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14 marzo 2013

Las vidas de Zuckerman


Zuckerman encadenado

Philip Roth

Galaxia Gutenberg, 2012

ISBN: 978-84-15472-45-2

560 páginas

25 €

Traducción de Ramón Buenaventura



José Martínez Ros

No es necesario presentaros a Philip Roth (1933), una institución de las letras norteamericanas, un titán literario que ya ha recibido prácticamente todas las distinciones y premios que se pueden otorgar a un escritor en el ancho mundo -excepto el Nobel, y cada año, tras el veredicto de la Academia Sueca, la pregunta inevitable que siempre se hace alguien en voz alta es “¿y por qué demonios no se lo han dado ya de una vez a Philip Roth…?"-. Zuckerman encadenado, una de sus obras más celebradas, y según Harold Bloom, quizás la mejor, es una recopilación de cuatro novelas cortas protagonizadas por el álter ego literario de Roth, Natham Zuckerman, así que podríamos definirla, de modo provisional, como cuatro historias sobre un escritor judío en los Estados Unidos de la segunda mitad del siglo XX. 

He añadido a escritor el adjetivo “judío” no porque Zuckerman/Roth sea especialmente devoto o siga a rajatabla los mandatos bíblicos -más bien, todo lo contrario-, sino porque la relación con su comunidad es uno de los temas principales de este libro. Así, Zuckerman pasa de hacer enfadar a su padre con sus primeros relatos en los que satiriza la vida cotidiana de un barrio predominantemente judío en una pequeña ciudad norteamericana a horrorizar al conjunto de su familia, y a buena parte de sus lectores, con su 'best-seller', Carnovsky (un trasunto de una muy famosa novela de Roth, El lamento de Portnoy) en el que narra con abundantes notas de humor y sexo su educación sentimental. Aunque también podría haber escrito “heterosexual”: el sexo, y quizás también el amor, aunque eso es más discutible, es otro de los centros de estas cuatro obras, ya que Zuckerman se-casa-se-divorcia-se-lía-con-una-amante-y-la-deja-por-otra-continuamente. 

Roth tiene cierta fama de misógino, al menos entre la crítica feminista, pero la lectura de este libro no me ha parecido que la justifique. Las múltiples peripecias sexuales-sentimentales de Zuckerman dan de él una imagen bastante lamentable de perenne inmadurez emocional. Si Zuckerman es un autorretrato de Roth, se trata de un autorretrato feroz e inclemente. 

De las cuatro novelas que componen Zuckerman encadenado, mi preferida es la primera: La visita al maestro, una sutil y astuta parábola sobre la creación -muy al estilo Henry James- en la que un joven Zuckerman visita en su casa de campo a un viejo escritor que admira, Lonoff (que, a su vez, es un trasunto de Bernard Malamud). Allí conoce a una bella, y un tanto perturbada, muchacha que cree ser, nada más y nada menos, Anna Frank, la famosa niña víctima del Holocausto. Es una pena que Roth no se atreva a llevar su historia hasta sus últimas consecuencias (lo que muestra, por otro lado, que no se siente nada cómodo cuando juega con elementos fantásticos/oníricos como muestra su muy fallida La conjura contra América). 

A continuación llegan Zuckerman desencadenado y La lección de anatomía, que podrían resumirse en: Zuckerman se hace rico y famoso con sus libros, se ve envuelto en un montón de relaciones conflictivas, es insultado por críticos hostiles y asediado por chiflados y 'groupies' atraídos por su fama y, encima, sus padres se mueren, su salud se tambalea y, en definitiva, cae en picado. Hay páginas estupendas en estos dos libros junto a otras en las que, impaciente, el lector siente el impulso de zarandear a Zuckerman/Roth y gritarle: ¿no te cansas de tomar siempre la decisión equivocada, capullo? 

Y terminamos con La orgía de Praga, un cierre magnífico: Zuckerman viaja tras el Telón de Acero, a la Checoslovaquia comunista para intentar hacerse con los escritos inéditos de un desconocido autor judío asesinado por los nazis y que tal vez sea tan grande como Kafka. En esta versión estalinista de Los papeles de Aspern, Roth nos sumerge con pericia en un mundo claustrofóbico de hogares plagados de micrófonos, burocracias inmensas e impersonales y personajes despojados de su dignidad por la aplastante situación política que recuerda al de la famosa película alemana La vida de los otros. Y sí, también hay bastante sexo.

Tratándose de Zuckerman, no esperábamos menos.

