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29 abril 2011

Yo la tengo más larga

25 centímetros

David Refoyo

DVD ediciones, 2010. Colección "Los 5 elementos".

ISBN: 978-84-96238-96-1

144 páginas

14 €



Carolina León


Escribo esto en medio de una de esas euforias futbolísticas, que sucede más allá de las paredes del cuarto. Me pongo a elucubrar sobre la posible existencia, en otro mundo, de “ligas porno”, de un lugar en el que el bien y el mal se dilucidaran sobre camas y sofás y la importancia social tuviera que ver con el tamaño del sostén o, claro, el del miembro masculino. Digo en otro mundo, pero probablemente eso ya está pasando. Es el mundo de la novela 25 centímetros, debut editorial del zamorano David Refoyo, el de los que no somos 'football-stars' ni 'celebrities' ni gente guapa de ninguna clase.

En verdad, su punto de partida es la exultante frase “Ramoncín no tiene ni idea”. Probablemente de las mejores primeras frases de una novela española en los últimos diez años. Los 25 centímetros de Refoyo son una excusa para poner luz sobre una serie de temas que afectan a nuestra cultura y valores, pero van más allá de la “agenda del minuto”: Internet mueve grandes cantidades de dinero; pero es la industria del porno y del sexo la que en verdad mueve ese dineral; nos vendemos por tan poco en nuestros trabajos de oficina; todo tu valor está en el dinero que puedas gastar; la precarización de la vida alcanza a cualquier capa social; la jungla en que vivimos nos hace a todos carne y mercancía; ¿qué queda?

Lo adivinaron: el porno. La novela de Refoyo (publicista de profesión) está construida a base de breves fragmentos, capítulos de un par de páginas que presentan una escena, un intercambio, una transacción, en los que a menudo el lector no sabe con certeza cuál de los hilos narrativos se está desarrollando. Las voces se confunden, los personajes van todos en busca de lo mismo y casi ninguno tiene nombre propio. Vienen definidos por su “tamaño” o por el “hambre existencial”. Con un lenguaje bastante llano, directo, y una plasticidad interesante, imprime ritmo a la secuenciación, mantiene la tensión y evita el chabacanismo, sin ser de expresión “pacata” (el tema no es cualquier tontería) y juega con las perspectivas y el tiempo buscando, quizá, desustanciar las escenas de mayor “peso dramático”. Cuando creemos que, por ejemplo, lo que importa es que al personaje están a punto de abrirle la cabeza por buscar a una prostituta fuera de hora, en realidad importa otra cosa.

Si hay algo que me ha gustado de este libro es, precisamente, ese “en realidad importa otra cosa”. La excusa de tomar el porno y la industria del sexo no es más que un vehículo para elaborar una serie de temas de enjundia social que van desde la homogeneización brutal del futuro (su ausencia) hasta la desaparición de una verdadera meritocracia, y por tanto la precarización, imparable, de la subsistencia.

Si hay algo que no me ha gustado de este libro es su “vigilancia moral” por encima de la literaria. Realmente acierta con apretar el dedo índice sobre estas cuestiones, poniendo sobre el papel a los ganadores y perdedores del circo del postcapitalismo con la misma cenicienta luz, y mostrarnos reducidos a la cantidad de dinero que somos capaces de generar (con lo que sea, sobre todo con nuestros cuerpos). Pero echo de menos un trabajo más apasionado en la escritura. Ésta, que la hay, tiene momentos de poesía brillante (“Un largo cabello rubio recorre Europa hacia el sur”) y otros en que resulta seca, prosa poco chispeante (“Es un trabajo duro y duro tiene que estar el cuerpo para que todo quede bien a la primera”). Sí, es desnudez, a veces malsana desnudez. Quizá fuese el efecto buscado. Recorrí sus páginas deseando que se arriesgase, verbalmente, un poco más.

31 enero 2011

Oxígeno y veneno para la poesía


Poetry is not dead

Luna Miguel

DVD Ediciones, 2010

ISBN: 978-84-92975-08-2

62 páginas

8 €

Premio de Poesía Hermanos Argensola 2010



Juan Carlos Sierra

En las obras completas de cualquier poeta que las tenga, independientemente de su edad o merecimiento, generalmente lo que menos atrae al lector son las primeras páginas, es decir, los primeros libros. Incluso suele pasar que para el propio autor son estos los versos absolutamente prescindibles; es más, muchos reniegan de ellos y se arrepienten de aquel premio de poesía que ganaron siendo demasiado jóvenes o de que alguien les propusiera publicarlos en aquellos no tan maravillosos años poéticos.

