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17 diciembre 2012

Lo prescindible


Donde la muerte te encuentre

Fernando Otero

Algaida, 2012

ISBN: 978-84-9877-817-5

265 páginas

20 €

XVII Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla



Juan Carlos Sierra

A Fernando Otero se le conoce otra novela con premio, La Sonanta, ganadora del XII Certamen Literario Universidad de Sevilla en 2006 y apadrinada en su presentación por Arturo Pérez-Reverte. La obra en cuestión, a pesar del galardón, podría no haberse publicado y la historia de la literatura en español no habría sufrido una pérdida significativa.

Pero no toca ahora hablar de La Sonanta, sino de Donde la muerte te encuentre, la segunda novela de Fernando Otero y su segundo premio literario, en este caso el del  Ateneo de Sevilla en su modalidad de narrativa joven.

La historia que se cuenta en Donde la muerte te encuentre gira en torno a un profesor de Historia, Ginés Maldonado, que obsesionado por la figura del Che viaja a Cuba a investigar para su tesis doctoral las circunstancias de la muerte del guerrillero en Bolivia, aquellas que el régimen castrista ha silenciado porque lo dejarían en muy mal lugar. Este material en manos de un novelista dotado puede dar lugar a un entretenido relato de intriga política, de espionaje, de traiciones y fidelidades,… Sin embargo, en la obra reseñada gana por demasiados cuerpos lo previsible gracias, sobre todo, al esquematismo con que son tratados los personajes, al perfil bajo literariamente hablando que presentan. Cualquiera con un bagaje lector medio puede ir anticipando sin demasiados problemas los pasos que van a dar los personajes, porque su bondad o maldad quedan fuera de cualquier duda o complejidad psicológica.

Hablando de anticipación, como era previsible hablando de Cuba, aparece el sexo, tópico algo casposo del que no escapa la novela, a pesar de que el autor intente colocar a su protagonista masculino a una altura moral e intelectual muy elevada respecto al turismo sexual que frecuenta la isla; al fin y al cabo, Ginés Maldonado ha ido a Cuba en misión cultural o científica. Por consiguiente, tirarse con insaciable e incansable ardor viril hispano a la camarera del hotel donde se hospeda Maldonado solo es una anécdota sin importancia para la arquitectura de la novela que además, literariamente hablando, no aporta nada al relato salvo el mismo tópico del que supuestamente se pretende huir.

No obstante, lo realmente relevante en el entramado de la novela es el amor y sus daños colaterales. Ginés Maldonado escapa de una relación con Raquel Osorio, una muchacha del pueblo donde ejerce como profesor de instituto, y cuando llega a Cuba se enreda sentimental y carnalmente con Neliza Valdés, responsable del Centro de Estudios Che Guevara. Este triángulo amoroso lo resuelve Fernando Otero a la manera de esas películas de tarde de ciertos canales televisivos donde todo sale a pedir de boca del protagonista: en mitad de la defensa de su tesis doctoral y sin pruebas que avalen su versión sobre la muerte del Che, porque la chica cubana ha venido a España enviada por su gobierno para robarle a Maldonado -polvo mediante- los documentos que prueban la traición al guerrillero; cuando todo se va por la borda, cuando se desvanece lo que ha dado sentido a este fragmento de la vida de Maldonado, cuando se desliza por la alcantarilla la apuesta del protagonista frente al amor verdadero de Raquel Osorio, aparece precisamente esta en mitad de una sala abarrotada de gente y de prensa -algo muy común en la defensa de una tesis doctoral- con los documentos que necesita Maldonado para que no echen por tierra su teoría, documentos que, arrepentida, Neliza le ha entregado a Raquel en un fortuito encuentro en el pueblo; y entonces saltan los ‘flashes’ de la prensa acreditada, la sala rompe en una estruendosa ovación y la chica cubana, que todo lo observa desde lejos, se marcha aceptando su derrota amorosa y política. En fin, un final feliz de lo más verosímil y contenido.

Aparte de su arquitectura narrativa deficiente, la novela cae en errores básicos de algo que se estudia en los institutos donde da clase Ginés Maldonado, la sintaxis. Uno puede entender ciertas faltas de ortografía que aparecen en la narración, incluso alguna ausencia misteriosa de tildes, porque las erratas existen y las prisas con las que se trabaja últimamente en ciertas editoriales invitan a imitar el lenguaje de los ‘sms’. Pero hay frases en la novela que atentan contra las normas sintácticas más primarias, como que una retahíla de subordinadas concesivas con la conjunción "aunque" necesita una cláusula principal que la sustente (página 152) o que el pronombre de complemento indirecto concuerda con el sintagma al que hace referencia: “…a todos le ofrecieron…” (página 94) o que el sujeto no puede separarse del predicado con una coma: “Cuando esto sucedía Ginés, cambiaba rápidamente de confidente…” (página 243) o que, en otro orden de cosas un poco alejadas de lo sintáctico, las fórmulas de tratamiento han de guardar cierta coherencia: “Vuestra empresa es difícil, pero son ustedes los mejores. Confío en vosotros” (página 167).

