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24 junio 2013

El artículo 33


La guerra perdida

Jordi Soler

Mondadori, 2012

ISBN: 978-84-672-5230-9

544 páginas

21,90 €




Antonio Rivero Taravillo

Comienza como la tragedia de los que perdieron la Guerra Civil, pero esta gran prosa enseguida pasa a ser otra cosa: la creación de un nuevo mundo en el exilio y, orillando lo fácil del lamento, un canto a la inventiva y al humor, a la humanidad con sus defectos y tics, donde los seres son de carne y hueso y aún de mutilaciones. Jordi Soler narra en estas tres novelas aquí agrupadas (Los rojos de ultramar, La última hora del último día y La fiesta del oso) la historia de su familia, que comienza una andadura en México como tantos españoles de entonces (estos, catalanes), pero no ya en la capital del país, sino en una plantación de café (La Portuguesa) de una pequeña localidad (Galatea) del Estado de Veracruz, en cuya costa desembarcaron los conquistadores en el siglo XVI.

En la primera de las novelas Soler reelabora unas memorias de su abuelo Arcadi, no destinadas a su publicación, y sirviéndose además del expediente de unas cintas magnetofónicas con más recuerdos de este, y de la propia experiencia siguiendo en Francia la huella del mismo y tantos otros concentrados en el campo de Argelès-sur-Mer y de los esfuerzos mexicanos por enviar a muchos de aquellos infortunados a México, levanta la cartografía del exilio, en la que aparece inclusive la muerte y entierro de Azaña (lo pongo aquí en negrita porque además de político fue autor). Maneja muy bien los tiempos Soler, y los va barajando con soltura y brío narrativo en su relato. Y lo hace con humor a menudo, con un estilo que no quiere ser preciosista sino preciso, pero que resulta cautivante. En esa especie de Macondo poblado de insectos a los que se espanta con el humo de los puros nocturnos, y donde hay hasta un inverosímil elefante, se trama un atentado contra Franco que hará que Arcadi pierda un brazo suyo y gane tres artificiales, uno de ellos con garfio, que hay que limpiar diariamente con cuidado para que no cobijen alimañas en su hueco.

En la segunda de las novelas, donde no falta el fútbol, naturalmente vinculado al Barça, se nos dice que ese grupo de desterrados, ya de tercera generación, se siente como en una especie de 'no man’s land', una afición que no era de un lugar ni de otro. “España no podía ser nuestro equipo porque era el país del que nos habían echado y además lo gobernaba el dictador, el verdugo de nuestra familia, y México tampoco porque cada dos por tres se nos hacía sentir que no éramos de ahí, que éramos los invasores y los herederos de Hernán Cortés y de su tribu de rufianes que habían llegado a México a rebautizar esa tierra con el nombre de la Nueva España, y acto seguido se habían entregado a la violación desenfrenada de las pobres mujeres mexicanas, cuyas criaturas irían conformando una recua de hijos de la chingada.” Esos españoles que tenían que transigir con la corrupción y la mordida del alcalde de turno para no ser expulsados de México como extranjeros que eran, amenazados de continuo con el artículo 33 de la Constitución que aún prescribe que los que carezcan de la nacionalidad mexicana podrán ser expulsados  a discreción (como le sucedió a Bosch Fontserè, un amigo de juventud, catalán también, de Octavio Paz).

La fiesta del oso retoma finalmente un personaje ya conocido de Los rojos de ultramar, hermano del abuelo del narrador. Este Oriol también perdió un miembro (en este caso, pasando los Pirineos en su huida de España), y se hace protagonista de una 'quête' por parte de Soler que vira, con ese gigante hallado y esa metamorfosis desvelada en la última página, hacia lo extraordinario.

En las tres entregas hallamos la memoria y, sobre esta, la voluntad de rearmarla, la indagación, la pesquisa. La tupida selva de Veracruz que rodea los cafetales tal vez sea la responsable de que en esta prosa no hay quien meta un machete: no se encuentra un punto y final casi por ninguna parte. Esto debe de ser por la maleza o por la influencia de Joyce (tan querido del autor), lo mismo que un uso atípico de las comas, que a veces desbaratan democráticamente (¿reminiscencias de la República?) la jerarquía de los signos de puntuación, que incluye otros grados, como el teniente coronel y el coronel; digo, el punto y coma y el punto. 

Ni en náuhatl ni en catalán, estas novelas están escritas en la lengua que une a veracruzanos y barceloneses: el español. Jordi Soler lo escribe, cinco siglos después, con el mismo donaire que el autor, fuera Bernal Díaz del Castillo o el propio Cortés (como ahora se propone), de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.

03 junio 2013

Raza

Telegraph Avenue

Michael Chabon

Mondadori, 2013

ISBN: 978-84-3972-674-6

560 páginas

23,90 €

Traducción de Javier Calvo



José Martínez Ros

Telegraph Avenue es la nueva novela de Michael Chabon que, desde hace unas cuantas décadas, es una de las grandes promesas de la narrativa norteamericana: autor de libros de cuentos -como Jóvenes hombres lobo-, cómics -El escapista-, relatos de intriga o con toques de ciencia-ficción -La solución final, El sindicato de policía yidish- e incluso guiones para grandes superproducciones de Hollywood -escribió, junto a Sam Raimi, el de Spiderman II, a mi juicio una de las mejores, si no la mejor, adaptación de Marvel llevada a la gran pantalla-; y, ante todo, el de unas cuantas ambiciosas novelas, como Jóvenes prodigiosos, conocida por su estupenda adaptación al cine o Las increíbles aventuras de Kavalier & Clay, por la que se llevó un Pulitzer. 

En Telegraph Avenue, Chabon realiza el enésimo intento de escribir la gran novela norteamericana contemporánea en la que se aúnen las virtudes de la narrativa clásica, decimonónica y lineal a la hora de escribir el estado de las cosas de una determinada época con la velocidad, la acidez y el vértigo de la mejor novela postmoderna. Por así expresarlo, Chabon juega en el terreno del Jonathan Franzen de Las correcciones y Libertad y del David Foster Wallace de La broma infinita. Para realizarlo, elige una pequeño lugar, pero significativo y extrapolable, de los Estados Unidos de principios del nuevo milenio. Telegraph Avenue es una calle de una zona suburbana entre las localidades californianas de Berkeley y Oakland. 

Allí se encuentra una pequeña tienda de discos que sobrevive a duras penas gracias al mercado de los coleccionistas de vinilos y que, de repente, se ve amenazada por la irrupción de una gran empresa que pretende construir una megatienda a un par de manzanas de sus establecimiento. Los dueños (Archy y Nat) y sus esposas (Aviva y Gwen), que trabajan como comadronas en la zona, tendrán que enfrentarse a una situación que les obliga a replantearse sus prioridades y, además, a una serie de problemas añadidos, que incluyen a Titus, un adolescente que asegura ser un hijo “olvidado” de Archy, el descubrimiento de su homosexualidad por parte de Julius (hijo de Nat), un pleito judicial que puede expulsar de su profesión a Aviva y Gwen, y otras muchas cosas más que podrían (o no) dar un vuelco a sus vidas. 

