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23 mayo 2013

Devorar un corazón


El problema de Spinoza

Irvin D. Yalom

Destino, 2013

ISBN: 978-84-233-4614-1

464 páginas

19,50 €

Traducción de José Manuel Álvarez-Flórez



Luis Manuel Ruiz 

En la pequeña población de Rinjsburg, a cuarenta kilómetros de Amsterdam, hay una casita de grandes adoquines con tejado a dos aguas y ventanas emplomadas que contiene un museo. Las dos salas de que consta ofrecen al visitante detalles nimios de la vida tal y como tenía lugar cuatrocientos años atrás: una cama con dosel y sábanas de Holanda, jofaina, espejo, escabel; un conjunto de útiles de aspecto desconcertante que, si el profano no lee el prospecto que recibe a la entrada, jamás llegará a reconocer como herramientas para la manufactura de lentes; un escritorio con candil y un armario donde se acumulan centenar y medio de libros gruesos como sacos, todos ediciones originales del siglo XVII y anteriores, en seis lenguas, holandés, portugués, español, hebreo, latín y griego. Es la biblioteca de Spinoza: una radiografía, como si dijéramos, del interior de su cerebro, una imagen al trasluz de la mente que alumbró el sistema metafísico más detallado y sorprendente de la historia de las ideas. Poseer la biblioteca de Spinoza significaría algo así como apropiarse de su alma, de los prodigios y vislumbres que llegó a contener: sería el correlato más acabado de ese viejo ritual mediante el cual las tribus del pasado pretendían asumir el valor o la fuerza del rival devorando su corazón. Un hombre quiso devorar el corazón de Spinoza, es decir, robar su biblioteca. Fue Alfred Rosenberg, ideólogo nazi, miembro de la plana mayor del NSDAP y uno de los responsables directos de la masacre de seis millones de judíos en la Segunda Guerra Mundial. Rosenberg detestaba a los judíos, pero admiraba a Spinoza. Eso le ponía en un aprieto: en un dilema insoluble entre cuyas aguas se mueve la novela de Irvin Yalom que reseño aquí.

El nudo gordiano que Yalom ha elegido tiene su enjundia. Un filosofastro mediocre deslumbrado por la claridad de un pensamiento como no se ha visto jamás; un huérfano necesitado de aceptación social siguiendo los pasos de un hombre que renunció a la sociedad para poder entregarse a la búsqueda de una certeza; un fabricante de prejuicios, abatido él mismo por un montón de ideas heredadas sobre un pueblo que no tiene derecho a la vida, enfrentado a alguien que dedicó toda su vida, o gran parte de ella, a la destrucción de los prejuicios. Yalom sabe explotar esta veta de contradicciones con tino profesional: no en vano ejerce la psiquiatría en Stanford y sabe lo suyo de explorar los recovecos más laberínticos de la duda y el vértigo. El método que el autor elige para aproximarnos a este choque entre dos mentalidades imposibles de reconciliar es uno que también empleó en títulos anteriores dedicados a otros ancestros filosóficos de la Modernidad. Si en Un año con Schopenhauer (The Schopenhauer Cure, 2005) revelaba las posibilidades salutíferas del gran pensador alemán y calvo, y en El día en que Nietzsche lloró (When Nietzsche wept, 1992) retrocedía al historial sentimental del autor del Zaratustra para explicar su rebelión contra el universo, nos propone ahora un sesgo psicoanalítico que explique, a la par, la huida de Spinoza del medio en que creció y se educó y el odio y la adoración alternativos de Rosenberg frente a ese medio, que pretende aniquilar.

La fascinación literaria por la figura de Spinoza, ese santo laico, no es nueva. De 1837 data el texto pionero de Berthold Auerbach Spinoza: Ein Historischer Roman, continuado a finales del siglo XIX por la pieza teatral de Israel Zangwill The Lens Grinder, y, ya en 1913, por Amor Dei: Ein Spinoza Roman, del propagandista del racismo biológico y futuro nazi Erwin Kobenheyer. Entre las aproximaciones más recientes se cuentan las de Isaac Bashevis Singer (Spinoza of Market Street, 1963) y Goce Smilevski (Conversation with Spinoza, 2006), o, por citar un par de ejemplos de aquí cerca, Ricardo Menéndez Salmón (La filosofía en invierno, 1999) y Juan Arnau (El cristal Spinoza, 2012). Escritores del más diverso pelaje han dedicado poemas, obras de teatro y novelas, sobre todo novelas, a este hombre sin sustancia, de biografía inequívocamente tediosa, que revolucionó el panorama de la filosofía moderna con sus premisas, a saber: que Dios no mora en las alturas, sino en la casa de al lado; que no tiene sentido rezar porque no nos oye; que nuestra alma y nuestro cuerpo son lo mismo y que un picor en el talón también tiene reflejo en una idea, una sospecha, un miedo; que cambiar el mundo significa cambiarte a ti mismo; que la alegría es el sentimiento obligatorio de cualquiera que se encuentre responsablemente en el mundo y pretenda medrar en él. Yalom rastrea algunos de los hitos de este ideario a través de los sucesos más reseñables de la existencia de quien lo engendró, que son pocos: el hérem o excomunión que lo alejó de la comunidad judía de Amsterdam en 1656; la puñalada trapera con que un integrista portugués intentó poner fin a sus herejías dos años después; el paciente, infinito pulido de lentes en una trastienda; las discusiones con Van den Enden y los colegiantes; la exuberancia de la vida interior, secreta, invisible, por debajo del rostro de un hombre acusado de frialdad y a menudo incomprendido. Alternando capítulos pares e impares, Yalom combina la vida de Spinoza con la de su némesis: así, en escenas que ganan sabor con el contraste, asistimos también a la incompetencia de Rosenberg en el instituto de bachillerato en que estudia, a sus primeros escarceos con el partido nacionalsocialista, su amistad con Eckart y Hitler, la depresión final en que le hunde el fracaso de su indigesto El mito del siglo XX, obra de lectura obligatoria en las escuelas arias donde se revela que la causa de la degeneración mundial radica en el judaísmo. El problema de Spinoza al que hace referencia el título se plantea, así, del siguiente modo: cómo es posible que una raza degenerada y nociva produjera la mayor mente que ha conocido la humanidad. Pero, aplicando las herramientas psicoanalíticas de las que el autor se sirve tan a gusto, el problema puede llegar más lejos e interrogar directamente al lector: ¿cómo es posible despreciar a quien no se conoce? A menos, claro es, que el desprecio no sea sino otra versión u otro nombre de la propia ignorancia.

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

03 mayo 2013

El libro que se lo come todo

El joven Moriarty: El misterio del dodo

Sofía Rhei

Fábulas de Albión, 2013

ISBN: 978-84-939379-5-9

208 páginas 

15,20 €

Ilustraciones de Alfonso Rodríguez Barrera



Luis Manuel Ruiz

Hace un tiempo, se inventó en los mentideros un nuevo concepto de literatura que rápidamente recibió su socorrida etiqueta inglesa (pero ¿qué es de alguien en internet si no tiene apellido inglés?): el 'crossover'. Para entendernos, el 'crossover' es una clase de libro que pueden leer con idéntico placer y provecho personas de nueve a noventa y nueve años, y que descree con feliz candor de convenciones del tipo de las generaciones, los suplementos críticos, las academias, los manuales, los análisis-de-la-condición-humana, los retratos-del-fin-de-una-era y quincalla por el estilo: esto es, esos libros de toda la vida que nos regalaban con la fanfarria de la Primera Comunión, generalmente de pastas amarillas y con ilustraciones en blanco y negro, que colocábamos en el estante junto a los balones y las naves espaciales, que aprendíamos a despreciar cuando el bozo nos oscurecía la mandíbula y a los que regresábamos de cuando en cuando en secreto, hojeando clandestinamente las páginas para que nadie nos sorprendiera en compañía de detectives, piratas y científicos locos, porque esas no son cosas adultas que se puedan confiar por las buenas a la novia recién adquirida. Como definición zoológica podríamos llamar al 'crossover' el libro omnívoro; y ello porque fue concebido con el propósito primero y central que debe animar a cualquier libro: el de comerse indiscriminadamente al lector. El gran libro, el libro maestro, es un espécimen peligroso: un depredador. Si te muerde, no te suelta; amenaza con tragarte enterito y hacerte pasar el resto de tu vida en su estómago de papel; te ase la mano con los dientes y no afloja el mordisco hasta alcanzar la contraportada.

Lo precedente es necesario si queremos entender qué tipo de cosas escribe Sofía Rhei y si avanzamos la premisa de que Sofía Rhei escribe 'crossovers'. Este El misterio del dodo, inicio de una serie que esperemos que respeten las vicisitudes del mundo editorial, es una novela escrita (al menos en principio) para un lector adolescente, enamorado de las sorpresas, de las peripecias en lugares y tiempos remotos, con héroes y villanos, amores soterrados y misterios que resolver. Pero sucede, claro, que todos somos en el fondo lectores adolescentes o que llevamos uno de esos dentro como la fina linfa de la naranja sobre la que han crecido las rugosidades de la cáscara: de modo que, de una u otra manera, todos nos sentimos llamados por la historia, por los personajes, por el efluvio de cosa lejana y a la vez inmediata que transmite el discurrir de la trama, y no podemos detener nuestro camino hasta la página final.

