Mostrando entradas con la etiqueta Renacimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Renacimiento. Mostrar todas las entradas

26 abril 2013

Huellas de la ausencia



Falsa pimienta

Amalia Bautista

Renacimiento, 2013. Colección "Calle del Aire"

ISBN: 978-84-8472-772-9

88 páginas

12 €




Antonio Rivero Taravillo

Desde 1988 hasta hoy, Amalia Bautista (Madrid, 1962) ha publicado Cárcel de amor, La mujer de Lot y otros poemas (1995), Cuéntamelo otra vez (1999), Hilos de seda (2003), Estoy ausente (2004) y Pecados (2005), libros que han sido recogidos en Tres deseos. Poesía reunida (2006) y en las antologías La casa de la niebla (2002) y Luz del Mediodía (2007). En 2008 apareció Roto Madrid, con fotografías de José del Río Mons y prólogo de Andrés Trapiello, donde ya figuraban aunque en otra ordenación poco menos de la mitad (28 frente a 63) de los poemas que la poeta ha reunido un lustro después en esta Falsa pimienta.

Hay versos que resultan familiares y suenan a ya leídos, lo que sin duda es atribuible a su presentación anterior en Roto Madrid, pero también al ritmo preponderante en la autora de endecasílabos blancos (aunque no sea el único) y, pese a las vicisitudes de la vida -con alguna mudanza importante sobre la que la autora pasa de puntillas-, por su conexión con el mundo intimista, hondamente femenino y tantas veces dolido de sus anteriores libros.

Sin embargo, hay páginas aquí muy frescas que no solo se manifiestan nuevas por su condición de inéditas, y que cultivan una línea de la poesía de Bautista que particularmente se agradece: la del humor y la ironía, nunca sarcástica, más el juego, el jugueteo, lo lúdico. Muestras de esto son “Tríptico de la espantapájaros” y “Z”. También “Compañeros de viaje”, con la sorpresa que encierra, muy efectiva gracias a una calculada ejecución.

No pasa de ser una fruslería “Adivina adivinanza”, y hallamos contorsiones para evitar el sentimentalismo como en “Noche de San Juan” (donde sin embargo lo huella, y hasta se quema), pero hay aquí excelentes poemas de tema amoroso, que no eluden la mutilación de la separación temida o la acumulada en un tiempo que discurre lejos de la persona amada, como en “Circo” (con el horror a ser abandonados tan propio de la infancia, la edad de ir al circo por excelencia) o “La torre”, cuya segunda estrofa matiza los primeros versos que comienzan con ese imperativo del plural tan catuliano: “Hagamos una torre de minutos, / apilemos los ratos que hemos podido vernos”. El poema que los precede también es magnífico, con su eco explícito a Borges y el latente (latente de pulsaciones de angustia) a Robert Frost y su tantas veces citado pero poco leído “The Road Not Taken”.

Amalia Bautista es una de nuestras más sólidas poetas. Anclada en lo cotidiano, sin elevar la voz (esa operación de riesgo que en tantos produce notas desafinadas), consigue emocionar desde la sencillez sentida y con un puñado de imágenes como la de “Otra puerta giratoria”, donde tras declarar que “Resulta que la vida no era sólo empujar” explica: “Había que encontrar el punto justo /donde azar y destino son lo mismo, / el exacto momento en que la puerta / giratoria te ofrece una salida.” Existen  encabalgamientos, más que permisibles, necesarios, y este es uno de ellos, con su giro de un verso al otro, justo en ese momento en que el poema acaba, su salida. En cuanto al correlato objetivo (aquí en la identificación vida y puerta), Amalia Bautista es una maestra. Pero mejor que catalogar ejemplos, que el lector los busque y los disfrute. 

26 marzo 2013

También la verdad se inventa



La generación del 98 en sus anécdotas

José Esteban

Renacimiento, 2012. Colección "Los Cuatro Vientos"

ISBN: 978-84-8472-700-2

208 páginas

16 €


Alejandro Luque

El maestro Bernáldez, que no sabemos si era mejor amigo que lector, que ya es decir, recomendaba siempre, fervorosamente, leer a su compadre Pepe Esteban. Autor de algunos de los libros más curiosos de cuantos se han publicado en las últimas décadas, a este profesor de Sigüenza le debemos por ejemplo un interesantísimo estudio del insulto español, un excelente ensayo sobre Mateo Morral o una impagable antología del epigrama en nuestro país. Ahora sorprende con este simpático retrato coral de la generación del 98, sin duda una de las más pródigas en anécdotas jocosas y pintorescas, todas éstas recopiladas de fuentes muy diversas y organizadas de tal modo que pueden leerse de corrido o saltando a capricho de una a otra.

Por lo general, la anécdota ha sido inexplicablemente rechazada por los estudiosos académicos. Su naturaleza apócrifa la ha alejado del rigor de los historiadores y filólogos, que a menudo han pasado por alto su alto valor simbólico, su interés “por lo que no ha ocurrido”, como dice García Sabell en la cita incluida en el prólogo. Cuando alguna vez me he enfrentado a la duda de incluir o no anécdotas en un texto biográfico, por ejemplo, mi decisión ha sido exponer primero los hechos contrastados, y reservar el anecdotario para el final, como una especie de apéndice, pero también a la manera de una recompensa para el sufrido lector. Subrayamos, pues: éste libro no puede ni debe sustituir en ningún caso la lectura de Luces de Bohemia, Campos de Castilla o El árbol de la ciencia, pero sí puede ser un espléndido postre para tales festines.

Sea como fuere, quien se asome a esta edición de José Esteban –impecable salvo algunas inoportunas erratas y el molesto énfasis en el ceceo de Valle, que no añade demasiada gracia– se regocijará descubriendo que Blaise Cendrars le envidiaba a Pío Baroja la sencillez de su nombre, en el que veía un talismán para el éxito; que Gómez de la Serna defendía la idea de que los españoles nos dividimos en dos grandes bandos, “uno, don Ramón María del Valle-Inclán y el otro, todos los demás”; que el propio Valle envió su brazo a Barbey D’Aureville para poder estrechar su mano, ya que le resultaba imposible viajar a París; y que una vez envió una carta a la dirección “Calle del viejo idiota, 16”, logrando que el cartero supiera que se refería a Echegaray; que Unamuno se sentía más sabio que Sócrates, porque además de saber que no sabía nada, “sé que tampoco saben nada los demás”; que Alejandro Sawa, el bohemio sevillano, agarró una vez por el pescuezo a Rubén Darío, pero le soltó argumentando que “Eres mío, te mataría. Pero has escrito la 'Marcha triunfal'…”.

Sabremos también que Antonio Machado rehusaba grabar su voz en discos, y que Manuel suspendió su ingreso a la Universidad en literatura, por no saber nada de López de Ayala y Sánchez Bravo;  que el padre de Ortega y Gasset le prestó a Azorín una pistola antes de partir a hacer un reportaje sobre La Mancha de Cervantes, aduciendo que “no sabemos lo que puede pasar”; que Maeztu criticó El Quijote como dañino para España; o que Dorio de Gádex obtuvo de Zamacois un café y media tortilla en concepto de adelanto editorial por un libro titulado Por el camino de las tonterías, preguntándole el editor si era autobiográfico… Y no podía faltar la celebérrima anécdota entre Unamuno y Villaespesa sobre los nenúfares, “esas flores que usted tanto cita en sus poemas”.

