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12 diciembre 2012

'La chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres'

Cosas transparentes

Vladimir Nabokov

Anagrama, 2012.  Colección "Biblioteca Nabokov"
  
ISBN: 978-84-339-7845-5

168 páginas

16,90 €

Traducción de Jordi Fibla
 

Manolo Haro

Dimitri Nabokov, un 'dilettante' al que posiblemente su padre tuvo que mirar para sus adentros como un filisteo refinado, abandonó el mundo sublunar el 22 de febrero de este año. El único vástago de los Nabokov cabrioló en ámbitos tan dispares como la pintura, la ópera o la conducción de coches de carrera. La prensa 'chiclo tachó en numerosas ocasiones como un hombre dionisíaco, por dejarlo alejado de epítetos menos favorecedores como 'playboy' o dilapidador. Hace unos años, Herralde nos hizo partícipes de un borrador que el escritor ruso había dejado en forma de fichas antes de morir. A pesar de que antes de nadar a braza las aguas frías del Leteo le había dejado dicho a la futura viuda que se deshiciera de esas notas, el síndrome Max Brod hizo que Vera Nabokov se sumergiera a su vez en la laguna Estigia sin haber prendido fuego a estos apuntes. Así que fue el hijo Dimitri el que proporcionó al editor de Anagrama lo que aquí leímos como El original de Laura; en definitiva, nada, pura promesa. El mundo ha seguido igual desde entonces y los socios del club Nabokov quedamos impasibles pensando únicamente en las obras que reposaban en nuestros anaqueles a la espera de ser llevadas de nuevo a la vida. Se acabó, dijimos al menos los lectores hispanohablantes. Pero no, aún quedaba alguna cosilla por ahí (a menos que Dimitri haya dejado en una cápsula del tiempo enterrada en el jardín de su casa otra sorpresa), una 'nouvelleque aún no había pasado el filtro de la traducción para así otorgarnos una última oportunidad, el aire de un idilio con el que ya no contábamos. Parece como si Herralde quisiera cerrar el canon del autor de Lolita antes de pasar la editorial casi al completo a Carlo Feltrinelli y su sello. Se le agradece el detalle.

El futuro no es más que una figura retórica, un espectro del pensamiento”. En la primera página de la obra queda grabada esta frase que no es sino el neón que contiene el gas de los momentos más líricos, vivos e intensos de las mejores páginas del novelista. Ya se sabe que Nabokov fue un escritor de estirpe "proustiana", que encontró en la memoria el acomodo necesario para sobrevivir al filoso presente. Sin ir más lejos, Lolita es una grito de 'saudadepuesta en boca de un Humbert que no se queda en la evocación de un amor infantil, que no se conforma con recordarlo, sino que lo revive a un precio costosísimo. Pienso en Habla, memoria o en Ada o el ardor, a los que su autor insufló un aire de remembranza plástica alcanzado por muy pocos. En todos estos títulos, incluido este que nos ocupa, se aprecia cómo la técnica del recuerdo está construida en muchos casos a partir de la visión de objetos que nos llevan a instantes oscurecidos por el paso del tiempo. El narrador juguetón que nos introduce el relato –del que siempre cabe preguntarse de dónde viene y cuál es su personalidad– presenta la vida de Hugh Person con unos breves pero contundentes toques de batuta en el atril: “Cuando nosotros nos concentramos en un objeto material, sea cual fuere su situación, el acto mismo de la atención puede provocar nuestra caída involuntaria en la historia de ese objeto. Los principiantes han de aprender a deslizarse apenas sobre la materia si quieren que la materia permanezca en el nivel exacto del momento. ¡Cosas transparentes a través de las cuales brilla el pasado!”. A partir de este momento, el endiablado narrador nos contará la existencia de Person, que vuelve al hotel Ascot de una población Suiza para rememorar algo que sólo iremos descubriendo con los saltos en el tiempo. En un primer momento, será la muerte de un padre; luego, el comienzo de un amor o la visita como ayudante de edición a un viejo y moribundo novelista llamado R.

