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27 junio 2013

Objetivos cumplidos y preguntas abiertas


Cada cual y lo extraño

Felipe Benítez Reyes

Destino, 2013

ISBN: 978-84-233-4655-4

170 páginas

18 €




Juan Carlos Sierra

Cada cual y lo extraño, el nuevo libro de relatos de Felipe Benítez Reyes -en adelante FBR-, llama en primer lugar la atención por el reto que propone en cuanto a su estructura: escribir un relato para cada uno de los meses del año. No se trata de una tarea fácil, ya que si bien existen meses con un marcado significado en el inconsciente colectivo y en los usos y costumbres mayoritarios, hay otros más insulsos a los que hay que arrancarles una historia casi a regañadientes.

En este sentido, la mayor parte de los relatos incluidos en este almanaque literario cumple con su objetivo y los que parecen estar al margen como, por ejemplo, el dedicado a septiembre -"El brigada ilustrado", una historia sobre el servicio militar- se sostienen por sí mismos sin necesidad de excusas temporales. No obstante, quizá sea "Segundas rebajas" -febrero- el más forzado aparentemente, el que de forma más tangencial relaciona el mes elegido, lo narrado en él y la excusa del hábito comercial de las rebajas -por cierto, últimamente tan ubicuo-; sin embargo, FBR resuelve esta supuesta inconexión con una historia que va más allá de la mera anécdota temporal para, en clave casi alegórica, hacer que todo cuadre, que el título extienda sus redes semánticas sobre todos los meses y todos los años de toda una vida, la de la tía Ana, protagonista del relato.

Por otra parte, si un cuento, entre otras condiciones, ha de sobrecoger al lector y zarandearlo con un final contundente, sorprendente, pero verosímil con la historia narrada, el conjunto de los recogidos en Cada cual y lo extraño también cumple con esta premisa. Especialmente elocuentes al respecto son los titulados "El mago y los ojos" -enero-, "Un examen de química" -marzo- y el ya mencionado correspondiente al mes de septiembre "El brigada ilustrado". Como es natural, no vamos a desvelar nada de ellos; solo pretendemos advertir al potencial y futuro lector de su potencial y su futuro placer en caso de que decida acercarse a ellos.

Con estos dos datos técnicos, quizá algo fríos -arquitectura externa e interna-, aun tratados con absoluta corrección por FBR, no basta para construir un libro solvente, porque sabemos que, por poner un ejemplo análogo, un constructor de versos perfectos no es un poeta. Es algo más lo que hace de un libro correcto un buen libro. En el caso de Cada cual y lo extraño ese extra imprescindible se puede rastrear en el peculiar y muy personal estilo de FBR, especialmente en el cuidado para elegir el adjetivo más expresivo e inesperado -o expresivo por inesperado- y una sintaxis de naturaleza paradójica y juguetona -o paradójica por juguetona, y viceversa-.

Y con todo ello la vida narrada en los relatos de Cada cual y lo extraño, por sencilla que parezca, se convierte en fantasmagoría, en un ejercicio de funambulista, en un truco de "birlibirloque" y el mundo, por consiguiente, es algo difícil de explicar, sorprendente y ridículo al mismo tiempo, con su punto esperpéntico en lo que se ha convenido en llamar "la normalidad" y, por tanto, supuestamente tiene apariencia de "normalidad" -sea eso lo que sea-.

Recuerdo vivamente un poema de FBR llamado "Estampa matinal", de su libro del año 2000 Escaparate de venenos, que finaliza con la misma pregunta que le queda sostenida en la mente al lector de este Cada cual y lo extraño: “¿Y qué es la realidad? / ¿Y qué es / la realidad?”. Aquí quedan planteadas las preguntas; que cada cual, si puede, encuentre sus respuestas.

10 junio 2013

Bodas de sangre

Una reina en el estrado

Hilary Mantel

Destino, 2013. Colección "Áncora & Delfín"

ISBN: 978-84-233-4586-1

496 páginas

20,90 €

Traducción de José Manuel Álvarez Florez

Premio Man Booker 2012


José Martínez Ros

I

Estamos en Inglaterra, en el apogeo del reinado de Enrique VIII, el más poderoso y enigmático de los monarcas que jamás han reinado sobre las islas británicas. Una reina en el estrado, novela por la que Hilary Mantel, se ha llevado su segundo premio Booker, el más prestigioso de la literatura inglesa, y que algunos de sus entusiastas ya consideran la mayor novela histórica desde Las memorias de Adriano de Marguerite Youcenar es, a la vez, una maravillosa reconstrucción literaria de la Inglaterra de los Tudor escrita con una prosa de prodigiosa intensidad y de un ritmo feroz que atrapa al lector desde la primera línea y que nunca condesciende a esos largos, aburridísimos, pasajes descriptivos tan habituales en el subgénero; una apasionante (y terrible) historia de suspense en la que conocer de antemano el truculento desenlace no resta un ápice de interés -Catalina de Aragón, la primera esposa de Enrique VIII, ha caído en desgracia, el rey ha roto lazos con Roma para casarse con Ana Bolena e instaurado lo que, más tarde, se llamaría anglicanismo, enfrentándose con el Papado y con la España imperial de Carlos V, diversas facciones cortesanas luchan por el favor del monarca- y, por último, una tragedia sangrienta en cuyos vértices hay tres personajes inolvidables y, al tiempo, tres seres reales, enormemente complejos y contradictorios y, por esas mismas razones, interesantes para un lector del siglo XXI: Ana Bolena, a la que podemos ver como una mujer enamorada, o como un monumento a la ambición o como la defensora de la nueva fe protestante y evangélica que acaba de surgir en Europa, Enrique VIII , que ya resultaba misterioso para sus contemporáneos -¿quién fue, el más culto y caballeroso de los reyes de su época, un supremo egoísta incapaz de controlar sus pasiones o un monstruo lujurioso y cruel?- y su valido, el astuto Thomas Cromwell, decidido a hacer lo posible y lo imposible para que se cumplan los deseos de su rey y que es, sin duda, el corazón y el cerebro de la novela.

