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22 octubre 2010

Lo (no) grandilocuente

Tríptico
Santos que yo te pinte


Julián Rodríguez

Errata Naturae, 2010

ISBN: 978-84-937889-3-3 y 978-84-937889-4-0

48 y 64 páginas

5,90 y 7,90 €

Carolina León

Lo que nos supera, nos aniquila”; "Mujeres que dejan atrás las pesadillas cuando se convencen de que son amadas"; “Así lo digo: sin la televisión, la soledad habría sido peor”; “Querer, una palabra insondable”; “Posiblemente tengas razón. Siempre la tuviste”; “Vaguedades como las palabras de amistad sucedánea, y el amor sucedáneo, y el tiempo sucedáneo".

He visto todas estas frases anotadas una junto a la otra, convocándome para escribir una reseña, y se ha despertado en mí algo antiguo, un reclamo de otros tiempos, de la adolescencia incandescente o de la juventud desbocada, de los primeros descubrimientos literarios -quizá los únicos verdaderos. He creído recordar cómo leía en aquellos tiempos: sorbiendo cada frase, tratando de descifrar los sortilegios, maravillada por la guerra interior de toda prosa.

Porque eran otros tiempos, quizá más inocentes. Ahora las cosas no nos arrebatan igual -y perdonen la crítica inmanente, ombliguista-. ¿Y entonces? ¿Tiene sentido hablar de ímpetu, de juventud, de ardor, para escribir sobre estos pequeños volúmenes de Julián Rodríguez, cuatro textos dependientes-independientes, de los que nos dicen que fueron escritos alrededor de 1998 y reescritos durante años hasta hoy? Tiene sentido, y me explico. Son relatos antiguos, sometidos a reescritura exigente a lo largo de los años. Se dan por primera vez a la lectura después de esa larga rumia, en dos libros separados: Santos que yo te pinte es un relato autónomo, Tríptico contiene, como su nombre indica, tres cuentos que se anudan por algunos de sus cabos. Viven del "entonces" y viven del "mientras tanto", así como de este momento.

El primero repta como una alimaña, inquieta por su discurso ensimismado, por la falta de referentes que aqueja al lector y las capas de significación que se amontonan en su prosa aparentemente liviana. El segundo, el Tríptico, es un retablo al estilo gótico, que en lugar de invocar episodios bíblicos tiene los pies narrativos bien pegados al suelo, a las "cosas del mundo". Se narran interrelaciones, incomunicaciones, ausencias, vacíos, deseos inacabados. Parejas que ya no se entienden, progenitores ponzoñosos e interlocutores no especificados. Brevedad, densidad, intensidad: en un primer recorrido alcanzamos a intuir que no hay ni una coma al azar y la palabra esconde mucho más de lo que muestra. ¿De qué "cosas" se está hablando, a las cuales nos referimos por medio de pedazos abstractos de grafías entrelazadas, significantes aislados?

Lo que pasa en ellos, en sí, no es importante, lo es la sensación de que la prosa lo contiene todo. El efecto que crea esta ebanistería tranquila, paciente, de la prosa es el de dar luz a esos huecos de la existencia, ese absurdo profundo que nos invadía cuando éramos jóvenes y teníamos menos armas -o menos cansancio- para entender. Lo que hace Rodríguez en estos libritos (que son, por utilizar una imagen enológica, "crianzas" que han envejecido muy bien, pero no precisamente por haber quedado inmóviles al fresco) es dar categoría filosófica a esos huecos. Un trabajo, una filigrana semántica y temporal que estamos más acostumbrados a encontrar en la poesía, pero que tiene grandes referentes en narrativa (pienso en Mario Levrero o en Natalia Ginzburg, por decir ejemplos que tengo fresquitos). No es que lo "cotidiano" entre aquí en categoría de nada, no es que ontológicamente se llene de "ser", puedo intuir que se trata de una materia cualquiera, como podría haber sido "el asesinato de Julio César" -y que hace involuntariamente de vehículo para otro tipo de cuestiones.

