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23 noviembre 2012

Queridos dietarios

Alejandro Luque

No me atrevería a decir que estemos en una edad dorada de la literatura autobiográfica, las memorias, los diarios y los dietarios. Pero no cabe duda de que el renovado interés que las editoriales españolas vienen demostrando por el género está permitiendo descubrir a autores cuyo fuerte es precisamente esa forma de escritura del yo, tan digna como la mejor de las ficciones. He aquí dos casos ejemplares:


Piel roja

Juan Gracia Armendáriz

Demipage, 2012

ISBN: 978-84-92719-89-1

274 páginas

18 €




Escribir un libro como éste cuesta un riñón. En concreto, el que hubieron de trasplantar a su autor para poder seguir viviendo después de un largo proceso de hemodiálisis. Piel roja es la culminación de lo que el propio Gracia Armendáriz ha dado en llamar la Trilogía de la enfermedad, iniciada con La línea Plimsoll (2008) y continuada con Diario de un hombre pálido (2010). Una crónica morosa, de bien dosificada intensidad, que parte de un problema de salud -una dolencia renal- para derivar hacia reflexiones y preguntas de diversa trascendencia.

El primer acierto de Piel roja es el de acomodar una voz narrativa propia al formato de diario; el segundo, lograr que la narración se sacuda el ensimismamiento que tanto suele afectar al género, porque, como ha sabido ver el pamplonés, en la literatura diarística se trata también de escribir un relato. Este Piel roja –título alusivo a la recuperación del color por parte del paciente, una vez consumado con éxito el trasplante– resulta más unitario de lo que a simple vista parece, porque sus líneas argumentales remiten a un mismo centro: las posibilidades de heroísmo, o al menos de grandeza, que surgen cuando la vida te pone a prueba. Frente al tópico del ciudadano gris del siglo XXI, sumido en una existencia anodina, la épica de lo cotidiano.

Son muchos los casos que hilvana el libro: la gesta de salvar la propia vida y la formidable generosidad del familiar donante, la odisea que entraña la adopción de una niña en China, el coraje del padre que se enfrenta, a pecho descubierto, al fanatismo encarnado en los bárbaros de ETA. Y todo ello, espolvoreado con la ralladura de almendra de las lecturas, las películas, la música, el amor y los amigos, la vida paralela, y a menudo falseada, de las redes sociales. La épica, también, de dejarse la vida en lo que uno escribe. O, como mínimo, un riñón. 


Ratas en el jardín

Valentí Puig

Libros del Asteroide, 2012

ISBN: 978-84-9266-363-7

176 páginas

17 €





Los dietarios ofrecen al lector un ángulo especial para conocer a los escritores. A veces iluminan zonas de su personalidad que las ficciones ocultan, otras les permite asomarse a su intimidad a través de un agujero impúdico, o ponen sobre el tapete ideas políticas, literarias o vitales más o menos reveladoras. Lo seguro es que la lectura de un buen dietario siempre es un placer.

Es el caso de Ratas en el jardín, del periodista y escritor mallorquín Valentí Puig, que acaba de ver la luz con el mimo habitual en Libros del Asteroide, pero que data de 1985. Veintisiete años después, el público puede asomarse a aquel tiempo de Guerra Fría, a aquella Transición que ya empezaba a producir decepciones y aquella germinal Unión Europea que todavía era capaz de despertar ilusiones. Puig, buen conocedor y seguidor del gran Josep Pla, escribe a tumba abierta, con excelente tono –la mano del poeta de Blanc de blancs y Molta més tardor no pasa desapercibida– y sin posar para la galería. 

Ésta es precisamente una de las cosas más llamativas del volumen: que un señor de derechas no sólo no guarde las apariencias en público, sino que se abstenga de retocar su autorretrato –a la manera de un Jesús Pardo- cuando rescata sus cuadernos al cabo de tanto tiempo. A diferencia de sus Cien días del milenio, un diario que respondía a un proyecto premeditado, acotado en el tiempo y por tanto más artificioso, aquí tenemos la vibrante sensación de acercarnos mucho a la verdad del hombre. Amigo de los alcoholes y de la compañía de pago, además de mostrarse simpatizante con Reagan, el autor recrea la atmósfera a ratos fascinante y a ratos opresiva de la isla, dialoga con sus fantasmas íntimos y con sus referentes literarios, mientras afuera, en el jardín de su casa, se oye el movimiento de las ratas entre las hojas. 

Una extraña y feliz apuesta del editor Luis Solano que sólo nos deja una petición: ¿Para cuándo los demás dietarios de Puig?

