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22 noviembre 2011

Una hermosa perla cargada de veneno

La Fanfarlo

Charles Baudelaire

Planeta, 2011

ISBN: 978-84-08-10332-5

75 páginas

11,99 €

Traducción de Alejandrina Falcón

Prólogo de Carmen Camero Pérez


José M. López

Un Charles Baudelaire (1821-1867) con apenas 25 años se adentra en el género del relato / novela corta ('nouvelle') para ofrecernos una deliciosa perla cargada de humor e ironía. Es sabida la inclinación del autor de Las flores del mal por maestros de la narración breve como E. A. Poe o T. Gautier; del primero admiraba -además de su afición al amontillado jerezano- su precisión técnica en la construcción narrativa; del segundo su deleite en la descripción de corte simbolista.

Uno de los puntos fuertes de La Fanfarlo es la creación, a pesar de la brevedad que exige el formato, de una serie de personajes -tres, para ser más exactos- perfectamente trazados. La historia es la de un joven y desfasado poeta que planea ayudar a una amante de juventud en su intento de volver a traer a su alcoba a su marido, que se ha enamorado de una popular 'vedette' llamada “La Fanfarlo”. Así la esposa promete al joven bohemio que si este consigue enamorar a la bailarina de modo que esta deje a su marido, también le concederá a este placeres sexuales. A pesar de que el personaje de la bailarina da título a la obra, toda la historia orbita alrededor del Samuel Cramer, un vulgar y histriónico artista que sirve al autor como excusa para parodiar – parodiarse- los motivos y tópicos propios del denominado poeta romántico: holgazán aunque obstinado en sus ideas, ingenioso aunque temiblemente pedante y aburrido, en boca del propio narrador, “un ambicioso triste y un ilustre desdichado, pues en toda su vida no ha tenido sino mitades de ideas (…) Hombre de bien por su origen y un poco sinvergüenza por pasatiempo (…) el tierno, el caprichoso, el perezoso, el terrible, el sabio, el ignorante, el desaliñado, el coqueto Samuel Cramer”. De este modo, la crítica mordaz y desenfadada se prodiga durante todo el texto, bien hacia este personaje en particular – “con este diablo de hombre, el problema es saber dónde comienza el comediante”- bien hacia la aquellos cuya profesión él representa- “solo los poetas son lo suficientemente cándidos para inventar semejantes atrocidades”.

"La Fanfarlo” se revela como el otro gran personaje del relato. A pesar de que se oye hablar de ella desde el comienzo, el lector la va conociendo a la par que Samuel Cramer, y, como él, termina enamorándose irracionalmente de ella. El joven bohemio ve en ella su alma gemela: a la manera de Des Esseintes, decadente protagonista de Á rebours (1884), esta diva de las tablas se prodiga en una irrefrenable pasión por los placeres artificiales, véase el refinamiento gastronómico, el maquillaje excesivo, o la arquitectura de corte exótico y sensorial.

Sin embargo, la voz que aparece con más fuerza y personalidad en el texto es la del propio narrador. Este se muestra como testigo directo de la historia contada, y afirma incluso conocer personalmente al personaje de Samuel, de modo que la trama adquiera una mayor credibilidad a ojos del lector. Crítico y excesivo, estamos ante un narrador con intención pretendida y explícita de mostrar su vasta personalidad en el relato: pedante en ocasiones, mordaz e irónico siempre, soberbio, transparente y osado, sus hilarantes y polémicos juicios de valor acerca de las mujeres, los vicios o el amor lo convierten, quizás, en el personaje más atractivo del libro.

Sinceramente, no creo que La Fanfarlo se encuentre al nivel de las 'nouvelles' de los grandes creadores de la época, pero supone una deliciosa e inteligente obra que hará las delicias del seguidor del Baudelaire más majestuoso y mordaz. El más célebre autor de la llamada escuela simbolista sabe reírse aquí de sí mismo, de modo que su trasunto paródico en la obra, Samuel Cramer, terminará engañado por todas las mujeres a las que él mismo creía burlar, dando a entender que la única salida de este risible poeta maldito es la de todos nosotros: la inevitable normalidad del burgués.