Aquí cristalizan todas las obsesiones del escritor; incluso se pueden rastrear paralelismos humorales presentes en gran parte de la narrativa que precede a este título: un sosias desfigurado de Humbert Humbert late en la vida y los diálogos del escritor R.; alguna Lolita fugaz que se enciende y se apaga entre bambalinas; el sexo contrariado y ácido de bellas mujeres a la manera en que se dan en La verdadera historia de Sebastian Knight; juegos léxicos; parodias del mundo de la edición y de la creación al 'Pale fire style'; fosforescencias líricas, sin dejar los tópicos aguijonazos a la lectura freudiana del sexo y los sueños. Todo ello hace sonreír al lector avezado y sorprenderse al recién llegado (aunque me cuesta creer que alguien se acerque a Nabokov por primera vez con este libro).

En esa inmensa broma que constituye su Curso de literatura europea (dictado en el trascurso de casi una década ante un auditorio de jovencitas) habla el ruso de, entre otros, Marcel Proust. “La iluminación se completa cuando el narrador toma conciencia de que el único medio de recobrar el pasado es a través de la obra de arte, y entonces consagra su vida a este objetivo”. Nabokov fue un ebanista del pasado porque el futuro sólo se le presentaba como una entelequia nimbada. Su proceso creativo se soportaba en rescatar del ayer y crear a partir del pasado. Recorrer las calles de la memoria como hace su 'alter ego' Hugh Person (recuerden que de hoteles y de Suiza sabía Vladimir más que de moteles americanos) es lo que va dando carne a este relato. De hecho, ¡Mira los arlequines!, su última obra editada bajo su supervisión y venia, es otra vuelta de tuerca sobre los mismos temas; sobre todo el tiempo, que tan bien había sabido encapsular en Ada.

Me apena no desvelar más de esta última belleza, pero les aseguro que a medida que vayan entrando en ella notarán algo que sibilinamente se encarama en su imaginación y en sus sentimientos. El final, para un Nabokov con un pie que pronto enfilará el estribo, es de una sencillez magistral y apoteósica. Teniendo en cuenta que ya no queda nada más en los cajones de monsier Nabokov (“¡Helás! La carne es triste y he leído todos los libros”), les diré que se degusta en una tarde, pero su sabor dura muchas noches. Salud.

20 julio 2011

Un animal monstruoso llamado Nabokov

Vladimir Nabokov fue un sempiterno expatriado ruso cuando anduvo por los Estados Unidos de América del mismo modo que Manolo Haro lo fue en tierras gallegas durante aquél iniciático verano de 1993. No sólo compartió nuestro crítico ese sentimiento de desarraigo con el maestro, sino que tras la lectura de Pálido fuego (1962), nuevos conceptos literarios entraron en su virgen mente literaria. ¿El tema de esta obra? "Una novela, una vida, un amor..." todo eso encontró Manolo en la obra de Nabokov.


Manolo Haro

En verano de 1993 yo era un muchacho de veinte años. Tal como me encargué de hacer saber a mis padres un año antes, por esas fechas servidor iría a Guatemala. El año de la Exposición Universal de Sevilla había colocado entre las ramas juveniles de mi vida a amigos de aquellas latitudes con los que se creó un vínculo de sincera y estrecha fraternidad. A base de hacer economías y de ver poco la calle, logré reunir unas miles de pesetas que necesitarían ser completadas con la suma que mi familia pudiera facilitarme. En esas negociaciones estábamos cuando el presidente Serrano Elías, a la sazón mandatario elegido democráticamente en las urnas del país centroamericano, daba, seguramente, el movimiento de timón más mezquino y estúpido que se pueda dar en la dirección política de una nación: un autogolpe de estado. Lo de cruzar el Atlántico y abrazar a gente queridísima se esfumó por el desagüe de los sueños truncados.