¿Por dónde empezar con Cromwell? Los hay que empiezan por sus ojillos penetrantes, hay quien lo hace por el sombrero. Los hay que eluden el problema y pintan su sello y sus tijeras, otros eligen el anillo que le dio el cardenal. Empiecen donde empiecen, el impacto final es el mismo: si tuviese un agravio contra ti, no te gustaría encontrarte con él una noche sin luna. Su padre Walter solía decir: Mi chico, Thomas, mírale mal una vez y te sacará los ojos. Si les pones una zancadilla, te cortará una pierna. Pero si no te interpones en su camino, es muy caballeroso. Y le pagará un trago a cualquiera.” (página 24) 

El Thomas Cromwell de Hilary Mantel es la prueba definitiva de que nos hallamos ante una grandísima narradora. Si hay algo complicado en ficción es ponerse en la piel y en la cabeza de un genio, y Cromwell lo fue: hijo de un herrero, soldado mercenario en Francia y empleado de una casa mercantil italiana, un hombre que se hizo a si mismo y que, procedente de ninguna parte, ganó el favor del rey y se convirtió en el mayor estadista de su época. Mantel lo describe como un individuo de tremenda ambición y terrible lucidez, mecenas de artistas y escritores, padre y esposo devoto y desgraciado (su mujer y sus dos hijas murieron prematuramente, crió solo a su único hijo varón), preocupado sinceramente por mejorar la suerte del pueblo inglés, pero, a la vez, sin ningún límite moral a la hora de actuar. Una reina en el estrado es, como se ha indicado repetidamente, un libro sobre el poder y su influencia sobre los que lo ejercen y lo padecen.

Haga lo que haga, piensa, desapareceré un día y tal como va el mundo puede que sea pronto: qué importa que sea un hombre con firmeza y vigor, la fortuna es voluble y, o bien darán cuenta de mí mis enemigos o mis amigos. Cuando llegue la hora debo esfumarme antes de que se seque la tinta. Dejaré tras de mí una gran montaña de papel, los que vengan después repasarán lo que quede y comentarán: aquí hay una vieja escritura, un viejo borrador, una vieja carta de la época de Thomas Cromwell; pasarán página y escribirán sobre mí”. (página 487)

Una reina en el estrado es una obra de arte y una novela que se devora.

Y II

Sobre todo gracias a la labor de la editorial Anagrama desde finales de los setenta y principios de los años ochenta del pasado siglo, hay un buen número de narradores procedentes de las Islas Británicas que ya son bien conocidos por el público de nuestro idioma: Barnes, Martin Amis, Ishiguro, Hornby, McEwan, Doyle, etc. Sin embargo, por algún motivo, parece que hubo un par de excepciones, dos inmensos autores y que, sin embargo, hasta fechas desoladoramente recientes se han publicado en español de forma dispersa y discontinua. El primero es el irlandés John Banville y, el segundo, la autora de Una reina en el estrado -curiosa “traducción” del título original: Bring up the bodies-, Hilary Mantel. La lectura de esta novela intensísima y magistral ha dejado perplejo e, incluso, noqueado a quien escribe esta reseña: ¿por qué no se ha topado antes con más libros de esta autora, por qué no la conocía (de ese modo íntimo y extraño en el que un lector “conoce” a un autor que admira) hasta ahora? 

Lo primero que hay que decir de la señora Mantel es que no ha tenido una vida fácil, lo que, sin duda, la ha perjudicado a la hora de recibir los reconocimientos que merece. Nació en el norte de Inglaterra en una modestísima familia católica de origen irlandés. No obstante, estudió, con brillantez, Derecho y parecía destinada a ser una relevante jurista, pero nunca llegaría a ejercer. En primer lugar, porque contrajo matrimonio con un geólogo al que acompañó en su trabajo en África y Arabia Saudí (donde están ambientadas algunas de sus primeras novelas); en segundo, porque se empezaron a manifestar los gravísimos problemas de salud que la han perseguido a lo largo de toda su vida y que la han obligado a vivir recluida, entre su itinerante hogar y el hospital más cercano. Lo peor es que los médicos que la trataban tardaron décadas en localizar cual era, exactamente, su problema -una forma particularmente severa y dolorosa de endometriosis- y, durante años, la prescribieron antipsicóticos creyendo que su enfermedad era mental, autoinducida. Supongo que esa situación hubiera sido lo bastante dura para quebrantar el temple de cualquiera de nosotros, al menos de la mayoría; no, al parecer, el de una persona como la señora Mantel, que llegó a estudiar por su cuenta medicina durante su estancia en África con el único fin de entender qué era lo que le estaba pasando. Finalmente, fue ella la que se autodiagnóstico su auténtica enfermedad, lo que fue confirmado posteriormente por las pruebas que los médicos le hicieron a su regreso a Londres. Sin embargo, esto no acabó con los problemas de la autora de Una reina en el estrado: un primer tratamiento erróneo le provocó duraderas alteraciones físicas, deformó sus rasgos y la hizo engordar enormemente. Eso no impidió que la señora Mantel siguiera adelante con su vida. En Gran Bretaña, mientras se consolidaba lentamente su reputación literaria y su salud se lo permitió, trabajó algún tiempo como enfermera en una clínica geriátrica, experiencia que también utilizaría en varias novelas. Más tarde, su estado físico llegó a ser tan delicado que su esposo tuvo que dejar su propio trabajo para cuidarla. La señora Mantel, no obstante, se recuperó y siguió escribiendo.

Luego empezaron a llegar los premios y honores.

Hilary Mantel es, actualmente, autora de once novelas de las que sólo se han traducido tres al español, hasta la fecha: La corte del lobo, que narra los inicios de la carrera política de Cromwell y por la que se llevó su primer premio Booker, Tras la sombra, una comedia negrísima ambienta en la Gran Bretaña de los ochenta protagonizada por dos médiums de escaso éxito y La sombra de la guillotina, una monumental reconstrucción de la Revolución francesa a través de las biografías paralelas de RobespierreDanton Desmoulins

Después de leer Una reina en el estrado, no he tardado demasiado en hacerme con ellas y puedo afirmar que todas son magníficas. Que la autora de este libro, y de otros muchos que esperan traducción, haya pasado por tantas dificultades a lo largo de su vida no suma ni quita nada a la ya extraordinaria calidad de esta novela; simplemente, la vuelve aún más asombrosa y admirable.

23 mayo 2013

Devorar un corazón


El problema de Spinoza

Irvin D. Yalom

Destino, 2013

ISBN: 978-84-233-4614-1

464 páginas

19,50 €

Traducción de José Manuel Álvarez-Flórez



Luis Manuel Ruiz 

En la pequeña población de Rinjsburg, a cuarenta kilómetros de Amsterdam, hay una casita de grandes adoquines con tejado a dos aguas y ventanas emplomadas que contiene un museo. Las dos salas de que consta ofrecen al visitante detalles nimios de la vida tal y como tenía lugar cuatrocientos años atrás: una cama con dosel y sábanas de Holanda, jofaina, espejo, escabel; un conjunto de útiles de aspecto desconcertante que, si el profano no lee el prospecto que recibe a la entrada, jamás llegará a reconocer como herramientas para la manufactura de lentes; un escritorio con candil y un armario donde se acumulan centenar y medio de libros gruesos como sacos, todos ediciones originales del siglo XVII y anteriores, en seis lenguas, holandés, portugués, español, hebreo, latín y griego. Es la biblioteca de Spinoza: una radiografía, como si dijéramos, del interior de su cerebro, una imagen al trasluz de la mente que alumbró el sistema metafísico más detallado y sorprendente de la historia de las ideas. Poseer la biblioteca de Spinoza significaría algo así como apropiarse de su alma, de los prodigios y vislumbres que llegó a contener: sería el correlato más acabado de ese viejo ritual mediante el cual las tribus del pasado pretendían asumir el valor o la fuerza del rival devorando su corazón. Un hombre quiso devorar el corazón de Spinoza, es decir, robar su biblioteca. Fue Alfred Rosenberg, ideólogo nazi, miembro de la plana mayor del NSDAP y uno de los responsables directos de la masacre de seis millones de judíos en la Segunda Guerra Mundial. Rosenberg detestaba a los judíos, pero admiraba a Spinoza. Eso le ponía en un aprieto: en un dilema insoluble entre cuyas aguas se mueve la novela de Irvin Yalom que reseño aquí.