25 julio 2011

La insoportable levedad del verano



Venganza en Sevilla

Matilde Asensi

Planeta, 2010

ISBN: 978-84-08-08835-6

300 páginas

21 €




Rafael Roblas Caride

Entre tanta reseña de calidad y tanta crítica erudita, miedo me da comenzar esta entrada de Estado Crítico confesando mi gusto por esas novelas leves, de trama sencilla y estilo llano, con que me divierto durante determinadas épocas del año en las que las meninges se derriten por efecto de las calores. Sí, amigos, sin pudor alguno me confieso ávido –y entusiasta- lector de esas denostadas obras que, con vocación de best sellers, invaden los expositores de los grandes centros comerciales. Y, es más, aunque sea tirar piedras sobre el precario tejado de mi reputación crítica, alguna que otra vez descubro en ellos valores literarios considerables. Resoplo y tomo aire. Ahora sí, entonado este mea culpa, puedo ya iniciar sin más dilación el comentario de esta Venganza en Sevilla que, a la sazón no es más que una nueva entrega de las aventuras de Martín Nevares, ese personaje parido por la imaginación de la escritora Matilde Asensi que comenzara sus andanzas en Tierra firme (Planeta, 2007).

Sin disimulo pues, tras el primer párrafo de esta reseña, el paciente lector puede inferir que la presente obra de Asensi no tiene otra pretensión que hacer pasar un agradable rato, transportando a su receptor durante algunas horas al siglo XVII, presentándole personajes prototípicos de la época, paseándolo por algunos de los lugares más emblemáticos del orbe barroco –Sevilla no puede faltar como emporio indiano- y sumergiéndolo en una trama sencilla -y a la vez falsamente intrincada-, donde la intriga, la pasión y la venganza anticipan el desenlace desde el comienzo del relato.

A saber. El pirata Martín Nevares Ojo de Plata -protagonista multifacético que muta a su antojo en la ilustre señora doña Catalina Solís- vuelve a las andanzas aventureras al enterarse que su familia ha sido afrentada por la Corona española y que su padre adoptivo ha sido apresado y trasladado a la Cárcel Real de Sevilla. Tras el anuncio de este desastre, otra noticia no menos desasosegante le atormenta: sobre este apresamiento actúa la sombra de la familia Curvo, viejos enemigos que deben toda su fortuna al asedio y al robo de materias preciosas provenientes de las Indias.

Este capítulo introductorio es el pretexto de las posteriores peripecias de un Martín Nevares que recupera el botín de aventuras anteriores, que fleta un barco propio y que viaja desde ultramar a la gran metrópoli –a Sevilla-, resuelto a liberar a su padre del presidio, pero que sin remedio se topa con la muerte de éste sobre un jergón de la Cárcel Real. A partir de aquí, el guión previsto, la sed de venganza contra los culpables y el consabido juramento: los cuatro hermanos Curvos pueden temblar.

No tengo ningún ánimo de destripar el final a los pacientes lectores de esta reseña. No sufráis que me callaré que el asesino es el mayordomo. Sin embargo, no hay que ser demasiado ingenioso para imaginar un desenlace donde el engaño basado en la doble personalidad del protagonista –los Curvo conocen a Martín, pero a Catalina no- juega una baza a favor del héroe.

En cuanto al estilo, Venganza en Sevilla está escrito en una esperable prosa, con abundancia de diálogos y carente de todo virtuosismo superfluo. Son las reglas del juego en un género que cada vez se está fundiendo más con el concepto de la narración cinematográfica. Lejos quedaron las piruetas malabares descriptivas de un Galdós o un Baroja, de un Verne o un Salgari. Como suele suceder en otras obras contemporáneas de este pelaje, Matilde Asensi destaca en la recreación de una época que se advierte que ha trabajado a fondo. Encomiable es la descripción minuciosa de la Cárcel Real, por poner un sólo ejemplo, y es justo resaltar que su labor como documentalista sólo es comparable a la de aquellos historiadores que rastrean al detalle la intrahistoria de las diferentes épocas de la humanidad para asegurarse el éxito de una investigación definitiva.

