Luis Manuel Ruiz
23 mayo 2013
Devorar un corazón
Luis Manuel Ruiz
03 mayo 2013
El libro que se lo come todo
05 marzo 2012
La enfermedad fantástica

El asesino hipocondríaco
Juan Jacinto Muñoz Rengel
Plaza y Janés, 2012
ISBN: 978-84-01-35225-6
218 páginas
16 €
Luis Manuel Ruiz
Un malentendido de rancio abolengo afirma que la literatura ha de nutrirse de la existencia y que el escritor debe atiborrarse de aventuras, borracheras, traumas personales y públicos y visitas a burdeles con el fin de retratar en sus libros el gran retablo del mundo. Esa variante del arte como glosa o fotocopia de lo que sucede fuera de él olvida un elemento esencial: el relato que se alimenta de la propia fantasía del autor, sea éste un árabe anónimo del siglo X después de Cristo o un argentino ciego del XX; más: olvida a esa larga legión de visionarios, ascetas, seres estrambóticos del espíritu y la sensibilidad que eligieron crear universos alternativos como antídotos a ese otro, el de toda la vida, que les negaba sus puertas. Las nebulosas realidades de Kafka, de Kubin, de Poe, de Ballard son y no son a la vez la nuestra; son tal vez la nuestra filtrada por una lente única, exclusiva, que ha distorsionado las formas, los pesos y los colores ofreciendo nuevos panoramas que no figuran en los atlas. El mundo común está tan visto, me temo, como los cronistas que dicen retratarlo: la única alternativa para la creatividad radicaría en buscar sus salidas traseras, que las hay, y en cantidad.
A dicha labor, entre otras, se ha dedicado desde hace un par de lustros Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974), apóstol de lo fantástico en un país reconocido por su aversión a los altos vuelos: los de las brujas, quiero decir. Autor de dos recopilaciones de relatos (88 Mill Lane, Alhulia, 2005 y De mecánica y alquimia, Salto de Página, 2009) donde lo prodigioso se alimentaba por igual de la erudición filosófica, el anecdotario y el viejo cuento de hadas, Rengel comenzó ofreciendo a sus lectores un ramillete de personajes, situaciones y encrucijadas que no resultaría extraño a los lectores de Borges, Calvino, Perucho y Olgoso. A esa memorable tradición, él quiso añadir dos rigores: el del humor y el del estilo. El segundo de ellos significaba una prosa cadenciosa, bien medida, de soportes académicos pero que sabía estallar en sus justos momentos en revelaciones inesperadas; el primero era y sigue siendo una de las señas de identidad de la obra de Rengel que también se repite en el libro que comentamos hoy: una mirada ácida, irónica, procaz incluso tanto hacia el mundo que nos rodea como a las gentes que lo habitan, que lo mismo puede dar pábulo a la compasión por nuestros semejantes que al deseo de que todo estalle de una buena y maldita vez para dejarnos en paz.
El asesino hipocondríaco es una novela sobre la literatura. Ya he mencionado que no pertenece el autor a esa secta según la cual sólo lo real está tolerado en la librería y no valen diálogos si no incluyen algún coño o colega que le dé color coloquial. Más bien al contrario, Rengel dedica su primera incursión en el género a esos egregios enfermos de ficción del pasado (Don Quijote, Emma Bovary, el barón de Münchhausen) para los que las crudezas de la materia nunca podrán competir con los exquisitos vuelos de la fantasía, sea ésta blanca o negra o de cualquier otro color. Digo lo del color porque la del Señor Y, protagonista del libro, es más bien oscura como la pez: aquejado de esa inveterada enfermedad de la imaginación que es la hipocondría, no cesa de ver amenazas para su vida, emboscadas, microbios, accidentes, trastornos, males, derrames y fracturas donde no los hay. Pero la principal afección del Señor Y es su pasión por los libros. En multitud de ellos ha leído que Descartes murió después de una pulmonía sueca (o quizá un envenenamiento por arsénico), que el padre de Tólstoi sucumbió a un ataque de apoplejía cuando el literato apenas había cumplido los diez años, que Nietzsche se volvió loco al conversar con un caballo y que Jonathan Swift acabó recluido en la jaula de grillos de su propio cráneo, sin hablar con nadie más que consigo mismo, tras encontrar seres imposibles rondando las patas de su escritorio. El Señor Y tiene una misión, que es matar a Eduardo Blastein, pero un obstáculo formidable se lo impide: el que forman, al acumularse, todos los males catalogados por la ciencia de la medicina y aun otros, muchos, que ni siquiera se atreve a atisbar. Siempre existe algo mayor que lo que hay: lo que no.