El principal arma de Chabon un escritor ambicioso e inteligente, para atrapar al lector es una prosa hipervitaminada, veloz, llena de metáforas sorprendentes y diálogos pretendidamente ingeniosos, cuajada de referencias cinematográficas y, especialmente, musicales. Es muy, pero que muy aconsejable leer Telegraph Avenue con Spotify conectado, para disfrutar de una auténtica experiencia inmersiva, de un acelerado curso narrativo en música contemporánea norteamericana. Si hay una novela que incluye su propia banda sonora, es esta. No obstante, ¿consigue Chabon sus propósitos? ¿Ha escrito una novela a la altura de las que emula? No. Qué va. Ni de lejos. Y el principal problema es que, muy probablemente debido a su intento de escribir una loa épicomusical a los Estados Unidos multirraciales y multisexuales contemporáneos se ha olvidado que una novela, además de ingenio, de una buena prosa y unos diálogos aceptables (aunque cansinos: todos los personajes hablan igual), de un montón de tics postmodernos, necesita drama, tensión, sorpresas, algo que consiga implicación emocional por parte del lector. Una buena historia. Y todo eso es lo que echamos en falta. Leyendo esta novela, entre abundantes bostezos y caídas de párpados, recordé una cita de David Peace, un escritor mucho menos conocido que Chabon, aunque muy superior en términos estrictamente literarios: “Para mí, hoy en día, "literario" sólo significa autores británicos con su máster en escritura creativa que quieren escribir la "Gran Novela Americana" y llenan las librerías con mierda ilegible, sin argumento ni personajes, ni pelotas ni corazón y, por encima de todo, sin una voz realmente británica.” Quiten el adjetivo “británico, británica” y se puede aplicar perfectamente a la obra que nos ocupa.

Telegraph Avenue es un monumento al buen rollo, a lo políticamente correcto, al pasteleo y a la blandenguería. Es un puñetero coñazo. Por usar una metáfora lo más políticamente incorrecta posible, si Obama fuera Franco, Telegraph Avenue sería su Raza. Y así como la película de José Luis Sáenz de Heredia no ha pasado precisamente a la historia del cine…

21 enero 2013

El perro de Pron


La vida interior de las plantas de interior

Patricio Pron

Mondadori, 2013

ISBN: 978-84-3972654-8

144 páginas

15,90 €




José Martínez Ros

La vida interior de las plantas de interior es el cuarto libro publicado en España del escritor argentino Patricio Pron y una nueva confirmación, si hacía falta una más, de que es uno los pocos autores que han debutado en estos últimos años a los que de verdad vale la pena leer. A Pron lo conocimos por una novela extraña y sorprendente, El comienzo de la primavera, una inmersión en los abismos intelectuales e ideológicos del siglo XX europeo que funcionaba con la precisión de un mecanismo de relojería; a continuación, llegó un muy notable volumen de relatos, El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan; y después, una segunda novela, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, que constituyó -al menos, para este lector- una pequeña decepción: una crónica familiar y política, una investigación entre periodística y detectivesca con los delirios revolucionarios y los crímenes masivos de la historia reciente argentina como telón de fondo que servía más como ajuste de cuentas personal que como obra autónoma de ficción. Ahora, nos llega un nuevo libro de cuentos y, por fortuna, Pron renueva en él su compromiso con la (buena) literatura.

Mientras que los relatos de El mundo sin… eran, casi unánimemente, descensos a las tinieblas de la condición humana, los primeros de este libro -“El cerco”, “Un jodido día perfecto sobre la Tierra”, “Cincuenta y cuatro veces”, y otros de más adelantes como “Trofeos de amantes que han partido” y “Algunas palabras sobre el ciclo vital de las ranas”- nos revelan un tono burlón y una ligereza hasta ahora inédita en la obra que conocemos de Pron: son cuentos veloces y luminosos, cuyos protagonistas son a menudo escritores, o aprendices de escritores, o escritores fracasados -incluso participantes de ese fenómeno tan actual que es la crítica anónima, virulenta y “malherida” por Internet-, oscilando siempre entre la compasión hacia sus dramas minúsculos y la abierta sátira. Son excelentes relatos, fábulas henryjamesianas acerca de la guerra interminable entre el arte y la vida que recuerdan fácilmente a cuentos similares de Roberto Bolaño, pero el que, de verdad, nos convence de que estamos ante un libro mayor es el que encontramos en cuarto lugar, “Como una cabeza enloquecida vaciada de su contenido”: una danza macabra que nos lleva, en unas pocas páginas, de un montón de desechos flotando en las aguas del Atlántico a una yonqui de Ámsterdam. Pero también podríamos destacar el perfecto -y estremecedor- “La explicación” o el tierno relato amoroso “En tránsito”, quizás el texto más bello del libro. En sus mejores cuentos, Pron suele presentarnos una imagen, situación o escena poderosa, visual -un accidente, una huida, un encontronazo con un azar más o menos devastador-, y a partir de ella, huyendo de la típica estructura lineal, explorar el antes y el después, las consecuencias y los precedentes.

Repetimos: si había alguna duda de que Patricio Pron es y será uno de los mejores cronistas de nuestro inestable presente, uno de los mejores escritores de esta época, este (magnífico) conjunto de relatos la despeja.

Por cierto, en uno de los cuentos, un perro afirma que los mejores pintores del siglo XX son Pablo Picasso, Lucien Freud y Egon Schiele. Creo que es una opinión bastante razonable.

24 diciembre 2012

Gato por liebre


Aquí y ahora. Cartas (2008-2011)

Paul Auster y J. M. Coetzee

Anagrama & Mondadori, 2012

ISBN: 978-84-397-2632-6

265 páginas

18,90 €

Traducción de Benito Gómez Ibáñez y Javier Calvo


Coradino Vega

Para cualquier seguidor de ambos o de uno u otro, lo cual no es de extrañar dado el éxito del primero y el sólido prestigio del segundo, esta recopilación de la correspondencia reciente entre Paul Auster y Coetzee se presentaba a priori cuando menos prometedora. Los dos escritores se conocieron en el Adelaide Literary Festival de hace cuatro años, y a partir de ahí Coetzee propuso a Auster iniciar una relación epistolar en una suerte de estimulación recíproca o juego intelectual ente colegas. Las cartas abarcan un arco de tiempo que va del estallido de la burbuja financiera de 2008 hasta las revoluciones árabes de 2011 y, oportunamente, comienzan hablando de la amistad. Los demás temas —el deporte, la escritura, las críticas, el cine, el incesto o el insomnio, por mencionar sólo algunos— van surgiendo luego, poco a poco, con una espontaneidad no siempre atendida por el destinatario, pues muchas propuestas quedan sin desarrollar y la primera parte al menos, más que un análisis dialogado de un asunto u otro, adopta el aire de una tormenta de ideas sin resolver.

Ambos emisarios cuidan con gusto el arte de la carta como si fuera lo que realmente es: un uso en vías de extinción. Auster las escribe a máquina. Coetzee las envía a veces por fax o, si tiene algo urgente que comunicar, se las adjunta a la mujer de Auster, la también novelista y ensayista Siri Hustvedt, por e-mail. A ambos parece no gustarles la deshumanización de las nuevas tecnologías. Pero aunque compartan ciertas opiniones y una común nostalgia por un mundo de ayer más cultivado y atento que el de hoy, lo normal es que el diálogo se convierta en un intercambio de puntos de vista prudentemente velado, sobre todo por parte de Auster, tras una almibarada cordialidad de viejos caballeros que sobreviven, más que bien, entre las ruinas del presente. De este modo, cualquier conato de dialéctica queda erradicado por la amabilidad, la concesión, el afecto o el excesivo respeto. Podría decirse que ambos escritores se tratan de tú a tú, aunque esa aparente igualdad queda matizada por lo que parecen ser dos temperamentos bien distintos. Coetzee se muestra más reservado, cautelosamente más seguro, con una notoria inclinación hacia la referencia teórica y un ingenio menos interesante que la inteligencia que muestran sus libros. Paul Auster, en cambio, adopta un rol más mundano, más flexible y afable aunque trufado por una tendencia a mencionar su propia obra que, más que un acto de vanidad, se antoja como una especie de mecanismo de defensa. A ambos les tiran sus cosas: a Coetzee, la lingüística, las matemáticas, los animales, la exigencia crítica y las opiniones políticamente incorrectas, expuestas aquí de forma mucho más tosca e inocua que, por ejemplo, en Diario de un mal año. A Auster, por su parte, le motiva más hablar de béisbol, dejar claro su progresismo compatible con el glamur de los festivales (“soy un firme creyente en la felicidad universal”), e insistir en las casualidades y el azar en lo que parecen pequeñas caricaturas manieristas de sus mejores novelas. Los dos comparten alguna afición, la debilidad por Beckett y un ideal áurico de la figura del escritor aderezado de su correspondiente tópico romántico.