26 octubre 2012

Publícalos suavemente


Mátalos suavemente

George V. Higgins

Libros del Asteroide, 2012

ISBN: 978-84-15625-05-6

230 páginas

16,95 €

Traducción de Magdalena Palmer



Fran G. Matute

No es que nos la vayamos a dar de pitonisos ahora, pero ya vaticinamos en su día que seguramente se editaría esta novela de George V. Higgins en castellano. Primero por el éxito incontestable de la publicación de Los amigos de Eddie Coyle -que por su magnitud pedía a gritos continuar con el rescate del resto de la bibliografía de Higgins-  y segundo porque había película en ciernes. Así que jugada comercial perfecta para Libros del Asteroide.
Lo curioso del caso es que todo lo que ya dijimos acerca del estilo de Higgins al hilo de la anterior novela se vuelve a cumplir aquí, en Mátalos suavemente (1974): diálogos de vértigo, realistas hasta decir basta, una estructura planificada al más puro estilo cinematográfico (excesivamente podríamos argumentar, pues la novela termina pareciendo como un esqueleto de escenas inconexas muy teatrales, visuales, minimalistas diríamos), ese Boston de los barrios bajos alejado del esplendor de la gran urbe… hasta el supuesto personaje principal no aparece antes de las cien primeras páginas (recordemos que el Eddie Coyle de la primera novela era en realidad un personaje tangencial sobre el que pivotaba la historia).
Visto así, parecería que Mátalos suavemente es más de lo mismo. Y no vamos a esforzarnos en desmentir lo anterior. Sólo que nos gustaría dejar claro que la inventiva y picardía de la prosa de George V. Higgins es tan potente que se podría haber pegado toda la vida haciendo la misma novela y un servidor seguiría leyéndolo ‘sine die’.
En cualquier caso, está claro que esta novela, la tercera en su haber, no es igual que Los amigos de Eddie Coyle. Evidentemente la trama es distinta, más de género incluso: una timba robada por dos atracadores de poca monta y una mafia que organiza a través de un sicario muy particular que se limpie su honor y algo más. Esta historia se resuelve en 19 escasas escenas en las que dos personajes, a lo sumo tres, tienen una conversación aislada de la que van surgiendo ideas con las que el lector debe ir montando el cuerpo de la novela. En este sentido, otros críticos más formados que yo han apuntado que la táctica narrativa de Higgins es la no de involucrarse nunca en la historia, la de actuar de mero narrador de los actos delictivos, como si le pareciera inmoral inmiscuirse demasiado en la psicología de sus personajes. Nos colamos en sus conversaciones, la mayoría huecas, sobre naderías domésticas, coches y mujeres y el vacío cotidiano se va entrelazando con la delincuencia que para unos mafiosos, o asesinos a sueldo o timadores de baja ralea es un elemento más del día a día.
A todo lo anterior llegamos gracias a una lectura febril y rápida. Ayuda, y mucho, la gran labor de traducción (en este caso la de Margarita Palmer, que consigue plasmar el verismo de los diálogos de una forma menos forzada incluso a como se leían en Los amigos de Eddie Coyle, y mira que entonces hablábamos de una traducción ejecutada por Hernán Sabaté y  la tristemente desaparecida Montserrat Gurguí) y el hecho de que esta novela sea, en comparación, una obra más lineal y, por qué no decirlo, menos original que el debut de Higgins. Pero con todo, en Mátalos suavemente, George V. Higgins sigue mostrando su maestría como innovador del género y la mejor sensación que nos puede transmitir leer esta obra es desear que se publique Digger’s game (1973), su segunda novela, y que vendría a completar esta particular trilogía de los bajos fondos de Nueva Inglaterra. Esperamos su publicación, suavemente, claro.

20 septiembre 2012

¿Preparado para la realidad?

Cristianos

Jean Rolin

Libros del Asteroide, 2011

ISBN: 978-84-9266-346-0

166 páginas

16,95

Traducción de Fernando González

Ilya U. Topper


Monsieur,

Es usted uno de los periodistas más celebrados de Francia, con una extensa obra de reportajes, ensayos, también novelas, y varios premios, entre ellos el Albert Londres, en homenaje a un excelente reportero del que hablamos aquí hace poco, con ocasión de su viaje por el mundo judío que lo llevó hasta Palestina. Resulta que usted ha ido a la misma Palestina, 70 años más tarde, pero para buscar el mundo de los cristianos, casi olvidados en esa tierra.

En esto tiene razón: los cristianos de Oriente Próximo están olvidados. Casi nadie habla de ellos. Hasta el punto de que muchos creen que “árabe” y “musulmán” son sinónimos. Y al paso que vamos, algún día lo serán, porque el número de los iraquíes, sirios, palestinos y jordanos cristianos no para de reducirse, sin gallo que les cante.

Y usted monsieur Rolin, tiene claro quién tiene la culpa: los musulmanes. Para demostrarlo, ha viajado a Palestina -a Belén, Ramalá, Gaza; hablamos de finales de 2002- donde espera escuchar de boca de los cristianos lo perseguidos que se sienten y lo mucho que sufren bajo el yugo musulmán. Pero se ha quedado usted estupefacto al oír que todos los cristianos le aseguran que sufren bajo el yugo israelí, no el musulmán, y que si hay milicias integristas musulmanas es porque hay una ocupación y que esta ocupación es el problema, y no el islam.

Esto no puede ser verdad, decide usted, y rebusca frases sueltas, muecas o gestos que demuestren su tesis: que en realidad, los cristianos sí se sienten amenazados por los musulmanes, pero que están tan aterrados que no se atreven a confesárselo a nadie. Un dato incontestable: muchos han emigrado y los demás quieren hacerlo; si el cónsul norteamericano repartiera visados en la plaza del pueblo, no quedaría ni uno, asegura. Pero usted no se pregunta, evidentemente, qué harían los palestinos musulmanes si alguien les repartiera visados. Ni, por si acaso, averigua si quizás las embajadas europeas y americanas dan efectivamente visados con mayor facilidad a los cristianos, lo que explicaría su mayor tasa de emigración (o si Israel les franquea con más facilidad el camino al aeropuerto, condición esencial para poder emigrar).

