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27 marzo 2013

Los sótanos de la ciudad


Fugitiva ciudad

Manuel Rico

Hiperión, 2012

ISBN: 978-84-9002-003-6

94 páginas

10 €

Premio Internacional "Miguel Hernández-Comunidad Valenciana" 2012



Rafael Suárez Plácido 

Cuando hablamos de conocer una ciudad, nos estamos refiriendo a su casco antiguo o, a lo sumo a un barrio concreto, reconocido o reconocible por algo. Pocas veces caemos en la cuenta de que las ciudades que vemos no son sino la parte visible de un iceberg, que oculta mucho más de lo que nos ofrece. En la portada de este libro, hay un dibujo de una línea de horizonte, o del cielo, de cualquier ciudad moderna actual y de un espacio por abajo, que podría simbolizar todo aquello que no se ve fácilmente, ni con una visita. A veces, la forma de reconocerlo es haber pasado un tiempo allí, otras veces, haber leído una obra que tenga sus raíces en esa misma ciudad y el momento de confirmar eso que se ha leído, ese sí, ha de ser una visita –al menos una visita- a la ciudad. El autor del dibujo es José Manuel Rico, una de las dos personas a quienes está dedicado este poemario de Manuel Rico. ¿Quién es Manuel Rico? Es muchas cosas (poeta, narrador, editor, crítico…) pero para mí, además de todo ello, es el editor de la Poesía Completa de Manuel Vázquez Montalbán, uno de mis poetas y prosistas favoritos de la literatura española de la segunda mitad del siglo pasado, que también fue muchas cosas y que, quizás por ello, vio como su poesía -sin duda, parte esencial de su obra- quedaba en un discretísimo segundo plano, quizás también como la parte oculta, mucho mayor que la visible, del iceberg de la portada. También Vázquez Montalbán escribió un poemario titulado Ciudad y con unos versos suyos inicia Manuel Rico la primera parte de este poemario. Son cuatro versos, pero en los dos primeros adivino buena parte del significado de este libro: “pero sólo serás libre al llegar a Memoria / la ciudad donde habita tu único destino”. Memoria y ciudad. Memoria y Fugitiva ciudad: Memoria también fugitiva. No se trata de una ciudad con sus calles más céntricas ni monumentos más conocidos, aunque en muchos de estos poemas se reflejen las calles del Madrid natal, especialmente en la primera parte, o de la Barcelona donde se conocieron otras experiencias posteriores. La ciudad fugitiva es una serie de ciudades en las que se han recordado libros o versos o autores que han ido creando la figura del lector que es la base de todas las figuras posteriores. Pero vayamos por partes.

El gran tema del libro es la Memoria. El autor desea transmitir a la generación que sigue a la suya, la generación de sus hijos, su Memoria personal, una especie de Crónica sentimental. Para ello va a utilizar la Poesía. Y considera, acertadamente en mi opinión, que para entender todo lo vivido cabalmente hay que remontarse al 39. La idea del fugitivo, el viajero que huye o que trata de huir del viento frío que le persigue a todas partes, porque incluso forma parte de él mismo, está asociado a Walter Benjamin, que aparece en el primer poema, “Casi un preludio”, en el que ya encontramos al Manuel Rico que se alinea con los perdedores, con los que siempre salieron derrotados al exilio o incluso a la muerte: “… El viento / de la orfandad de Benjamin y el viento del exilio, / de nocturnos de hollín en la Francia del sur/ del año 39”. La “Francia del sur del año 39” fue -no lo olvidemos- la España del norte que recién salía de esa guerra fraticida y que iba a marcar para muchos el inicio de esa generaciones de españoles perdedores en todas las batallas. Fue la misma España que acabó con el sueño de la libertad de Benjamin, que falleció en condiciones nunca suficientemente aclaradas en un pueblito del Pirineo, cuyo nombre quedará unido para siempre al final de la vida y de la libertad, convirtiéndose en un símbolo que íbamos a llevar tatuado en la piel y que aún llevaremos, mientras habitemos los pasajes de la memoria, quién sabe cuánto tiempo.

El libro está dividido en cinco partes que están ordenadas cronológicamente. De ellas, la primera, “De los barrios inciertos” y la tercera “Más allá de las patrias”, tienen en común que sus poemas llevan título y parece que forman parte de un proyecto de obra común, el de esa “fugitiva ciudad” del título, más en la primera parte que en la tercera. Pensemos que es Madrid o Barcelona, pero también Roma, Berlín, Viena o Frankfurt. Esa ciudad-iceberg que navega a la deriva por aguas casi siempre heladas al destino que ya todos conocemos. Son poemas que están impregnados de lo social y que siempre hacen referencia a un hecho o a una historia marcada por la derrota. No se trata sólo de la cara más conocida de esas ciudades, al contrario, nos movemos por polígonos industriales, barrios periféricos, bares del miedo, trenes de cercanías o hipermercados.

