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06 febrero 2013

A través del espejo



Topología de una página en blanco

Alejandro Céspedes

Amargord, 2012. Colección "Pi de Poesía"

ISBN 978-84-15398-72-1

144 páginas

12 €




Antonio Rivero Taravillo

Un poeta debe acostumbrarse a leer mucha y buena poesía, independientemente de que el registro, el estilo, la temática coincidan o no con sus gustos personales. Es la única manera de sacudirse la comodidad, la facilidad, esa gangrena que va tomando posesión de su voz y que suele adoptar la forma de una tela o membrana contra la que rebotan las palabras, un pañuelo en la boca que, si no permite el contagio con su mascarilla, deforma el decir, lo distorsiona, deviniendo en mordaza cuando no directamente en asfixia. Topología de una página en blanco pertenece a un tipo de poesía inquisitiva y filosófica que no es del gusto de la mayoría y, desde luego, difícilmente lo será del lector común que identifica el género poético con el de la escritura intimista, confesional, que apela a las emociones. Emocionar es una de las funciones de la poesía, pero no la única.

A la inteligencia apela este libro, en realidad un único poema en los diferentes avatares de las páginas. Su autor, Alejandro Céspedes (Gijón, 1958), ha recibido importantes galardones por su obra, incluido el Premio Hiperión en 1994. Filósofo, en cierta ocasión declaró que se acercaba a la escritura de un libro de poesía como si se tratara de una novela, de un modo orgánico, en derredor de un tema. Esto se ve en obras suyas anteriores y en esta de hoy.

La página en blanco del título, el silencio, es la preocupación principal que aborda Céspedes. Como él mismo escribe en su prólogo, el libro “es una poética que se efectúa desde dentro de la misma poesía y una poesía que se piensa en el lenguaje mientras está produciéndolo.”

Aunque no se menciona en ningún momento (y el autor ofrece una amplia lista de reconocimientos) me ha recordado a Lewis Carroll y su Alicia a través del espejo. También a Mallarmé o, ya que el Pisuerga pasa por Valladolid, a Francisco Pino. Los blancos, los espacios que vulnera la palabra luchan con la tinta, lo escrito sin puntuación. “¿Es posible bañarse dos veces en la misma página?” se pregunta Céspedes en esta obra de transformaciones en la que no falta el homenaje a Heráclito y a la combinatoria cabalística, como cuando hace reparar al lector que las palabras diáspora y paradiso tienen las mismas letras. Juega con la disposición tipográfica, manipula los caracteres en vertical, en forma geométrica, apretándolos, espolvoreándolos de esa harina de tinta calamar, la negrita. Incluso hace que una página solo sea legible con un espejo (una hoja de acetato brillante insertada para ello). En cierto lugar escribe Céspedes: “Un hombre / resbala por el hielo y en el reflejo cree / ser él mismo”.

Las matemáticas tienen una presencia importante aquí, como en la página 66: “ésta es la fórmula: / ángulo de la mirada oblicua por el cociente del exterior y el exterior más la raíz del límite entre ambos (siendo el límite el índice de refracción de una mirada x) / es igual a poema // el resultado de esta ecuación es siempre el mismo: / las palabras / heredan la orfandad de las ideas”.

Y también la paradoja, con Escher con sus construcciones imposibles: “dos escaleras se abrazan acoplan sus peldaños / ellas afirman que ahora ninguna sube /  ni desciende”. La cinta de Moebius, que en algún momento se cita, hace que se relativice la noción del tiempo, como se nos recuerda brillantemente en “arden viejas hogueras para cenizas nuevas”.

Jesús Malia, poeta y matemático autor del libro La cinta de Moebius, firma un epílogo extenso y documentado, que se lo pone muy difícil al crítico, pues penas deja nada sin decir sobre lo que sustenta al libro aparecido en una colección de poesía que lleva el nombre de pi (no la película basada en la novela de Yann Martel, sino el número griego favorecido por Pitágoras y al que dedicó un poema, que sería redundante calificar de estupendo si se cita su nombre, Wisława Szymborska).