Como creador, Juan Jacinto Muñoz Rengel está entero y total en este libro: está el humor del cacao, está el estilo impecable, la suave erudición, están el amor por la humanidad y el hartazgo del mundo que lo cobija. Una ocasión que no deberían desaprovechar quienes aún no se han asomado a su obra.
20 abril 2011
Herejes, mentiras y programas de televisión
Michael Shermer
Editorial Alba, 2010
ISBN: 978-84-8428-590-8
440 páginas
25 €
Traducción de Amado Diéguez
18 marzo 2011
El viajero introvertido

Mani. Viajes por el sur del Peloponeso
Acantilado, 2010
22 junio 2010
Una reflexión gótica

Corona de flores
Javier Calvo
Mondadori, 2010
ISBN: 978-84-397-224-58
308 páginas
20 €
Luis Manuel Ruiz
Que Javier Calvo, uno de los principales adalides de la posmodernidad en la literatura presente de este país, se descuelgue ahora con un relato rotundamente gótico, cuajado de apariciones, hemoglobina, sombras nocturnas y cadáveres escondidos, puede mover a muchos lectores al desconcierto o la sospecha. Pero quien conozca su obra un poco más de cerca, quien le haya mirado el envés o el forro, sabrá que dicho giro, mucho menos brusco de lo que aparenta a primera vista, no es casual. Ya los relatos finales de Los ríos perdidos de Londres insinuaban un viraje hacia una zona de la realidad menos oreada y rectilínea que la de sus libros iniciales, y la espléndida Mundo maravilloso (uno de los títulos clave de la última década para quien esto escribe) rozaba en algunos de sus capítulos oscuridades de mazmorra, biblioteca y laboratorio que sólo ahora, en esta Corona de flores, reciben la atención plena que merecen.
En un plano más profundo, lo que a primera vista resulta un aparatoso divertimento gótico esconde, quizá, una reflexión llena de melancolía sobre el mundo actual y el sustrato moral (o amoral) que ocupa sus suelas. Una Barcelona que se cubre paulatinamente de polución y niebla, un reino de dioses y brujas que recula ante el avance del positivismo, artistas, autores de folletín y sabios fáusticos que certifican la defunción de la vieja moral de la caballerosidad y el asilo, apuntan en la dirección de un diagnóstico: hubo un momento en la historia en que este extraño universo nuestro surgió de las cenizas de otro universo distinto, no menos extraño y quizá tampoco apacible. Para retratar esa emersión, Calvo redacta una novela absorbente, negrísima y espléndida, como la autopsia de un bello cadáver.
05 mayo 2010
La ruleta literaria
La historia de mi mujerLa gloria literaria, igual que el triunfo en los casinos, tiene menos que ver con el talento que con la conjunción de buena suerte y amistades adecuadas. Inquieta reparar, al echar un vistazo a cualquier listado de obras imprescindibles del siglo XX, que la gran mayoría de ellas se limitan al idioma inglés, al francés o al castellano, y que sin excepción sus autores habitaron en algún momento de sus biografías en París o Nueva York, esquivando por instinto rincones menos decorativos del mapa. La pregunta inevitable que surge es cuántas obras maestras permanecen secretas, escondidas, en el anaquel; a cuántas no tenemos acceso porque sus creadores no las acuñaron en las cuatro o cinco lenguas ecuménicas, cuántas han quedado en el anonimato porque la persona responsable no se paseó por la ribera del Sena sino por un río de aguas menos caudalosas. Este pensamiento se vuelve insistente y casi doloroso cuando uno tropieza con novelas como esta Historia de mi mujer, del húngaro Milán Füst, que sin duda, de haber sido redactada con ayuda de otro diccionario u otra página del atlas, habría sido reconocida desde el momento de su aparición como una indiscutible obra cumbre contemporánea. Pero que, igual que las Memorias de una enana de Walter de la Mare o De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz, ha de conformarse con el rango de curiosidad exótica.
