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15 noviembre 2011

Un escritor brillante, una prosa poderosa y una objeción


Cúpulas y capiteles. [Entradas del blog La columna toscana]

José María Jurado

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Álogos"

ISBN: 978-84-15039-59-4

103 páginas

12 €



Juan Carlos Sierra

Si no en años, sí en número -el 18-, se puede afirmar que la Colección "Álogos" de la Isla de Siltolá se ha hecho mayor de edad con el libro de José María Jurado Cúpulas y capiteles. Pero no solo por cuestiones cuantitativas, sino esencialmente por la calidad que manifiesta esta entrega.

Confeccionar una sólida colección de libros a partir de ese material heterogéneo e irregular desde el prisma de lo literario que es el blog resulta una misión extremadamente complicada. Unas veces se acierta y otras no tanto. Sin embargo, con la selección de entradas de José María Jurado el tiro ha dado exactamente en la diana de la exigencia literaria.

Independientemente de otras consideraciones, se puede afirmar que Cúpulas y capiteles nos sitúa ante un escritor brillante. No es tanto el sustrato cultural –del cine a la música pasando por la historia y los viajes- del que hace gala José María Jurado ni el aprovechamiento exhaustivo de sus lecturas; no se trata solamente de sus juegos literarios ni de sus quiebros oportunamente divertidos; no es por su manejo, aunque sea a pequeña escala, de diversos géneros literarios en esta miscelánea digital; ni siquiera por la ternura a años luz de sus peligros cursilones de algunas de las entradas de estas Cúpulas y capiteles. No es solo por todo esto, aunque también.

Lo que demuestra en principio Cúpulas y capiteles es que estamos ante un escritor versátil que ensaya en el laboratorio de su blog La columna toscana diferentes fórmulas creativas y que, por consiguiente, se pone a prueba constantemente. Nos dejamos seducir por un autor de registros variados que va aprendiendo en cada experimento el oficio de juntar palabras que sacudan al lector -en lo emocional y en lo estético-.

Pero además de esto, fundamentalmente leemos y experimentamos en la selección que ha entregado José María Jurado a la Isla de Siltolá el placer de una prosa poderosa, compacta, orgánica, rica, sugerente, viva,… Si en un buen poema cualquier palabra es exactamente la necesaria e imprescindible, si los vocablos han de ajustarse y ceñirse como añillo al dedo del verso, podemos decir que en Cúpulas y capiteles estas condiciones líricas se cumplen en un tanto por ciento muy elevado pero para la prosa; otro asunto, sin embargo, sería el análisis de los poemas incluidos como entradas en el blog, que, salvo el titulado "Calendario perpetuo" -que recuerda al Ángel González preocupado por el paso del tiempo, los días de la semana y su hastío-, se hallan más próximos a la humorada -brillante en todos los casos, eso sí-.

Cúpulas y capiteles está organizado en cuatro partes más un prólogo del propio José María Jurado, que funciona como una suerte de ‘captatio benevolentiae’ y ‘sermo humilis’ juntos. Citando al propio autor en su blog, diremos que la primera parte "Divagaciones" son artículos y humoradas, la segunda "Dramatis personae" monólogos dramáticos e históricos, la tercera "Las Mil y Una Noches" cuentos y la cuarta "Música de Capilla" textos de Cuaresma y Semana Santa.

Y aquí precisamente, en esta cuarta parte, se encuentra la única objeción al libro. Este habría quedado redondo sin esta última sección que huele demasiado a incienso y, lo más grave, rompe el tono del conjunto, porque de la universalidad se pasa sin transición al localismo y de la literatura en mayúsculas al cartel turístico aderezado con la retórica sentimental del pregonero de Semana Santa. Lástima.