Como ocurría con la primera novela de Fernando Otero, si no se hubiese publicado Donde la muerte te encuentre, tampoco habría pasado nada. Y es que hay textos que es mejor dejar en la oscuridad de un cajón o de un disco duro para que se los coman las polillas o los infecte un virus.

03 mayo 2011

La verbena radiactiva de la paloma


Punto de fisión

David Torres

Algaida, 2011

ISBN: 978-84-9877-568-6

376 páginas

20 €

IV Premio Logroño de Novela



Fran G. Matute

¿Qué probabilidades hay de que te caiga un rayo y sobrevivas? ¿Y de que no sólo salgas vivito y coleando sino que encima te otorgue habilidades que antes no tenías? ¿Y de que esas habilidades tengan que ver con una capacidad sobrehumana para leer y transformar la experiencia lectora en putrefactos textos literarios? ¿Y qué posibilidades hay de que este crítico se tope casualmente con el autor de Punto de fisión en un hotel de su ciudad? ¿Y si os dijera que el crítico no había pisado nunca en su vida dicho hotel? Pocas, ¿verdad?

Está claro que los dos últimos interrogantes no forman parte de la trama de la última novela de David Torres, pero sinceramente creo que no hubiesen desentonado mucho de haber sido otra de las múltiples capas de esa cebolla literaria que es Punto de fisión. Una novela dentro de una novela, una novela que aparentemente se hace carne a medida que se escribe, una novela, en definitiva, habitada por editores taciturnos, policías poetas, niños radiactivos (¿se dice así? ¿radiactivos o radioactivos?), superhéroes en coma, elitistas críticos de cine porno, sicarios rusos siameses y grupos terroristas nacionalistas que preparan atentados al son de un chotis.

Ante tremendo elenco de diversidad, no puede uno dejar de pensar en este Punto de fisión como la versión ‘redux’ del Sangre a borbotones de Rafael Reig. Nos da la sensación de encontrarnos ante la obra epítome de ese ‘noir’ ibérico al que hacíamos referencia en anteriores reseñas. A David Torres se le ha ido la olla. Y si no ya me diréis cómo encajar pasajes como ese "Franconstein" (adulterada versión de terror de los últimos días de nuestro dictador favorito) o ese PICHY tan madrileño (Partido Independentista CHulapo ¿Y?).

Punto de fisión es el gazpacho literario perfecto porque, entre la trama negra y los disparates temáticos que salpimentan esta historia, también ofrece algunos de los pasajes más bellos que hayan caído en nuestras manos recientemente. La historia de los niños de Pripyat -según el propio autor, inspirada en la cinta apocalíptica Stalker (1979) de Andréi Tarkovski- resulta demoledora. Y no es esta la única referencia cinematográfica que encontramos en esta novela. También hay menciones al Bergman de El séptimo sello (1957) y esas partidas interminables de ajedrez jugadas contra la mismísima muerte, por no hablar de las numerosas cintas pornográficas visionadas a lo largo del texto, como La polla que vino del frío.

A David Torres se le rebelan algunos de sus personajes como a Pirandello. Pero literariamente, la sombra de Kafka, sobre todo Vonnegut Jr. y hasta Robbe-Grillet planea sobre Punto de fisión. “Un cóctel a medio camino entre el disparate total y la novela picaresca con la tragedia de Chernobyl de fondo”, como se describe indirectamente por uno de los personajes rebeldes de la historia. “Metaliteratura, terrorismo doméstico, costumbrismo histórico, fantasía sanguinaria”, como se menciona en algún párrafo de la misma. Todo en ella es síntesis, tesis y antítesis de la literatura actual patria.