No obstante, tienen su interés arqueológico, puesto que indican el origen, el punto de partida, ya que todos sabemos que quien se inicia en la escritura parte de los escritores a los que admira. Se trata, en definitiva, de un plagio consentido y con sentido. Los maestros nos enseñan los modelos en los que encajar la escritura primeriza para luego, en los mejores casos, componer los moldes propios que, quién sabe, alguien en un futuro imitará antes de encontrar su propia voz poética; y así hasta el infinito y más allá, en caso de que nos siga pareciendo importante esto de la literatura.

Digo todo esto porque en el segundo libro de poemas de Luna Miguel Poetry is not dead se pueden rastrear modos y maneras de los autores que han conformado su universo de joven poeta. Entiendo que la brújula de Luna Miguel apunta muy directamente y por encima de otras influencias a otra poeta española, laureada y admirada, la cordobesa Elena Medel. Pero también, mirando al horizonte patrio, está en los versos de Poetry is not dead el pesimismo adolescente de Carmen Jodra Davó, la ironía de Carlos Pardo, la sexualidad femenina y explícita de Miriam Reyes, el realismo sucio de Roger Wolf, la imaginería de Ana Gorría,… La lista de referencias literarias se extiende más allá en el tiempo y en el espacio: Ginsberg y su Aullido –fundamental en el conjunto punk de los poemas de Poetry is not dead-, Rilke, Valente, Bolaño, Pizarnik,…

Llegados a este punto, se plantea una inquietante duda: ¿se puede escribir un libro de poesía mirándose al ombligo de la propia y personal tradición poética? Bueno, las dudas se ensanchan: ¿y no hay en Poetry is not dead más que una poeta hablando de otros poetas o escribiendo como otros poetas?, ¿para qué me quiero leer entonces este libro? Y la última duda que aterra: ¿un poemario que se llama Poetry is not dead no estará así renegando de la esencia misma de la poesía, es decir, no se debería entonces llamar, por el contrario, ‘Poetry is actually dead’?

Evidentemente, el libro de Luna Miguel que aquí nos ocupa contiene algo más que metaliteratura. Si, parafraseando a Carmen Jodra en su poema "Hastío", este bello mundo te produce asco, si no acabas de entender a los que te rodean, a los de tu generación, si te parece que la mediocridad es la marca indeleble de nuestro tiempo, si todo esto te pone furioso, con Poetry is not dead vas a poder gritarlo –otra vez Ginsberg- de la manera más irreverente.

En cualquier caso y mirando al futuro de la escritora, uno espera que Luna Miguel se independice con el transcurso de los libros de los referentes literarios que se dan cita en Poetry is not dead para hallar su propia voz poética, de la que, a pesar de todo, algo se apunta en este segundo poemario. También cabe esperar que no se arrepienta demasiado de él en una futura obras completas.

12 enero 2011

Sopa-S

Fabulosos monos marinos

Óscar Gual

DVD Ediciones, 2010

ISBN: 978-84-92975-03-7

248 páginas

15 euros



Carolina León


Según nos cuenta Óscar Gual, la Sopa-S es el último grito en drogas sintéticas: hace que cuerpo y mente se focalicen en un único elemento/factor, centrando el deseo -eso quiere decir: cerrándose a las dispersiones. Que vivimos en un mundo de sobrealimentación simbólica, un "panóptico comestible" que diría Beatriz Preciado y, sin embargo, nos sentimos cada día más pobres y vacíos, no es algo que venga yo a descubrir de pronto en esta reseña. Pero ¿qué es Fabulosos monos marinos? No queda muy claro.

Me acuerdo del gesto de horror y repulsión de mi acompañante en aquel lejano día en que vi en el cine Crash, de David Cronenberg. Si Fabulosos monos marinos fuese una película o una serie se ganaría espectadores como aquél. Para empezar, está lleno de experimentos. A lo largo de sus cuentos puedes sentirte como si estuvieses evolucionando a través de las pantallas de un videojuego, o incluso cambiando de uno a otro en la consola, sin parar; puedes saltar entre paradigmas estilísticos sin apenas transición, y en cada nuevo cuento, cuando creías que ya tenías dominadas las coordenadas para la lectura, caer sin red; a mitad de libro, creerás que tu volumen ha sido asaltado por un dj literario (ésta no es una idea mala, aunque probablemente la olvide dentro de quince segundos) que pone ante tus ojos algunas de las más radicales tendencias narrativas.

Junto a esta completa ausencia de certezas y al ninguneo del lector, algunos elementos están ahí para servir de asidero, aunque nunca puedas agarrarte muy firmemente en ellos. Está la ciudad, Sierpe, en la que se sitúa buena parte de los relatos; el psiquiatra moderno “de escuela americana”, con la curiosa manía de masajearse los huevos a todas horas; algunos nombres de personajes, ora aparición fortuita, ora protagonista; está el crimen, el narcotráfico, el correr de sustancias que alteran o anulan identidades, la abyección y el parasitarismo de muchas formas de vida descritas; está, realmente, como hilo unificador de este amasijo, una negritud apocalíptica que proviene de nada y va hacia la nada.