El misterio del dodo abunda en todas las vertientes de felicidad que asociamos con la literatura desde que recibimos nuestros primeros regalos encuadernados con motivo de la Comunión: la era victoriana, patria mítica de exploradores, asesinos y genios de la deducción; un supervillano que aquí todavía viste pantalón corto y cuyos planes de masacre se quedan en la cocina de casa; las profundas mansiones de la campiña inglesa en que los misterios se desenvuelven entre cofias y servicios de porcelana; gentes llegadas de enigmáticos confines del mundo, en esa época en que el mundo aún contenía confines, que hipnotizan con la sola fuerza de su presencia o de su voz; un sentido del humor infantil, fresco, desinhibido, próximo a veces a lo surreal y que roza en otras recovecos de la certeza humana menos superficiales de lo que nos podríamos creer. Y aparte, los guiños; apariciones y frases esporádicas que apuntan al imaginario del lector y que le arrancan una sonrisa de agradecido reconocimiento: el profesor Darwin, el reverendo Dodgson, el hijo de un jardinero apellidado Watson, el hijo de un carnicero apellidado Reaper. Por concretar, El misterio del dodo relata una maratoniana jornada de sospechas, sobresaltos y dudas en la casa solariega de los Moriarty, en plena naturaleza británica. El protagonista, el joven James, asistido por su amigo Watson, deberá enfrentarse a su inicua hermana Arabella, hermosa hasta el asco, para resolver la misteriosa desaparición de un pájaro nunca visto y al que pocos quieren bien: el dodo del tío Theodosius. La solución de dicho rompecabezas exigirá a James un despliegue de dotes deductivas que provocará el pasmo en el público, por no hablar del incremento significativo de su buen humor.

A todos los méritos anteriores hay que sumar otros dos adicionales, a tener más en cuenta en esta época del desaliño digital y la comida en serie: una cuidadísima y coqueta edición de Fábulas de Albión, con su papel en tonos manila, y unas ilustraciones de Alfonso Rodríguez Barrera, deudoras de Edward Gorey y el grabado decimonónico, que sirven para añadir sabor mitológico a los párrafos a que acompañan. El resultado es un libro exquisito, suave, que no sólo da gusto recorrer en el plazo escaso que dura una tarde, sino que querríamos mirar, oler, repasar, regalar, como los libros de antaño.

05 marzo 2012

La enfermedad fantástica



El asesino hipocondríaco

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Plaza y Janés, 2012

ISBN: 978-84-01-35225-6

218 páginas

16 €




Luis Manuel Ruiz

Un malentendido de rancio abolengo afirma que la literatura ha de nutrirse de la existencia y que el escritor debe atiborrarse de aventuras, borracheras, traumas personales y públicos y visitas a burdeles con el fin de retratar en sus libros el gran retablo del mundo. Esa variante del arte como glosa o fotocopia de lo que sucede fuera de él olvida un elemento esencial: el relato que se alimenta de la propia fantasía del autor, sea éste un árabe anónimo del siglo X después de Cristo o un argentino ciego del XX; más: olvida a esa larga legión de visionarios, ascetas, seres estrambóticos del espíritu y la sensibilidad que eligieron crear universos alternativos como antídotos a ese otro, el de toda la vida, que les negaba sus puertas. Las nebulosas realidades de Kafka, de Kubin, de Poe, de Ballard son y no son a la vez la nuestra; son tal vez la nuestra filtrada por una lente única, exclusiva, que ha distorsionado las formas, los pesos y los colores ofreciendo nuevos panoramas que no figuran en los atlas. El mundo común está tan visto, me temo, como los cronistas que dicen retratarlo: la única alternativa para la creatividad radicaría en buscar sus salidas traseras, que las hay, y en cantidad.

A dicha labor, entre otras, se ha dedicado desde hace un par de lustros Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974), apóstol de lo fantástico en un país reconocido por su aversión a los altos vuelos: los de las brujas, quiero decir. Autor de dos recopilaciones de relatos (88 Mill Lane, Alhulia, 2005 y De mecánica y alquimia, Salto de Página, 2009) donde lo prodigioso se alimentaba por igual de la erudición filosófica, el anecdotario y el viejo cuento de hadas, Rengel comenzó ofreciendo a sus lectores un ramillete de personajes, situaciones y encrucijadas que no resultaría extraño a los lectores de Borges, Calvino, Perucho y Olgoso. A esa memorable tradición, él quiso añadir dos rigores: el del humor y el del estilo. El segundo de ellos significaba una prosa cadenciosa, bien medida, de soportes académicos pero que sabía estallar en sus justos momentos en revelaciones inesperadas; el primero era y sigue siendo una de las señas de identidad de la obra de Rengel que también se repite en el libro que comentamos hoy: una mirada ácida, irónica, procaz incluso tanto hacia el mundo que nos rodea como a las gentes que lo habitan, que lo mismo puede dar pábulo a la compasión por nuestros semejantes que al deseo de que todo estalle de una buena y maldita vez para dejarnos en paz.

El asesino hipocondríaco es una novela sobre la literatura. Ya he mencionado que no pertenece el autor a esa secta según la cual sólo lo real está tolerado en la librería y no valen diálogos si no incluyen algún coño o colega que le dé color coloquial. Más bien al contrario, Rengel dedica su primera incursión en el género a esos egregios enfermos de ficción del pasado (Don Quijote, Emma Bovary, el barón de Münchhausen) para los que las crudezas de la materia nunca podrán competir con los exquisitos vuelos de la fantasía, sea ésta blanca o negra o de cualquier otro color. Digo lo del color porque la del Señor Y, protagonista del libro, es más bien oscura como la pez: aquejado de esa inveterada enfermedad de la imaginación que es la hipocondría, no cesa de ver amenazas para su vida, emboscadas, microbios, accidentes, trastornos, males, derrames y fracturas donde no los hay. Pero la principal afección del Señor Y es su pasión por los libros. En multitud de ellos ha leído que Descartes murió después de una pulmonía sueca (o quizá un envenenamiento por arsénico), que el padre de Tólstoi sucumbió a un ataque de apoplejía cuando el literato apenas había cumplido los diez años, que Nietzsche se volvió loco al conversar con un caballo y que Jonathan Swift acabó recluido en la jaula de grillos de su propio cráneo, sin hablar con nadie más que consigo mismo, tras encontrar seres imposibles rondando las patas de su escritorio. El Señor Y tiene una misión, que es matar a Eduardo Blastein, pero un obstáculo formidable se lo impide: el que forman, al acumularse, todos los males catalogados por la ciencia de la medicina y aun otros, muchos, que ni siquiera se atreve a atisbar. Siempre existe algo mayor que lo que hay: lo que no.

Como creador, Juan Jacinto Muñoz Rengel está entero y total en este libro: está el humor del cacao, está el estilo impecable, la suave erudición, están el amor por la humanidad y el hartazgo del mundo que lo cobija. Una ocasión que no deberían desaprovechar quienes aún no se han asomado a su obra.

20 abril 2011

Herejes, mentiras y programas de televisión

Las fronteras de la ciencia. Entre la ortodoxia y la herejía

Michael Shermer

Editorial Alba, 2010

ISBN: 978-84-8428-590-8

440 páginas

25 €

Traducción de Amado Diéguez



Luis Manuel Ruiz

Pese a lo que pueda parecer a primera vista, definir ciencia no es tarea fácil; igual de escurridizo resulta demarcar del todo qué pertenece al ámbito de la certeza científica y qué barruntos simplemente la simulan o la rondan. Cosas que en el pasado se tenían por verdades académicas, de las que merecían el pedestal y la orla, ahora son meras majaderías: la frenología, aquel intento insensato de inferir la personalidad de los individuos a partir de la estructura del cráneo; el espiritismo, o la posibilidad, comúnmente aceptada durante medio siglo, de conversar con las almas de hombres muertos; el mesmerismo, o la capacidad de actuar sobre la voluntad ajena a través del fluido magnético que envuelve a todos los seres, y tanto más cuanto más sensibles se muestran. Inversamente, atrocidades del pasado se han convertido en moneda cotidiana y canon del sentido común: el evolucionismo, la idea de que el universo nació de una esfera del tamaño de una liendre, la idea de que una partícula del mismo tamaño puede ocupar dos espacios alternativos a un mismo tiempo, la idea de que el gato prisionero en una caja puede estar muerto y vivo y las dos cosas, como quería la parábola de Schrödinger.

Dirigido a un público no especializado y eminentemente televisivo (el autor es director y productor de un programa de divulgación en el Fox Family Channel), Las fronteras de la ciencia trata de estudiar, según su propio título indica, los complicados contornos de esa disciplina teórica y de qué modo lo que queda a un lado o a otro de ellos ha ido variando a lo largo de su historia dependiendo de factores tan impredecibles como la política, la economía o las propias convicciones raciales o religiosas de cada investigador. La obra se divide en varios capítulos acumulativos, cuyo fin es desembarazar al lector de esa vieja superstición según la cual el científico es un hombre transparente y neutro entregado a la tarea de buscar la verdad: porque, a menudo, la verdad no consiste más que en un prejuicio puesto en limpio.