15 septiembre 2010

Coral y escolar


El infierno y la brisa


José María Vaz de Soto

Algaida 2010

ISBN: 978-84-9877-439-9

384 páginas

12 euros







Jesús Cotta
José María Vaz de Soto ha sido profesor de literatura española y eso se nota en este libro: puedo certificar como profesor que el autor sabe de qué está hablando cuando refleja tan magistralmente las relaciones entre alumnos, y entre estos y los profesores, y entre estos y los padres. Además ha sido profesor en el instituto donde también yo lo soy, en el Martínez Montañés, de Sevilla, así que es para mí todo un honor haber seguido, aunque sea por el camino burocrático, sus pasos.
Esta novela ha sido reeditada varias veces y llevada al cine bajo el título de ¡Arriba, Hazaña!  por José María Gutiérrez en 1978. Y es curioso que, a pesar de que remite a una época muy concreta y ya pasada, sigue pareciendo igualmente interesante, porque lo importante en ella no es el detalle histórico, sino el detalle humano con que los personajes se desenvuelven en el ambiente escolar descrito por el libro.
Los que tenemos cuarenta y dos años apenas vivimos esa época en que los que podían, porque tenían dinero o porque les daban una beca, enviaban a los niños a estudiar a un internado.
Si los colegios tienen algo de servicio militar, aquellos internados lo tenían casi todo, quizá porque eso es lo que querían los padres o quizá porque no había otra manera de mantener orden entre tanta chiquillería o porque aún no había hecho mella aquello de Hey, teacher, leave de the kids alone.
El de esta novela está descrito al detalle a través de muchas voces y puntos de vista. La novela está compuesta de monólogos de diferentes personajes, de redacciones de alumnos, de diálogos dramáticos… que la convierten en coral y variopinta, aunque transcurre casi toda en el colegio.
Hay pasajes conmovedores, como del niño que, acordándose de su madre, se retira al cuarto de baño a llorar y, para que no se note que ha llorado, no se le ocurre otra cosa que salir del baño bostezando. Y muchas veces tiene uno la impresión de que el autor ha puesto mucho de su corazón y de sus recuerdos en la novela. Y quizá eso sea lo que la convierte en tan verosímil e interesante.
De entre todas las voces, la más conseguida y encantadora es para mí la de Lamberto, que es locuaz y transparente y refleja muy bien el mundo adolescente de su época. Y el mundo rural de Martín es todo un canto a la libertad y la naturaleza que suscribo de pe a pa.
El autor no cae en el prejuicio de dividir el mundo entre buenos y malos y, aunque los profesores salen en general peor parados que los alumnos, en todos hay de todo, como en la vida misma. Y si el alumno lo pasa mal a veces en las clases, el profesor también tiene sus riesgos y miedos, como magistralmente refleja el autor.
Otro mérito del autor es que cada personaje escribe y se expresa con su estilo y, lo que es más importante, actúa como quien es, sin que el autor lo mueva con hilos invisibles. Los personajes están tan vivos, que parecen recogidos a veces de un documental.
El libro desasosiega un poco, sobre todo a quienes no lo hemos pasado bien en los colegios por culpa, más que de los profesores, de nuestro carácter y de algunos compañeros con los que el Estado nos obligaba a pasar las mejores horas y días de nuestra vida.
Leyendo este libro, uno detecta tanto los aciertos como los errores de la pedagogía del pasado y se da cuenta de que ni la mano dura ni la mano blanda sirven, porque la mano dura aplasta o provoca una respuesta violenta, mientras que la mano blanda concede impunidad. Lo malo es que el término medio seguimos buscándolo.
En fin, este es un libro que ahonda en los recuerdos, seguramente muchísimos del propio autor, en los corazones, en los anhelos de los jóvenes, en los miedos, en los prejucios y en las esperanzas. Y todo escrito con variedad y calidad de estilo. 

15 julio 2010

Liberalismo rural

La ausencia

Miguel García-Posada

Algaida, 2010

ISBN: 978-84-9877-353-8

264 páginas

14 €



Jesús Cotta

Este libro se presenta como “un viaje interior a través de los recuerdos”, presididos por la presencia y la casa de Isabel, tía del narrador, el cual es primero un niño, luego un muchacho y, por último, un joven que pasa los veranos en esa casa, en el pueblo andaluz de Fuentes, junto a la costa, cercano a la “ciudad fluvial”, que no puede ser otra que Sevilla. Durante esos veranos y bajo la protección suave e intensa de su tía, el narrador despliega su mirada infantil, adolescente y, por fin, adulta, sobre una galería interesantísima de personajes, con los que aprende los juegos de niño, sus juegos de adolescente y sus andanzas de adulto, hasta que al fin comprende el porqué esa mujer que de niño lo fascinaba no era como las demás personas del pueblo. El libro presta especial atención a las tradiciones religiosas de Fuentes, a la mano de hierro que sobre él ejercían el guardia civil, el párroco y la familia dominante, a la explosión de los instintos que, pese a los opresivos conceptos de honor y honra, dominaban los cuerpos y los corazones, a las bellas tradiciones religiosas populares que llenaban los atardeceres de velas y de mantos de la Virgen… No hay un argumento lineal, sino un interesantísimo despliegue de situaciones concretas, de personajes finamente descritos con detalles verosímiles y personalísimos que los hace comprensibles en tres líneas. En esa variedad está el gusto de la novela, que no cansa jamás, pues esos personajes de pueblo siempre acaban sorprendiendo.