Con la mosca de la preocupación zumbando tras la oreja, hube de replantearme el verano. Decidí entonces atravesar en la noche el tercio occidental de la Península hacia el norte y plantarme en una Compostela engalanada para el primer Año Jubilar globalizado de la Era Fraga (mascotas, macro-conciertos, la imagen de Galicia irradiada hacia todo el orbe, turismo de aluvión y todas las lindezas que hacen de Santiago, aún hoy, un lugar entre el supermercado para excursionistas eventuales y la peregrinación no siempre espiritual que desinfla el ánimo de los lugareños que no son propietarios de algún servicio hostelero o de una tienda de 'souvenirs'). Claro que, siendo un pollo como yo era por aquellas remotas fechas, aquello me pareció Babilonia. Cuento todo esto simplemente para darle entrada a un concepto que el hámster Paul Auster (engordado por el pienso que regala la crítica literaria en suplementos culturales oficialistas desde hace ya bastantes novelas) gusta tanto de colarnos: el azar. Ese azar que anima los engranajes de la Fortuna, que nos lleva y nos trae de manera caprichosa por los distintos planos de los mundos posibles enunciados por la física cuántica, trasladó a uno de los Manolos Haro a una Guatemala sin mendaces maniobras gubernamentales, mientras que a otro de los muchos Manolos Haro lo lanzó hacia el amor hallado en una noche estival bajo las más bellas estrellas de Galicia. A pesar de los avatares de la vida contemporánea, ese idilio aún decora los corazones de mi amada y del mismo que esto escribe. En el segundo año de felicidad pseudoconyugal y con la distancia de los mil y un kilómetros separándonos, ese verano tuve la ocasión de conocer, una vez cruzado el umbral de las formalidades con la que sería mi familia gallega, a Mercedes Pintos y al escritor Bieito Iglesias Araúxo, 'galegofalantes' con espíritu y cultura universalistas que comenzaron a llenar mis inmaduros conocimientos de voces y ámbitos ignorados hasta entonces por mí.

Engolfado como estaba en la lectura del canon español (en 8º de E.G.B. leíamos a Cela en los recreos por una cuestión puramente extra-literaria, ya que nos hizo gracia lo de absorber por vía anal unos cuantos litros de agua en una palangana tal como le contó a la Milá en televisión), los nombres que Bieito me citaba vibraban extraños ante mis paupérrimos saberes de literatura universal. Sí, me sonaban sin haberlos leído Faulkner, Nabokov, Joyce, Pavese, Cunqueiro, Pla o Proust; nada sabía de un tal Barnes, un extraño William Boyd o un remoto Martin Amis. Las sobremesas en aquella casa compostelana resultaban un manjar para un muchacho hambriento de nueva literatura. Sospecho que aquello resultó un catalizador, un acelerador de partículas para toparme con un autor que tarde o temprano habría centelleado entre la multitud de escritores que he ido leyendo en esta segunda mitad de mi existencia. Vladimir Nabokov, como habrán adivinado, es el novelista del que no ya podría prescindir en la vida. Llegué a él, como muchos de sus lectores, por Lolita. Luego seguí internándome en la selva y anduve como un orangután en celo lanzándome de liana en liana descubriendo novelas, cuentos, artículos, poemas, anotaciones de clases y entrevistas. Nunca me sentí frustrado. A pesar de que su Curso sobre el Quijote, impartido en sus años de profesor en Wellesley y en Cornell incurre en errores de análisis y en alguna que otra apreciación poco plausible, se encuentra en él algún fogonazo epifánico que ilumina el conjunto.

Dentro de la producción novelística del escritor ruso, es más que probable que Pálido fuego sea la obra más alejada del gran público. Comenzar su lectura requiere cierta disposición al vacile, una pequeña dosis de paciencia si el lector no está acostumbrado a los malabares nabokovianos y unas tremendas ganas de descubrir qué se trae el narrador entre manos. El libro se abre con un prólogo de Charles Kinbote, crítico y profesor universitario, que antecede al poema en cuatro cantos que le da nombre al libro y que lleva la firma del insigne poeta John Shade. 999 versos que Nabokov redactó mentalmente mientras paseaba para relajarse en 1960 por el Promenade des Anglais de Niza, según su biógrafo Brian Boyd. Ya en octubre de ese mismo año, anotó en su diario: “El Tema: una novela, una vida, un amor... sólo es el comentario detallado de un poema breve que ha ido creciendo poco a poco”. Nabokov con este volumen, publicado en 1962, introduce su personalísimo concepto de novela, una carga de profundidad nuclear contra la lineal visión que muchos escritores seguían desarrollando como si Joyce ni Virginia Wolf no hubieran habitado el mundo sublunar. El autor de Lolita ya había dado su primer aldabonazo allá por 1941 con La verdadera historia de Sebastian Knight, en la que un narrador nada fiable –voz común a muchas de sus obras– intenta recomponer la vida de su hermanastro mediante la información extraída de desiguales fuentes. El lector queda abandonado a suerte con un guía mendaz del que no nos podemos fiar nada o casi nada, pero que es el único individuo que nos conduce por un bosque repleto de trampas y de juegos.