Así Michael Shermer pasa revista, en este orden, a la supuesta creencia de que la manipulación genética puede provocar desmanes irreversibles en el orden natural de las cosas, que nadie sabe qué es; a los diversos disparates que intentan explicar todas las cuitas y perplejidades de la vida humana recurriendo a visitas extraterrestres, fórmulas nunca vistas o cuadraturas del círculo en las que hasta la fecha nadie había reparado; a la opinión alegremente mantenida en las barras de los bares de que los negros son más veloces que los blancos y de que, por extensión, hay razas que nacen para correr y otras para perseguir; a la sandez de color verde de que el hombre salvaje vive en armonía con la naturaleza y de que la selva es preferible al jardín público; a la miopía según la que el genio es una criatura cualitativamente distinta de sus congéneres y de que no existe escala que pueda conducir, peldaño a peldaño, de Mozart a una banda de pueblo.

Otras diatribas igual de incisivas y de oportunas amenizan el resto de páginas del libro. La conclusión que parece poder extraerse del recorrido turístico que Shermer propone por los litorales de nuestro conocimiento del universo es que lo mejor es reservarse la opinión propia. Escéptico declarado, el autor no se casa con una ni otra tendencia y en cuestiones más espinosas de la cuenta (por ejemplo, la de los negros y la velocidad citada más arriba, que aún excita ciertas pasiones en círculos yanquis) reconoce de modo expreso que no existen puertas cerradas y que prefiere acogerse al beneficio de la duda. La ideología central de la obra consistiría, pues, en la vieja declaración de que en cuestiones de verdad y mentira todo es cosa de cristales, y de que tan aventurado resulta arrojarse a afirmar una verdad absoluta como ningunear las verdades parciales de los otros. Por norma, Shermer no se fía mucho de esa criatura inconsistente y vana que llamamos ser humano: las fronteras de la ciencia delimitan una pequeñísima provincia en medio del país inmenso de nuestra estupidez.

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

18 marzo 2011

El viajero introvertido


Mani. Viajes por el sur del Peloponeso

Patrick Leigh Fermor

Acantilado, 2010

ISBN: 978-84-92649-67-9

416 páginas

24 €

Traduccion de Agustina Luengo


Luis Manuel Ruiz

Existen tantas modalidades de libros de viaje como viajes en sí, pero pienso fundamentalmente en dos. En una, extrovertida, el autor, que es también el peregrino, registra todo cuanto le ha acontecido durante su periplo, sin dejar de consignar, casi notarialmente, el sabor de las comidas, el número de chinches de cada colchón y las conversaciones con las gentes que ha ido encontrando en cada paso; en el otro, más concentrado, el viaje en realidad es sólo un pretexto para una ensalada de recuerdos personales, lecturas, conjeturas peregrinas o no, que se van sumando a la descripción del recorrido y le prestan sostén y variedad. Autor del primer tipo sería, por ejemplo, Paul Theroux; del segundo tenemos muestras excelentes en las monografías sobre ciudades de Paul Morand y, sobre todo, en Patrick Leigh Fermor. No hace tanto que se reeditó su excursión épica, a pie, de Londres a Constantinopla, con los títulos sucesivos de El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (Península, 2001 y 2004, respectivamente), y que se nos ofreció la oportunidad de comprobar qué personalísima alquimia de elementos integran para él la crónica de viajes. Dichos ingredientes incluyen la investigación antropológica, el retrato de personajes, el paisajismo, la digresión en todo lo más variado, sabroso y profundo que dicho término pueda significar, el brillo de la prosa, la filología, los estudios estéticos, el humor, la gratitud de estar en el mundo, de que haya un mundo y uno lo pueda recorrer para escribir libros. Leyendo los acendrados y casi perfectos relatos de Leigh Fermor, uno tiene la sospecha de que el viaje no constituye más que una coartada: el fin verdadero no es conocer otras latitudes, sino servirse de ellas para la literatura.

En esta ocasión, el autor nos conduce a un rincón poco transitado por las guías turísticas del que, según es común en su vena, él es capaz de entresacar paletadas y más paletadas de anécdotas, referencias eruditas y postales de relumbrón. Para el lego, Grecia es islas, yogures, casitas pintadas del color de los pitufos, bailes en círculo y un par de equipos de fútbol y baloncesto; para la persona leída, la sombra apabullante de los grandes filósofos, los estadistas y los trágicos del mármol, amén de una raza de bigotes que ha dado poetas y cineastas de cierto prestigio. Pero hay más: oculto en una de la penínsulas del sur del Peloponeso que la civilización apenas ha rozado, existe un exótico universo en miniatura de pasión, violencia y atavismo. Mani (tal es su nombre, derivado quizá del título de cierto castillo fundado durante el reino franco llamado Magne) ocupa imprecisamente las tres o cuatro puntas de tierra más meridionales de la Grecia continental, y es patria de hombres rudos y hermosos, jamás romanizados, opositores de un imperio turco que tampoco logró asimilarlos y no convertidos al cristianismo hasta la fecha sorprendente del siglo VI o VII después de Cristo.

El territorio que Leigh Fermor recorre en este libro no abarca más de unos pocos centímetros sobre el mapa; ello contrasta con la inmensidad de la información que aporta y la amplitud de su visión: casi con un vértigo, el lector es arrastrado del último Bizancio de los Paleólogos a las formas más populares del canto fúnebre, puramente orales, de las luchas intestinas entre clanes mediterráneos a la diáspora griega por Córcega y las Baleares, de la entrada al infierno antiguo a través de cuevas y recovecos minerales a la participación de poetas del norte en la Guerra de la Independencia helénica. Y sobre todo ello gravita, envasado en el pulcro estilo del autor, el paisaje crudo del último Peloponeso, una desnudez casi abstracta que se compone exclusivamente de costas a pico, llanuras de sal y rocas peladas. Y de las que un excelente escritor de viajes sabe hacer fluir, como la piedra de Moisés, todo un manantial de aguas felices, que aquí son felices horas de lectura.

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

22 junio 2010

Una reflexión gótica



Corona de flores

Javier Calvo

Mondadori, 2010

ISBN: 978-84-397-224-58

308 páginas

20 €




Luis Manuel Ruiz

Que Javier Calvo, uno de los principales adalides de la posmodernidad en la literatura presente de este país, se descuelgue ahora con un relato rotundamente gótico, cuajado de apariciones, hemoglobina, sombras nocturnas y cadáveres escondidos, puede mover a muchos lectores al desconcierto o la sospecha. Pero quien conozca su obra un poco más de cerca, quien le haya mirado el envés o el forro, sabrá que dicho giro, mucho menos brusco de lo que aparenta a primera vista, no es casual. Ya los relatos finales de Los ríos perdidos de Londres insinuaban un viraje hacia una zona de la realidad menos oreada y rectilínea que la de sus libros iniciales, y la espléndida Mundo maravilloso (uno de los títulos clave de la última década para quien esto escribe) rozaba en algunos de sus capítulos oscuridades de mazmorra, biblioteca y laboratorio que sólo ahora, en esta Corona de flores, reciben la atención plena que merecen.

Fiel a su juego con las intertextualidades y los iconos de la cultura masiva, Calvo compone un artefacto en el que el deliberado efecto de dejà vu se escora, en ocasiones, hacia inquietantes conclusiones históricas o filosóficas. En su aspecto más obvio, Corona de flores es una novela gótica; quiero decir: un remedo de novela gótica, una novela gótica hinchada, atrofiada, hiperbólica, que explota y lleva al infinito todos los tópicos de ese género lleno de gusanos. Por tanto, sus páginas abundan en un tipo de cacharrería que hará las delicias de los adolescentes incomprendidos y las tribus urbanas de las medias rotas: cadáveres putrefactos, científicos locos, barrios por los que pululan sombras sin desembozar, catacumbas, calaveras, manicomios, tinieblas del cuerpo y del alma, vampiros y monstruos de Frankenstein. Calvo demuestra conocer a la perfección esta variante de literatura decimonónica que tiene entre sus principales referentes a Walpole, Anne Radcliffe y el Matthew G. Lewis de El Monje, y que en nuestro país siguen practicando, con acierto desigual, las plumas de Pilar Pedraza, José María Latorre y Santiago Eximeno. Pero huyendo instintivamente del polvo libresco, el autor de Corona de flores ha encauzado también a su criatura por otro tipo de afluentes adicionales. Uno desemboca en el cine de serie B, sobre todo el de los años treinta y cuarenta, pródigo en sabios desquiciados y experimentos que desafían el curso de la naturaleza; otro es la propia creación del mismísimo Calvo, con cuyo Mundo maravilloso esta novela guarda nebulosas simetrías; otro más, la literatura fantástica catalana, encarnada sobre todo en Juan Perucho y sus Historias naturales, con las que Corona de flores, ambientada también en la Barcelona de finales del siglo XIX, parece compartir decorado y figurantes.