El nudo gordiano que Yalom ha elegido tiene su enjundia. Un filosofastro mediocre deslumbrado por la claridad de un pensamiento como no se ha visto jamás; un huérfano necesitado de aceptación social siguiendo los pasos de un hombre que renunció a la sociedad para poder entregarse a la búsqueda de una certeza; un fabricante de prejuicios, abatido él mismo por un montón de ideas heredadas sobre un pueblo que no tiene derecho a la vida, enfrentado a alguien que dedicó toda su vida, o gran parte de ella, a la destrucción de los prejuicios. Yalom sabe explotar esta veta de contradicciones con tino profesional: no en vano ejerce la psiquiatría en Stanford y sabe lo suyo de explorar los recovecos más laberínticos de la duda y el vértigo. El método que el autor elige para aproximarnos a este choque entre dos mentalidades imposibles de reconciliar es uno que también empleó en títulos anteriores dedicados a otros ancestros filosóficos de la Modernidad. Si en Un año con Schopenhauer (The Schopenhauer Cure, 2005) revelaba las posibilidades salutíferas del gran pensador alemán y calvo, y en El día en que Nietzsche lloró (When Nietzsche wept, 1992) retrocedía al historial sentimental del autor del Zaratustra para explicar su rebelión contra el universo, nos propone ahora un sesgo psicoanalítico que explique, a la par, la huida de Spinoza del medio en que creció y se educó y el odio y la adoración alternativos de Rosenberg frente a ese medio, que pretende aniquilar.

La fascinación literaria por la figura de Spinoza, ese santo laico, no es nueva. De 1837 data el texto pionero de Berthold Auerbach Spinoza: Ein Historischer Roman, continuado a finales del siglo XIX por la pieza teatral de Israel Zangwill The Lens Grinder, y, ya en 1913, por Amor Dei: Ein Spinoza Roman, del propagandista del racismo biológico y futuro nazi Erwin Kobenheyer. Entre las aproximaciones más recientes se cuentan las de Isaac Bashevis Singer (Spinoza of Market Street, 1963) y Goce Smilevski (Conversation with Spinoza, 2006), o, por citar un par de ejemplos de aquí cerca, Ricardo Menéndez Salmón (La filosofía en invierno, 1999) y Juan Arnau (El cristal Spinoza, 2012). Escritores del más diverso pelaje han dedicado poemas, obras de teatro y novelas, sobre todo novelas, a este hombre sin sustancia, de biografía inequívocamente tediosa, que revolucionó el panorama de la filosofía moderna con sus premisas, a saber: que Dios no mora en las alturas, sino en la casa de al lado; que no tiene sentido rezar porque no nos oye; que nuestra alma y nuestro cuerpo son lo mismo y que un picor en el talón también tiene reflejo en una idea, una sospecha, un miedo; que cambiar el mundo significa cambiarte a ti mismo; que la alegría es el sentimiento obligatorio de cualquiera que se encuentre responsablemente en el mundo y pretenda medrar en él. Yalom rastrea algunos de los hitos de este ideario a través de los sucesos más reseñables de la existencia de quien lo engendró, que son pocos: el hérem o excomunión que lo alejó de la comunidad judía de Amsterdam en 1656; la puñalada trapera con que un integrista portugués intentó poner fin a sus herejías dos años después; el paciente, infinito pulido de lentes en una trastienda; las discusiones con Van den Enden y los colegiantes; la exuberancia de la vida interior, secreta, invisible, por debajo del rostro de un hombre acusado de frialdad y a menudo incomprendido. Alternando capítulos pares e impares, Yalom combina la vida de Spinoza con la de su némesis: así, en escenas que ganan sabor con el contraste, asistimos también a la incompetencia de Rosenberg en el instituto de bachillerato en que estudia, a sus primeros escarceos con el partido nacionalsocialista, su amistad con Eckart y Hitler, la depresión final en que le hunde el fracaso de su indigesto El mito del siglo XX, obra de lectura obligatoria en las escuelas arias donde se revela que la causa de la degeneración mundial radica en el judaísmo. El problema de Spinoza al que hace referencia el título se plantea, así, del siguiente modo: cómo es posible que una raza degenerada y nociva produjera la mayor mente que ha conocido la humanidad. Pero, aplicando las herramientas psicoanalíticas de las que el autor se sirve tan a gusto, el problema puede llegar más lejos e interrogar directamente al lector: ¿cómo es posible despreciar a quien no se conoce? A menos, claro es, que el desprecio no sea sino otra versión u otro nombre de la propia ignorancia.

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

02 enero 2013

Desde Rusia con amor


Me hallará la muerte

Juan Manuel de Prada

Destino, 2012. Colección "Áncora & Delfín"

ISBN: 978-84-233-3921-1

592 páginas

22,50 €





Antonio Rivero Taravillo

El de Juan Manuel de Prada es un caso curioso. Estando dotado como muy pocos novelistas de su generación, su abierta confesionalidad, su señalada pertenencia a una ideología -más reaccionaria que conservadora-, le resta el aplauso crítico y aún de buena parte del público. A ese desapego contribuye en parte él mismo mediante el despliegue de un estilo apabullante, en el que un amplísimo léxico, rescatado en sus maestros y aliado con un regusto arcaizante, se vuelve a veces excesivo. Esto sucede, como veremos, en no pocas páginas de Me hallará la muerte, la novela con la que se confirma en el género y que, con Las máscaras del héroe es, a mi juicio, la mejor suya. Como en la primera, aparece en el telón de fondo la atractiva figura de José Antonio Primo de Rivera, ya no visto por los ojos acanallados de Pedro Luis de Gálvez sino ahora a través de algunos seguidores suyos. A nadie se le escapará que el título procede del tercer verso del Cara al sol, el himno falangista, una suerte de "renga" en la que intervinieron varios escritores próximos a José Antonio (esta estrofa, en concreto, fue obra del propio hijo del dictador, más Agustín de Foxá y José María Alfaro), y como comprobará el lector de la novela de Prada se trata de un lema nada gratuitamente escogido, a tenor de la trama.