El caso de Charles Kinbote comienza a ser sospechoso desde ese mismo prólogo del que hablábamos arriba. Su vecino, el poeta John Shade, también compañero de trabajo en la universidad, acaba de fallecer. "Pálido fuego" es su poema póstumo. Kinbote lo anota y edita, colocando el prólogo delante del mismo poema, el cual irá seguido de dichas notas. De hecho, la casi totalidad del libro la hemos de considerar como la exégesis a cada uno de esos versos, pero a medida que vamos leyendo nos percatamos de que se trata de una lectura totalmente sesgada, partidista y estúpida de un notable poema autobiográfico que el exégeta Kinbote va despachando a su conveniencia sólo para contar la historia de Charles el Bienamado, último rey depuesto de Zembla. El anotador aprovecha las puntualizaciones para desgranar su odio hacia la viuda, para narrar la vida del Rey Charles y su desternillante fuga de un país donde la homosexualidad es la práctica común entre los hombres, para clavar el estilete sobre sus colegas de campus, etc. Se muestra bien a las claras el deseo del crítico por hacerse con el texto, por transmutar el sentido inicial dado por el poeta en una mistificación donde reluce su propia personalidad y no la del autor original de la composición. La historia crece y se hace más compleja cuando descubrimos el abstruso interés de Kinbote. Sería absurdo destapar aquí las sorpresivas líneas argumentales que nos tiene guardadas Nabokov. Lo único que habría que decir es que el humor, la ironía, la belleza del mundo contenida en los nimios detalles de los que tanto gustaba mi querido Vladimir figuran magistralmente en estas páginas.

Descubrir o releer Pálido fuego es una de las sensaciones más placenteras que le ha guardado el destino a los muchos admiradores del escritor. El simple hecho de introducirse en el poema, confeccionado a la manera de los Cantos de Pound o los Cuatro cuartetos de Eliot, con una factura sólo propia de los monstruos literarios, conlleva a uno de los muchos deleites que surgirán con la lectura de la totalidad del libro. Luego, para el que quiera continuar, nos sobrevienen los juegos de artificios del narrador-anotador-editor demente Kinbote. Permítanme que les ofrezca una pequeña perla de este mezquino comentarista: al comienzo del calamitoso matrimonio de la Reina Disa con el Rey Charles, éste le informa a su esposa de que nunca ha hecho el amor (recuerden que la homosexualidad es práctica común entre los hombres del reino) : “tras de lo cual había tenido que soportar el ridículo de ver que la complaciente pureza de Disa adoptaba involuntariamente las maneras de una cortesana con un cliente demasiado joven o demasiado viejo; él le dijo algo en ese sentido (sobre todo para acabar con el suplicio) y Disa hizo una escena atroz. Se atiborró de afrodisiacos, pero los caracteres anteriores del infortunado sexo de la Reina fatalmente lo rechazaban. Una noche en que habiendo probado una tisana de trigridia, sus esperanzas culminaban, cometió el error de pedirle que aceptara un expediente que ella cometió el error de denunciar por repugnante y contra natura. Por último él le dijo que un viejo accidente de caballo lo incapacitaba, pero que un crucero con sus amigos y una buena cantidad de baños de mar seguramente le devolverían el vigor”.

A parte de las humoradas del audaz Nabokov, no debemos olvidar que nos encontramos ante una proeza intelectual de un autor que ha dejado baldado a muchos de sus imitadores por un lado, y, por otro, ha grabado una duradera y rastreable impronta en sus discípulos más aventajados, como Saul Bellow o Martin Amis.

Cierta vez una compañera de trabajo, al preguntarle que si había leído Lolita, me contestó que Nabokov era “un ser repugnante”. Es difícil convencer a la gente de que Conan Doyle no es Holmes, así como que Humbert Humbert tampoco es 'monsieur' Nabokov. Espíritu de corte proustiano –nunca dejó de añorar su infancia rusa desde el exilio–, escribió en el comienzo de su texto autobiográfico Habla, memoria: “La cuna se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas”. A él le debo horas de inmensa felicidad como lector. No tengo nada más que añadir. Salud.

11 mayo 2010

Dmitri, hijo mío, ¿por qué?