En un plano más profundo, lo que a primera vista resulta un aparatoso divertimento gótico esconde, quizá, una reflexión llena de melancolía sobre el mundo actual y el sustrato moral (o amoral) que ocupa sus suelas. Una Barcelona que se cubre paulatinamente de polución y niebla, un reino de dioses y brujas que recula ante el avance del positivismo, artistas, autores de folletín y sabios fáusticos que certifican la defunción de la vieja moral de la caballerosidad y el asilo, apuntan en la dirección de un diagnóstico: hubo un momento en la historia en que este extraño universo nuestro surgió de las cenizas de otro universo distinto, no menos extraño y quizá tampoco apacible. Para retratar esa emersión, Calvo redacta una novela absorbente, negrísima y espléndida, como la autopsia de un bello cadáver.

05 mayo 2010

La ruleta literaria

La historia de mi mujer
Milán Füst
Galaxia Gutenberg, 2009.
ISBN: 9788481098105.
460 pp.
22.90 €
Trad. Teresa Ruiz Rosas
Luis Manuel Ruiz

La gloria literaria, igual que el triunfo en los casinos, tiene menos que ver con el talento que con la conjunción de buena suerte y amistades adecuadas. Inquieta reparar, al echar un vistazo a cualquier listado de obras imprescindibles del siglo XX, que la gran mayoría de ellas se limitan al idioma inglés, al francés o al castellano, y que sin excepción sus autores habitaron en algún momento de sus biografías en París o Nueva York, esquivando por instinto rincones menos decorativos del mapa. La pregunta inevitable que surge es cuántas obras maestras permanecen secretas, escondidas, en el anaquel; a cuántas no tenemos acceso porque sus creadores no las acuñaron en las cuatro o cinco lenguas ecuménicas, cuántas han quedado en el anonimato porque la persona responsable no se paseó por la ribera del Sena sino por un río de aguas menos caudalosas. Este pensamiento se vuelve insistente y casi doloroso cuando uno tropieza con novelas como esta Historia de mi mujer, del húngaro Milán Füst, que sin duda, de haber sido redactada con ayuda de otro diccionario u otra página del atlas, habría sido reconocida desde el momento de su aparición como una indiscutible obra cumbre contemporánea. Pero que, igual que las Memorias de una enana de Walter de la Mare o De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz, ha de conformarse con el rango de curiosidad exótica.

Torrencial, excesiva, devastadora, estos adjetivos acuden con facilidad a las mientes a la hora de definir una obra tan difícil de atrapar. Publicada por vez primera en 1942 y dotada de un título envidiable, La historia de mi mujer podría ser definida, por exclusión, como un intento de estudio psicológico. Estudio, en primer lugar, del protagonista y narrador en primera persona, un lamentable capitán de barco llamado Jakab Störr agobiado por sus complejos y su incapacidad para relacionarse con las mujeres. Estudio, luego, del gran personaje de la trama, su esposa, la pizpireta, histérica y adorable (tal vez) Lizzy, llevada de acá para allá por caprichos sin cuento, que permanece junto a un hombre sin saber por qué mientras fuma un cigarrillo tras otro y le engaña con individuos salidos del arroyo. Y estudio, sobre todo, del gigantesco carnaval que rodea a la pareja y asiste a las vicisitudes de su vida matrimonial, jugando a veces en ella papeles poco honrosos: la galería incluye lo más granado del submundo de arribistas, exiliados y crápulas de la Europa de entreguerras, herederos despojados de su fortuna, candidatos a artistas que no mueven un pincel, jóvenes millonarias que aman entregarse a desconocidos en cuartos de pensión, vecinos rijosos, contrabandistas y prostitutas, el censo es largo. El conjunto transmite una inevitable familiaridad con otros productos mejor conocidos (por esos juegos de la ruleta de que hemos hablado más arriba), como Auto de fe, de Elías Canetti, o, sobre todo, el Viaje al fin de la noche de Louis-Férdinand Céline. La mordacidad, la frase rápida y la contundencia en la imagen la aproximan más que nada a este último ejemplo, aunque con las salvedades de un estilo más amable y una cierta compasión por el destino final de los individuos, que no tienen culpa de vivir en el gran albañal que les ha tocado en la tómbola.

Galaxia Gutenberg nos ofrece su cuidada presentación de costumbre, a la que añade en esta ocasión un mérito más. La traducción, debida a Teresa Ruiz Rosas, y subvencionada, según leo, por la Magyar Könyv Alapítvány, abunda en aciertos y frases brillantes; lo cual, en una novela cargada de tantos giros coloquiales y expresiones de doble sentido, no deja de ser una victoria sobre el descuido o la vulgaridad. Para ser buen traductor, a diferencia de lo que sucede con los buenos amantes, no siempre hay que sacrificar la exactitud.

02 marzo 2010

Lo que no se dice

La carpa de oro

Charo Prados

Paréntesis, 2009

ISBN 978-84-9919-043-3

127 páginas

12 €

Luis Manuel Ruiz

El taoísmo postula, como si el universo estuviera construido en forma de chiste o de precipicio, que lo importante de toda obra se encuentra en su conclusión: que es más esencial el silencio que la palabra y que los espacios en blanco entre las sombras definen mejor el retrato de un rostro que las marcas del carboncillo. Esta estética de la sugerencia, de la voz baja, del camino oblicuo y la línea quebrada fue también la que cultivaron los devotos del hermetismo y los simbolistas de Mallarmé: lo profundo siempre yace en el abismo y la luz que se revela simplemente aboceta los perfiles de algo que no se debe, o que no se puede publicar. Lo cual me hace desviarme hacia otro pensamiento, este también de raíz mística, en el que abundaron Wittgenstein y Hoffmannsthal y que Chesterton expresó (trató de expresar) del siguiente modo: el alma humana posee coloraciones, crepúsculos y recovecos cuyos matices no pueden capturar los toscos gruñidos que brotan de nuestros pulmones. Para decir lo que verdaderamente importa el lenguaje se muestra a menudo cobarde, o ingrato: mejor recurrir a su trastienda.

Es, me parece a mí, el ideario que comparte Charo Prados, la autora de esta sugerente antología de relatos plagada de acontecimientos nimios, triviales, de andar por casa, que sin embargo ocultan casi ominosamente una verdad que no se puede nombrar. Sus narraciones eluden de manera deliberada, casi provocativa, lo fantástico y sus alrededores: nos topamos con niños de veraneo en pueblos inciertos del sur, parejas cansadas que se regalan por el aniversario baratijas no menos cansadas, funcionarios de color ceniza, padres que no soportan el yugo del biberón y la cuna, bicicletas en la tarde. Y sin embargo sentimos, y aquí radica la indudable maestría de la autora, que es otra cosa de lo que se nos está hablando y que la denuncia, el reproche o la maravilla se concentran en otra parte, en el envés de la trama: la incapacidad de la vida, este reloj defectuoso, para marcar con puntualidad el destino de nadie, el hastío que acompaña a la madurez y la conversión inevitable de las esperanzas en sus caricaturas, la posibilidad de una existencia paralela en los predios de la fantasía o el anhelo, nunca realizados, el polvoriento prodigio de lo banal. Prados es consciente de que nuestra realidad se encuentra surcada por corrientes oceánicas o súbitas descargas eléctricas (esa energía secreta que el taoísmo llama chi) que iluminan momentáneamente el presente y dan sentido a lo que nos sucede y deseamos, pero también de que dichas epifanías ceden ante el eclipse de la rutina y el manoseo de todos los días. La carpa de oro consiste en el modesto intento de salvar esas perlas del fango de los calendarios.

No es el lenguaje una de las virtudes menores de la recopilación. Callado, pluvial, sin estridencias, sabe dejar de lado cuando la ocasión lo precisa su tono de confidencia para arrojarse a la euforia o el espanto: El estómago le ardía, le daba pellizcos, como si lo tuviera lleno de sanguijuelas, leemos de la ansiedad o de la certeza en la página 18.

