fernando Iwasaki o José Ovejero.

¿Tiene que escribir un novelista español siempre sobre la guerra civil, un mexicano sobre la revolución o el narcotráfico, un argentino sobre la Pampa? Lo saludable de una literatura, pasadas las dudas existenciales de la adolescencia, es alzar la mirada y proyectarla hacia otros paisajes. Berti lo ha hecho con esta China un tanto desvaída, de la que no construye una crónica política ni social sino, por tomarle prestado el título a Vicente Aleixandre, una historia del corazón.

Todo el libro parece estar escrito desde una serenidad consciente, con pleno y sobrio dominio de las dotes narrativas del autor, para producir un efecto de ensoñación, de opiáceo venial y delicado en el lector, que se queda con las ganas de conocer más de la protagonista y de su amiga idealizada, la misteriosa Xiaomei. Un lenguaje secreto, el amor que no se atreve a decir su nombre, la convivencia con los antepasados, a los que quizá sería mejor llamar entrepresentes… todo esto envuelve la deliciosa novela, llena de reflejos y correspondencias en las que hay misterios sobre las identidades, muerte y nupcias, opulencia y una muchacha que la protagonista quiere como esposa para su hermano: una criatura bella y pobre, “muy pobre, como la perfecta heroína de una novela lagrimosa” (lo que no es en absoluto, aunque emocione, El país imaginado).

Entrar mucho más en este libro es como golpear una porcelana, y romperla, para ver qué guarda. Fuera de reseñar los diálogos entre abuela y nieta más como monólogos a dos voces que como espiritismo, o el acierto en la elección de la voz de la protagonista (salvo esos diálogos, en cursiva, El país imaginado está narrado en su primera persona), el excesivo racionalizar del crítico sobre el arte solo proyectaría sombra en este libro que posee esa virtud que Oscar Wilde ponía por encima de todas: el encanto. Y Berti lo consigue con la sencillez de su atmósfera, contrapunto de lo que es más complejo: las zozobras de alma, la melancolía, la añoranza de lo que pudo ser y nos ronda como el cortejo fúnebre de nuestras ilusiones.

Hacia el final de la novela, la protagonista se queja, impugnando a Jorge Guillén: “El mundo está mal hecho, dije.” Y de inmediato añade: “El mundo no está mal hecho, me corrigió Xiaomei. El mundo es así: algo que promete hacerse y jamás se hace en forma definitiva.”

14 diciembre 2012

Rompiendo la crisálida


Nostalgia

Mircea Cărtărescu

Impedimenta, 2012

ISBN: 978-84-15130-30-7

375 páginas

23,95 €

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

Introducción de Edmundo Paz Soldán


Sara Mesa

Uno de los cuentos que compone este volumen aparece encabezado por la siguiente cita de Thomas Mann: “En definitiva, en el mundo hay un solo problema: ¿cómo lograrlo? ¿cómo zarpar? ¿cómo romper la crisálida y transformarte en mariposa?” Me parece un buen punto de arranque para hablar de la obra de Mircea Cărtărescu, en la que se producen constantes metamorfosis de personajes, escenarios, tonos, atmósferas e incluso del mismo lector. Cualquiera que no haya leído nunca a Cărtărescu -y era mi caso hasta ahora- sentirá que al hacerlo comienza también un viaje sorprendente y transformador, en el que al final nada era con seguridad lo que parecía ser en un principio.

Nostalgia, escrito en 1989, es el libro que le valió el reconocimiento público a su autor, el escritor rumano más apreciado en el extranjero según explica en la solapa la editorial. Compuesto por cinco cuentos de muy distinta extensión -dos más cortos, a los que se otorga la función de prólogo y epílogo, y tres centrales que se aproximan a la novela corta-, el conjunto funciona también como un todo, pues hay relaciones entre ellos, sutiles en principio pero fuertes en el fondo, del mismo modo que la araña teje sus hilos en apariencia débiles, pero en realidad letales (y hay que decir que esta metáfora tiene aquí su sentido, pues la araña y su red son símbolos determinantes en la obra del escritor).

Cărtărescu ha sido comparado con Kafka, con Borges, con Proust, y es cierto que en sus cuentos se pueden encontrar rasgos que lo relacionan con estos grandes, como la sordidez kafkiana de la trama en “El ruletista” -una parábola metafísica, según el mismo autor-, la semejanza entre el REM y el Aleph -señalada explícitamente-, o la tortuosa y proustiana descripción de los celos en “Los gemelos” -“el método proustiano -dice el narrador-, me resulta, lo quiera o no, familiar antes incluso de saber quién era Proust”-. Sin embargo, la narrativa de Cărtărescu posee una textura extraña y alegórica, muy personal y en nada parecida a los autores citados, que también lo acerca a esa especie de realismo mágico que a veces se encuentra en algunos países de la Europa del Este. En sus cuentos indaga en el mundo de los sueños, pero no solamente como material onírico desvelador de la realidad “real”, sino como estructura compositiva de los textos, que adquieren de este modo una cualidad pesadillesca y turbia. En “El Mendébil”, a raíz de las desvaídas impresiones de un sueño, el narrador realiza una obsesiva tarea de recuperación (anamnesia) y logra, como tirando de la hebra de una madeja, colocar en el primer plano narrativo un recuerdo de infancia. En “REM” los sueños se alternan con la vigilia, contaminándose mutuamente. En general, los sueños son fuente inagotable para una forma extraña de fantasía que casi siempre parece aceptable en su contexto. Si un grupo de niñas, a través del agujero de la perla falsa de un collar, son capaces de atisbar toda la ciudad de Bucarest, en su conjunto y en cada uno de sus más pequeños detalles, todo tipo de acceso al conocimiento es posible.