Todo esto y mucho más descubrirá el lector entre risas seguras, pero nadie quedará a salvo de cierta tristeza antes de cerrar el libro. Porque la obra de Esteban, más allá de los chascarrillos, la maledicencia y hasta el chiste puro y duro, es también un reflejo de aquella España maravillosa y deprimente a la vez, donde algunos de nuestros mejores talentos vivían al filo de la mendicidad, la envidia era una epidemia aún hoy por erradicar y las disputas literarias se dirimían con frecuencia a hostia limpia. Es la España que vio cómo su primer Nobel era para el dramaturgo Echegaray, mientras que Valle-Inclán conocía la miseria y Antonio Machado caminaba, sin sospecharlo, hacia su terrible final. Es, también, la España formidable que da especímenes con nombres únicos y legendarios como los de Enrique Cornuty, Ciro Bayo, Corpus Barga, Sindulfo de la Fuente, Mario Roso de Luna o Camilo Bargiela, la que vivió en colmados y cafés donde a poco que uno se descuidara le salía un  hijo legítimo, y en los espectáculos de variedades donde un maharajá podía encapricharse de la cupletista Anita Delgado

Afirma Azorín en estas mismas páginas que la anécdota no dice nada, que lo importante en la vida es lo normal, “el minuto que es igual a otros millones de minutos”. Pero eso lo decía una voz temerosa del efecto deformador de la anécdota, al igual que mi querido Fernando Quiñones, surtidor inagotable de estas ocurrencias, nos rogaba dosificarlas “porque me descomponéis la figura”. Algo nos indica, en cambio, que estas historias nada restan a la verdadera obra de los escritores grandes y pequeños. Es más, tenemos la impresión de que la Literatura se fortalece y se enriquece cuando, entre bromas y veras, alguien vuelve a decir aquello de “¿Sabes la de Fulanito cuando…?

30 noviembre 2012

Un cuenco de cerezas



El sol en la fruta

Ioana Gruia

Renacimiento, 2011

ISBN: 978-84-8472-663-0

56 páginas

9 €

Premio de Poesía Andalucía Joven 2011



Antonio Rivero Taravillo

Con este poemario obtuvo Ioana Gruia (Bucarest, 1978, pero asentada en Granada desde hace años) el Premio de Poesía Andalucía Joven correspondiente al pasado año. Más que una suma de poemas, El sol en la fruta es el bello producto de la interacción de estos, un libro orgánico, en el que las partes contribuyen a fortalecer el todo. Por eso, porque los poemas se enredan fértilmente en un conjunto de relaciones, complicidades, ligazones, podríamos afirmar que se trata de un cesto o cuenco de cerezas. Como el que aparece ya en el segundo poema del libro (que es casi el inicial, porque el primero podría calificarse más bien de una poética, pliego de intenciones o testimonio de las causas de la escritura de la autora).

Son las cerezas del cuenco de “Canción para un instante”, brillantes bajo el sol, símbolos de la felicidad. Tras escribir Gruia que “Por la ventana abierta el sol de junio / entraba a raudales en el cuarto”, añade como estrofa siguiente: “Tú me habías traído un cuenco de cerezas. / Cogí despacio una y la miré al trasluz, / me la llevé a la boca y la mordí. Sabía / a sol y a piel y a lluvia, a verano, a ti.” Pero el rabillo de la cereza que es este poema se enreda, traspasando las páginas, en el de “Refugios”, donde leemos: “Los dientes en la pulpa de la fruta. / Los destellos rojizos de un cuenco de cerezas.” Y, aunque en una fruta distinta, en “Los limones” hallamos en sus versos finales: “Cierra los ojos / y encima de su rostro ve las frutas / y el resplandor solar de sus cortezas.” Por último, varias páginas adelante encontramos el poema que da título al libro, “El sol en la fruta”, cuyas dos estrofas intermedias narran lo que luego veremos es la posesión, mediante el gusto, de “la luz hecha de tiempo, / la piel de la cereza.” Estos seis versos a los que me refiero dicen así: “Vio la mano de un niño / que se hundía en el cuenco / y apresaba cerezas. // Como entonces, hundió / en el cuenco la mano, / apresando la fruta.”

Bien, hemos sacado ya un manojo de deliciosas cerezas, de frutas bajo la luz del sol que las intensifica en su presencia, en su deseo. Pero hay otros elementos que se ensortijan en este poemario, como por ejemplo el pintor estadounidense Edward Hopper. El verso anterior a aquellos “Los dientes en la pulpa de la fruta. / Los destellos rojizos de un cuenco de cerezas”, de “Refugios”, reza: “Siempre un cuadro de Hopper.” Y en las páginas 36 y 37 hallamos “Morning Sun” y “Habitación de hotel”, que llevan como sendos subtítulos “Sobre un cuadro de Hopper” y “Otro cuadro de Hopper”. En ellos, Gruia utiliza esos ambientes misteriosos y solitarios del artista para crear otra forma de arte, en este caso verbal. Pero hay más cerezas que se enredan en las páginas de este breve y hermoso libro. Así, Borges, que sirve para la cita de un poema con ese tan familiar como irrebatible “La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado”, es también el inspirador formal y temático de “Conjuro contra la vejez”, un soneto al modo isabelino inglés, que no puede oler más a Adrogué o la calle Maipú de Buenos Aires y sin embargo es más que un aventajado ejercicio. Dos es también el número de citas de la escritora neozelandesa Katherine Mansfield que comparecen en el libro.

Están luego las ciudades, París y Bucarest. Los versos siguientes a aquellos ya citados “Los dientes en la pulpa de la fruta. / Los destellos rojizos de un cuenco de cerezas”, de “Refugios”, dicen: “Un puente, / y el brillo de la torre Eiffel, lejanos.” Y todo un poema se dedica a la capital gala o la ciudad del Sena según los clichés y aquí, porque estamos hablando de poesía, “París” a secas. Es un buen soneto amoroso que tiene la particularidad de que en la posición de los tercetos y en su misma distribución estrófica la autora ofrece tres pareados, una forma infrecuente. Vuelve a aparecer en “Monsieur Jacques”. En cuanto a su ciudad natal, a la que el comunismo convirtió en un horror, también arquitectónico, se nos muestra en otro par de poemas donde no se nombra (“El olor de las ruinas” y “La ciudad interior”) y uno donde sí se muestra explícita, “Bucarest” y que se cierra con este nada halagüeño “¿Es ésta una ciudad / o acaso un cementerio?”.

Y vamos terminando. Hay un poema titulado “La isla del tesoro”, donde se habla de la escritura poética (“Filibusteras natas, / las palabras jamás / piensan en el naufragio.”). Pues bien, en el ya mencionado “Monsieur Jacques” hallamos el libro de Stevenson, ahora él mismo, no como símbolo. Y se lo nombra en español, la lengua del poema, y en francés, no olvidemos que el poema se desarrolla allí, en París: “Me acerqué a ver el libro que leía: / L’îsle au trésor, edición ilustrada.”

Subrayar estas coincidencias no es, por supuesto, anotar las limitaciones de la poesía de Gruia, sino por el contrario destacar su coherencia, la arquitectura de los pasadizos que unen los poemas. En cuanto a la expresión, esta es muy cuidada, y abunda en acertadas comparaciones y metáforas. Un verso traigo aquí en el que entrechocan las figuras de la hipálage y la sinestesia: “El tintineo blanco de dos copas de vino.”