08 julio 2011

Ser uno mismo

El hoy novelista Coradino Vega nos explica qué lecturas han resultado fundamentales para su formación literaria, aun admitiendo la dificultad de condensar algo así en unas pocas palabras. De entre su parnaso particular, Coradino destaca El mal de Portnoy (1969) de Philip Roth, quintaesencia del intelectual judío norteamericano, que se hizo famoso con esta escandalosa novela, que para nuestro reseñador supone el epítome temático y estilístico de un autor tan en boga en nuestra época, como tal vez prueban las continuas reediciones de su obra.



Coradino Vega


Tengo una memoria bastante mala y selectiva. Además fui de despertar tardío. Prácticamente, he olvidado el contenido de los libros que me inocularon el virus de la lectura. Muchos de ellos han dejado de atraerme. Los motivos de mi actual desapego respecto a Borges, Cortázar o García Márquez son tan difíciles de explicar como las entusiastas reacciones que me produjeron sus descubrimientos. De esos libros de iniciación, me ha seguido acompañando sin embargo, a lo largo de periódicas relecturas, El jinete polaco. Debo a su primera deglución la querencia adolescente de convertirme en novelista. Yo no lo sabía por entonces, pero lo que me atrapó de la novela de Muñoz Molina fue una música demorada, atávica y subyugante que luego reconocería en el estilo de Proust, sumada a una estructura como de caja china que, tiempo después, vi que se trataba de la manera que tenía Faulkner de convertir en mitos los relatos ancestrales transferidos de manera oral en el sur de los Estados Unidos. Más tarde, han sido muchos los escritores que me han tocado de una manera u otra y, a riesgo de dejarme con toda seguridad a más de uno en el tintero, no quiero dejar de mencionar a Flaubert (cuya Madame Bovary, leída junto a la correspondencia de su autor, sigue siendo para mí el mejor taller de escritura creativa), los ensayos sobre literatura de Vargas Llosa, el compromiso moral de Camus, la autenticidad de Marsé, la voz pegada a la tierra de Natalia Ginzburg o el fraseo hipersensible de Virginia Woolf. Ya sé que se tratan de referencias excesivamente compartidas. Pero qué quieren que les diga. Después de pasarme media vida intentando conocer todo lo ungido por el halo de lo alternativo, la moda y lo insobornablemente artístico, me he vuelto un lector de lo más convencional y pequeñoburguesito. Y la verdad es que no encuentro ni un solo motivo para pedir perdón. Bajo mi punto de vista El Quijote, que es un libro sobrevaloradísimo por culpa del estandarte en que lo han convertido los académicos españoles y lo mucho (y mal) que se enseña en los institutos, es sin embargo una novela enormemente ignorada, pues en él está toda la autoconciencia textual y el juego metaficticio que ha creído descubrir el adanismo posmoderno sin haber dejado aún ―¿puede que por su falta de humanidad?― ni una obra que alcance la mitad de su grandeza. Así las cosas, me paso el invierno leyendo novedades, ensayo, Historia, biografías de músicos o escritores, pero cuando llega el verano me propongo recuperar la tranquilidad holgazana de las vacaciones de estudiante, volver a la placentera lentitud de mis lecturas de En busca del tiempo perdido, evocando el patio de la casa de mis padres a la hora de la siesta, con la haraganería propiciada por el calor bajo el toldo y junto a la manguera, y cada mes de julio me prometo releer alguno de los mamotretos que, de forma extraña y persistente, han seguido viviendo conmigo: La montaña mágica, Fortunata y Jacinta, Los demonios, Guerra y paz… Compensan mis anuales y fracasados intentos de releer esos libros haber descubierto, ya de mayor, libracos igual de estimulantes: la inmensa Vida y destino de Vasili Grossman, con la que comprobé que podía mezclarse el épico afán totalizador de Tolstoi con la intimidad cotidiana de Chéjov y la feracidad culposa de Dostoievski; o las dos grandes novelas de I.B. Singer, La familia Moskat y Sombras sobre el Hudson, que son un ejemplo de riqueza y sencillez y naturalidad vitalista y que fueron publicadas en 'yiddish' en un tiempo en el que la novela parecía haber llegado a un punto de no retorno; o incluso, más recientemente, Volver al mundo, de J.Á. González Sainz, que me cambió la mirada envenenada que tenía sobre muchas cosas.