No solamente el mundo de los sueños, sino también el de los recuerdos y el de la infancia -básica sobre todo en las tres historias centrales-, son constantes en estos cuentos. No es extraño entonces que hayan sido agrupados bajo el título de Nostalgia. Sin embargo, nociones a veces tan escurridizas como estas, toman aquí una notable corporeidad: la narración está impregnada de sensaciones y percepciones, sobre todo visuales -con una elaboradísima gama de colores y luces-, pero también táctiles, olfativas y sonoras. Nostalgia es por ello un libro muy sensual, abigarradamente sensual, incluso afrodisíaco, como en algún sitio se ha calificado.

La prosa de Cărtărescu recuerda en cierto modo a la inmersión en un enorme bazar de antigüedades. La cantidad de estímulos es tan grande que uno corre el riesgo de extraviarse, o aún peor, de comenzar a examinar cada objeto con detenimiento e ir perdiendo progresivamente el interés. A veces se percibe un alarde de conocimiento enciclopédico que, al menos en mi experiencia lectora, puede entorpecer imágenes y símbolos que de otro modo hubiesen resultado mucho más potentes. Sucede, por ejemplo, en las páginas finales de “Los gemelos”, durante la excursión nocturna al museo de ciencias naturales, en las que se enumeran hasta la extenuación decenas de ejemplares de especies disecadas. La fantasmagoría acentúa quizá su atmósfera, pero la fuerza narrativa se resiente. Sin embargo, volviendo a la cita de Thomas Mann, es posible que la mariposa vuele en ocasiones con un barroquismo amanerado; sin embargo, nadie podría discutirle su belleza. Lo mejor, sin duda, esas marcas de estilo que crean un universo propio y reconocible en cada una de las historias: la descripción de Bucarest como una ciudad mítica en la que todo puede ser posible, las arquitecturas extrañas -torreones sin ventanas, pasadizos y túneles subterráneos-, la dualidad del espejo -con gemelos, seres andróginos, correspondencias- y la creación de personajes con capacidades sobrenaturales, criaturas anómalas físicamente y escritores derrotados que interrogan al mundo mientras tratan de apresarlo en sus libros.

05 noviembre 2012

Quevedo en La Vaguada

El joven vendedor y el estilo de vida fluido

Fernando San Basilio

Impedimenta, 2012

ISBN: 978-84-15578-04-8

168 páginas

16,95 €
 
Introducción de Mercedes Cebrián
 


Daniel Ruiz García

Igual que Auster no sería nada sin Nueva York, o Murakami sin Tokio, la literatura de Fernando San Basilio, salvando las distancias, carecería de sentido sin La Vaguada. Por esa capacidad de homogeneización y esa ausencia de carácter tan propia de los centros comerciales, podríamos decir que la literatura de San Basilio tiene como eje el macrocomplejo comercial, así, sin nombre ni apellidos, como gran recipiente de todas las miserias laborales, sociales y sentimentales de los seres humanos que lo usan y casi lo habitan. El autor posa la mirada sobre el centro comercial pero en verdad esa mirada esconde una visión propia del mundo caracterizada por una extraña mezcla de ingenuidad, cinismo y perspicacia.
 
En el joven vendedor y el estilo de vida fluido, San Basilio ha recurrido a la recreación estructural del Ulises de Joyce para mostrarnos un día en la vida de Israel, un chico que trabaja en un corner de La Vaguada y que soporta con serenidad y placidez las miserias de un trabajo basura donde se impone la depredación y un concepto de la vocación de servicio cercano al esclavismo. Esa placidez se la proporciona un libro de autoayuda encontrado casi por casualidad, que le ofrece indicaciones y sugerencias de comportamiento y conducta para alcanzar “un estilo de vida fluido”. Así va avanzando en su día, descubriendo paulatinamente cómo la espiritualidad del camino mostrado por su biblia del coaching se va derritiendo frente a una realidad burda y mundana a la que no le queda más remedio que resignarse.
 
Lo mejor de San Basilio, sin duda, es su mirada. Es lo que permite que una novela como ésta, que en realidad no cuenta casi nada, se lea no sólo con agrado, sino con excitación. La mirada de San Basilio encuentra además su perfecta materialización estilística en una prosa aparentemente naïf, pero punzante como pocas, con un dominio del fraseo más que notable y una facilidad pasmosa para mantener al lector al constante límite de la carcajada.
 
Toda la literatura de San Basilio tiene el mismo tono. Su personalidad estilística es muy pronunciada, tiene carácter, y ese carácter va de la mano de una mirada del mundo bastante cínica y yo diría deprimente. Sin embargo, su punto de mira narrativo permite que sus novelas sean leídas no con desazón sino con gran divertimento, y que logremos cerrar cada nuevo libro suyo con una sonrisa. En ese sentido, San Basilio está muy en la tradición de la literatura satírica y humorística española, a la manera quevediana, por lo que no cuesta reconocerle el pedigrí. San Basilio no es nada moderno, pero ni falta que le hace: le basta con ser un gran escritor, y el primero, que yo sepa, que ha consagrado su literatura a cantarle a un centro comercial.

04 septiembre 2012

Amor por la escritura

La palabra heredada. Mis inicios como escritora

Eudora Welty

Impedimenta, 2012

ISBN: 978-84-15130-43-7

188 páginas

18,40 €

Traducción de Miguel Martínez-Lage

 

Coradino Vega
 
Nada académico, y en las antípodas de la insoportable terminología utilizada por los ‘cultural studies’ que cooptan las universidades norteamericanas desde hace un tiempo, este libro lo forman tres conferencias que impartió Eudora Welty en Harvard cuando ya había cumplido con creces los setenta años. Luego, publicado en 1984, se mantuvo meses en las listas de los libros más vendidos del New York Times. El malogrado Miguel Martínez-Lage se empeñó en volver a traducirlo para Impedimenta, pero falleció antes de terminar. El trabajo de esta editorial y de Elena Medel para publicarlo es tan exquisito como digno de reconocimiento. Desde luego, han sabido como nadie plasmar la sensible delicadeza de la autora de La hija del optimista: su labor parece una extensión natural de la prosa cuidada, serena y sutil de la menos gótica de la nómina de grandes escritores sureños en la que siempre se le ha encuadrado.
 