Torrencial, excesiva, devastadora, estos adjetivos acuden con facilidad a las mientes a la hora de definir una obra tan difícil de atrapar. Publicada por vez primera en 1942 y dotada de un título envidiable, La historia de mi mujer podría ser definida, por exclusión, como un intento de estudio psicológico. Estudio, en primer lugar, del protagonista y narrador en primera persona, un lamentable capitán de barco llamado Jakab Störr agobiado por sus complejos y su incapacidad para relacionarse con las mujeres. Estudio, luego, del gran personaje de la trama, su esposa, la pizpireta, histérica y adorable (tal vez) Lizzy, llevada de acá para allá por caprichos sin cuento, que permanece junto a un hombre sin saber por qué mientras fuma un cigarrillo tras otro y le engaña con individuos salidos del arroyo. Y estudio, sobre todo, del gigantesco carnaval que rodea a la pareja y asiste a las vicisitudes de su vida matrimonial, jugando a veces en ella papeles poco honrosos: la galería incluye lo más granado del submundo de arribistas, exiliados y crápulas de la Europa de entreguerras, herederos despojados de su fortuna, candidatos a artistas que no mueven un pincel, jóvenes millonarias que aman entregarse a desconocidos en cuartos de pensión, vecinos rijosos, contrabandistas y prostitutas, el censo es largo. El conjunto transmite una inevitable familiaridad con otros productos mejor conocidos (por esos juegos de la ruleta de que hemos hablado más arriba), como Auto de fe, de Elías Canetti, o, sobre todo, el Viaje al fin de la noche de Louis-Férdinand Céline. La mordacidad, la frase rápida y la contundencia en la imagen la aproximan más que nada a este último ejemplo, aunque con las salvedades de un estilo más amable y una cierta compasión por el destino final de los individuos, que no tienen culpa de vivir en el gran albañal que les ha tocado en la tómbola.
Galaxia Gutenberg nos ofrece su cuidada presentación de costumbre, a la que añade en esta ocasión un mérito más. La traducción, debida a Teresa Ruiz Rosas, y subvencionada, según leo, por la Magyar Könyv Alapítvány, abunda en aciertos y frases brillantes; lo cual, en una novela cargada de tantos giros coloquiales y expresiones de doble sentido, no deja de ser una victoria sobre el descuido o la vulgaridad. Para ser buen traductor, a diferencia de lo que sucede con los buenos amantes, no siempre hay que sacrificar la exactitud.
02 marzo 2010
Lo que no se dice
La carpa de oroCharo Prados
127 páginas
Es, me parece a mí, el ideario que comparte Charo Prados, la autora de esta sugerente antología de relatos plagada de acontecimientos nimios, triviales, de andar por casa, que sin embargo ocultan casi ominosamente una verdad que no se puede nombrar. Sus narraciones eluden de manera deliberada, casi provocativa, lo fantástico y sus alrededores: nos topamos con niños de veraneo en pueblos inciertos del sur, parejas cansadas que se regalan por el aniversario baratijas no menos cansadas, funcionarios de color ceniza, padres que no soportan el yugo del biberón y la cuna, bicicletas en la tarde. Y sin embargo sentimos, y aquí radica la indudable maestría de la autora, que es otra cosa de lo que se nos está hablando y que la denuncia, el reproche o la maravilla se concentran en otra parte, en el envés de la trama: la incapacidad de la vida, este reloj defectuoso, para marcar con puntualidad el destino de nadie, el hastío que acompaña a la madurez y la conversión inevitable de las esperanzas en sus caricaturas, la posibilidad de una existencia paralela en los predios de la fantasía o el anhelo, nunca realizados, el polvoriento prodigio de lo banal. Prados es consciente de que nuestra realidad se encuentra surcada por corrientes oceánicas o súbitas descargas eléctricas (esa energía secreta que el taoísmo llama chi) que iluminan momentáneamente el presente y dan sentido a lo que nos sucede y deseamos, pero también de que dichas epifanías ceden ante el eclipse de la rutina y el manoseo de todos los días. La carpa de oro consiste en el modesto intento de salvar esas perlas del fango de los calendarios.
No es el lenguaje una de las virtudes menores de la recopilación. Callado, pluvial, sin estridencias, sabe dejar de lado cuando la ocasión lo precisa su tono de confidencia para arrojarse a la euforia o el espanto: El estómago le ardía, le daba pellizcos, como si lo tuviera lleno de sanguijuelas, leemos de la ansiedad o de la certeza en la página 18.