No, no: usted no trata de averiguar sino de demostrar. Si recibe respuestas que no encajan, es porque sus interlocutores falsean la realidad o no quieren verla; cuando una cristiana condena el asedio israelí a la Iglesia de la Natividad, pero no el hecho de que un grupo armado palestino (musulmán) se haya previamente refugiado en esta iglesia, lo achaca a la fe demasiado fervorosa de la muchacha y la imagino cantando feliz en el foso de los leones. Los leones, en esta metáfora, son los musulmanes, cabe colegir.

Desde luego, usted da con hechos que desmienten la buena convivencia: ataques a comercios cristianos tras una pelea, la prohibición no oficial pero ineludible de organizar cotillones en fin de año, la erradicación del alcohol en Gaza... Veamos: si usted quiso denunciar que al amparo de la ocupación israelí, grupos islamistas radicales están hostigando y aterrando a la sociedad palestina, le doy toda la razón. Es un hecho terrible y que merece una condena rotunda. Pero si usted cree que este hostigamiento sólo hace sufrir a los cristianos, y no a los musulmanes, se equivoca. ¿O piensa que los musulmanes no beben alcohol? ¿no celebran fiestas en fin de año? ¿no tienen miedo a las pandillas radicales?

No: usted tiene claro lo que son los musulmanes o lo que deberían ser. Cuando su conductor “aprecia y comenta con animación” el que en Beit Sahur las chicas vayan “vestidas a la occidental y con la cabeza desnuda”, usted infiere inmediatamente que aún así “debe de considerarlo un signo de depravación”. Porque es musulmán, claro, así milite en un grupo comunista, y ningún musulmán puede pensar que esté bien verle el pelo a una chica.

Usted prefiere imaginar, no saber. Cuando se encuentra usted con un cristiano condenado por los tribunales israelíes por “actos de resistencia”, usted, Jean Rolin, periodista, toma la decisión de “no interrogar nunca” a sus interlocutores “sobre la naturaleza exacta de sus actividades políticas” (aunque éstos consten en una sentencia de un tribunal, de dominio público).

Recuerde: no hablamos de un reportaje con un ramillete de entrecomillados que podría haber hecho cualquier becario en sus vacaciones, sino de un libro para el que usted se preparó durante dos meses (afirma) antes de pasar otros dos en Palestina. Con tanto tiempo y páginas a su disposición, usted podría habernos ofrecido una obra de referencia sobre quiénes son y cómo viven los cristianos de Tierra Santa. Pero es que ni se le ocurre hablarnos del principal Patriarcado palestino, el greco-ortodoxo, ni de sus obispos, que siempre son nativos griegos, ni de las tensiones entre esta cúpula espiritual (y económica) y su grey árabe, ni de las ramificaciones que esto tiene en la diplomacia israelí-griega.

Es cierto que cuando usted viaja a Jerusalén, en 2002, aún faltan dos años para que el sínode depusiera al patriarca Ireneo I por, supuestamente, vender tierras de la Iglesia a Israel, pero ya desde 2001 se acusaba a su predecesor, Diodoro, de actos similares. Pero usted prefirió cambiar el oficio de periodista por el de paisajista: de las 166 páginas de libro, un lector interesado en saber algo de cristianos deberá  restar al menos 45 en las que usted se dedica únicamente a describir la geografía de los lugares por los que pasa, con los nombres de todas las bocacalles y el aspecto de cada colina.

Una imagen de Palestina para la que yo no estaba preparado”, concluye usted el libro. Permítame que le diga: usted no estaba preparado porque no quiere admitir que la realidad le estropee una buena ideología. Siento decirlo, 'monsieur' Rolin, pero usted comete el mayor delito que puede cometer un periodista: hacer que la realidad en su cabeza prime sobre la que tiene ante sus ojos. Es como cuando nos quieren convencer de que las armas químicas de Sadam Husein existen sí o sí, y que “si los inspectores de la ONU se empeñan en no encontrar nada, a la larga resultará dificil defender la vía de las inspecciones como alternativa a la solución preconizada por los estadounidenses”.

Cuando usted le dijo esta frase a un cristiano palestino -“si los inspectores se empeñan en no encontrar nada”- , éste comenzó a mirarle con desconfianza, relata usted. ¿Sabe una cosa? No me sorprende.

[publicado en Mediterráneo Sur]

20 febrero 2012

La verdadera ficción 'pulp'