Al tratar el amor, la nostalgia, las emociones que despiertan personas y lugares, la poeta se sirve de un verso musical (generalmente, endecasílabo y heptasílabo) que para nada hace sospechar que el español no sea su lengua nativa.

Gruia, en variación del poema de Jaime Gil de Biedma, no volverá a ganar el Premio de Poesía Andalucía Joven. Da igual. Seguramente ganará otros. Y, no nos engañemos: lo de menos es ganar, o no, premios. Lo que de verdad importa es escribir buenos, hermosos poemas. Creo que podemos esperar muy buenos frutos de Ioana Gruia en el futuro. 

18 octubre 2012

Cuba en tres tiempos

Alejandro Luque

Aunque en medio de las últimas convulsiones mundiales Cuba aparezca como desenfocada, relegada a los márgenes de la actualidad política y cultural, la mayor de las Antillas no ha perdido su magnetismo irresistible, y su longeva Revolución sigue siendo un motivo de controversia inagotable, capaz de levantar pasiones desbordantes y rechazos viscerales. He aquí tres lecturas que no dejarán indiferentes a ningún interesado en la isla y sus circunstancias. 


Maestro cantor

José Ángel Valente y José Lezama Lima

Renacimiento, 2012

ISBN: 978-84-151-7740-1

216 páginas

16 €

Prólogo de Juan Goytisolo


Fue María Zambrano la persona que les puso en contacto, pero desde el primer encuentro en una casa llena de libros del Trocadero habanero surgió una amistad que perduraría en el tiempo, a pesar de la distancia geográfica y de las interferencias de los censores. Ahora, en una cuidada edición a cargo de Javier Fornieles Ten con prólogo de Juan Goytisolo, ve la luz el epistolario reunido entre el poeta español José Ángel Valente y el cubano José Lezama Lima, el maestro cantor que da título al volumen.
Estas cartas, a las que se suman otras de personajes cercanos a los poetas, así como los ensayos que se dedicaron mutuamente, ponen de manifiesto la instantánea simpatía que se profesaron, así como el progresivo hallazgo de afinidades, entre las cuales destaca -de nuevo con Zambrano como nexo común- el interés por la mística, con especial atención hacia la figura de Miguel de Molinos, condenado por hereje como, en cierto modo, lo fueron también Valente y Lezama : aquel, desterrado en Europa, éste aislado y ninguneado en una ciudad, La Habana, que cantó como nadie. Una lectura que ayuda a comprender tanto las claves de dos poéticas fundamentales del siglo XX, como algunas de las circunstancias a las que hubieron de enfrentarse los intelectuales en aquellos tempestuosos tiempos. 


Necesidad de libertad
Reinaldo Arenas
Point de Lunettes, 2012
ISBN: 978-84-9650-855-2
384 páginas
16 €




El gran público descubrió la figurar del cubano Reinaldo Arenas (1943-1990) gracias al filme de Julian Schnabel Antes que anochezca, que le valió a Javier Bardem su primera candidatura al Óscar. Este éxito ayudó a difundir obras como Celestino antes del alba, Otra vez el mar o las memorias que dieron título a la película. La editorial sevillana Point de Lunettes, que dos años atrás publicó la correspondencia de Arenas con el pintor Jorge Camacho y su mujer, Margarita, ahora recupera una serie de textos donde el escritor de Holguín ajusta cuentas de un modo feroz con la Revolución cubana y con sus valedores.
"El intelectual cubano en el exilio está condenado a desaparecer dos veces: primero, el Estado cubano lo borra del mapa literario de su país; luego, las izquierdas galopantes y preponderantes, instaladas naturalmente en los países capitalistas, lo condenan al silencio", denuncia Arenas en uno de estos ensayos, en los que reitera los mil modos de represión -ninguneo, prisión, vejaciones, espionaje- a los que fue sometido antes de sumarse al éxodo de Mariel en 1980, entre el contingente de homosexuales, delincuentes y enfermos mentales a los que el régimen permitió salir a Estados Unidos.
El volumen misceláneo contiene, entre muchos otros testimonios propios, ensayos literarios, fragmentos de discursos de Fidel y las cartas de intelectuales europeos y latinoamericanos que sucedieron al lamentable caso Padilla, artículos de la ley contra el "diversionismo ideológico" y hasta un recorte de la prensa francesa en la que se especulaba con la posibilidad de que Arenas hubiera desaparecido a manos de las fuerzas policiales cubanas.
Otros documentos constatan de manera más expeditiva el divorcio entre el escritor y el castrismo. Así, con una carta al poeta Nicolás Guillén le hace saber que "de acuerdo con el balance de liquidación de amistad que cada fin de año realizo (...) le comunico que usted ha engrosado la lista del mismo". A Alexandra Reccio, miembro del Partido Comunista de Italia, que visitó a Arenas en La Habana sin dejar de pregonar las bondades de la Revolución, la despide diciéndole: "Ojalá algún día comprenda (...) que el único sitio donde el hombre es libre, y por tanto es realmente hombre, es aquel donde puede manifestar su desprecio. Reciba pues sincera y modestamente el mío".
No se queda atrás a la hora de enjuiciar severamente a sus compañeros de letras. Prácticamente todos, salvo a Lezama Lima y a Virgilia Piñera -que, según acredita Arenas, sufrieron presiones y desprecios parejos a los suyos- reciben invectivas del autor. A los cubanos Lisandro Otero, Fernández Retamar y Edmundo Desnoes no los saca de la consideración de esbirros del sistema. Cintio Vitier es un "monje" y un "santurrón", el nicaragüense Ernesto Cardenal es "tan mediocre e hipócrita como su supuesta doctrina religiosa"; Julio Cortázar pertenece a esas "barbudas putonas izquierdistas que desde París inventan o apoyan revoluciones inexistentes", mientras que el Nobel colombiano Gabriel García Márquez una "vedette del comunismo" y "un híbrido entre la demagogia y el folclor".
Y como blanco de sus más furibundos rencores, la figura de Fidel Castro: "Los intelectuales que, como invitados de honor", escribe Arenas, "visitan las tribunas de los países comunistas, si tuviesen el coraje de pensar por sí mismos y la valentía de no servir a otra causa que a la de la razón (como se supone que debe obrar un intelectual) deberían sentirse profundamente perturbados y entristecidos cuando ante ellos y el jefe máximo, el único jefe, sólo se oye un clamoroso sí con sus consabidos aplausos".
Probablemente arbitrario a ratos, tal vez vehemente en exceso, lo cierto es que el autor escribe investido por la autoridad de la víctima. Arenas se suicidó en diciembre de 1990 en su apartamento de Nueva York, estragado por el Sida. "Cuba será libre. Yo ya lo soy", fueron sus últimas palabras. 

Antología. La poesía del siglo XX en Cuba
VV. AA.