Por lo demás, y aparte de lo elegantemente bien que están escritas (si exceptuamos alguna indulgencia del tipo “querido abuelito”, como se atreve a llamar Auster a Coetzee en una ocasión), estas cartas tienen el interés que el fan incondicional o el lector atraído por las estadísticas deportivas puedan darles. Las opiniones políticas vertidas en ellas resultan tan vaporosas como consabidas. Y lo mismo sucede con sus ideas sobre los críticos literarios (a raíz de un enfado de Auster con James Wood), la escritura o las nuevas tecnologías (“los viejos somos notoriamente ciegos a las virtudes de los jóvenes”, reconoce Coetzee). Por lo que no deja de sorprender que un escritor tan riguroso y poco autocomplaciente como Coetzee, en cuya obra resulta tan difícil hallar un solo lugar común y que siempre ha parecido tener como principio “si no tienes algo diferente que decir, lo mejor es callarse”, haya consentido la publicación de este libro que, precisamente por ser fruto del entretenimiento ocioso y carecer de la sustancia de sus ensayos y novelas, aburrirá en especial a sus lectores habituales.

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

15 octubre 2012

Salman Rushdie, o el escritor como héroe

Joseph Anton

Salman Rushdie

Mondadori, 2012

ISBN: 978-84-397-2585-5

688 páginas

24,90 €

Traducción de Carlos Milla



José Martínez Ros

En 1989, el año de la 'fatwa' o 'fetua', Salman Rushdie era un aún joven escritor anglo-indio al que se le consideraba una de las grandes promesas de la literatura mundial. Sus dos primeras novelas habían sido bendecidas por varios premios, críticas entusiastas y numerosos lectores. Tanto Hijos de la medianoche, una particularísima saga familiar -que recordaba, y mucho, a los Cien años de soledad de García Márquez- mezclada con una sorprendente historia de superhéroes hindúes, como Vergüenza, una muy truculenta novela política y una fábula aterradora sobre Pakistán, habían sido consideradas dos obras maestras mestizas que combinaban con maestría elementos de tradición oriental con la narrativa postmoderna más revolucionaria; y probablemente, sigan siendo sus novelas más memorables. Su tercera novela era aguardada con expectación.

En un primer momento, Los versos satánicos parecía un paso adelante literario bastante lógico, dada su temática: trasladaba a sus personajes característicos, con sus complicadas genealogías y sus fantásticos poderes, a Londres, a la gran metrópoli postcolonial. Sin embargo, algunos pasajes de su larga y ambiciosa novela hicieron que, tristemente, pasara de la actualidad cultural a la política. Rushdie, a través de las visiones de uno de sus protagonistas, se atrevió a novelar las experiencias místicas de Mahoma, el fundador del Islam (aunque en un tono notablemente respetuoso, mucho más, por ejemplo, que el que utilizaría José Saramago unos años después en El evangelio según Jesucristo) e incluía una larga descripción de un innominado y siniestro 'mulá' en el exilio donde muchos vieron un retrato sarcástico de Jomeini, el líder religioso iraní. Eso bastó: pronto se desataron protestas de integristas musulmanes en Pakistán y la India y en la misma Inglaterra. Hubo muertos. Y en Irán, Jomeini dictó su 'fetua': todos los musulmanes del mundo deberían emplear cualquier recurso a su alcance para dar caza y ejecutar al blasfemo. Una amenaza más que teórica: los expertos de los servicios de inteligencia británicos le advirtieron que los iraníes habían enviado a diversos grupos de asesinos a Europa en su busca. Aquí comienza la epopeya de Salman Rushdie y Joseph Anton -el nombre falso bajo el que se ocultó-, su última obra, unas memorias de los diez años en los que el escritor se vio obligado a permanecer bajo la protección de la policía británica, sometido a kafkianas normas de seguridad, alejado de su familia y amigos y de todo lo que significa una vida normal.

Como saben sus lectores, Rushdie es un magnífico narrador y, en este caso, tiene una gran historia que contar, la suya, y no la desaprovecha. Nos hace sentir la angustia de ese escritor casi anónimo, agnóstico y enamoradizo, devoto de Borges y Tolkien, que, de repente, convierten en un problema mundial. El gobierno británico, al mismo tiempo que lo protege, hace gestos conciliadores hacia los extremistas y lo acusa poco menos que de huésped indeseable. La prensa sensacionalista se queja de los elevados gastos que supone el dispositivo de seguridad que lo mantiene a salvo. Es tachado de pornógrafo, agente provocador al servicio del sionismo, mercenario. Distinguidos colegas situados, políticamente, a la izquierda (como por ejemplo, Le Carré o John Berger) le demuestran su hostilidad: al parecer, por muy absurdo que resulte en la Era post 11-S y 11-M, muchos intelectuales de izquierda creían todavía a finales de los ochenta y principios de los noventa que la revolución islámica era un movimiento “progresista”. La derecha abomina de él. Se colocan bombas en librerías. Su traductor al japonés es degollado. Su traductor al italiano, acuchillado. Un editor escandinavo, tiroteado. Y Rushdie, y no los verdugos, que apenas son perseguidos, aparece como  responsable. El libro sólo decae en los últimos capítulos, cuando la diplomacia occidental endurece su postura con el régimen iraní y lo obliga a recular. Rushdie se convierte, como es ahora mismo, en una especie de estrella literaria-social global y resulta un poco fatigoso repasar páginas y páginas llenas de celebridades que desean conocerlo o expresarle su admiración.

Durante el periodo más tenebroso, Rushdie consiguió, a pesar de los pesares, mantener su dignidad e identificar su causa con el secularismo, la libertad de expresión y pensamiento, los ideales universales de ilustración y libertad, la lucha contra la censura y el fanatismo. No le callaron. Siguió adelante. Publicó más libros -algunos interesantes como El último suspiro del moro y otros mediocres que no están a la altura de su obra anterior-, dictó conferencias, escribió a los periódicos, se entrevistó con políticos de todo el planeta, hizo lo posible y lo imposible para que el mundo no se olvidara ni de él ni de las demás víctimas del integrismo. He ahí su mérito, y el motivo de que aún concite bastantes odios. No se pinta a sí mismo como un ser humano perfecto (aunque no llega al nivel de autoflagelación de, por ejemplo, Coetzee): aparece como un individuo vanidoso (aunque su vanidad puede haber sido un factor positivo, cuando se trata de no dejarse amilanar o humillar ni siquiera por el Líder Supremo de la "revolución iraní"), que tiene graves problemas para establecer una relación sana y estable con las diversas mujeres con las que se cruza en su vida, y muestra una cierta tendencia -comprensible, en un caso como el suyo- a dividir el mundo en pro o anti Rushdie. Algunos de sus juicios históricos o políticos son superficiales o discutibles. Pero, en definitiva, es alguien que merece la pena admirar. No eligió la tarea que llevó a cabo: los asesinos lo eligieron a él, pero no se dejó aplastar por el curso de la historia. Si aceptamos la definición de Hemingway de heroísmo ("gracia bajo presión"), es uno de los héroes de nuestro tiempo. Y su causa fue la causa de la civilización, y este libro es un brillante autohomenaje al hombre que supo cargar ese peso sobre sus hombros.