“De los barrios inciertos” trata de sus padres, de la infancia y de los primeros años de formación que llegaron con las inolvidables primeras lecturas, poesía y ensayo, Sharon Olds, T. S. Eliot, A. Gramsci y C. Pavese. En la segunda parte, “Días en ti con música de fondo” asistimos a un libro nuevo, en el que el protagonista es el descubrimiento del amor y el escenario, Barcelona. Son versos de amor y de batalla, que presagian esa otra batalla que trata de conseguir la dignidad para los suyos, para sí mismo. Y de eso trata la tercera parte del libro, “Más allá de las patrias”, donde se consolidan esos primeros esbozos de juventud, donde el poeta maduro reconoce con sus propios ojos el mundo, más poesía, más luchas desiguales, a más perdedores y consolida su formación como escritor, llegando hasta los años inmediatamente anteriores a los que vivimos, de los que se trata en la quinta parte, una serie de sonetos a la manera del Blas de Otero de Ángel fieramente humano, sobre el presente sin la carga de espiritualidad que nos ofrecía también el gran poeta vasco.

El poema “Nebulosa”, que inicia la primera de esas partes, ya nos va aclarando cuáles van a ser los rasgos más destacados del libro: formalmente, el uso del encabalgamiento, a veces, abrupto; la adjetivación sonora y, muy especialmente, las enumeraciones (sustantivos, adjetivos, oraciones subordinadas, verbos). Muchos de los poemas son enumeraciones, a veces caóticas, pero normalmente ordenadas 'in crescendo' a partir de las que va tomando forma la historia, porque siempre hay una historia detrás. No es difícil reconocer las lecturas asimiladas del omnipresente Vázquez Montalbán, gran poeta español de la Ciudad y la Memoria, y también con esa adjetivación tan rica, que también encontramos en la otra gran influencia, Jaime Gil de Biedma, a quien cita al empezar la cuarta parte del libro: “Formentor, medio siglo. 1959-2009”, un homenaje a lo que supuso una puesta al día en la poesía española, la primera que se produjo desde la generación del 27, en esa generación del 50 que tomó la bandera de la poesía social. Del mismo modo, van asomando otras influencias a las que va citando, la mayoría de ellos poetas. Y los cita porque la literatura forma parte de la vida de Manuel Rico. Muchas veces la literatura es la vida y el poeta quiere dejar constancia de ello. Ya hemos citado a Walter Benjamin, que para muchos es poeta antes que pensador. Pero también cita a Handke, a Vicente Gaos, a Antonio Machado; y a algunos amigos como Gelman, Diego Jesús Jiménez y Dulce Chacón. Casi todos ellos han sido, algunos son aún, de esa raza de los que nunca ganaron nada más que lo que fueron capaces de escribir, a veces, con su propia sangre. de los que sólo ganaron un lugar en nuestra memoria. Es posible que esa línea más social de la poesía española del siglo XX: Antonio Machado, Blas de Otero, Gil de Biedma y Vázquez Montalbán tenga su continuidad en poetas como Manuel Rico que en esta Fugitiva ciudad plantea con éxito el proyecto de poesía total, poesía de la Memoria.

19 junio 2012

Autopsia privada


Ofelia y otras lunas

Javier Vela

Hiperión, 2012

ISBN: 978-84-9002-000-5

62 páginas

9 €

XIX Premio Ciudad de Córdoba "Ricardo Molina"



José Martínez Ros

Crecemos como esporas atomizadas por la costumbre, / pero no hay crecimiento sino retrocesión, / materia inerte y células simbólicas. /
Pero no hay crecimiento sino demacración, /luz sucia, leche amarga, mierda en los orinales.

Ofelia y otras lunas no es tanto el mejor libro hasta la fecha de Javier Vela, sino su mejor poema, lo que equivale a decir que es uno de los más hermosos de la reciente poesía en español: un largo poema, articulado en diversos fragmentos, pero cerrado en su dispersión como conjunto único y coherente. Todos sus recursos líricos, cada uno de esos versos, están empleados en la descripción de un sujeto el cual es complicado no identificar totalmente con su propio autor, que despliega en su escritura lo que podríamos llamar los demonios de su alma -ante todo un sentimiento de pérdida: pérdida amorosa, familiar, identitaria- y realiza una extraordinaria purga de su  memoria: una crítica y una mirada hacia los abismos que oculta la memoria si la contemplamos bajo la luz, a veces implacable, de la conciencia, poniendo de manifiesto la importancia del olvido en la reconstrucción psicológica y moral del individuo.

"Un niño me contempla desde el fondo / oscuro y frío del tiempo. / Sonríe, se persigna y estalla en mil palomas."

También es el poema de una ciudad, Madrid, en la que se mezclan las visiones decadentes, “sucias”, la urbe, con referencias clásicas -tal vez para aumentar su halo intemporal-, una combinación que nos recuerda al primer Eliot, el de Prufrock y algunos pasajes de The Waste Land, al Pound más fatalista y al Lorca de Poeta en Nueva York.

