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11 abril 2013

La ciudad es tuya


Bagheria

Dacia Maraini

minúscula, 2013

ISBN: 978-84-9558-793-0

170 páginas

14 €

Traducción de Juan Carlos de Miguel y Canuto



Alejandro Luque

Si ustedes viajan a la costa norte de Sicilia, podría recomendarles que visiten los frescos de la catedral de Monreale y el Palacio de los Normandos en Palermo, que paseen por Cefalú y hasta que se den un chapuzón en Mondello. Pero sólo si tuvieran mucho, mucho tiempo, podría recomendarles ir a Bagheria. Esta pequeña ciudad a 20 kilómetros de la capital siciliana es hoy sin duda una de las más feas y ruidosas de la isla, por no hablar de su conocida población mafiosa. Y, sin embargo, sorprende indagar en su esplendor pasado, sus tesoros escondidos son asombrosos, e imponente la lista de personajes ilustres nacidos en la villa, desde el pintor Renato Guttuso al cineasta Giuseppe Tornatore o el fotógrafo Ferdinando Scianna –que inmortalizó a sus vecinos en un libro bellísimo, Quelli di Bagheria–, sin olvidar a Fernando II de Borbón, el cruel rey Bomba.

Pero las ciudades a menudo cambian cuando se contemplan con los ojos de la memoria. Hace algunos años, nuestro compañero Ilya U. Topper hubo de afrontar una fugaz polémica por haber declarado en prensa su amor por una ciudad objetivamente fea como Algeciras. Los lectores algecireños podían aceptar la crítica, pero no la devoción, que es en sí misma un estatuto de apropiación, un modo de hacer nuestras las ciudades. Algo parecido hace Dacia Maraini (Fiesole, 1936) en este doble viaje, a la Bagheria que ya sólo existe en su memoria y a la actual, la de las reliquias asediadas por el tráfico y los adefesios urbanísticos.

Internada con su familia en un campo de concentración japonés hasta los diez años, Maraini pasó el resto de su infancia en Sicilia. Allí, recuerda, su madre llamaba la atención por vestir pantalones, cuando todavía era frecuente el luto perpetuo, y era inmoral que las niñas fueran al cine, incluso acompañadas. En la villa Valguarnera, habitada por la abuela Sonia, a la que Caruso piropeó en un autógrafo, y el abuelo Enrico, amante de la antroposofía y la teosofía, escritora vivió un proceso de aprendizaje que relata con genuina y cruda óptica femenina: el cura que le estampó un beso en la boca sin más, el amigo de la familia que también abusó de ella, reflejan un tiempo, acaso no tan pasado, en que ser niña –incluso niña rica– era un oficio muy difícil.

El abandono familiar del padre coincide en el tiempo con el inicio de ese proceso de sistemática destrucción que a partir de los años 50 demolió o arrinconó a buena parte de las magníficas villas dieciochescas de Bagheria. Maraini, que ya se había acercado a Sicilia desde la novela histórica en La larga vida de Marianna Ucrìa, confiesa haber sufrido como escritora cierto bloqueo, “evitando como la peste la isla de los jazmines y del pescado podrido, de los corazones sublimes y de las hojas cortantes”, explica. “Hablar de Sicilia significa abrir una puerta que había permanecido atrancada, una puerta que yo había camuflado muy bien, con enredaderas y marañas de hojas, hasta el punto de olvidar que alguna vez hubiera existido”.

Híbrido de reportaje y de anotación íntima deliberadamente divagatoria, Bagheria es ese exorcismo que ha permitido a Dacia Maraini reconciliarse con aquella etapa. Y, de paso, proclamar su amor por la ciudad fea, es decir, ponerle por delante el posesivo y gritarlo a los cuatro vientos.