El original de Laura

Vladimir Nabokov

Anagrama, 2010

176 páginas

ISBN: 9788433975317

18.50 €

Traducción de Jesús Zulaika



Manolo Haro

Dmitri Nabokov se graduó en Harvard. En 1964 vivía en Milán completando su formación operística, actividad esta que combinaba con la conducción de un auto italiano en las carreras importantes del país. Entre arias y poles, volcó al inglés la novelas rusas de su padre. Poco más se sabía del hijo de Vera y Vladimir, sólo que su voz llegó a mezclarse con la de la Caballé en el Liceu barcelonés hace décadas, que en 1980 sufrió un accidente de automovilismo montado en un Ferrari 308 GTB en Suiza y que en 1999, en el centenario del nacimiento de su padre, hizo el papel de éste en una dramatización de las cartas entre Vladimir Nabokov y Edmund Wilson. Pero su voz sin aderezos líricos y sin filtro alguno no nos ha llegado con la facilidad con que los lectores adeptos a las carambolas estilísticas del creador de Lolita hubieran deseado, pues el mero hecho de que el escritor dé señales de vida desde la ultratumba a través de su único vástago es motivo de satisfacción para sus otros huérfanos. Con el rescate de El original de Laura de entre las supuestas llamas que su autor hubiera querido que alguien le aplicara en el caso de que hubiera muerto antes de finalizarla, tal como sucedió, Dmitri vuelve a la escena del crimen y nos cuenta, desde el prólogo de este volumen, los detalles que rodearon al manuscrito. El síndrome Max Brod que padecen muchos albaceas literarios, como es el caso de Dmitri, brinda ahora la oportunidad de observar de cerca cómo eran los esqueletos de las novelas de Vladimir Nabokov. Nada más.

En el Davos que mimó los bronquios de Franz Kafka, en el que resonaron imaginariamente las sesudas opiniones del Settembrini de La montaña mágica y donde las élites económicas y sociales del mundo juegan a quererse de vez en cuando, Nabokov se despeñó por una ladera mientras que cazaba mariposas. Ese fue el comienzo del fin. Corría el año de 1975 y entre las fichas con las que se ayudaba para desarrollar sus obras se encontraba el germen de este roman. Como el mismo Dmitri cuenta, su padre no dejó de escribir a pesar de un estado de salud mermado poco a poco por la edad y por la insistencia de otros males paralelos. Una bronquitis congestiva fue su último parte médico en vida. “¿Merezco que se me condene o que se me dé las gracias?”, pregunta el hijo en el prólogo a la obra por el hecho de desempolvar la novela inacabada.

Personalmente creo que la novelística de Nabokov no necesita de más. Este volumen que ahora Herralde publica en España es una simple anécdota dentro de un corpus redondo. Lo malo es que el ya anciano hijo (ayer, 10 de mayo, cumplió 76 años) no ha leído del todo a su padre. En una entrevista recogida en Opiniones contundentes (Taurus, 1999), ante la pregunta de si consentiría dejarle ver los borradores al periodista, contestó: “Siento tener que negarme. Sólo las nulidades ambiciosas y los mediocres cordiales exhiben sus borradores. Es como hacer circular muestras de la propia saliva”. El método Nabokov de escritura a partir de fichas surgía de una forma de trabajar afín a un hombre que como él mismo decía de sí: “Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño”. Para los que estén familiarizados con la prosa del ruso, no les será muy difícil asociar ese pensamiento de genio con una creación plagada de imágenes novedosas y sorprendentes. Primero las imágenes, luego palabras. “No escribo seguido desde el principio hasta el capítulo siguiente y así sucesivamente hasta el fin. Sólo lleno los claros del cuadro, de ese rompecabezas totalmente claro en mi mente, escogiendo una presa y parte de … no sé, de los cazadores que beben para festejar”.

En una etapa muy temprana del desarrollo de la novela –diría en otra entrevista– siento este impulso de acopiar trocitos de paja y pelusa y comer guijarros”. Con alguna que otra salvedad, precisamente esto será lo que ofrezca El original de Laura: un nido apenas esbozado, la promesa del paraíso a partir del gorjeo de un pájaro aleteando en el agua.

