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16 abril 2013

Como aquel Jardín


Las frutas de la luna

Ángel Olgoso

Menoscuarto, 2013

ISBN: 978-84-96675-98-8

214 páginas

17,50 €




Luis Manuel Ruiz

A diferencia de otras literaturas, la de España no se escora con facilidad hacia el género fantástico. Así ha sido al menos hasta bien entrado el siglo que dejamos atrás, cuando, removidos por los vientos de cambio que llegaban de Sudamérica, algunos exploradores del estilo de José María Merino o Luis Mateo Díez decidieron asomarse a las zonas menos oreadas y peor surtidas de luz de esta convención manida que llamamos realidad. La motivación última de este desinterés por la fantasía parece tener raíces profundas y no es cosa de perderse ahora en estudios de genealogía: probablemente el componente geográfico, con un paisaje alisado en forma de meseta, así como el psicológico, encarnado en el sempiterno y célebre sentido común castellano (ande yo caliente y ríase la gente), cuenten con sus partes de culpa, pero no es algo que nos interese ahora. Lo importante es que de unos treinta o cuarenta años a esta parte, muchos escritores españoles han decidido renunciar a Sancho Panza para pasarse a Quijote; esto es: han dejado de observar las cosas al ras de la aldea, la bota de vino, la boina, el polvo y el molino, para optar por la megalópolis, el cáliz de oro, el yelmo, la jungla y los gigantes, muchos gigantes.

Lo de arriba, como todo, es una generalización. Honrosas excepciones ha habido a la norma que durante los agrios años de la dictadura y aun antes conservaron viva la llama votiva de lo fantástico en narraciones minoritarias y sin demasiado impacto en la cultura oficial, fuera esta de los pros o de los contras. Curiosamente, el fenómeno se dio en las periferias, fuera del ombligo de Madrid: Álvaro Cunqueiro, allá en sus selvas célticas, y, sobre todo, Joan Perucho, del lado de la Cataluña bizantina, dispensaron en ediciones que apenas llegaban a unos millares de lectores una exhuberante mercancía de magos, autómatas, prodigios, monstruosidades y escapadas traicioneras al envés de la realidad, que, sea lo que sea, se muestra delgada y tenue como papel de biblia. En estos antecedentes autóctonos, aliñados con otros que provienen de allende el mar y las montañas, hay que buscar los ancestros de Ángel Olgoso, quizá el representante más puro y nuclear de la tradición fantástica con que nuestra literatura cuenta hoy en día.

Las frutas de la luna, el último producto de Olgoso, es un paso más, un nuevo avance, en la dirección de ese concepto exigentísimo de género fantástico que el autor lleva explorando desde sus primeros libros y que ya encontró reflejo en títulos paradigmáticos como Astrolabio, Los demonios del lugar, o, más recientemente, La máquina de languidecer. Alejado de las facilidades de la ciencia ficción, el terror de supermercado o la espada y la brujería, mundos que de todos modos rozan de manera misteriosa y oblicua, los libros de Olgoso se reconocen por un denodado intento de explotar el idioma hasta sus últimas posibilidades, saqueando el diccionario y la gramática en busca de nuevos hallazgos cada vez más llamativos y extraños. Y ello, precisamente, en pos de algo aún más llamativo y extraño: una visión del universo opuesta radicalmente a lo acomodaticio, llena de aberturas y escondrijos, dispuesta a asustarnos, a sorprendernos, a dejarnos en suspenso con su sentido único de la maravilla. En manos del granadino, la anécdota más banal deviene con facilidad un cuento alegórico, una fábula de hadas, o, mejor, de príncipes metamorfoseados en monstruos: porque lo prodigioso, o lo siniestro (si se distinguen), anida en cualquier parte y es irremediable tropezar con ello con sólo calzarse las pantuflas. La segunda gran fuente de maravillas es, para Olgoso, después de la salita de estar o a la vez que ella, el gabinete de la biblioteca: no pocas de sus ficciones se encuentran inspiradas en lecturas previas y transcurren en los mundos apenas entrevistos de la tradición libresca. El resultado es un estilo que produce una sensación casi asfixiante de riqueza y de acumulación: el vecino de al lado, el esclavo de época romana, el astronauta y el 'dandy' victoriano conviven en medio de una floración de palabras únicas que acosan al lector desde todos los ángulos, como si estuviera desbrozando el Jardín primigenio, donde el verbo y la cosa eran matices indisociables de lo mismo y guardaban la debida simetría.  