[Publicado en M'Sur]

03 enero 2013

Chicas góticas


Siempre hemos vivido en el castillo

Shirley Jackson

Minúscula, 2012

ISBN: 978-84-95587-89-3

222 páginas

18,50 €

Traducción de Paula Kuffer

Posfacio de Joyce Carol Oates



La chaise-longue victoriana

Marghanita Laski

Automática, 2012

ISBN: 978-84-15509-07-3

144 páginas

16,50 €

Traducción de Laura Salas Rodríguez



José Martínez Ros

Tanto Siempre hemos vivido en el castillo como La chaise-longue victoriana son dos excelentes novelas no demasiado extensas que, además de su calidad, tienen otras cosas en común: ambas permanecían inéditas en español, sus autoras fueron dos brillantes escritoras probablemente no muy reconocidas y, bajo las diferencias de tono y argumento, es fácil detectar los rasgos que han caracterizado desde su origen, durante la eclosión del movimiento romántico del XIX, una auténtica novela gótica. Por supuesto, ya no encontramos vampiros balcánicos ni castillos neblinosos: ambas autoras pertenecen al siglo XX y, parte del encanto de sus libros, es detectar con qué astucia los viejos tópicos que usaron Polidori, Stocker, Poe y compañía y de los que abusaron tantos de sus seguidores -el escenario rodeado de misterio, los parajes abandonados, la maldición inexplicable y, por supuesto, el erotismo nunca abierto, nunca nombrado en términos explícitos, pero siempre presente- han sido trasladados a una época mucho más reciente, con un inequívoco toque femenino, cuando no feminista y reivindicativo.

Siempre hemos vivido en el castillo es quizás la obra maestra de Shirley Jackson, una autora cuya carrera literaria fue truncada por diversos trastornos psicosomáticos que, finalmente, la llevaron a la muerte con sólo cuarenta y ocho años. Admirada incondicionalmente por Stephen King, que ha afirmado que su House of Haunted Hill es uno de los mejores relatos de terror jamás escritos, pero también por Joyce Carol Oates -que firma el prólogo de la novela- o Jonathan Lethem, en esta obra nos conduce a una pequeña localidad rural perdida en el corazón de Estados Unidos a través de la firme voz de una adolescente, Mary Katherine Blackwood, que parece combinar en una imposible armonía el desenfado nihilista del Holden Caufield de Salinger y el fatalismo de los jóvenes protagonistas de Flannery O'Connor en Sangre Sabia o Los profetas.

Mary vive con lo que queda de su familia, su hermana mayor y su tío, después de que el resto fuera envenenada, y rodeada del temor y desprecio del resto de la comunidad local, pues no faltan quienes afirman que los Blackwood están malditos. Sólo añadiré que la narración de Mary Katherine ('Merricat') es un auténtico 'tour de force' narrativo y un magnífico (y a veces aterrador) ejemplo de lo que en los manuales literarios se denomina “narrador no fiable” (comparable al de otras novelas cortas magistrales, por ejemplo, 1080 almas u Otra vuelta de tuerca): contar mucho más del argumento de esta novela no merecería perdón. Jackson va sembrando una serie de claves usando el tono delicado, lírico e casi infantil (el aislamiento, las misteriosas prohibiciones, la “maldición” familiar, el ambiente opresivo que crea el odio -al principio, inexplicable- en la pequeña comunidad a la que pertenece) de la protagonista, sumergiéndonos en uno de los más aterradores cuentos de hadas que he tenido la suerte de leer.

La autora de La chaise-longue victoriana, Marghanita Laski, ya es un personaje que en sí mismo despierta interés: de una impresionante belleza en su juventud (a juzgar por las fotos que se conservan de la autora), esta escritora inglesa de origen polaco, fue periodista, una destacada intelectual feminista, crítica especializada en ciencia-ficción, lingüista, biógrafa de Jane Austen, ensayista sobre temas religiosos y unas cuantas cosas más, entre ellas varia incursiones en narrativa, de las que destaca esta breve y perfecta novela fantástica.