Visor, 2011
ISBN: 978-84-989-5076-2
463 páginas
22 €
Edición de Víctor Rodríguez Núñez



He aquí una antología que, tanto por la seriedad de su revelador prólogo como por la suculenta nómina de los seleccionados, podría considerarse casi definitiva. Cierto es que la delimitación geográfica y temporal, la Cuba de los últimos 50 años, ofrece un panorama tan vasto y rico que poco le habrá costado al autor encontrar perlas a montones.
El sumario se abre y se cierra curiosamente con dos mujeres, Fina García Marruz (1923) y Damaris Calderón (1967), y por en medio se despliegan nombres consagrados (Barnet, Retamar, Arrufat, Fernández) junto a otros pendientes de descubrir entre los lectores españoles menos iniciados, como Fayad Jamís, Luis Rogelio Nogueras o Ramón Fernández-Larrea. Entre unos y otros, el juego apasionante de escuelas, influencias y corrientes que tiene en el grupo Orígenes su fuente primordial de inspiración y de disidencia, y en la Revolución cubana un punto de inflexión determinante.
No hay antología sin ausencias, y a éstas se debe el hecho de que escatimemos la consideración de definitiva. La de Visor tiene tres notables: la de Antonio José Ponte, conocido como narrador pero autor de algunos interesantísimos poemarios; la de José Pérez Olivares, en mi opinión el más capacitado de su generación y del que más cabe esperar en el futuro; y la del propio antólogo, Rodríguez Núñez, dueño de una poética propia y personal que hubiera encajado perfectamente en el sumario.

26 octubre 2011

La poética de la sinceridad



Sociedad limitada

Miguel d’Ors

Renacimiento, 2010. Colección "Calle del Aire"

ISBN: 978-84-8472-516-9

75 páginas

12 €




Rafael Roblas Caride

Pocas sorpresas cabe esperar del libro de un poeta ya veterano”, avisa el propio autor en la introducción de esta Sociedad limitada que hoy publica Renacimiento. La confesión se prolonga advirtiendo que, de la misma manera que en sus comienzos, el Miguel d’Ors (Santiago de Compostela, 1946) que aquí se presenta se encuentra en la línea de la tradición, que “consiste, a fin de cuentas, en recibir con una mano la herencia del ayer y entregarla con la otra mano al mañana, pero no sin antes haberle añadido alguna aportación personal”. Rotundo y sincero. Con esta declaración de intenciones es complicado andarse por las ramas y aguardar imposibles piruetas.

Y así es. Formalmente Sociedad limitada se circunscribe al ámbito marcado por el ritmo del endecasílabo y del alejandrino, al que se les acoplan sus hermanos menores, el heptasílabo y el pentasílabo con evidente éxito. Miguel d’Ors se reafirma en esta faceta como un excelente músico del lenguaje que mide palmo a palmo la cadencia y respeta el canon renacentista. Ahí es nada: tradición. Porque un tal Garcilaso plantó en el XVI la semilla que dio origen al reinado del endecasílabo en la poesía española, con sus implicaciones posteriores, desembocando cuatro siglos después en un Antonio Machado o en un Luis Cernuda que abren el camino a esa poesía finisecular que algunos noveleros han etiquetado como “de la experiencia”. Paréntesis. Y yo pregunto inocentemente: ¿son las Coplas fúnebres manriqueñas “experienciales”? Pero ese es otro partido que no se juega hoy. Volvamos a d’Ors.

¿Y temáticamente? También el poeta gallego da la clave en su prólogo. Se trata de un poemario conformado por un conjunto de composiciones heterogéneas, donde “coexisten páginas graves con otras poco menos que disparatadas, poemas brevísimos con otros de cierta extensión, textos rimados con textos sin rima, sátiras con elegías, versos de amor con conceptos esparcidos…, pero todo ello […] tiene un transfondo común: la conciencia y el disgusto de vivir, como el título indica, en una civilización […] incapaz de levantar la vista por encima de lo físico, lo racional, lo útil, lo rentable”.

Nuevamente es sincero d’Ors. Por las páginas de esta Sociedad limitada deambulan algunos espectros y algunas realidades. Entre los primeros destacan los múltiples fantasmas familiares de la memoria. De entre los segundos, el vigoroso paisaje de su Galicia natal. Y uniendo ambos elementos, un irónico guiño de viajero harto de dar tumbos por este “cambalache problemático y febril” que llaman vida. De este modo se suceden ante los ojos del lector reflexiones y retratos misceláneos alternándose: la hermana retrasada y el café Savoy de Pontevedra, los tatarabuelos y el olor recién cortado del heno, el vecino mirlo que canta en la rama y las madres benedictinas de San Payo de Antealtares, la nieta recién nacida y los lejanos viajes de la infancia por “A Costa”… Pasado y presente se entrelazan para superar el misterio y revelarles a esa gente –para los que todo tan claro “porque / tienen ordenadores y descienden del mono”– que hay un montón de interrogantes que quedarán en el aire, como ese “lenguaje / inaccesible al hombre” de la naturaleza, ante el que sólo cabe “nuestro mejor silencio / y provisionalmente resignarnos / a llamarlo Belleza”.

Pero al contrario de lo que pueda parecer por su elevada esencia, el tono empleado por Miguel d’Ors en su libro se quiebra continuamente en el sarcasmo, en el guiño irónico, en el humor inteligente e, incluso, en la frivolidad lingüística, como lo demuestra el poema “La voz de la experiencia” en el que el poeta juega con las terminaciones –ajo, –ejo, –ijo, –ojo, –ujo en el final de cada verso para finalmente, citando a Abel Feu, aconsejar a un genérico hijo que se haga futbolista si quiere triunfar en la vida. Quizás esa querencia al humor sea una salida natural desde la ética y la estética a ese envaramiento abigarrado que se encuentra en tantos discípulos de la vacuidad sobrecargada y estéril. La naturalidad no es otra cosa que una sencillez, si acaso mínimamente descuidada y decadente, a la moda modernista, como bien indica este 'haiku' hipercrítico: “Tantos jazmines, / tantos jazmines, tantos… / ¡qué pestilencia!”.

En esa “deshabillé” también habría que entender, quizás, la “confianza con la Poesía” con la que enfoca d’Ors su oficio al cabo de tantos años, igualmente referida en el citado prólogo: “al cabo de los años se encuentra con ella [con la Poesía] como cada mañana se encuentra con su mujer: en la cocina, despeinado, en bata y con zapatillas de casa, y la trata no con menos respeto pero sí con menos formalidades y con una chispita de guasa relativista”. Y mucha guasa –y de la buena– hay en poemas como “De fuegos y buitres”, “Mis siete motivos para desear que no me dediquen una calle”, “Autorretrato condicional” o “Después de donar sangre”, donde el poeta concluye con una advertencia dirigida al posible receptor de su donación sanguínea, ante el peligro inminente de que se cruce con su propia esposa:

Pero que sobre todo no te extrañe,
desconocido amigo,
lo que vas a sentir hasta en el pelo
si algún azar te pone alguna vez delante
a Concha Valladares
”.

Sin embargo, como complemento a este tono humorístico, circula también por las páginas de este libro un halo de trascendencia, de un demiurgo divino –ajeno a lo racional y a lo físico– que todo lo anuda y explica desde la perspectiva de la Fe, con mayúsculas, trasmitida de padre a hijo. En esto es también valiente d’Ors, en confesarse creyente, casi de misa dominical, en una sociedad donde el laicismo es lo que está de moda. Este Dios justo, que medirá la balanza de las buenas obras al final y que terminará por contestar la insondable pregunta: “qué somos, dónde demonios vamos / y de dónde venimos”, se encuentra presente en todo el libro y el autor lo enarbola orgulloso cada vez que se le encarta. En este aspecto, nuevamente, está apegada la tradición al poeta.