Sin embargo, en su germen está ese ardor que el escritor ha querido trascender a base de elaboración. Por eso pienso en la lectura gozosa y desprejuiciada de los años adolescentes. Pienso en el asombro constante. Y pienso en los abismos, en el sinsentido derrumbado que uno sentía en cada aspecto de su vida, la de verdad, y la muy acogedora y reconciliable sensación de protección, de perfección que deparaba una canción pop cuando no entendíamos nada de nada. ¿Capricho de reseñista? Santos que yo te pinte es un tema de Los Planetas, Rodríguez menciona A letter to Elise de The Cure en una de las notas finales, yo no puedo dejar de pensar en No hay nada como tú de Esclarecidos.

Así que me es fácil imaginarme a las muy afortunadas lectoras adolescentes del 2010 con estos libros en las manos -que bien pueden pedir como regalo al novio que pronto se les irá-. Si bien en el interior de estos cuentos sus personajes están desencontrados y ausentes (el mundo es así), cualquiera puede sucumbir a la belleza de las palabras, al "desdén de la grandilocuencia" inmanente en su prosa, a su condición insondable: traicioneras como son, las palabras en relatos como estos cuentan con espesor suficiente para rellenar vacíos. Algunos, al menos.

12 julio 2010

Escribir sobre el frío

Antecedentes

Julián Rodríguez

Mondadori, 2010

107 páginas

ISBN: 9788439722199

9,90 €






Rafael Suárez Plácido



Recuerdo que leí Nevada (Renacimiento, 2000), un poemario que contaba historias de personas que trataban de sobrevivir con la dignidad que siempre nos hace mejores. Recuerdo que el librito estaba recorrido, desde el primer poema, por el frío y te dejaba helada el alma. Pasaron unos años y lo siguiente que leí del autor fue Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (Caballo de Troya, 2004). El impacto ocurrió desde el título. Y ya no pude soltarlo hasta que no acabé de leerlo. En realidad aún no he podido hacerlo. Siempre está ahí: una suerte de diario dividido en diez momentos, cada uno de los cuales pretendía constituir un relato real, creado a raíz de un artículo para una revista de arte, o a partir de un montón de fotos antiguas, o de algunos recuerdos de su pueblo: Ceclavín, en Cáceres. El título lo tomó prestado de una exposición del fotógrafo Daniel Guzmán. Siempre pienso que nuestra vida es eso: unas vacaciones más o menos baratas en la miseria de los demás. Pero lo más sorprendente del libro es el uso novedoso que hace del género (diario) y aun más del lenguaje. Algunos piensan que ya está todo inventado. Yo aún me encuentro con sorpresas como ésta. Y el paso siguiente fue buscar sus libros anteriores. Ahí aparece Mujeres, manzanas (Editora Regional de Extremadura, 2000) un conjunto de historias de mujeres que, es cierto, trataban de sobrevivir con la dignidad que siempre nos hace mejores. Y, también es cierto, estaban atravesadas por el frío, que te dejaban helada el alma. Ahora, diez años después de esos dos primeros libros y cuando Julián Rodríguez es ya una referencia ineludible a la hora de analizar la narrativa española, aparece Antecedentes (Mondadori). En el prólogo escribe: “Recuerdo que comencé este libro, ambos libros, el verano de 1997, pero fue un verano para mí infernal.” Cuando dice “ambos libros” se refiere a Nevada y a Mujeres, manzanas. Continúa: “La disposición de los textos de aquellos dos libros en esta nueva edición (…) obedece a un criterio que, hoy, me parece más cercano a lo que siempre deseé que fueran: un solo libro.” Es cierto: los textos están dispuesto de manera diferente. Abrir con el relato “Muerte” es un acierto. Es uno de los relatos mejores. No sólo en el libro hay verso y prosa. También en algunos relatos, como en este “Muerte”, hay fragmentos de poemas que nos ayudan a comprender mejor a las protagonistas: Ramón Gaya, Luis Alberto de Cuenca, José Luis Piquero, aparecen en mayor o menor medida entre sus páginas.