[Publicado en notodo.com]

08 mayo 2012

Todo sobre mi jefa


Al desnudo

Chuck Palahniuk

Mondadori, 2012

ISBN: 978-84-3972-513-8
192 páginas

17,90 €

Traducción de Javier Calvo



José María Moraga
Cuando me enteré de que Chuck Palahniuk sacaba nuevo libro me quedé intrigado. Cuando supe que estaba ambientado en la “Edad Dorada de Hollywood” respiré con alivio: al menos no figuraría en sus páginas gente que se introduce verdura por los orificios corporales. Luego recordé algunas de las “hazañas” por las que se recuerda a actores como Errol Flynn o Fatty Arbuckle y me eché a temblar. La buena noticia es que Palahniuk ha vuelto con una novelita muy atractiva, muy compacta, muy bien escrita. Que Palahniuk escribe bien ya lo sabíamos, solo quedaba por comprobar si sería capaz de escribir algo no centrado en violencia extrema y sexo bizarro.
Objetivo cumplido: Al desnudo viene cargada de violencia (más suave) y sexo (cómico más que turbador) pero por una vez todo parece estar justificado “por el guión”, no ser tan gratuito. En otras palabras, hay decoro (pese a que se hable de gente que explota en pedazos o que bebe litros de semen como si fuera chocolate) porque todas estas bizarrías están al servicio de la historia. Una historia cojonuda, para más señas. Creo que “cojonudo” no es un adjetivo muy académico o literario, pero casi nada en los libros de Chuck Palahniuk lo es. Un pequeño apunte: esta novela sobre la Edad Dorada de Hollywood ni se desarrolla en Hollywood (más bien en Manhattan) ni en la “Edad Dorada”, salvo que extendamos esta para incluir los años 60 del siglo pasado.
Así es este escritor del noroeste de Estados Unidos: ‘all about’ romper las expectativas. Y meto estas palabras inglesas no gratuitamente tampoco, sino porque me recuerdan a una película de Joseph L. Mankiewicz producida por Darryl F. Zanuck –All About Eve (1950), en español Eva al desnudo- que tiene mucho que ver con la novela, como deja ver la traducción de su título. Todo el mundo recordará esa película, protagonizada por Bette Davis y Anne Baxter, que contaba con secundarios de lujo como George Sanders, Thelma Ritter o la mismísima Marilyn Monroe. Ya sabéis, la típica historia de la "mosquita muerta", la eterna segundona que desde un segundo plano urde la caída de una estrella a cuya sombra vive, con el objetivo de quitarla de en medio para ponerse ella en su lugar.
No sé si conocéis el significado de otra expresión inglesa, ‘name dropping’. Quiere decir soltar nombres propios (de gente importante o famosa) venga o no a cuento, con el objetivo de darse importancia o impresionar al interlocutor… exactamente lo que acabo de hacer en el anterior párrafo. Pues bien, el ‘name dropping’ es uno de los recursos principales de que Palahniuk se vale para construir la historia de Al desnudo, en cada página aparecen al menos media docena de nombres de celebridades, casi todas del mundo del cine, que la narradora va dejando caer para ambientar hasta conseguir un efecto de saturación (y que aparecen en negrita, como hacemos en Estado Crítico). Este recurso ha sido utilizado por maestría por Bret Easton Ellis, y aunque la narradora de Palahniuk no alcanza las cotas de los de American Psycho (1991) o Glamourama (1998), pienso que el novelista ha tenido un gran acierto con su alucinante forma de incluir a personajes de la farándula en la trama.
La narradora de Al desnudo es Hazie Coogan, una asistente personal-niñera y “conseguidora” de la ficticia superestrella del celuloide Katherine Kenton, acaso un cruce entre Liz Taylor (ojos “violeta”, matrimonios en serie) y Judy Garland (problemas mentales, carrera tormentosa). Hazie cuenta cómo ella es responsable del éxito profesional, social y personal de Kathie Kenton, atribuyéndose todo el mérito en un enfermizo relato que deja traslucir una problemática relación de amor-odio con la actriz. Por el camino, asistimos a una serie de escenas de la vida de Kathie, siempre manejada cual títere por Hazie (si hemos de fiarnos de la narradora), escenas que ejemplifican los sucesivos desastres matrimoniales que han ido jalonando su vida, y los ponen en relación con su carrera de actriz.
Otro de los recursos que Palahniuk emplea es la falta absoluta de fidelidad o rigor a la hora de citar películas o momentos de la historia reciente; por ejemplo, se cuentan alocadas películas inexistentes, como La armada del amor, dirigida por David O. Selznick, en que Kathie Kenton hace de Isabel la Católica ("Isabel I de España", según el traductor Javier Calvo) quien se escapa a Miami disfrazada de bailarina de circo para liarse con Cristóbal Colón, interpretado por Ramón Novarro. En la misma cinta aparece Joan Crawford en Madrid, haciendo de esclava maya o azteca negra vestida de odalisca, Preston Sturges y Harpo Marx en los papeles de Tycho Brahe y Copérnico, respectivamente, el primero explicando que la Tierra gira alrededor del Sol y el segundo que alrededor de Rita Hayworth.
Con todos estos disparates la narradora consigue crear una papilla ‘tota revoluta’, que da muy bien la impresión de frivolidad, velocidad y dinamismo propios del famoseo y la vida alegre que asociamos a las estrellas de Hollywood. Aunque en el momento de la narración Katherine Kenton vive en Manhattan, décadas después de su mejor época profesional, todavía es objeto de la atención de numerosos admiradores y sobre todo de homenajes “otoñales” por parte de todo tipo de colectivos.
No quisiera desvelar nada más de la trama, pero sí advertir que la estructura del libro, rica en paralelismos lingüísticos y estructurales, funciona a la perfección y no consiste en una mera sucesión de escenas deslavazadas sino que nos lleva eficazmente a donde nos quiere llevar, un final que no por ligeramente predecible deja de resultar más que satisfactorio. La bizarría a la que hacía mención al comienzo de esta reseña está muy presente en escenas sexuales de la vida íntima de Kathie Kenton, y la violencia es parte integrante de los guiones cinematográficos y teatrales que la rodean. Pero por una vez  Chuck Palahniuk parece claramente querer contarnos algo, se pone a ello y nos lo cuenta, con su estilo crudo, pero es que si no nos sentiríamos defraudados. Comparo Al desnudo con por ejemplo Fantasmas (2005), otra obra suya con un clarísimo sentido de la estructura y el estilo, y constato que Al desnudo sale facilísimamente vencedora de la pugna. Dudo que nadie se vaya a desmayar en una lectura pública de Al desnudo pero eso -en mi mundo- es una cualidad y no un defecto.