Nos presenta a un joven postrada por la enfermedad -es tuberculosa- y por un reciente parto, Melanie (que desde el primer momento aparece como una chica caprichosa y, en general, bastante insoportable) que se tiende a reposar en una vieja 'chaise-longue', un sillón victoriano adquirido en una tienda de antigüedades. Y en él se adormece para despertar en pleno siglo XIX, cien años atrás. Ella, por supuesto, no conoce a los extraños que la desprecian y humillan, pero ellos si la identifican: es Milly, una pobre criada enferma de tisis. De algún modo su mente ha retrocedido en el tiempo y se ha aposentado en el cuerpo equivocado…

Laski nos lleva a la conciencia de una muchacha dominada por el pánico, en una época equivocada y llena de amenazas: en efecto, para casi cualquier mujer de nuestro tiempo retroceder cien años equivaldría a una experiencia infernal. La edad victoriana, endulzada por las visiones románticas, aparece como una pesadilla de machismo, maltrato y tormentos sexuales. La novela de Laski empieza con un pausado retrato psicológico al estilo Henry James y acaba como un cuento fantástico que no habría desdeñado Julio Cortázar. Una pequeña joya.

21 noviembre 2012

Lo esencial

José Martínez Ros
 
Llega el otoño. Refresca por las noches, una primera hoja se desliza, verde y ocre, desde la capa de un árbol, toca reincorporarse a la rutina laboral. También puede ser un buen momento para reencontrarse con el más secreto de los géneros literarios: la poesía.
 
 
La bicicleta del panadero
 
Juan Carlos Mestre
 
Calambur, 2012
 
ISBN: 978-84-8359-238-0
 
480 páginas
 
25 €
 
 
 
 
 
Pocos confían en las multiplicaciones bíblicas / Nadie encuentra en el río pepitas de oro / Ningún periódico trae un ruiseñor en la primera página.”
 
Empezamos por el leonés Juan Carlos Mestre, uno de los autores más asombrosos de la literatura española actual. Un libro como La bicicleta del panadero (Editorial Calambur) parece capaz de traducir el mundo con ojos nuevos gracias a su fuerza imaginativa, a la alquimia incansable de sus versos (en la que se advierten ecos perfectamente asimilados de PoundWhitman o Gamoneda). Mestre está dispuesto a demostrarnos que no es surrealista el poema sino la realidad. La realidad transfigurada por el alcohol, el amor o el insomnio, inconcebible y terrible en su belleza.
 
"Es la hora de la noche y sus duras arrugas que la luz derretirá temprano. La hora de las cremalleras cerradas hasta el cuello y los finos dedos que desenroscan la cantimplora. Cuando ciertos ancianos, ciertas aguas carcomidas por el cáncer, ciertas inconcebibles narraciones distraídas por el contador mentiroso abandonan la escena de los boulevares La hora del reloj de pared y el teléfono móvil que suena en la sepultura. La hora de los mercados y las camas donde se entrelazan los convidados a no despertar tras los tabiques del Hudson.
 
Eras a la que por primera vez pregunté quién era / Un animalito azul que toca el violín entre las nubes teñidas de Chagall / La aldea que comienza en agosto la corcita tumbada sobre el orégano / Eras la lluvia con cabeza de alfiler el inicio del agua / La reina la luna envejecida por la noche del padre / Eras lo que veo cuando miro una campana con los ojos cerrados / Lo naciente tantas veces al día lo escuchado sin que se oiga."
 
Los poemas de Juan Carlos Mestre adoptan distintas formas: versos libres, versículos, letanías, oraciones y, en muchas ocasiones, el monólogo de un individuo que contempla el mundo desde una perspectiva a veces irónica, a veces teñida de entusiasmo o de dolor, que desafía con la lógica de las emociones las servidumbres del lenguaje, que trata de definirse, de reivindicar su autonomía estética, su derecho a buscar la felicidad y su rechazo al sufrimiento y los fantasmas de la historia. 
 
"[…] y más de ciento cincuenta mil campesinos, según datos del Ministerio de Agricultura de la India, utilizaron los pesticidas, adquiridos bajo préstamos de usura, para suicidarse, óyelo bien, para suicidarse. En Kerala, en Karnataka, en Andhra Pradesh, terminada la primavera, se recoge el algodón para los saris blancos de las vestidas de luto. 
 
