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30 julio 2013

Retrato de familia

La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta

Edmund de Waal

Acantilado, 2012

ISBN: 978-84-15277-71-2

366 páginas

26 €

Traducción de Marcelo Cohen


Rafael Suárez Plácido

En muy poco tiempo este es el segundo libro que me interesa mucho y que ha sido traducido por Marcelo Cohen. Es llamativo porque apenas conozco nada del autor argentino. Los dos libros, el anterior fue Ciudad abierta, de Teju Cole, han sido editados por Acantilado. Quizás haya que buscar ahí la razón de esta coincidencia. El anterior era una novela que a veces se podía entender como un ensayo sobre el cosmopolitismo o la interculturalidad; en este se nos cuenta un caso práctico del asentamiento de una familia de banqueros judíos, procedente de Odessa, en la Europa más elitista de finales del siglo XIX y principios del XX: se trata de una historia contada como si fuera una novela.

Todo comienza en los pasados noventa, cuando el joven Edmund de Waal recibe una beca del gobierno japonés para perfeccionar sus estudios, es artesano, en Tokio. Cualquier historia que comience en Tokio me interesa. Entonces empecé a leer con avidez. Allí conoce a su tío Ignace que le enseña la joya de su colección de arte: la colección familiar de doscientos sesenta y cuatro 'netsukes', que han ido heredando en la familia desde hace más de un siglo, y que posteriormente, cuando fallezca el tío Ignace, heredará el propio Edmund, dueño actual de la colección. ¿Qué es un 'netsuke'? Son esculturas pequeñas, del tamaño algo mayor que un botón occidental, realizadas en alguna madera noble o en marfil, con las que los japoneses se cerraban el obi o algunas bolsas que usaban a modo de carteras. Algunos 'netsukes' pueden ser valiosísimos. Desde luego estos de la colección De Waal lo son. Hay maestros escultores de 'netsukes'. Se usaron a partir del siglo XVII en Japón, y se pusieron de moda en Europa en el siglo XIX, cuando Japón se abrió al resto del mundo y los salones más refinados de París y Viena se llenaron de "japonerías".

Pero, claro, la familia de Edmund de Waal no era una familia normal. Se trata, ni más ni menos que de los Ephrussi, los fundadores y dueños de la banca Ephrussi, una de las tres o cuarto entidades financieras más importantes en la segunda mitad del siglo XIX y, hasta la llegada de Hitler al poder, durante la primera mitad del siglo XX. Sólo así se concibe que Charles Ephrussi reuniera esta fantástica colección de más de doscientas figuritas de diferentes maderas, patrimonio cultural de un país que se distingue, precisamente, porque sabe valorar sus tradiciones. Este Charles Ephrussi fue amigo y mecenas de algunos de los artistas más celebrados del París de su tiempo. En su colección personal tuvo cuadros de Renoir, a quien sin embargo disgustaban los judíos, de Monet, de Degas, de Moreau, de Watteau. Aparece, como un personaje habitual, en los libros de Proust —camuflado en los salones de Odette— o en los diarios de Edmond Goncourt; fue amigo de poetas.  En fin, todo un personaje en el París de su tiempo. De Waal se preocupa por mostrar que su importancia no era sólo por su capacidad económica. De hecho, el propio autor traza cuatro historias en este libro: una historia de la familia, en la que se interesa por casi todos los personajes, sus motivaciones y sus intereses; una historia del arte europeo, que está vinculada a la de la propia familia, que no sólo son lectores ávidos y coleccionistas, sino incluso escritores y participan de forma activa en la elaboración de catálogos y publicaciones; una historia, sin más, de Europa: París, Viena, intervalos en Odessa, Inglaterra, las dos guerras mundiales con el intervalo del periodo de entreguerras y, finalmente, la devastación que supuso el auge del nazismo. La cuarta historia que encontramos en este libro es la de esa colección de 'netsukes'. La liebre con ojos de ámbar del título se refiera a uno de ellos.

¿Es una novela? No, pero podría leerse como si lo fuera. Lo que ocurre es que todo lo que cuenta Edmund de Waal ha ocurrido, para bien o para mal. Es la constatación de que lo que está más alto puede caer, en cualquier momento, y de que de la nada se puede construir todo un imperio que controle la economía de países y, casi del mundo. Los personajes, prácticamente todos, son tratados con el cariño que muestra quien desciende de ellos. No sólo los familiares sino, muy especialmente, los criados y todo el personal de servicio. Edmund de Waal ha rastreado en la literatura y prensa de la época los rastros que podían llevarle a entender no sólo aspectos relevantes de la economía y política del momento, que le interesaban obviamente. Pero lo más interesante es el acercarse con los ojos bien abiertos y el cerebro bien amueblado a los autores que tuvieron alguna relación con su familia. Además de los ya citados, habría que mencionar a Musil y a Rilke. El principal orgullo que exhibe De Waal no es el poder que llegaron a alcanzar sus ancestros, sino el buen gusto a la hora de valorar todo la belleza del mundo. Yo antes ni sabía qué eran los 'netsukes'. Había leído la palabra en algunos libros de autores japoneses, pero no tenía idea de la trascendencia que podían tener esos objetos. Ahora veo 'netsukes' por todas partes. Igual que antes no sabía que existiera Edmund de Waal y ahora estoy pendiente de cualquier referencia nueva que aparezca sobre él. 

07 junio 2013

Sobre música y músicos

Escucha esto

Alex Ross

Seix Barral, 2012

ISBN: 978-84-322-0947-5

624 páginas

23 €

Traducción de Luis Gago



Rafael Suárez Plácido 

Alex Ross es el principal crítico musical del semanario The New Yorker. Diría, y no creo que me equivoque, que eso supone ser el más influyente crítico musical del mundo. Antes había escrito sus textos para The New York Times o para el London Review Of Books y ya conocíamos, en España, el imprescindible ensayo El ruido eterno (Seix Barral, 2011), en el que trazaba una historia de toda la música, la música clásica, la música popular y sus fronteras a veces imprecisas, a lo largo del siglo XX. Dejaba claro que, en su opinión, se trató de un gran siglo para la música. De hecho, una de las premisas de las que parte en este, su segundo libro, Escucha esto, es que nada está más alejado de la realidad que la idea de que la música “clásica” se haya estancado en el siglo XX o, lo que sería aun más alarmante, que esté a punto de desaparecer.

Lo que sí es cierto es que la mayoría del público que “consume” música clásica en Estados Unidos es de raza blanca y avanzada edad, y de clase media-alta/alta. Recuerdo hace no demasiado tiempo la lectura de Ciudad abierta (El Acantilado, 2012), el brillante debut novelístico de Teju Cole, un joven escritor norteamericano de raíces nigerianas. Hay una escena casi escalofriante en la que el protagonista entra en el Carnegie Hall para escuchar un concierto de la Filarmónica de Berlín, dirigida por Simon Rattle. La pieza a ejecutar es la Novena Sinfonía de Mahler, una de las obras esenciales del siglo XX: es espectacular cómo Cole traza un paralelismo entre los años en que Mahler fue desplazado de la dirección de la Ópera de Viena, en parte por el antisemitismo de la época en la Alemania de principios de siglo, y el presente en una sala de conciertos, casi en cualquier sala de Estados Unidos. Casi todo el público es de raza blanca y de edad muy avanzada: “Pero la música de Mahler no es blanca ni negra, vieja ni joven, e incluso está abierta la cuestión de si es específicamente humana o acorde con vibraciones más universales.”