05 febrero 2010

Disfruta del fin de tu vida

La tienda de los suicidas
Jean Teulé

Zeta Bolsillo, 2010

ISBN 9788498723434

160 páginas

6,95 €

Traducción de Teresa Clavel


Luis Manuel Ruiz


El mundo se ha convertido en eso que profetizan los telediarios: la polución ha destrozado el cielo y los rayos del sol caen como jabalinas sobre las playas; vagos desastres nucleares han sustituido el aire por ácido sulfúrico y nadie puede cometer la imprudencia de respirar; la razón ha retrocedido después de la quiebra del sueño ilustrado y se impone el regreso a viejas formas de oscurantismo, encarnadas en religiones de torres altas y negras, donde hombres llenos de desesperación celebran sus holocaustos. En este panorama, quien piense en el futuro ha de renunciar a él: el negocio más lucrativo será el que ofrezca a su clientela no disfrutar de la vida, lo cual ya es imposible, sino poner un término a sus incomodidades del modo más sucinto e higiénico.
Es lo que hacen desde diez generaciones atrás los Tuvache, propietarios de una tienda singular que día a día se ve desbordada por la demanda de nuevos productos y material asesino. Porque los Tuvache gestionan la Tienda de los Suicidas, un supermercado de la muerte en el que el usuario podrá servirse de todos los medios habidos y por haber para acortar esta molestia llena de secreciones y anhelos: sogas a prueba de cuellos recios y gargantas de piedra; cuchillas de afeitar con el filo oxidado, para unir el tétanos a la hemorragia; venenos envueltos en papeles brillantes que harán que los niños abandonen el mundo con una sonrisa; pistolas, puñales, explosivos, por supuesto; y la especialidad de la casa, los kits: el kit Mishima incluye kimono y un cuchillo ritual con el que sajarse la barriga, el kit Turing un juego de pinceles, un panel y una manzana envenenada. La familia Tuvache contempla con el debido pesimismo (porque el entusiasmo es una ofensa contra el deber profesional) cómo su prestigio y sus dividendos crecen a un ritmo parejo, mientras la reputación de su firma atrae a desesperados de todo el mundo a su tiendecita con alacranes y flores violáceas en los expositores. La pervivencia del negocio, y aun su ampliación, está asegurada para unas cuantas décadas más: las nuevas generaciones, con el joven Vincent a la cabeza, planean construir un parque temático del suicidio donde las montañas rusas conduzcan al abismo y el tren del terror escupa duchas de fuego y piedras. Hasta que sucede algo imprevisto: algo que, horror, hace pensar a uno de los Tuvache, Alan, el benjamín, que las cosas podrían ir mejor. Y el optimismo, y la esperanza, entran en la vida de la familia como el peor de los infortunios.
Se reedita ahora en formato de bolsillo esta divertida parábola del francés Jean Teulé sobre el sentido de las cosas, la desesperación y la importancia, muy de libro de autoayuda, de no dejarnos encerrar en las habitaciones peor oreadas de nuestro carácter. En un tono descaradamente irónico, salpimentado con dosis generosas de humor negro y cierto cariño por personajes muy maltratados por el destino, La tienda de los suicidas entronca con una venerable tradición: esa que arranca de Luciano o de Swift y que se propone como objeto denunciar los rumbos desnortados y los dislates varios a que puede conducir la razón humana cuando no se tira de ella con la correa. En un mundo lleno de agoreros, atemorizado por los fuegos cruzados de la crisis energética, la carestía de valores y la bancarrota ecológica, bien está dejarse arrancar una sonrisa y juguetear con la esperanza: esa cosa fragante y gaseosa que queda en el doble fondo de la caja de los males. Una lectura, en fin, para corazones necesitados de vaho.

18 enero 2010

Esa cosa extraña, un libro de cuentos

De mecánica y alquimia

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Salto de Página, 2009

ISBN 978-84-936354-9-7

156 páginas.

15.95€






Luis Manuel Ruiz

Un arraigado malentendido, especialmente común en nuestros días, confunde el relato con la anécdota: impulsados por el ejemplo de cierto ruso y de ciertos norteamericanos, manadas de autores que se definen a sí mismos como cuentistas colman estanterías de libros y revistas con conversaciones de bar, reproches sentimentales, conflictos en el matrimonio y autoayuda. Afortunadamente de cuando en cuando, como volcanes submarinos, suben a la superficie antologías de cuentos de verdad: es decir, de historias, de personajes, de cuidados mecanismos de relojería (el tópico es antiguo, pero servicial) donde ninguna pieza ha sido colocada al buen tuntún. La recopilación de Juan Jacinto Muñoz Rengel se titula De mecánica y alquimia, y tampoco ese encabezamiento ha sido confiado al azar. Al mencionar la venerable ciencia de la mecánica está aludiendo, directa o indirectamente, a esas virtudes del ingeniero y el artesano que son precisas para enroscar tornillos, fijar duelas y apretar los remaches, partes integrantes de todo reloj, autómata o relato bien construido; la no menos secular disciplina de la alquimia nos retrotrae a pucheros, brujas y ancianos con gorros en forma de cono sobre las blancas melenas: un aviso de que lo que vamos a encontrar tras la primera página tiene menos que ver con al realidad que con sus bordes más oscuros, ambiguos, literarios, fantásticos.
Muñoz Rengel rescata en su obra el sabor de los antiguos libros de cuentos: de los que se dicen junto a la hoguera, de los que pueblan las bibliotecas que huelen a bosque. En primer lugar, y de modo aparente, se trata de una selección de once narraciones con los denominadores comunes de la imaginación libresca (abundan las referencias a títulos existentes o no, como el impagable Kitab al-Harraqat o Libro de los instrumentos incendiarios), de la imaginería gótica (demonios y maldiciones en ciudades centroeuropeas), del enigma que un detective ha de ayudar a solventar (viva dicho detective en el Toledo del siglo X o el Londres del XIX), de la perplejidad metafísica. Todos esos rasgos, a los que habría que añadir la presencia agradable y continua de autómatas, bibliotecas, alienígenas, gólems, magos y filósofos, apuntan ya en la dirección de cierta tradición en la que Muñoz Rengel se integra entre los meritorios primeros puestos: la de Lovecraft, la de Borges, la de Perucho y Olgoso, la que hace de la literatura un juego arcano cuyas reglas maestras invitan a la inquietud y la aventura y a una violación continua de las fronteras de nuestro modo de pensar el mundo, así como de la tradición (literaria, filosófica, cultural) que nos ha hecho comprenderlo como tal.
Pero aparte de florilegio de narraciones, la mecánica y la alquimia de Rengel ofrecen un producto de otro orden. Sin abundar en un detalle de arquitectura (o de mecánica, valga el pleonasmo) cuya explicación el propio autor reserva para las páginas finales, digamos que el orden o la disposición interna de cada relato, que pueden leerse aislados y de por sí, no es aleatoria. Así, el escritor malagueño no se ha contentado con redactar cuentos, lo cual está al alcance de cualquier alumno de taller, sino algo mucho más exigente y extraño, un libro de cuentos: un todo orgánico, recorrido por una intención común, que marca una dirección y un camino. Qué camino es ese ha de descubrirlo el lector en cuanto se interne en la obra: un paseo por un museo de maravillas, atrocidades y atisbos que sólo puede despertar su gratitud.

24 diciembre 2009

El diluvio es universal

Ararat. Tras el arca de Noé, un viaje entre el mito y la ciencia

Frank Westerman

DeBolsillo, 2009
ISBN 978-84-9908-095-6

300 páginas

9.95 €

Traducción de Goedele De Sterk.



Luis Manuel Ruiz

En mis investigaciones he constatado que el único personaje del Antiguo Testamento que la factoría de juguetes Playmóbil admite en su censo es Noé, el de la lluvia. No se trata de un dato banal o decorativo: el venerable ancianito, que en su versión de juguete también luce la barba de ceniza con la que siempre lo presentaron los catecismos escolares, con su nave gigantesca de trescientos por cincuenta codos (datos de Génesis, 6, 15) y el primer zoológico de la Tierra es, de todas las figuras de la Biblia, la que más fácilmente recaba el entusiasmo infantil. Por eso Frank Westerman, neerlandés, periodista freelance y autor de libros que lindan vagamente entre lo autobiográfico, lo documental y lo especulativo, sufrió una radical crisis de fe en cuanto se enteró de que el diluvio no era una patente hebrea, sino que otros pueblos, antes o a la vez, habían descrito una catástrofe similar basándose en una gota fría de dimensiones planetarias. En concreto, la primera mención figura en la Epopeya de Gilgamesh, cuya redacción más temprana ha de datarse en torno al siglo veinticinco antes de Cristo.
Ararat es la historia de un viaje. Y ya sabemos que hay viajes de muchos tipos: los que nos conducen a nuevas fronteras del mapa, los que nos alejan en pos de nuevas naciones de la imaginación, los que desembocan en parajes extraños que nuestro pensamiento no reconoce. Ararat es viaje en los tres sentidos: geográfico, emocional, intelectual. Su meta se halla en el propio título; se trata del Ararat, el monte mítico en los límites de Armenia, Turquía e Irán donde, según el libro sagrado, el arca de Noé encalló tras su accidentada singladura, y, por ello, símbolo de la salvación, del perdón de Dios, de la meta coronada, del, en palabras de Mircea Eliade, inicio del mundo. El periplo físico de la obra puede sintetizarse así: después de haber pasado varios años en Rusia como corresponsal y de haber visto de lejos la cumbre nevada del Ararat (uno de los iconos favoritos del alpinismo: 5165 metros), Westerman concibe la idea de escalarlo; para lograr dicho propósito, que a poco se revela propio de un argumento de Kafka, ha de superar formidables barreras: permisos, suspicacias locales del gobierno turco, intrigas geopolíticas en que se mezcla la cuestión kurda con la armenia (eufemismos para referirse a dos de los genocidios mejor escondidos de la historia), visados, agencias de viajes, picarescas varias. El periplo espiritual se muestra más interesante pero no menos tortuoso: educado en el adventismo y convertido en ateo después de presenciar las chapuzas del destino, Westerman emprende el viaje al Ararat como un intento de recuperar su fe infantil y de enfrentarse cara a cara con ella; de contemplar cuánto de auténtico y cuánto de trivial habría en ella; de sondear la antigua ilusión y de comprobar si un hombre hecho y derecho, con hipoteca y libro de familia, puede creer seriamente en un barco enorme lleno de animalitos.
Los amantes de las curiosidades encontrarán que el libro abunda en disparos de munición pesada: las distintas versiones del diluvio, los pormenores en torno a la formación de volcanes y su impacto en el medio geológico, las anécdotas referidas a Jim Irwin, astronauta que encontró a Dios en la luna y se pasó el resto de su vida buscando el arca que había diseñado, o de George Smith, ascendido de bedel a descifrador de poemas sumerios, garantizan impactos duraderos. Un vago como este servidor jamás pensó que un ejercicio de alpinismo podría resultar tan grato.