“Queda un olor a lámpara quemada, / un baile de azafatas. /
Vi retornar el día como esos libertinos que tu fulgor encubre y amamanta, / y vuelven al pasado como un chucho a sus vómitos.“
  
El poeta es, como quería Baudelaire, “un héroe para sí mismo”, anhelante de una plenitud vital que parece encontrar en el pasado, pero, como sucede en el caso de cualquiera de nosotros, sólo halla en pequeños destellos, en momentos -es inevitable- efímeros, pero también es capaz de adoptar otras máscaras: la de payaso, 'dandy', esteta o la de su propio verdugo. Se dirige a una figura femenina necesariamente fantasmal -puesto que no representa a una sola persona y puede ser la luna, la muerte o incluso la madre de una distante infancia-, la que ha dado el nombre de Ofelia, pero a la que hubiera podido llamar, con igual certeza, “otredad”, lo desconocido, el futuro. Vamos a remarcarlo, por si no os enterasteis: Ofelia y otras lunas es uno de los poemas más bellos de la reciente literatura española.

“Y ahora, ¿a dónde iremos?/ Como un temblor de sombra tus labios me consuelan, / en tanto que tu lengua, tierna como un exilio de panteras, / aguza mis sentidos, pero luego te alejas por la acera contraria / llevándote contigo la verdad de la tarde, / la verdad nebulosa de la calle sin ti.”

06 marzo 2012

Escritura comprometida


La noche 351

Ángel Petisme

Hiperión, 2011

ISBN: 978-84-7517-994-0

93 páginas

9 €

XXVII Premio Jaén de Poesía



Juan Carlos Sierra

Antes de entrar en La noche 351, es conveniente saber de qué noche está hablando exactamente el poeta aragonés Ángel Petisme. Por ello, quizá lo mejor será empezar el libro por su último texto "El hombre que fue a Basora", adaptación en clave autobiográfica de la misma noche de Las 1001 noches.

En el libro de Petisme, el protagonista viaja de Madrid a Basora -vía Estambul y Bagdad- guiado por un sueño en el que se le promete que encontrará la fortuna que perdió; una vez allí, los acontecimientos no se suceden según pronosticaba el sueño y vuelve a su casa madrileña donde le espera su más preciada riqueza, la carta que le anuncia que ha de ir a Zaragoza a recoger a su hija adoptiva. El relato termina así: “El hombre que fue a Basora buscando tesoros los tenía esperando en su casa. Y su sueño fue un viaje de ida y vuelta como todos los sueños de quienes buscan lejos de casa el paraíso”.

La noche 351, por tanto, es una especie de libro de viajes o, mejor, un poemario que da cuenta de un viaje concreto, el realizado por Petisme y otros poetas a Bagdad y Basora invitados por el ministerio de cultura iraquí entre el 23 y el 28 de marzo de 2010. La noche 351 será, así pues, un recorrido por las ruinas de Irak, pero también un viaje interior.

Del dolor de esta experiencia surgen los poemas más crudos que componen La noche 351; pero también de un concepto muy claro de poesía, el del compromiso, el de aquella “arma cargada de futuro” de Gabriel Celaya. Y para que nadie se llame a engaño, Ángel Petisme lo explica en "Vocabulario básico", el primer poema ‘sensu stricto’ del libro: “¿A dónde irá mi poesía/ si mis versos no tienen eco/ ni maldicen a quienes despellejan/ a los pueblos?/ ¿A dónde irá mi vida?”. Si alguien no está interesado en esta manera de afrontar la creación poética y la vida, está avisado desde el inicio.

No obstante, no todo en La noche 351 son ficticias armas de destrucción masiva, expolio petrolífero, zapatos de indignación contra Bush y compañía, cadáveres en las cunetas o los torturados de Abu Grhaib. En medio de la desolación y el hedor de los cadáveres, el libro de Ángel Petisme se oxigena con la nostalgia de los cafés perdidos y de sus conversaciones, con la reivindicación apasionada de una cultura milenaria, con la sensualidad de la antigua poesía árabe y de Las 1001 noches, con el amor y sus cuerpos dando fe de él,… “Días de acero, noches de terciopelo”, como queda escrito en "Cinco veces en Nínive".

A esta bipolaridad temática se ajusta perfectamente el horizonte lingüístico y estilístico manejado por Ángel Petisme. Mientras los versos más directos, rocosos y narrativos acuden en ayuda del poeta para moverse entre las ruinas materiales y humanas de Irak, la imaginería y el vuelo lírico los reserva para cantar la belleza y el amor, el sexo y la poesía; en definitiva, la esperanza y la vida en medio del horror y la destrucción. Porque la poesía -la literatura, en general- es el clavo ardiendo al que nos agarramos, al que se agarra el poeta, cuando alrededor naufraga la dignidad.