Sí, Alex Ross es periodista, pero no sólo es eso: escribe bien, sabe de lo que habla y, supongo que su prestigio internacional, tanto el suyo como el de los medios en los que trabaja, le permiten una cierta autonomía a la hora de escoger sobre qué escribe. Escribe sobre música igual que podría hacerlo sobre cualquier otra materia relacionada con las artes, de hecho son constantes las referencias literarias, pictóricas, teatrales o, incluso, arquitectónicas. Pero escribe sobre música porque ama la música y previamente ha hecho sus pinitos como músico y como compositor: de hecho estudió Composición en Harvard, de la mano de Peter Lieberson. Fue evolucionando, muchos dirían que “involucionando”, de la música clásica, a la que llegó según confiesa en estas páginas de la mano de una versión de la Heroica de Beethoven, dirigida por Leonard Rubinstein, que adquirió su madre de segunda mano siendo aún un niño, al rock de Sonic Youth, Bob Dylan o Radiohead. Entre estas coordenadas, incluso saliéndose de ellas por el lado más clásico (Purcell, Monteverdi) y también por el más popular (Bjork, Pere Ubú o Public Enemy) y con arrebatos tipo John Cage, transitan los veinte ensayos que podemos leer en Escucha esto, su segundo y monumental libro publicado en Seix Barral a finales de 2012.

Son veinte ensayos que previamente han sido publicados en el semanario The New Yorker en versiones más reducidas. Los divide en tres partes. En la primera trata aspectos más generales de la música o de su biografía, como su personal y ejemplar paso de la clásica al pop o, también con ese carácter de “no hay nada nuevo bajo el sol”, de cómo la sensación casi apocalíptica que se vive actualmente en el mundo de la música ya se vivió a principios del siglo XX, cuando empezó a tener éxito la música grabada. La mayoría de los puristas amantes de la música entendían que estábamos ante el final de la música. Claro, es inevitable citar el ensayo de Walter Benjamin sobre la obra de arte en la época de la reproducción técnica y la pérdida del aura que rodeaba a muchas obras de arte, en el sentido de algo que sólo podía ocurrir una sola vez o contemplarse en un sitio: aquí y ahora. Lo cierto es que Benjamin, como bien señala Ross, no pretendía entonar con esto un lamento ante la pérdida del aura artística, sino todo lo contrario: aplaudir la posibilidad de que el arte llegue a más sitios y que lo haga en más ocasiones.

La segunda parte del libro es el núcleo central de este. Son catorce ensayos sobre figuras relevantes de la música. Van alternándose propuestas más clásicas, como Mozart, Schubert, Verdi o Brahms, con iconos del pop, como Radiohead, Bjork o Nirvana (el único ensayo del libro dedicado a un músico que no le gusta, y no le gusta nada, es el de Kurt Cobain), o con otras figuras menos populares pero esenciales para entender que la música es imprescindible si queremos diseñar un  mundo mejor (Esa-Pekka Salonen, Marian Anderson, Mitsuko Ochida o John Cage).

De todas formas, no todo es tan atractivo en este libro. A veces, encontramos el deseo de cerrar debates, que ya estaban de por sí cerrados, mediante recursos kitsch y sentimentaloides, propios del peor periodismo. Por ejemplo, cuando escribe sobre Esa-Pekka Salonen y su estreno con la Filarmónica de Nueva York, en febrero de 2007, leemos: “el público respondió con un entusiasmo más incondicional de lo habitual para un estreno de un concierto de abono en Nueva York.” Ahí podría haber acabado la referencia y nos habría convencido plenamente de lo bien que trabaja Salonen, pero hay algo más: ”Se vio cómo una pareja de ancianos se cogían de la mano durante un movimiento lento.” Fragmentos así salpican el libro, aunque los aciertos son tantos que los podemos dejar de lado. Es más, podemos, incluso, escuchar a la Filarmónica de Los Ángeles, dirigida por Gustavo Dudamel (que ha sustituido al citado Salonen al frente de esta) y escuchar su recientísima edición de la Novena de Mahler, la composición que escuchó el protagonista de la novela de Teju Cole en el Carnegie Hall, y podemos así ratificar que el mundo puede ser un poco mejor si escuchamos esta música ni blanca ni negra, ni joven ni vieja, si acaso podemos permitirnos dudar que sea humana o que recoja vibraciones más universales.

09 mayo 2013

El encabalgamiento es revolucionario


Fuera de campo. Poesía reunida

Pablo García Casado

Visor, 2013. Colección "Visor de Poesía"

ISBN: 978-84-9895-847-8

181 páginas

12 €

Prólogo de Antonio Lucas




Rafael Suárez Plácido

Que todavía está por hacer toda la recuperación del catálogo de la lamentablemente extinta editorial DVD y que esta labor es especialmente atractiva y necesaria en el terreno de la poesía española -digamos: hispana, pero básicamente española- es una realidad incuestionable que comienza a conjurarse con esta edición en Visor de la Poesía reunida -y completa- de Pablo García Casado, en este sí, de verdad, necesario volumen que han llamado: Fuera de campo. No deja de ser sorprendente que hable de volumen necesario refiriéndome a la Poesía completa de un autor nacido en 1972, con apenas cuarenta y un años, pero es que las características del mercado español hacen que al haber desaparecido la editorial en la que ha editado toda su obra, se hayan retirado todos los ejemplares que quedaban en las librerías y, al mismo tiempo, se haya cerrado la posibilidad de continuar reeditándolos -no sólo los de Pablo García Casado, ahora pienso también en otros autores, en José Luis Piquero por ejemplo, que tendría que repetir esta misma operación en esta Visor o en alguna otra editorial que esté interesada en alcanzar o mantener, según se trate, un lugar en la historia de la Poesía española actual-.

Lo cierto es que en 1997 -qué lejano suena y, sin embargo, qué próximo está—, Sergio Gaspar apostó para su casi recién inaugurada aventura editorial por un conjunto de poemas que entonces no tenía parangón en la joven poesía española. Es cierto que García Casado ya había publicado parte de esta colección en una 'plaquette': El poema de Jane, en el Ateneo Obrero de Gijón. Es cierto que el libro respondía a los intereses de la recién creada editorial: esa poesía que aún no tenía ningún sitio en el que ser encajada. Es cierto que ya había un primer Fonollosa en el catálogo. Es cierto que los casi coetáneos, pero anteriores, Roger Wolfe y Karmelo C. Iribarren habían abierto líneas de fuga -quizás habría que añadir a Francisco Gálvez-. Y, finalmente, es cierto también que el olfato de Sergio Gaspar no iba a desaprovechar esta primera gran oportunidad de ir creando un estilo propio de sello heterodoxo que posteriormente se materializaría en la antología Feroces, de la mano de Isla Correyero. El título de ese libro iba a ser Las afueras y sí, podría decir que se trata del libro que más ha influido en todos los aspectos -buenos y no tan buenos- en las generaciones posteriores de poetas, en lo que son aun más jóvenes.

Las afueras eran cuarenta y ocho poemas, o quizás fragmentos de poemas, por lo general entre breves y muy breves, en los que se alude a la vida en los noventa en una ciudad de provincias. Que esa ciudad fuera Córdoba sería absolutamente irrelevante, de no ser por el hecho de que allí se iba formando un núcleo de poetas que se ha ido expandiendo y que, hoy día, colocan a esta ciudad como la más representada en cualquiera de las antologías que se van haciendo de poesía joven. Esta situación actualmente sólo podría discutírsela con argumentos, nombres y libros, Asturias. Ni Madrid ni Barcelona ni Sevilla están a su altura.