18 diciembre 2009

Un detective demasiado humano

Los relatos del padre Brown

G. K. Chesterton

Acantilado, 2008.
ISBN. 978-84-96834-46-0

1176 páginas.

33 euros

Traducción de
Miguel Temprano García.

Luis Manuel Ruiz

Para la inmensa mayoría de lectores contemporáneos, decir novela policíaca significa bajos fondos, ex presidiarios de nariz rota, detectives acabados con un ventilador en el despacho que de repente chocan con el asesinato de su vida y mujeres de piernas verticales a las que el humo no molesta en los ojos cada vez que aspiran el cigarrillo. Pero antes de ese álbum de tópicos, el género fue otra cosa. Salvador Vázquez de Parga, en su escrupulosa historia del relato policíaco, data en torno a los últimos años veinte la cesura que dividiría en dos todo este orbe de sangre: fue entonces cuando el detective se mudó de los aristocráticos cottages ingleses a la Gran Manzana y el pausado ejercicio intelectual de reunir pistas que racionalmente debían conducir a la identificación de un culpable cedió paso al puñetazo y tentetieso, a la jerga de la calle.
Podrían, sin duda, marcarse otras fases, pero las dos esenciales que jalonan la evolución del género preferido de los quioscos son estas: la inicial, inaugurada con el monsieur Dupin de Poe, continuada por Conan Doyle, llevada hasta sus últimas consecuencias por Agatha Christie, conocida habitualmente como fair play; y la negra, cuya denominación proviene del roman noire acuñado por primera vez por Marcel Duhamel para designar ese nuevo linaje de novelas americanas que, con Dashiell Hammet a la cabeza, estaban llenando las editoriales de pistolas, adulterios y whisky. En este contexto, la saga del padre Brown constituye todo un capítulo aparte, culminación y epílogo de la primera de las fases mencionadas.
Hasta la fecha del primero de sus relatos, 1910, el protagonista del relato policial había solido coincidir con una criatura impersonal, de frialdad matemática, apenas sin espesor, liberado de las molestias de la vida doméstica que atribulan al resto de los mortales: Dupin, Holmes, Van Dusen consistían, parafraseando al último de ellos, en puras máquinas de pensar. El padre Brown va a ampliar la paleta de ese retrato en blanco y negro con una nueva gama de pinceladas humanas, demasiado humanas: lejos de la torre de marfil en la que se recluyen los detectives puramente cerebrales que le han antecedido, Brown es orondo, torpe, benévolo, paciente, trivial.
Sin lugar a dudas, la mayor aportación de Chesterton al género es la invención de este personaje, cuya enormidad reside precisamente en su insignificancia; otras, por supuesto, son la promoción del cuento policíaco a algo más que un mero pasatiempo intelectual y su conversión en literatura de primer orden, rebasando la condición de comida rápida que hasta el momento se le solía atribuir. Junto a Shakespeare o Milton, Gilbert Keith Chesterton (1874 -1936) comparte el raro honor de pertenecer a los escritores menos ingleses de la literatura inglesa. Un estilo barroco, cercano al desafuero, una tendencia al panfleto que a veces abusa de la paciencia del lector, un gusto por los tintes más extremos de la realidad en lugar de los tonos medios no concuerdan con esa enfermiza tendencia al autocontrol y la expresión sobria que caracteriza a la mayoría de sus compatriotas, de siglos anteriores y de los que habrían de venir.
Amante de la polémica y del pensamiento paradójico, Chesterton llegó al extremo de volverse católico y de defender públicamente su credo en un entorno que no podía mirarle sino como un animal exótico (como el enorme elefante blanco, digamos, de una de sus más famosas novelas). Quizá la vena principal de su literatura consista en el anhelo o la persecución de un orden, sea religioso, ideológico o social, que mitigue la profunda sinrazón sobre la que levita la condición humana y que él, mejor que muchos otros, supo sospechar en ciertas actitudes y ciertos gestos; quizá su inclinación al humor siniestro o su uso reiterado de los andamios del argumento policíaco tengan por objeto la introducción de racionalidad o de sentido común en un universo que, por principio, carece de él. Ambos géneros, el humorístico y el criminal (a veces revueltos) se reparten la mayoría de sus títulos más recordados: entre los primeros podrían mencionarse El club de los negocios raros (1905) o El poeta y los lunáticos (1929); de los últimos, aparte de los que ahora nos ocupan, citemos El hombre que sabía demasiado (1922), Las paradojas de Mr. Pond (1937), y, sobre todo, ese delicioso alegato político-estético-vivencial que constituye a la vez uno de los más acabados ejemplos de novela de suspense y que lleva por título El hombre que fue Jueves (1908).
Quizá el análisis más lúcido sobre la saga del padre Brown corresponda, como en muchos otros casos, a Borges. En la cuarta conferencia de su Borges oral (Alianza, 1998) el maestro argentino ha desvelado con pulso de cirujano qué es lo que diferencia netamente a la creación de Chesterton de cuantas le han antecedido y llegado más tarde y en qué radica su valor. En primer lugar, queda claro que a lo largo de sus cinco volúmenes (El candor del padre Brown, de 1910; La sagacidad del padre Brown, 1914; La incredulidad del padre Brown, 1926; El secreto del padre Brown, 1927; El escándalo del padre Brown, 1935) se nos ofrece un tipo de narración insólita que el género policíaco no había abordado todavía y que luego rara vez se atreverá a retomar. Cada cuento del padre Brown constituye, al tiempo que un acertijo criminal, una obra de teatro y un apólogo. La identificación del culpable supone sólo un detalle marginal dentro de la profusa serie de peripecias y altibajos de cada episodio: mucho más cruciales resultan el desvelamiento de cómo pudo producirse el crimen y de su porqué. El relato suele concluir con una absolución o con un arrepentimiento; lo que importa es que el malhechor comprenda que ha violado la ley y que eso está muy mal, sin necesidad de meter en juego a la policía, ya bastante ocupada en detener anarquistas. Asimismo, el esquema de la narración se desenvuelve respetando un escrupuloso programa de calidad, que convierte a Chesterton en uno de los más exigentes orfebres del fair play. Autores previos habían escondido la solución al enigma de sus tramas en un detalle inadvertido del pasado de los personajes, del mobiliario en el que tuvo lugar el crimen o en un descuido del detective; Chesterton, más puntilloso y genial, llega a ocultar sus ases en rutinas de pensamiento o formas de expresarnos que empleamos todos los días.
El programa de calidad que he mencionado antes cuenta, entre otras, con las siguientes exigencias: ha de existir un crimen inexplicable; en algún momento el lector ha de entrever una solución razonable a dicho crimen; en algún momento esa razón ha de resultar imposible, sobrenatural; finalmente, la razón depende de un detalle venial que se había dejado pasar por alto. Todo ello comprimido en apenas quince páginas de debates, agudezas, desmayos y moralina parroquial. Mis pobres conocimientos editoriales registran la existencia de otras cuatro ediciones previas en castellano de la saga del padre Brown, algunas de ellas incompletas: los dos primeros títulos formaron parte de la inevitable colección El Libro de Bolsillo de Alianza entre 1988 y 1998; Anaya publicó los cinco volúmenes en su no menos ubicua Tus Libros durante los primeros ochenta; muy anteriores son las versiones, generalmente suramericanas, que la casa cristiana Encuentro ha vuelto a reeditar en fecha tan reciente como 2008; de entre 2000 y 2007 proceden los coquetos ejemplares ilustrados de Valdemar. A todos ellos, la presente de Acantilado suma virtudes inéditas: traducciones actualizadas, márgenes que invitan a usar el lápiz, papel de primera calidad y tres relatos nunca traducidos al castellano.


[Publicado en La Tormenta en un vaso]

20 noviembre 2009

La biblioteca infinita

Las bibliotecas de Dédalo

Enis Batur

Errata Naturae, 2009

ISBN. 978-84-937145-2-9.

96 páginas.

9,90 euros.
Traducción de Rafael Carpintero.




