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27 abril 2010

No la maté porque no era mía

Gabriela, clavo y canela

Jorge Amado

Alianza, 2010

I.S.B.N.: 978-84-206-4974-0

600 Páginas

13,50

Traducción: Rosa R. Corgatelli y Cristina Barros






Ilya U. Topper


No, lo voy a admitir desde el principio: Gabriela no es mi obra favorita de Jorge Amado. Este puesto lo ocupan los Capitanes de la arena, y es difícil que alguien los desbanque, así venga con su vestido estampado a un punto de ser harapo, descalza, sensual y sonriente, con aroma a clavo y a canela. Asi venga Gabriela.

Sin embargo ¿a ver quién se le resiste? Gabriela, que no sabe leer, que no sabe ni cuando nació ―ojo al dato: millones de chavalas pobres de Brasil no sabrán su fecha de nacimiento, pero hace falta ser un genio para convertir esta ignorancia en el arma que permite evitar una tragedia sangrienta― es una de las figuras más cautivadoras de la literatura iberoamericana. Una figura que se resiste a los finales felices y que está mucho más a gusto ―en el caso de Gabriela, mulata de sangre caliente, habría que decir más a placer― en el nudo que en el desenlace. Ah, pero el escritor ―Jorge Amado sabe escuchar a sus personajes― se ha dado cuenta y le hace el favor de volver a arrebatarle esa dulzona finalfelicidad para que pueda ser de nuevo la chica que nos enamora. Una capacidad en la que sólo le supera Kurt Held con su inolvidable Zora la Roja (cuya traducción esperamos desde hace 70 años; ¿alguien se apunta para aguantar conmigo la pancarta correspondiente en la Feria del Libro de Sevilla?)

El genio es Nacib: es el héroe silencioso de esta obra, en la que pululan magnates del cacao, sicarios con machetes, prostitutas, señoras demasiado decentes, francotiradores a sueldo y comerciantes progresistas y cultos con ganas de convertir la pequeña ciudad portuaria de Ilhéus, una especie de Far West, en tierra civilizada (estamos en 1925, pero me temo que la modernización que con tanto arrojo emprenden Mundinho Falcão y sus aliados se ha quedado en las obras de mejora del puerto: dicen que hoy sigue habiendo sicarios en Brasil y asesinatos llamados pasionales y clanes que no sueltan el poder ni por el precio de un puñado de vidas). Todos se reúnen en el restaurante de Nacib, un local modesto convertido en el imán cuyo magnetismo permite mantener unidas las 600 páginas de la novela mejor que la pericia del encuadernador.

600 páginas, que se dice pronto. En realidad es esta cifra la que me hace relegar a Gabriela al segundo puesto: Amado se podría haber ahorrado algunos episodios, algunos párrafos, alguna subtrama desplegada con demasiada holgura como para que no parezca un puñado de pienso lanzado a un lector al que supone insaciable. Se entiende: aún hoy, un viaje en autobús de Ilhéus, ciudad natal de Amado, al Sertão ―este salvaje e inmenso nordeste, del que sale la anónima Gabriela― tarda dos días con sus noches y el libro se nos quedará corta.

Publicada en 1958 y con una media de tres ediciones al año durante las siguientes décadas ―luego dicen que Brasil no lee―, Gabriela inaugura la segunda época de Jorge Amado, aquella en la que trocaba sus militancias comunistas y sus novelas arrojadizas por narraciones más pausadas y de mayor éxito popular, con brochazos más gruesos de costumbrismo amable.

Pero no se confundan: ésta es una novela realista, tan realista que el autor, dicen, no pudo volver a pisar Ilhéus en unos cuantos años. Una novela de nítida crítica social, escrita con un compromiso rotundo: en la primera página asistimos a un asesinato, cometido por un dentista que mata a su esposa al enterarse de que le ha puesto los cuernos. No porque el señor en cuestión sea un tipo violento, sino porque es una costumbre absolutamente ineludible, una ley social, que quedará automáticamente impune: la-maté-porque-era-mía, y si no la mata es-porque-no-tiene-cojones, ya se puede ir exiliando. No les cuento el final si les digo que 599 páginas después, ustedes se volverán a topar con el odontólogo.