La obra, como la Galia de César, se halla dividida en tres partes o actos de un drama en el que intervienen varias ideas motrices, a saber: si es posible alcanzar un bien mediante la realización de un mal o incluso de muchos; el juego de las identidades y los fingimientos; la lealtad a los ideales y la transacción vergonzante con lo práctico, haciendo dejación de los escrúpulos.

Reúne muchos registros la novela, esta amplia novela moral, desde los rasgos picarescos de la pareja protagonista de la primera parte, que se desarrolla en el Madrid de la posguerra, al relato bélico de la segunda (con pasajes que remiten a las narraciones también ambientadas en el Frente del Este del recién desaparecido Sven Hassel) o al folletín o la novela bizantina que se despliega, con lances de contrabando y crímenes, tesoros escondidos y 'quêtes' en su región más extensa, desarrollada cronológicamente a mediados de los años cincuenta.

Creo que no hay autor de prosa que escriba ahora en España con una capacidad como la de Prada para forjar el símil, tender la comparación y mostrar la epifanía de la metáfora. Sucede, sin embargo, que a veces se sobrepasa, como llevado por un prurito de iluminar con no menos de una frase brillante cada párrafo. Y está, además, el lastre de ciertas reiteraciones que parecen decir: “una vez recuperada esta palabra infrecuente, voy a emplearla a discreción, como para amortizarla”. Lo que sucede es que entonces el autor deja de ser discreto y se permite el abuso, lo mismo de voces que en esas comparaciones que continuamente está elaborando con pasmosa facilidad. Ahí está la recurrencia de “tiparraco”, “ricacho”, “bofia”, “tabuco”, o el dichoso “corazón autónomo” que es la mancha en el rostro de uno de los personajes, el falangista Cifuentes, junto con el también alistado en la División Azul Mendoza, islas de integridad en esta historia… Pero son leves manchas en una prosa llena de enjundia, que se manifiesta sin desmayo, como cuando al referirse al Palacio de Invierno de Leningrado (la antigua San Petersburgo) escribe: “aún conservaba su aire augusto y solemne, como una marquesa arruinada que se abanica los sofocos con las papeletas de desahucio”. Destellos expresivos como este los hay a puñados.

Peca a veces de maniqueísmo, incluso cuando lo denuncia: un traidor llamado Camacho monta entre los divisionarios prisioneros un “Grupo Artístico Español” que representaba “farsas teatrales” “protagonizadas por capitalistas sacamantecas y obispos inquisitoriales en proterva alianza por la opresión del proletariado y la desfloración de tiernas doncellas” (aquí, tal vez Prada esté pensando más que en aquellas “piezas repescadas del repertorio de alguna de las compañías que recorrían el frente republicano durante la Guerra Civil” simplemente en el cine español de las últimas décadas, más algunas series televisivas que cojeaban del mismo pie).

Hay homenajes a las obras de otros escritores, como ese Madrid, “ciudad que era un cementerio con un millón de muertos”, en eco manifiesto de Dámaso Alonso. Pero lo que en verdad hay es un constante aroma shakespeareano, que brota en varias alusiones a Macbeth y, aunque no se la cite, a La comedia de los errores, con la que comparte el tema de la confusión, del pasar uno por otro, en un elaborado enredo.

Prada ha sabido reflejar muy bien la España de los casi tres lustros que abarca la novela: los fogosos camisas viejas falangistas; los acomodaticios arrimados al Movimiento; los alistados a la División Azul, en los que había muchos idealistas pero también otros poco menos que indigentes y -como en la Legión- tipos que querían dejar atrás un pasado (así, el Antonio Expósito protagonista); los blandos democristianos; los chupópteros del régimen que también querían hacerse olvidar su pasado de flirteos con el Eje; las “mujeres del partido”, los herederos del estraperlo y la riqueza turbia.

La novela está muy bien construida, con minuciosa atención al detalle, al ensamblaje de piezas, para que ninguna quede huérfana al final de la composición del rompecabezas. Salvo por esas indulgencias que el mismo Juan Manuel de Prada se concede, es una novela espléndidamente escrita y, no obstante, entretenida, comercial, de suspense, de amor y deseo, de guerra, culpa e infortunios. Tiene su tesis religiosa, sí, pero no es necesario frecuentar las iglesias para disfrutarla: basta ser amigo de librerías y bibliotecas.

13 noviembre 2012

Buscándonos



Ayer no más

Andrés Trapiello

Destino, 2012. Colección "Áncora y Delfín"

ISBN: 978-84-233-2951-9

310 páginas

20 €




Juan Carlos Sierra

Por lo que había visto que se publicaba últimamente -la última novela de Javier Cercas o la penúltima de Rafael Reig, por ejemplo-, pensaba que las preocupaciones de la novela patria iban desplazándose lentamente desde la Guerra Civil hacia la Transición. Sin embargo, me temo que aún queda mucho que escribir sobre la contienda bélica y la posterior dictadura, como lo demuestran el ambicioso proyecto de Almudena Grandes, que arrancó con Inés y la alegría y continuó con El lector de Julio Verne, La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina o esta última novela de Andrés Trapiello Ayer no más, por mencionar tan solo algunos títulos muy recientes.

No obstante, sí parece que está surgiendo en la narrativa que trata los años de la Guerra Civil y del franquismo, pero especialmente los del conflicto armado, la necesidad de contar la historia desde una perspectiva que evita el simplismo de buenos y malos, que huye de los relatos míticos, que hunde sus pies en aquella tierra ensangrentada y pone sobre el papel la complejidad de una situación difícil y las contradicciones de quienes se vieron obligados a tomar en muchas ocasiones sobre la marcha decisiones nada heroicas atendiendo a la pura y dura supervivencia.

Sin evitar la realidad ni quitar interesadamente puntos a algunas "íes", Ayer no más trata de situarse en esta tercera vía narrativa sobre la Guerra Civil a través del relato de la vuelta a León de su protagonista, José Pestaña, un prestigioso historiador especializado en la Guerra Civil, cuyos trabajos son, en general, muy valorados por el mundo académico universitario, pero no tanto por su familia, heredera directa de la España franquista.

El hecho que lo desencadena todo, apuntado desde el inicio del libro, es el encuentro casual en la Plaza de Santo Domingo de León de José Pestaña con su padre, antiguo y activo falangista durante y tras la Guerra Civil, y el hijo -ahora anciano- de un hombre en cuya muerte participó el padre de Pestaña en los primeros meses de la guerra. A partir de aquí, Andrés Trapiello desarrolla en diversas y bien entrelazadas ramificaciones -la familia, la facultad y sus tramas departamentales, la Memoria Histórica, el amor,…- una trama que atrapa desde el principio, pero que se va desinflando según avanza el relato, si bien a la altura de la "hartura" se produce un giro inesperado -muy cervantino- que vuelve a avivar la atención del lector.