Para terminar, sería también injusto no reparar en la última advertencia de Miguel d’Ors en la “limitación” de esta obra en “sociedad”, con respecto al talento propio. Y así lo indica de nuevo: “Por último, también es síntoma de la confianza con la Poesía la capacidad de percibir y aceptar, en los poemas que uno compone, las limitaciones del propio talento”. ¿'Captatio benevolentiae'? Eso parece. Nadie tira piedras contra su propio tejado y, mucho menos, cuando el obrero es tan osado que comienza un libro de poemas con un serventesio en el que riman “Aznar” con “degustar” y “coplero” con “Rodríguez Zapatero”. ¿De verdad quiere hacer creer “el poeta fingidor” a sus potenciales lectores que “La gratitud del campo” o “Pensando en el día menos pensado” no han quedado a la altura que debieran? Nuevo guiño. Nueva travesura.

Definitivamente y, como conclusión, hay que decir que el conjunto de poemas que componen Sociedad limitada configuran un poemario bastante sólido y técnicamente muy bien trabajado, con altos y bajos –eso es inevitable en libros de esta naturaleza miscelánea-, pero con un excelente buqué en su recapitulación. En la memoria quedan versos antológicos y reflexiones trascendentes que calan en el receptor. Y una sonrisa. En la lejanía, se oye un eco apagado. Llega hasta nosotros el ejemplo final. Que sea el paciente lector quien tenga la última palabra.

CATULANA

Lidia se me insinúa –miradas y morritos–,
día y noche procura los escorzos propicios
para ante mí lucir su escaparate. Esfuerzo
vano: resisto su ardiente acoso. Pero
no por virtud heroica, ni por mero temor
al castigo divino. Es otra la razón:
su figura. El fornicio con semejante endriago
tendría más de penitencia que de pecado
.”

11 octubre 2011

Prohibida la inocencia



La fuente y la muerte

Pedro Sevilla

Renacimiento, 2011. Colección "Biblioteca de la memoria"

ISBN: 978-84-8472-627-2

332 páginas

20 €




Alejandro Luque

La poesía, ya lo sabemos, no sirve para nada, pero los pueblos que cuentan con buenos poetas son afortunados. Miren, si no, el caso excepcional de Arcos de la Frontera, a las puertas de la sierra de Cádiz. Allí vinieron a nacer y a cantar Julio Mariscal, los hermanos Murciano, Antonio Hernández, José María Velázquez-Gaztelu y también voces más jóvenes como las de Pepa Caro –un raro especimen de alcaldesa poeta–, María Jesús Ortega o Jorge de Arco. Entre unos y otros, destaca desde hace más de una década una voz, la de Pedro Sevilla, llena de hondura y verdades.

Esta vez, sin embargo, no toca ocuparse de un poemario suyo, sino de un volumen de memorias. Quienes estén familiarizados con la obra de Pedro Sevilla entenderán, al poco de empezar a leer, que la obra del arcense está de por sí llena de memoria: reconocerán al instante personajes plasmados en sus versos, como Ramón Amaya Flores, el gitano guapo que en el colegio marcaba goles de chilena, la veterana musa Carolina de Mónaco o Ángela, la madre silenciosa y abnegada de ojos azules; y también se reencontrarán con el hermano víctima de la adicción a la heroína que es el eje de Extensión 114, una de sus pocas incursiones en el campo de la novela.

Pero no se trata aquí de desmigar las interioridades de esta vida contada, sino de poner de relieve las bondades de un libro que, desde su título y como la vida misma, discurre entre dos extremos, la maravilla y el espanto, la dicha y el dolor. Lo primero que se agradece es el modo en que el autor sortea los peores peligros del género autobiográfico, a saber: la tentación de embellecer el pasado, o por el contrario de vengarse de él; la pose para la eternidad, la subjetividad interesada, la retórica al servicio de la deformación de los hechos, el recurrente maniqueísmo de los buenos y los malos. Ni rastro de eso en estas páginas que destilan honestidad y fluyen en un tono limpio y transparente como agua del río, pero dispuestas a abordar episodios terribles prescindiendo por igual del tremendismo y de la sacarina.

Porque, es hora de decirlo ya, la memoria íntima de Pedro Sevilla, y la de su pequeño pueblo blanco encaramado sobre una peña, es la memoria de esa España “violenta y triste”, como la define él mismo. Una patria sombría y aterrorizada, sumida en la larga noche de la dictadura franquista. Una escuela de crueldad que se quitaba el hambre a bofetadas y donde todas las injusticias hacían nido. Una memoria que no encuentra eco en la revisión del pasado más bien ñoña, políticamente correcta y para todos los públicos que ejercitan algunas series de televisión y no pocas novelas superventas. Esta obra es un rotundo mentís a esa idea de un pasado que después de todo –dicen– no era tan malo, y que tampoco –insisten– tan diferente de nuestro presente. No es posible salir indemne de La fuente y la muerte. No está permitida la inocencia después de una lectura como ésta.

Aunque se escriba en prosa, hay que ser muy poeta para recrear de ese modo el mundo de los perdedores, de los de abajo. Y especialmente, del humillado mundo femenino, que era el de las de abajo de los de abajo... Hay que ser poeta, y de un vuelo muy alto, para contar así la dureza de la vida en el campo, que los urbanitas ni alcanzamos a sospechar, la precariedad y la incertidumbre, el circuito perverso de la casa a la taberna, las angustias de la emigración… Y también, como una luz que se abre camino entre la sordidez, el amor, las utopías, el papel redentor de la poesía. Y, desde cualquier esquina, la imprevisible irrupción de la alegría, que Pedro Sevilla llama, hermosa y estremecedoramente, “la venganza del pobre”.

Al llegar al final del relato, que concluye a mediados de los años 90 con la transición democrática culminada y la sucesiva pérdida del hermano y del padre del autor, uno siente que todo el mundo, o al menos todos los poetas, deberían estar obligados a hacer un ejercicio como éste, de dejar testimonio de lo visto y lo vivido desde la máxima exigencia literaria, como obligación con sus contemporáneos y con las generaciones venideras. Lo mismo pensé con otro relato sin concesiones, publicado en la misma editorial, como son las imprescindibles Memorias de un antihéroe, de Javier Salvago. Qué suerte tiene Paradas, me dije al terminarlas. Qué suerte, Arcos de la Frontera. Y qué frío debe de hacer en los pueblos sin poetas.

16 mayo 2011

¿A dónde iré que no me sienta extraño?


La aventura. Antología poética

José Luis García Martín

Renacimiento, 2011. Colección "Antologías"

ISBN: 978-84-8472-617-3

236 páginas

12 €

Edición de Rosa Navarro Durán



Rafael Suárez Plácido

Con sólo veintidós años el poeta nos avisa de cuáles van a ser sus intenciones. En el poema “Adolescencia”, que no está recogido en esta antología, nos habla de la búsqueda de la ciudad deseada, también de los riesgos de la noche y de cuerpos extraños y tibios que le empezaron a mostrar que lo que se consigue nos deja: “semillas de desgana y de melancolía”. Al final del poema se hace la pregunta que podría ser también el leitmotiv de una vida: “¿Y a dónde iré que no me sienta extraño?”

Rosa Navarro Durán ha escogido unos cien poemas y ha decidido dejar fuera de la selección este, quizá por demasiado temprano, o quizá sencillamente porque son sólo cien poemas a escoger de entre todos sus libros. Entre libros autocensurados, o casi, y ediciones casi inencontrables no tendría claro de cuántos libros se trata. En Material perecedero. Poesía 1972-1998, se citan dieciocho poemarios. Posteriores son cuatro. Rosa Navarro incluye poemas de once de ellos y tres inéditos. Es difícil decidir. Cada lector podría hacer su propia antología. Es difícil.