Decía Godard que el cambio de plano puede ser más revolucionario que cualquier mensaje. Leyendo los poemas de Las afueras igualmente podríamos decir que el encabalgamiento es revolucionario. No se trata del lenguaje ni tanto de las influencias. La elección de Raymond Carver o Tom Waits o Leonard Cohen, sin dejar de ser cierta no es tan novedosa. La verdadera influencia en Las afueras es Jaime Gil de Biedma: esa sensación de agonía dolorosa, de no poder escaparse nunca, de sentir que esas afueras son la cárcel o el laberinto que nos atrapa: la familia, el trabajo, el sexo. Vivimos para la búsqueda inútil del placer. El automóvil que en García Casado se convierte en el lugar casi de residencia de la clase media o media baja. Y que más de una década después retoma Manuel Vilas en la impagable elegía a su coche, de su libro Calor, que también está a su manera impregnado de Las afueras, de los barrios y los polígonos industriales. Es curioso que Vilas y García Casado también tienen trayectorias editoriales muy parecidas: de DVD a Visor. La columna literaria por excelencia de la prensa española, de Juan Bonilla, también se llamaba "Las afueras". También hay algo de trayectorias paralelas entre la Jane de Las afueras y la Violeta C. Rangel de Manuel Moya. No olvidemos que Manuel Moya recibió, con Cosecha roja, el Premio Ciudad de Córdoba en el mismo año que se publicó Las afueras, aunque no me cabe duda de que ambos se conocían y más aun: que ambos conocían estos poemas. Pero con todo esto, la clave de estos poemas sigue siendo doble: el encabalgamiento revolucionario y el minimalismo. El poema de Las afueras es, ante todo, un proceso exhaustivo de depuración. En el poema no tiene cabida ninguna palabra que pudiera ser suprimida. Ezra Pound en estado puro, tachando y tachando versos y estrofas y poemas de Eliot. Y no olvidemos que Pound también fue el apóstol del encabalgamiento y de las enumeraciones necesarias. La ruptura de la secuencia versal tradicional, a la que después se va a volver en libros posteriores es la marca de identidad más destacada de Las afueras, pero no es exactamente una ruptura, más bien es acumulación de secuencias:

LAS AFUERAS

"por más que se extiendan las ciudades hasta juntarse
unas con otras por más desengaños que el sexo la muerte
o las oposiciones nos deparen quedarán para siempre las afueras

la oscuridad de los polígonos industriales la ineficacia
el ministerio de obras públicas por más que se empeñen
colectivos ciudadanos asociaciones de vecinos seguirán

amaneciendo los restos del amor en las afueras"

Cuatro años después publicó, también en DVD, El mapa de América, su segundo libro de poemas. Poemas más extensos sin llegar a serlo demasiado, más narrativos sin renunciar a la lírica de lo que sigue permaneciendo a las afueras. En esta 'road movie' poética, el autor desgrana un conjunto de historias a veces con un marcado acento post apocalíptico, a veces con el sentido de homenaje a la cultura estadounidense. Un español en los Estados Unidos, con referencias a Machado, a Gil de Biedma, a Cernuda. Música, cine, cultura 'pop', especialmente películas y canciones van marcando este viaje por ciudades de los diversos estados de Norte América. Una Norte América de la que se conocen referencias y que se visita en coche. De nuevo el automóvil, casi lugar de residencia: On the road. Ya se advierte con más intensidad el tema que siempre estuvo: el dinero. Y más que dinero, el trabajo. Las contradicciones de la sociedad capitalista que en Estados Unidos está muy lejos de ser la sociedad del bienestar ni de haberlo sido nunca para la inmensa mayoría.

Es cierto que entre Las afueras y El mapa de América hay una situación de desamparo que necesita de nuevo un gran libro para volver a ser el escritor que parecía que iba a ser, y ese gran libro va a ser, en 2007, Dinero. Continúa esa fidelidad a DVD, pero no dejo de pensar en una colección de prosas breves que iba a publicar en la editorial cordobesa Plurabelle y que llegó incluso a estar anunciada en solapas de otros libros.

Dinero comienza con una maldición bíblica: “Con el sudor de tu frente”. La eterna paradoja. Textos que apuntan a la necesidad del trabajo para conseguir dinero con el que mantenernos. En 2007 aún no éramos conscientes de la crisis que se avecinaba. Aún había otros valores a tener en cuenta antes que el dinero. Democracia, Libertad, Amor, Ética… hoy suenan a palabras huecas o que en todo  caso están por detrás de eso mucho más palpable: el dinero. De todas formas, García Casado ya en su primer poema de Las afueras habla de tres causas de desengaño: el sexo, no el amor; la muerte, no la vida, y las oposiciones. Aunque es innegable el humor si no negro, sí oscuro, algo de visionario había en quien escribía esas palabras.

Ahora los poemas son textos en prosa. No hay división en versos. Algún crítico se ha referido al libro como a una novela fragmentaria. Algo de eso podría haber. García Casado siempre se ha acercado sin miedo, o sin conciencia del peligro, al precipicio de los límites entre los géneros. En este libro es donde eso llega más alto. Y, como para corroborarlo, es el primer libro en el que puntúa los textos. De todas formas, la historia de esa presunta novela es la vida de un hombre que ya ha dejado atrás la iniciación a la vida, en Las afueras, y algo de aventuras, en El mapa de América, y ahora se centra en las crisis sentimentales: rupturas con su mujer y tratar de ser un buen padre para sus hijos. Esa crisis de los cuarenta tan tratada y por la que todos han pasado al menos una vez en sus vidas, en la que es tan difícil separar y reconocer la naturaleza de los problemas: pareja, hijos, el tiempo, en definitiva todo se resume en Dinero:

"No es ambiguo sentimiento de angustia, es dinero."

Las historias se suceden y algunos personajes se repiten, incluso personajes de otros libros. El automóvil sigue siendo lugar casi de residencia. Se abandona el paisaje americano y se retorna a España, no necesariamente a Córdoba. Algunos textos son tremendos: “Summertime”, quizás sea el poema más hermoso del autor; “Sevilla Este” y “Estación de autobuses” retratan mi ciudad, aunque es cierto que podría ser cualquier ciudad, de nuevo las afueras de cualquier ciudad, como si hubiera vivido en Sevilla. De hecho, tiene su cierta lógica, porque el autor vivió en Sevilla los años que publicó este libro. Y “Felicidad” podría ser el prólogo perfecto de un estudio de la crisis anunciada, la crisis económica que estamos viviendo. Me gusta la nueva Jane de “Monopoly”:

"Le gustaba que la llamara puta, ¿cuánto vas a pagarme? Él le metía un billete en las bragas, ¿eso es todo lo que tienes?, y ella volvía a ponerse la falda, se subía el tirante del sostén y la cremallera de las botas. Él entonces cogía un puñado y lo tiraba a la cama."

Pablo García Casado es un poeta lento si entendemos como normales los cauces por los que transitan la mayor parte de los poetas de su edad. Pero no es así. Con cuarenta años tiene tres poemarios que le sitúan en el grupito de cabeza: Manuel Vilas, José Luis Piquero, Juan Antonio González Iglesias y pocos más, de los poetas actuales de su generación. No, realmente no es exacto: sumando algunos más, unos pocos más, es de los mejores poetas vivos que hay en este país.