Los amigos de Eddie Coyle

George V. Higgins

Libros del Asteroide, 2011

ISBN: 978-84-92663-44-6

216 páginas

16,95 €

Traducción de Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté

Prólogo de Dennis Lehane


Fran G. Matute

Una historia caleidoscópica, que juega con los puntos de vista de los personajes. En la que conviven soplones, polis corruptos, traficantes de armas, camellos, ex-presidiarios. La mafia y los Panteras Negras. Por la radio lo mismo suena el 'rock' de The Rolling Stones, o el 'country' de Glen Campbell o el 'soul' de The Supremes. Se trata de un texto que lleva la interracialidad por bandera. También hay un personaje llamado Jackie Brown. Una azafata. Un robo. Un chantaje... Joder. Si hay hasta una conversación sobre la mayonesa. Que Quentin Tarantino copiaba (él prefiere la palabra "homenaje") ya lo sabíamos. Pero las conexiones de su cine con Los amigos de Eddie Coyle (1970) son preocupantes. Aunque lo más triste de esta historia es que, de alguna forma, me haya visto obligado a iniciar la reseña de esta novela de George V. Higgins, escrita hace más de cuarenta años, hablando de Tarantino. En cualquier caso, considero que la conexión con el director de Pulp fiction (1994) es relevante pues pone de manifiesto, una vez más, que todo está inventado y que el tan cacareado 'neo noir' de los 90 tenía ya mucha solera. Y es que Los amigos de Eddie Coyle es la novela más moderna que he leído en muchísimo tiempo. Qué coño. Es la mejor novela negra que he leído. Nunca. En esto coincido con el gran Elmore Leonard. Por cierto, que la película Jackie Brown estaba basada en un libro suyo, así que por ahí puede venir parte de las coincidencias...

Lo que más me ha fascinado de Los amigos de Eddie Coyle es que prácticamente está construida sobre diálogos. Son ellos el corazón de la novela. Unos diálogos de vértigo. Aceitosos, enjabonados, resbaladizos. No son diálogos fáciles de transcribir pues pretenden captar una jerga y una forma de expresarse que no se corresponde con la académica. Y en pantalla siempre me han parecido que quedan un poco forzados. Tanto "jodido". Tanto "negrata". Tanta retórica ("¿Me estás queriendo decir...?"). Pero Higgins los maneja con maestría y la traducción hace un excelente trabajo por traspasar esa conversación tan americana a un castellano fluido. De ahí que David Mamet tenga que salir siempre a colación en las reseñas literarias, pues hay mucho de su estilo en esta obra. A todo esto, siempre se ha dicho que los famosos diálogos de Tarantino son herencia directa del teatro de David Mamet, sobre todo su celebérrimo Glengarry Glen Ross (1984). Pero es que aquí estamos hablando de muchos años antes.

También tenemos que hablar de la estructura de la novela. Tiene uno que ir componiendo la narración extrayendo información de una conversación, de una situación aparentemente ajena, de diversos personaje sin clara conexión. Hasta el punto de que el único punto de unión parece ser un tal Eddie "Dedos" Coyle, del que todo el mundo habla pero que apenas se deja ver por las páginas del libro. Así que el título de la novela es muy acertado, porque son todos esos supuestos "amigos" de Coyle (ya explica perfectamente Dennis Lehane en el prólogo -una sugerencia: no lo leáis hasta que no terminéis la lectura de la novela- que Eddie no tiene amigos) los verdaderos protagonistas, aunque ellos mismos no lo sepan.

Quizás por culpa de la adaptación cinematográfica de esta novela (que dirigió Peter Yates en 1973 y en España llevó por título El confidente), quise asociar, en un principio, esta obra con una corriente de 'best sellers' criminales, efectivos, pero de segunda fila, como Pelham Uno, Dos, Tres (1973) de John Godey (que era el pseudónimo de Morton Freedgood). Muchas de estas novelas de consumo terminaron convirtiéndose en excelentes películas de culto (la citada obra de Godey fue adaptada por Joseph Sargent en 1974), como por ejemplo The looters (1968) de John Reese, cuya adaptación al cine vino de la mano de Don Siegel bajo el título de La gran estafa (1973), película profusamente "homenajeada" por Tarantino en su Pulp fiction, todo sea dicho de paso. Pero la verdad es que, con independencia de la línea estética que puedan sugerir las citadas películas, que remiten a un 'thriller' urbano de fuerte calado 'pulp', la novela de George V. Higgins termina teniendo mucha más entidad literaria de la que se le supone en un principio.

Los amigos de Eddie Coyle lidia, por otro lado, con uno de los temas menos manidos dentro de toda la parafernalia del 'thriller': el de los soplones. Y lo hace desde la perspectiva más alejada del heroísmo. El soplón no es el más listo de la clase ni el que tiene engañados a todo el mundo. Es un paria. Una rata del sistema. Un sistema corrupto que en la novela de Higgins parece perpetuarse, validando la opresión del pobre diablo -y hasta aquí podemos leer sin comprometer la trama-, en una especie de eterno retorno nietzscheano. Dicha aliteración temática también se ve reflejada en la estructura de la novela. La repetición del 'modus operandi' aplicado a los atracos. Los paralelismos vitales entre Coyle y Brown. La poética de los intercambios. Las escuchas ilegales.

A pesar de la sordidez del relato, Higgins no evita introducir a lo largo del texto un tono humorístico muy sofisticado y moderno, elemento éste que aporta, más que una vía de escape, verismo a la historia. No puedo dejar de mencionar el desternillante pasaje en el que un traficante de armas de medio pelo se presenta a un intercambio con la compra del supermercado recién hecha, más temeroso de lo que le pueda decir su señora si vuelve a casa sin la compra que de los aprendices de gángster con los que trata.

Y luego está el Boston alternativo que describe Higgins, lejos de la magnificencia de la llamada ciudad más europea de Estados Unidos. Un Boston frío y otoñal, de descampados, polígonos y autocaravanas. Los amigos de Eddie Coyle no deja de ser una novela urbana, pero sus personajes quedan muy lejos de la zona de influencia de las Ivy Leagues.