Lo que sí que es cierto es que José Luis García Martín, poeta extremeño, aunque afincado desde casi siempre en Asturias, pese a su obra poética ingente y deslumbrante, aparece más en los medios por otros motivos. En parte se podría decir que él lo quiso así. Sus Diarios ofrecen un panorama de la vida literaria del país desde 1989, siempre desde una perspectiva personal e independiente, siempre diciendo lo que otros callan, a veces porque no lo saben, a veces porque no se atreven a escribirlo públicamente. Y eso crea enemigos. En este país no se perdona al que sobresale, y menos si cuestiona lo que para otros es incuestionable. Su labor crítica ha sido y es aún más importante. Conozco a poetas que no le perdonarán nunca no haber sido reseñados por él. Y lo cierto es que si lo hubieran sido tampoco le perdonarían no haber sido “bien tratados”. Pero hay otra faceta suya que me ha interesado siempre mucho: la de maestro o guía de varias generaciones de poetas asturianos. Algunas de las voces que más me interesan de la poesía española actual fueron forjándose en Oliver. Sus consejos, sus lecturas, su ayuda en todos los sentidos ha ido cimentando las bases de lectores y poetas actuales. Todo esto ha ido eclipsando la que es una de las obras más interesantes y perdurables del momento actual. La colección "Antologías", que hará volver a retomar su prestigio de antaño a la sevillana editorial Renacimiento, con la obra de algunas de las voces indispensables del siglo XX, así se lo ha sabido reconocer.

La aventura poética, el viaje por su obra, comienza con los versos memorables de “Dido y Eneas”. Hace suya, o nuestra, la voz de la reina despechada: “Fracasar es un arte que tú ignoras. / Se aprende lentamente, en largas tardes / y rincones oscuros, se aprende entre los brazos / que fingen un calor que no perdura. / (…) … y yo te vi / partir hacia otro mundo en donde yo no existo.” Eso es el amor en versión García Martín. Esos cuerpos tibios presentidos o sentidos, que fingen que estarán aquí para siempre. Otro personaje de la cultura clásica, Nausica, retoma esa misma idea: “… Un día / supe en sueños que / muy lejos te esperaban. Yo debía / tan sólo dar asilo al caminante / por unas pocas noches.” Es muy difícil escribir versos de amor tan sinceros, tan verdaderos. García Martín lo consigue evitando siempre caer en los tópicos manidos. En su poema “Epitafio”, donde toma la voz o da la suya a Pessoa, escribe: “Una mujer me amó o dijo que me amaba. / Yo sólo amé palabras sin ventura.

Uno de sus libros más valorados es Treinta monedas. El título hace referencia al precio de la traición de Judas Iscariote. En el poema “Pro domo sua” responde a los que le preguntan sus motivos: “¿Celos, amor, resentimiento? / ¿Qué poco me conocen los que afirman / tales cosas! (…) No me arrepiento. Gracias a mi traición, / tú no podrás traicionar a nadie.” La traición forma parte de la lealtad. Parece un aforismo de Nietzsche. Pero es cierto y difícil: lo fácil es permanecer fingiendo incluso cuando esta ya no existe. “Un poeta menor” responde en la línea de Borges y, aun antes, de Quevedo, con un tono humorístico más propio de este último, a la idea del éxito en vida: “Haberlo sido todo y no ser nada… / ¿Triste destino? ¡Ojalá fuera el mío!” Este fino humor, esta ironía que sería bueno que asumieran los receptores de sus críticas, toma más aun los ritmos borgeanos a lo largo de todo este libro, y lo encontramos así en “Apuntes para un epitafo al poeta sueco Stagnelius”: “No hubo brillo en mi vida. Sólo brillan mis versos. / (…) Le resumen dos fechas. Y un puñado de versos.”

Sus libros El pasajero y Principios y finales, formarían junto a Treinta monedas un segundo bloque principal en su obra, que delimitaría la Poesía casi Completa: Material perecedero (Nobel, 1998). Pero yo incluiría los poemas nuevos de ese libro en la tercera parte de su obra, la que más me interesa, la que ofrece su voz más personal. La Poesía borra la memoria o hace más fácil su olvido. La Poesía es indispensable para seguir viviendo: “Palabras que vienen de muy lejos, / palabras que son aire y son de nadie / esta mañana borran lo que han sido, / borran el mundo, borran su sonrisa.” El poeta sabe ya lo que ha de hacer para sentirse a salvo: “… esa voz / tan dulce es una trampa. ¿Alguien llora? / Es sólo el viento: no hagas caso.”

En la tercera parte de su obra, incluimos Al doblar la esquina, Mudanza y Légamo. Del primero selecciona Rosa Navarro algunos de sus poemas más celebrados: “Anna Ajmátova”, “Simone”, “Infancia y nieve”: versos conmovedores dedicados a su padre, “A un estudiante caído en el frente del este en 1941” o “El balcón”: “No queda ni una brizna de dolor esta tarde. / La enmohecida rueda de los siglos / ha girado de pronto, y no hay memoria / ni de ti ni de mí…”

El libro más representado en La Aventura es Légamo, si no el mejor, si uno de los mejores. Desde luego, el último de los publicados, el que nos podría dar una imagen más actual de su Poesía. ¿Cuántos poetas con obra extensa podrían decir algo así? La mayoría siguen publicando en un ejercicio deshonesto de rutina, en la necesidad de seguir permaneciendo. El caso de García Martín es diferente: los veintiséis poemas incluidos dan una idea bastante exacta de Légamo. El poeta aún se maravilla y continúa encontrando la Belleza del mundo. Algo así, pretendo ofrecer con estos versos del poema “La mañana”:

La primera mañana en al ciudad,
desconocido entre desconocidos,
Adán de ingenuos ojos
que no se cansa de mirar
un reluciente paraíso,
la primer mañana del mundo.

La voz poética de José Luis García Martín es cierta y verdadera, una voz que siempre buscará mirar esa “primera mañana del mundo”. Una de las voces más impactantes del momento actual de la Poesía en nuestro idioma. Lean La Aventura, o Légamo o Mudanza, su anterior antología en Pre-textos, más extensa. Y ya me contarán.

17 marzo 2011

Volver a casa

El retorno a Sefarad. Un siglo después de la Inquisición

José M. Estrugo

Renacimiento, 2010

ISBN: 978-84-8472-593-0

136 páginas

15 €



Alejandro Luque

Nacido en Esmirna, formado en El Cairo, emigrado a Estados Unidos, combatiente de la causa republicana en España y fallecido en La Habana, José Meir Estrugo Hazán (1888-1962) podría sin duda haber dejado un par de tomos de memorias dignos de ser leídos con fruición. No fue así, pero en cambio legó para la posteridad este libro, El retorno a Sefarad, que ilumina no sólo un aspecto de su azarosa vida, sino un significativo segmento de la Historia de España y del Mediterráneo: la vida de los judíos expulsados por los Reyes Católicos y de sus descendientes en sus respectivos países de acogida.