Uno de los cuentos más sorprendentes -por su construcción, por el cierto humorismo que lo recorre- es "La loca historia de cómo el Círculo Nihilista de Dresde es refundado y disuelto de nuevo en la ciudad de Los Ángeles, California". “No puedo estar seguro de nada. Ni de que esos tipos con toallas hayan invidado Kuwait. No podemos cerciorarnos de ello”, se dice ahí. La colección de relatos que hace la “graduación” de Gual (antes Cut & Roll, DVD Ediciones, 2008) resulta un ejercicio de coraje en la búsqueda de formas de narrar propias, que no vengan contaminadas por la actualidad y eviten los caminos más trillados. Y a la vez me parece una lucha contracorriente por entre toneladas de referencias, paquetes simbólicos y lenguajes narrativos (que van más allá de lo literario) para, al final, devolver estos cuentos. A tenor de la dispersión sensorial y la avalancha de distracciones que acosa al creador, titánica lucha. Pero, además, dentro de estos cuentos la metáfora se sostiene, se ahonda y se tensa. Puede flojear por muchos aspectos -esa misma dispersión que vengo reseñando será, para otros críticos, un problema-. A mis ojos es un honesto ejercicio y una recomendable colección de fábulas esquizoides.

Ok, vuelvo a recordar al acompañante de aquella sesión de cine: pongo recomendable en cursiva. Este libro, como uno de Ballard o una de Cronenberg, se empeña en recrear no un “mundo enfermo” inexistente, sino las enfermedades de este nuestro mundo. Que juntas y a palo seco, sin ración de Sopa-S, duelen mucho más.

06 noviembre 2009

Memoria y presente del tiempo ido

El fin de semana perdido

José Luis Piquero

DVD, 2009.

ISBN: 978-84-96238-90-9

82 páginas.

8 euros.


Juan Carlos Sierra
Uno puede llegar a los libros de múltiples maneras. Dejando a un lado el método más habitual, a saber, las reseñas de suplementos literarios, revistas especializadas, programas de radio y televisión, etcétera -sobre los que sobrevuela no sin razón la sospechosa sombra de los grupos editoriales que los patrocinan-, quizá la forma más fiable de aterrizar en un título sea el boca a boca entre lectores de confianza, que suelen aliarse en muchas ocasiones con la amistad. En los tiempos ‘digitales’ en que navegamos no hace falta tropezarse con un cómplice de vida y lecturas en la barra de un bar o en la parada del autobús para intercambiar títulos como niños que canjean cromos de las estrellas de la liga; basta con asomarse a los blogs amigos.
Así me acerqué o llegó a mí El fin de semana perdido de José Luis Piquero. Gracias a las reseñas ‘blogueras’ de José Manuel Benítez Ariza y Antonio Rivero Taravillo –elogiosas ambas y fiables a mi entender al cien por cien-, me decidí a revisitar a uno de los poetas españoles contemporáneos más interesantes. Había leído algunos poemas sueltos en antologías y por fin, en el año 2004, cayó en mis manos Autopsia, el libro que reunía la poesía completa –y revisada- de Piquero hasta ese momento.
De aquella lectura me quedó la impresión de un poeta claro, contundente y, sin embargo, con algún que otro momento de titubeo. En El fin de semana perdido saboreo la misma claridad, parecida contundencia, pero más seguridad y, sobre todo, algo que apuntaban los últimos poemas de Autopsia –los por entonces ‘Inéditos’-: una mirada menos fascinada de la juventud, un repaso más lúcido, descreído y crítico del pasado, a pesar de ‘Mensaje a los adolescentes’, el poema que abre El fin de semana perdido.
Parafraseando al autor, el libro se articula en tres secciones, más un prólogo –el mencionado ‘Mensaje a los adolescentes’- y un epílogo –‘Islantilla, otoño’, que trata “un tema inacabable: el exceso de realidad y, con él, nuestro asombro ante el mundo”-. En la primera, ‘Lázaro otro', se recogen “textos de varia lección”, ‘Wakfield’, la segunda parte, reúne “sucesos muy importantes de mi vida personal” y ‘Alumnas de una escuela de peluquería’ “contiene poemas de amor y desamor –la mayoría en forma de retratos- y acaso una idea común: el amor y la amistad son la misma cosa”.
Esa es la percepción del propio autor, que no tiene que coincidir necesariamente con la del lector –o solo en parte- y en la que Piquero se ha empeñado en destacar el plano más anecdótico de sus textos. Sin embargo, El fin de semana perdido va bastante más allá. ‘Lázaro otro’, aparte de las más que frecuentes referencias bíblicas y mitológicas, indaga en la dimensión más paradójica del paso del tiempo, en la asunción entre nostálgica y descreída de la edad adulta y de la memoria, muy en la línea de otro poemario que reseñábamos no hace mucho en este blog, Apuntes para un futuro manifiesto de Fernando Luis Chivite. En ‘Wakefield’, la segunda sección del libro de José Luis Piquero, la constante es la soledad, que aparece como consecuencia lógica de los cambios que inevitablemente conlleva el trascurso de los años. En este sentido hay que destacar que se trata de una soledad bastante alejada, según se desprende de los versos del autor, de su ficcional regodeo e impostura de juventud. Finalmente, ‘Alumnas de una escuela de peluquería’ vuelve sobre la constante del devenir vital, pero ahora desde la perspectiva de los amores y desamores vistos desde el presente del personaje poético.
En resumidas cuentas, El fin de semana perdido retrata el subsuelo de las arrugas y las canas, de los achaques y la alopecia, pero con la claridad y la contundencia de quien describe arrugas, canas, achaques y alopecia.