04 noviembre 2011

Guatemalteco universal


Donde los Árboles

Humberto Ak’abal

Amargord, 2011

ISBN: 978-84-92560-67-7

186 páginas

10 €

Selección y prólogo de Chema Rubio



Alejandro Luque

Humberto Ak’abal suele recordar con una irónica sonrisa las palabras de Cristóbal Colón cuando se plantó ante la reina, recién llegado de las Indias, con dos indígenas encadenados. “Aquí le traigo a estos dos [no supo acompañar el determinante numeral con ningún sustantivo] para que aprendan a hablar”. Hace notar Ak’abal lo extraño que resulta que un marino políglota, que con certeza se desenvolvía bien en castellano, italiano y portugués, no alcanzara a entender que aquellos dos –¿hombres? ¿indios? ¿seres?– estaban tan facultados como él para el habla articulada, sólo que el suyo era un idioma distinto. Ese prejuicio ha permanecido vivo a lo largo del tiempo en todo el mundo, y hasta en nuestra vieja España se recuerda cómo se instaba a los gallego, euskera y catalanohablantes a “hablar en cristiano”.

Viene a cuento la anécdota porque Ak’abal se ha hecho poeta precisamente en la misma lengua que hablaban los indígenas ante los que Colón se hizo el sordo, la misma en la que sus padres y sus abuelos se dieron los buenos días, se declararon amor y despidieron a sus muertos: el maya k’iché. Y aunque este libro que reseñamos es el quinto de los suyos que ve la luz en España, todavía se trata de un autor poco conocido entre el gran público. Nada mejor que una antología como Donde los Árboles, tan hermosamente editada a pesar de algunos despistes tipográficos, para acercarse a él.

Hay varios caminos para llegar a la esencia poética de este guatemalteco que –lo explicaré más adelante– me atrevería a llamar universal. Una tentación comprensible es abordar su obra desde un punto de vista antropológico, pues parece evidente que los versos de Ak’abal poseen una valiosísima información acerca de su pueblo, de su cultura, sus costumbres y sus peculiares modos de convivencia. Sin embargo, a poco que se descuide el lector, ese prisma exótico puede relegar y hasta ocultar otros puntos de vista menos turísticos y paternalistas.

Propongo, pues, una lectura de la poesía de Ak’abal que escape del marco amarillo de la National Geographic. Alguna vez la he comparado, muy conscientemente, con la obra de un gran autor italiano, Tonino Guerra, que también escogió la amenazada lengua de sus antepasados, el romañolo, para edificar su poética; y que, a partir de esa herencia, desarrolla un discurso desnudo de retórica, atento a las cosas sencillas y eternas. Como en el caso de Guerra, casi todos los poemas de Ak’abal son breves, y no es raro que asome la ironía o el desenfado:

En el paraíso terrenal
estaba el árbol de la vida.

No había pecado,
no había muerte.

Sus hojas no se caían,
no se marchitaban.

Yo creo
que ese árbol
era de plástico.

La poesía de Ak’abal está llena aguaceros prodigiosos, de verdes intensos que brotan en las veredas, de amores por los que cruzan ríos invisibles, de fantasmas (“espantos” los llama él) que acuden del más allá como quien cruza la calle. Es profunda y orgullosamente maya, pero no traza un mundo cerrado, cualquier lector del mundo puede sentirse concernido por lo que cuenta, de ahí su inapelable universalidad. A veces el tono roza la contención extrema del haiku, otras adopta un tono reflexivo, existencialista, como de proverbio oriental:

De vez en cuando
camino al revés:
es mi modo de recordar.

Si caminara solo hacia adelante,
te podría contar
como es el olvido.

Otros textos nos sumergen de lleno en los sonidos del maya k’iché. Es ejemplo más popular es "Cantos de pájaros", un poema construido sobre onomatopeyas que habría hecho las delicias de los vanguardistas europeos de principios de siglo XX. “En mi país", suele explicar Ak’abal, "los pájaros se designan con la transcripción de sus cantos, de modo que nombrar a un pájaro es cantar con él”.

Creo que las nuevas vanguardias y los experimentos poéticos que la nueva centuria nos tenga reservados no sólo pueden convivir con esta poesía humilde, austera y tan estrechamente vinculada a la Naturaleza, sino que se antoja absolutamente necesario. Ahora que creemos haber alcanzado cimas de tecnificación y progreso, urge desandar de vez en cuando el camino para comprobar qué cosas hemos dejado atrás. Y pobre del poeta, del ser humano que se olvide de conversar con las piedras, de saludar por su nombre a los árboles y de hablar de usted al mar: será el modo seguro de que todo eso desaparezca a su alrededor y acabe teniendo como únicos interlocutores a los inexpresivos y célibes monigotes de los semáforos.