A diferencia de esa mayoría de artistas —pertenecientes en gran parte al viejo continente europeo— que, al contrario de lo que escribiera Emily Dickinson en uno de sus enigmáticos y sombríos poemas, acostumbran a fingir el espasmo y simular el pavor en sus testimonios memorialísticos, Eudora Welty participa de cierto buen humor anglosajón que es también un acto celebratorio: “Mi literatura nace de una vida satisfecha, protegida”. Pues al revés de lo que a menudo se estila en el mundo de la creación, los ensayos autobiográficos de esta excelente cuentista nacida en Jackson, Mississippi, rebosan gratitud, sinceridad y amor correspondido por unos padres que propiciaron su carrera literaria, que pusieron al alcance de la joven Welty los elementos fundamentales para que su mente proclive a la fantasía y la ensoñación se desarrollara mediante la escritura. No hay un ápice de rencor en estas páginas, pero tampoco de sentimentalismo. La septuagenaria Welty recuerda las cosas tal y como son, sin pizca de amargura, con la sabiduría de quien ya ha vivido lo suficiente, y salido de esa etapa en que uno está solamente centrado en sí mismo, como para comprender lo que es importante comprender en la vida. De esa evocación de la memoria van surgiendo los retales que, con el tiempo, conformaron una poética, la de Eudora Welty, que en ningún momento se nos impone, sino más bien: se enuncia con cierta sorpresa, como si al formularla con palabras la propia autora descubriera de qué materia está hecha su escritura: “Cada escritor ha de averiguar por sí mismo, imagino, sobre qué extraña base descansan sus creaciones”. Así, la cronología parece venir de la afición del padre por los relojes; la atmósfera de sus relatos, de la sensibilidad meteorológica de la niña; de su educación sensorial, la conciencia física de la palabra: y de esta forma va explorando de dónde proviene el acto de observar, de escuchar, cómo se encuentra una voz o cómo se llega a escribir como se escucha. Y junto a la protección del optimismo pragmático del padre y de la inteligencia compasiva de la madre, halla la necesidad de emancipación, como una consecuencia natural del clamor que le apremiaba a aprender insaciablemente, no siempre exenta de culpa:

“Cierta pasión por la independencia, no es de extrañar, se despertó en mí a edad muy temprana. Me costó mucho tiempo disponer de ella, pues amaba a quienes me protegían y anhelaba, sin remedio, devolverles esa sensación; pero nunca he logrado lidiar con mis remordimientos. En el acto y en el curso de la escritura de un relato, esos son los dos manantiales —uno luminoso, otro oscuro— que alimentan el arroyo.”

Estas tres conferencias narran también un mundo que ya no es, un tiempo de viajes en coche que duraban días, de lentos trenes que paraban en muchas estaciones, de vacaciones de verano y viajes junto al padre que, al tiempo que propiciaban el aislamiento gozoso para la lectura y la imaginación, muestran el suspense de conocer, poco a poco, un paisaje que a la autora se le revelará vivo, misterioso y palpitante:
 
“El mundo exterior constituye el ingrediente vital de mi vida interior […] Mi imaginación toma su fuerza y emprende su camino a partir de lo que veo y lo que oigo, lo que entiendo, lo que siento y lo que recuerdo del mundo”.   

El tiempo recobrado por Welty abarca desde su niñez, remontándose incluso a los antecedentes familiares, hasta el día que decidió coger un tren y presentarse en una editorial de Nueva York con sus fotografías y cuentos. Tuvo que volverse de vacío: las primeras muestras de interés por su trabajo llegarían más tarde, cuando el padre ya no estaba para ver cómo su hija conseguía aquello que siempre quiso. Ese reconocimiento, sin embargo, parece importar menos, cuando uno se sumerge en el mundo de Eudora Welty, que la felicidad del simple hecho de escribir en la máquina que le regaló ese mismo padre; que la hambrienta necesidad de atrapar la fugacidad de la vida, como hiciera en su trabajo de fotógrafa durante la Gran Depresión, también por medio de las palabras; o que el agradecimiento por disfrutar del amor por la escritura —tan parecido al que destila, por ejemplo, la prosa de Ana María Matute—, de su belleza y esmero, o de esa sacralidad que le aguardó desde el principio en la alegría que heredó de aquellos a quienes va dedicado este hermoso libro.

16 enero 2012

Erudición insuficiente


Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores

Daria Galateria

Impedimenta, 2011

ISBN: 978-84-15130-17-8

198 páginas

18,95 €

Traducción de Félix Romeo


Sara Mesa

Hace no mucho Lucía Etxebarría hizo público un comunicado en el que, como protesta ante las descargas ilegales de su último libro, anunciaba su decisión de no escribir durante un tiempo. Argumentaba que, debido a la bajada de las ventas, no podía sostener su estabilidad económica, por lo que se vería obligada a buscar otro trabajo, lo cual le impediría escribir, ya que no veía compatible dedicarse a otro empleo, cuidar de su hija y además sacar tiempo para sus libros. "No quiero llegar a casa derrengada y ponerme a escribir a partir de las ocho. Lo hice con veinticinco años. Entonces me sobraba energía y no tenía una hija. Ahora no me siento capaz de repetir el esquema”. Más allá del debate sobre las descargas, lo que me llamó la atención fue la oposición irreconciliable que la escritora planteaba entre tener un trabajo alimenticio (“otro” trabajo) y escribir, olvidando quizá que muchos de nuestros mejores escritores -desde luego mucho mejores que ella- se ven actualmente obligados a trabajar en los oficios más dispares y lejanos a la literatura que se puedan imaginar.