Sin embargo, no tanto agradecimiento encontrará el lector en el tratamiento dado por la autora a los personajes secundarios –y aún protagonistas- del libro. Planos, esteoreotipados, previsibles, de una dureza psicológica casi infantil, pese a la pretendida brillantez de los guiños dedicados a obras clásicas de la literatura española: episodios picarescos, duelos de capa y espada, envenenamientos y retorcimientos argumentales muy del gusto barroco...

También quedan en claroscuro distintos aspectos que escocerán al lector más quisquilloso y exigente: ¿Es creíble que nadie –ni los más allegados- reconozcan a Catalina caracterizada de Martín y viceversa? ¿Resulta verosímil suponer en una mujer como Catalina la fortaleza física necesaria para llevar a buen término una misión tan exigente? ¿No le cuesta demasiado al lector creerse que una desconocida indiana se integre y sea aceptada sin despertar apenas sospechas en la rígida aristocracia sevillana del XVII? ¿No sobrepasa la curandera Damiana las cotas de lo posible en sus cuasi mágicas intervenciones? Exageraciones o licencias del escritor. Sea como sea, sólo es dado al lector poner sus límites y, por lo que se ve en el número de ventas, éstas reflejan una tolerancia tremenda por parte de aquéllos.

Visto para sentencia. El libro se deja leer aunque no sea deslumbrante. Como buena saga de propósito comercial, quedan sueltos aquí y allá hilos que hay que retomar de la anterior entrega, la citada Tierra firme, pero que son fácilmente soslayables con una pequeña dosis de interés por parte del lector. Igualmente se percibe, cómo no, otros hilachos que conducen a la tercera entrega. Inevitable. Y surge la gran pregunta: ¿el libro es bueno o es malo? Depende de para quien. Para Matilde Asensi seguro que bueno. Sus abundantes ingresos así lo atestiguan. Para la literatura con mayúsculas no estoy tan seguro. Lo que sí resulta meridianamente claro es que para pasar una tarde de verano sin mayores pretensiones que las de rememorar el mundo perdido de los mitos de la aventura de todos los tiempos, Venganza en Sevilla es el sucedáneo ideal de aquellos sueños de nuestra primera adolescencia que ya tienen aborrecidos de puro manoseo los grandes obras de Defoe, Stevenson o London. Para algo más, ni fu ni fa, sino todo lo contrario.

16 abril 2010

Magisterio churrero

El símbolo perdido

Dan Brown

Planeta, 2009

ISBN: 978-84-08925-4

590 páginas

21,90 €

Traducción de. Claudia Conde, Mª José Díez y Aleix Montoto

Daniel Ruiz García

“Los escritores de thriller envidiosos se desesperarán, los que dudaban y creían que no sería posible un nuevo éxito descubrirán que estaban equivocados, y los lectores lo disfrutarán. Dan Brown lo ha vuelto a conseguir”

Publishers Weekly


Los tiempos que corren demandan un tipo de literatura como la que hace Dan Brown. Una literatura altamente ecológica, respetable con el ecosistema y que apuesta por las energías (lectoras) renovables. Una literatura hipocalórica, que no engorda ni se pega al riñón, y que es perfectamente reciclable. Aguanta en la muela el tiempo que dura el caramelo. Sin azúcar, por supuesto. Pura literatura para el siglo XXI, el siglo de lo etéreo, de la cultura light, de la disolución de los formatos físicos, de lo intangible-superfluo. La literatura para la nueva era de la Economía de la Sostenibilidad.


El nuevo libro de Dan Brown, El Símbolo Perdido, contiene en sí mismo, y de forma bastante visible, todos los ingredientes que hacen posible esta receta prodigiosa. Una receta que en principio parece sencilla. Paso a detallar el modo de preparación:


1.- Adquiérase una pose de escritor serio. Que la obra lo merezca después o no, eso ya es otra cosa. Lo importante es la pose. Nada de corbatas y de chaquetas, ni, en el extremo opuesto, de camisetas por fuera, como si el escritor fuera un dependiente de una tienda de Apple. Si hay canas, eso ayuda. Lo ideal es la composición intelectual de cuello vuelto, con jersey de color negro si es posible. Mejor no mirar a la cámara en las fotos. O si se hace, cruzarse de brazos, o meter las manos en los bolsillos. Ocultar, sugerir, huir de la evidencia. La mirada penetrante es decisiva. La pose debe ir acompañada, por supuesto, de titulares que denoten inteligencia, profundidad. Hay que pulir las respuestas a la prensa, siempre perspicaces, agudas. Por ejemplo: “No hay peor enemigo de la religión que la apatía. Aunque los jóvenes tienen un sustituto: la tecnología”. (El Mundo, 30/10/09); o: Siempre bromeo que a mis personajes no les importa nada cuántos libros haya sido capaz de vender. Son tan difíciles de controlar como siempre” (ABC, 29/10/09).