En relación con lo anterior, nos ha resultado muy interesante rescatar el capítulo que Quim Casas escribió para la revista Nosferatu, dentro del volumen dedicado a El 'thriller' USA en los 70. En sus reflexiones sobre El confidente, Casas lo describía como un 'film' "extraño y atonal, simétrico como la geografía impoluta de Boston donde transcurre la acción". Una historia de "melancolía, encuentros clandestinos, sentido del humor y un Boston periférico, residual, gélido". Un 'thriller' "interior", de "métrica lenta y costumbrista". Aún refiriéndose a la adaptación cinematográfica, dichas descripciones se nos antojan plenamente aplicables a la novela de Higgins, pues la película de Yates no es solo tremendamente fiel al texto sino que capta a la perfección el tono y la ambientación de la obra en la que se basa.

Sentado lo anterior, no deja de fascinarnos el hecho de que Los amigos de Eddie Coyle sea la obra de debut de un escritor, probablemente uno de los bautizos más contundentes que ha dado el género. Aunque resulta patente que detrás de esta novela hay muchos años de oficio en la sombra y mucha primera novela fallida, como el propio autor ha confesado en alguna que otra entrevista. Quiere uno, por tanto, seguir leyendo a Higgins. Quiere uno leer The digger's game (1973) y Coogan's trade (1974) -esta última me imagino que dentro de poco no será tan difícil de conseguir, ya que está pendiente de adaptación cinematográfica por parte de Andrew Dominik-. Sirva esta éxitosa recuperación de Libros del Asteroide para poner en el mapa a uno de los escritores más impactantes y modernos que ha dado el género. Sirva para reconocer que George V. Higgins es el verdadero pionero de la ficción 'pulp' contemporánea.

09 enero 2012

Calderero, sastre, soldado... chupatintas


El frente ruso


Jean-Claude Lalumière

Libros del Asteroide, 2011

ISBN: 978-84-92663-38-5

186 páginas

17,95 €

Traducción de Paula Cifuentes



José María Moraga

“Si usted conoce o no la diplomacia” -decía en uno de sus poemas antiimperialistas Pablo Neruda- “es asunto que no interesa a nadie”. Continuaba diciendo que “esta ciencia tiene sus recodos”, y queda claro que Jean-Claude Lalumière (Burdeos, 1970) sí que los conoce, siendo asunto que debe interesarnos a todos. Gracias a ello, el autor francés ha debutado con una estupenda novela cómica titulada El frente ruso. La lectura de El frente ruso me ha producido un número considerable de carcajadas (no sonrisas: carcajadas), algo que de por sí debe ser objeto de admiración. Con todo, la obra no es perfecta, no sé si achacar sus defectos a su brevedad excesiva (volveré sobre el tema) o a mis posibles ideas preconcebidas sobre una primera novela: aquello de “apunta maneras” o “esperemos que en la próxima se corrija”.

Pese a su título, el libro no tiene nada que ver con Von Manstein ni el mariscal Rokossovski: nada de Panzers aquí, ni de T-34s. El “frente ruso” al que el joven protagonista (¿Trasunto del propio Lalumière? ¡Ah, la falacia biografista…!) es enviado no es sino un departamento del Ministerio de Asuntos Exteriores francés. En concreto, la “Oficina de los países en vías de creación. Sección Europa del Este y Siberia”, de ahí el ominoso sobrenombre. Recién incorporado a la función pública, el protagonista -ávido de experiencias exóticas y de viajes enriquecedores- debe, por culpa de un mal traspiés, desenvolverse en una oficina completamente inoperante, rodeado de compañeros excéntricos.

Esta oficina, en la que una prometedora carrera diplomática se halla condenada al estancamiento, podría recordarnos por su inoperancia y normativas absurdas al afamado “Vuelva usted mañana” de Larra. Sin embargo, en estos tiempos de funcionariado en la picota y recortes en el sector público, no conviene olvidar que en su afamado artículo Mariano José el romántico estaba criticando no al Estado sino a los empresarios españoles. El espíritu kafkiano (ya que no su forma experimental) ronda también los despachos en algunos momentos, en especial durante un descacharrante incidente relacionado con una paloma.

Otro referente del subgénero oficinista podría ser Bartleby, el escribiente de Melville, pero antes que una actitud nihilista y extintiva, frente al ambiente que lo rodea el oficinista de El frente ruso adopta una filosofía de mejoras y reformas más cercana a la de Ignatius J. Reilly y su “Cruzada por la Dignidad Mora”, pues aunque a priori pueda parecer sensato, todas sus iniciativas acaban teniendo consecuencias disparatadas.

Pese a contar con una trama jalonada por varios episodios, con personajes secundarios (esos padres, esos compañeros de trabajo, sobre todo la que acaba en ligue) y con una clara voluntad de hacer evolucionar al protagonista, tras leer esta novela me ha quedado una sensación de incompletitud difícilmente explicable. Trataré de argumentarlo diciendo que no sobra nada, nada de lo que hay está mal, pero faltan algunas cosas. La brevedad del libro parece apuntar a una “falta de cocción” más que a un propósito de concisión, si se me permite decirlo así. Queda por tanto por comprobar si Lalumière no ha querido o no ha sabido dejarnos con una obra más completa y con más peso específico, porque lo que podría haber sido un novelón de humor no pasa de una comedia ligera.