Ante tal abanico de posibilidades, me resulta difícil elegir. Pero si hay un autor que transformó por completo mi concepción de la literatura y me abrió una inexplorada veta de creatividad, ése es, sin ninguna duda, Philip Roth. No fue el primer libro que le leí, pero creo que El mal de Portnoy condensa mejor que otros el universo de este autor nacido en Newark, en 1933. Con la publicación en 1959 de Goodbye, Columbus, Philip Roth no sólo pasó a convertirse en un escritor reconocido (era su primera obra y con ella ganó el National Book Award), sino que debido al desternillante cuento “La conversión de los judíos” se erigió también en la bestia negra de la comunidad hebrea norteamericana. Sin embargo, Roth pareció no prestarles mucha atención a las críticas cada vez más enfurecidas de los ortodoxos mientras publicaba dos largas novelas menores en las que se centró sobre todo en lograr el grado de sofisticación literaria de los modelos a los que, por entonces, trataba de imitar con denuedo. Diez años después, tras una violenta comparecencia pública ante un auditorio rabínico, el destructivo matrimonio que con el tiempo inspiraría Mi vida como hombre y una larga sequía sin escribir acompañada de una intensa terapia psicoanalítica, el turbulento estado emocional de un joven divorciado alquilado en Nueva York explotó en forma de vómito contra el puritanismo. ¿Por qué tratar de escribir como Henry James?, pudo preguntarse Roth. ¿No estaba su voz, en cuanto judío, mucho más cerca de la de Saul Bellow por ejemplo? ¿Y no era esa voz precisamente la que recreaba humorísticamente, cada noche que quedaba con sus amigos intelectuales del Lower East End, el modo de hablar de las alarmadas madres judías, los padres estreñidos y ofuscados, todos aquellos inmigrantes de segunda generación que tenían sólo medio pie en Estados Unidos y pie y medio en la Torá todavía? O lo que venía a ser lo mismo: ¿no era justamente ésa su voz?, ¿lo que él tenía que contar?, ¿la única forma de liberarse como escritor y, de camino, como persona? El hilarante monólogo que Alexander Portnoy relata a su psiquiatra es, en mi opinión, el libro más histéricamente liberador que se ha escrito. Ese chaval que penetra el hígado que luego cocinará su madre, ese hijo acosado por el aprensivo celo paternal que se encierra en el baño a matarse a pajas, ese adulto obseso y exhibicionista que sigue viendo en la figura de su madre la viva imagen de la Castración, cargará con todas sus fuerzas contra aquellos que le habían echado en cara haber escrito a Roth lo que no escribió hasta ese momento. Sin embargo, esta arremetida tiene menos que ver con el cínico grito de Gide ‘contre les familles’ que con la profunda comprensión, a través de la parodia, de lo que significaba ser judío y americano en plena revolución sexual de los años sesenta. Y ése es precisamente el hilo conductor de toda la impresionante producción posterior de Roth: por más que se desdoble en múltiples álter-egos (Tornapol, Kepesh, Zuckerman, el mismo Philip Roth), por mucho que analice la Historia reciente de su país en la monumental Trilogía Americana, que acaba de agrupar felizmente Galaxia Gutenberg en un solo volumen, o por más que juegue con los reversos de la invención (haciendo metaliteratura, pero de la buena), lo que late en la obra de Roth es el cómico aprieto que surge del intento repetido de huir de un aprieto moral asimismo cómico, la farsa de la tragicomedia, la queja de la penosa existencia que supone la experiencia profana para quien ve su vocación como algo sagrado o, como diría Malamud, la vida de uno de esos judíos que se niegan a ser judíos a toda costa y que, por eso, sufren más de lo que les corresponde por su mera condición de simples hombres que perciben dramáticamente que el mundo es dramático. Todo ello, a la vez, escrito con un ritmo narrativo constantemente alto, torrencial, vertiginoso y vibrante.

Por tanto, no hacía falta ambientar las novelas en París y que todos sus personajes mostrasen un refinado intelectualismo. El mundo de Roth, como el de Muñoz Molina en El jinete polaco o el de Marsé en el Carmeló o en el Guinardó, estaba en sus orígenes, dentro de él, y no había que cambiarle ni siquiera el nombre: sólo había que recordar lo oído en las calles del barrio de Weequahic, Newark, Nueva Jersey, y escribir sobre su propia vida. Ahí empezó el incesante (y fecundo) desafío de Philip Roth para lograr mediante la ficción ser más verdaderamente él mismo.