2.- Genérese intriga desde la propia portada del libro. Nada de sobriedad en el diseño de las portadas. Cuanto más chirriante y pinturera, mejor. Por supuesto, con su poco de referencia explícita. Tal es el caso: a lo lejos, perfil del Capitolio. De cerca, un sello antediluviano. Ah, sí, se me olvidaba: símbolos, por supuesto. Grabados indescriptibles, caracteres de lenguajes perdidos, cuanto más antiguos mejor. Nunca viene mal un ojo incrustado en una pirámide, aunque esto no es estrictamente necesario.


3.- Constrúyase toda la estructura mediante planteamientos cinematográficos. No hay capítulos, hay escenas. Con varias escenas se construye una secuencia. Todas las escenas, por supuesto, muy dinámicas, muy vibrantes, que deben tender a cerrarse casi con la palabra en la boca, con acción, con la promesa de no se detengan, enseguida más. Escenas pensadas para ser dirigidas por Ron Howard, o por James Cameron, o por Robert Zemeckis, todo en esa línea palomitera y de mascletá. El planteamiento visual debe prevalecer por encima de todo. No se cuenta, se describe lo que se ve. La lectura debe llevarnos a pensar en imágenes, como hacen los autistas. Y el estilo de escritura ha de parecerse muchas veces a un guión cinematográfico antes que a una novela. Todas las descripciones de ambiente, de paisajes, de interiores, etcétera, se deberán realizar a través de párrafos que funcionen como acotaciones. Sólo que no deben llevar los típicos encabezados de SECUENCIA 3. EXTERIOR NOCHE. Esto sí lo llevará el guión de la película, una vez que la hagan, pero de momento en el libro no debe aparecer.


4.- Rebájese cualquier tipo de aspiración estilística o estética en relación con el lenguaje. Cuanto más simple y directo, mejor. Rehúya de las metáforas que no se desenvuelvan en el terreno del lugar común. Busque imágenes que cualquiera pueda asociar y reconocer por encima de su nivel cultural. Que no haya una sola palabra que el lector deba buscar en el diccionario. El lector de su libro estará casi siempre, no lo olvide, en la piscina, o en la playa, o en el metro. No tendrá diccionarios a mano, y le irritará que Vd. se ponga erudito. El narrador siempre ha de ser omnisciente, pero un omnisciente tramposete, así, juguetón. Si el personaje piensa algo, no se sonroje, Vd. délo a conocer, transcríbalo de forma entrecomillada, tal cual, en plan estilo directo. O si esto no le convence, póngalo a hablar, aunque el personaje esté solo y nadie le escuche y no tenga sentido pues que exprese lo que piensa. Eso ya se hacía en el teatro clásico, y por tanto no hay fallo: es un recurso con pedigrí.


5.- Sazónese bien de Teoría de la Conspiración. Ahí tiene Vd. que ser generoso. Nada de timidez, dispense la especia a granel. Para que nos entendamos, la cosa siempre está en decir, por el camino que toque (cristianismo, Club Bildelberg, ahora masonería), que hay una realidad oculta donde se mueven a sus anchas una serie de Poderosos que son los que verdaderamente Gobiernan el Mundo. Que el poder real se ejerce desde la sombra. Que nada de lo que existe es verdad, porque la verdadera realidad nos está vedada a la mayoría de los mortales. Para construir la trama conspiratoria, no tenga reparo, incurra en la barbaridad más disparatada que se le ocurra. Mezcle a egipcios con especialistas en software, junte a chamanes con masones, y déle a todo una apariencia de veracidad. Una vez que entren al trapo, no lo olvide, los lectores aguantarán todo lo que a Vd. se le ocurra fabular.