20 marzo 2012

De la luz y la sombra


El Sunset Limited

Cormac McCarthy

Mondadori, 2012

ISBN: 978-84-397-2502-2

96 páginas

14,90 €

Traducción de Luis Murillo Fort



Coradino Vega

Las novelas de Cormac McCarthy se caracterizan por una prosa incisiva, de una riqueza y una plasticidad tan seca como penetrante; una recreación del paisaje físico casi orgánica, en la que la naturaleza se convierte en otro personaje; una constante reflexión sobre el mal y lo apocalíptico; y una difuminación de las referencias deícticas que exige al lector estar muy atento para saber quién está hablando. Esos elementos, tan presentes en Meridiano de sangre o en su Trilogía de la frontera, brillan sin embargo aquí por su ausencia. Porque, escrita a la par que su aclamada La carretera (2006), El Sunset Limited se trata de una obra teatral en un solo acto, protagonizada por dos personajes claramente acotados en un espacio desde la primera línea reconocible: “Una habitación en un bloque de pisos de un gueto negro de Nueva York”. Pónganles las caras de Samuel L. Jackson y Tommy Lee Jones a estos personajes porque ésos fueron los rostros que protagonizaron la adaptación televisiva que dirigió el segundo para la HBO. El negro es un expresidiario que, tras una reyerta carcelaria, escuchó la voz de Jesús. El blanco, un profesor universitario para quien la única razón de estar vivo es tirarse a las vías del tren en el momento en que entre el Sunset Limited en la estación a más de cien por hora. El primero ya ha evitado que el segundo lo haga y, a modo de ángel de la guardia, lo retiene en su casa para que no lo vuelva a hacer. La suya es una misión evangélica. Intenta razonar con el blanco por qué ha llegado a esa situación y hacerle cambiar de punto de vista.

El diálogo empieza de una forma acartonada pero rápidamente alcanza la tensión de contraponer dos cosmovisiones 'a priori' irreconciliables. El blanco sólo ha creído en la cultura, pero “la civilización occidental se esfumó finalmente por las chimeneas de Dachau”. Por lo que a día de hoy no le queda nada a lo que agarrarse. Ha sido precisamente el conocimiento y la preponderancia del intelecto lo que le ha llevado a ver el mundo como un campo de trabajos forzados. Para el negro, en cambio, toda pretensión de conocimiento es vanidad (“Dentro de mi cabeza no hay pensamientos propios”, “Le sorprendería el poco tiempo que paso tratando de entender la vida”, “Mi manera de ver el mundo es muy limitada”), y sugiere si no ha sido esa arrogancia de la razón la que le ha conducido a la desesperación autodestructiva. Sin embargo, la obcecación del blanco es inflexible: “Si la gente viera el mundo como lo que es. Si viera lo que la vida es realmente. Sin sueños y sin ilusiones. Dudo mucho que nadie pudiera aportar una sola razón para elegir la muerte lo antes posible”. Cuando el negro le pregunta qué de malo hay en ser feliz, el blanco replica que la felicidad es contraria a la condición humana. El coraje de pretender lo contrario, más que insuficiente, es una farsa. Y el negro asiste perplejo a las consecuencias de la lucidez: a la brillante verbalización del no, a la irrefutablemente lógica evidencia de que la visión pesimista siempre es la correcta.

NEGRO: "Dígame, ya que no le convence esta vida, ¿cómo cree que tendría que ser?"
BLANCO: "Ni idea. Pero así no."

Ante ese potencial, al negro sólo le queda contraponer la fe, algo que por supuesto el blanco únicamente reconoce en personas con una grave carencia, mientras que el negro lo ve al revés: “El que no cree tiene un problema. Se ha propuesto desentrañar el mundo, pero cada vez que descubre algo que no es verdad deja otras dos dudas en su sitio”. Él sólo puede ofrecer una receta: “O amas a tu hermano o mueres”. Pero su capacidad argumental, la insuficiencia del lenguaje para cimentar la afirmación o verbalizar la “gracia” de la que hablaba Flannery O’Connor, no puede competir con las armas dialécticas de una razón dispuesta a demostrar su inexistencia. ¿Cómo hacer ver a quien sólo ve sombra que la luz está en todas partes y que la sombra la produce quien se empeña en no verla? De ahí que la misión del negro se troque en una terrible prueba de su propia creencia. Está claro que el blanco quiere el perdón, pero ¿y si no hay nadie a quien pedírselo? La lucha impotente por salvar al profesor choca de lleno contra el silencio del universo.

No hay por tanto aquí atmósfera de 'western', ni distopías, ni concomitancias con Hemingway o con Faulkner. Este Cormac McCarthy prescinde del envoltorio y simplifica el escenario y el lenguaje para mostrar en crudo los grandes temas de la humanidad: el sentido de la vida, la muerte, Dios, la felicidad o el conocimiento. Y aunque estemos ante una obra en apariencia menor por su comienzo titubeante y un final tan enorme como dramáticamente precipitado, McCarthy —con este despojado diálogo que nos hace acordarnos de Platón y de los ilustrados del siglo XVIII— elude toda contingencia y se atreve a penetrar en lo esencial para, como Shakespeare, llegar a la conclusión de que si existe una verdad no tiene más remedio que ser dialógica.

En un tiempo en el que la literatura le ha dado la espalda a los grandes temas en aras del detalle o del solipsismo, no le falta razón a Harold Bloom cuando considera a Cormac McCarthy un clásico vivo.

09 febrero 2012

Hermosas ruinas


El rey pálido

David Foster Wallace

Mondadori, 2011

ISBN: 978-84-3972-399-8

560 páginas

23,90 €

Traducción de Javier Calvo



José Martínez Ros

Todos los que admirábamos a David Foster Wallace esperábamos con cierta ansiedad, pero también con temor a la decepción, la publicación del manuscrito en el que trabajaba cuando se produjo su resonante, inesperada, muerte. Existía la posibilidad de que fuera una novela burdamente reconstruida -como pasa con la mayoría de las obras póstumas de Hemingway, por ejemplo- para dar coherencia a un texto que carecía de ella o el último lamento de una persona hundida en la depresión, cuando los cuentos, novelas y reportajes de su autor merecerían ser considerados una de las obras más luminosas e inspiradoras -a pesar de que en ocasiones trate de psicópatas, festivales de porno, ferias agrarias llenas de paletos, adictos a diversas sustancias o ancianos que bailan la conga en un crucero por el Caribe- de esta época entre dos milenios. También, por supuesto, podía ser una obra maestra al 99%, como el 2666 de Bolaño. Ninguna de esas previsiones se ha cumplido.

Hay que dejar algo claro: El rey pálido no es el mejor libro para acercarse a la obra de David Foster Wallace. El escritor había anunciado años atrás que se había embarcado en “algo grande”. Después de leerla, uno tiene la impresión de que ha contemplado los cimientos de algo efectivamente “grande”, enorme, pero que nunca se llegará a terminar, que de hecho estaba aún muy lejos de ser completado. Y una segunda idea: aún en estado fragmentario, terminará siendo una de las mejores novelas inacabadas de la literatura universal, como América de Kafka o El último magnate de Scott Fitzgerald; y todos aquellos que han disfrutado de sus obras anteriores, no se sentirán defraudados, aunque sí, con toda seguridad, entristecidos por la ausencia de un “continuará”.