24 marzo 2011

Heracles, el hijo de Zeus


Némesis

Philip Roth

Mondadori, 2011

ISBN: 978-84-397-2333-2

224 páginas

21,90 €

Traducción de Jordi Fibla


Rafael Suárez Plácido

Hace tiempo que no presto demasiada atención a las solapas de los libros de autores que me interesan y los de Philip Roth (New Jersey, 1933) siempre lo hacen. El personaje central de algunas de sus novelas más interesantes, Zuckerman, nos muestra con su peripecia biográfica el devenir de los Estados Unidos y, por tanto, del mundo en que vivimos. La vida pública, con todas las miserias derivadas del pensamiento correcto y del poder, y la privada, donde cada uno piensa y siente a su manera siempre diferente, aparecen en estas novelas en todo su esplendor. Hay quien no valora igual sus más recientes producciones, en las que sus personajes evocan el momento en el que cambió definitivamente sus vidas, casi siempre a peor, y sus causas. A mí, en cambio, nunca han dejado de interesarme.

Leo en la solapa de Némesis (Mondadori, 2011): “¿Qué decisiones determinan fatalmente nuestras vidas?” Y es cierto que esa sería una buena pregunta para resumir algunos otros de sus libros. Pero aquí, en cambio, nos ofrece la biografía de un personaje absolutamente desbordado por los acontecimientos. Bucky Cantor es un joven de Newmark, el barrio natal del propio autor, que es rechazado para alistarse en el ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial por ser algo bajo y corto de vista. Para alguien que aspira a la perfección física eso es un trauma que le llevará a esforzarse más que los demás en su vida. Ese verano de 1944 ejerce como instructor en una escuela deportiva de verano. Los chicos y sus padres le adoran y está prometido con una joven de buena familia, a la que ama profundamente. Es un gran deportista y lanza la jabalina, como Heracles, el hijo de Zeus. A los ojos de los demás se trata de un triunfador. Los problemas comienzan cuando algunos de sus alumnos contraen la polio, entonces enfermedad mortal. A partir de ahí todo empieza a desmoronarse y Bucky se encuentra ante el dilema de la culpa. ¿Podría haber hecho algo para evitarlo? ¿Por qué la polio parecía cebarse especialmente con sus alumnos, con los mejores de ellos? No es ajeno a esta culpa el sentimiento judío de ser el pueblo elegido. La vida debería ser otra cosa para todos, pero especialmente para ellos. Dios debería ser justo y ocuparse de la felicidad del mundo. La guerra y esa otra guerra que es la enfermedad muestran a Bucky que no es así y no lo entiende. Es cierto que no es fácil entenderlo y si uno se empeña en buscar respuestas, no va a salir bien parado. La primera consecuencia es la desconfianza en un Dios que antes había sido el centro de su vida, y a partir de ahí todo es posible.

La novela tiene tres capítulos. En los dos primeros los hechos se presentan de manera lineal. Al final del segundo, los acontecimientos dan un vuelco inesperado y cae sobre los personajes el peso de la Historia. Formalmente la estructura es magistral. El tercer capítulo es el desenlace que da mayor sentido a toda la trama anterior y nos ayuda a responder a algunas preguntas, aunque, como suele ocurrir, otras tendremos que buscarlas nosotros mismos. En este tercer capítulo aparece el contrapunto a la historia de Bucky, que nos deja la sensación de que todo podría haber sido mejor para él y para los suyos. La pregunta de la solapa, que condensaría mejor la historia, podría haber sido: ¿Es posible cambiar nuestro destino? Quizás para el favorito de los dioses todo es más difícil. La traducción, del habitual Jordi Fibla, también nos permite acercarnos al mejor Philip Roth: sin duda uno de los mejores escritores de nuestro tiempo.

30 octubre 2009

Jodiendo con las palabras

Engaño

Philip Roth

Seix Barral, 2009.
ISBN: 978-84-322-2856-8

187 páginas.
17 euros.

Traducción de Jordi Fibla.