6.- Fabríquense personajes que sean, como el lenguaje, lo más planos posibles. Los malos tienen que ser muy malos, y los buenos muy buenos. El malo, por supuesto, de modalidad sibilina, enigmática, que induzca un poquito a la confusión. Para que sea malo malo tiene que reírse de forma terrorífica, y debe ser muy astuto en todo lo que hace. El personaje, esto es impepinable, que nunca se desvíe de su arquetipo. Que sea como un muñeco al que vemos venir en todo momento. Si hay giros, que los marque la trama, pero si hay una hacker extravagante cuya vida sentimental es un desastre capaz de resolver cualquier enigma informático, que siempre y en todo momento ejerza como una hacker extravagante cuya vida sentimental es un desastre capaz de resolver cualquier enigma informático. En materia de personajes, el camino siempre recto, nada de curvas mareantes.


7.- Una pizca de tensión sexual. Aquí sí hay que andar con cierta contención. Como mucho, un pellizco. Lo justo para que la novela retenga algo de sabor, lo necesario para convencer por igual al adolescente y a la abuela. Sicalipsis, la precisa. Tiene que haber un personaje femenino atractivo, pero nada de dobles fondos ni de recovecos de personalidad complicados. Una oriental está bien. Una oriental que, como es el caso, ejerza claramente su poder porque sea, qué se yo, directora del Servicio Nacional de Inteligencia. Así abrimos la puerta a la dominación sexual pero sin decirlo, sólo sugiriéndolo, como el que no quiere la cosa. Cuidadito con enseñar un pelo, cuidadito con los capítulos (perdón, las escenas) de encamamiento. Téngalo claro, es de las cosas que restan lectores.


8.- Déjese un pastizal de caballo en publicidad y promociones. Esto es absolutamente necesario. Haga una planificación de medios demoledora, que impida cualquier réplica. Que no sólo embadurne de publicidad los periódicos, sino que también se dirija a los nuevos medios. Internet, of course. Blogs, redes sociales, marketing viral. Vallas, mupys, cualquier superficie promocionable. La disidencia crítica debe reducirse a espacios como éste, dirigido a esos contados frikis que todavía leen libros que no se venden en Carrefour y en los duty-frees. La noticia de la salida del libro debe concebirse como un acontecimiento literario. Y la promesa de la película debe anunciarse prácticamente desde la propia puesta en venta de la publicación. El remate, la guinda, la pone el propio lector, cuando él solito llegue a su determinante juicio crítico final: “Qué quieres que te diga, el libro es mejor que la película”.


Seguir todos estos pasos es sencillo, la fórmula no tiene ningún secreto. Sin embargo, por más vueltas que le doy, hay algo que sigue sin cuadrarme: por qué el señor Brown es el único capaz de aguantar meses y meses en el primer puesto de los libros más vendidos en medio mundo. Cómo es que no hay nadie capaz de hacerle sombra. Al final va a resultar que hacer churros no es tan sencillo.

26 noviembre 2009

Por la senda de Kipling

La bailarina y el inglés

Emilio Calderón

Planeta, 2009.

ISBN. 978-84-08-08924-7

312 pág.

21 euros.



Alejandro Luque


Concebir una novela a la antigua usanza, de esas en las que suceden cosas; y ambientarla nada menos que en la India, en el periodo colonial inmediatamente anterior a su emancipación del Imperio británico, es una verdadera temeridad para cualquier escritor que no tenga la suerte de llamarse Rudyard Kipling. El finalista del premio Planeta 2009, Emilio Calderón, ha querido asumir este desafío y sale airoso de él con La bailarina y el inglés, una ambiciosa novela que bien podría leerse como un implícito homenaje al autor de Kim y El libro de la selva.

De entrada, con La bailarina y el inglés cabe hablar de dos novelas en un solo volumen: una primera mitad que transporta al lector a ese mundo exótico de elefantes y marajás, a modo de fresco de época generoso en datos fidedignos y bien documentados detalles, y una segunda donde la acción se dinamiza hasta entrar de lleno en los predios del thriller.

El inglés del título es el superintendente Masters, policía accidental y amante de las citas sentenciosas, nacido en la India de padres británicos –como el propio Kipling, que vino al mundo en Bombay-, obsesionado hasta la idealización con el hecho de no haber pisado nunca Inglaterra, y con ese complejo de desarraigo que Pérez Domínguez llamaría precisamente el síndrome de Mowgli.