Este es realmente el compromiso poético de la obra de Ángel Petisme, más allá de principios sociales, políticos o ideológicos: un compromiso con la realidad y con el lenguaje, porque si de algo es responsable cualquier escritor es de ese binomio y de su coherencia. Es más, creo que este es el valor más destacado de La noche 351, más allá del significado u oportunidad del viaje, alfa y omega de la obra.

17 febrero 2012

Decir la nada

70 haikus y senryûs de mujer

Suzuki Masajo, Kamegaya Chie y Nishiguchi Sachiko

Hiperión, 2011

ISBN: 978-84-7517-973-5

93 páginas

10 €

Traducción de Vicente Haya y Yurie Fujisawa

Caligrafías y 'haiga' de Keiko Kawabe


Rafael Suárez Plácido

“Decir la nada.” Para muchos, una aspiración. Otros quizás añadirían: “de la forma más hermosa posible” y, ya puestos: “Decir la nada más significativa.” Decir la nada. La aspiración de una parte de la cultura 'zen' tantos siglos. Con estas tres palabras describe Vicente Haya el significado del haiku. Y sí, es una forma acertada de hacerlo. Aunque haya nadas y nadas. Y la nada de este libro es mucho menos nada, que la de muchísimos otros libros de poemas o de relatos.

70 haikus y senryûs de mujer, editado por Hiperión en 2011, es todo un descubrimiento. Se trata de una antología de poemas escritos por tres mujeres japonesas del siglo XX. No es nada fácil encontrar información sobre ellas, quizá sí de Suzuki Masajo, que vivió casi todo el siglo, y terminó convirtiéndose en algo más que una poeta: un símbolo para la mujer japonesa sometida (ella también lo estuvo hasta que decidió romper sus ataduras) a las normas más duras. No entendemos por qué se ha suprimido este prólogo que estaba inicialmente previsto. Se nos antoja imprescindible, aunque los poemas se defiendan solos.

La mujer japonesa siempre ha estado muy próxima a las artes y más aun a la poesía. Y cuando escribo “siempre” es siempre. Dos de los nombres clásicos, probablemente los más importantes de toda la literatura japonesa, son los de Sei Shonagon y Murasaki Shikibu. Mucho más recientemente tenemos, también hace unos años editada en Hiperión, a Yosano Akiko, precedente inmediato de las tres poetas que aparecen en esta antología, la ya mencionada Suzuki Masajo, Kamegaya Chie y Nishiguchi Sachiko. Las tres vivieron a lo largo del pasado siglo XX y la última aún vive. Las tres vidas son, cada una a su manera, interesantes para entender amplios espectros de mujeres japonesas y ninguna de ellas ha tenido una vida fácil.

Si bien todo el mundo conoce someramente lo que es el 'haiku', es probable que no esté tan claro qué es el 'senryû'. Se trata de una pieza con la misma estructura métrica que el 'haiku', pero sin referencia ninguna a las estaciones del año, cuyo tema es algún rasgo físico o psicológico de la naturaleza humana y también pueden referirse a objetos artificiales. La diferencia con el 'haiku' es temática y quizás sea lo que en occidente se ha venido considerando como 'haiku' tradicionalmente.

Suzuki Masajo es la más cercana a Yosano Akiko de las tres. Se puede decir que ambas tienen algo de representantes del feminismo más creativo en su país. Nació en 1906 y murió en 2003: ha recorrido casi todo el siglo pasado. Tuvo una infancia y juventud difíciles en las que tuvo que casarse con su cuñado para cuidar a los hijos de su hermana mayor muerta, como exigía la tradición de su país, lo que le llevó a la infelicidad conyugal, tema de sus poemas. Pero pronto se liberó de las ataduras y regentó un bar. Desde luego, nunca fue admitida en los cenáculos poéticos de Tokio, donde vivió toda la vida. En sus poemas refleja su feminidad:

"Una mujer sola. / Se despierta y mira / la caja de luciérnagas."

"Noche de invierno. / Cosas que se reflejan / en el espejo: yo."

También algún tema tabú, no sólo en Japón:

"Las hierbas secas… / Hasta su color me daña los ojos. / He sido infiel."

"Salvo algún hombre, / nunca he robado nada. / Levanto la persiana de bambú."

"Bola de arroz hervido. / Hasta al hombre que amo / le estoy mintiendo."

Hay algo que me ha sorprendido muchísimo, y es que en tan poco espacio se muestre tan claramente la visión femenina en casi cualquier tema. También en el sexo:

"Se hunde el cuchillo / en el melocotón blanco / como en un cuerpo."

De Kamegaya Chie lo principal que podemos decir es que vivió casi toda su vida en Canadá. Es parte de esa otra realidad nipona: la emigración a occidente. Alguno de sus poemas es tremendo por su dureza y, seguramente, rompe nuestros esquemas del 'haiku':

"Tan vieja estoy… / Ni me inmuté al saber / que tengo cáncer."