05 febrero 2010
Disfruta del fin de tu vida
La tienda de los suicidasJean Teulé
Zeta Bolsillo, 2010
ISBN 9788498723434
160 páginas
6,95 €
Traducción de Teresa Clavel
Luis Manuel Ruiz
El mundo se ha convertido en eso que profetizan los telediarios: la polución ha destrozado el cielo y los rayos del sol caen como jabalinas sobre las playas; vagos desastres nucleares han sustituido el aire por ácido sulfúrico y nadie puede cometer la imprudencia de respirar; la razón ha retrocedido después de la quiebra del sueño ilustrado y se impone el regreso a viejas formas de oscurantismo, encarnadas en religiones de torres altas y negras, donde hombres llenos de desesperación celebran sus holocaustos. En este panorama, quien piense en el futuro ha de renunciar a él: el negocio más lucrativo será el que ofrezca a su clientela no disfrutar de la vida, lo cual ya es imposible, sino poner un término a sus incomodidades del modo más sucinto e higiénico.
Es lo que hacen desde diez generaciones atrás los Tuvache, propietarios de una tienda singular que día a día se ve desbordada por la demanda de nuevos productos y material asesino. Porque los Tuvache gestionan la Tienda de los Suicidas, un supermercado de la muerte en el que el usuario podrá servirse de todos los medios habidos y por haber para acortar esta molestia llena de secreciones y anhelos: sogas a prueba de cuellos recios y gargantas de piedra; cuchillas de afeitar con el filo oxidado, para unir el tétanos a la hemorragia; venenos envueltos en papeles brillantes que harán que los niños abandonen el mundo con una sonrisa; pistolas, puñales, explosivos, por supuesto; y la especialidad de la casa, los kits: el kit Mishima incluye kimono y un cuchillo ritual con el que sajarse la barriga, el kit Turing un juego de pinceles, un panel y una manzana envenenada. La familia Tuvache contempla con el debido pesimismo (porque el entusiasmo es una ofensa contra el deber profesional) cómo su prestigio y sus dividendos crecen a un ritmo parejo, mientras la reputación de su firma atrae a desesperados de todo el mundo a su tiendecita con alacranes y flores violáceas en los expositores. La pervivencia del negocio, y aun su ampliación, está asegurada para unas cuantas décadas más: las nuevas generaciones, con el joven Vincent a la cabeza, planean construir un parque temático del suicidio donde las montañas rusas conduzcan al abismo y el tren del terror escupa duchas de fuego y piedras. Hasta que sucede algo imprevisto: algo que, horror, hace pensar a uno de los Tuvache, Alan, el benjamín, que las cosas podrían ir mejor. Y el optimismo, y la esperanza, entran en la vida de la familia como el peor de los infortunios.
Se reedita ahora en formato de bolsillo esta divertida parábola del francés Jean Teulé sobre el sentido de las cosas, la desesperación y la importancia, muy de libro de autoayuda, de no dejarnos encerrar en las habitaciones peor oreadas de nuestro carácter. En un tono descaradamente irónico, salpimentado con dosis generosas de humor negro y cierto cariño por personajes muy maltratados por el destino, La tienda de los suicidas entronca con una venerable tradición: esa que arranca de Luciano o de Swift y que se propone como objeto denunciar los rumbos desnortados y los dislates varios a que puede conducir la razón humana cuando no se tira de ella con la correa. En un mundo lleno de agoreros, atemorizado por los fuegos cruzados de la crisis energética, la carestía de valores y la bancarrota ecológica, bien está dejarse arrancar una sonrisa y juguetear con la esperanza: esa cosa fragante y gaseosa que queda en el doble fondo de la caja de los males. Una lectura, en fin, para corazones necesitados de vaho.
18 enero 2010
Esa cosa extraña, un libro de cuentos
De mecánica y alquimiaJuan Jacinto Muñoz Rengel
Salto de Página, 2009
ISBN 978-84-936354-9-7
156 páginas.