La bailarina, cuya presencia en las primeras 150 páginas de la novela es casi testimonial, recibe el nombre de Lalita Kadori. Se trata de una devadasi, casada con un dios siendo muy niña y prostituida por los sacerdotes hindúes y miembros de las castas altas, cuya posición le permite no obstante acceder a los libros y, con ellos, a un sentido crítico muy avanzado para su época. El contexto en el que ambos personajes se encontrarán es de enormes tensiones sociales, un país que asemeja una gigantesca olla a presión entre la feroz represión británica y los movimientos a favor de la no violencia capitaneados por el Mahatma Gandhi, y a cuyos graves conflictos internos vienen a sumarse las tentaciones invasoras de las tropas japonesas.

Probablemente, uno de los grandes aciertos del libro es su huida de los cauces narrativos lineales y la apuesta por la hibridación de géneros, lo que permite al escritor malagueño demostrar su raza de contador de cuentos. Así, el hilo argumental de la novela se va desenrollando salpicado de abundantes digresiones, entre las que cabe todo, desde las anécdotas históricas a los guiños intertextuales o las fábulas morales.

Y cuando ya la narración discurre con fuerza por ese cauce, el robo de unas joyas y el misterioso asesinato del cazador Lewis Wilson, amigo de Masters, corregirá su curso hacia una intrincada trama política. Todo ello hará que esta novela complazca por igual a los seguidores habituales de un Jorge Bucay y a los amantes de la intriga a lo Conan Doyle, así como a aquellos que busquen una lectura algo más robusta, por ejemplo un E. M. Forster, al que por cierto se cita en varias ocasiones.

Pocos reproches pueden hacerse a la prosa limpia y eficaz de Calderón, aunque alguno siempre cabe: la circunstancia de que todos los personajes, indios o ingleses, se avengan al mismo tono de voz uniforme, excesivamente homogéneo, resta cierto relieve al conjunto; por otro lado, la ingente información que maneja el autor no siempre se muestra del todo disuelta en el caldo de la historia, como es preceptivo en la cocina de la narrativa de corte histórico. Claro que si estos matices fueran tan asequibles, apenas tendría mérito llamarse Rudyard Kipling.

[Publicado en la revista Mercurio]

14 septiembre 2009

Manual para subversivos y policías

Técnicas de golpe de estado


Curzio Malaparte


Backlist (Planeta)