En conclusión, El frente ruso de Jean-Claude Lalumière no es un triunfo pleno, pero aunque pueda adolecer de los clásicos defectos de indeterminación atribuibles a una obra de debut, sus méritos sobrepasan de largo sus carencias, por lo que el sabor de boca que esta breve novelita satírica nos deja es mejorable, sí, pero así y todo ciertamente magnífico. Mucho talento en potencia que todavía no se ha desarrollado del todo, al que habrá que seguirle la pista atentamente.

19 octubre 2011

Algo más profundo que un crimen

Martin Dressler. Historia de un soñador americano

Steven Millhauser

Libros del Asteroide, 2011

ISBN: 978-84-92663-45-3

272 páginas

21,95 €

Traducción de Marta Alcaraz

Premio Pulitzer 1997


Manolo Haro

Qué duda cabe de que en la ficción el principio activo del mundo es el narrador, un fuerza demiúrgica que va compactando el terreno, pasando las hojas del calendario, aproximando el oído con suma delicadeza a las agujas del reloj para que éstas avancen o retrocedan, y posando a sus personajes recién nacidos en un limbo que dejará de serlo en cuanto el lector reactive el fluir de la historia con su imaginación. Es difícil crear un mundo. Más aún si ese mundo se llama Nueva York y está surgiendo entre la niebla que sube del Hudson en el siglo XIX, una bruma que desperfila tímidas grúas, trechos rocosos y un ganado que pace con un ojo puesto en la hierba y otro en los primeros rascacielos que erupcionan con el magma novedoso del acero industrial. Entre el celaje matinal de la Nueva Babilonia escribe Steven Millhauser esta prodigiosa fábula llamada Martin Dressler. Asistimos a la creación una obra de solvente arquitectura literaria que corre a la par con la construcción de un mundo de interiores y exteriores decimonónicos que hacen que la novela tenga el valor de una caja preciosa taraceada con mimo por un artesano habilísimo.

La línea cronológica de la existencia del protagonista viene jalonada por sus hitos en el mundo de los negocios a partir de la ayuda que le ofrece a su padre en una tabaquería de un barrio lleno de inmigrantes judíos alemanes. Dressler medra a fuerza de empeño, agudeza y perspicacia. Vanderlyn es el nombre del hotel que le sirve para ir saltando de un puesto a otro hasta entender las matemáticas inciertas del riesgo empresarial. Su propietario, el señor Westerhoven, se cierra en banda ante cualquier novedad, cosa que el joven aprendiz respeta pero no acepta. En el río caudaloso del trabajo incesante, el agua se remansa con el amor, pero será aquí donde surjan los verdaderos conflictos de intereses de Martin Dressler. Su cómoda posición social, con veintipocos años, lo coloca en una situación ventajosa para moverse en ese Nueva York de fin de siglo. El encuentro con Margaret Vernon y sus dos jóvenes hijas, Caroline y Emmeline, cambiará el curso de sus días para siempre.

La novela prescinde de datos accesorios. Su elegancia reside en entretenerse en modelar con tino de relojero un espacio en el que aparecen los personajes casi sin dialogar entre ellos en la primera parte de la obra; el narrador nos ofrece sus voces asordinadas tras la cortina de la suya y nos deja a solas con sus actos, a los que hay que estar realmente atentos para completar unas personalidades a veces sugeridas. Parece como si estuviera más preocupado en un principio, como decía, en crear los rincones y las espaciosas avenidas donde convergen las vidas de estos individuos antes de dejarlos campar a sus anchas. La asociación de Dressler con Dundee (un hacendoso hombre que trabaja en el mantenimiento del Vanderlyn), la toma de contacto con Harwinton (un publicista lector de los Principios de la psicología de William James, tan en boga por aquel tiempo) y la empatía visionaria el diseñador Rudolf Arling convierten al joven en, primero, un prometedor empresario de una cadena de cafeterías y, luego, en un deslumbrante y quimérico creador de arquitecturas hoteleras que se plantean como microciudades dentro de la ciudad en las que se mixturan elementos teatrales y pastiches museísticos con grandes almacenes y ambientes rocambolescos. A medida que avanza en su carrera empresarial, sus hoteles van adquiriendo un misterioso toque que termina en el delirio absoluto del Gran Cosmo.

Steven Millhauser podría convencer a los lectores de ciencia-ficción que esta es su novela; también podría hacer lo mismo con los amantes de la narración decimonónica. A aquéllos los atraparía por la agudeza de la imaginación del protagonista llevada hasta el paroxismo en su afán por ver más allá de su propio presente con un cerebro en continua incandescencia (de haber materializado todos sus sueños, Dressler hubiera convertido Nueva York en la Metrópolis de Fritz Lang); a éstos les atraería la mera forma de narrar que concede homenajes sesgados al Realismo con una trama sentimental en la que no falta una curiosa forma de adulterio. Su extraño hibridismo convence también por sí solo a los que no se encuentran en ninguno de estos polos estilísticos.