15.95€
Un arraigado malentendido, especialmente común en nuestros días, confunde el relato con la anécdota: impulsados por el ejemplo de cierto ruso y de ciertos norteamericanos, manadas de autores que se definen a sí mismos como cuentistas colman estanterías de libros y revistas con conversaciones de bar, reproches sentimentales, conflictos en el matrimonio y autoayuda. Afortunadamente de cuando en cuando, como volcanes submarinos, suben a la superficie antologías de cuentos de verdad: es decir, de historias, de personajes, de cuidados mecanismos de relojería (el tópico es antiguo, pero servicial) donde ninguna pieza ha sido colocada al buen tuntún. La recopilación de Juan Jacinto Muñoz Rengel se titula De mecánica y alquimia, y tampoco ese encabezamiento ha sido confiado al azar. Al mencionar la venerable ciencia de la mecánica está aludiendo, directa o indirectamente, a esas virtudes del ingeniero y el artesano que son precisas para enroscar tornillos, fijar duelas y apretar los remaches, partes integrantes de todo reloj, autómata o relato bien construido; la no menos secular disciplina de la alquimia nos retrotrae a pucheros, brujas y ancianos con gorros en forma de cono sobre las blancas melenas: un aviso de que lo que vamos a encontrar tras la primera página tiene menos que ver con al realidad que con sus bordes más oscuros, ambiguos, literarios, fantásticos.
Muñoz Rengel rescata en su obra el sabor de los antiguos libros de cuentos: de los que se dicen junto a la hoguera, de los que pueblan las bibliotecas que huelen a bosque. En primer lugar, y de modo aparente, se trata de una selección de once narraciones con los denominadores comunes de la imaginación libresca (abundan las referencias a títulos existentes o no, como el impagable Kitab al-Harraqat o Libro de los instrumentos incendiarios), de la imaginería gótica (demonios y maldiciones en ciudades centroeuropeas), del enigma que un detective ha de ayudar a solventar (viva dicho detective en el Toledo del siglo X o el Londres del XIX), de la perplejidad metafísica. Todos esos rasgos, a los que habría que añadir la presencia agradable y continua de autómatas, bibliotecas, alienígenas, gólems, magos y filósofos, apuntan ya en la dirección de cierta tradición en la que Muñoz Rengel se integra entre los meritorios primeros puestos: la de Lovecraft, la de Borges, la de Perucho y Olgoso, la que hace de la literatura un juego arcano cuyas reglas maestras invitan a la inquietud y la aventura y a una violación continua de las fronteras de nuestro modo de pensar el mundo, así como de la tradición (literaria, filosófica, cultural) que nos ha hecho comprenderlo como tal.
Pero aparte de florilegio de narraciones, la mecánica y la alquimia de Rengel ofrecen un producto de otro orden. Sin abundar en un detalle de arquitectura (o de mecánica, valga el pleonasmo) cuya explicación el propio autor reserva para las páginas finales, digamos que el orden o la disposición interna de cada relato, que pueden leerse aislados y de por sí, no es aleatoria. Así, el escritor malagueño no se ha contentado con redactar cuentos, lo cual está al alcance de cualquier alumno de taller, sino algo mucho más exigente y extraño, un libro de cuentos: un todo orgánico, recorrido por una intención común, que marca una dirección y un camino. Qué camino es ese ha de descubrirlo el lector en cuanto se interne en la obra: un paseo por un museo de maravillas, atrocidades y atisbos que sólo puede despertar su gratitud.
24 diciembre 2009
El diluvio es universal
Ararat. Tras el arca de Noé, un viaje entre el mito y la cienciaFrank Westerman
DeBolsillo, 2009
ISBN 978-84-9908-095-6
300 páginas
9.95 €
Traducción de Goedele De Sterk.
En mis investigaciones he constatado que el único personaje del Antiguo Testamento que la factoría de juguetes Playmóbil admite en su censo es Noé, el de la lluvia. No se trata de un dato banal o decorativo: el venerable ancianito, que en su versión de juguete también luce la barba de ceniza con la que siempre lo presentaron los catecismos escolares, con su nave gigantesca de trescientos por cincuenta codos (datos de Génesis, 6, 15) y el primer zoológico de la Tierra es, de todas las figuras de la Biblia, la que más fácilmente recaba el entusiasmo infantil. Por eso Frank Westerman, neerlandés, periodista freelance y autor de libros que lindan vagamente entre lo autobiográfico, lo documental y lo especulativo, sufrió una radical crisis de fe en cuanto se enteró de que el diluvio no era una patente hebrea, sino que otros pueblos, antes o a la vez, habían descrito una catástrofe similar basándose en una gota fría de dimensiones planetarias. En concreto, la primera mención figura en la Epopeya de Gilgamesh, cuya redacción más temprana ha de datarse en torno al siglo veinticinco antes de Cristo.