22 abril 2013

El sueño Modiano


Un circo pasa

Patrick Modiano

Cabaret Voltaire, 2013

ISBN: 978-84-940353-3-3

174 páginas

17,95 €

Traducción de Adoración Elvira Rodríguez



Rafael Suárez Plácido


La vida está marcada por los detalles más insignificantes: el peso de la maleta en la que esa chica, Gisèle, ha reunido todo su equipaje; su gabardina gris, si la lleva abrochada o desabrochada; un perro que se llama Raymond, como Raymond Queneau, que había ayudado al jovencísimo Patrick Modiano a publicar su primera novela —El lugar de la estrella, publicada cuando sólo tenía veintitrés años y reeditada recientemente en castellano por Anagrama en su Trilogía de la Ocupación (2011)—. Yo siempre he pensado que a partir de sus tres primeros libros, de esta trilogía, toda la obra de Modiano es una obra única: búsqueda de otro tiempo para tratar de comprender el presente e intento de recomponer un pasado desdichado, hombres que no saben quienes son y que tratan de ser reconocidos por azar rememorando lugares por los que creían que ya habían pasado, preguntas y más preguntas sobre rostros enmarcados en una fotografía, vestigios de una época en la que ni saber el nombre de alguien era saber demasiado de él o ella. El origen de los personajes de Modiano está en la época de la ocupación nazi, en el comportamiento de los héroes que sobrevivieron o no, en los padres que no se preocuparon demasiado por sus hijos. Hay un libro especialmente estremecedor, Dora Bruder (Seix Barral, 2009). Un anuncio en la prensa de unos padres que buscan a su hija, poniendo sobre aviso a las autoridades de que esta (y ellos, claro) era judía. Sabiendo, o entonces previendo, que ese anuncio podía significar la muerte para su hija que, apenas nueve meses después, aparece en una lista de prisioneros transportados a Auschwitz. Pero mis libros favoritos hasta el momento de Modiano son Calle de las tiendas oscuras (Anagrama, 2011), en el que un hombre busca veinte años después de aquella época reconocer quién es, quién era entonces, y va encontrándose poco a poco y de qué manera, y En el café de la juventud perdida, en el que un joven casi estudiante, cuyo único pasatiempo era visitar librerías y escribir, alto y muy atractivo como el propio Modiano, evoca su efímero contacto con la hermosa Louki de la que sólo sabía lo que iba viendo por sí mismo: que huía de algo y de todo, que estaba cansada y casada con alguien a quien temía encontrarse en cualquier sitio y que iba a menudo a algún café donde tenía amigos de los que tampoco sabía ni sabíamos demasiado.

Un circo pasa es la segunda de las novelas que publica la editorial Cabaret Voltaire, tras Barrio perdido, ambas traducidas por Adoración Elvira Rodríguez que tan bien sabe mantener esa atmósfera  por momentos asfixiante de las mejores narraciones de Modiano. En este caso, el personaje protagonista podría ser ese mismo joven de En el café de la juventud perdida, aunque aquí no hace ninguna referencia ni a su aspecto ni a su estatura, pero sí a sus aficiones: recorrer librerías mirando libros y fijar en su memoria momentos del pasado que quedarán marcados y le vendrán a la memoria en cualquier momento. Y los nombres: nombres de las personas, de los que por experiencia sabe que no tiene que fiarse demasiado; nombres de las calles y plazas, cierta afición a repasar los planos de ciudades y mapas de regiones y guías telefónicas. Una madre que marchó hace tiempo y un padre que lo hizo más recientemente, dejándolo un poco a la deriva. Recuerdos de las salas de cine y los cafés, de las películas que ha visto —algunas con Gisèle, otras solo—, recuerdos también de un picadero donde se criaban caballos que a veces le asustaban. Y un circo en el que trabajaba el marido de Gisêle, al que esta siempre temía encontrarse. Esa es la dinámica de estos días: conocer a sus amigos haciéndose pasar por su hermano, con la firme convicción de que nadie se lo cree, pero aun así siguiendo haciéndolo. Y siempre con la impresión de que ella no va a volver, o de que ambos pueden ser detenidos por la policía. ¿Qué habían hecho? En principio nada, pero eso, como casi todo, va a ir también cambiando.

Un París decadentista, en el que los límites entre lo que estaba bien y lo que estaba mal aparecen muy difusos. Uno se entusiasma con este París de postales en blanco y negro, como el fotograma del corto de Eric Rohmer del que han sacado la ilustración de la portada. Una mujer a medias entre Jean Seberg y Ana Karina, algunos pensarán en Audrey Hepburn o en la nebulosa que deja en el recuerdo la Louki de la otra novela ya citada. No importan los nombres: podría ser uno u otro, pero sí importa la incertidumbre ante cada cita: ¿esta vez vendrá o no vendrá? El final se anticipa un par de veces a lo largo de la novela. Más que el final, lo que se anticipa es el carácter del final. En realidad, este sorprende y mucho. Las historias de Modiano tienen eso: son o parecen sueños de los que uno puede despertarse, o no, en cualquier momento. Y es un poco fastidioso tener que despertar de algo que te tiene tan atrapado.

03 abril 2013

De ciudades y hombres


Ciudad abierta

Teju Cole

Acantilado, 2012

ISBN: 978-84-15277-92-7

295 páginas

22 €

Traducción de Marcelo Cohen



Rafael Suárez Plácido

Pasear, caminar y pensar siempre han sido consideradas actividades complementarias. Hay ejemplos (pienso en W. G. Sebald o en Peter Handke) de ilustres caminantes que empiezan a moverse y van dejando alas y espacio a su pensamiento y a su imaginación para así ir entretejiendo sus ficciones —o pseudoficciones. Podemos pensar, alejándonos algo más en el tiempo, en Walser o en Nietzsche o en Rousseau. Pero viajando hacia atrás en el tiempo, el mejor ejemplo sería más bien Sócrates que apenas sale de su propia ciudad en la que casi diariamente pasea y pregunta cosas a sus conciudadanos. Julius, el personaje de Ciudad abierta, sale cada atardecer  de su domicilio, en el campus de Columbia en Nueva York, a caminar y va repasando mentalmente algunos momentos de su vida que ni siquiera recordaba. El autor, Teju Cole, es muy joven, nació en 1975 en el estado de Michigan, en los Estados Unidos, pero pasó su infancia en Nigeria. Es fácil imaginar el contraste entre ambos países. Aun así, su antigua capital, Lagos, tiene algo más de ocho millones de habitantes y Nigeria es uno de los territorios con mayor estabilidad de su zona, pero el contraste es enorme. Julius es un negro mestizo, de piel clara, en Nigeria, mientras que en Europa o en los Estados Unidos es, simplemente, un negro más.

La “ciudad abierta” del título es Nueva York. ¿Es Nueva York realmente una ciudad abierta? Es complicado ver que cualquier ciudad de ese país lo sea, pero lo cierto es que —para empezar— casi el cuarenta por ciento de su población nació en el extranjero. Uno piensa en la isla de Ellis y en el centro de detenciones para inmigrantes ilegales donde Julius va como voluntario a visitar a un detenido africano; uno piensa en la película The visitor, de Thomas McCarthy y en que quizás fuera el mismo centro, pero no, allí debe haber muchos lugares como ese; uno piensa en que la mayoría de los personajes de la novela son de razas y culturas diferentes de la blanca que, normalmente, puebla la mayor parte de la literatura que conocemos; uno se imagina llegando a la gigantesca estatua de la Libertad: ¿es algo más que una excusa para hacerse una bonita fotografía?