La relación entre el trabajo (concebido como obligación para subsistir económicamente) y la escritura siempre me ha inquietado. ¿De dónde saca uno tiempo para escribir si pasa su jornada en otro empleo? ¿Es bueno para el escritor dedicarse en exclusiva a la creación? ¿Qué riesgos tiene la institucionalización del oficio de escribir? ¿Condiciona la libertad? Y la independencia económica que genera otro empleo, ¿perjudica la concentración, las oportunidades de moverse, viajar, relacionarse con otros escritores? ¿Hace peligrar la continuidad, la formación, otro tipo quizá de libertad? O al revés: ¿beneficia al estilo, acerca al escritor a otros ámbitos lejanos al mundo literario pero mucho más inspiradores?

Como en tantas cosas, en este asunto no solo influye la estructura socioeconómica del momento -la profesionalización de la escritura es relativamente reciente-, sino también las modas. Ahora lo que se lleva es poner en las solapas de los libros los trabajos de los escritores, aunque no todo tipo de trabajos: se valora por ejemplo que sean o hayan sido músicos, pinchadiscos, basureros, reponedores de supermercado, repartidores de periódicos. Sin ánimo de polemizar, pero ¿cuánto se ha explotado comercialmente el trabajo en la fábrica de cartón de David Monteagudo? ¿Suma o resta eso a su literatura? El debate me parece inagotable. Y también actual: en tiempos de paro hay que seguir hablando del trabajo, como bien ha hecho Isaac Rosa en La mano invisible.

Todo esto pone de manifiesto mi interés por el tema de Trabajos forzados, el ensayo en el que Daria Galateria, a través de la vida de 24 escritores, ha hablado de esos “otros oficios” y su relación con el hecho de escribir. Pero, o bien mis expectativas eran demasiado altas -yo esperaba algo más que una brillante sucesión de anécdotas- o bien, sencillamente, el libro defrauda porque, más allá de la apabullante exposición de biografías, no ofrece una reflexión ética y literaria sobre el asunto.

Evidentemente, hay elementos de valor innegables. El lector se va a encontrar con una edición preciosa, la traducción de Félix Romeo y un prólogo que es, para mí, lo mejor del libro (por eso se hace corto). Además, es más que probable que, de entre los 24 escritores seleccionados, haya un buen puñado de sus autores más admirados, de modo que leerá con gusto esas mini biografías que relacionan escritura y trabajo. Muchos de los hechos que se exponen tienen un gran interés por su capacidad de descender al detalle, la amenidad del relato y el variado retrato de los distintos perfiles de escritores.

Gracias a estas pequeñas semblanzas, nos encontramos con escritores atormentados por su oficio (Kafka, George Orwell), padeciendo penurias económicas en miserables trabajos manuales (Maxim Gorki, Jack London), incapaces de adaptarse al mundo laboral (Bukowski), pero también luchando contra el deseo de escribir (Svevo), inspirándose en su trabajo para sus obras (Boris Vian, Dashiell Hammett) o cómodamente instalados en tareas comerciales y burocráticas (T.S. Eliot, Jean Giono). El catálogo es apasionante y la labor de documentación es, desde luego, sorprendente.

Así, me ha encantado leer la dura historia de Gorki, los múltiples trabajos miserables que se vio obligado a desempeñar desde los once años en un entorno violento y de gran dureza física, lo que pobló su narrativa de desheredados; o la de Jack London, que llegaría a ser el escritor mejor pagado de su tiempo, pero que de muchacho trabajó casi como un esclavo en una fábrica de enlatado de conservas. También me interesaron los extravagantes empleos por todo el mundo de Blaise Cendrars y su vida agitada y extrema; las aventuras -algunas ciertamente peligrosas- de Dashiell Hammett como detective privado, y cómo acabó limpiando baños a consecuencia de la caza de brujas; el “descenso” social de George Orwell, que comenzó como policía birmano al servicio de la colonia británica y que, harto de los prejuicios raciales y de clase, acabó conviviendo en la calle con malhechores y vagabundos; la vida de obrero del acero de Bohumil Hrabal; la inquietante labor de Ottiero Ottieri como cortador de cabezas en un departamento de personal…

En el punto de lectura que viene con el libro estos escritores se agrupan con denominaciones afortunadas: buscavidas, 'bon vivants', animales políticos, burócratas atormentados, engranajes del sistema, fugitivos y correcaminos. Esta división es muy interesante; de hecho me pregunto por qué no se ha seguido este orden en el libro, estableciendo líneas de unión o disensión entre las biografías, planteando preguntas para la reflexión y el debate.

Porque, insisto, en esta acumulación de biografías no hay hilos que unan unas historias con otras y que nos permitan recapacitar sobre lo leído; no siempre el foco se sitúa en lo que significó para estos escritores, literariamente hablando, ese hecho de “tener que ganarse la vida”, o de verse forzados a enfrentar, en muchos casos, la estética a la ética. A menudo Galateria ofrece excesivos detalles (demasiadas fechas, demasiados nombres), que no siempre nos resultan relevantes. Hay erudición, sí, mucha, de la que gusta sacar en las conversaciones, pero para mí esto es insuficiente. Quizá esta decepción ha sido, como dije, una cuestión de expectativas, y no un fallo en sí mismo del libro, cuya orientación era distinta a la que yo esperaba.