27 octubre 2009

En busca del lector descreído

Apuntes para un futuro manifiesto

Fernando Luis Chivite

DVD, 2009.

ISBN: 978-84-96328-93-0

76 páginas.

8 €.



Juan Carlos Sierra


Apuntes para un futuro manifiesto de Fernando Luis Chivite se lee como una especie de ajuste de cuentas con el pasado del personaje poético, que mucho nos tememos tiene más de un punto en común con el autor del poemario. En cualquier caso, el individuo que habla en estos poemas no importa demasiado –aunque tenga DNI, hipoteca o nación-, puesto que, afortunadamente para el libro y su perpetrador, los textos traspasan lo meramente anecdótico-confesional para buscar al lector en cualquiera de los pliegues de su propia existencia.

Pero no a un lector cualquiera. Si hay libros que requieren una edad y, sobre todo, un estado de ánimo determinados, se puede afirmar que Apuntes para un futuro manifiesto se encuentra dentro de esta categoría. De modo que aléjense de él quienes aún sigan sintiéndose en plena forma, quienes todavía sean capaces de recuperarse de una resaca a la mañana siguiente, quienes no decoren de momento las estanterías de casa con las fotos de los hijos, propios o ajenos, los sobrinos,… O, dicho de otro modo, probablemente no les interesen nada los poemas de Chivite a quienes sientan que la vida o es extraordinaria o no es, o es exceso o no es, o es promesa y hallazgo… o no merece la pena ser vivida.

Y es que desde los primeros poemas de Apuntes para un futuro manifiesto el autor navarro deja muy clara su postura: “… Me he hundido en el horror y he aceptado/ el mundo, (con tristeza lo digo).// Digamos que al final he acabado aceptándolo,/ que viene a ser lo mismo que decir que he dejado/ de creer.// Y no me queda otro remedio que asumir/ que lo que empieza ahora es ya completamente/ otra cosa” (‘Poema del descreimiento’). Este discurso del que ha sufrido en carne propia las frustraciones y los desengaños se va desarrollando y matizando a lo largo del libro con una nitidez y un aparato argumentativo tan irreprochable, que el lector llega a los últimos poemas o plenamente del lado del personaje poético o justo en sus antípodas; supongo que eso dependerá precisamente del punto cronológico y anímico en que se encuentre el lector en su particular recorrido vital.

Este diálogo que establecen los poemas de Apuntes para un futuro manifiesto con el lector es probablemente uno de los mayores aciertos del conjunto del poemario. Otros tienen que ver con el lenguaje y el estilo: claro, directo, versolibrista, sin aparataje lírico artificioso, manejo efectivo del encabalgamiento –especialmente el que los libros de retórica llaman abrupto- y adaptación novedosa del haiku. Sólo un pero en este sentido: el ‘Caligrama de la álgida visión’, perfectamente prescindible por su ineficacia.

Así, pues, quien busque la osadía posmoderna en el lenguaje poético -el discurso fragmentario, la ironía demoledora, la quiebra de la sintaxis y la imágenes imposibles- o quien esté interesado en seguir repitiendo los modelos vitales de la más rancia tradición de la modernidad –especialmente la emulación del héroe romántico-, se puede ahorrar los 8 euros que cuesta el libro o la visita a la biblioteca municipal. O quizá no, ya que en Apuntes para un futuro manifiesto hay una lección de poesía y de vida que puede funcionar como vacuna perfecta para los infectados por la epidemia de gripe A de la eterna juventud, ambas -gripe y juventud- tan ficticias.