Y, sin embargo, no deja de ser una realidad que la poesía moderna tiene que mostrar. Es lo que hay. Y también poemas más dulces. Este me recuerda uno de los anteriores de Suzuki Masajo:

"En el espejo, / al cambiarme la ropa, / se podía ver la nieve."

La tercera poeta Nishiguchi Sachiko está aún viva y es una señora que ha pasado toda su vida en el campo. Ni siquiera tiene conciencia de que su poesía merezca ser llamada así ni, desde luego, ser leída. Pero juzguen:

"Silencio en la montaña. / Sólo el ruido que yo hago / recogiendo helechos."

"La masajista / ni calla ni pregunta. / Musgo en las tejas."

"Un peregrino / en otoño hace cola / en la lavandería."

"Susuki en flor. / La esposa, con veinte años, / y desaparecida."

Los poemas están traducidos por Vicente Haya y Yurie Fujisawa, y añaden la caligrafía y haiga de la maestra Kawabe Keiko. Lástima esa decisión de no incluir el prólogo en este libro que, no obstante, recomiendo encarecidamente a cualquier interesado en la poesía del siglo XX.

15 septiembre 2011

La dulce sed


Los idiomas comunes

Laura Casielles

Hiperión, 2010

ISBN: 978-84-7517-976-6

77 páginas

9 €

XIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal



Rafael Suárez Plácido

Hay quien piensa que la presencia de una voz nueva en la poesía ha de ser una irrupción: lo joven, lo nuevo ha de llegar con todas las pretensiones. Hay algo de cierto en eso. Pero la realidad es que casi siempre se queda en un intento, en ganas de romper. Podría citar nombres de poetas que llegan pidiendo un sitio sólo porque son jóvenes. Y en realidad no hacen más que repetir esquemas prescindibles de ruptura. A veces se escudan en una supuesta Postmodernidad cuando ni siquiera saben de qué están hablando. Les parece que es un cajón de sastre donde todo vale. Uno de los preceptos es que no admiten casi nada de lo que ya está hecho, ni como obra ni como pensamiento crítico. Piensan que eso también les favorece. Si un crítico no valora lo positivamente que quisieran su obra se evaden con reflexiones negativas sobre dicho crítico. En realidad, eso es más frecuente, no sólo se da en autores jóvenes y primerizos. Pero normalmente se entra en un debate que no anula la crítica. Estos poetas, en cambio, niegan lo que no les complace y, también con frecuencia, montan sus propios círculos donde tratan de dar la vuelta a la cuestión.

Esta reflexión no trata de generalizar. No todos actúan así. También surgen autores interesantes. Un ejemplo es la incipiente obra de Laura Casielles (Pola de Siero, 1986). Y lo es desde su primer poema publicado, toda una declaración de intenciones, para el que usa un símil bélico:

Le explicó que en el campo de batalla
debía quedarse atrás,
donde las balas llegan cansadas
y el fuego es tibio.

Que dejara
para otros el filo traidor
de las medallas.

(…)

En los tiempos de calma
sirven también las reglas de la guerra.

En retaguardia se guardan
mejor las fuerzas,
y es la única atalaya
capaz de tener por norte el horizonte.”

Con esta bella imagen comienza su primer libro: Soldado que huye (Hesperya, 2008). Yo conocí sus versos en una hermosa antología que preparó José Luis García Martín sobre los encuentros Poesía en Valdediós. Se titulaba A pesar de todo e incluía algunos de sus versos. De ahí pasé al libro ya citado. No es fácil encontrarse una declaración de humildad tan generosa en un primer libro. El libro es un camino de iniciación en la vida, en el amor, que esconde una manera de entender la Poesía que me gusta. Con el paso de los versos, la voz va tomando fuerza, hasta el punto de si no negar lo dicho, sí empezar a avistar ese horizonte.

“Un ángel y un diablo sentados sobre mis hombros,
aureas mediocritas,
el legado maldito de los que sobreviven.”

La forma de despojarse de ese peso que supone la dorada mediocridad es maldecir la propia suerte, la propia vida de quien todavía no ha dado los pasos para asentarse en el mundo, la voz que ya ha dejado de temblar comienza a hacerse fuerte y ya no se esconde. Con estos mimbres, es lógico esperar con muchas ganas el inicio del nuevo libro.

El premio de Poesía Joven Antonio Carvajal marca esta nueva etapa. Los idiomas comunes (Hiperión, 2010) retoma concienzudamente el final del libro anterior y la voz se ofrece plenamente, ya desde los primeros versos. Ya nadie se esconde. Con la expresión que ya usó recientemente Juan Antonio González Iglesias, que tomó de una tradición que va descubriéndose a lo largo de los siglos: Henry Miller, Fray Luis de León, Jesucristo antes que nadie. Ella toma la idea de Szymborska, de la cita que inicia el libro y que concluye: “Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo.” Me parece no sólo justo, sino hermoso. El poema se llama "Ofrenda":

“Toma,
este es mi cuerpo,
te estaba esperando…”

Y ese cuerpo, esa voz, no es nada si está sola:

“a veces no estás y no es nada,
a veces cuerpo,
a veces voz.”