Pero lo que sí veo claro es otra carencia: de los 24 autores seleccionados, solo hay una escritora: Colette. ¿Solo una? ¿Por qué solo una? El ámbito abarcado es amplio (escritores ya fallecidos, de varias nacionalidades, nacidos entre 1861 a 1940 y que produjeron sus obras a lo largo del siglo XX). ¿No podía haberse hecho un esfuerzo por incluir más escritoras? No es una cuestión de cuotas: es que resulta muy interesante hablar de “los otros” trabajos de las mujeres escritoras, a los que además, en muchos casos, debieron sumar el cuidado de la casa y de la familia. Quiero saber más de historias como la de Agota Kristof, que componía sus poemas mentalmente al ritmo del ruido de las máquinas de la fábrica de relojes y escribía por la noche, tras haber atendido ella sola a sus hijos, o la de Marguerite Duras, que comenzó como secretaria en el ministerio de las Colonias, o la de Eudora Welty, entusiasta publicista y fotógrafa, o la de Clarice Linspector, que se veía forzada a escribir con la máquina en las rodillas para poder sostener a su bebé al mismo tiempo; quiero saber más de los múltiples empleos alimenticios de Carson McCullers antes de conseguir publicar sus libros, o de los fracasos para encontrar empleo y la difícil subsistencia de Marina Tsvataeva. Son solo ejemplos, pero seguro que hay más, tiene que haberlos. ¿Por qué no están en este libro? Yo no tengo ni idea, así que se admiten respuestas…

14 diciembre 2011

Druuna en Bucarest

Lulu

Mircea Cărtărescu

Impedimenta, 2011

ISBN: 978-84-15130-19-2

160 páginas

17,50 €

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

Introducción de Carlos Pardo


Alejandro Luque

La figura de Mircea Cărtărescu lleva tiempo encumbrada en su Rumanía natal, pero en España ha sido descubierta muy recientemente, gracias a los buenos oficios de la editorial Impedimenta. El primer aviso de que se trataba de un autor extraordinario llegó el año pasado bajo el título de El ruletista, un cuento largo de rara perfección, al que siguió la novela Cegador, en Funambulista. Ahora ve la luz en nuestro país Lulu, obra turbadora, obsesiva, que bucea en los abismos de la conciencia del protagonista –un atormentado escritor– como en las brumas del país a comienzos de la infausta era Ceaucescu.

Todo comienza como un ejercicio de literoterapia en una apartada villa de los Cárpatos, donde un escritor de éxito un tanto misántropo ha venido a recluirse. “Voy a emborronar una página tras otra, voy a utilizar las hojas como vendas impregnadas, no de tinta, sino de lo que mi vieja herida supura”. A partir de ahí, no resulta fácil definir qué es Lulu. ¿Una catarsis en voz alta? ¿Una pesadilla transcrita con detalle? ¿La radiografía de una edad y de un tiempo en fuga? ¿O una novela en torno al juego del doble, como se ha dejado caer en algunas pistas promocionales? La obra de Cărtărescu participa de todas estas cuestiones, pero sobre todo es un viaje –lisérgico, delirante, absorbente– por los conductos de la memoria.

Recordar, parece decirnos el autor rumano, es un deporte que entraña sus riesgos. En las películas, con frecuencia aparece como un ejercicio gratificante: la imagen se distorsiona como la superficie de un lago y comienzan a desfilar imágenes amables de “aquellos maravillosos años” enmarcadas en dos dedos de niebla. Pero otras veces, bucear en la memoria se asemeja a un mal sueño que escuece, abrasa y lastima. Cărtărescu, que ya en Cegador demostró moverse muy bien en esa atmósfera de turbia ensoñación, lleva aquí al extremo su peculiar teatro del dolor.

Resulta particularmente interesante el contraste entre el episodio vital que se rememora, la experiencia iniciática del campamento juvenil, tan 'hipster' –guitarras, hormonas y flores– y los derroteros que va tomando la narración, que permiten pensar más en Viernes 13 que en El valle secreto. Y no porque algún Jason Voorhees venga a aguarle la fiesta a la muchachada a punta de cuchillo, sino porque una simple evocación, un suceso anecdótico como es el encontronazo entre el protagonista y el ambiguo Lulu, puede volverse inquietante cuando toca determinantes fibras sensibles.

Pero si algo me ha recordado LuluTravesti en el título original– es a la saga de Druuna, el inmortal personaje de cómic de Eleuteri Serpieri. Recordarán que Druuna era una dama llena de curvas voluptuosas que deambulaba por un mundo post-nuclear regido por unos oligarcas que detentaban La Verdad. Tal escenario estaba lleno a partes iguales de escombros y de seres mutantes, deformes, pulposos, purulentos, que a menudo se confundían con el propio medio. Todo ello, además, aliñado con generosas dosis de sexo y violencia. La senda por la que Cărtărescu nos conduce se asemeja a un conducto lleno de tentáculos, glándulas, laberintos intestinales y visiones alucinógenas, sin escatimar en sangre corriente, linfa y esperma. ¿Y en éste esquema, quién sería la bella e ingenua Druuna, tan llena de redondeces, tan presta siempre al deseo? La respuesta es obvia: el lenguaje, esa sustancia que Cărtărescu, a la sazón poeta y de los buenos, demuestra dominar con virtuosismo, la misma que ha obligado a la traductora Ochoa de Eribe a aplicarse a fondo.

La memoria, nos dice en fin el escritor, duele, irrita, lacera, pero cuando no hay más remedio que afrontarla, cuando asumirla es una cuestión de vida o muerte, también sabe aportar su recompensa: nada menos que saber quiénes somos, la tranquilizadora certeza de reconocernos –como individuos, pero también como pueblo– ante el espejo.

02 diciembre 2011

Casi siempre amanece nublado


Sábado por la noche y domingo por la mañana

Alan Sillitoe

Impedimenta, 2011

ISBN: 978-84-15130-13-0

312 páginas

22,50 €

Traducción de Mercedes Cebrián


Daniel Ruiz García

Es probable que con Sábado por la noche y domingo por la mañana, publicada a finales de los años 50 del pasado siglo, Alan Sillitoe fijara un canon estético y argumental que desde entonces ha tenido bastante recorrido y cultivo en buena parte de las literaturas nacionales occidentales. La historia de Sillitoe es la historia de una juventud sin expectativas de futuro, que se resguarda bajo el precario techo de un modo de vida embrutecido, cuya única orientación es asegurarse el sustento diario en un trabajo alienante y aprovechar el fin de semana y cualquier resquicio de tiempo libre para la práctica escapista, un escapismo con unas motivaciones no menos embrutecedoras: emborracharse hasta el extremo y follar todo lo posible. La vida se transforma así en un catálogo rutinario y al mismo tiempo excesivo, cuyo protagonismo está ejercido por personas sin ningún tipo de inquietud intelectual o creativa; masa trabajadora que no encuentra en la existencia más aspiración que disfrutar de placeres poco pulidos. Echo un vistazo a nuestra narrativa más reciente y se me ocurren al menos media docena de títulos que transitan por este territorio argumental, con variaciones (drogas en lugar de alcohol, clase media en lugar de masa proletaria…) que no implican ningún desvío sobre el canon en sus aspectos determinantes.