Javier Mije

Leí las cincuenta primeras páginas de Engaño y me dije, ah, he aquí el libro de Roth que leen cada otoño los académicos suecos para convencerse de que no merece el Nobel. Imaginé que la reseña sería tarea fácil: un libro menor de un gran autor, una obra sin el vigor, la intensidad y el compromiso con la verdad de sus grandes novelas. Luego recordé que tengo un conocido que es amigo íntimo y editor -¿pero son ambas circunstancias compatibles?- de un Nobel de literatura. “Recibir el Nobel es una catástrofe, una dulce catástrofe” –había referido en una carta a mi conocido que éste me había comentado en un almuerzo-. Veía nítidamente perfiladas las siguientes líneas de esta reseña: ¿merece Roth esa catástrofe?, ¿tiene algún sentido que caiga sobre Roth ese cataclismo –que aquel escritor laureado explicaba en su carta como la interminable Odisea de una vedette por congresos y salas de conferencias a miles de kilómetros de su escritorio?-.No creo que el Nobel sea otra cosa que uno más de los artefactos culturales con los que nos distraemos del paso del tiempo, ni que dependa de una llamada de teléfono con prefijo de Suecia el que las palabras de un autor perduren. Así que dejaría la valoración del libro a un lado –a estas alturas iba ya por la página 70 y la novela seguía sin convencerme- y terminaría mi comentario afirmando que era mejor que otorgaran el Nobel a autores como Herta Müller, no tan populares, o al excelente escritor que resultó ser aquel amigo íntimo de mi conocido, que pudo por fin comprarse una casa y abandonar el piso de treinta metros cuadrados donde vivía muy precariamente. Sin darme cuenta, casi mientras pensaba en otras cosas –en qué capricho iba a emplear los 100 euros que pagan por esta reseña; en mi conocido y amigo del Nobel del que espero una llamada que no termina de producirse, o en aquellos tiempos remotísimos en que existía el otoño- llegué a las páginas finales de Engaño y me di cuenta de que nada en el libro resulta ser lo que parece. No eran varias historias de amor adúltero más o menos convencionales que sólo ocasionalmente habían llegado a interesarme. Era un libro sobre las fuentes de la ficción. Sobre los puentes entre la literatura y la vida; entre la vida y la literatura. Era un libro sobre cómo se construyen las novelas. Entonces me pregunté si sería posible escribir la reseña de un libro que mostrase al mismo tiempo cómo se escribe una reseña.
Un piso sin ascensor en Notting Hill, Londres. Un escritor desempleado llamado Philip. Tres mujeres. Cada mujer un polvo. Cada polvo una Sherezade. Este es todo el entramado argumental de Engaño, una novela experimental, arriesgadísima, construida con las notas para una novela no escrita. La novela son esas mismas notas, una sucesión de diálogos sin apenas acotaciones -“despojada de toda grasa expositiva”, dice el narrador-. El escritor llamado Philip –un écouteur, un audiófilo- hace hablar a sus amantes con el objeto de escribir una novela sobre el adulterio. El narrador de la novela no escrita es Nathan Zuckerman, alter ego habitual de Philip Roth. En el penúltimo capítulo irrumpe la mujer de Philip y le pide explicaciones por haber publicado una novela –la que estamos leyendo- en la que hace exhibición de su infidelidad. Éste niega que la haya engañado: “es la historia de una imaginación que ama”. Es sólo un cuento, es ficción, viene a decir: “no puedo joder con palabras”. Y cuando todos los juegos de espejos parecían agotados -y el mismo camino, me temo, seguirá la paciencia de la mayoría de los lectores- el último capítulo nos reserva otra vuelta de tuerca con la que terminan de encajar las piezas de este cubo de Rubik. Entonces, ¿le ha gustado o no la novela? ¿No iba usted a explicar cómo se hace una reseña? ¿Por qué un libro nos gusta? Estimado lector, ¿qué importa mi opinión? No imagina usted cuánto se miente en estas lides y las inseguridades que sufren los críticos, aunque sean ocasionales como yo. Si quiere leer algo con fundamento espérese a ver qué dice Juan Manuel de Prada, que tanto admira a Roth. Yo creo que es una novela difícil y valiosa, y en cuanto a las formas, una anomalía dentro de la producción del autor de Newark. Contiene lúcidas reflexiones sobre el dolor del adulterio, “en algún punto entre el deseo y la desilusión, en el largo descenso hasta la muerte”, las habituales y deliciosas diatribas anticatólicas, y, entre otras cosas, algunas valiosísimas ideas literarias que interesarán sobre todo a los escritores. Aunque, ya que insiste en saberlo, el libro me ha conmovido sobre todo por una circunstancia personal que me permito contarle. Hace años yo también pasé una temporada en Notting Hill, en el número 44 de una calle llamada Dudley Villas, a sólo unos metros de dónde vivió el protagonista de Engaño. Entonces creía estar escribiendo una novela sobre el adulterio, y también había por allí una voz femenina que insistía en saber, como el personaje de la novela de Roth, quién era aquella mujer con la que me fugaba en la ficción. Así que, y espero responder con esto a su pregunta, quizá los libros nos gusten cuando provocan la ilusión de que hablan de nosotros mismos.