El rey pálido nos cuenta la historia de varios agentes de la Agencia Tributaria norteamericana destinados a un centro regional, en una pequeña ciudad del Medio Oeste; entre ellos, un joven que acaba de abandonar la Universidad llamado David F. Wallace. La mayor parte de las quinientas páginas que su viuda y su editor han conseguido reunir y ordenar después de una minuciosa exploración de sus borradores se sitúan, aparentemente, en dos líneas temporales: por un lado, la llegada al centro y la rutina diaria de los agentes y, sobre todo, cómo se enfrentan a un trabajo monumentalmente burocrático, repetitivo y aburrido hasta límites abisales. Wallace, que en La broma infinita, ya se las había arreglado para “narrarnos” la 'psique' de una adicción con una maestría difícil de concebir, triunfa aquí ante un reto aún más complicado: mostrarnos a gente que pasa hora tras hora repasando impresos de hacienda sin mitigar su absoluta y devastadora aridez, y volverlo literariamente interesante.

Con estas páginas bastaría para demostrar que DFW era un escritor magnífico, dotado de una habilidad técnica digna de sus maestros -John Barth, Pynchon, DeLillo- pero es el segundo grupo de capítulos donde da la medida exacta de su genio: cuando nos lleva a la infancia y juventud de los que iban a ser, presumiblemente, los protagonistas del relato, ese grupito de hombres y mujeres que por algún motivo enquistado en su pasado han elegido una de las profesiones más tediosas imaginables y peor consideradas por el público. Capítulos tan impresionantes como el 8, sobre una 'redneck' que se cría y educa en un parque de caravanas en un paisaje humano y social atroz que corresponde a nuestro mundo, pero que, por momentos, parece casi ciencia-ficción postapocalíptica -al estilo de J. G. Ballard o William Gibson- o el 22, centrado en la relación entre el personaje David F. Wallace y su padre -que incluye una impresionante conferencia acerca de la relación entre la burocracia y el heroísmo con ecos al sermón sobre Jonás de Moby Dick y la descripción de un accidente terrible y grotesco-, representan cumbres de su propia obra, pero también de la literatura de nuestro tiempo y, probablemente, de todos los tiempos.

David Foster Wallace se convirtió, con su suicidio, en mártir e icono de la narrativa contemporánea. Esto es un hecho contra el que no se puede luchar, aunque sus lectores tratemos de poner el foco en sus libros y sus ideas sobre literatura que espiga en sus ensayos (y que son ignoradas por sus supuestos seguidores). Para adentrarse en sus libros, les aconsejo que empiecen con “Animalitos inexpresivos”, el primer relato de La niña del pelo raro. Si lo leen y no piensan que es uno de los mejores cuentos que han leído jamás, pasen de largo, otros escritores les esperan. En caso afirmativo, continúen adelante con sus siguientes libros. Tras unos cuantos miles de páginas, se encontrará ante El rey pálido: una bellísima ruina.

Y más allá, no hay nada.

07 noviembre 2011

Destronado el 4 de julio


Parrot y Olivier en América


Peter Carey

Mondadori, 2011

ISBN: 978-84-397-2464-3

464 páginas

23,90 €

Traducción de Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté



José María Moraga


(El que esto escribe lleva una rachita de algunos libros “de coco y huevo” este año, por lo que siempre resulta un placer criticar una novedad con tal alto contenido en calidad literaria. Vayan estas líneas dedicadas a esos fieles lectores que siempre nos acusan de reseñar libros malos o faltos de interés.)

Más de un año después de su salida en inglés llega ahora a España la última (y magnífica) novela del escritor australiano Peter Carey: Parrot y Olivier en América. ¿Es esto mucho tiempo? La verdad es que no conozco tan bien el mundo editorial como para entender si se han dado prisa o no, lo que sí puedo afirmar categóricamente es que ya estaban tardando en publicarla en español. ¿Acaso es este un libro que va a cambiar el mundo, nuestra visión de la sociedad, la escala de valores? No tal. Pero... ¿habla de los mercados, de la indignación, de los ricos y del papel de la democracia, de las revoluciones populares que están tan en boga?

La respuesta a todo esto último sí es “sí”, pero no se refiere a nuestra época contemporánea, sino a finales del siglo XVIII-comienzos del XIX: la generación de los hijos de la Revolución Francesa. Y americana, pues no debemos olvidar que lo que en Europa se conoce por Guerra de la Independencia Americana al otro lado del charco ellos lo llaman ‘American Revolution’. Siendo esta antecedente directa de la Revolución de Francia y siendo las ideas de los Ilustrados franceses una causa de las dos, no es de extrañar la conexión entre ambas naciones (uso el término con todo su esplendor moderno) en aquella época. Curiosamente, las consecuencias de las dos convulsiones fueron diferentes: en Francia, la involución (Restauración Borbónica tras la debacle del Imperio) mientras que en los EEUU se dio paso al experimento democrático más duradero que ha conocido el hombre, tanto que hasta el día de hoy los norteamericanos se consideran el alfa y omega de la democracia.

En este contexto vivió Alexis de Tocqueville (1805-1859) pensador y jurista francés, adalid del liberalismo, cuya obra magna fue La democracia en América (1835-1840). Tocqueville fue un agudo observador, comentarista y divulgador en Europa de la aun joven nación, llegando a emprender en 1831 un viaje para estudiar el sistema penitenciario americano y su posible implantación en Francia. Hijo de nobles normandos venidos a menos durante la Revolución, siempre tuvo una posición problemática entre los viejos valores monárquicos y las nuevas ideas liberales. Inserto aquí esta “lección de Historia” porque tiene muchísimo que ver con la novela de Peter Carey. Uno de sus dos protagonistas (Olivier de Garmont) podría ser considerado un trasunto de Tocqueville, influencia que el autor no esconde, desde el epígrafe de la novela hasta sus “Agradecimientos”.

El Olivier del título es también un noble normando traumatizado por los estragos de la guillotina que, huyendo de los peligros de los vientos revolucionarios, es enviado por su familia a los Estados Unidos, so pretexto de estudiar su sistema penitenciario y escribir sobre él. El lector sospecha enseguida que Olivier de Garmont tiene bastante menos seso en la mollera que su original Tocqueville, ya que el noble que Carey inventa es prácticamente despachado a América por su madre para quitarlo de en medio. Una vez en los Estados Unidos, la suerte de aventuras que correrá Olivier evoca la mejor picaresca inglesa y americana, desde Fielding y Defoe a Mark Twain, autores todos que tenían un ojo puesto en nuestros Quijote y Lazarillo.

La trama picaresca se ve elevada a la estratosfera por el otro protagonista de la novela, el inefable John Larrit, alias Parrot (el Loro). Inglés, hijo de un impresor clandestino, aspirante a artista y pícaro por necesidad desde la infancia, este mitad lacayo mitad doble agente hace las veces de sirviente de Olivier en el Nuevo Mundo, en una más que problemática relación amo-criado que constituye la base cómica de la novela. Esta comicidad tiene su origen en no poca medida en la tensión existente entre el relato paralelo que ambos personajes hacen de los hechos, complementándose a veces, contradiciéndose muy a menudo. Así, lo que a ojos del noble Olivier supuso una canallada por parte de su infame criado, luego pasa a relatárnoslo un Parrot convertido en la parte injuriada.

Imposible (y no deseable) resumir aquí la muy episódica trama de la novela de Carey, baste decir que incluye pasajes de todo tipo, donde abundan el humor, irónico o bufo, la reflexión política, social o estética, el romance, el puro relato de aventuras y la sátira de costumbres. Todo articulado desde esa doble voz narrativa tan deliciosa, que permite al autor demostrar su virtuosismo: recordemos que Olivier es un aristócrata francés venido a menos mientras que Parrot es un don nadie buscavidas inglés, y cada uno se expresa como corresponde a su estatus.