Destaco especialmente la belleza con que el novelista describe el descubrimiento de lo erótico y esa manera ágil, elegante y desenfadada de describir a los personajes mediante su actuación.
Dos son los protagonistas de esta novela: Isabel y Fuentes. Isabel es la dama roja, la europea de corazón, la cristiana sin Iglesia, que tenía que bregar en un pueblo dado al chismorreo y asustado por la sombra de la guerra. El protagonista está sediento de las valoraciones que ella hace de todo lo que ocurre: los presos políticos que llegan hasta allí huyendo de la explotación, las filípicas que desde el púlpito arrojaba el párroco, las sodomías impunes que con menores realizaba Cristino, más adepto que nadie al régimen. Si alguien desea conocer cómo una mujer amiga de la libertad, de la fraternidad, de Francia, de lo liberal e indulgente, culta, podía sobrevivir durante años en una España donde todo eso era considerado peligroso y sospechoso y en un pueblo donde el chismorreo y el qué dirán llegaban al extremo de que en las peluquerías se apuntaban las fechas de las bodas para controlar luego las de los partos, déjese llevar de la mano del narrador hacia los misterios humanos de Fuentes. El segundo protagonista es el pueblo, que ha dado amantes voraces a Ava Gadner, bienvenidas a José Antonio, alfileres y joyas a la patrona, ahogados al río fangoso y aleonado y una experiencia personal impagable al narrador, que es quien es por Fuentes. Quizá los malos de la película sean demasiado malos. El autor no les concede apenas una nota de simpatía. Pero no resultan envarados ni falsos, sino totalmente reales y tienen todo el aire de haber existido realmente en la vida del autor.

Lo mejor del libro es sin duda esa capacidad del autor para interesarnos en la trama a la vez que nos regala un estilo literario de calidad y que a cada tanto nos asombra con su belleza, sin asomo de tipismos ni de realismos mágicos tan trillados ni de reivindicación política, sino tan sólo con la autenticidad de quien cuenta algo hondo y personal que, sin embargo, acaba interesando a todo el mundo. El libro está plagado de frases gloriosas como ésta: No hay asesinato tan premeditado como la pena de muerte; y de párrafos tan arrebatadoramente líricos como este: Dúctiles, ligeros, casi alados, fluíamos por el agua a la luz de la luna, luz protectora, que alumbraba como un sol nocturno. Bañarnos de noche añadía un encanto especial, le otorgaba al baño una dimensión de acto ritual, de descubrimiento de la vida en sus fuentes primeras. Nos bañábamos desnudos y eso incrementaba la percepción de la gloriosa inmaterialidad de nuestros cuerpos. Y todo ocurría en un pueblo, donde la luz del sol, la niñez, la tradición inveterada lo hacía todo mucho más intenso, un pueblo que, gracias a la pluma de excelente narrador y mejor prosista Miguel García-Posada, ha quedado inmortalizado en mi colección de sitios favoritos.

27 mayo 2010

La seducción del lenguaje

Sesión continua


Luis Manuel Ruiz


Editorial Algaida, Colección Calembé, 2010.

ISBN: 978-84-9877-456-6

193 páginas

8 Euros




Javier Mije

Paseaba hace unos días Pérez Reverte por La Caleta gaditana cuando un dependiente salió de su tienda de ultramarinos para rogarle que se dejara de Alatristes y extensos folletines y se atreviera por fin con las formas breves; Dan Brown se ha ingresado una cifra desorbitada ante la inminente publicación en las ciudades con rascacielos del mundo de un centón de microrrelatos; los albaceas de Stieg Larsson, conocido por la trilogía Milenium, han desarmado hasta la última astilla de su escritorio de Ikea en busca de una docena de relatos con la que consagrarle definitivamente en el canon; los escritores primerizos lo saben: ningún editor les publicará una novela si no es con el compromiso de entregar a cambio y en un plazo breve un libro de cuentos. El mismo Andrew Wylie, agente literario conocido con los amables sobrenombres de El Chacal, el Perro Rabioso o Carro de Basura, sólo admite entre la nómina de sus representados a solventes cuentistas. Sí, lo han adivinado, me hallo bajo los efectos de la fiebre. Un síntoma similar al que padecen aquéllos que, periódicamente, proclaman el advenimiento del cuento, su consagración como género de prestigio, su posición de igualdad frente a la novela. Pese a todo, y a la espera incrédula de que estos optimistas vaticinios se cumplan, soy de los convencidos de la extrema dificultad y el valor de cualquier libro de relatos que merezca la pena recordarse. Por eso celebro como una excelente noticia que un autor de la solvencia y trayectoria de Luis Manuel Ruiz nos ofrezca ahora precisamente eso.

Un escritor es la suma de un estilo y un mundo. Pocos escritores conozco que manejen con mayor soltura el lenguaje que Luis Manuel Ruiz. No parece una confesión encubierta del autor la duda que atosiga al narrador de uno de estos relatos, cuando se pregunta a qué impresión debe acogerse para hallar una comparación adecuada. Ruiz es un maestro en combinar imágenes de una feroz plasticidad, en la atención que presta a los detalles y en eso que parece haber aprendido de un póquer de grandes cuentistas –Poe entre otros– y que suele definirse como creación de atmósferas (como ilustración de este último aspecto léase Carretera secundaria). Si el arte es seducir, etimológicamente, llevar al camino de uno, el lector de estas ficciones tendrá probablemente la impresión de que podría acompañar a Ruiz a cualquier sitio al que éste quisiera llevarle por el puro placer de abandonarse a un lenguaje; de que Ruiz podría escribir ese libro sostenido por la mera herramienta de las palabras con el que soñaba Flaubert.