05 agosto 2009

Un novelista valiente

Indignación

Philip Roth

Editorial Mondadori

ISBN: 978-84-397-2163-5165 páginas

176 páginas

17,90 euros


Javier Mije

Ciertas novelas defraudan las expectativas de sus posibles lectores -¿ingenuos, desinformados?-, cuando acuden a ellas buscando una mentira que los acune plácidamente durante unas horas y se topan de bruces con una verdad que los abisma al insomnio. El arte es un velo que se descorre para hacernos sentir las cosas, más que un entretenimiento para aplazarlas. Esta advertencia es del todo baladí para la legión de seguidores –por mucho que pese a algún conspicuo monaguillo metido a crítico- de Philip Roth: toda su obra parece diseñada con el fin de meter el dedo en la llaga de aquello –miserable o excelso- que nos hace como individuos y nos constriñe como sociedad. Roth duele y conmueve a veces -¿recuerdan Patrimonio, esa gigantesca novela sobre el derrumbamiento de la figura paterna?- por los espejos tan cruelmente iluminados con los que nos enfrenta. No tengo una respuesta -¿acaso la convicción de que la literatura, anunciada la muerte de Dios (larga agonía, la suya) y el fin de las grandes ideologías, es la única fraternidad que nos queda? – para argumentar la enorme felicidad con la que, paradójicamente, uno sale de estas grandes tragedias.
Indignación cuenta la historia de Marcus Messner, un joven judío hijo de un carnicero kosher al que el estallido de la guerra de Corea y de sus propias neuronas conduce a una preocupación histérica: la obsesión por la muerte o el descarrilamiento de Marcus. Espoleado por la enfermiza vigilancia del padre Marcus cambia de universidad, y de la Neward natal viaja hasta Winesburg, Ohio, escenario de un comprimidísimo Bildungsroman. En Winesburg Marcus conoce el amor de Olivia Hutton, una mujer tan hermosa -también yo creo haberme enamorado de ella sólo por la forma en que Roth la describe- como perturbada, y en sucesivos incidentes de consecuencias catastróficas -“la terrible, la incomprensible manera en que las elecciones más triviales, fortuitas e incluso cómicas obtienen el resultado más desproporcionado” es uno de los temas de la novela- se enfrenta a las conservadoras autoridades universitarias representadas por el decano Harris D. Caudwell.
Con estos mimbres argumentales y su habitual estilo directo, enérgico, sin florituras, deliciosamente narrativo, Roth ha vuelto a escribir una obra maestra. Marcus Messner recuerda al Coleman Silk de La mancha humana. Enfrentado a su familia y a la institución académica –metáfora del país, apócope del mundo- por defender su libertad, acosado en su identidad por la tiranía de las convenciones y de todo lo que se supone recto, ambos tienen las hechuras del héroe trágico; ambos revelan las contradicciones, fariseísmo y papanatismo –otra vez en Roth el sexo como elemento perturbador de los bienpensantes- de una sociedad antes de ser aplastados por ella. En las novelas de Roth la Historia rara vez es un mero decorado: la Historia es el escenario. En vano Marcus se propone eludirla –esto es, no ser enviado como soldado raso a la guerra de Corea- esforzándose en sus estudios. ¿Qué torcerá su destino? ¿La mamada –una de las palabras fetiche del autor- recibida en un coche? ¿Ser diferente a la mayoría de sus compañeros de campus? Frío, frío. Lo condena su negativa a asistir obligatoriamente a los servicios religiosos de la universidad. He aquí otra de las diatribas antirreligiosas, marca de la casa, con la que no me resisto a terminar esta reseña: “¡No podía creer como un niño en una deidad estúpida! ¡No podía escuchar sus himnos lameculos! ¡No podía sentarse en su sagrada iglesia! Y las plegarias, aquellas plegarias con los ojos cerrados…¡Una putrefacta y primitiva superstición! ¡Locura nuestra, que estás en el cielo! ¡La ignominia de la religión, la inmadurez, la ignorancia y la vergüenza de todo ello! ¡Lunática piedad acerca de nada!”
¡Ay!, ¿qué hubiera escrito el señor Roth si hubiera nacido entre nosotros?