La geografía del limbo de las novelas inacabadas es extensa. Sus puntos cardinales se encuentran en desvanes abandonados, en sótanos oscuros, en las elocuentes y sorpresivas listas de Sotheby´s y en el talento de celosos o imprudentes albaceas. La lista podría estar compuesta, de muy diversas maneras y por muy diferentes motivos, por El último magnate de Scott Fitzgerald, Ampara esos laureles de mi admiradísimo crítico Cyril Connolly, Plegarias atendidas de Truman Capote, El Castillo de Kafka y por cientos de títulos más que siguen reposando en anaqueles polvorientos de bibliotecas como los del Harry Ramson Center for the Humanities de la Universidad de Austin (Texas), en los dormía Los Rivero manuscrito inédito de una supuesta novela inacabada que Jorge Luis Borges comenzó allá por los años 50. Ya ven. El cansancio, además de la inseguridad por el proyecto, pueden llegar a truncar una obra. El caso de la muerte resulta más peliagudo.

Para un autor como Nabokov, que afirmaba que para su obra tomaba todas las preocupaciones necesarias para estar seguro de que el golpe que recibiera del abanico del mandarín fuera digno, supongo que la salida a la luz de esta historia no le habría llenado de alegría. En ella está el universo Nabokov conocido por sus seguidores, incluso el lector se topará con relecturas de sus propias obras por medio de juegos de palabras que nos llevan a Ada o el ardor (el árbol genealógico de Laura-Flora sugerido a través de estas páginas), al Humbert Humbert de Lolita (el padrastro de Laura, que intentará seducirla cuando ésta cuente con los obligatorios 12 años de ninfette, se llama H. Hubert <sic>), al poeta John Shade de Pálido Fuego (otra pareja de la madre de Laura se llamará Espenshade), etc. Rudos auto-homenajes que empañan quizás otros logros como el juego de voces narrativas, entre los cuales sobresale la del enfermizo marido de Laura, Philip Wild, un profesor universitario (ahí está Pnim) con complejos de gordo, problemas gástricos, pies pequeños y un tumor benigno de próstata. También habría que admirar el quijotesco truco del libro dentro del libro: el best-seller Laura, es leído por propio Wild como un roman á clef de su vida. Divertimentos queridos por el ruso desde la inaugural botadura hacia la meta-ficción que se produce en el año 1941 con la magistral La verdadera historia de Sebastian Knight (corran a por ella si aún no la han leído; Anagrama compactos, 6 € de nada): ruptura de los géneros, biógrafo biografiado, reconstrucción de la realidad a partir de la nada. Y en eso Nabokov era un especialista por una simple cuestión de subsistencia: un esteta que creía en la autosuficiencia del arte, en la creación de mundos autónomamente bellos, entre otras cosas, porque perdió todos los suyos (la infancia, su Rusia natal...).

Una vez cierta joven me dijo que no soportaba a Nabokov por haber escrito Lolita: “Es un señor abominable”. Quizás poca gente haya reparado que el ruso siempre tuvo saudade por la infancia, que simplemente sangraba por la herida. Adoro el cortejo de voces enfermizas con las que nos contó su mundo. Si la vida le hubiera regalado unos años más, tal vez habríamos podido leer otra obra, aunque sospecho que el autor veía cercano el fin.

Mis aversiones son simples: las estupidez, la opresión, el crimen, la crueldad, la música dulzona. Mis placeres, los más intensos conocidos por el hombre: escribir y cazar mariposa”. Hasta que pudo, fue lo que hizo. Si aman la hermosura venenosa de nuestra existencia, vuelvan siempre a Nabokov. De lo contrario, corren el riesgo de enfangarse en la acartonada realidad.



24 septiembre 2009

Dos de los grandes

Faulkner y Nabokov: dos maestros

Javier Marías

Debolsillo , 2009

ISBN: 9788483469668

224 páginas

8.95 €





Jabo H. Pizarroso



Hay determinados libros-vidriera, hechos de retales aparentemente inocuos que una vez unidos conviene releer como un ejercicio pedagógico de mesa y escritorio. No todos están escritos por Javier Marías. Éste sí. Coger estos libros es un deleite, y más ahora que la soberbia de lo digital está que trina, preparan la campaña navideña a base de talonario y marketing confuso, (nadie sin su ebook), y más en esta edición de bolsillo, manejable, libro este al que hay que quererlo mucho, sobre todo si tras la lectura uno descubre que la mayor parte de las páginas están dobladas y exprimidas con un sinfín de anotaciones al margen. No son muchos los escritores que son capaces de desentrañar las claves primarias de otros compañeros de letras. La sana envidia a veces nos cierra los labios. Un buen escritor siempre te acaba besando en la boca. Y hay que agradecerle el beso y aprender de la nueva y genial manera de besar.