21 octubre 2011

Alta cetrería


Tablero de sueños

José María Jurado

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Inklings de Siltolá"

ISBN: 978-84-15039-52-5

112 páginas

12 €




Jesús Cotta

La editorial Siltolá, activa, elegante y osada, sigue abriendo caminos. Y ahora inaugura una nueva colección, "Inklings de Siltolá", en recuerdo de la tertulia formada en Oxford por escritores admirables como C.S. Lewis, J. R. R. Tolkien, Dyson, Bennett, etc. Y la colección se hace eco del amor de ese cenáculo por la literatura y por eso, después de la presentación pública de cada libro de la colección, se presenta en un círculo cerrado de invitados.

De todos los libros que ha publicado recientemente Siltolá el que más me ha gustado es precisamente el que inaugura esta colección, Tablero de sueños.

Se trata de un libro que es una poética y a la vez una antología de la obra del joven poeta José María Jurado.

Si no son un deliquio incomprensible de palabras bonitas, a mí las poéticas me gustan mucho, porque uno aprende mucho de la altísima labor de la poesía, sobre todo si el autor de la poética no se guarda ningún secreto, ninguna debilidad, y nos confiesa sus trucos, sus lecturas, sus caminos, sus noches negras del alma, sus exigencias, sus retos, sus proyectos, sus vacilaciones, su relación con la musa y el trabajo, los vericuetos que a través de la sensibilidad adoptan su fantasía y su razón para dar una salida verbal digna a todo el caudal de belleza que lleva removiendo por dentro durante días, semanas, meses y años sin estar casi nunca satisfecho, porque, como él dice, ella lo pide todo y no da nada.

Destaco de su poética hallazgos como estos: “La Poesía, si es verdadera, surge incluso a pesar de los postulados de quien la intenta escribir” (y por eso el ateo materialista y atomista Leucipo, en su De rerum natura, irrumpe con un himno a la diosa Venus después de decirnos que los dioses no existen); “Podemos refutar el gongorismo, pero no a Góngora (y por eso el gongorismo o el lorquismo es un defecto en otros poetas, pero no en Góngora ni en Lorca); el destino del poema es el de “propagador de la belleza”; “El buen poema en prosa no baja la cerviz ante la PMM (Policía Montada de la Métrica)”... Y otras muchas sutilezas con las que se aprende mucho del oficio y con algunas de las cuales discrepo: “con paciencia, con mucha paciencia, el poema, el mejor poema que estamos en disposición de hacer sobre un motivo programado, no inspirado, sale”. Yo, sin embargo, opino que sin el factor de la inspiración involuntaria que nos arrastra a escribir, sea esta lo que que sea, no merece la pena ponerse a escribir el mejor poema no inspirado que podamos escribir, porque no será por ese poema por el que el poeta será recordado.

En esta época posmoderna donde se suele considerar poesía cualquier cosa que se escriba en verso, el autor de esta poética nos eleva a las cumbres de los poetas más grandes para que desde ellas distingamos lo que es cumbre y lo que es sencillamente llano. Y desde esa cumbre él arroja al aire también sus versos, que viajan por todo el mundo y por todas las épocas, pero sin caer en el vicio de la posmodernidad, sino en su virtud. Sus poemas cumplen los preceptos de su poética: no rehúyen los moldes clásicos ni lo barroco ni la alta imaginería con la que nos sorprende, sino que son poemas de esplendor visual pero sin fuegos artificiales, y cargados muchas veces de una emoción vibrante.

Sus poemas en verso y sus poemas en prosa, donde se enmascara una discreta pero sonora tendencia al endecasílabo, me han impresionado por su belleza plástica, su originalidad y su rotundidad verbal arrolladora y la intensidad de su elegancia: “Cabalgo con mi señor don Quijote por la perspectiva Nevski”, “Quijada de Caín, bárbara España”, “En el viejo reloj, bajo la nieve,/ la Muerte da la hora en Babilonia/ y palpitan las órbitas de Kepler.

Son poemas, pues, que propagan la belleza. Le deseo a su propagador que se abandone a ella aún más, que ella irrumpa en las vetas de la roca y las rompa y salga por donde quiera ella, más libre y más viva aún.

Y a esta colección, en la que publicarán, entre otros, José Luis García Martín, Antonio Colinas y Luis Alberto de Cuenca, le deseo larga vida.