No fue, desconfiaba de la pureza del dolor / Y la ilimitada tristeza de los funcionarios / No puso ningún libro por almohada / La minoría es él, también la muchedumbre / Alguna estrella debería llevar su nombre / Algún solitario girasol entre los zarzales / Algo que no hizo: callarse."
 
Después de leer La bicicleta del panadero (y su libro anterior, el también magnífico, La casa roja) tengo dos certidumbres: Mestre es un poeta mayor y somos afortunados por el simple hecho de ser sus contemporáneos; y lo seríamos mucho más, si mucha más gente lo leyera: el mundo empezaría a cambiar.
 
Cartas del verano de 1926
 
Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak y Rainer Maria Rilke
 
Minúscula, 2012
 
ISBN: 978-84-9558-788-6
 
439 páginas
 
25 €
 
Traducción del ruso de Selma Ancira, del alemán de Adan Kovacsics y de los poemas por Selma Ancira y Francisco Segovia
 
Edición e introducción de Konstantín Azadovski, Evgueni Pasternak y Elena Pasternak
 
Difícilmente se podría decir que las traducciones de la poesía rusa -de un país de enormes poetas que, durante el periodo estalinista condenó a buena parte de sus desgraciados contemporáneos literarios al exilio, la muerte, la locura y un número casi infinito de formas de degradación- sean muy populares, y la razón es muy clara: en contra de lo que sucede con la poesía en lengua inglesa, francesa o italiana, parece que no se ha encontrado el modo de traducir a los clásicos rusos al español (y sí, no obstante, a sus grandes novelistas) sin que se pierda su esencia, es decir, la misma chispa de su poesía. Así, mientras que todos hemos leído traducciones más o menos brillantes de BlakeBaudelaireShelley o Leopardi, en las que, a pesar de los pesares, admirábamos un reflejo de la fuerza, de la visión, del original, creo que nadie o casi nadie ha experimentado lo mismo con Ajmatova o Pushkin
 
Esa es una de las razones, y no la única, por la que me ha parecido tan extraordinario este libro, que con el no demasiado atractivo título de Cartas del verano de 1926 nos trae la joven editorial Minúscula. Superficialmente, su contenido sólo debería atraer a eslavistas y a recopiladores de anécdotas literarias: recoge la copiosa correspondencia que mantuvieron dos de los mayores líricos rusos, Marina Tsvietáieva y Borís Pasternak, entonces dos jóvenes y muy entusiastas poetas de una Unión Soviética en la primera etapa de su Revolución, con su admirado Rilke, el autor de las Elegías de Duino, el mayor poeta de lengua alemana del siglo XX, al que no le quedaba demasiado de vida. Digo “superficialmente”, porque este mágico epistolario se lee con una pasión arrolladora. No es que sólo resulte fácil de leer -gracias a la impagable labor de los traductores-, sino que es complicado no prendarse de él. 
 
Así conocemos al tímido y prudente Pasternak, al que aún faltan décadas para convertirse en Premio Nobel, en el autor de Doctor Zhivago. Al sabio y cansado Rilke, acosado por la enfermedad Y sobre todo, a la apasionada, egoísta, inteligente y arrebatadora Tsvietáeiva, que si hubiera sido una ficción, y no un ser de carne y hueso (con una desgraciada biografía) podría haberse convertido en uno de los grandes personajes femeninos de la historia de la literatura. Sencillamente, es imposible leerla y no enamorase un poco de ella. 
 
"Sumergirme profundamente en mí misma y después de días o años -en algún momento súbitamente- devolverlo como una fuente, profundidad convertida en altura, con el dolor mitigado, transfigurado Pero no relatar: he escrito a este, he besado a aquel. “Alégrate, pronto llegará el fin” –dice el alma a mis labios. Abrazar a un árbol o a una persona –para mí es lo mismo. Es lo mismo."