Éste es el hilo rojo del libro, y perdonen por lo de rojo. Es el nudo que se irá cerrando alrededor del cuello de algún personaje, y el desenlazador que lo desenlace ―muy buen desenlazador es― tendrá nombre árabe: Nacib Saad, brasileño cabal nacido en Siria, llamado a poner fin a esa fea, tan difundida y tan condenadamente actual costumbre del asesinato patriarcal obligatorio. Echen un vistazo a las páginas de sucesos de cualquier diario español y si les deprime, huyan a Ilhéus, ciudad liberada. Uno llega a desear que Nacib monte una cadena de restaurantes o otorgue franquicias.

En fin, Pedro Bala, capitán de las arenas, sigue en el podio, pero seguramente no le importa invitarle a un baile a Gabriela.

26 octubre 2009

A solas con el mundo

Capitanes de la arena.

Jorge Amado

Alianza, 2009

ISBN. 978-84-206-6394-4

400 páginas

10,25 euros


Traducción de Marcos Mayer



Ilya U. Topper

Una joyita. Para que andarse con rodeos. Qué te traigo de Brasil, me preguntó mi amiga N. hace un año, ya camino del aeropuerto. Los capitanes de la arena de Jorge Amado, pedí, sin pensármelo. Había leído el libro una década atrás, prestado, y supe que algún día quería verlo en mi estantería, concretamente en esa balda a la altura de los ojos que reservo para los más mimados entre mis invitados de papel. Lo curioso es que el libro llegó a mis manos la misma semana en que Alianza anuncia la reedición de la novela en su colección de bolsillo.

Una joyita. Una de las obras tempranas de Jorge Amado, publicada en 1937, con 25 años. Escrita con poca técnica y mucha pasión. Con arrojo, con rabia, con cariño, con mucho cariño. Amado traza con brochazos certeros y llenos de lírica la playa nocturna, la ruina portuaria en la que duermen los niños de la calle de Bahía, críos de nueve, doce, quince años, “los que mejor conocen la ciudad, los que más la quieren, sus poetas”. Pero en ningún momento dulcifica su vida o su carácter: estos niños viven del robo, engañan y estafan, se ríen de sus víctimas. No son Robin Hood: son niños de la calle. Con todas sus contradicciones, con el puñal fácil, demasiado fácil incluso para rajar a un compañero, con su desprecio de las chicas que tiene la desgracia de pasar por la playa - ni Pedro Bala, el héroe de la novela, se libra: como todos, también él viola.

Y sin embargo, uno está del lado de los niños, de lado de los malhechores, cuando lee: imposible no estar en su bando, a solas contra el mundo.

La novela es algo más que una joya literaria: también debería ser lectura obligatoria para cualquiera que quiera trabajar con jóvenes marginados. Porque refleja algo que miles de páginas de estudios sociológicos sobre el fenómeno de los niños de la calle nunca consiguen mostrar y que hacen fracasar tantos programas de recuperación: el orgullo de los niños a vivir contra la sociedad, a renegar del cariño que nunca tuvieron, a ser libres, a despreciar el mundo que los expulsó.

Capitanes de la arena, al igual que la aun más breve Cacao, también reeditada por Alianza ahora, pertenece a la primera época de creatividad de Jorge Amado, cuando el escritor era comunista militante: pocos años después tuvo que exiliarse de Brasil. De hecho, el final del libro conduce hacia un desenlace quizás demasiado utópico-ideológico, aunque por supuesto nos lo querremos creer de todo corazón. En la segunda etapa, a partir de 1958, Amado volvería con novelas del volumen de Gabriela, clavo y canela o Doña Flor y sus dos maridos, todos lanzados este año en la misma editorial. Por supuesto, también en Gabriela, el escritor mantiene una marcada línea de crítica social: no es poco dedicar una novela a la erradicación de aquella fea costumbre que es asesinar, por imperativo social, a la esposa infiel. Pero ya no es lo mismo: ahora el escritor se explaya, narra como quien se recuesta en un sillón ante la chimenea, en lugar de lanzar las breves, jadeantes, casi clandestinas arengas de los Capitanes.

Desafortunadamente, el traductor, Marcos Mayer, no ha sabido transmitir el especial acento de los niños de la calle que sí está presente en todos los diálogos del original. No es propiamente un dialecto, no llega siquiera al cheli. Es simplemente el habla popular brasileña... pero es distinta del portugués literario de la narración. Al leerlo, uno cree escuchar el soniquete real de aquellos adolescentes baianos. En la edición de Alianza, los críos se comunican en un lenguaje correcto. Tal vez sea imposible recuperar ese detalle realista y lírico en una traducción. Aunque uno nunca deja de desear que algún traductor se atreva a intentarlo.