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02 marzo 2011

Haciéndose el muerto con las botas puestas


Un general confederado de Big Sur

Richard Brautigan

Blackie Books, 2010. Biblioteca Brautigan

ISBN: 978-84-938272-2-9

168 páginas

19 €

Traducción de Damià Alou


Fran G. Matute

Ya avisamos por aquí que Blackie Books amenazaba con crear una "Biblioteca Brautigan". Y parece que van en serio. Tras la marcianada que supuso La pesca de la trucha en América (1967), la editorial de la perrita Blackie se nos descuelga ahora con la que fue la primera obra publicada (que no escrita) por el inclasificable Richard Brautigan, que atiende al título de Un general confederado de Big Sur (1964).

Si en La pesca de la trucha... nos enfrentábamos a un texto de fuerte arraigo neotrascendentalista (por decirlo de alguna forma), con Un general confederado... Brautigan pretende ofrecer su particular visión del pasado histórico de los Estados Unidos (por decirlo también de alguna forma). Tomando como excusa el encuentro fortuito entre Jesse -un personaje inventado por el autor para entrometerse en su propia historia- y Lee Mellon, renegado (y desdentado) descendiente de uno de los generales confederados que supuestamente participó en la batalla de la Espesura durante la Guerra Civil norteamericana, Brautigan construye con su particularísimo estilo ¿naïf, lisérgico? una narración sobre la amistad de dos chalados en plena California de los años 60 en busca de un pasado inexistente.

Y es que entralazando las psicotrópicas aventuras de Jesse y Lee (a modo de ejemplo, baste decir que ambos terminan viviendo de forma naturista en una cabaña -al más puro estilo Thoreau en Walden- situada al lado de un estanque infectado de ranas que no cesan de croar por la noche, problema que se verá resuelto gracias a dos caimanes que terminan convirtiéndose en sus mascotas), Brautigan es capaz de integrar destellos de conciencia cultural (referenciando a gente tan dispersa como Mark Twain, Walt Whitman, Horatio Alger o Humphrey Bogart) e histórica (mencionando a los indios paiutes de Big Sur, la leyenda de Paul Bunyan o la batalla de Agincourt).

Así que Un general confederado de Big Sur termina siendo una reflexión más profunda de lo que aparenta y seguramente su estilo "convencional" (sobre todo si la comparamos con La pesca de la trucha en América) ayuda a digerir los excesos (por qué no decirlo, infantiles) que viven sus protagonistas. Se recuerda una California llena de vida, poblada por personajes insólitos (la groupie Elaine, el agregado incendiario de Roy Earle...) que ciertamente retratan los clichés de la época (drogas, playas, chicas fáciles) pero que, a su vez, ayudan a enlazar aquélla filosofía con un pasado que honra el presente aunque su búsqueda se represente como una sucesión de gags y diálogos pueriles.

Como ya hemos apuntado antes, no todo en Un general confederado... es jijí y jajá. Servidor ha podido entrever en más de un pasaje cierto vínculo con la tradición americana. Mellon buscando cigarrillos a lo largo de la costa de Big Sur bien podría ser una metáfora de la Ruta del Tabaco. Jesse rememorando Gettysburg, es un directo homenaje al general Lee y al teniente general Grant. Y por último tenemos al propio Brautigan introduciendo al final del libro, como si fuera una nota al pie de página de la historia, la "verdad" sobre el bisabuelo de Lee Mellon cuya participación en la Guerra Civil estadounidense fue parecida a la de Céline en la Gran Guerra.

Resulta, pues, que aquélla sutil clarividencia que intuíamos en La pesca de la trucha... no era fruto de la casualidad. Brautigan es un escritor muy capaz, con un mensaje-reflexión (¿mantra?) que si bien, en ocasiones, es difícil de apreciar al encontrarse oculto en su caleidoscópica prosa, en ningún caso surge del azar. Dicen que si te acuerdas de lo que sucedió en los años 60 es que no estuviste allí. Pero Brautigan no necesitó nunca tirar de archivo ya que sus escritos forman parte integral de una cultura rica pero denostada por los 'hipsters' de hoy día, que únicamente reconocen la estética y no la "ética" de aquélla línea de pensamiento. Resulta, por tanto, reconfortante poder leer ahora este tipo de textos, a salvo del peso de la historia que ya los juzgó, y encontrar su valía escondida bajos las botas de los caídos en el fragor de la batalla. Aunque éstos estén haciéndose el muerto y cuando apartemos la mirada, los veremos correr desnudos colina abajo gritando a la luna "¡Sopa Campbell!".