Teju Cole había publicado anteriormente una 'nouvelle', una novela corta, así que puede decirse que esta es su primera novela. Y se trata de una de las mejores novelas que he leído en los últimos años. Sí, la traducción de Marcelo Cohen sin duda ayuda, pero también que es una novela alejada de modas, sin concesiones. El personaje es un mar de dudas y no para de plantearse cuestiones que van de la construcción de su propia identidad a por qué no le va bien con su pareja. Le van pasando cosas: cada tarde sale a pasear y camina kilómetros. Entra en bares o museos o en tiendas y se encuentra con gente que se le acerca y le pregunta sobre algún tema que en él se vuelve relevante. Está trabajando como psiquiatra residente en un hospital en el campus de Columbia. ¿Un americano medio? No, ciertamente. En todo caso, sí un neoyorquino medio. La única persona a quien visita regularmente es al profesor Saito, su antiguo y anciano profesor de literatura inglesa pre shakesperiana, un 'nikkei' estadounidense que fue conducido a un campo de concentración cuando su país entró en guerra con Japón. Viaja a Bruselas, que sí podría haber sido en el imaginario europeo una ciudad abierta, y entabla una cierta amistad con Faruk, un encargado del locutorio desde el que mira su correo y hace algunas llamadas cada día. Faruk es un marroquí que ha leído a Walter Benjamin y que opina que Tahar Ben Jelloun cuenta las historias que el público europeo quiere leer, mientras que Mohamed Chukri cuenta historias más reales, con cosas que de verdad le interesa a la gente. Sí, le responde Julius, pero “¿qué editor occidental quiere un escritor marroquí o indio que no trate con la fantasía oriental o no satisfaga el deseo de la fantasía? Al fin y al cabo, para eso están India y Marruecos, para ser orientales.” Ahí se deja ver al autor de raza negra y orígenes africanos que pelea para ser algo más que eso durante toda la novela. Aunque al regresar a Nueva York, envía a su amigo Faruk Cosmopolitismo, de Kwame Anthony Appiah.

Los fantasmas del 11S están presentes a lo largo de toda la novela: Julius visita la zona cero y describe cómo era antes y cómo es ahora; aquel joven africano preso en el centro de detención dice que el abogado de oficio le dijo que si no hubiera sido por el 11S tendría alguna opción más de entrar al país; Faruk le transmite cierta simpatía matizada por algunas acciones de Al Qaeda. De todas formas, la sensación que Faruk producía en Bruselas, en el tranvía o en la calle, y que él describía como de sospecha, realmente —piensa Julius— no era de tal, sino de miedo. El miedo es más irracional e imprevisible que la sospecha y ahí el 11S tuvo mucho que decir.

De la cultura hispana, sí encontramos algunas breves referencias: ese joven africano del centro de detención entra en Europa a través de Ceuta, Julius ha leído a Borges y cita el cuadro El entierro del conde Orgaz y una amiga comenta la película El espíritu de la colmena, de Víctor Erice con cierta profundidad.

Pero más allá de las referencias culturales, lo que prefiero de este libro es el fluir libre del pensamiento, las dudas de un hombre que sabe, que conoce algunos mecanismos del alma humana, que tiene dificultades para relacionarse, que a veces desearía ser invisible y otras ser amado. En este libro hay amistad, amor, conocimiento y todo ello en una prosa que nos lleva de la mano, sin soltarnos, por las calles de una ciudad maravillosa.

27 marzo 2013

Los sótanos de la ciudad


Fugitiva ciudad

Manuel Rico

Hiperión, 2012

ISBN: 978-84-9002-003-6

94 páginas

10 €

Premio Internacional "Miguel Hernández-Comunidad Valenciana" 2012



Rafael Suárez Plácido 

Cuando hablamos de conocer una ciudad, nos estamos refiriendo a su casco antiguo o, a lo sumo a un barrio concreto, reconocido o reconocible por algo. Pocas veces caemos en la cuenta de que las ciudades que vemos no son sino la parte visible de un iceberg, que oculta mucho más de lo que nos ofrece. En la portada de este libro, hay un dibujo de una línea de horizonte, o del cielo, de cualquier ciudad moderna actual y de un espacio por abajo, que podría simbolizar todo aquello que no se ve fácilmente, ni con una visita. A veces, la forma de reconocerlo es haber pasado un tiempo allí, otras veces, haber leído una obra que tenga sus raíces en esa misma ciudad y el momento de confirmar eso que se ha leído, ese sí, ha de ser una visita –al menos una visita- a la ciudad. El autor del dibujo es José Manuel Rico, una de las dos personas a quienes está dedicado este poemario de Manuel Rico. ¿Quién es Manuel Rico? Es muchas cosas (poeta, narrador, editor, crítico…) pero para mí, además de todo ello, es el editor de la Poesía Completa de Manuel Vázquez Montalbán, uno de mis poetas y prosistas favoritos de la literatura española de la segunda mitad del siglo pasado, que también fue muchas cosas y que, quizás por ello, vio como su poesía -sin duda, parte esencial de su obra- quedaba en un discretísimo segundo plano, quizás también como la parte oculta, mucho mayor que la visible, del iceberg de la portada. También Vázquez Montalbán escribió un poemario titulado Ciudad y con unos versos suyos inicia Manuel Rico la primera parte de este poemario. Son cuatro versos, pero en los dos primeros adivino buena parte del significado de este libro: “pero sólo serás libre al llegar a Memoria / la ciudad donde habita tu único destino”. Memoria y ciudad. Memoria y Fugitiva ciudad: Memoria también fugitiva. No se trata de una ciudad con sus calles más céntricas ni monumentos más conocidos, aunque en muchos de estos poemas se reflejen las calles del Madrid natal, especialmente en la primera parte, o de la Barcelona donde se conocieron otras experiencias posteriores. La ciudad fugitiva es una serie de ciudades en las que se han recordado libros o versos o autores que han ido creando la figura del lector que es la base de todas las figuras posteriores. Pero vayamos por partes.

El gran tema del libro es la Memoria. El autor desea transmitir a la generación que sigue a la suya, la generación de sus hijos, su Memoria personal, una especie de Crónica sentimental. Para ello va a utilizar la Poesía. Y considera, acertadamente en mi opinión, que para entender todo lo vivido cabalmente hay que remontarse al 39. La idea del fugitivo, el viajero que huye o que trata de huir del viento frío que le persigue a todas partes, porque incluso forma parte de él mismo, está asociado a Walter Benjamin, que aparece en el primer poema, “Casi un preludio”, en el que ya encontramos al Manuel Rico que se alinea con los perdedores, con los que siempre salieron derrotados al exilio o incluso a la muerte: “… El viento / de la orfandad de Benjamin y el viento del exilio, / de nocturnos de hollín en la Francia del sur/ del año 39”. La “Francia del sur del año 39” fue -no lo olvidemos- la España del norte que recién salía de esa guerra fraticida y que iba a marcar para muchos el inicio de esa generaciones de españoles perdedores en todas las batallas. Fue la misma España que acabó con el sueño de la libertad de Benjamin, que falleció en condiciones nunca suficientemente aclaradas en un pueblito del Pirineo, cuyo nombre quedará unido para siempre al final de la vida y de la libertad, convirtiéndose en un símbolo que íbamos a llevar tatuado en la piel y que aún llevaremos, mientras habitemos los pasajes de la memoria, quién sabe cuánto tiempo.

El libro está dividido en cinco partes que están ordenadas cronológicamente. De ellas, la primera, “De los barrios inciertos” y la tercera “Más allá de las patrias”, tienen en común que sus poemas llevan título y parece que forman parte de un proyecto de obra común, el de esa “fugitiva ciudad” del título, más en la primera parte que en la tercera. Pensemos que es Madrid o Barcelona, pero también Roma, Berlín, Viena o Frankfurt. Esa ciudad-iceberg que navega a la deriva por aguas casi siempre heladas al destino que ya todos conocemos. Son poemas que están impregnados de lo social y que siempre hacen referencia a un hecho o a una historia marcada por la derrota. No se trata sólo de la cara más conocida de esas ciudades, al contrario, nos movemos por polígonos industriales, barrios periféricos, bares del miedo, trenes de cercanías o hipermercados.