Es imposible reseñar Sesión continua sin referirse a Borges. Algunos de los relatos de esta colección son borgianos de una manera frontal. Los mundos paralelos que establecen curiosas sintonías con la realidad, las citas filosóficas, los lugares apócrifos o el tema del doble resultarán familiares a los lectores del escritor porteño. Borges postuló que la literatura es la promesa de una revelación que no se cumple. Los cuentos de Ruiz encajan bien en esta definición, no porque el autor no resuelva sus tramas y las lleve a un desenlace –sobrecogedor en ocasiones, como ocurre en La otra– sino por la información que Ruiz aporta como de pasada, en los flecos de la página, y que sin embargo parece haber determinado de forma definitiva el carácter y el destino de sus personajes. ¿Qué llevaría a la mujer del narrador de El caso Lagos a suicidarse? ¿Qué desgracia impulsó a Ventura a alquilar una habitación en La casa blanca? ¿Qué provocó “el llanto de Amparo vuelta hacia la pared” en Carretera secundaria? No son datos cenitales para comprender nada esencial, son como el ruido de fondo de la vida que transcurre paralelamente a estas historias. Y es así como escribe Luis Manuel Ruiz, contando una cosa que a veces puede parecer un juego (porque nos entretiene), desarrollando una intriga o llevándonos por las esquinas de algún misterio para decirnos cosas fundamentales. Que todos somos sustitutos de otros, que la felicidad es un sueño frágil, que la muerte no es la estación final de nuestro destino sino el légamo que respiramos y entorpece nuestros planes, que quizá ya estamos muertos sin percatarnos de ello mientras nos solazamos con un mediocre puchero de guisantes.


Sesión continua obtuvo recientemente el VII Premio Iberoamericano de Relatos Cortes de Cádiz.

15 enero 2010

¿Dónde está el lector?

El violinista de Mauthausen

Andrés Pérez Domínguez

Algaida, 2009

ISBN: 978-84-9877-278-4

480 páginas.

20 euros.

XLI Premio de Novela Ateneo de Sevilla.


Carolina León

El arranque es éste: una pareja de enamorados, en el París de 1940, es separada cuando la Gestapo detiene al hombre, español huido de la Guerra Civil y enamorado de Anna, medio francesa y medio alemana. Él se interna por imposición en un viaje sin futuro, hacia el campo de concentración de Mauthausen, y ella decide aceptar la oferta de un oficial del servicio secreto norteamericano para colaborar con ellos como espía, con la promesa de que la ayudarán a encontrar a su prometido y sacarlo del cautiverio.

Si no hubiésemos visto y leído cientos de películas e historias sobre los desastres causados por las guerras, en general, y la barbarie nazi en particular, quizá de ahí se podía esperar un relato de carga sentimental y zambullida dolorosa en las reacciones del ser humano ante situaciones de presión, pérdida de la dignidad, derrumbe del mundo... Pero no es el caso.

El caso es que ya hemos visto demasiadas historias del mismo árbol geneálogico y, aunque sea en cierto modo novedoso incluir la peripecia de un español exiliado, capturado como enemigo del franquismo y, por extensión, del III Reich, no se está aportando nada. Porque, a estas alturas, podemos admitir que alguien venga a leernos la cartilla sobre la Inglaterra victoriana e incluso sobre el Imperio Romano. Pero leyéndola con ojos nuevos.

A todo esto, Rubén Castro, el republicano, no es más que uno de los cuatro monigotes con que se dibuja la trama, así que al final el punto de vista tampoco es demasiado arriesgado. Cuatro nombres. Cuatro historias. Un amor y desencuentros (cuando ya no hay más desencuentros que narrar desde que existe Casablanca). Un narrador que salta de una voz a otra y es más listo que ninguno de sus personajes. Pero sobre todo es más listo que el lector.

¿Cuál lector? Cuando uno lee del orden de tres o cuatro novelas al mes, ya no se deja engatusar. Pero pienso sinceramente que Pérez Domínguez no habría podido convencerme ni cuando era una adolescente sentimentaloide y enamoradiza y apasionada de la vida. ¿A qué tipo de lector persigue esta novela?

Nos da por pensar que la novela habrá contado con el juicio (de quienes la premiaron) de que es comercial centrarse en la bondad del alma humana o en los sentimientos, o haber dado por supuesto que todo lo "nazi" vende, o que se habla de "campo de exterminio" y corremos a soltar veinte euros.

Me gustaría poder decir que disfruté en algún párrafo. Es un libro lento, detenido en infinidad de detalles minúsculos, superfluos, de contexto cotidiano que, si no fuera lo que es, podríamos apuntar con el dedo a la novela como un arriesgado ejercicio post-postmodernista. Vénganse conmigo al capítulo noveno, cerca de la página 150. El español capturado por los alemanes está siendo llevado no sabe dónde en un tren, junto con cientos de otros presos, en apestosas condiciones.