La lectura de Sábado por la noche y domingo por la mañana despierta en el lector con cierta cultura lectora y cinematográfica la sensación de que en la historia y en el paisaje que contiene no hay realmente nada nuevo. El escenario es prototípico de la producción del colectivo de escritores que dio en llamarse 'Angry Young Men', y que los cineastas del 'Free Cinema' inglés de los 60 transformaron en icono: ciudades industriales cargadas de humo, donde la gente fuma mucho y todos los niños son mellados y lucen postillas en las rodillas, con mujeres guerrilleras y con un punto desvergonzado, todos ellos trabajando en fábricas con condiciones miserables, contra las que la única pomada posible es el encuentro nocturno en el pub. La estética de 'pub', esa que tanto rendimiento le ha dado a cineastas como Sheridan, Frears, Leigh o Loach, y que aquí se convierte, por esas cosas de la reedición, en un espacio demasiado familiar. Es aquí donde debe imponerse la cultura lectora, y saber apreciar que fue en Sábado por la noche y domingo por la mañana donde empezó todo eso, y que en buena medida el cine social británico que muchos apreciamos arranca de Sillitoe y de su vocación de dar voz a gente anónima de vida gris y sin esperanza.

En Sábado por la noche y domingo por la mañana no hay ninguna lección de moralismo, se nos cuenta la historia de un pobre diablo, Arthur Seaton, que afronta el delicado momento del paso a la madurez con una vida a la deriva entre la euforia alcohólica y la depresión de la resaca, arrastrando en su trasiego el equilibro de otras vidas a través del adulterio, del engaño y de la violencia. No hay ningún propósito de redención, ninguna enmienda, más bien narración de una cotidianidad en la que si acaso fulguran algunos chispazos con vocación esteticista, pero siempre con extremo comedimiento, ya que todo está consagrado a la narración, al desarrollo eficaz de la historia.

Las circunstancias económicas y sociales que nos toca padecer hacen que el libro de Sillitoe recobre buena parte de su vigencia. Si bien es cierto que contiene guiños y paisajes que sólo son entendibles en el contexto de la novela tipo "retrato de época", la realidad que describe se hace dolorosamente actual, y no sólo en las ficciones cinematográficas de Frears o Sheridan. Sillitoe es además un autor competente, que sabe acercarse a la realidad con una naturalidad alejada de la postal o del recargamiento. Es por ello que Sábado por la noche y domingo por la mañana se lee y se respira como un trozo de vida. En ella uno no descubre nada nuevo, más allá de lo que ya sabía: que casi siempre amanece nublado.

23 marzo 2011

Misterio en las antípodas

Picnic en Hanging Rock

Joan Lindsay

Impedimenta, 2010

ISBN: 978-8415130-03-1

320 páginas

21,95 €

Traducción de Pilar Adón


Introducción de Miguel Cane


José María Moraga

Nos llega tan poco de literatura australiana (iba a escribir “sabemos tan poco”, pero este blog tiene que mantener un prestigio) que para algo que nos llega es motivo de celebración. Es el caso de Picnic en Hanging Rock (1967), excelente novela a la que saludamos en su nueva edición de Impedimenta. Del país de Patrick White (el Premio Nobel), Colleen McCullough (la de El pájaro espino) y Germaine Greer (la feminista) rescatamos a Joan Lindsay, una escritora también de los años sesenta-setenta, aunque un poquito mayor en edad. Picnic en Hanging Rock podría ser considerada una obra de culto: alcanzó una enorme popularidad en su momento y en 1975 dio origen a una exitosa versión cinematográfica a cargo del también australiano Peter Weir.

A día de hoy, es un libro que goza de buena salud (el año pasado la BBC emitió una adaptación radiofónica del texto), de lectura obligada en algunas facultades de Filología Inglesa, aunque hay que admitir que es la única obra por la que se recuerda a su autora (salvedad sea hecha de su autobiografía parcial Time Without Clocks, no disponible en español). A Joan el apellido Lindsay le vino por matrimonio, ya que casó con Daryl Lindsay, miembro de una célebre saga de artistas australianos, el 14 de febrero de 1922. Este dato puede no ser baladí si tenemos en cuenta que el meollo de la acción de Picnic en Hanging Rock tiene lugar también un 14 de febrero –Día de San Valentín-, pero de 1900.

La historia se desarrolla a caballo entre la realidad y la ficción en un territorio borroso, y es que los diecisiete capítulos de la novela narran un misterioso acontecimiento basado en hechos reales: la desaparición –durante una excursión campestre- de tres alumnas y una profesora de un internado para señoritas. Una de las chicas aparece, desorientada y en estado de shock, incapaz de contar qué ha pasado, y otra cuarta que las acompañaba vuelve histérica y tampoco puede explicar lo sucedido, de modo que los cadáveres de las desaparecidas nunca fueron hallados. Por si fuera poco para rodear el caso de misterio, la desgracia alcanza a otros de los personajes implicados, que mueren poco después en circunstancias extrañas.