Quien apueste por contar la multitud de matices de cualquier capítulo de la historia de la Guerra Civil para poner a cada personaje en su sitio y buscar la verdad, es decir, quien opte por el ensayo novelado o la novela "ensayada" -con perdón de la expresión- asume unos riesgos altos, pues todo -lo documental y lo ficcional- hay que enlazarlo suavemente al relato general para evitar que chirríen o colisionen los géneros. En manos de Trapiello suele estar bien engrasado el mecanismo, pero a veces saltan los piñones del engranaje según se van acumulando datos sobre la narración, según empieza a ganar terreno lo ensayístico sobre lo narrativo. Y, en consecuencia, el interés del relato para el lector puede ir desdibujándose.

No obstante, como ya se ha apuntado, el giro final, el truco de birlibirloque cervantino, salva la pendiente -suave, pero cuesta abajo- en la que estaba entrando el libro. El juego con los planos de lo estrictamente ficcional y la vida real, la confusión o perplejidad que esto produce en el lector, la reivindicación de la novela como sostenedora única de la verdad -“Hemos convertido los libros de Historia en una ficción, y ahora hemos de recurrir a la ficción para contar la historia” (página 278)-, no solo remontan la novela de Trapiello, sino que quizá le proporcionan todo su sentido. Porque cuando se ha cerrado el libro, sobre el lector queda flotando la pregunta de si en el fondo realmente la intención de su autor era reivindicar la verdad sobre todo lo que atañe a la Guerra Civil, por encima de intereses espurios o ingenuidades, o si hay algo más.

Pues sí, hay algo más. Muy probablemente la Guerra Civil sea solo la excusa para abordar algo que sobrepasa la historia de un país y toca a cualquier lector: la búsqueda de la identidad de un personaje desubicado -en la novela un tal José Pestaña, pero en la vida cualquiera de nosotros- y la de un género en vías de desubicación también, la novela. En definitiva, la pregunta que nos persigue allá donde vamos: ¿quiénes somos?, pero a la que hay que responder sin olvidar cuál es nuestra historia, hacia dónde nos encamina y, ya que estamos tratándolo desde lo literario, cómo lo contamos.

Todo eso, con algún altibajo, en las 310 páginas de Ayer no más de Andrés Trapiello. ¿Alguien da más?

04 octubre 2012

Días del pasado futuro


Donde la eternidad envejece

César Antonio Molina

Destino, 2012

ISBN: 978-84-2331-787-5

344 páginas

23,90 €




José Martínez Ros

César Antonio de Molina quizás sea conocido por ser el Ministro de Cultura más elegante que ha tenido este país y, sin duda, el mejor considerado. Nombrado por Zapatero, fue elogiado hasta en el ABC (lo que tal vez explique que no duró mucho en el cargo). Pero, además de haber ocupado tan distinguido cargo (y muchos otros) es un relevante poeta y -como cualquiera puede comprobar en este Donde la eternidad envejece-un brillante memorialista. Un memorialista original en el que el elemento biográfico se reduce al mínimo, ofreciéndonos un texto cuajado de citas, personajes y lugares que tienen en lo inmutable e imperecedero su principal cualidad.

Así, de la mano (o, más bien, gracias a la pluma) del autor visitamos la Alejandría de Cavafis y Durrell, la Concord de Emerson, Hawthorne o Whitman, la Capri de Greene y Neruda… Y al mismo tiempo, Roma, Tebas, El Valle de los Reyes, Chartres, un monasterio en Toro, el Camino de Santiago, México, Xi´an y tantas otros parajes donde el hombre con sus hechos o monumentos ha dejado una huella para el futuro. Donde la eternidad envejece nos lleva precisamente allí, a eternidades literarias o de piedra. Y como libro de geografías, también libro de viajes y para viajeros. Viaje y viajeros, que como distingue César Antonio Molina, citando a Baudelaire son aquellos que parten “por el simple hecho de partir”,se diferencian del turista, que es, “un viajero sin objetivo, su único fin es viajar por hacer el viaje y poder contarlo después”.

Precisamente, Donde la eternidad envejece no es un libro que invite a una lectura compulsiva -aunque sí amena, el autor es un compañero de viaje erudito y simpático-, un libro que se aprecia al ir saboreándolo poco a poco, en el avión, el tren o el coche, resignados al prosaico destino del turista que tanto despreciaba el gran Baudelaire. Y, probablemente, después, una vez en casa, también encontrará su lugar en nuestra biblioteca para que al hojearlo nos ilumine el comentario curioso o la cita inesperada con la que desde un remoto tiempo, otro hombre nos habla, ahora. Y para tratarse de un ex ministro, admitamos que no escribe nada mal.

13 septiembre 2012

Doble aventura


La ecuación de la vida

Yasmina Khadra

Destino, 2012

ISBN: 978-84-233-2948-9

352 páginas

19,90 €

Traducción de Wenceslao-Carlos Lozano



Alejandro Luque

Muchos lectores recordarán la sorpresa que supuso la irrupción en el mercado español, a finales de los 90, de una misteriosa escritora argelina llamada Yasmina Khadra, capaz de plasmar la convulsa cotidianidad de su país con técnicas de novela negra de muchos quilates. Que se sospechara que detrás de aquel sobrenombre se ocultaba un hombre, y además un hombre de armas, no hizo sino atraer más atención sobre novelas como Morituri, Doble blanco o El otoño de las quimeras.

Tras el éxito de esa trilogía protagonizada por el comisario Brahim Llob, un personaje que junto al Montalbano de Camilleri y el Jaritos de Márkaris conforma hoy el triángulo de oro de las letras negrocriminales del Mediterráneo, Khadra –o lo que es lo mismo, Mohamed Moulessehoul– empezó a dar señales de querer alejarse puntualmente del estricto ámbito argelino para desarrollar ficciones de atmósfera más universal. Obsesionado con el juego entre violencia y poder, viajó al Afganistán de los talibán en Las golondrinas de Kabul, y entró de lleno en la guerra iraquí con Las sirenas de Bagdad.

Su última novela hasta la fecha, La ecuación de la vida, participa de esa voluntad de escapar de la realidad inmediata y asumir retos como escritor. De ahí que este libro contenga una aventura doble, la que vive el protagonista y la que atraviesa el propio autor, explorando territorios desconocidos para él. La primera aventura es la de Kurt Krausmann, médico que lleva una vida apacible hasta el día que su esposa, sin que ningún indicio pudiera permitir imaginarlo, se suicida. Para sacarlo del pozo depresivo, su amigo Hans le propone viajar con él en barco al archipiélago de las Comoras, donde colabora en ayuda humanitaria.