“De los barrios inciertos” trata de sus padres, de la infancia y de los primeros años de formación que llegaron con las inolvidables primeras lecturas, poesía y ensayo, Sharon Olds, T. S. Eliot, A. Gramsci y C. Pavese. En la segunda parte, “Días en ti con música de fondo” asistimos a un libro nuevo, en el que el protagonista es el descubrimiento del amor y el escenario, Barcelona. Son versos de amor y de batalla, que presagian esa otra batalla que trata de conseguir la dignidad para los suyos, para sí mismo. Y de eso trata la tercera parte del libro, “Más allá de las patrias”, donde se consolidan esos primeros esbozos de juventud, donde el poeta maduro reconoce con sus propios ojos el mundo, más poesía, más luchas desiguales, a más perdedores y consolida su formación como escritor, llegando hasta los años inmediatamente anteriores a los que vivimos, de los que se trata en la quinta parte, una serie de sonetos a la manera del Blas de Otero de Ángel fieramente humano, sobre el presente sin la carga de espiritualidad que nos ofrecía también el gran poeta vasco.

El poema “Nebulosa”, que inicia la primera de esas partes, ya nos va aclarando cuáles van a ser los rasgos más destacados del libro: formalmente, el uso del encabalgamiento, a veces, abrupto; la adjetivación sonora y, muy especialmente, las enumeraciones (sustantivos, adjetivos, oraciones subordinadas, verbos). Muchos de los poemas son enumeraciones, a veces caóticas, pero normalmente ordenadas 'in crescendo' a partir de las que va tomando forma la historia, porque siempre hay una historia detrás. No es difícil reconocer las lecturas asimiladas del omnipresente Vázquez Montalbán, gran poeta español de la Ciudad y la Memoria, y también con esa adjetivación tan rica, que también encontramos en la otra gran influencia, Jaime Gil de Biedma, a quien cita al empezar la cuarta parte del libro: “Formentor, medio siglo. 1959-2009”, un homenaje a lo que supuso una puesta al día en la poesía española, la primera que se produjo desde la generación del 27, en esa generación del 50 que tomó la bandera de la poesía social. Del mismo modo, van asomando otras influencias a las que va citando, la mayoría de ellos poetas. Y los cita porque la literatura forma parte de la vida de Manuel Rico. Muchas veces la literatura es la vida y el poeta quiere dejar constancia de ello. Ya hemos citado a Walter Benjamin, que para muchos es poeta antes que pensador. Pero también cita a Handke, a Vicente Gaos, a Antonio Machado; y a algunos amigos como Gelman, Diego Jesús Jiménez y Dulce Chacón. Casi todos ellos han sido, algunos son aún, de esa raza de los que nunca ganaron nada más que lo que fueron capaces de escribir, a veces, con su propia sangre. de los que sólo ganaron un lugar en nuestra memoria. Es posible que esa línea más social de la poesía española del siglo XX: Antonio Machado, Blas de Otero, Gil de Biedma y Vázquez Montalbán tenga su continuidad en poetas como Manuel Rico que en esta Fugitiva ciudad plantea con éxito el proyecto de poesía total, poesía de la Memoria.

19 marzo 2013

Nada humano nos es ajeno


Las cataratas

Eliot Weinberger

Duomo, 2012. Colección "Perímetro"

ISBN: 978-84-15355-25-0

216 páginas

16,80 €

Traducción de Aurelio Major




Rafael Suárez Plácido

Empezar a leer a Eliot Weinberger es una gozada para los sentidos y para la curiosidad: es un premio para quien lo merezca. Para los sentidos, porque su prosa adquiere aparentemente sin esfuerzo el don, la agilidad y el ritmo de la mejor poesía. Para la curiosidad porque su conocimiento del mundo (antropología, filosofía, filología, etnología, sinología, teología y algunas más "gías" que se nos irán ocurriendo) parece abarcar todas las materias humanas: nada humano le es ajeno, ni presente ni pasado, ni reciente ni remoto. Ni humano ni casi divino. La imagen de las cataratas simboliza con brillantez lo que quiero decir: en el primer ensayo -en realidad, en casi todos los ensayos, el único que me deja absolutamente igual es “Los farunferes”- Weinberger superpone fragmentos que van rebosando el uno del anterior y así sucesivamente. De manera que siempre hay flecos por los que continuar avanzando. Y es así aunque el autor nunca parece sentirse desbordado. Al contrario: parece que va administrando el flujo de las corrientes que nos hace ir de William Jones (el descubridor del pre-idioma “indoeuropeo”, para muchos hasta el final de la segunda guerra mundial: “ario”) y de su intento de conciliar sus descubrimientos con el Génesis, a Alexander Hamilton, que da clases de sánscrito a los hermanos Von Schlegel, y de estos a Franz Bopp y de él a Max Müller, “incansable propagandista de la raza aria”. Lo tremendo es que el objeto de estudio de todos estos intelectuales, de finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX, no era otro que el sánscrito y su papel dentro del árbol genealógico de las primeras lenguas conocidas. El valor simbólico de las cataratas está ahí latente, pero al final del ensayo comprendemos que Weinberger nos quiere trasladar a una de las grandes debacles de finales del siglo XX, quizás la menos estudiada al ser una de esas “guerras” olvidadas, pero deberíamos recordar las palabras de Peter Handke, al respecto de algunas de estas guerras africanas: “¿guerras olvidadas por quién? No desde luego por ti, ni por mí, ni por los millones de víctimas mortales que dejaron.” Al final son sólo un par de páginas las dedicadas a la masacre de los tutsis en Ruanda pero nosotros, los que empezamos a leer ese ensayo, ya no somos los mismos.

Cuando miro entre las novedades de una librería, a veces me tropiezo con libros que llaman mi atención aunque no conozca al autor. Entonces, los cojo, los miro atentamente, incluso los huelo (ya lo he escrito: una gozada para los sentidos) y paso a leer algo de lo que está escrito en la contraportada y las solapas. Notas de algunos de mis escritores de referencia: Javier Marías, Vila-Matas, Felix de Azúa o Rafael Argullol. Últimamente leo y releo con pasión Visión desde el fondo del mar, de este último, publicado por El Acantilado, en 2010. Quizás sea el mejor libro español que se ha publicado en el siglo XXI. Es difícil imaginar un elenco tan interesante para un libro que desconozco. Duomo es la editorial que ha publicado en España de los libros de David Mitchell. Hace un par de años disfruté su novela Mil grullas muchísimo, una historia de amor ambientada en el Japón pre-Meiji entre un joven holandés y una estudiante de Medicina japonesa. No sé si con estos avales convencería a alguien más, pero el hecho es que lo compré. Y aquí estoy, tratando de hacerme con otros libros que el autor ha ido editando en distintas editoriales españolas y esperando a encontrarme a mi amigo Iñaki para contarle que he conocido a un experto en culturas orientales, hindú y china especialmente, aunque intuyo que me dirá que ya tiene sus libros en inglés, pero por intentarlo no se pierde nada y el orgullo de que otros conozcan y valoren a un escritor así gracias a tu invitación a la lectura, es muy gratificante.

Las cataratas es un conjunto de once ensayos seleccionados de entre la amplia bibliografía del autor por Aurelio Major, que también los ha traducido. El primero de ellos, “Las cataratas” nos coloca ya en situación. Valdría por sí solo para justificar la lectura y recomendación del libro. Está incluido en Rastros kármicos, editado por Emecé en 2002 y donde nos encontramos otra maravilla que es el ensayo del mismo nombre: “Rastros kármicos”, donde se trata del efecto evocador de algunos objetos u olores (sensaciones) que el autor relaciona con los vasanas hindúes o con el 'déjà vu' actual. Aun así, para los que llegamos a este libro a partir de la literatura -y más concretamente de la poesía- el ensayo de referencia podría ser “La invención de China”, en el que tomando como referencia la figura de Ezra Pound se va analizando la percepción que de China y su cultura -y por ende, de Oriente- ha ido teniendo Occidente a lo largo de los siglos, especialmente en los dos últimos siglos y, más concretamente aún, en  Pound, de quien T. S. Eliot dijo que era el “inventor de la poesía china de nuestra tiempo”, lo que para Eliot Weinberger era decir poco y añadió que podríamos sustituir el gentilicio “china” por cualquier otro (“el inventor de la poesía de nuestro tiempo”).