En el modélico y tradicional Hotel Vanderlyn los cuadros de las habitaciones cantan, cual cisne moribundo, la caída de un mundo de referentes urbanos que se desmorona ante la llegada de otras representaciones que tendrán lugar en el recién estrenado siglo XX: las vistas del Gran Canal, de la Torre de Londres y del Arco del Triunfo palidecen ante la llegada de las litografías coloreadas con imágenes de Central Park, el Puente de Brooklyn o Madison Square. Esta novela resulta una excelente forma de revivir un tiempo en el que Manhattan se estaba convirtiendo en lo que el imaginario occidental entendería con una la Gran Urbe, copiada, representada, fotografiada hasta la saciedad en nuestros hogares.

Las críticas que le dedicaron las revistas de arquitectura a la última gran alucinación de Martin Dressler en la novela, el Hotel Gran Cosmo, fueron devastadoras. Se pregunta el narrador que tal vez castigaran a su dueño por crear “algo más profundo que un crimen, por un deseo, por el deseo prohibido de crear el mundo”. Que conste que Steven Millhauser lo hace, pero a cambio le concedieron el Pulitzer en 1997. No hay nada más que añadir.

11 agosto 2009

Urbanismo para después de una guerra

El hombre del traje gris

Sloam Wilson

Libros del Asteroide, 2009

ISBN: 978-84-9266-301-9

375 páginas

21,95 €

Traducción de Baldomero Porta

Prólogo de Jonathan Franzen


Manuel Haro

Greentree Avenue, un barrio residencial de Wesport, Connecticut, es un cruce de caminos donde las familias que lo habitan esperan trasladarse algún día a un mejor lugar. En uno de estos hogares viven Tom y Betty Rath con sus tres hijos. Tom es un veterano de la 2ª Guerra Mundial que vive acuciado por la necesidad de ganar más dinero y abandonar definitivamente el barrio. La muerte de su abuela paterna le hace heredar una casa con vistas al mar, pero la existencia de un viejo mayordomo, ligado a la familia desde siempre, hace peligrar este salto social al que su mujer no está dispuesta a renunciar. Además, consigue un empleo como publicista en una importante empresa, cuyo propietario, el señor Hopkins, conforma una especie de hombre hecho a sí mismo, con gran capacidad de trabajo y un indudable talento para conseguir lo que se propone, que Tom admirará desde el primer momento.

Este es, con un severo corte de pelo, el hilo argumental de El hombre del traje gris, novela que bascula entre el pasado y el presente de Thomas R. Rath. El pasado se vincula con la decadencia de una familia pudiente, con la muerte de un padre en accidente de tráfico después de volver de los campos de batalla de la Gran Guerra y con el sonido sordo e incesante de la propia experiencia del protagonista en la 2ª Guerra Mundial. Por otro lado, el presente, en sórdido contraste con ese tiempo dejado atrás, aparece moteado por la fatua necesidad de ascender socialmente a partir del hogar y el trabajo. Ese ascenso laboral enfrenta al hombre del traje gris con el recuerdo de su vida en Europa, de un color intenso, a veces dramático (la muerte en el campo de batalla), a veces poético (siete semanas junto a María, una italiana que le hará olvidar la cruda realidad de la contienda y a la que se dará con sincero amor), pero sin duda más vívido que su actual y gris existencia.

Sloam Wilson (Norwalk, 1920-Virginia, 2003) supo extraer de su propia experiencia como soldado en buques de marina durante la guerra la carne que palpita entre estas páginas. La novela El hombre del traje gris se publicó en 1955; su posterior adaptación cinematográfica con Gregory Peck como protagonista le permitió a su autor dedicarse por entero a la escritura, aunque ninguno de sus títulos alcanzaría tanto reconocimiento por parte de sus lectores. Con una escritura contrapuntística, que muestra magistralmente la imposibilidad de volver a la casilla de salida tras el bagaje brutal de la guerra, hace hablar a los vencedores-vencidos que tuvieron la oportunidad de volver: “Entre la paz y la guerra hay que trazar una línea clara; el pasado hay que olvidarlo”, pensará Tom. Ese contrapunto de la experiencia bélica que puede observarse en gran parte de la obra surge con fuerza en el crudo monólogo interior del personaje principal. La novela está repleta de diálogos agudos y brinda una visión veraz del mundo de la publicidad, el derecho y la especulación inmobiliaria (el capítulo XXI es un utilísimo opúsculo aún hoy de cómo funciona el negocio). Tal vez, como ocurriera con el film Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946), al final de la obra hay cierta concesión al sentimentalismo y una conclusión algo tendente a la redondez, lo cual no despoja de valor a una novela que se lee con entusiasmo y emoción.

La vuelta de los soldados estadounidenses a su país tras la 2ª Guerra Mundial vino acompañada de la promesa prometeica que se le hace a los vencedores: disfrutar del robo del fuego a los dioses olímpicos como festín ganado a la historia. Pero esto, para muchos, no fue así. Tal vez la clave la regaló el protagonista en estas palabras: “El secreto está en aprender a creer que vivimos en un mundo completamente inconexo, en un mundo demente en el que lo que ahora es verdad entonces no lo era”.