El libro es un paseo a lo largo de la vida de la poeta. A veces nos habla de sí misma: de su infancia, de sus orígenes. A veces nos habla de las personas que le acompañan. Su pasión por conocer va más allá de los límites del lenguaje poético. La poeta sólo sabe que quiere conocer el mundo en el sentido más literal de la palabra. Hay poetas que escriben desde el silencio de su habitación y enfrascados en los límites de su biblioteca. Es una opción válida que ha dado obras muy interesantes. Lao-Tsé escribió que lo que no puedas conocer en esos límites, no lo podrás conocer nunca. Ni siquiera hablaba de la biblioteca, sólo de uno mismo reflexionando solo. Pero Laura Casielles entiende la Poesía de una forma diferente. Ella ansía conocer el mundo: las diferentes voces, los problemas verdaderos de todos y cada uno de nosotros. Y entiende que para ello es necesario aprender los idiomas de la gente. Su poesía no se detiene en las grandes voces, sino es un medio para mostrar al mundo esas inquietudes.

El libro se divide en cuatro partes, que son un camino que hay que recorrer para llegar al milagro. La voz nunca es neutra: desde el inicio nos transmite la emoción de la belleza y el extrañamiento.

“Voy a contaros algo hermoso. En esta tierra
la gente toma el nombre de sus hijos.”

En la segunda parte nos muestra su ideología, a veces contra natura, pero siempre firme y decidida. Su corazón se debate entre el ser conservador que quiere lo que ama y ese otro ser que ama lo que quiere y que cree en conceptos como el bien común, que está ahí para que todos lo podamos disfrutar. Y a esa lucha dedica su tiempo. A esa lucha dedica también sus versos. A veces con cierto sentido del humor, como cuando escribe sobre el corazón:

“Y ahí nosotros, siempre en lucha
por demostrar que sigue estando,
como afirman los latidos,
a la izquierda.”

Empecé hablando de los poetas jóvenes que se consideran postmodernos y que no asumen la ideología. Asturias es tierra de luchadores, siempre lo ha sido. Pero en este libro asoman, en forma de citas, algunos poetas del sur que piensan que no es un valor a desdeñar. Se trata de Pedro del Pozo o de David Eloy Rodríguez, influencias que se dejan ven especialmente en la cuarta parte, la más lograda, que comienza con La levedad del pájaro, uno de sus poemas más hermosos.

“Aprender
la levedad del pájaro. Respirar.
Sentir como pasa el aire
por todas las esquinas del cuerpo,
lo más parecido a volar
que puede hacer una mujer
como yo,
con el corazón
pegado a la tierra.”

Como también lo es "Habitus", ahí está todo: lo que ha sido, lo que se esperaba de ella y lo que es:

“… la conciencia siempre al borde de la boca,
sus amores sin medida, sin razón y sin nombre,
sus dudas, sus temores, su desgarro,
la aventura constante,
los amigos más dulces y más sabios,
la innegable verdad del tranquilo fluir de estas tardes…”

En el poema "Conjetura" toma fuerza la conciencia ecologista, con versos que estos días están de triste actualidad:

“Cuentan que también vieron un árbol en Hiroshima,
cuando se quedó callada.”

Y al final del viaje, con parada en la casa familiar,

“En torno al río,
una ciudad que llevará tu nombre.

Y en medio de la ciudad,
una casa.”

Al final del viaje, decía, que nunca acaba, la fe en el mundo:

“Esa fe
no se quiebra. Tu sed
Es dulce.”

16 junio 2011

Esperando el próximo libro


Las almas nómadas

Miguel Salas Díaz

Hiperión, 2011

ISBN: 978-84-7517-986-5

60 páginas

9 €

XXVI Premio de Poesía Hiperión


Juan Carlos Sierra

Con Las almas nómadas, su segundo poemario, ha conseguido el madrileño Miguel Salas Díaz el XXVI Premio Hiperión de poesía. El poeta une así su nombre a una nómina de autores que han labrado con el tiempo una obra sólida –Carlos Pardo, Benjamín Prado, Álvaro García, Luis Muñoz, Luisa Castro,…-, pero también a otros muchos de los que se esperan noticias tras su paso por el podio de la editorial homónima. El tiempo dirá cuál va a ser el lugar que ocupe Miguel Salas Díaz, pero a la vista de su obra premiada algo han de cambiar las cosas para poder encontrarlo en el primer grupo.

No quiero decir con esto que se trate de una obra fallida o de un fallo –el del jurado- discutible. Se puede afirmar que estamos ante un poemario correcto, bien escrito, bien trazado, pero al que se le echa en falta algo de riesgo y, sobre todo, un tanto de personalidad –la mayoría de los poemas suenan a música repetida en otros libros más o menos contemporáneos-.