25 mayo 2012

De un país que ya no existe

José Martínez Ros

Me apasiona la música, el cine y la literatura de lo que una vez fue Yugoslavia y ahora son media docena de pequeñas repúblicas que aún intentan recuperarse de la última gran matanza europea, uno de esos territorios -como Polonia e Irlanda, por ejemplo- condenados a generar más historia de la pueden absorber y a producir un buen número de grandes artistas ligados fatalmente a su tierra natal. Sin poseer un conocimiento enciclopédico de la literatura balcánica, sólo en las últimas décadas tendríamos que citar al bosnio Aleksandar Hemon (autor de novelas tan divertidas y desoladoras como El hombre de ninguna parte o Amor y obstáculos) o al extraordinario dueto formado por esos malabaristas del lenguaje que fueron el borgiano Milorad Pavic (Diccionario Jázaro) y el también experimental y extraordinario Goran Petrovic (Atlas descrito por el cielo). Todos ellos herederos de la épica tanto de Ivo Andric, autor de la monumental Un puente sobre el Drina, o hijos bastardos del formidable Danilo Kîs, uno de los más grandes narradores del siglo XX (si no han leído aún Circo familiar o la Enciclopedia de los muertos no saben lo que se pierden), una (no tanto) nueva generación de autores balcánicos fronterizos con crisis de identidad natal evidente siguen aterrizando en las bateas. Ahora vamos a hablar de otros dos grandes creadores que acaban de desembarcar en nuestras librerías: el croata Miljenko Jergovic y el serbio Svetislav Basara. Con ellos vamos, pues.

Lírica fronteriza
Freelander

Miljenko Jergovic

Siruela, 2012

ISBN: 978-84-9841-665-7

172 páginas
18, 95 €
Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek



Del croata Miljenko Jergovic nos llega Freelander, novela corta que demuestra una vez más que el impacto que puede provocar una obra no depende del número de páginas. Nos encontramos en Croacia. La guerra -que tan bien nos han mostrado los cineastas yugoslavos como Danis Tanovic (En tierra de nadie), Emir Kusturica (Underground), Milcho Manchevski (Antes de la lluvia)- ha terminado. El profesor Adum, jubilado y viudo que espera pacientemente su muerte, sólo habla con el cartero, que un día le trae el aviso que uno de sus tíos, centenario, acaba de morir en Sarajevo y se le reclama para la lectura del testamento. Sin nada mejor que hacer (pero sólo después de conseguir un pistola) sube a su viejo coche y emprende el viaje. El trayecto no dura demasiado, pero sí lo suficiente para que se le revele al lector la nostalgia que siente por la ausencia de su esposa (y los remordimientos que siente por no haberla tratado mejor mientras vivía) y una vida unida inexorablemente a las vicisitudes de su país, desde su nacimiento en plena Segunda Guerra Mundial, en una Croacia bajo el régimen fascista y genocida de los Ustacha de Ante Palevic, aliado de Hitler, a lo que siguió la larga, gris y burocrática Era de Tito, al final de la cual Yugoslavia (que, paradójicamente, era uno de los países más prósperos y de mejor nivel cultural de los situados tras el Telón de Acero) fue despedazada y arruinada por el fanatismo religioso y nacionalista.

En su viaje por Croacia (un país socavado por las fosas comunes en las que “los croatas enterraban a sus vecinos serbios o los serbios habían enterrado a los croatas”) y Bosnia nos muestra con maestría las cicatrices que ha dejado el último conflicto en el alma de sus habitantes y paisajes gracias a una escritura cruda, con imágenes tajantes y poderosas, en las que un partido de fútbol local o el hallazgo de unos caballos agonizantes en una carretera se convierten en sombríos símbolos de un presente en ruinas. La novela, sin embargo, no resultaría tan memorable si no fuera por su conmovedor protagonista, el anciano profesor Adum. Como sólo los grandes novelistas hallan, Jergovic conquista al lector y consigue que se encariñe con él gracias, en parte, a sus propios defectos y, sobre todo, a su enorme humanidad.
Juegos sin fin

Peking by Night
Svetislav Basara
Minúscula, 2012
ISBN: 978-84-9558-786-2
174 páginas
16, 50 €
Traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek


Peking by Night es el segundo libro que nos llega del serbio Svetislav Basara tras una novela inclasificable e iconoclasta, Guía de Mongolia (que, por cierto, entusiasmó a Vila-Matas). Se trata de un libro de relatos, aunque probablemente no se parezca a ninguno que hayan leído antes, excepto tal vez los cuentos más experimentales y subversivos de Cortázar (unos cuantos cronopios no habrían desentonado aquí). Como los del argentino, no son narraciones tradicionales, con estructuras previsibles y desenlaces lógicos: cada uno de ellos funciona como un campo de pruebas en el que el hilo argumental (si lo hay) y se disuelve siempre de manera imprevisible y con diversos grados de -creciente- delirio.
El inicio es inmejorable: en "Crimen perfecto", el primer cuento del libro, a partir de unos pocos elementos -una conversación, un reloj estropeado, una muerte- construye una impactante reflexión sobre el tiempo y el destino (con curiosas similitudes con el famoso capítulo acerca del origen del Dr. Manhattan de Watchmen). Después, la imaginación de Basara se dispara en todas direcciones: nos describe las últimas reflexiones de alguien que está cayendo desde la torre Eiffel ("Historia de una caída"), se burla despiadadamente de los tópicos de la novela detectivesca ("El maravilloso mundo de Agatha Christie"), narra una fiesta que oscila entre la tragedia y la farsa surrealista ("Guateque fatal"), una llamada de teléfono de Dios ("Perdido en el supermercado") o una carrera interminable y onírica de unos personajes bastante disparatados que no se olvidan de posar, finalmente, para los lectores, escribe un relato y, a continuación, una reseña hostil. Y como en el caso de Cortázar, cada uno de los veintidós relatos de este libro es una pequeña obra maestra llena de humor y fantasía: sólo es necesario entrar en el atrevido juego que nos propone Basara. ¿Se atreven?

03 abril 2012

Unas cuantas propuestas para la novela del nuevo milenio, o el crítico enamorado

El tiempo es un canalla

Jennifer Egan

Minúscula, 2011

ISBN: 978-84-95587-83-1

408 páginas

20 €

Traducción de Carles Andreu

Premio Pulitzer y National Book Critics Circle Award 2011


José Martínez Ros

En primer lugar, el reseñista va a hacer una confesión rabiosamente personal: después de leer El tiempo es un canalla, tengo la firme intención de recomendarlo allá donde me sea posible, y no pasará una semana sin que ruegue a las extrañas deidades de la literatura y el comercio para que se vendan muchos ejemplares. Confío que así Minúscula, la modesta editorial independiente que ha tenido el acierto de traernos una novela que se llevó el Pulitzer y el National Book Critics Circle Award, pasando por encima de la alabadísima Libertad de Franzen, se sienta impulsada a continuar publicando la obra de Jennifer Egan -de la que me declaro, desde ahora mismo, un rendido admirador-: tanto sus novelas y libros de relatos anteriores como las que vendrán en el futuro. No puedo aspirar a más, porque he comprobado que la señora Egan, además de una magnífica escritora, está felizmente casada y tiene un par de retoños.

¿Por qué me ha parecido tan buena El tiempo es un canalla? Supongo que porque no es una simple buena novela: es una buena novela de esta época, capaz de emplear las redes sociales, los e-mails y/o los sms con la misma eficacia que los autores del siglo XVIII y XIX utilizaban las cartas y los coches a caballo. El tiempo es un canalla ha reafirmado mi fe de que la buena literatura es indestructible y que hallará su lugar en la Era digital. Remontémonos un poco. En 1985, poco antes de su muerte, el gran escritor italiano Italo Calvino preparó una serie de conferencias en las que detallaba los seis rasgos que, en su opinión, debería poseer la literatura del siglo XXI. La muerte le sorprendió una semana antes de que llegara a pronunciarlas, pero aún hoy constituyen una obra clave para entender la literatura de la posmodernidad, la globalización e Internet. Me voy a permitir utilizarlas como plantilla para comentar el libro de Egan, que es, al tiempo, ejemplarmente posmoderno y clásico y, ante todo, una brillante y muy entretenida novela.