¿Dónde está la urgencia, entonces, de traducir este libro y publicarlo en España, si se trata solo de una novela histórica? Permítaseme citar a Luis Manuel Ruiz, cuando dijo acerca de este popular subgénero que “el valor de una novela no viene dado por su fiel reconstrucción de los decorados y marco histórico, sino por su interés dramático y su calidad literaria”. Imposible no estar de acuerdo. Parrot y Olivier en América ofrece además -por si las anteriores razones no bastaran para justificar su importancia- una cierta lectura en clave contemporánea, acerca de los balbuceos de nuestros ahora tan cuestionado sistema capitalista. Acerca de las relaciones entre dinero y poder, los cambios y las revoluciones y sus efectos sobre la vida de los hombres (hilarantes las observaciones de Olivier acerca del futuro de los EEUU, escritas y leídas con el beneficio de la posteridad), temas todos -como puede verse- de la más rabiosa actualidad.

Con estas credenciales quedará claro que considero el último libro de Peter Carey una obra maestra, una novela insoslayable de una de las voces contemporáneas más relevantes de la literatura en lengua inglesa y un absoluto deleite para el lector, que hará muy bien en ir corriendo a comprársela (y leerla).

31 octubre 2011

Houellebecq en Carabanchel



Ejército enemigo

Alberto Olmos

Mondadori, 2011

ISBN: 978-84-3972-463-6

288 páginas

18,90 €




José Martínez Ros

De las seis novelas anteriores de Alberto Olmos, sólo he leído El talento de los demás y recuerdo que no tuve una impresión demasiado positiva: me pareció una obra muy ambiciosa (lo que me sorprendió en su momento, ya que por algún motivo lo tenía clasificado como un émulo de la desdichada generación del Kronen), pero irregular, que combinaba algunos brillantes pasajes satíricos con escenas que se alargaban interminablemente y monólogos que no funcionaban. Cuatro años después, nos llega Ejército enemigo, una obra mucho más interesante, y que me obliga a reevaluar a su autor.

Ejército enemigo empieza con un homicidio: Daniel, un joven de la alta burguesía madrileña, pero profundamente idealista y concienciado, ha aparecido, muerto a golpes, en un solar; y ha legado a un amigo Santiago, un publicista mediocre, adicto a la pornografía cibernética y desengañado, una palabra: la clave de su correo electrónico. Al principio por azar, y después absorbido por su investigación, que le lleva a conocer a diversos amigos y familiares de Daniel, Santiago irá descubriendo que su amigo había decidido pasar a la “acción directa”… Y lo más paradójico para él: que fueron sus palabras, poniendo en solfa todo el montaje de la solidaridad institucionalizada, las que pudieron llevarlo a su fin. En contra de lo que pudiera parecer con esta sinopsis, en Ejército enemigo el componente de “crímenes”, de “novela negra” es mínimo, un pretexto y, en las páginas finales, un problema argumental que el autor evita más que resuelve.

Olmos se centra en los aspectos sociológicos y satíricos de su historia. En los primeros, debe mucho, probablemente, al Houellebecq de Ampliación del campo de batalla o Plataforma; y, como crítica devastadora del buenrollismo y la doble moral de las sociedades de occidente que han transformado la solidaridad en un producto de consumo, ya sea como discos de artistas “comprometidos”, películas, chapas o libros (los cientos de miles de ejemplares vendidos de ¡Indignaos! publicado en un sello del Grupo Planeta, que a su vez edita el periódico La Razón, es un excelente ejemplo), así como en las descripciones del “mundo mental” de los jóvenes solidarios de buena familia y del “mundo físico” degradado de los barrios periféricos de Madrid, resulta impecable (e implacable) y es con mucho lo mejor de la novela.

En lo segundo, la influencia predominante, el referente, es Palahniuk: el Ejército enemigo de Olmos recuerda mucho a El Club de la lucha. Por ese lado, son más acertados los fragmentos dedicados a las redes sociales o la pornografía en Intenet (aunque Roberto Valencia le sacó mucho más partido en sus magníficos relatos de Sonría a cámara) que a ese subterráneo Ejército enemigo que debería funcionar como motor de la narración y que en ningún momento transmite la sensación de paranoia y locura de la primera y mejor novela de Palahniuk. Es probable que Olmos haya elegido un argumento demasiado enloquecido que sólo se sostiene -apenas- gracias al armazón de una escritura eficiente (en ocasiones, efectista en exceso), pero muy apegada a lo real.

El libro de Olmos se acaba deshinchando por los huecos y dudas que nos deja su titubeante resolución, centrados en el personaje clave de Manuel, acerca del cual el narrador descubre (nos dice) demasiado poco y una larga escena de mentiras y confesiones -la fiesta- rematadamente cursi (hasta ponen la canción favorita del muerto). Esto sucede tras un par de centenares de páginas a menudo realmente brillantes, dotada de una saludable ferocidad, así que acabamos convencidos de que, a pesar de sus defectos, Ejército enemigo es un libro interesante que no deja un mal poso y que será muy discutido e irritará a unos cuantos. No sé si Alberto Olmos terminará escribiendo su gran novela, pero ahora creo está en el buen camino.

22 septiembre 2011

Horror en la nieve, sangre en los ultramarinos

Caribou Island

David Vann

Mondadori, 2011

ISBN: 978-84-397-2422-3

273 páginas

21,90 €

Traducción de Luis Murillo Fort


José Martínez Ros

Una de las especialidades de la crítica gala es descubrir escritores norteamericanos. Es una venerable tradición que se remonta a Edgar Allan Poe y al más grande de todos los críticos literarios que ha tenido jamás Francia (y probablemente, cualquier otro país): Baudelaire. Recientemente, le tocó a Paul Auster (los eruditos norteamericanos aún no se explican qué demonios le ven en Europa). Y ahora ha bendecido con un premio Medicis a la mejor novela extranjera publicada en Francia a un joven autor, David Vann, el último avatar, al parecer, de la raza de novelistas norteamericanos “duros”, exploradores de paisajes agrestes tanto interiores como exteriores, y por tanto descendiente de Melville, Hemingway, Mailer y, por supuesto, el gran Cormac McCarthy. Ya que uno de los personajes más ridículos de su nueva novela es de origen francés, Monique, una chica que, absurdamente, y a pesar de su gran belleza e inteligencia, opta por acostarse con un gilipollas -no lo digo yo, el narrador hace un gran y nada disimulado esfuerzo en que pensemos que lo es-, esperamos que pronto rectifiquen.

Por cierto, tal estirpe de machos literarios fue satirizada por el ingenio terrible de Aleksandar Hemon en su última obra publicada en España, Amor y obstáculos, en la figura de un supuesto ganador del Pulitzer, llamado Richard Macalister, capaz de escribir tranquilamente frases de esta jaez: "Uno de estos días la espesa y quitinosa cortina del mundo se abrirá, y la mierda y el dolor nos caerán encima y nos ahogarán" o (mi preferida, describiendo una escena bélica) "Le estamos abriendo nuevos agujeros al culo del mundo". Pero, y para ser francos, tras leer Caribou Island no creo que el joven Vann esté dotado para tales extremos de tragedia. Leyendo esta novela me vinieron a la cabeza esos inefables telefilmes que Antena 3 o Tele 5 (ignoro si lo siguen haciendo, pues, por ventura, me libré de la televisión hace tiempo) solía emitir a la hora del sesteo, cuyos argumentos solían resumirse en “juventud violada”, “infancia cancerígena” o “hay un psicópata en el supermercado, qué miedo”. La estrategia narrativa de Vann –que está particularmente obsesionado con el suicidio- es más sencilla que el mecanismo del botijo: presenta a unos cuantos personajes y hacerlos sufrir horriblemente, aunque para ello deban actuar contra toda lógica. Lo que no lo convierte, digamos, en un autor muy moderno: en la postguerra española, si echamos la vista atrás, ya existió el “tremendismo”, aunque desde luego obras como La familia de Pascual Duarte, Pabellón de reposo o Nada son mucho más elaboradas y complejas.