Al conjunto de poemas de Las almas nómadas le sucede lo que a algunos CDs de grupos noveles o no tanto: atraen la primera vez que los escuchas, pero tras unas cuantas audiciones más atentas, se salvan dos o tres cortes que ofrecen una idea ajustada de lo que podría haber sido un buen LP que se ha quedado en un disco simplemente digno. Además son estos precisamente los temas y las maneras que esperas que se conviertan en el futuro sello del grupo, en el camino que lo va a diferenciar de la masa amorfa de bandas que suenan más o menos igual.

De entre los poemas que pertenecen a la primera parte del libro, titulada 'El corazón en sombras', destaca "Noctámbulo", texto que, a pesar de encontrarse en la línea del resto que compone esta sección –poesía urbana, amor de circunstancias, contemplación celebrativa de la belleza cotidiana, tono conversacional,…-, introduce de forma muy pertinente para el conjunto del poema la variante corrosiva del paso del tiempo y un moderno y sugerente ‘carpe diem’: “…no dejéis de saltar cuando los días/ empiecen a posar, acompasados,/ en el dulce diván de vuestro pecho/ la sombra soberana de la muerte”.

En la segunda parte del libro, 'Misa diaria', a pesar de la aparente heterogeneidad del conjunto, se pueden rastrear algunas constantes: la infancia y su interpretación de la vida, la relevancia de la literatura en la búsqueda de un discurso para esa vida,… o la introspección en el mundo de la infancia y en el presente del personaje poético a través de la literatura. Quizá el poema más sobresalientes de esta 'Misa diaria' sea "Lector III (Las personas del verbo)", cuyos ecos a Gil de Biedma solo quedan claros en el título y en la mención explícita al poeta catalán en el cuarto verso, pero cuya auténtica relevancia está resumida en el último verso (“Lo libro del furor de la conciencia”) a propósito de una anécdota sin aparente importancia con un “mosquito atigrado tropical”.

Finalmente, 'La semilla caliente' –tercera y última sección de Las almas nómadas- contiene una serie de poemas dedicados a la certeza de la muerte desde perspectivas y enfoques muy diversos. De ella destacan "Treintañero asustado", que en cierto sentido entronca con el poema "Noctámbulo" de la primera parte, y "Muerte del poeta (Epílogo)" donde Miguel Salas Díaz se muestra más poeta que en el resto de su libro reflexionando sobre el sentido existencial de la literatura, de la palabra que nombra y, de alguna manera, falsea el mundo frente a la vida sin intermediarios de la infancia, cuando no era necesario “…poner mis pequeñas palabras en las cosas”.

La conclusión a la que parece llegar el poeta en este último poema de Las almas nómadas es la renuncia, el silencio. Sin embargo, creo que es precisamente a partir de esta conclusión desde donde la poesía de Miguel Salas Díaz puede crecer y convertirse en algo más que en una poesía correcta y él en un poeta de verdad, en la antítesis de la legión de poetas que saben el oficio, pero que no alcanzan a decirle nada realmente interesante e intenso al lector.

06 septiembre 2010

La verdad del cuerpo y sus antecedentes


Historia de una anatomía

Francisca Aguirre

Hiperión, 2010

ISBN: 978-84-7517-963-6

82 páginas

9 €

Premio Internacional Miguel Hernández-Comunidad Valenciana




Juan Carlos Sierra

Parece que Francisca Aguirre (Alicante, 1930), a sus jovencísimos ochenta años, se hubiese aliado últimamente con algunos de los premios que saca a la luz de las estanterías la editorial Hiperión. En cuestión de tres años ha recibido dos premios publicados por esta prestigiosa editorial madrileña especializada en poesía; a saber, el Premio Valencia de la Institución Alfons el Magnanim con Nanas para dormir desperdicios en 2007 y el Premio Internacional Miguel Hernández-Comunidad Valenciana en el centenario del poeta de Orihuela por Historia de una anatomía. Aunque los galardones poéticos en sí no significan demasiado, porque no siempre son sinónimo de calidad, en el caso de Francisca Aguirre creo que le proporcionan una merecida presencia en el panorama poético español, aunque solo sea por el eco mediático, tras el olvido injusto que ha sufrido esta poeta con una obra sólida y de muchos quilates. Ojalá todo esto sirva, aunque tardíamente, para rescatar otros títulos valiosos de esta autora y para colocarla al menos en el lugar que se merece dentro de su generación –la del 50-.

No sé si Historia de una anatomía, con premio y todo, se podría incluir en el ‘top ten’ de la producción poética de Francisca Aguirre, pero existen en el libro los suficientes méritos como para invitar a leerlo.

Como en el resto de la producción poética de la escritora alicantina, se mantiene en su último título la limpieza del verso, su claridad, su sobriedad, su tono susurrante, cercano y amable -como de madre que habla con cariño a una hija de lo cruel que puede llegar a ser la vida (y de eso Francisca Aguirre sabe demasiado)-, su inclinación a lo narrativo, su inclinación por la temática familiar –donde la figura del padre, el pintor Lorenzo Aguirre, adquiere una relevancia definitiva-… Y, en lo relativo a las influencias, la presencia –diríamos omnipresencia- del maestro de los maestros para Francisca Aguirre, Antonio Machado; unas veces citado por su nombre y sus versos y otras a través de interpretaciones y/o versiones de éstos.