Hay un horror inefable entonces, Picnic en Hanging Rock es una novela de misterio con insinuaciones claras de que las fuerzas del Mal trabajan entre nosotros. Así, el secuestro, el asesinato y los abusos sexuales parecen amenazar a las niñas del exclusivo colegio Appleyard. Hay un claro contraste también entre el tradicional modo de vida británico (considerado “superior” a todo lo aborigen) y la realidad que Australia impone. La vieja querella entre naturaleza y sociedad, si queréis, actualizada en unas mujeres que deben emprender el ascenso a una montaña en un caluroso día de verano vestidas con opresivos (e inapropiados) corsés y faldas largas. En cierto modo –y yendo un poco lejos- la desgracia que cae sobre las niñas ha sido en ocasiones leída como una venganza de la naturaleza y la geografía australianas por la arrogancia y las imposiciones coloniales de la civilizada Gran Bretaña.

La otra interesante dualidad presente en todo el libro es la tensión entre realidad y ficción, ya apuntada aquí, y aunque está claro que Picnic en Hanging Rock no es A sangre fría, igual que una novela de misterio hay argumentos para considerarla una “novela de no ficción”, puesto que Lindsay no duda en valerse de cartas, declaraciones ante la policía o artículos de prensa para dotar de verosimilitud a su libro. Así y todo, la incertidumbre prevalece: la propia voz narradora se pregunta en ocasiones qué estarán pensando algunos de los personajes y aunque existió un decimoctavo capítulo (en ediciones póstumas) que daba más explicaciones, el final de la novela queda completamente abierto, versión canónica que con buen criterio nos ofrece Impedimenta.

Toda esta fluctuación entre realidad y ficción y la presencia de personajes atormentados que parecen ocultar oscuros secretos emparentan Picnic en Hanging Rock con Otra vuelta de tuerca de Henry James (por la parte del misterio) y con Pasaje a la India de E. M. Forster (por la parte poscolonial). Los tres libros tienen en común la presencia inquietante de sucesos que quedan sin explicación, pero ¿quién necesita explicaciones claras y científicas cuando podemos leer un buen libro de misterio basado en hechos reales?

11 marzo 2011

Cadáveres que salen movidos en la foto


La investigación

Stanislaw Lem

Impedimenta, 2011

ISBN: 978-84-15130-10-9

248 páginas

18,95 €

Traducción de Joanna Orzechowska



Ilya U. Topper

Pónganse la estufa. Enciendan el jersey. Porque, les aseguro, tendrán escalofríos. Si le hacemos una foto a un cadáver y sale movida ¿quién tiene la culpa? preguntó alguien una vez. Aquí, no necesariamente es el fotógrafo. Y eso, escribir una novela sobre muertos que (aparentemente) se levantan y andan amenaza, ya de por sí, con ponerle la piel de gallina al lector. Pero hacerlo y deslizar en ella todas las explicaciones científicas que podrían, tal vez, quizás, casi, sólo casi, explicar por qué lo hacen de verdad, eso no tiene precio.

La primera vez que leí La Investigación, acostumbrado a los relatos galácticos del autor polaco, pensé que se trataba de una obra menor. Pero en el caso de Stanislaw Lem no existen las obras menores. Existen las estelares y las terrenales. Ésta es terrenal.

Me dicen que una reseña no debe ventilarse en dos párrafos, aunque en el caso de Lem, bastarían dos líneas: una para sus incondicionales para informarles de la reedición de la obra en castellano (hasta ahora relegada a mugrientos estantes en los anticuarios de segunda); otra para exhortar a hacer penitencia a quienes, inexplicablemente, desconocen la existencia del escritor polaco.

Sí: es Lem hasta el tuétano. Sin el humor desternillante al que nos tiene acostumbrados en sus Diarios de las Estrellas, sin la grandeza trágica que asoma en Solaris. Pero con la precisión de la mejor novela de detectives inglesa que hayan podido leer. Y ubicada en Inglaterra, por si acaso, sí, alrededor de Scotland Yard.

En una línea similar a La fiebre del heno ―que imagino en la línea de salida de Impedimenta para algún próximo mes― esta novela desgrana de forma minuciosa observaciones cotidianas, casi imperceptibles, de la vida diaria, los pone en relación, construye conclusiones de alcance insospechado. Pero aquí, los culpables a los que persigue el inspector Gregory tal vez sean los muertos. Y tal vez no. Gregory, templado detective inglés, no lo cree, evidentemente. Pero ¿y usted, lector?

Ésta es la maestría de Lem, inalcanzada: hacerle creer al lector algo contra las convicciones de sus propios personajes. Y no, al final La Investigación no está tan lejos de Solaris: aquí también asoma la posibilidad de que una fuerza ignota, que no tiene ni nombre (no, no es Dios, porque Dios no existe en las obras de Lem, excepto como caricatura) sea capaz de crear algo a imagen y semejanza de los humanos.

Sabiendo que en internet alguien asoció el término ‘zombie’ a los personajes de esta obra quizás convenga una advertencia: donde hablamos de explicaciones científicas no piensen en venenos paralizantes, peces tóxicos, letargos inducidos y demás quincalla del horror. No, no. Aquí hablamos de muertos de verdad. Habrá por medio el cadáver de un gato, teorías de vectores, estadísticas impecables y absurdas y una terrible sospecha de que tal vez, todo sea falso.

Pero aunque todo sea falso, los detalles que aporta el autor a la demencia que amenaza con apoderarse de sus personajes, son tantos y tan lúcidos que la historia funciona. E incluso, como en todas las obras del autor, pasa a un segundo plano para hacernos reflexionar sobre esa zona gris entre la materia y el espíritu. Ese coto privado de las religiones, en el que el furtivo Lem se ha cobrado las piezas capitales que siempre erraban sacerdotes y filósofos.

Por eso ya no importa si Gregory detendrá al final al culpable (¿existe?). Le habrá dado que pensar, estimado lector. Ahora, no me culpe si después de cerrar el libro se tropieza con un fantasma en el metro.