En este caso Javier Marías le planta cara a sus padres espirituales, a dos de sus maestros, a su bienamado Faulkner y a su querido Nabokov. El libro está compuesto de artículos que parten de otros libros y de alguna manera, el hipotético lector puede sentirse traicionado al tener una primera sensación de prestado, de leer algo que ha leído en otro sitio, como si tuviera que probarse un pantalón hecho de remiendos, cuando ya tiene otros pantalones en el armario con los trozos de las telas que ahora observa en el nuevo pantalón. Pero si ese lector es también uno de los discípulos del conde de Yoknapatawpha y es a la vez un amante de "Lolita", todos esos remilgos y esas escrupulosas vibraciones se van al garete cuando los ojos se deslizan por la mancha de este texto y acampan con suavidad en cada contragrafismo. Aquí nos toparemos de frente con el bisonte Faulkner de manos de uno de sus lectores privilegiados que además nos regala quizá una de las mejores traducciones de los poemas de este escritor sureño. A Nabokov lo agarra por la pechera y rescata de él, en un artículo sumamente elogioso, la bondad de sus cuentos a los que coloca a la altura de los mejores de Borges, Babel o Chejov.

Hay también un texto que no pertenece al autor del libro. En este caso se trata de un viaje que realiza a la tierra del ídolo Faulkner, el escritor y periodista Manuel Rodríguez Rivero. Libro para Faulknerianos, para esos miembros de una de las sectas más invisibles que existen y más perniciosas, para aquellos que soñaron alguna vez con calzarse un gabán dos cuartas más grande que el cuerpo y llenarlo de botellas de whisky destilado en el garage de su casa, y beberlas en una plaza cualquiera del Paris de entreguerras, mientras sueñan con ser escritores, para aquellos que han encontrado en Lolita una de las novelas más magnéticas y enigmáticas de todo el siglo pasado, también para aquellos que todavía se mueren de envidia cuando siguen leyendo en Mientras Agonizo, las palabras de Vardaman: "Mi madre es un pez", o también para todos aquellos que descubren que Faulkner fue quien fue porque sabía utilizar el punto como nadie:El ruido y la furia. Un maestro del que la mayor parte de la gente humilde aprende es siempre aquel que con la simpleza de la escasez, gobierna el recurso y abre una puerta. Marías es faulkneriano hasta la médula y en este libro, esta selección de artículos homenajeando al maestro lo demuestra de sobra. Con Nabokov ocurre algo parecido. De manera limpia, soberbia, nos rescata unas declaraciones que hizo Nabokov tras la publicación de Lolita. A la pregunta tan impertinente y tan llena de juiciosa reprobración que muchas veces hacen los periodistas a los autores, ¿Por qué ha escrito este libro?", Nabokov responde: "¿Por qué he escrito cualquiera de mis libros, a fin de cuentas? Por el placer, por la dificultad. No tengo ningún propósito social, ningún mensaje moral; no tengo ideas generales que explotar; simplemente me gusta componer enigmas con soluciones elegantes. "

Este es un librillo hecho con papel de fumar. Y hay que fumárselo para acabar perdido en otros libros. En otras palabras este es un librillo-trampolín, un libro-puente, pero un puente hecho de piedras con las que saltar o volver a la obra de Faulkner, y de Nabokov. Conviene de vez en cuando que lectores privilegiados nos lleven de nuevo a los momentos estelares de la historia de la literatura, acariciando a los genios que en este mundo de la palabra han sido Entre tanto binomio nuevo-viejo y tanta novedad-libro de saldo, hay que parar la carrera y volver a la casa de los escritores. En ella viven, entre otros, en la planta baja, Faulkner, pegado a las cuadras, y Nabokov, en una despacho pegado al salón-chimenea; uno clasifica mariposas y el otro ensilla su caballo y hace cuentas en una libreta, mientras piensa en las primeras líneas de un cuento que le hará ganar unos dólares cuando un periódico de Nueva York le diga que sí, que ese cuento sí que lo publican. Un tipo que eran granjero y que pocas veces se definió como escritor. La vida de los buenos autores está llena de la más sórdida y maravillosa normalidad. En este libro Javier Marías nos acerca a dos de los mejores. Una vez leído, es responsabilidad nuestra y solo nuestra volver a coger de la estantería Santuario y Lolita y meterles mano otra vez o de una vez, pero en condiciones, sin complejos.