Se podría decir que es la misma poeta de siempre, pero con una conciencia de final de trayecto que sobrecoge en muchos de los poemas recogidos en esta Historia de una anatomía.

El libro que reseñamos se divide en dos partes bien diferenciadas. En la primera, sin título, la autora conduce al lector por cada uno de los rincones de una anatomía –física y sentimental- desgastada por la vida. Aunque no todos los poemas de esta primera sección mantienen la misma altura poética, lo que los convierte en altamente recomendables es la habilidad de Francisca Aguirre en el manejo del aparato simbólico que le presta la propia anatomía desgastada por los años, para contarnos la verdad que encierra su historia –que puede ser la de cualquiera que se acerque al libro-. Porque, como apunta la cita de Coetzee que los encabeza, “Un cuerpo dice la verdad. No siempre, ni a la primera, pero siempre es el cuerpo el que la dice”.

La segunda parte de Historia de una anatomía, titulada "Anamnesis. Datos personales y exploración", trata de explicar las circunstancias –heredadas, familiares- anteriores al estado de decadencia del que se da cuenta en la primera parte. Están aquí los poemas más personales del conjunto y quizá los mejores ("Anecdotario", "Las cicatrices", "Ignorancia" o "Aventura").

Sólo por ellos y algunos más de la primera parte de Historia de una anatomía merece la pena indagar en este último libro de Francisca Aguirre.

14 julio 2010

Cultivar versos

El peso que nos une

David Hernández Sevillano

Editorial Hiperión, 2010

XXV Premio Hiperión de Poesía

ISBN: 978-84-7515-964-3

69 páginas

9 euros


Juan Carlos Sierra


Tras un par de poemarios –Uno más uno no es dos frente al espejo y Razones de más-, David Hernández Sevillano publica su tercer libro El peso que nos une bajo la sombra protectora y prestigiosa del Premio Hiperión de poesía.

El libro que nos ocupa en esta reseña huele y sabe a veces a la naturaleza con la que convive el autor en su residencia segoviana de Vegafría, en él se respira de vez en cuando el aire rural y sencillo de la vida retirada y sus poemas invitan a contemplar el mundo en su cotidianidad, en sus pequeños pero determinantes detalles.

No obstante, no se trata de una poesía campestre, rústica; es decir, sacada de los terrones resecos y angulosos del lenguaje olvidado y en desuso de aperos y yuntas, sino más bien lo contrario. Se aprecia –y se agradece- en David Hernández Sevillano el apego a la sugerencia, la indagación en las fronteras últimas de la semántica, el manejo en ocasiones arriesgado de la imagen. A pesar de estas destacadas virtudes, en el debe del lenguaje hay que señalar algunas discordancias y errores menores de sintaxis cometidos muy probablemente en beneficio de la medida exacta del verso.

Aunque la estructura de El peso que nos une queda bien fijada desde el poema introductorio ‘A modo de inicio’ –auténtico texto programático del libro- y en las cuatro secciones que lo conforman, la sensación que le queda al lector una vez concluido el poemario es la de dispersión. Me explico.

Hay libros de poesía que se escriben desde la abducción o la obsesión, de tal manera que todos los poemas no son más que el resultado de la indagación minuciosa en torno a un asunto muy determinado. Pero existe otra manera de escribir un poemario que podríamos denominar ‘por acumulación’: uno va escribiendo versos, tomando apuntes, completando inquietudes y, finalmente, apilando poemas que con el tiempo le descubren una estructura que no sospechaba.

Parece que el primer método –más orgánico- puede llevar a mejor puerto, aunque no necesariamente; lo que está más claro en este sentido es que quizá la lectura del poemario ‘obsesivo’ brinda al lector una sensación de redondez que le niega la dispersión de la segunda estrategia compositiva.

No sé exactamente en qué parámetros se habrá movido David Hernández Sevillano a la hora de pensar y escribir El peso que nos une, pero el resultado de su lectura, el poso que los poemas dejan en el lector –o al menos en este lector que aquí escribe- me hace intuir que se trata de un libro que se ha ido componiendo juntando versos sueltos e inquietudes dispersas que han encontrado un hilo conductor: las variadas y diferentes preocupaciones del alma humana comunes a todo ser, se encuentre éste a un lado o al otro de la escritura.

Por eso, una vez concluido el último verso de El peso que nos une, uno tiene la sensación de haber leído sobre muchos asuntos –la memoria de la niñez, el amor, la asunción de las derrotas, la trascendencia de lo cotidiano…-, pero no acaba de quedar claro cuál es exactamente la intención del libro.

O también puede pasar que uno no esté a la altura del texto.