El origen de este volumen es el primer contacto del autor con suelo español, en octubre de 1922. El flechazo es fulminante: confundido entre emigrantes repatriados viguenses de Nueva York, cuenta cómo “ellos volvían a sus hogares, pero yo me reintegraba a una patria milenaria”. Y sin el menor resentimiento derivado de “la ofensa mortal de 1492”, Estrugo proclama a los cuatro vientos su pasión hispana. “Como no somos, en general, sionistas”, le confiaría a un amigo, “ni creemos que la Jerusalén actual pueda satisfacer, como metrópoli, nuestro sentimiento colectivo; tenemos nuestra Jerusalén o Sión espiritual, que es el país legendario de Sefarad: ¡España!”.

Estrugo emprende una meritoria tarea de descripción de la vida cotidiana en a judería de Esmirna donde creció, “un pedazo de España del siglo XVI y XVII”, asegura, un calco de las que visitaria en Sevilla, Córdoba y Toledo. Los tipos humanos, las voces de la calle, los hábitos y costumbres son desgranados con amoroso detalle. Recopila dichos sefarditas vigentes entre los españoles del momento –y aun de hoy: "seguir en sus trece", "para chuparse los dedos", "cada oveja con su pareja", "de la Ceca a la Meca", "el tiempo de Maricastaña"...–; letras flamencas que se interpretaban igual en León y en Rodas, y melodías comunes a las sinagogas de Nueva York o Curaçao, idénticas a las saetas de la Semana Santa hispalense; o variedades gastronómicas de procedencia española que han perdurado con muy pocas alteraciones en los hornos y fogones turcos.

No deja de ser muy sorprendente la alusión al radical puritanismo de raíz española de la época, que condenaba a la mujer a la invisibilidad pública, mientras que los varones gozaban de ilimitada libertad. Y aún más: “La mujer que ha tenido la desgracia de un 'flirt', o percance, está perdida; muchas veces he visto vengar bárbaramente el honor de la familia”, escribe Estrugo.

Especial atención dedica el escritor a las similitudes entre el español moderno y el antiguo judeoespañol. “Somos como discos fonográficos vivos para los estudiantes de español antiguo”, se maravilla Estrugo al tiempo que describe las coincidencias entre ambos. Asimismo, celebra que fueran los sefardíes los tempranos introductores de la imprenta en Turquía, y se demora en recordar viejos periódicos en caracteres latinos impresos en Esmirna, algunos de los cuales seguían existiendo, en aljamiado, en los años 30. Y advierte de que la hegemonía del turco en detrimento del castellano antiguo cerraría la puerta de todo ese universo espiritual.

Un lector despistado podría creer que el fervor del relato de Estrugo se corresponde con una pareja devoción religiosa. Por el contrario, se declara inveterado agnóstico, y en un momento dado confiesa que, de niño, “envidiaba a mis hermanitas porque a mí me llenaban la cabeza de telarañas y me obligaban a rezar, y a ellas no; mis hermanas no han tenido que luchar como yo para sacar todos aquellos clavos de a cabeza y desaprender lo que me habían enseñado”.

Ni siquiera se alivia a la hora de ensayar, de pasada o como quien no quiere la cosa, una refutación de la pureza de sangre al afirmar que “la tan cacareada solidaridad hebrea internacional, no es sino una simpatía común entre los perseguidos por sus ideas o por su religión. En lo demás, lo mismo explota el capitalista hebreo al siervo hebreo que el capitalista cristiano al siervo cristiano”.

Su fascinación responde, pues, a una identificación cultural que tiene mucho que ver con el amor a los antepasados y con su memoria humillada. “No hay más que dos religiones: la del amor y la del odio. La mía es la del amor. En este sentido, pudiera ser cristiano o budista”, concluye.

16 diciembre 2010

En busca de claridad

Con el tiempo

Enrique García-Máiquez

Renacimiento, 2010

ISBN: 978-84-8472-591-6

67 páginas

12 euros







Jesús Cotta

Voy a decir por qué me ha gustado tanto este libro de Enrique García-Máiquez (Murcia, pero el Puerto de Santa María, 1969):

-porque los finales de todos los poemas son estupendos y, no porque den un giro inesperado, que también, sino porque el poema va empapando el alma en muy poco tiempo, con palabras sosegadas, pero de una honda intensidad interior, y, de pronto, con el final, el alma se mete dentro del corazón y éste se inflama

-porque los poemas más personales son los más universales y emotivos, como In memoriam, Salto, Albada o El hijo que no tengo

-porque el libro trata los temas de siempre con enfoques nuevos y está lleno de reflexiones originales y reveladoras. En concreto, el poema de La higuera estéril no se me olvidará nunca: cuando esté triste y desesperado, lo leeré una y otra vez. Y Hecatombe es una maravilla que pasará a la historia de la literatura, os lo aseguro, por terrible, maravilloso, revelador, responsable y ecológico sin buenismos. Lo deberíamos leer todos y aplicarnos el cuento que el autor se aplica a sí mismo, sin pretender dar lecciones a nadie

-porque el libro tiene sentido del humor (cuando estaba delgado e iba a fiestas), sin chiste fácil ni sarcasmo, sin caer en la subestima barata y doliente. Se trata más bien de buen conocimiento de sí mismo, de un “a pesar de todo, está bien”. El autor se ríe de sí con tanta gracia, que dan muchas ganas de conocerlo y darle un abrazo. Leed, si no, Variación sobre Cardenal, Icono y Últimas voluntades

-porque su poesía es sencilla y transparente, pero sin renunciar a estrujar el lenguaje para sacarle el máximo partido, ¡y sin que se note!, como ocurre en Voces, que estremece, y en el sorpresón final de De cine, que, además, tiene doble y triple sentido, cada uno con sus connotaciones, a cual más bonita; y como ocurre en La pregunta:

¿quién no te mira así, cómo es posible
que sólo lo haga a veces, nunca siempre?

-porque a mí no me gustan los poetas tristes ni los jocosos, sino los sencillamente alegres, los que, sin ocultar el dolor del mundo, retiran con una mano cálida las ramas podridas que nos sepultan para señalarnos una estrella

-porque en el libro no hay sólo endecasílabos blancos, sino otros metros y también coplas, haikus, versos discretamente asonantados y un soneto que es una maravilla, con rimas fuertes pero imprevisibles y con un final de antología. En la variedad está el gusto y la maestría

-porque el libro no tiene grandes pretensiones, sino grandeza. Su garra es su discreción

-porque de todo lo que le he leído al autor, éste es el mejor libro. Los buenos poetas lo son aún más con el paso del tiempo

-y porque a los que somos retorcidos de pensamiento y, a veces, de escritura, nos vienen bien revelaciones como ésta:

Las retorcidas
ramas buscando clari-
dad. Como yo.

Y como yo. Gracias, poeta. Retorcerse sólo vale la pena si es para buscar esa claridad sin retorcimientos.