Ustedes han leído esa frase y ya saben de lo que estoy hablando. El autor va a necesitar trece páginas para darnos a entender que allí dentro del vagón se están perdiendo las más elementales garantías para la compostura de las personas. Una "mezcla de sudor, de ventosidades y de orines y de excrementos, porque algunos de sus compañeros no han podido evitar vaciarse el vientre o la vejiga encima" inaugura el repertorio. Pero es luego el propio protagonista el que "se ha meado encima" (página 154) y se lo "ha hecho encima" (misma página) y además "su amigo se ha dado cuenta de que se ha meado encima" (misma página) y así podemos continuar hasta que concluya el episodio.

Admitimos que se pueden echar mano de muchísimas excrecencias del vocabulario para explicar situaciones tan horribles como aquéllas. Lo que no admitimos es que el lector sea tomado por retrasado. Porque la reiteración de la misma idea, ni siquiera abundada, sino expresada con las mismas palabras, una y otra vez, es una técnica habitual para hacer engordar página, tras página, tras página, tras página, tras página. Y acabo de añadir dos renglones más a esta crítica.

Que Anna "se siente como un puta", que Franz Müller "está obsesionado con una fotografía" o que Castro "ya está muerto". Si ésas son las ideas-tronco del argumento, el autor ha de defenderlas con el lenguaje, no con la machaconería de un eslogan publicitario. Pero el pelo, a nosotros que lo leemos, nos lo están tomando de más formas. Una voz narradora omnisciente hasta resultar petarda: que sabe en todo momento todo lo que están pensando los personajes y las motivaciones ocultas detrás de cada pequeño gesto, y no deja de recordarnos que "él" o "ella" todavía "no sabe" lo que le va a pasar, que se encontrará en esta o aquella situación, que tendrá que decidir entre no sé cuáles cosas...

El resultado es que el lector sabe tanto, tanto, tanto de los personajes como el narrador, pero sin embargo sabe tantas veces las mismas cuatro o cinco ideas, que no pudimos conmovernos ni un poquito. Pena por Castro, por Anna y los demás, que casi se podían haber hecho amigos míos. Así, llegué al final de estas 490 páginas -que, sin reiteraciones y con más carga semántica, podrían haber sido 120- sin saber dónde demonios está el lector ideal de esta novela.

10 diciembre 2009

Buen tiro

Breve biografía apócrifa de Walt Disney

José María Cumbreño

Algaida, 2009
ISBN: 978-84-9877-283-8
40 páginas
7,69 €

Daniel Ruiz García

El libro que traemos a esta reseña, XIII Premio de Poesía “Alegría” y editado por Algaida, podría servir perfectamente como punto de partida para un ensayo sobre la Postpoesía o la Afterpoesía o la Poesía Mutante o cualquiera de esas modernas denominaciones que en estos tiempos le andan colgando a las creaciones de la joven novelística, la joven narrativa y la joven poesía española, y que básicamente tiene como aspecto supuestamente diferencial la supuesta ruptura con los cánones clásicos a través de una voluntad de amalgama, de un deseo de hibridación y de mezcla y absorción de lenguajes que no son propios de la literatura. En su libro premiado, que en realidad un poema extenso, José María Cumbreño esparce todos los elementos que permiten reconocer e identificar lo que es una obra postpoética, pero va un paso más allá –y aquí es donde podría plantearse la tesis de un ensayo-, logrando una creación que es un ejemplo perfecto de que la postpoética, o la poesía mutante, o el afterpop, cuando se asume como un medio y no como un fin en sí mismo, puede dar como resultado no sólo producciones logradas sino incluso –tal es el caso- brillantes.