Ararat es la historia de un viaje. Y ya sabemos que hay viajes de muchos tipos: los que nos conducen a nuevas fronteras del mapa, los que nos alejan en pos de nuevas naciones de la imaginación, los que desembocan en parajes extraños que nuestro pensamiento no reconoce. Ararat es viaje en los tres sentidos: geográfico, emocional, intelectual. Su meta se halla en el propio título; se trata del Ararat, el monte mítico en los límites de Armenia, Turquía e Irán donde, según el libro sagrado, el arca de Noé encalló tras su accidentada singladura, y, por ello, símbolo de la salvación, del perdón de Dios, de la meta coronada, del, en palabras de Mircea Eliade, inicio del mundo. El periplo físico de la obra puede sintetizarse así: después de haber pasado varios años en Rusia como corresponsal y de haber visto de lejos la cumbre nevada del Ararat (uno de los iconos favoritos del alpinismo: 5165 metros), Westerman concibe la idea de escalarlo; para lograr dicho propósito, que a poco se revela propio de un argumento de Kafka, ha de superar formidables barreras: permisos, suspicacias locales del gobierno turco, intrigas geopolíticas en que se mezcla la cuestión kurda con la armenia (eufemismos para referirse a dos de los genocidios mejor escondidos de la historia), visados, agencias de viajes, picarescas varias. El periplo espiritual se muestra más interesante pero no menos tortuoso: educado en el adventismo y convertido en ateo después de presenciar las chapuzas del destino, Westerman emprende el viaje al Ararat como un intento de recuperar su fe infantil y de enfrentarse cara a cara con ella; de contemplar cuánto de auténtico y cuánto de trivial habría en ella; de sondear la antigua ilusión y de comprobar si un hombre hecho y derecho, con hipoteca y libro de familia, puede creer seriamente en un barco enorme lleno de animalitos.
Los amantes de las curiosidades encontrarán que el libro abunda en disparos de munición pesada: las distintas versiones del diluvio, los pormenores en torno a la formación de volcanes y su impacto en el medio geológico, las anécdotas referidas a Jim Irwin, astronauta que encontró a Dios en la luna y se pasó el resto de su vida buscando el arca que había diseñado, o de George Smith, ascendido de bedel a descifrador de poemas sumerios, garantizan impactos duraderos. Un vago como este servidor jamás pensó que un ejercicio de alpinismo podría resultar tan grato.
18 diciembre 2009
Un detective demasiado humano
Los relatos del padre Brown1176 páginas.
33 euros
Traducción de
Luis Manuel Ruiz
Para la inmensa mayoría de lectores contemporáneos, decir novela policíaca significa bajos fondos, ex presidiarios de nariz rota, detectives acabados con un ventilador en el despacho que de repente chocan con el asesinato de su vida y mujeres de piernas verticales a las que el humo no molesta en los ojos cada vez que aspiran el cigarrillo. Pero antes de ese álbum de tópicos, el género fue otra cosa. Salvador Vázquez de Parga, en su escrupulosa historia del relato policíaco, data en torno a los últimos años veinte la cesura que dividiría en dos todo este orbe de sangre: fue entonces cuando el detective se mudó de los aristocráticos cottages ingleses a la Gran Manzana y el pausado ejercicio intelectual de reunir pistas que racionalmente debían conducir a la identificación de un culpable cedió paso al puñetazo y tentetieso, a la jerga de la calle.20 noviembre 2009
La biblioteca infinita
Las bibliotecas de DédaloISBN. 978-84-937145-2-9.