Lo que más se suele alabar a Vann y por lo que se le compara más a McCarthy es por la fuerza de su prosa, además de su ya citada querencia por los parajes lejanos y agrestes, aunque el primero tiende hacia el frío (Alaska) y el segundo al calor (la frontera estadounidense-mexicana). En efecto, Vann es un prosista competente y llega a escribir alguna frase dotada de cierta fuerza, aunque no esperen los alardes del autor de Meridiano de sangre o La carretera, pero tal cualidad –nada excepcional, pueden creerme- queda opacada por una notable incapacidad para construir personajes creíbles o plantear una escena mínimamente sutil (es decir, no tremendista). Caribou Island, resumiendo, va de una pareja madura que desea –también absurdamente- mudarse desde la ya agreste costa de Alaska a una isla todavía más gélida y desolada que da nombre al libro. Alrededor de ellos hay unos cuantos (desdibujados) personajes: un hijo pescador fumeta, una hija veterinaria que no se entera de nada, el prometido de esta, un cretino integral que es el dentista del pueblo, la chica francesa de la que hablábamos antes y que se comporta como los norteamericanos piensan que se actúan las europeas decadentes, es decir, como una zorra descerebrada, y su novio, que pasaba por allí y tampoco hace nada especial. La novela, como buen telefilme, carece, por supuesto, del más mínimo humor, pero resulta tan complicado tomársela en serio que a veces, es ineludible, hay que esbozar alguna sonrisa. Si están interesados en los bellos parajes del norte del continente americano, recomendamos que ignoren este bodriazo y se pasen por FNAC y compren el pack –ya debe estar bastante rebajado, hace ya una década de su emisión- de la magnífica y divertidísima serie Doctor en Alaska.

16 septiembre 2011

Una historia conmovedora, asombrosa y genial

Zeitoun

Dave Eggers

Mondadori, 2010

ISBN: 978-84-397-2283-0

320 páginas

21,90 €

Traduccion de Cruz Rodríguez Juiz



Fran G. Matute

Dave Eggers bien podría considerarse uno de los personajes más influyentes de la literatura norteamericana de principios del siglo XXI de no haberse ramificado y/o expuesto tanto (¿quién, en su sano juicio, se dedicaría a ser editor, crítico, novelista, relatista, ensayista, profesor, guionista y filántropo?). En cualquier caso, es justo reconocer la importancia de este amante de las letras (en toda su extensión) como catalizador de talentos de la talla de David Foster Wallace, Michael Chabon o Jonathan Lethem, a los que dio a conocer gracias a sus publicaciones literarias, particularmente McSweeney's, que se convirtió en el ágora de la nueva narrativa estadounidense, esa que en España se vino a conocer como "The Next Generation".

Lo curioso del caso es que si bien Eggers ha demostrado siempre solvencia y tino para identificar la valía literaria en los textos escritos por sus coetáneos, su propia obra ha tendido a desmerecer, artísticamente hablando, en comparación. Quizás por presentar un 'opus' excesivamente meándrico, quizás porque la ficción no ha sido nunca el fuerte de este escritor (admitamos que sus novelas no son de lo mejorcito de su producción). Pero, en cualquier caso, la realidad nos pone de manifiesto que Eggers gestiona mejor el talento externo que el suyo propio. Y es en el marco de esta reflexión que nos topamos con su última publicación hasta la fecha: Zeitoun (2009), una narración cuasi periodística (que nos atrevemos a etiquetar como "ensayo" por proximidad estilística) sobre la triste aventura vivida por Abdulrahman Zeitoun y su familia durante el 'aftermath' del huracán Katrina en Nueva Orleans.

Con un estilo narrativo limpio y directo, Eggers desgrana, no sin cierta vocación novelística, los pormenores padecidos por Zeitoun, empresario de origen sirio, que decidió quedarse en la ciudad durante la tormenta para salvaguardar sus pertenencias y vigilar su negocio, convirtiéndose , por méritos propios, en uno de esos "héroes anónimos" (como gusta catalogar a la prensa estadounidense) del desastre, en su afán por ayudar de forma desinteresada a sus vecinos gracias a sus constantes paseos en canoa por las anegadas calles de la ciudad de Louisiana. Pero Eggers no pretende caer en victimismos ni en alardes filantrópicos con esta historia -y eso que lo recaudado con la venta de este libro se destina a causas benéficas relacionadas con la reconstrucción de Nueva Orleans-, porque al margen de la odisea familiar que cuenta este Zeitoun, la realidad va mucho más allá de una bonita historia de superación y heroismo.

Lo que verdaderamente plantea Eggers con este texto es el grado de putrefacción que vivió la ciudad (y por ende su organización administrativa y humana) en los momentos posteriores al desastre natural. La cuestión principal a tener en cuenta es que, en medio del caos, a Zeitoun lo confundieron con un terrorista de Al-Qaeda y bajo esa mera (y vaga) presunción le cortaron, de raíz, prácticamente todos sus derechos fundamentales. No se trata de un cuento con moralina (aunque obviamente esta historia viene cargada con una). No pretende Eggers demonizar el injusto arresto sufrido por Zeitoun por el mero hecho de que hubiera estado salvando vidas desinteresadamente (aunque lo anterior funcione como perfecto contrapunto dramático para su narración). Tampoco da la sensación de que Eggers esté haciendo un alegato sobre la paranoia existente en los EE.UU. contra los practicantes del Islam (aunque haga hincapié en el desconocimiento generalizado que la sociedad norteamericana tiene sobre dicha religión). El protagonista de esta historia bien podría haber sido un WASP que se hubiera quedado en casa encerrado durante la tormenta, comiendo perritos calientes y esperándolas venir, y, extrañamente, la narración que Eggers nos propone nos hubiera parecido igual de impactante, por el mero hecho de que está tan bien escrita que nos ha llegado al alma.

Nos hemos hecho amigos de la familia de Zeitoun, una familia con ramificaciones en Siria y en España. Tres puntos cardinales que constituían un curioso triángulo de las Bermudas de (des)información, tensión y desesperación desde la distancia. Hemos padecido sus penurias y sus pequeñas alegrías. Hemos acompañado a Zeitoun por las calles de Nueva Orleans alimentando perros abandonados y rescatando ancianos. Hemos conocido a un trabajador incansable de esos que construyen cosas importantes con el esfuerzo y el sacrificio, en lugar de andar quejándose por todo y maldiciendo el sistema. No deja de resultar curioso que el título de la primera obra que publicó Eggers, puramente autobiográfica y que contaba una historia de superación personal frente a la adversidad, se tradujera en España como Una historia conmovedora, asombrosa y genial (2000), porque eso es, exactamente, lo que es Zeitoun: un libro que conmueve como pocos, que narra una historia asombrosa (aunque lo que se asombre es que semejante drama haya ocurrido hace cinco años en la supuesta primera potencia mundial) y que nos presenta a un personaje genial, un A. Zeitoun cuya odisea sí que merece ser contada. Por todo lo anterior es por lo que la existencia de este libro es un nuevo acierto en la obra de Dave Eggers, uno de los grandes gestores de talentos ajenos.