Lo primero que nos proponía Calvino para la literatura del futuro es la levedad: “hay que ser ligero como el pájaro, no como la pluma”. La novela de Egan se inicia con una secuencia divertida y, sí, muy ligera, un romance heterosexual de una sola noche entre treintañeros que se conocen por Internet, en una Nueva York post 11-S, complicado porque ella, Sasha es cleptómana. Un capítulo que le sirve a Egan para desplegar, con astucia y una engañosa suavidad, los temas principales del libro: la incomunicación, la mentira, la vieja y nueva soledad, el peso de los traumas de la infancia y la adolescencia en la vida adulta, la dificultad para establecer relaciones sentimentales sinceras en nuestra época de hiperconexiones. La segunda propuesta de Calvino es “rapidez” y la tercera es la “exactitud”; y desde las primeras páginas apreciamos un prodigioso -y muy cinematográfico o televisivo- sentido del ritmo, una prosa veloz y muy visual que nos conduce sin preámbulos al interior de sus desorientados protagonistas. No es, por tanto, nada extraño que el canal HBO haya adquirido los derechos de El tiempo es un canalla, con objetos de adaptarlo como una miniserie: mientras lo leía, me venía a la cabeza la magistral estructura de The Wire o el continuo enredo familiar de A dos metros bajo tierra. La cuarta es “la visibilidad”: la novela de Egan está plagada de imágenes poderosas que nos sitúan en una novela que zigzaguea de 1979 a las primeras décadas del nuevo milenio, empezando por el atronador hueco de las Torres Gemelas, pero que también incluyen un salvaje concierto 'punk' en Los Ángeles de los años ochenta, un safari en África -que además es una muy inteligente parodia de uno de los más famosos relatos de Ernest Hemingway-, el intento de violación de una joven estrella de Hollywood por un periodista con problemas psicológicos, donde además homenajea los particularísimos reportajes de David Foster Wallace, una publicista caída en desgracia contratada para lavar la imagen de un sanguinario dictador tercemundista o, incluso, el diario en PhotoShop de una niña del siglo XXI, un asombroso penúltimo capítulo que también es un bello poema visual.

La quinta propuesta de Calvino es la multiplicidad: siguiendo la estela de otras destacadas obras narrativas de los últimos años -pienso en, por ejemplo, Los detectives salvajes de Roberto Bolaño o El hombre de ninguna parte de Aleksandar Hemon- El tiempo es un canalla es una novela estructura como un libro de cuentos que nos permiten visualizar a los personajes desde distintas perspectivas y épocas, lo que, en cierto modo, también nos recuerda el majestuoso Cuarteto de Alejandría de Durrell, pero comprimido en un solo volumen. La última de las propuestas de Calvino es la consistencia: a pesar de los saltos en el tiempo ya citados, de los cambios de perspectiva de capítulo a capítulo que nos permiten juzgar a los protagonistas “desde dentro” y “desde fuera”, es, finalmente, una novela sorprendentemente unitaria y contundente.

Y recomendable.

Y muy divertida.

Espero que todos nosotros podamos leer pronto otras novelas de Jennifer Egan. Mientras tanto, empezaré a releer El tiempo es un canalla.

05 abril 2010

Un tipo con principios

Fabian. Historia de un moralista

Erich Kästner

Minúscula, 2010

ISBN: 978-84-95587-59-6

264 páginas

18 €

Traducción de Miguel Ángel Vega Cernuda


Ilya U. Topper


Aquello sí que era una crisis. No lo que hay ahora, cuando este término sirve para amenizar la conversación acompañada por tapitas en la Alameda (sí, compruébenlo: es imposible pillar una mesa libre un viernes por la tarde, y eso que la cerveza en las terracitas no se regala precisamente). Hoy no hay golpes de estado ni decretos de emergencia ni tiroteos diarios entre comunistas y fascistas en la calle ni esas esperas kilométricas en la oficina de empleo que retrata Fritz Lang en El Testamento del doctor Mabuse y que hacen creíble que su protagonista se metiera a delincuente porque estaba harto de esperar un trabajo honrado.