Me explico. En Breve biografía apócrifa de Walt Disney, José María Cumbreño (autor joven pero bastante curtido en lides poéticas y creativas, con premios a sus espaldas tan sonoros como el de Narrativa Breve Generación del 27 o el Premio de Poesía Ciudad de Badajoz y con una docena de libros publicados) recurre a recursos de gran brillo y audacia con un inconfundible regusto postmoderno. Está, por ejemplo, el uso de las notas al pie como herramienta retórico-poética, sin más función que la de servir de añadido o de contrapunto del propio poema, ejerciendo por tanto como extensión del poema más allá de los límites de la propia página. Está el empleo de lenguajes técnicos o de ámbitos tan diversos como el científico, el periodístico, el coloquial o incluso el específico de las guías de cuidados para bebés. Hay una nota al pie que es (me atrevo a jurarlo) la simple trascripción literal de una hoja de reclamación aeroportuaria. Está la mentalidad de concebir el poema como una superposición de imágenes y de lenguajes, a modo de collage, con apariciones de la voz poética que no se imponen sobre otras apariciones, desde un planteamiento nada adoctrinador, sino más bien desde una visión humilde del poeta como mostrador de realidades. Pero por debajo de estos mimbres tan eclécticos subyace una clara voluntad poética que confiere al conjunto una linealidad, un tono marcadamente personal dominado por la ironía y por la ternura, que es lo que conduce a pensar que Cumbreño es un poeta hábil, uno de esos creadores inteligentes que saben encontrar el fondo por encima del deslumbramiento de las formas, para trasladarnos un mensaje, que en mi caso interpreto como el del valor de la paternidad, el amor a la esposa y a los hijos, por encima de las turbulencias y las agitaciones de la vida cotidiana y de los ritmos de la sociedad capitalista. Hay, entiendo, un viaje en avión, una visita a Eurodisney, el soniquete y las imágenes de cartón piedra de las películas y los personajes de Disney. Debajo de este escenario, que late transversalmente a lo largo de todo el poema, está el poeta que reinterpreta la realidad, desde una conciencia caótica y postmoderna, conduciéndonos hasta el cariño, hasta la ternura del padre que soporta estoicamente la invasión de los iconos del capitalismo impuesto –Disney Corporation, McDonalds, Starbucks...- y que disfruta del cariño de lo que más quiere en el mundo, sus hijos, su familia. Cumbreño es un poeta brillante en las composiciones sencillas. Y hay unas cuantas en este poema dedicadas a su hija: “Miro los ojos de Irene,/ que verán cuando los míos ya no vean/ y los suyos no puedan mirarme”. “Con una mano sostengo la suya/ (todavía no anda sola);/ con la otra cubro/ el pico de la mesa./ Ocupando la distancia/ entre el riesgo y la herida”. “La mano de Irene cabe en la mía./ Y los dos, juntos, dentro de este verso”. El logro es que estas composiciones sencillas, que son micropoemas insertos dentro del poema (poemas dentro de poemas, la dinámica de las matriuschkas, algo también muy postmoderno), es que no chirrían para nada dentro del tapiz general. En ello juega un importante papel, desde luego, la ironía, que también está muy presente a lo largo de toda la composición. Otro elemento personalísimo que distancia a Cumbreño de la tradición postpoética es la conciencia social, que se deja sentir a través de guiños hacia la población inmigrante trabajadora, hacia la guerrilla armada del Subcomandante Marcos o hacia las condiciones humanitarias de los prisioneros de Abu Grhaib. Todo mediante el recurso del collage, del corta y pega, que aquí se parece más bien a los samplers musicales que tanto peso tienen en artistas como Manu Chao, Beck o Dela Soul. Hay para mí dos momentos del poema que sintetizan de forma bastante gráfica su propio espíritu y su intencionalidad: “Ulises ya no pretende regresar a Ítaca:/ se conforma con encontrar a Nemo”, dice el primero. Una muestra de la perspectiva irónica desde la que Cumbreño asume su condición de poeta que pretende cantar al amor en medio de un contexto dominado por iconos abominables y altamente invasivos. La feliz derrota, la derrota distanciada e irónica es la única alternativa. Llegando al final del poema, Cumbreño sostiene, como su receta particular de felicidad: “Me encanta ver películas malas/contigo./Happy Meal”.

Un libro-poema, en definitiva, muy recomendable, y muy interesante para saber por dónde van los tiros de la poesía actual, y por dónde, en medio de tantos fuegos artificiales y tanto petardo ensordecedor, sería deseable que continuaran transitando las balas.

21 septiembre 2009

Existencialismo de portal

La inutilidad de un beso

Javier Puebla

Algaida, 2009

ISBN 978-84-9877-207-4

232 páginas

19 euros





Daniel Ruiz García

Que Javier Puebla es un escritor imprevisible ya lo sabíamos. Que pertenece al raro club de los “escritores excéntricos y estrafalarios” patrios, también (otros miembros reconocibles: Sánchez-Dragó, Montero Glez, Fernando Arrabal…). Con la novela que hoy nos ocupa, ganadora del XVII Premio Luis Berenguer, descubrimos que, amén de raro, Puebla es también capaz de construir obras tremendamente raras. Porque La inutilidad de un beso esconde, detrás de su aparente sencillez (el lenguaje es muy simple, directo, fácil en suma), una trama, unos personajes, un ambiente ciertamente extraños, a medio camino entre la intriga y la broma. Es, para que me entiendan, una de esas novelas que nos dejan con cara de tonto tras su lectura, con la sospechosa sensación de que el escritor nos ha tomado un poco el pelo.

Un repaso muy rápido al argumento (sin destriparlo más allá de lo necesario): un buen día, a un tipo que ejerce como celador es los sótanos de un ministerio se le ocurre darle un beso a una cucaracha. Tras este beso, la cucaracha se transforma en mujer. La mujer se casa con el tipo, tiene una hija y, por lo demás, resulta ser una persona tremendamente mala con su entorno.