10 noviembre 2010

Plancton entre los dientes

Vercoquin y el plancton

Boris Vian

Impedimenta, 2010

ISBN: 9788493760199

216 páginas

18.95 €

Traducción Lluís Maria Todó




Manolo Haro

Boris Vian (París, 1920-1959) se propuso ahuyentar el paso del tiempo conjurándolo de la única forma que estaba en su mano: acelerarlo hasta hacer que se encapsulara en una existencia de 39 años. No tenemos constancia de que el escritor supiera que se iba quedar en el sitio en el cine Marboeuf mientras visionaba la edulcorada versión de Escupiré sobre vuestra tumba, pero viendo su frenética contribución al mundo de la cultura durante los 40 y 50 cualquiera podría pensar que alguien una noche de tantas hubiera deslizado cierta nota en la barra de una boîte parisina marcando el día y la fecha de su hora suprema.

Vian procede del tronco común de Alfred Jarry, cuyos ilustres hijos (Duchamp, Max Ernst, el talentoso y poco conocido escritor Michel Leiris, Man Ray y Eugène Ionesco), matriculados todos en el Collège de Pataphysique, se embarcaron en la empresa de divulgar la lógica absurda de ese padre espiritual. Las vanguardias dispararon contra el tiempo externo e interno de la historia del arte. La sustancia de la vida de nuestro autor está traspasada por el ritmo delirante y apresurado del swing, la 2ª Guerra Mundial, la Ocupación y una dolencia cardiaca que le impondría la tajante condición de dejar de tocar la trompeta, una de sus mayores aficiones. El tiempo, siempre el tiempo jugando una y otra vez con el bueno de Vian. En 1944, en el mismo momento en que escribía Vercoquin y el plancton, fundaba el New Orleans Club en Saint-Germain des Prés. Sólo funcionó durante unos días. En la disparatada y genial novela que reseñamos una llamada telefónica dura exactamente 4 meses, suficiente para que uno de sus personajes despache sus asuntos con el interlocutor.

El ritmo de París, el tempo (esta vez musical) había ido aumentando con el paso de las décadas del siglo XX: humeaban las trincheras de la Gran Guerra y el foxtrot reinaba en las salas de baile; en los 20 llegaría Gardel y colocaría un pequeño brazo del Río de la Plata como afluente del Sena, pero de fondo sonaría el charlestón de Josephine Baker; en los 30 el jazz convivió con las orquestas cubanas que hicieron sonar bongoes en la noche lutecina. A partir de ese instante, la divina música americana, con todas sus variantes, atravesaría alcantarillas, clubes, pisos de estudiantes, prostíbulos y salas de baile, y allí estaría Vian para contribuir con sus artículos en Le Combat, su música, su fundación de garitos siempre dispuestos a una jam session y su literatura. De hecho, Vercoquin y el plancton es una roman à clef en la que se esconde la vida de unos jóvenes que no eran otros que sus propios colegas de juerga. La peripecia que aquí se narra tiene como personajes a Fromental de Vercoquin y al potentado Mayor, que organiza, con la ayuda del lúbrico y dipsómano Antioche Tambretambre, una surprise-party a las afueras de París para conmemorar sus veintiún años. Ambos protagonista andan enamorados de la hermosa Zizanie de la Houspignole, cuyo tío en el ridículo Sub-Inspector principal Miqueut, tutor legal de la joven.

La novela se vertebra a partir de esa primera fiesta donde se conocen el Mayor y Zizanie; continúa en una posterior inmersión en el mundo de la CNU (Consorcio Nacional de la Unificación), transposición literaria de la AFNOR (Asociación Francesa de Normalización Lingüística), en la que Vian trabajó; y, por último, en una no menos alocada surprise-party en el piso de Odilonne Duveu. La desternillante trama logra unos de sus puntos culminantes en la inclusión de una guía para ligar, cuya autoría pertenece al Mayor. Entre unos y otros escenarios, procesionan un alocado mundo de jóvenes swing que beben, comen y fornican hasta la extenuación. No hay que llevarse a engaño: la novela se disfruta en todos los pasajes, aunque tal vez la Escuela del Resentimiento (Harold Bloom dixit) no aceptaría estampas de follódromo (sic), mondongos marcados en la entrepierna, palizas a “las mamarrachas”, guardias “sarasonas vocacionales” y otras lindezas que contribuyen a que la explosiva prosa de Boris Vian refulja página tras página. A todo ello habría que añadirle una cáustica mirada hacia el mundo de los jefes ridículos (tal es el caso del Sub-Inspector principal Miqueut, cabeza visible de una institución que vela por el buen francés y no hace otra cosa que dinamitarlo cada vez que abre la boca) y unos diálogos luminosos, versátiles, propio de esos pesos pesados de la locuacidad como son Groucho Marx y Woody Allen.

No resulta difícil imaginar al autor escribiendo Vercoquin y el plancton a carcajada limpia. Esos muchachos que se cuelan en la historia, con calcetines blancos y pantalones amplios ajustados al tobillo, fueron Vian y sus compañeros de farra, recorriendo el París ocupado en busca de algún vestigio que les demostrara que la vida seguía en otra parte. El surrealismo antiburgués del que hace gala el libro, el cual dinamita las bases de la corrección filistea de la clase acomodada (como ya hicieran Buñuel y Dalí, entre otros muchos), resulta una postura muy apropiada para la edad y el momento que vivía el autor. Siendo su primera novela, no desmerece de lo que vendrá luego. “Cuando te has alimentado de plancton, te has ganado el nombre de escritor realista”, dice Vian en el prefacio que él mismo denomina “inútil”, agazapado tras el pseudónimo de Bison Ravi. Un poco más adelante aclara que no se trata de una novela realista, pues lo que se cuenta no se produjo realmente. Juego y más juego desde que se inicia este dislate genial. En ese punto comenzaba, auspiciado por los consejos de Sartre, Raymond Queneau y Jacques Prevert la vida literaria de un ex-trompetista de jazz. Leed, leed, malditos.