01 octubre 2010

Por un trascendentalismo de agua dulce


La pesca de la trucha en América

Richard Brautigan

Blackie Books, 2010. Biblioteca Brautigan.

ISBN: 978-84-937362-5-5

Nº de páginas: 172

Precio: 19 €

Traducción de Pablo Álvarez Ellacuría



Fran G. Matute

A pesar de que en España ya se habían publicado (sobre todo en Anagrama) otras obras de Richard Brautigan, da la sensación de que con esta estupenda edición de su novella más famosa se haya descubierto por primera vez a este extraño autor. “¿Y quién es Brautigan?” se preguntan en la curiosa e informativa sobrecubierta que acompaña a La pesca de la trucha en América (1967). Pues fue uno de los personajes definitivos de la era hippie. Un poeta lisérgico y melancólico que vivió la vida en sintonía con la naturaleza, si bien no sabemos si lo hizo consciente o inconscientemente. En cualquier caso, ni el alcohol ni las drogas evitaron que Brautigan se convirtiera en un icono de una generación y que aguantase en este mundo hasta los años 80. Un tiro en la cabeza puso fin a su talento. Y los gusanos hicieron el resto durante días hasta que encontraron su cadáver.

Pero cuestiones personales al margen, ¿cómo podemos evaluar un artefacto tan reconocido como La pesca de la trucha en América hoy día? De sobra es sabido que hay obras que envejecen mal, pero me atrevería a afirmar que La pesca de la trucha en América no es una de ellas. Mi presentimiento es que siempre fue así. No es que se haya quedado obsoleta. Es que siempre fue un inconexo relato escrito por un pirado que por cuestiones aleatorias encontró su público en el San Francisco del año del amor y de las flores. Juzgar por otro lado si Brautigan es un autor meritorio literariamente sería harina de otro costal.

Pero, por otro lado, no reconocer la cercanía y la inocencia que rezuman sus palabras sería una falacia. El discurso que Brautigan transmite en La pesca de la trucha en América lo alinea con obras capitales del Trascendentalismo de Nueva Inglaterra, como Naturaleza (1836) de Ralph Waldo Emerson o Walden; la vida en los bosques (1854) de Henry David Thoreau. Pero tampoco es difícil imaginar a Ginsberg o a Ferlinghetti firmando esas palabras. Se trata por tanto del eslabón perdido entre el trascendentalismo y el hippismo, que en sus reflexiones (si se las puede llamar así) abunda en el naturismo del ser humano a través de psicodélicas digresiones, humorísticas la mayoría de ellas debido al absurdo del discurso propuesto, pero nostálgicas en otros muchos pasajes.

Así que, del mismo modo que juega Brautigan con el título de su obra dentro de su novela (hasta el punto de cosificar el título para dar nombre a múltiples objetos, personajes y lugares), La pesca de la trucha en América se nos antoja una metáfora válida de una época narrada por alguien autorizado para ello a través de su propia experiencia vital. Y esto es lo que más valor da, en nuestra opinión, a una obra tan aparentemente dispersa que definitivamente no está destinada para todos los públicos. Habrá quien vea en ella un mamarracho escrito por un ser incapaz y habrá quien la considere una obra capital de la contracultura. Pero en cualquier caso, se trata de un documento inevitable para conocer una nación y un fenómeno social que impactó en todos los ámbitos con mucha más fuerza y autenticidad que, por ejemplo, las huelgas generales en la edad moderna a la hora de reivindicar un mundo mejor.

En cualquier caso, os guste o no, Blackie Books tiene pensado construir una “Biblioteca Brautigan”. Así que los que se quieran subir al tren que estén atentos a la próxima parada y los que no comulguen con su filosofía absténganse de leer La pesca de la trucha en América, en la que pocos consejos para ir de pesca van a encontrar y sí muchos quebraderos de cabeza, y al final del todo un bote de mayonesa.