Sin embargo, en medio de la travesía serán asaltados por piratas somalíes y sometidos a un duro cautiverio, un descenso al corazón de las tinieblas africanas –¿Puede ser el nombre de Kurt un guiño al Kurtz conradiano?– en el que la mentalidad europea chocará frontalmente con la forma de entender la vida del continente negro. Con un ritmo narrativo bien sostenido, salpicado de digresiones más o menos didácticas, Khadra va derivando el thriller en viaje iniciático, incorporando personajes llamados a enriquecer los puntos de vista de la historia, como el francés Bruno, apasionado de África, el pirata-poeta Joma Baba-Sy o la médico Elena, sevillana voluntaria en Darfur con la que Kurt vivirá una inesperada historia de amor.

Pero si en la aventura del doctor Krausmann hay sed, dolor, muerte y pasión, la peripecia literaria de Khadra no parece menos accidentada. La principal dificultad es la de introducir al lector en un medio del que se ignoran tantas cosas, y en una situación excepcional que a veces asoma por los telediarios, pero que rara vez se cuenta en profundidad, como es un secuestro en África. Vemos al autor sortear peligros evidentes, sobre todo un exceso de lirismo que lastra el ritmo en algunos pasajes; también se la juega en lo que respecta a la verosimilitud, dejando sin resolver del todo la comunicación entre personajes de distintas lenguas –no parece plausible que todos los africanos hablen un inglés literario tan fluido– o alguna discusión, tan chocante en el contexto de la historia, en la que se cita a Sófocles y Shakespeare. 
 
Khadra, no cabe duda, ha preferido arriesgar en terrenos resbaladizos y escarpados antes de volver a recorrer el camino conocido de una nueva trama policíaca. De paso, cuestiona la soberbia europea y occidental, recordando que quizá la vida esté en otra parte y que no hay verdadero viaje que no pase por el interior de uno mismo.

[Publicado en Mercurio]

06 junio 2012

Senderos (de gloria) que se bifurcan



El sonámbulo de Verdún
Eva Díaz Pérez
Destino, 2011. Colección “Áncora & Delfín”
ISBN: 978-84-233-4555-7
352 páginas
17,50 €





José María Moraga
En más de una ocasión he sido preguntado por lectoras que por qué en Estado Crítico solo dábamos cobertura a libros raros o alternativos y no a los más populares y vendidos. No digo que sea cierto, digo que me lo han preguntado -más de una vez- y la verdad es que sin querer hacerle la rosca a nadie ni plegarme a exigencias sí me gusta escuchar las sugerencias porque al fin y al cabo esto lo escribimos para difundir cosas, y a uno no le apetece alienar a nadie. Mi defensa ha sido que en este blog cada uno reseña absolutamente lo que le viene en gana, y que si nos fijamos en un perfil de libros parecidos (cosa que no admito) o solemos evitar otro perfil (cosa que sí asumo) ha sido por pura y simple casualidad y no por voluntad de elitismo.
Por todo lo anterior es un placer traer aquí El sonámbulo de Verdún, un libro que viene con vocación de entretener y divulgar, de venderse y ser leído, y desde luego que lo merece. El rigor no está reñido con el entretenimiento, y aunque desde luego que El sonámbulo no es una obra vanguardista ni experimental, sí que exhibe en la forma unas exigencias que la separan del ‘best-seller’ ramplón y que nos hablan de una ingente tarea lectora y de documentación por parte de su autora, la sevillana Eva Díaz Pérez. No había leído nada anterior de Eva pero sí  he leído algún que otro libro sobre la Primera Guerra Mundial y os digo que da gusto que en España -país, recordémoslo, neutral durante el conflicto- aparezca una obra así, más propia de las literaturas de los países beligerantes. Estamos hartos ya de novelas sobre los judíos en la 2ª Guerra Mundial con instrumentos musicales o sobre la Guerra Civil española. Y aunque en El sonámbulo de Verdún estas dos últimas guerras aparecen nombradas, la trama se centra en torno a la Gran Guerra, la guerra destinada a acabar con todas las demás.
Para los que os mováis en las coordenadas de la literatura sobre el conflicto, diré que El sonámbulo me ha recordado a los logros de dos de las novelas imprescindibles de la metaficción historiográfica anglosajona: Regeneración (1991) de Pat Barker y La canción del cielo (1993: Birdsong en el original; incomprensiblemente en España no apareció hasta 2009) de Sebastian Faulks. ¿Por qué comparo la novela de Díaz Pérez con otras dos? No para restarle originalidad, sino para resaltar sus logros. Regeneración plantea el horror de la guerra a través de sus estragos físicos y mentales: el drama de los hospitales psiquiátricos donde los internos trataban de sanar a través de la palabra. Escritores en guerra a pie de trinchera (recordemos que Wilfred Owen y Sigfried Sassoon se cuentan entre sus personajes). La canción del cielo juega -mediante una estructura fragmentaria- con el paso del tiempo, la memoria histórica y la influencia de unas generaciones sobre las que las sucedieron, amén de contar con detalladas descripciones de la vida en el frente.
En El sonámbulo de Verdún aparecen todos esos elementos pero el libro no se ciñe a la guerra. Se entrecruzan las historias de tres personajes principales, con media docena más de secundarios, a través del tablero de Europa (sobre todo el Imperio Austrohúngaro) y a través de todo el siglo XX. Hay por tanto mucho de preparación, de la vida de los protagonistas antes de la Primera Guerra Mundial y también después, con lo que el fresco no se ciñe al conflicto. La trama avanza y retrocede constantemente en el tiempo y se mueve en el espacio, de una manera muy fluida y nada confusa, lo que el lector agradece. Tampoco os voy a mentir: a medida que se avanza en el libro el lector avezado puede intuir algunos de los enigmas planteados pero eso, en mi caso, no ha sustraído ni un ápice al disfrute. El gran recurso dilatador de la trama esconde un guiño a la fantasía borgiana: así, en la primera escena de El sonámbulo  asistimos a una bala que se dirige a un cerebro y solo al final sabremos si llega a su destino o no. En el ínterin, a la narradora le da lugar a contarnos la alucinante historia de varias vidas en un siglo, el tiempo queda suspendido ‘a la maniera’ del cuento de Borges “El milagro secreto”, en el que las balas de un pelotón de fusilamiento nazi quedan suspendidas en el aire durante un año para dar tiempo a que un autor checo termine su obra de teatro. Sin duda que esta referencia no es casual, ya que Eva Díaz maneja con soltura la tradición literaria y el cuento de Borges está ambientado en Praga, como gran parte de El sonámbulo de Verdún.
De hecho, la novela se nutre del conocimiento de todos los “sospechosos habituales” de la ‘Mitteleuropa’ de principios del siglo XX: Sigmund Freud, Jaroslav Hašek, Claudio Magris, Karl Kraus, Robert Musil… algo que la dota de mayor interés, aunque debo confesar que no soy muy fan del procedimiento por el cual las grandes figuras de una época se pasean por una obra con el único propósito de ambientarla (lo que yo llamo el “Síndrome de Forrest Gump”). Por ejemplo, uno de los protagonistas es compañero de trabajo de Stefan Zweig y Rainer Maria Rilke y conoce a Elias Canetti; otro tiene un abuelo al que lo atendió en una ventanilla Franz Kafka y un hijo que participó en el comando checo que asesinó al ‘Reichsprotektor’ Heydrich, además de haber vivido en Zurich encima del Cabaret Voltaire (‘featuring’ Tristan Tzara y Hugo Ball) y ser compañero de hospital del Soldado Desconocido de Francia. Personalmente prefiero cuando las celebridades históricas aparecen porque tienen un papel real en la obra, como la Hipatia de Luis Manuel Ruiz o el Sassoon de Pat Barker, pero en cualquier caso los lectores despiertos compartirán sonrisillas cómplices al reconocer todas estas referencias culturales.
Algo muy bueno que El sonámbulo de Verdún sí hace perfectamente: divulgar el conocimiento sobre la Primera Guerra Mundial, conflagración que dista mucho de resultar “secreta” u “olvidada” pero que tal vez sí lo sea un poco para el público español, sobre todo el más joven. En la página 147 leemos: “Verdún es el símbolo de la Gran Guerra (…) porque representa la carnicería absurda, los combates de trincheras, la guerra sin sentido por dos palmos de tierra, el barro, la lluvia, el frío, los hombres mutilados, el terror de la artillería pesada”. Después de leer descripciones así, a uno casi le entran ganas de sacar el mechero y pasarlo por las costuras de la ropa por si estas alojaran piojos, como hacían los soldados en el frente. Para alguien que no sepa mucho sobre la Primera Guerra Mundial esta novela resultará una introducción excelente; para alguien que la conozca bien, nada chirriará y podrá centrarse en la historia de los personajes, bastante rica e interesante de por sí.
El estilo es muy descriptivo, hay acumulación de adjetivos y largas enumeraciones, como si la narradora tuviera ansia de abarcar un material tan ingente que no se puede despachar con una escritura parca y austera. El resultado es una novela terriblemente evocadora, que recrea el ruinoso Imperio Austrohúngaro (Praga y Viena son sus joyas y aquí se cuida el detalle) y el París del final de la ‘Belle Époque’. La trama, a cuya forma ya se ha aludido, consigue establecer entre las diferentes historias una suerte de babas del Diablo que unen a los personajes a través de los kilómetros y los años, como ocurría en La canción del cielo, y la narradora -prolífica en intrusiones autorales- se encarga a menudo de recalcarlo, no solo con el mencionado 'leitmotiv' de la bala sino explícitamente: “¿O habéis olvidado que ésta es una saga de personajes unidos por imprevisibles hilos invisibles?” (159).
Los ecos de las grandes obras de la Primera Guerra Mundial se multiplican: los hay de Hašek, de Remarque, podríamos seguir porque sobre este conflicto ha escrito prácticamente todo el mundo: desde Conan Doyle hasta Julian Barnes, pasando por Virginia Woolf. El sonámbulo de Verdún ofrece lo mejor de la novela histórica sin caer en las trampas de los ‘best-sellers’ chungos, acerca unas realidades poco conocidas para el público español de una manera dinámica y desenfadada sin renunciar al rigor y es, por tanto, altamente recomendable para todos los públicos. No faltan intriga, amor, poesía, viajes, drama, aparte de “la guerra, la compasión, la culpa, el horror y las viejas mentiras” (225). Léansela.