17 junio 2009

La novela bizantina de Belmonte


Juan Belmonte, matador de toros

Manuel Chaves Nogales

Libros del Asteroide, 2009

ISBN: 978-84-936597-9-0

376 páginas

17,95 €

Prólogo de Felipe Benítez Reyes



Manolo Haro

La sinuosa recuperación editorial que en los últimos años se está llevando a cabo con la obra de Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944) extrae del limbo del olvido a una de las plumas más versátiles del reportaje periodístico español. A pesar de contar con diferentes títulos publicados en ediciones de bolsillo (Alianza y Espasa-Calpe) y de haber visto la luz su obra narrativa (felizmente reeditada) y periodística (recién salida de imprenta) completas ambas gracias a la Diputación de Sevilla, es ahora cuando Chaves Nogales llega a las mesas de novedades, vistoso y apetecible, de la mano de Libros del Asteroide con El maestro Juan Martínez que estaba allí y con el volumen que nos ocupa, Juan Belmonte, matador de toros.

La génesis de esta obra puede rastrearse a partir de una pregunta que el diario madrileño Ahora, del cual era redactor jefe el autor, lanzaba a sus lectores a finales del año 1934: “¿Recuerda usted cómo era la vida en España a principios de siglo?”. Entre las muchas respuestas que llegaron al rotativo, estaba la de Juan Belmonte. No resulta difícil imaginar, tras la lectura de esta genial biografía, lo que llevó a Chaves Nogales hasta su paisano: Chaves Nogales sabía del tamaño humano, de la personalidad y de la vida de un mito vivo del toreo; también sabía que la cita con Belmonte le regalaba la posibilidad de volver a recrear una Sevilla que uno y otro compartieron separadamente. El fruto de estos encuentros vio la luz en forma de “folletín-reportaje” con 25 entregas de la revista Estampa entre junio y diciembre de 1935.

Javier Marías ha afirmado que esta biografía se lee como una novela. Cierto. Tal vez tenga incluso que sumársele al título de novela el marchamo de bizantina, cuajada como está de aventuras y viajes por la Península y por América. Detrás de un riquísimo anecdotario, unas veces amargo, otras hilarante, está un tipo humano que nunca se vio a sí mismo como un héroe. El estilo vital y taurino de Belmonte, como él afirma, deviene en espiritualidad: surge de la oscuridad de la muerte entrevista de niño en forma de hombre ahorcado en su barrio; del babero negro colocado a la pérdida de su madre y de la consiguiente soledad; de las noches en las dehesas tentando toros invisibles; y del hambre y la racanería de la fama.

El escritor ha desaparecido, ha sabido templar su pluma y darle todo el protagonismo al torero. Por ello esta obra sobrecoge y nos emociona. No hay truco. La escritura borbotea con una naturalidad implacable. Pero, además, leer estas páginas a la luz del suicidio de Belmonte le otorga un sesgo extraño. Hay en ciertos pasajes un aviso de este inapelable 'fatum', donde las palabras del diestro se conforman como su propio coro griego, por ejemplo, en sus maneras de torero y, aunque resulte insólito, en su enfermiza relación con la lectura. De niño, las novelas de Salgari lo llevaron a fugarse de su casa de Triana junto a un amigo en dirección a África para matar leones; una vez visto el mar de Cádiz, se amedrentaron y volvieron. Una chiquillada. Pero allá por 1915, los libros le llevaron a la monomanía de la autoinmolación con una pistola que había comprado en París. Uno de sus autores de cabecera en aquellos días fue D'Annunzio, del que tomó este adagio como forma de vida: “El peligro es el eje de la vida sublime”.

Tal vez en la figura de Ernest Hemingway haya algo que nos recuerde a los dos sevillanos. El periodismo y el flirteo con la muerte en todas sus formas son un binomio presente en la vida del norteamericano: las corresponsalías de guerra, el amor por la Fiesta, los safaris africanos, la pesca extrema, las armas y el suicidio.

Chaves Nogales perteneció a una estirpe de escritores que creían en la literatura comprometida. “Andar y contar es mi oficio”, decía. De ahí que cubriera la revolución bolchevique, la gestación de los fascismos o los albores de la Segunda Guerra Mundial. Hemingway también confió en que esa relación entre la historia y la escritura era la única forma de entender la labor periodística.

La parte belmontiana de Hemingway está alejada de la prensa. El autor fue sometido a una terapia de electrochoque en la clínica Mayo dado su estado depresivo. “¿Qué sentido tiene destrozarme el cerebro y aniquilar mi memoria, que es el único capital que poseo y retirarme de la escritura de por vida?”, afirmó en cierta ocasión. Antes de todo esto, cuenta Herrera Sotolongo, su médico personal en Cuba, en la finca Vigía el escritor se sentaba descalzo en una poltrona, colocaba la culata de la Mannlicher Schoenauer 256 sobre la alfombra y se inclinaba hasta apoyar el cielo de la boca en el cañón del fusil. Sonreía y decía: “El paladar es la parte más blanda de la cabeza”. El suicidio del escritor tuvo lugar en julio de 1961. Cuentan que Belmonte cuando se enteró manifestó: “Bien hecho, Ernesto”.

Al final de Belmonte, matador de toros figuran estas palabras. “Todo esto que he contado es tan viejo, tan remoto y ajeno a mí, que ni siquiera creo que me haya sucedido”. En la remota mañana del 8 abril de 1962, el torero se descerrajó un tiro en la cabeza en su finca de La Capitana. No duden en leer “todo esto” que ocurrió antes.