Lo digo porque entonces ―1931, pongamos que hablo de Berlín― todo eso lo hubo. Y en este contexto hay que visualizar a Fabián, el moralista. No sabría decir qué connotación tendría la palabra Moralist en el idioma alemán de los años treinta, pero está claro que al traducirla al castellano de 2010 como moralista adquiere un regusto a predicador católico que persigue a las parejas en los parques. Nada más lejos de Fabián. Historia de un tipo con principios, escribiríamos hoy tal vez. O emplearíamos algún derivado de la palabra ética. En todo caso, Kästner señala en el prólogo que el título (junto a la ausencia de algunos capítulos más rotundos) es un resultado de la censura editorial: el original rezaba Yéndose al diablo.

Porque la actitud nihilista de Fabián, la calma con la que observa, inicialmente, la loca carrera de las ambiciones a su alrededor, no puede salvarle. Arrastrado por el remolino, quien no está dispuesto a correr tras el poder, el dinero, la fama, acaba pisoteado por los ambiciosos, aquéllos que quieren triunfar a toda costa.

Y querer triunfar no es siquiera, en el contexto de la crisis, una ambición desmesurada o innecesaria: es simplemente sobrevivir, salvarse del hundimiento del Titanic, seguir nadando, no ahogarse. Ésta es la tragedia de Cornelia, tan creíble en su humanidad: ella también tiene principios, pero quien quiere sobrevivir debe saber renunciar a ellos. ¿Usted se acostaría con el productor para conseguir un papel en una película? ¿No? Igual sólo porque ahora no estamos en crisis.

Kästner (1899-1974) advierte en el prólogo que este libro es una sátira, no una fiel imagen de la época en la que fue escrito, porque “la caricatura, un medio legítimo del arte, es lo más extremo que el moralista puede emplear. Si tampoco sirve, es que ya nada sirve. Que nada sirva no es algo raro. Lo raro sería que el moralista se desanimara”.

En 1931, nada sirvió. El Fabian fue una de las obras que los estudiantes berlineses arrojaron a la hoguera pública en 1933, pocos meses después de que los diputados conservadores dieron su voto a un político nacionalsocialista que haría historia. Es sabido que Erich Kästner fue el único entre 24 escritores entregados a la hoguera, que se había presentado personalmente para presenciar esta “teatral desfachatez”, como la llamó (nunca se exilió, pese a que el régimen le prohibió no sólo publicar sino, incluso, escribir). Es menos conocido que en 1965, un movimiento juvenil cristiano volvió a quemar públicamente en Düsseldorf los libros de Kästner.

A diferencia de sus contemporáneos ―Bertolt Brecht, Kurt Tucholsky― convertidos en referencias políticas, la Alemania reconstruida, reacomodada, ya sólo conocería a Kästner por sus maravillosos libros infantiles (superventas durante décadas y llevados con frecuencia al cine), mucho menos por sus divertidas novelas para adultos, igual de tiernos y chispeantes que los que dedicó a los niños. Casi nadie lee el Fabian: es incómodo tratar con un tipo con principios. Y más cuando encima escribe con un humor negro, preciso, capaz de derribar las ilusiones. Cuando los fuegos artificiales de sus imágenes, sus diálogos, sus fotogramas de un Berlín a la deriva y alocado (ese sueño, tan Metrópolis, pero a color), se convierten en otros tantos cubos de agua fría.

“Si aquello que padece hoy nuestro estimado globo terráqueo le sucediera a un individuo, se llamaría parálisis. ¿Y qué se hace con el planeta? Se le intenta curar con infusiones de manzanilla. Todo el mundo sabe que se trata de una bebida únicamente agradable, nada eficaz. Pero no duele. Esperar y beber infusiones, piensan todos, y así, la idiotización pública progresa que da alegría verlo” (la traducción es mía, no porque no aprecie la buena labor de Miguel Ángel Vega Cernuda sino porque hoy no tengo a mano su versión).

Sí: ochenta años más tarde, la humanidad no ha superado las infusiones como medicamento para el planeta. Aunque de momento, en la Europa suroccidental, no nos afectan los retortijones.

Lean el Fabian: nunca viene mal irse preparando.