01 diciembre 2011

'Zeitgeist'

¡Indignaos!

Stéphane Hessel

Destino, 2011

ISBN: 978-84-233-4471-0

60 páginas

5 €

Traducción de Telmo Moreno

Prefacio de José Luis Sampedro


Ilya U. Topper

Voy a ser breve. Sobre todo para no correr el riesgo de que la reseña me salga más larga que el libro. Exagero, como es obvio, pero no tanto. Si le quitamos a ¡Indignaos! el prólogo de Sampedro, el epílogo de los editores, las notas al final (del editor de acuerdo con el autor) y las páginas de respeto en medio, el libro de Hessel se queda en, exactamente, 24 páginas. Lo cual no es un defecto (aunque muchos editores y sus autores premiados aún siguen creyendo que el valor de un libro se mide en gramos).

¿Qué dice Hessel en 24 páginas que es capaz de sacudir los cimientos del mundo? Porque los ha sacudido: el libro ha sido traducido a más de doce idiomas y ha vendido ya más de tres millones de ejemplares, en la cubierta de mi ejemplar en español se anotan los 300.000 y corre el rumor que el nombre de los Indignados de la Puerta del Sol se deriva directamente de la cubierta de este libro. (Y la Puerta del Sol, no lo olvidemos, no es una más: los fundadores de 'Occupy Wall Street' han dejado muy claro que es ahí donde se inspiraron, aparte de la plaza Tahrir).

Lo que dice, lo dice de forma concisa, lo cual se agradece mucho. Y es quién para decirlo: Stéphane Hessel, 94 años, alemán criado en París y naturalizado francés, de padre judío, se unió a la 'Résistance' francesa, combatía, armas en mano, contra la invasión de la Alemania nazi, fue capturado por la Gestapo, sobrevivió casi por casualidad a los campos de concentración y fue, en 1948, uno de los destacados miembros del equipo que redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En el fondo, Hessel no dice nada. Nada que no supiéramos ya. Cualquier lector más o menos atento con cierta ética y con cierta conciencia de lo que en España llamamos de izquierda habrá dicho lo mismo decenas de veces en las charlas de bar. No hay nada nuevo, ninguna revelación, y ni siquiera está especialmente bien dicho. Al final, el valor del libro se reduce a que Hessel es quién para decirlo.

Es quién para decirlo, cuando evoca su lucha contra la invasión nazi, nacida de la indignación, con la necesaria lucha contra las dos grandes amenazas que se ciernen sobre el mundo ahora: el abismo cada vez mayor entre pobres y ricos y la violación de los derechos humanos. Porque el empobrecimiento de las clases trabajadoras en Europa no es fruto de la casualidad ni de la falta de recursos: es fruto de una economía depredadora con la que los ricos destruyen a los pobres. Stéphane Hessel puede decirlo porque estuvo ahí: estuvo en primera línea cuando Francia, se reconstruyó sobre los escombros de la guerra mundial, cuando sindicatos y partidos de izquierda fijaron el contrato social, cuando se disponían, liberados del yugo nacionalsocialista, a diseñar una sociedad más justa. Entonces, aún entre escombros, había para todos, recuerda Hessel. Hoy, con un mundo infinitamente más rico, a los trabajadores se les niegan estos derechos bajo el pretexto de que no hay dinero. ¡Es indignante!