Lo que ya pueden ir sospechando es que el motivo central de cada uno de los ensayos es interesante por sí mismo, pero también porque es una excusa para ir desplegando la inteligencia y la erudición del autor por partes iguales, en el caudal laberíntico de su prosa. Los hispanohablantes podemos pensar en Borges, en la obra ensayística de Borges, que acoge esa visión del género como un híbrido entre ficción y no ficción, o entre poesía y prosa. No obstante, Weinberger ha sido uno de los principales traductores de Borges al inglés. Tendríamos que recordar esa frase de Pound que dice que la poesía tiene que estar tan bien escrita como la prosa. En principio, mi interés por la Antropología no se concreta en demasiadas lecturas especializadas, ni va más allá de una curiosidad necesaria para vivir por casi todo lo que es humano, y se concreta en dos o tres nombres esenciales, pero eso no impide que los ensayos: “La tribu cámara”, sobre cine documental y antropología, y “Fotografía y antropología” (es un pleonasmo, ya lo sé: la fotografía es en sí misma antropología), me supongan al mismo tiempo dos oportunidades de conocimiento y disfrute. De ambos a la vez, como casi todos los ensayos incluidos en Las cataratas, de Eliot Weinberger, una antología de un autor que hay que tener muy en cuenta: tendríamos que leerlo completo. Bueno, yo ya lo estoy haciendo.

13 marzo 2013

Flores y cerezas


La batalla de las cerezas. Mi historia de amor con Hannah Arendt

Günther Anders

Paidós, 2013

ISBN: 978-84-493-2813-8

160 páginas

18,90 €

Traducción de Alicia Valero Martín


Rafael Suárez Plácido

El interés que, a medida que van pasando los años, despierta la figura -no sólo el pensamiento, también la figura- de Hannah Arendt salpica en esta obra al que fue su marido entre 1925 y 1937: el también filósofo alemán y judío Günther Anders. Del que se van traduciendo al castellano algunos de sus libros centrales: ahí tenemos La obsolescencia del hombre, en dos tomos, editado por Pre-textos, y en esta misma Paidós, El piloto de Hiroshima. Lo que ocurre es que, en este caso la obra de la mujer, así como el evidente distanciamiento que hubo entre ambos que fue más allá del hecho del divorcio, ha ensombrecido la obra del autor alemán, no sólo en cuanto a sus traducciones en nuestra lengua, sino a la mayor o menor suerte de sus publicaciones definitivas en alemán.

Además del diálogo que titula este libro, encontramos también una Nota editorial, de Gerhard Oberschlick, y un magnífico ensayo de Christian Dries, “Günther Anders y Hannah Arendt: esbozo de una relación”, que en muchos casos va a resultar importante para entender no sólo el diálogo de Anders, sino la posterior trayectoria de ambos pensadores, a la vez que va a justificar plenamente la edición de este libro.

Es el propio Anders quien nos cuenta que pergeñó estos diálogos en las navidades de 1975, muy poco después del fallecimiento de su ex mujer. Lo hizo para la publicación de un número de Merkur, revista alemana de pensamiento europeo: Hannah Arendt in memoriam y, extrañamente, no se publicó en su momento (aquí mezclo el texto de Anders con las palabras de Gerhard Oberschlick), por lo que fue reescrito en 1984 dejándolo así con la forma definitiva. Fue el último desaire que recibió Anders, este a título póstumo, de su ex esposa. La realidad es que ambos no debieron de casarse y si lo hicieron fue por el deseo de ella de poner tierra de por medio y olvidar al que parecer ser fue el gran amor de su vida, el filósofo también alemán Martin Heidegger, de quien fue amante y alumna durante sus años de estudiante en la universidad de Marburgo. Pero en sus inicios el matrimonio parecía prometedor para ambos: él la ayudó en la defensa de su tesis doctoral sobre el amor en Agustín de Hipona. En realidad, él sí estuvo enamorado de ella casi toda su vida y tratando de reencontrarse con ella con el paso de los años. En ese sentido fue una relación muy desigual. Aunque ambos se casaron posteriormente, pero él parece que no llegó ni a ser feliz ni a olvidarla plenamente, cosas ambas que ella sí consiguió en su matrimonio posterior.

El título tiene que ver con que ambos están deshuesando y confitando cerezas, en una de sus charlas filosóficas o 'symphilosophies'. A ambos, pero especialmente a ella, les gustaban especialmente estas cerezas y muchas de ellas terminaban comidas antes que en el plato preparadas. La charla deriva sobre si es apropiado o no el uso del término “sistema filosófico”. A partir de ahí leemos lo que pretende Anders, por una parte, un homenaje a sí mismo más que a su mujer, en cuanto a que es él el que va dirigiendo y aportando las novedades sorprendentes en el diálogo y, por otra parte, un catálogo de gestos y poses de enfado de la propia Arendt. Que destacara tantas veces la belleza de su jovencísima esposa no debe extrañarnos en absoluto: además de que tenemos constancia de que él sí estaba enamorado, el elogio de la belleza de Hannah Arendt es un lugar común a lo largo de toda su vida. Incluso, una vez fallecida, su amiga y albacea, la escritora norteamericana Mary McCarthy comienza un artículo sobre ella alabando la belleza de sus piernas. Es cierto, hay testimonios allá donde iba: la belleza de Hanna Arendt nunca pasó desapercibida. Maite Larrauri lo explica escribiendo que “Arendt no se identifica con los filósofos que adoptan el color de los muertos (…) y se sitúa al margen de la humanidad común y corriente.” De todas formas, aunque a ella no le incomodaba en general esta situación, parece que con Anders llegó a exasperarle. En este diálogo parece que sólo él aporta ideas buenas y ella está aprendiendo de estas algunas claves para su obra posterior. En un momento del texto, ella le pregunta: “¿Puedo robarte esa formulación?” Y él le responde: “Puedes robarme dónde, cuánto y tanto como quieras.” Para después decir: “Yo también te robo a ti.” No creo que esto hubiera gustado en demasía a Arendt. Especialmente considerando que la mayoría de las referencias a su exmarido, con terceras personas, no eran demasiado positivas.

El diálogo no es hueco ni carente de significado: bien al contrario, se introducen aspectos relevantes referentes a la filosofía del poder, a cómo incluso algunos filósofos de los más respetados entonces (Simmel, Scheler) actuaron en la guerra de 1914 de forma excesivamente ingenua, de cómo esa ingenuidad siempre les llevaba a ponerse de lado de los poderosos, de cómo se creyeron las mentiras del poder para alentar la guerra, y no sólo en los primeros años, sino incluso hasta el final de la contienda. Hay que pensar que Anders tuvo años para hacer y rehacer este escrito y legar a la posteridad la “verdad” que él quiso que quedara sobre su expareja y la obra filosófica de ambos, ya que él conocía -puntualmente- cada uno de los trabajos que ella iba publicando.