Luis Manuel Ruiz

El libro, cualquier libro, es una máquina sorprendente. Estira la memoria de un individuo hasta hacerla coincidir con la de la gran masa de los congéneres que le rodean, guarda detalles de personas, objetos, ciudades y bosques que desaparecieron sin dejar traza en el aire, interroga a quien se le aproxima haciéndole reparar en esos rincones de sombra que rodean toda vida y que hasta el momento sólo había observado de soslayo. Si la muleta es la extensión de nuestro muslo y el telescopio un ojo elevado al cuadrado, el libro significa el aumento artificial de la imaginación y de la memoria humanas: un miembro ortopédico que nos ayuda a desenvolvernos en el mundo impidiéndonos tropezar. Por eso la biblioteca (o la Biblioteca, tal y como la mayúscula Enis Batur, para distinguir el modelo impresionante y platónico de las colecciones domésticas de los aficionados a los libros) es una imagen, o un símbolo, que no deja de excitar continuamente la fantasía de artistas e intelectuales. La Biblioteca, donde cabe todo el saber, todas las mentiras, y los sueños, y las sospechas, y los desmentidos, es un trasunto del propio universo. Y, como el universo, caudalosa e indescifrable: nadie sabe cuántos volúmenes contiene, qué orden respetan dichos volúmenes, quién los colocó ahí, dónde comienzan o terminan, para qué.

A lo largo de su existencia, todo bibliófilo intenta, con mejor o peor fortuna, alcanzar un atisbo de esa Biblioteca monstruosa montando una pequeña maqueta en casa. Es lo que también hizo Enis Batur, escritor turco, autor de Las bibliotecas de Dédalo, una obra laberíntica y obsesiva, igual que el tema que trata de abordar: por qué hay ciertas personas que dedican su vida a coleccionar o perseguir libros, por qué hay libros que salvan la vida de ciertas personas. El bibliófilo (o bibliópata) busca compulsivamente el olor a papel viejo de las librerías de lance y se demora recogiendo el polvo de las estanterías con las yemas de los dedos. Visita con ojos aturdidos las grandes colecciones donde los lomos se aúpan unos sobre otros como los bloques de un zigurat, la British Library, la Nationale, la Marziana, la del Congreso, y registra sin miramientos ni educación los estantes del salón en cuanto entra en casa de un desconocido que, por azares del trabajo o la vecindad, le ha invitado a cenar. La bibliofilia, la bibliotecofilia, son afecciones extrañas que Enis Batur comparte con otros muchos extraviados (Alberto Manguel, Luis Alberto de Cuenca, Borges, Robert Burton, Montaigne, Aby Warburg, Mario Praz, yo mismo) pero en la que sólo él se detuvo a pensar cuando un suceso aciago le dejó la vida a oscuras de repente: su biblioteca personal se incendió, como la del protagonista de Canetti, una tarde de verano.
En capítulos breves que asemejan entradas de un diario o conversaciones entrecortadas con la posteridad o con el olvido (que son lo mismo), Batur indaga en los principales síntomas de esta enfermedad de papel y cuero. La Biblioteca que le obsesiona, el prototipo en el que las menores y cotidianas se reflejan indirectamente como rostros en gotas de agua, es un edificio inacabable, diseñado por Étienne-Louis Boullée, con pasillos como los de las fábulas de Kafka y las escaleras entrecruzadas que ilustran los delirios de Piranesi. Todo lo que se ha escrito está en esa Biblioteca, que le amenaza noche tras noche con el peso de lo que está a punto de olvidar, o peor, de lo que no leerá jamás, porque es imposible leerlo todo: «Soy lector —admite en el capítulo 12—, por lo tanto soy mortal». La Biblioteca es un símbolo que nos inquieta con la misma fuerza que el del laberinto, o el del universo que comienza al otro lado de nuestra córnea y nuestros dedos. Biblioteca, laberinto, universo constituyen tres facetas de lo mismo: un lugar extraño que aparentemente guarda una estructura o un sentido, pero por el que no cesamos de vagar en busca de un centro. Por eso aprovisionarse de libros y colocarlos en el mueble de casa siguiendo una pauta cierta tiene algo de hilo de Ariadna que nos consuela y nos redime; la vida puede habernos traicionado y haberse burlado de nosotros en las bifurcaciones, pero tenemos los libros: ahí hay un orden. Ernst Cassirer definió la biblioteca de Aby Warburg, que no estaba organizada sobre ningún esquema aparente, no como una colección de libros, sino como una colección de problemas. «Cassirer comprendió que la biblioteca Warburg era ‘un laberinto’ —anota Enis Batur en el capítulo 19—. O huyen de él, o serán sus prisioneros durante años. Nunca se me había ocurrido pensar seriamente que una buena biblioteca pudiera ser cualquier otra cosa».

[Extraído del blog La tormenta en un vaso]

05 noviembre 2009

Schopenhauer sin aditivos

Parerga y Paralipómena

Arthur Schopenhauer

Valdemar, 2009

ISBN: 9788477026310

40 €

Traducción : Trad. J. R. Hernández Arias, L. F. Moreno Claros y A. Izquierdo


Luis Manuel Ruiz


A inicios del siglo XIX, Fichte enunció que el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de hombre que se es. Apenas treinta o cuarenta años más tarde, la vida sorprendente y lastimosa de Arthur Schopenhauer, que odiaba a Fichte, vendría a dar la razón a su aforismo. Un hipocondríaco que podía pasar dos meses seguidos sin abandonar su habitación, que consideraba que las mujeres no deberían salir jamás del jardín de infancia, que confesaba amor a su caniche Butz (conocido en medio Frankfurt por el apodo de “el pequeño Schopenhauer”) por encima del grueso de la humanidad, que detestaba el más mínimo ruido ambiental hasta el punto de rechinar los dientes ante los pasos de un vecino en el rellano, que se consideraba a sí mismo un genio explosivo y anónimo no podía sino generar una filosofía a su imagen y semejanza: uno de los mayores monumentos a la amargura, la lucidez y el nervio que ha alumbrado la civilización occidental. Conforme a su carácter, el universo de Schopenhauer es un lugar sin sentido donde reina una fuerza ciega llamada voluntad; el amor del hombre por la mujer, por muchos poemas que segregue, es sólo una excusa para el coito; el arte constituye la única válvula de escape en un mundo despreciable por su fealdad, su absurdo y sus molestias; el verdadero sabio, si no termina por ahorcarse, elegirá el mal menor del “suicidio metafísico de la voluntad” o la inacción absoluta, como una piedra o un funcionario. El mayor mérito de Schopenhauer radica en haber trenzado con dichos mimbres (desesperación, angustia, derrotismo y miedo) una obra que, paradójicamente, supone un canto a la curiosidad de conocer y un desafío a la inteligencia para que recorra las esquinas más oscuras y reveladoras de sí misma.


Todo ese entramado de clarividencia y asco figura de manera pormenorizada en la que se considera la obra capital del autor, El mundo como voluntad y representación, publicada cuando él contaba la edad de treinta y un tiernos añitos. En cuanto le puso el punto final, se declaró convencido de haber escrito la obra maestra de la Historia del Pensamiento (así, en mayúsculas). Pensó en encargar a su joyero una sortija en la que apareciera la Esfinge arrojándose de la cima de un peñasco, después de que alguien (él) hubiera logrado por fin resolver todos los enigmas habidos y por haber que plantea el destino, y en su cuaderno de apuntes se sinceró con la posteridad en los siguientes términos: «Sujeta a las limitaciones del conocimiento humano, mi filosofía es la solución real del enigma del mundo. En ese sentido puede ser llamada una revelación. Está inspirada por el espíritu de la verdad: en el cuarto libro hay incluso algunos párrafos que pueden ser considerados como dictados por el Espíritu Santo». Por tanto, se comprenderá la combinación de desolación y furia con que Schopenhauer recibió el índice de ventas de una obra destinada a competir con el mismísimo Evangelio: 230 ejemplares de una primera edición de 800 (1819) y 750 de una segunda edición ampliada (1844) que el editor Brockhaus, con el que el filósofo acabó por enemistarse, se vio obligado a saldar para que le cuadrasen las cuentas. Pero el silencio creado a su alrededor no arredró a Schopenhauer: por desgracia para él, en los años siguientes emprendería diversas tentativas de convertirse en traductor o profesor de universidad que se estrellarían unánimemente contra la indiferencia de sus contemporáneos. Lo cual, según era de prever, no hizo más que dar la razón a su teoría: el universo es un lugar imbécil y nauseabundo donde las almas de valor, si son realmente tales, pasan por completo desapercibidas.


Vista su hoja de servicios, no es de extrañar que el editor Brockhaus, cuya paciencia debió de ser sin duda meritoria, recibiera con recelo una nueva proposición de Schopenhauer: publicar un título inédito, revolucionario, nada de tratados de difícil digestión, una obra dirigida al gran público de la que sin duda se extraerían pingües dividendos. Tras la negativa de Brockhaus, la obra en cuestión conocería su primera luz en las imprentas berlinesas de A. W. Hayn. Se trataba de Parerga y Paralipómena, aparecida en 1851 y rápidamente elevada (para sorpresa de propios y ajenos) a la categoría de best-seller. De la noche a la mañana, aquel viejito antipático y quejoso se vio cercado por la fama; recibía cartas de admiradores, jóvenes deseosos de imitarle llamaban a su puerta, graves intelectuales peregrinaban hasta Frankfurt para presenciar cómo conversaba con su perro. Pero el vino de la gloria, que en otros estómagos habría terminado en borrachera, no intoxicó el suyo: «Después de que uno ha conocido durante su larga vida la indiferencia y la insignificancia, te llegan al fin con tambores y trompetas y creen que ya está», escribió.