ISBN: 9788408085188

288 páginas

21 €

Traducción: Vítora Guevara




Manolo Haro

Nacido para la vida como Kurt Suckert y para la literatura como Curzio Malaparte (Prato, 1898 –Roma, 1957), el autor enjuiciaba Técnicas del golpe de Estado de manera tajante: “Odio este libro mío”. Desde que Adolf Hitler lo hiciera arder en la plaza pública de Leipzig con otros desafortunados títulos (por primera vez en Europa alguien dedicaba un ensayo a hablar mal del Führer), la existencia de Malaparte se vería contrariada por diversas situaciones concernientes a su publicación en 1931. Hitler llegó a exigirle su cabeza a Mussolini; esto lo llevaría a la cárcel y al destierro en Lipari durante 5 años (“por manifestaciones antifascistas en el extranjero”), conmutados luego por una libertad vigilada en Capri. En su afán por quitarlo de en medio (era detenido cada vez que un jefe nazi pasaba por Roma), Mussolini llegó a preguntar si era judío. Algunas de sus posteriores corresponsalías de guerra (Etiopía, por ejemplo) las desempeñó con un agente custodiando todos sus movimientos. En África se le proporcionó un rifle para atajar una emboscada de guerrilleros, motivo por el que se le condecoraría, paradójicamente, con una Cruz de Guerra que lo señaló con el baldón de pro-fascista en ciertos círculos intelectuales italianos, aunque idiológicamente su pensamiento se mantuvo hasta el final de sus días bien asentado en la izquierda (donó a la Republica Popular China su hermosísima Casa Malaparte a los pies del Mediterráneo que baña Capri).
Como el propio Malaparte afirma en el prefacio a su edición francesa de 1948, el libro acepta bien una doble condición: la de “manual del perfecto revolucionario” y la de “manual del arte de defender el Estado”. El interés que puede suscitar un título como éste, después de tanto tiempo y tanta bibliografía publicada al respecto, reside en que ofrece un certero análisis de las asentadas (Rusia), jóvenes (Italia) e incipientes (Alemania) dictaduras que se fueron forjando en Europa desde la Revolución de 1917. No hay que perder de vista que el autor de La piel dio a la imprenta este libro en 1931, de manera que pudo recoger las evidencias de los avances políticos del comunismo, el work in progress de Benito Mussolini y el perfeccionamiento golpista, después del fallido en Munich en 1923, de Adolf Hitler, aún sin concretar, y del que dirá que es tan sólo un caricatura del Duce. De hecho, el autor encarrila su discurso pasando por estaciones de distintos estilo arquitectónico, ya sean éstas construidas al modo soviético, italiano o alemán. Malaparte tenía en la cabeza a Primo de Ribera en España y al “Bonaparte socialista” de Pilsudski en Polonia, pero, a pesar de ello, tomó los tres casos citados como paradigmáticos de los métodos golpistas.
Los catilinarios de la Era Moderna, opina el autor, tienen un referente claro en Napoleón por el mero hecho de que se han empeñado en parecer liberales hasta el último momento, es decir, “hasta el momento de recurrir a la violencia”. El gran error de los Estados liberales (aún hoy) es creer que la subversión se puede frenar con el Parlamento y el Estado policial. Trosky, señalado por el escritor como el creador de la técnica del golpe de Estado –a pesar de Lenin y de Stalin­-, aseveraba que “la insurrección no es un arte. Es una máquina. Para ponerla en marcha hacen falta técnicos”. La lección la aprendió a la perfección el camarada Stalin, que en 1927, en vísperas del X aniversario de la Revolución, le chafó su celebración –con otro golpe de Estado– al camarada Trosky. Entre “el arte de tomar el poder” de éste y “el arte de defender el Estado” de aquél, mediaron unos cuantos años de vital importancia para la historia de Occidente.
Italia ha sido una tierra pródiga en manuales de táctica política desde que Castiglione y Maquiavelo dieron sus respectivos El Cortesano y El Príncipe en el Renacimiento. La contribución a esta tradición de análisis de modos y estrategias del arte de gobernar por parte de nuestro libro resulta clara. La razón de ser de este ensayo es, tal como afirma Curzio Malaparte, “la de mostrar que la conquista y defensa del Estado no es un problema político, sino un problema técnico; que el arte de defender el Estado está regido por los mismos principios que rigen el arte de conquistarlo”. Hoy se puede leer como un libro de historia, como una disección del pasado cercano y un terrorífico presagio de un presente ululante que viviría Europa en breve.
En estos días que el término se deja caer por los periódicos cuando se habla de Honduras, cuando hay que someter a recuento los votos en elecciones de países de democracias ficticias, inexistentes o aparentes, cuando el control del telégrafo, las oficinas de correos, las estaciones, etc. se ha trocado por el de los grandes grupos mediáticos, recobrar este título por parte de la sección Backlist de Planeta es todo un acierto que ofrece la posibilidad de leer un texto que aún conserva toda su validez y aplicación en el bendito mundo en el nos ha tocado vivir.
POST SCRIPTUM: Hugo Chávez está contribuyendo a formar un canon literario muy particular, más llevado por los títulos efectistas que blande a lo largo y ancho del mundo -para alegría de Eduardo Galeano (Las venas abiertas de America Latina, Siglo XXI) y de Vicente Verdú (El capitalismo funeral, Anagrama- que por un verdadero conocimiento de la literatura. El hecho de que Chávez se haya convertido de manera inconsciente en un agente literario que activa el mercado con tal versatilidad es probable que lleve a algún editor a pensarse si colocar su teléfono junto al de Beatriz de Moura o Carmen Balcells. Entre los 15 libros que compró en Madrid el pasado viernes (la mayoría de teoría política e integración latinoamericana) no sabemos si iba el de Malaparte. De todas formas, en algún momento de su estelar carrera como creador de lectores debería fotografiarse con un ejemplar de Técnicas del golpe de Estado. Él que le debe tanto al amigo Curzio.