El prólogo comienza así: “Este libro fue un laboratorio.” Cuando leí Unas vacaciones prestadas… lo primero que quise fue encontrar antecedentes. Porque Julián Rodríguez sabía qué quería hacer con el lenguaje y que lo hacía diferente. No diría yo que Antecedentes fuera un laboratorio donde fue pergeñando la voz que quería para sus libros posteriores. O sí. Los primeros libros son casi siempre un paso en la construcción de la obra. Y eso no les quita valor: a veces incluso son los más interesantes.

El libro se estructura en tres partes que se inician con algunos de los mejores textos: la primera parte comienza con “Muerte”, una historia de tres mujeres que coinciden en un punto de Extremadura mientras una de ellas lee un poema de Ramón Gaya que le evoca instantáneas nítidas de su pasado, la segunda barre la entrada de un bar y la tercera, su madre, aparece a veces por la ventana de este apremiándole en su trabajo. En Julián Rodríguez siempre tiene un espacio el arte, la literatura alimenta a los personajes. En el relato “Palabras”, la protagonista vive de la caridad de los otros: “Algunos sólo les regalaban palabras./ Ya son una ayuda, pensaba ella. La gente no sabe cuánto aprecio las palabras./ Más que dinero, se decía también, porque así podía pagar con la misma moneda.”

Los personajes del primer relato aparecerán en otros: a veces vislumbrados con breves trazos que nos evocan otras páginas, a veces más claramente. Yo creo que hay mucho de estas mujeres en algunos personajes de sus libros posteriores, de todos sus libros. La pareja de “Navidad” también me es familiar. No sólo ella, también él. La relación con su madre y con su hermano, tan especial, tan cercana. Las fotos de familia también abundan en estas historias. La familia siempre está presente. Hay mucho de Antecedentes en Cultivos (Mondadori, 2008), su último libro hasta ahora.

La segunda parte, con el subtítulo “Textos extranjeros”, se abre con “Virtud”. Aunque la historia no ocurra en España, podría trasladarse tal cual a Extremadura o a Andalucía. Es el relato que debía leerse en todas las escuelas de zonas rurales para ir conociendo algo de su pasado, en ocasiones, no demasiado lejano. Las jóvenes de un pueblo perdido que desde los trece años esperan la llegada del hombre que las saque de sus casas. Hay algo de mítico y atávico en "Virtud", el relato con el que comenzaba Mujeres, manzanas. Los poemas más narrativos del libro, hablo por ejemplo, de "Maximilian Kolbe", se leen con solución de continuidad. Es la otra cara de la virtud, allí donde el frío tomaba su nombre.

Las guerras aparecen en el libro. Son parte de la historia del siglo XX y todo está enlazado. En la guerra todos somos diferentes, parece pensar Julián Rodríguez. Algunos están a la altura y otros no.

La tercera parte del libro comienza con "Pietá". Piedad es el nombre de dos de las mujeres que aparecían en "Muerte", la madre y la hija del bar. Pietá es otra forma de Muerte. Sus relaciones con el mundo, con los hombres, no las hacen felices. "Los gorriones que asomaban cada mañana a la puerta eran menos huérfanos que ella y sus hijos". El relato "Desconcierto" es la autobiografía de una mujer que tampoco fue demasiado querida por los suyos. En realidad, las mujeres del libro no son felices porque no son queridas. Ni por sus familias ni por parejas. Eran tiempos también de otras necesidades: "Desayunar un café con leche era entonces un lujo". Ella encontraba consuelo, aunque también desconcierto, en las palabras que leía o en el paisaje, o en lo que le decía un maestro en la escuela.

Y otro de los mejores relatos del libro es el que lo cierra, "Manzanas", que nace o toma forma a partir de "Historia de G.", el poema de José Luis Piquero. José Luis Piquero y Julián Rodríguez son dos de los autores que prefiero actualmente. Me gusta encontrarlos a ambos en un libro que quiero: Antecedentes, el retrato de mujeres que nos helarán el alma, el retrato de mujeres que ya todos conocemos. Era necesario un libro así.

Publicado en Clarín