05 noviembre 2009
Schopenhauer sin aditivos
Parerga y ParalipómenaArthur Schopenhauer
Valdemar, 2009
ISBN: 9788477026310
40 €
Traducción : Trad. J. R. Hernández Arias, L. F. Moreno Claros y A. Izquierdo
A inicios del siglo XIX, Fichte enunció que el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de hombre que se es. Apenas treinta o cuarenta años más tarde, la vida sorprendente y lastimosa de Arthur Schopenhauer, que odiaba a Fichte, vendría a dar la razón a su aforismo. Un hipocondríaco que podía pasar dos meses seguidos sin abandonar su habitación, que consideraba que las mujeres no deberían salir jamás del jardín de infancia, que confesaba amor a su caniche Butz (conocido en medio Frankfurt por el apodo de “el pequeño Schopenhauer”) por encima del grueso de la humanidad, que detestaba el más mínimo ruido ambiental hasta el punto de rechinar los dientes ante los pasos de un vecino en el rellano, que se consideraba a sí mismo un genio explosivo y anónimo no podía sino generar una filosofía a su imagen y semejanza: uno de los mayores monumentos a la amargura, la lucidez y el nervio que ha alumbrado la civilización occidental. Conforme a su carácter, el universo de Schopenhauer es un lugar sin sentido donde reina una fuerza ciega llamada voluntad; el amor del hombre por la mujer, por muchos poemas que segregue, es sólo una excusa para el coito; el arte constituye la única válvula de escape en un mundo despreciable por su fealdad, su absurdo y sus molestias; el verdadero sabio, si no termina por ahorcarse, elegirá el mal menor del “suicidio metafísico de la voluntad” o la inacción absoluta, como una piedra o un funcionario. El mayor mérito de Schopenhauer radica en haber trenzado con dichos mimbres (desesperación, angustia, derrotismo y miedo) una obra que, paradójicamente, supone un canto a la curiosidad de conocer y un desafío a la inteligencia para que recorra las esquinas más oscuras y reveladoras de sí misma.
Todo ese entramado de clarividencia y asco figura de manera pormenorizada en la que se considera la obra capital del autor, El mundo como voluntad y representación, publicada cuando él contaba la edad de treinta y un tiernos añitos. En cuanto le puso el punto final, se declaró convencido de haber escrito la obra maestra de la Historia del Pensamiento (así, en mayúsculas). Pensó en encargar a su joyero una sortija en la que apareciera la Esfinge arrojándose de la cima de un peñasco, después de que alguien (él) hubiera logrado por fin resolver todos los enigmas habidos y por haber que plantea el destino, y en su cuaderno de apuntes se sinceró con la posteridad en los siguientes términos: «Sujeta a las limitaciones del conocimiento humano, mi filosofía es la solución real del enigma del mundo. En ese sentido puede ser llamada una revelación. Está inspirada por el espíritu de la verdad: en el cuarto libro hay incluso algunos párrafos que pueden ser considerados como dictados por el Espíritu Santo». Por tanto, se comprenderá la combinación de desolación y furia con que Schopenhauer recibió el índice de ventas de una obra destinada a competir con el mismísimo Evangelio: 230 ejemplares de una primera edición de 800 (1819) y 750 de una segunda edición ampliada (1844) que el editor Brockhaus, con el que el filósofo acabó por enemistarse, se vio obligado a saldar para que le cuadrasen las cuentas. Pero el silencio creado a su alrededor no arredró a Schopenhauer: por desgracia para él, en los años siguientes emprendería diversas tentativas de convertirse en traductor o profesor de universidad que se estrellarían unánimemente contra la indiferencia de sus contemporáneos. Lo cual, según era de prever, no hizo más que dar la razón a su teoría: el universo es un lugar imbécil y nauseabundo donde las almas de valor, si son realmente tales, pasan por completo desapercibidas.
Vista su hoja de servicios, no es de extrañar que el editor Brockhaus, cuya paciencia debió de ser sin duda meritoria, recibiera con recelo una nueva proposición de Schopenhauer: publicar un título inédito, revolucionario, nada de tratados de difícil digestión, una obra dirigida al gran público de la que sin duda se extraerían pingües dividendos. Tras la negativa de Brockhaus, la obra en cuestión conocería su primera luz en las imprentas berlinesas de A. W. Hayn. Se trataba de Parerga y Paralipómena, aparecida en 1851 y rápidamente elevada (para sorpresa de propios y ajenos) a la categoría de best-seller. De la noche a la mañana, aquel viejito antipático y quejoso se vio cercado por la fama; recibía cartas de admiradores, jóvenes deseosos de imitarle llamaban a su puerta, graves intelectuales peregrinaban hasta Frankfurt para presenciar cómo conversaba con su perro. Pero el vino de la gloria, que en otros estómagos habría terminado en borrachera, no intoxicó el suyo: «Después de que uno ha conocido durante su larga vida la indiferencia y la insignificancia, te llegan al fin con tambores y trompetas y creen que ya está», escribió.