Parega y Paralipómena, cuyo título, traducido, quiere decir algo así como “fragmentos y añadidos”, ha sido, de las obras de su autor, la que ha gozado de mayor fortuna y, a la vez, la que más ha sufrido la tiranía de los editores. Su estructura, una miscelánea de ensayitos sobre temas sin relación y baterías de aforismos alrededor de cuestiones diversas, se prestaba que ni pintada para el troceo, el revuelto y la dispersión, que es lo que las editoriales han hecho con ella, al menos en España, durante los últimos cien años. La inmensa mayoría de los libros más conocidos de Schopenhauer para el público nacional se titulan del tenor de El arte de saber vivir, El amor, las mujeres y la muerte, El arte de tener razón y similares, y proceden todos, sin falta, del fondo común de los Parerga. La iniciativa de la editorial Valdemar a la hora de ofrecer esta versión íntegra resulta, pues, valiosa en varios aspectos: en primer lugar, se suma a las escasas ediciones completas en castellano (la prehistórica traducción de Edmundo González Blanco y Antonio Zozaya de 1908 reciclada por Ágora, la pulcra y académica de Pilar López de Santamaría para Trotta, concluida muy recientemente con un segundo volumen); y luego, lo hace en un formato cómodo y manejable (tomo único, traslación a un idioma fresco, espontáneo y de fácil acceso) que sin duda ayudará a aproximar la figura del filósofo a quienes todavía no la conozcan de cerca.

En este sentido, Parerga constituye, sin discusión, la puerta idónea para penetrar en el orbe de Schopenhauer por vez primera. Si bien sus pensamientos más maduros y mejor trabados forman parte de El mundo…, el libro que nos ocupa (no en vano fue superventas en su día) se esfuerza más por interesar al lector medio, por provocarlo o distraerlo mediante el abordaje de cuestiones varias que todavía no han perdido, a pesar de los ciento cincuenta años transcurridos, su vigencia. “Sobre la filosofía universitaria” servirá de acicate a todos quienes piensen que el trabajo intelectual honesto y los despachos de las facultades son términos incompatibles, por motivos que saltan a la vista; los “Aforismos sobre el arte de saber vivir”, la parte más explotada del centón, contiene un recetario del que servirse contra los inconvenientes y contra las esperanzas, que forzosamente conducen a nuevos inconvenientes; el “Ensayo sobre las visiones de fantasmas”, tal vez mi favorito, desarrolla una personalísima teoría, me atrevería a decir que única en su género, sobre el espiritismo, la hipnosis, la adivinación y otras artes ocultas muy en boga en la época y a las que Schopenhauer concedía un ferviente crédito (en 1831, cuando se declaró en Berlín la epidemia de cólera a la que sucumbiría, entre otros muchos, el propio Hegel, huyó de la ciudad alertado por un sueño premonitorio). La segunda parte de los Parerga es aún más miscelánea y errabunda que la primera; con la excusa de abordar asuntos como el suicidio (altamente recomendable), la fama (no tanto), el matrimonio (nada en absoluto) o la vida en el más allá (tonterías), el filósofo amargado y entrañable va ofreciéndonos su autorretrato a pequeñas pinceladas: el de un individuo tan insoportable como imprescindible que consideraba que el pensamiento, como el talento para el dibujo o la melodía, es una vocación que no llama a todas las personas y de la que debería desalojarse a los intrusos. «Una ciencia —escribió— puede aprenderla cualquiera; tal vez a uno le costará más esfuerzo, y a otro, menos. Pero del arte cada uno recibe sólo lo que estaba latente en él… Porque el arte no se ocupa, como la ciencia, de los poderes meramente razonantes, sino de la naturaleza íntima del hombre, donde cada uno debe contar sólo por lo que realmente es. Bien, pues tal es el caso de mi filosofía, pues lo que se propone es ser filosofía como arte».



[Publicado en La tormenta en un vaso]

08 octubre 2009

Los infelices

La familia Wittgenstein

Alexander Waugh

Lumen, 2009
ISBN: 9788426417176

483 paginas
24.90 €

Traducción de Gerardo Páez Irrazí.




Luis Manuel Ruiz


En 1938, Ludwig Wittgenstein paseaba con su amigo Theodore Redpath por los prados esmeralda de Cambridge cuando prorrumpió en una de esas preguntas cargadas y amartilladas con que solía desarmar a sus interlocutores. “¿Ha sufrido usted alguna tragedia en su vida?”, interrogó. Redpath, para ganar tiempo, le pidió que fuera más específico y que concretara lo que entendía por tragedia. Ludwig respondió sin vacilar: “No me refiero a la muerte de tu abuela a los ochenta y cinco años… Me refiero a suicidios, episodios de locura o disputas familiares”. Él sabía bien de lo que hablaba: según su definición, la suya había sido una familia trágica en todo punto, casi respetando un guión, apurando cada variante de desgracia como para que ninguna de ellas quedara sin tantear. Este volumen de Alexander Waugh sobre la genealogía de uno de los filósofos más famosos (que no populares) del siglo XX nos hunde a muchos de sus admiradores en un estado que bordea a la vez la perplejidad y el tedio, esa clase de suficiencia tonta que hace al alumno desoír las lecciones porque conoce el soniquete de cada encabezamiento. A lo largo de desaforadas biografías que se detenían con morosidad en sus excentricidades sexuales o en sus raptos místicos, nos forjamos la imagen de un filósofo único, arrastrado por sus tormentos, al que una combinación de rigorismo moral e ideas fijas había convertido en una especie de mesías consagrado al cálculo y la lógica. Pero Waugh nos demuestra que el Ludwig maníaco, el obseso de la muerte, el violento sin causa, el músico, el pensador brillante, el nido de contradicciones, no era más que la pieza de una máquina mayor y mucho más terrible, su propia familia.
La crónica de los Wittgenstein podría servir de ejemplo perfecto a todos quienes afirman que el carácter es cuestión de genética. Igualmente, podría usarse con la misma fortuna por quienes defienden que el carácter es cuestión de educación. Durante toda su existencia, Ludwig merodeó el proyecto de suicidarse; si no lo llevó a cabo fue por cuestiones, quizá, de intendencia o inoportunidad. El suicidio era una vieja tradición familiar que no habría tomado desprevenida a su pobre madre. Tres de sus hermanos mayores, Hans, Kurt y Rudi, lo habían practicado con éxito mediante pistolas y veneno y lo mismo una tía remota que fue encontrada descomponiéndose en su dormitorio. Otra constante del temperamento de Ludwig era la inestabilidad: acosado por fantasmas perpetuos, se hizo soldado para morir en las trincheras, se convirtió en maestro rural, renunció a su fortuna, se enemistó constantemente con personas a las que había jurado amistad eterna. En esto también se le habían adelantado sus hermanos: Kurt padeció un infantilismo congénito que abrumaba a sus padres, Gretl saltaba de las fiestas de sociedad a los hospitales del Ejército de Salvación, y Paul, el otro gran protagonista de la saga, podía enzarzarse en una discusión a golpes con cualquiera por el mero motivo de un adjetivo mal escogido. Los múltiples trastornos que asolaron la vida de esta gran estirpe vienesa de finales del siglo XIX y principios del XX (perteneciente al mismo tronco de los Zweig y los Hoffmansthal) admiten, repito, ser explicados tanto desde el punto de vista del genotipo como desde el del fenotipo. Los partidarios de la genética encontrarán que tal acumulación de suicidas, perturbados, homosexuales y genios apunta forzosamente en la dirección de una doble hélice; los partidarios de la educación centrarán su atención en la figura del patriarca, el industrial del acero Karl Wittgenstein, que amasó una fortuna capaz de competir sin desdoro con la de los Guggenheim y Rockefeller del otro lado del océano y que sometió a sus hijos a una instrucción donde la frialdad, la reserva y el aislamiento eran la pauta.
Sin vacilar, este libro deliciosamente deprimente recorre paso a paso todas las estaciones del declive de los Wittgenstein: desde su relumbrón en los años de los valses de Strauss hasta la demolición de su palacete en la Alleegasse durante los bombardeos norteamericanos de Viena. En medio quedan los retratos de la sufrida Hermine, incapaz de fundar un hogar propio pese a desearlo con todos sus arrestos por no poder traducir sus sentimientos en gestos ni palabras; de Gretl, bondadosa y estúpida, casada con un hombre fuera de sí y madre de dos tarambanas que se emborrachaban diariamente con champán; de Helene, quizás el único personaje común y corriente de esta historia, que mereció esa vida opaca que todos deploramos pero que a todos nos tranquiliza. Y sobre todo, claro está, de Ludwig y su hermano mayor y némesis, Paul Wittgenstein, el pianista manco más famoso de todos los tiempos, obcecado en convertirse en concertista a pesar de que un balazo le destrozó el brazo derecho durante una carga de caballería en la Primera Guerra Mundial. En este contexto, la cita de Tolstoi se ha vuelto de rigor: si todas las familias felices se parecen, las desgraciadas lo son cada una a su modo. Salvo los Wittgenstein, que lo fueron de todos los modos posibles.