11 marzo 2010

La grandeza de los espejos

Robert Browning

Gilbert Keith Chesterton

Renacimiento, 2010

ISBN: 9788496956544

226 páginas

16 €

Traducción de Vicente Corbi

Manolo Haro

Chesterton gustaba de pasear por los confines que ribeteaban Londres. Lo hacía para hollar caminos que el último lamido del sol teñía de índigo apartado del mundanal ruido de la ciudad y, sobre todo, para observar la vida gigante de los hombres periféricos. La periferia, la desubicación, lo extraordinario, entendido esto último como la manifestación de una condición al alcance de cualquier hombre que se lo propusiera, le procuró a Chesterton el hilo de unas biografías que trabajó hasta confeccionar, de manera sagaz y original, algunos de los retratos más personales que se han escrito sobre San Francisco de Asis, Santo Tomás de Aquino, Chaucer, Dickens, William Blake, Stevenson o G. B. Shaw, entre otros.
La publicación de la vida del poeta Robert Browning, cuyo nombre, poco a poco y afortunadamente, va apareciendo en los catálogos de las diversas editoriales que han rescatado su obra del empeño mezquino y cerril que pone el olvido con algunos autores, hemos de celebrarla como un pequeño acontecimiento que llena de regocijo a los amantes del poeta y a los admiradores del autor de El hombre que fue jueves. Concretamente, allá por el año 2000, aquéllos que siguieron los meandros canonizantes de Harold Bloom pudieron leer el poema “Childe Roland a la torre oscura fue”, inserto en su libro Cómo leer y por qué. Esa composición rasgaba un tanto el telón, nos dejaba oír el leve sonido de una voz que el lector atento supondría como valedora de alguna que otra antología. Así fue: la editorial DVD publicó cinco años después La licencia y el límite, una pequeña muestra de la hermosura y extrañeza que el poema seleccionado por Bloom ya anunciaba. Belacqua también ha contribuido a que El anillo y el libro, una obra que los lectores de Borges conocían ya desgranada en sus planteamiento y en su estilo, llegara a saciar el hambre de Browning que tenían los que habían ido confeccionado sus bibliotecas con muchos de los títulos dictados por el argentino.
En esta paulatina recuperación agregamos ahora la mencionada obra de Gilbert Keith Chesterton que la editorial Renacimiento, reconocida devota de la producción del autor –no pocos son los títulos de éste que van agrandando su catálogo bajo tal sello–, nos ofrece. Que un biografiado y un biógrafo sin parangón se citen en una misma obra es más que motivo suficiente para pasar sus hojas durante unas cuantas horas de regalada lectura. Quizás el placer nos venga porque el estilo del inventor del Padre Brown, con sus juegos malabarísticos en torno a lo paradójico, nos desenmascara la vida apasionante de Browning, su poesía y el concepto de ella. Todo contador de vidas, detrás de la tramoya de escenarios, conversaciones y atardeceres recreados, esconde entre el puñado de datos mucho de él mismo. De hecho, leyendo este libro no hay duda de que Chesterton vio en el poeta o quiso ver una concepción del mundo y de la creación vecina a la suya. “Odió con un odio acendrado el esteticismo, la bohemia, las irresponsabilidades del artista y la moral deseada de Grub Street y del Barrio Latino”. Barajen las cartas y a ver de quién de los dos se trata. Nos introducimos poco a poco en la atracción de feria de los espejos. Según el narrador, Browning tiene una de las características de los movimientos modernos por excellence: la apoteosis de lo insignificante. “El poeta de la antigua epopeya es el poeta que había aprendido a hablar: Browning es la nueva epopeya, es el poeta que ha aprendido a escuchar”, convirtiéndose en un hombre que sabe “percibir la terrible e impresionante poesía de las noticias policíacas, que en general se califican de vulgares, que son espantosas y pueden ser indeseables, pero que nada tienen de vulgares”. De nuevo andamos perdidos en la galería de espejos.
La vida de Browning no tiene desperdicio desde que se fugó a Italia con la poetisa Elizabeth Barrett, rescatándola de una enfermedad que la tenía postrada y de una familia que se empeñaba en conservarla en ese estado. Hay en el libro divertidísimas anécdotas contadas con estilo soberbio, como la referida a la afición al espiritismo de Miss Barrett, enfrentada al escepticismo absoluto de su esposo. El estilo de Chesterton no gusta de la planicie, sino que se construye a partir de sagaces apreciaciones no exentas de humor y fina ironía. Todo el libro es una fiesta, incluso en las habitaciones más sombrías de la vida del biografiado.
Chesterton conocía la obra de Browning como las medidas de su cara. Esto le llevó a confeccionar la obra desde la memoria, citando así, desde los rescoldos avivados por su propio recuerdo, los versos que más le gustaron. De hecho, Leslie Stephen, el padre de Virginia Woolf y corrector de la serie “English Men of Letters donde aparecería el libro, llamó la atención sobre las imprecisas citas que el autor había utilizado. Cuando sus editores se lo advirtieron, el escritor se quejó, según el propio Stephen, como “un elefante herido”.

* Guardo entre mis anaqueles una edición crítica de la W.W. Norton & Company de la Robert Browning´s poetry, más como tesoro que como libro vivo. Mi inglés no da para tanto. Brindo el volumen a aquel que se aventure a traducirlo. “The bough of cherries some oficcious fool/ broke in the orchand for her […]”. Ya ven, la belleza.

17 julio 2009

Poesía para siempre

Todo es para siempre

Pedro Sevilla

Renacimiento, 2009
ISBN: 978-84-8472-450-6

143 pág.
9 euros


Jesús Cotta

Lo bueno de reseñar poesía es que uno no tiene prisa por colocar la reseña, porque la poesía, si es buena, no pasa de moda, y el lector de poesía, si es bueno, acaba encontrándola.
Renacimiento, en su colección de las rayas, como ya la conocemos, ha tenido el gusto y el acierto de antologar los tres libros de Pedro Sevilla, además de algunos poemas inéditos. El prólogo, de Enrique García-Máiquez, es un guiño al autor y al lector y no deben ustedes saltárselo: un prólogo original para un libro que, más que un libro, es una lluvia de simpatía.
Como dice el también poeta José Julio Cabanillas, un poema es bueno no porque deslumbren sus imágenes, sino porque en él vibra una voz cautivadora y personalísima, a cuyo servicio están, si están, esas imágenes. Yo lo traduzco así: si en un poema breve dedicado a un amigo o a una madre Pedro Sevilla me revela el misterio o me hace llorar de pura emoción sin recurrir a la lacrimogenia ni a la penita pena, sino poniendo en mi mano su corazón con unas cuantas estrellas; si incluso puedo recordar el día y el sitio en que el poeta me hizo ese regalo de darme a oír por fin una música a las que antes estaba sordo; y si para colmo obra ese milagro sin alharacas ni culturalismos ni fuegos de artificio, sino con una sencillez de amigo que me desarma, como si lo que dice no se pudiera decir de manera más llana y elegante, puedo asegurar que me encuentro ante un poeta de cabo a rabo, un poeta que hace universal lo íntimo, eterno lo fugaz y bello lo cotidiano.
Pedro Sevilla, en fin, rescata las cosas de su insignificancia, que es, según María Zambrano, la vocación de la poesía, y así las salva para siempre. El título del libro no puede ser más afortunado.
Algunos poemas son auténticas poéticas, donde el poeta revela las razones por las que escribe. Invito al lector a descubrirlas: las más amables, entrañables y comprensibles que he encontrado jamás en una poética.
Muchos versos son fogonazos de luz que iluminan para siempre pensamientos que uno tardaría muchas parrafadas en expresar. La cebolla se fríe en la cocina “y cruje perfumando de honradez nuestra casa”. “Si escribo es porque tengo/ una deuda con tus ojos de lluvia”. El recuerdo “vendrá con más mentiras. Pero tú no lo creas”.
Recomendar su lectura es invitar a un feliz descubrimiento, porque se trata de un poemario lleno de luminosas y elegantes confesiones. ¿Acaso no es la poesía la única manera elegante de desnudarse?
Sea bienvenido, pues, este libro que rezuma, como su autor, nobleza.