Parega y Paralipómena, cuyo título, traducido, quiere decir algo así como “fragmentos y añadidos”, ha sido, de las obras de su autor, la que ha gozado de mayor fortuna y, a la vez, la que más ha sufrido la tiranía de los editores. Su estructura, una miscelánea de ensayitos sobre temas sin relación y baterías de aforismos alrededor de cuestiones diversas, se prestaba que ni pintada para el troceo, el revuelto y la dispersión, que es lo que las editoriales han hecho con ella, al menos en España, durante los últimos cien años. La inmensa mayoría de los libros más conocidos de Schopenhauer para el público nacional se titulan del tenor de El arte de saber vivir, El amor, las mujeres y la muerte, El arte de tener razón y similares, y proceden todos, sin falta, del fondo común de los Parerga. La iniciativa de la editorial Valdemar a la hora de ofrecer esta versión íntegra resulta, pues, valiosa en varios aspectos: en primer lugar, se suma a las escasas ediciones completas en castellano (la prehistórica traducción de Edmundo González Blanco y Antonio Zozaya de 1908 reciclada por Ágora, la pulcra y académica de Pilar López de Santamaría para Trotta, concluida muy recientemente con un segundo volumen); y luego, lo hace en un formato cómodo y manejable (tomo único, traslación a un idioma fresco, espontáneo y de fácil acceso) que sin duda ayudará a aproximar la figura del filósofo a quienes todavía no la conozcan de cerca.
En este sentido, Parerga constituye, sin discusión, la puerta idónea para penetrar en el orbe de Schopenhauer por vez primera. Si bien sus pensamientos más maduros y mejor trabados forman parte de El mundo…, el libro que nos ocupa (no en vano fue superventas en su día) se esfuerza más por interesar al lector medio, por provocarlo o distraerlo mediante el abordaje de cuestiones varias que todavía no han perdido, a pesar de los ciento cincuenta años transcurridos, su vigencia. “Sobre la filosofía universitaria” servirá de acicate a todos quienes piensen que el trabajo intelectual honesto y los despachos de las facultades son términos incompatibles, por motivos que saltan a la vista; los “Aforismos sobre el arte de saber vivir”, la parte más explotada del centón, contiene un recetario del que servirse contra los inconvenientes y contra las esperanzas, que forzosamente conducen a nuevos inconvenientes; el “Ensayo sobre las visiones de fantasmas”, tal vez mi favorito, desarrolla una personalísima teoría, me atrevería a decir que única en su género, sobre el espiritismo, la hipnosis, la adivinación y otras artes ocultas muy en boga en la época y a las que Schopenhauer concedía un ferviente crédito (en 1831, cuando se declaró en Berlín la epidemia de cólera a la que sucumbiría, entre otros muchos, el propio Hegel, huyó de la ciudad alertado por un sueño premonitorio). La segunda parte de los Parerga es aún más miscelánea y errabunda que la primera; con la excusa de abordar asuntos como el suicidio (altamente recomendable), la fama (no tanto), el matrimonio (nada en absoluto) o la vida en el más allá (tonterías), el filósofo amargado y entrañable va ofreciéndonos su autorretrato a pequeñas pinceladas: el de un individuo tan insoportable como imprescindible que consideraba que el pensamiento, como el talento para el dibujo o la melodía, es una vocación que no llama a todas las personas y de la que debería desalojarse a los intrusos. «Una ciencia —escribió— puede aprenderla cualquiera; tal vez a uno le costará más esfuerzo, y a otro, menos. Pero del arte cada uno recibe sólo lo que estaba latente en él… Porque el arte no se ocupa, como la ciencia, de los poderes meramente razonantes, sino de la naturaleza íntima del hombre, donde cada uno debe contar sólo por lo que realmente es. Bien, pues tal es el caso de mi filosofía, pues lo que se propone es ser filosofía como arte».
08 octubre 2009
Los infelices
La familia Wittgenstein483 paginas
Traducción de Gerardo Páez Irrazí.
Luis Manuel Ruiz