Pero, obviando que en esta primera guerra mundial -en la que Anders participó- eran ambos demasiado jóvenes para ser conscientes de todo lo que ocurría, sí vivieron -ya separados- la segunda guerra mundial, desde los Estados Unidos a donde huyeron, primero él y luego ella con la ayuda de él. Y ambos dedicaron una parte esencial de sus obras a esta realidad que vivieron: ella, especialmente al caso de Eichmann, y él en su libro sobre el piloto que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima, Claude Eatherly. De alguna manera podemos ver a dos verdugos de la guerra. La Historia ha sido implacable con el primero y, de alguna manera, ha salvado al segundo por su manifiesto arrepentimiento. Arendt escribió casi toda su obra sobre los totalitarismos y la violencia, pero cuando apresaron a Eichmann y lo juzgaron en Jerusalén, fue a cubrir como corresponsal el caso y escribió su libro: Eichmann en Jerusalén donde se sorprendía por la simpleza y la banalidad de las opiniones del nazi. De alguna manera, ella esperaba que quien hizo tanto daño y en quien todo un país puso en sus manos una tremenda máquina de matar seres humanos, tuviera, al menos en su opinión, una justificación de sus hechos que fuera más allá de dos o tres tristes tópicos. Anders publicó su correspondencia con Claude Eatherly, en El piloto de Hiroshima, un duro alegato sobre la culpa y el arrepentimiento de quien no pudo sobrellevar lo que hizo. Aunque en 2007 falleció Paul Tibbets, el que lanzó la bomba sobre Hiroshima que podría ser una versión del hombre también sin opinión, que hace sólo lo que le dicen que tiene que hacer sin cuestionarse nada, más que lo que entonces le parece que es su deber.

La historia del pensamiento avanza y seguirá haciéndolo y nos dirá qué queda de Hannah Arendt y qué queda de Günther Anders y de sus obras. La batalla de las cerezas, más que un homenaje o un recuerdo de este hacia ella -que es como nació y cómo él nos la vende-, nos parece un recuerdo o un Canto a mí mismo de un autor metido en años, que siempre entendió que el tiempo no fue demasiado justo con él ni con su obra, mientras las flores y los éxitos iban a parar a Hannah Arendt, la mujer a la que amó toda su vida.

19 febrero 2013

Siempre con ganas de más


El sentido de un final

Julian Barnes

Anagrama, 2012. Colección "Panorama de Narrativas"

ISBN: 978-84-339-7852-3

192 páginas

16,90 €

Traducción de Jaime Zulaika

Premio Man  Booker 2011


Rafael Suárez Plácido

Al final todo cambia. Cuando conocemos todos los detalles de una historia —y me pregunto si llegamos a conocerlos alguna vez—, lo que antes nos parecía inequívocamente que era de una manera, pasa a ser de otra. Probablemente, incluso se trate de todo lo opuesto. ¿Hay alguna defensa ante esa continua posibilidad de errar? No estoy demasiado seguro, pero hablaría del criterio, de una suerte de improvisación, cierta intuición con las personas y las situaciones, o de la experiencia, o de algún modo de inteligencia.

La última novela publicada en España de Julian Barnes (Leicester, 1946) parece interrogarnos sobre este asunto. Y lo hace de la mejor manera posible. Nos cuenta una historia deliberadamente sesgada (no hay mejor manera de manipular una historia que en una novela, ¿qué es el periodismo actual sino una mala novela?) en la que va introduciendo pequeñas variables que nos llevan de aquí para allá. Llegamos a sentir cierta compasión por la vida del narrador, Tony Webster: un ser completamente anodino que en algún momento de su vida llegó a tener sueños de cierta grandeza, la esperanza de que iba a vivir una vida plena de aventuras, cuando era un joven adolescente que había leído a Orwell y a Huxley, y formaba parte de un grupito de cuatro amigos con delirios de cierta grandeza, o cuando se alejó de su confortable casa-nicho en la Inglaterra de los setenta y viajó a Estados Unidos y allí su vida pudo cambiar y ser vida.

Cuando Tony Webster comienza a contarnos su historia, tampoco es que nos engañe. De hecho, él mismo nos advierte que se trata de “algunos recuerdos aproximativos que tiempo ha deformado y transformado en certeza. Aunque ya no tengo la seguridad de que algunos sucesos fueran reales, al menos recuerdo con claridad las impresiones que dejaron. Es lo más lejos que llego.” Y todo es válido, porque de lo que se trata es de hacer vivir al lector las sensaciones que vivió el narrador en cada momento. De hacerle dudar cuando él dudó o creer que había llegado al final del enigma cuando él lo hizo. Aunque él ya conocía todo lo que había pasado y el porqué de las cosas, desde la primera línea de la novela, nos toma de la mano y parece que nos invita a un viaje por su tiempo y nos dice algo así como: “Acompáñeme. Esto es lo que yo he vivido en cada momento: tal cual.” De todas formas, lo que más me ha interesado no es la trama principal de la novela: la relación entre el narrador, Tony, y Verónica, y la posterior de esta con su mejor amigo, Adrian. Esa es la excusa, el viaje que nos lleva por las páginas de El sentido de un final, buscando comprender ese final. Pero lo que realmente nos interesa es eso mismo, el viaje. Y a la manera de Cavafis, el autor nos lleva por lo que fue la vida de Tony Webster, por unos paisajes humanos y urbanos muy próximos a los que debió vivir el propio Julian Barnes. Una época —los años 60, los primeros 70—, en la que era posible que cuatro jóvenes escolares adolescentes se caracterizaran por sus lecturas, muy diferentes de las que leerían los jóvenes lectores actualmente: “Si Alex había leído a Russell y a Wittgenstein, Adrian había leído a Camus y a Nietzsche. Yo había leído a George Orwell y Aldous Huxley; Colin, a Baudelaire y a Dostoievski.”

Estos jóvenes veían pasar el tiempo esperando que llegara un tiempo en el que realmente les pasaran cosas excitantes, y no dándose cuenta de que aquel era el tiempo en el que estas cosas podrían pasar. En algún momento, sin embargo, tendrían que cortarles las alas, y ese momento fueron los años posteriores de juventud: sus veinte años, en los que su único interés, y lo único que les estaba vedado, era el sexo.

Este momento de la historia de Inglaterra es el mismo que nos cuenta Ian McEwan en su Chesil Beach. Dos novelas diferentes con un mismo protagonista subliminal: el sexo o, para ser más exactos, su permanente ausencia fuera del matrimonio. Inglaterra, aunque no sólo Inglaterra, era un país lastrado por este problema que en Estados Unidos estaba ya bastante superado. De hecho, los dos protagonistas, el de Chesil Beach y el de esta novela, tienen viajes por Norte América que les aportan un poco de aire fresco y les abren al mundo, aunque sólo sea para regresar de nuevo a él.

El hecho es que Tony Webster se casa, tiene una hija, se separa y mantiene una relación más o menos afectuosa con su ex, sin saber muy bien por qué hace todo esto. Podría decirse que sin querer o que por no salirse demasiado de una norma que ha venido siguiendo toda su vida: su deseo de llevar una vida anodina. Es que, en realidad, Julian Barnes, ya desde su primer gran éxito, El loro de Flaubert, que no recuerdo demasiado, aunque sí recuerdo la grata, gratísima sensación que me dejó, no hacía demasiado hincapié en los detalles de la trama, sino más bien en una serie de reflexiones que parece que son lo que realmente desea contarnos. Así ocurre también en El sentido de un final: uno sabe que ha sido zarandeado de un lado a otro de la cubierta del barco, y al final todo ha salido como queríamos demostrar. Es posible que siempre ocurra así cuando se trata de los libros de Julian Barnes: siempre consigue lo que se propone. Aunque eso no quite que lamentemos quedarnos siempre con ganas de más. Así estamos ya: esperando por la próxima novela.