Hessel es quién para indignarse. Y es quién para denunciar, en tres concisas páginas, la ocupación de Cisjordania y Gaza -esta “prisión a cielo abierto”- por parte de Israel, el único conflicto al que le dedica un espacio propio (quien haya estado en Palestina entenderá que no hay ningún conflicto más indignante que éste: los hay más crueles, más despiadados o más sanguinarios, pero no más indignantes). Desde luego, aunque sus palabras no sorprenderán a nadie en España, precisamente esta parte ha sido utilizada en Alemania para acusarle de antisemita: al fin y al cabo la Gestapo le preparó el pelotón por maquis y no por judío.

Precisamente de la referencia palestina, y el reconocimiento que lanza cohetes desde Gaza es comprensible pero no sirve de nada, el autor pasa hacia lo que quizás sea la conclusión más nítida del libro: “Decir 'la violencia no es eficaz' es harto más relevante que saber si se debe condenar o no a quienes se entregan a ella”. Lo dice alguien que tomó las armas a los 24 años.

José Luis Sampedro, también de 94 años, se adhiere plenamente: “El terrorismo no es la vía adecuada contra el totalitarismo actual”. Ahí queda. Eso también lo sabíamos, pero no viene nada mal repetirlo de vez en cuando.

¿Y eso era todo? ¿Para eso tanto revuelo? Tal vez ésta sea una de las fuerzas del libro: no contiene nada con que podrían estar en desacuerdo tres millones de lectores (también me he leído ¡Comprometeos!, la larga entrevista que le hizo Gilles Vanderpooten, publicada también en Destino, y contiene mucho con lo que estoy en desacuerdo, principalmente por omisión). Las páginas de ¡Indignaos! son poco más que un espejo en el que millones de personas ven reflejados sus rostros. O, lo que es lo mismo, en el que se refleja el 'Zeitgeist'. Porque desde Tahrir a Syntagma y Puerta del Sol, desde el bulevar Rothschild a Wall Street, hay una cosa en la que todos están de acuerdo, y es que es indignante.

24 noviembre 2011

El mal viaja


Yo confieso

Jaume Cabré

Destino, 2011. Colección "Áncora & Delfín"

ISBN: 978-84-233-4508-3

859 páginas

27 €

Traducción de Rosa Alapont



Alejandro Luque

La novela total, aquella que ambiciona sintetizar el mundo, la vida entera entre dos tapas de cuero, es tan antigua como el género. Que nuevos autores mantengan esa noble aspiración y sigan abandonándose a esfuerzos hercúleos, rozando la cifra legendaria del millar de páginas, demuestra que algo queda todavía por ensayar en ese campo, y que en el modo de hacerlo nadie ha dicho aún la última palabra.

Se rumorea, y doy todo mi crédito a tales rumores, que había ganas de que saliera una novela total en catalán para el siglo XXI. Las tenían los políticos que llevan esta noble lengua como estandarte; las tenía lógicamente la editorial, que la está vendiendo como si fueran castañas; las tenía tal vez el público lector; y también, claro, Jaume Cabré, un autor veterano –aunque todavía por descubrir en el mercado español– que acaso se sentía el más capacitado del panorama para afrontar un reto de esta magnitud. Quiero decir que, cuando tanta gente desea que algo funcione, es muy difícil que no lo haga. Y subrayo la palabra funcionamiento, o sea, operatividad de un mecanismo (en este caso de mercado) para poder hablar a continuación de lo que nos interesa más, que es la literatura.

El eje de Yo confieso es la vida de Adrià Ardèvol, desde su niñez hasta el ocaso de sus días. Una vida que se ve acompañada por un valioso violín, un storioni con nombre propio envuelto en una compleja historia de ambición y muerte, el mismo que hace sonar el niño Adrià en sus sufridas clases de música y el que le irá llevando, sin advertirlo, por turbios e insospechados caminos, para acabar haciéndole entender quién es él mismo y quienes le rodean.

No es la primera vez que un violín hilvana historias a través del tiempo –François Girard probó algo parecido en su filme El violín rojo (1998)–, pero el mérito añadido de Yo confieso es su construcción. Si algunas novelas cortas nos cautivan por su habilidad para componer puzles que encajen a la perfección, donde no sobra ni falta una pieza, cuando lo consigue una obra de largo aliento el asombro está garantizado. Cabré empieza volcando sobre el tablero de papel una ingente cantidad de elementos, y página tras página asistimos al moroso ejercicio de ubicarlos en su hueco preciso. Lo mismo puede decirse del dibujo de personajes: a diferencia de esos trazos virtuosos que definen un carácter en apenas dos líneas, aquí el autor parece dejar que se desarrollen naturalmente, y es una gozada ver cómo cobran vida la criada Lola Xica, el fiel amigo Bernat o Sara, el gran amor del protagonista.

Narración engañosamente convencional a primera vista, Yo confieso alcanza tal vez sus mejores momentos cuando arriesga, ya sea proponiendo diálogos de conciencia en los que intervienen un 'sherif' y un indio de tebeo, o una conversación del hijo con la madre muerta, y hasta un coloquio entre el asesino de Oklahoma y Ramón Llull, Vico e Isaiah Berlin. Y tal vez halla su mayor debilidad en dos puntos: uno es la subtrama amorosa, cuyo ritmo amenaza estancarse por momentos; y otro es la sensación de que, en la representación del mal absoluto, no haya nada mejor que acudir por enésima vez al espacio, trillado hasta las heces, de los nazis y sus campos de concentración. Sólo en el subgénero “nazis con violín”, ya teníamos El violín de Auschwitz (1994), de Maria Angels Anglada o El violinista de Mauthausen (2009) de Andrés Pérez Domínguez. Otro día podemos hablar de la modalidad “nazis con piano”...

Ironías aparte, si esta obra tiene una cualidad sobresaliente, es el modo en que mete al lector en la máquina del tiempo y lo transporta, a veces de un modo vertiginoso, a escenarios y épocas diferentes. Tanto, que el público que se despiste corre el riesgo de perder el hilo y verse de pronto arrojado a la desolación de Auschwitz, encerrado entre monjes en tiempos del rey Pedro o en un hospital del Congo sin saber qué pinta allí. Cabré, dotado de experiencia en cine y televisión, mueve la cámara y cambia de plano en esta novela con una agilidad que Ridley Scott envidiaría.

Precisamente esta estructura de saltos en el tiempo y en el espacio da pleno sentido al fondo de la novela, esa idea de que todo, los objetos y las personas, están conectados a través de insondables pasadizos que condicionan la vida y la Historia. Y que el mal, la obsesión última de Ardèvol, aquello a lo que quiere dedicarle su más ambicioso ensayo, viaja por esos túneles a la misma velocidad que su fuerza contraria, el arte, la música, el pensamiento, la comunicación: ese viejo humanismo al que Jaume Cabré rinde un implícito y hermoso tributo.


[Publicado en Mercurio, ampliación]