Es a todas luces el camino inverso a La metamorfosis de Kafka, y comparte con este libro seminal más de un aspecto. Así, como La metamorfosis, La inutilidad de un beso es un libro centrado principalmente en el ambiente doméstico, concebido como un espacio claustrofóbico, asfixiante y opresivo. Aunque habría que decir más bien “ambiente comunitario”, porque la mayor parte de la trama, sus momentos primordiales, tienen lugar en su mayor parte en los escenarios compartidos de un bloque de viviendas. De hecho, el ascensor, los rellanos, la escalera, juegan un importante papel como lugares que colorean el tono lúgubre y ceniciento de la novela, y sus principales personajes son los arquetipos de una comunidad de vecinos: la portera, el vecino excéntrico, las alcahuetas...

No se entiende muy bien cómo Javier Puebla convierte La inutilidad de un beso en la segunda parte de una trilogía cuya primera entrega era nada menos que una novela como Tigre Manjatan, todo un homenaje, y muy certero, al género de la novela negra, al que había que presumir una continuación en su segunda parte con un tono y un entorno, si no similar, sí al menos parecido. Sin embargo, Puebla cambia absolutamente de registro y plantea una obra que oscila entre el costumbrismo de alcahueta propio de cierto Pérez Galdós y la reflexión existencialista del Kafka más áspero. Una mezcla que deja en el paladar un regusto extraño, ni siquiera amargo, porque lo cierto es que, cuando se deja asentar unos días, el recuerdo resulta grato, especialmente el de los personajes, lo mejor de la novela y, me atrevería decir, lo más eficaz en las ficciones de Puebla. La hilación entre las dos novelas de esta trilogía, el personaje de Tigre Manjatan –un personaje, por otro lado, enorme-, resulta a mi juicio excesivamente débil e insuficiente, y resta fuerza a la defensa de las obras como las dos primeras partes de una trilogía. Habrá que esperar al tercer asalto, para comprobar si –como sospecho- en realidad Puebla no está sino gastándonos una broma.

15 julio 2009

La ley del furtivo

El mundo de Juan Lobón

Luis Berenguer

Algaida, 2009

ISBN: 9788498771640

12 euros

360 páginas


Ilya U. Topper

“La ley nueva la pusieron contra nosotros, los cazadores. Por eso tenemos que cazar sin ley, porque la ley es mala”. Quien habla así es Juan Lobón, cazador, furtivo, rebelde con mucha causa. Anarquista, diría uno, aunque por supuesto en el mundo de Juan Lobón, el mundo del monte y las zarzas, los jabalíes y el hambre de la posguerra no entran este tipo de calificativos políticos. Juan dice, simplemente, que está casado con su escopeta. Porque no se casa con nadie, añade el lector. Es ésta la conciencia del hombre solo contra el mundo, un mundo injusto de leyes y guardias civiles y caciques locales. Contra el mundo porque el mundo se le ha vuelto contra él, porque el orden que defendía y al que contribuía con su escopeta ya no existe. Sorprende que precisamente un militar de carrera como Berenguer -cuya narrativa completa acaba por fin de ser reeditada- se haga abogado de la rebeldía que no reconoce otra ley que la propia.

Cabe leer la novela como un excelente esbozo de la España rural de mitades del siglo XX, la Andalucía de la posguerra, el hambre y ese miedo que es fruto de una larga humillación. Quien busca el costumbrismo en esta novela, lo encontrará. Pero quien busca un perfil del hombre frente a su conciencia, frente al reto de ser quien elige ser o de doblegarse ante las circunstancias, las fuerzas ajenas, escuchará el trasfondo épico tras las palabras del furtivo. No sólo se mantiene inflexible ante los golpes de los poderosos o el cebo de los billetes fáciles de ganar, sino también ante el amor, que siempre es más duro: “Ella no era conforme con mi vida, y como no era conforme con mi vida no era conforme conmigo”. Si bien añade: “Si alguno vez me dolió no ser como los otros, fue entonces”. Pocas palabras para dejar plasmada un postura ética rotunda.

Luis Berenguer (El Ferrol, 1923 - San Fernando, 1979) ha sabido crear un personaje comparable al capitán Ahab de Melville o el Lord Jim de Conrad, eso sí - y no es un mérito menor - con mucho menos palabrería que aquéllos y con un lenguaje infinitamente más sencillo, un lenguaje de pueblo en el mejor sentido de la palabra, escrito en la “fonética al uso, no la de los tos y los nas”, como aclara el autor en una breve nota: aunque “la gente de esta tierra tiene el buen gusto de abreviar cuanto sobra a las palabras”, “no se puede llevar al papel sin ponerle al lado un pentagrama”. Habría que esperar a otro inmenso escritor gaditano para encontrar diálogos andaluces que parecen musicados: Fernando Quiñones. Quizás echemos en falta en Berenguer este toque amable, humorista, esa capacidad de risa, que caracteriza los personajes Quiñones: los diálogos de Juan Lobón nos recuerdan mucho más la dureza, la sequedad y la soledad humana de los personajes más castellanos de Cela, otro gran retratista gallego. No hay brisa marina en las zarzas que atraviesa el furtivo Lobón.