En los veinte cuentos de Las frutas de la luna, Olgoso celebra sus temas predilectos: la locura, el vértigo, los monstruos, un mundo atávico y rural que evoca a la vez recelo y ternura, la identidad última de todos los seres, de todas las almas y de todos los miedos, un humor ácido que mueve a la sonrisa sólo a medias, los viajes, la noche, la vida y la muerte, la propia literatura y sus insomnios. Lo dicho: la variedad de los temas, su amplitud y su fuste, hacen que recorrer el libro se parezca a hojear displicentemente una enciclopedia, esas cosas en cuyo interior uno podía permanecer horas y horas antes de los ordenadores, pasmándose de la misteriosa vecindad de objetos que no tiene nada que ver entre sí. O que sólo parecen no tenerlo.

13 septiembre 2011

Una de romanos



Los fugitivos

Carlos Pujol

Menoscuarto, 2011

ISBN: 978-84-96675-58-2

160 páginas

14,50 €




Alejandro Luque

El mercado editorial nos tiene muy mal acostumbrados a distinguir entre una literatura “de calidad” cuyo principal atributo es su capacidad para dormir a las piedras, y una literatura “de consumo” que no duda en sacrificar cualquier atisbo de excelencia en aras de una amenidad mal entendida. Por eso cabe preguntarse si, entre el prestigio de lo abstruso y el éxito de lo banal, tendrá alguna cabida una escritura a la vez ligera y esmerada, rica y gozosa, como la que brinda esa rara avis de las letras españolas conocida con el nombre de Carlos Pujol.

No se explica de otro modo, sino por lo difícil de clasificarlo en el panorama de la narrativa actual, el hecho de que este veterano escritor y traductor barcelonés siga siendo un autor de culto en el sentido más marginal y secreto de la palabra. Tomemos, sin más demora, esta última novela suya, Los fugitivos, cuyo personaje central es un agente secreto español, Agustín López Beruzzi, conocido como Il Capitano, quien recibe la misión de viajar a Roma en pleno verano de 1943 para sacar del país a cierto súbdito británico que resulta ser, ahí es nada, el mismísimo James Bond.

Planteada, pues, a partir de un registro paródico de las novelas de espías, con abundantes guiños a John Le Carré y –cómo no– Ian Fleming, la narración de Pujol no tarda en revelar su madera de escritor, pues en menos de 150 páginas sabe desplegar tantos recursos que casi abruma. Especial mención merece el formidable dibujo de personajes, sobre todo el de la familia romana de López Beruzzi, tan logrado que roba limpiamente el protagonismo al presuntuoso 007, de tal suerte que la trama de género se vuelve de improviso un divertidísimo vodevil doméstico.

No obstante, donde un novelista menos ducho habría derrapado en una mezcla de Anacleto, agente secreto y los hermanos Álvarez Quintero, Pujol sale airoso del desafío proyectando una visión original a partir de los clichés, insuflando vida a modelos prefigurados. Para lograrlo, el barcelonés pone el acento en el lenguaje, con un despliegue de diálogos tan sólidos como ágiles e ingeniosos, trufados de giros afinadísimos, así como en el desarrollo de una historia que va tomando, para solaz del lector, imprevisibles derroteros. Todo ello, dicho sea de paso, sin el menor alarde, sin subrayar el esfuerzo que estos objetivos comportan; por el contrario, el autor se ocupa de retirar todos los andamios para que la obra luzca como si se hubiera hecho sola.

No resulta menos meritoria la recreación, con asombrosa economía de medios, de la sofocante atmósfera que debió de envolver a la Ciudad Eterna en pleno ocaso de Mussolini. En tan extrema situación, la fiel sirvienta Giannina, la despótica y temperamental Adelaide, la solterona Giusta, la cocinera Ottavia, el tío Oreste, encarnan la supervivencia de las personas y de los ánimos, y desde luego del humor, en medio de la barbarie y la sinrazón bélica.

Vinculada de forma coherente con sus últimas entregas, Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes, Antes del invierno y El teatro de la guerra, todas ellas publicadas por Menoscuarto, Los fugitivos se presenta bajo la apariencia de un mero divertimento, pero tan generosa en detalles y claves –que llegan incluso hasta los guiños del colofón Dramatis personae– que invita a releer la obra apenas la hemos terminado. ¿Estaremos de veras a tiempo de descubrir a este “joven” escritor después medio centenar de obras publicadas?


[Publicado en Mercurio]

31 diciembre 2010

The Gentleman Is A Tramp


Vagabundo en París y Londres

George Orwell

Editorial Menoscuarto, 2010. Colección Cuadrante Nueve

ISBN: 978-84-96675-59-9

312 páginas

20,90 €





José María Moraga

Lo bueno de escribir en un blog como este es que uno puede decir lo que le venga en gana, y hoy traigo un libro de George Orwell, al que no dudo en calificar como uno de los Grandes de verdad del siglo XX. Decir que Orwell es un escritor clásico no es descubrir la pólvora, a lo que me refiero es a su talla real, mayor de la que le suele ser reconocida. Como estilista no fue un renovador pero como crítico cultural… resulta imposible explicar el pasado siglo sin referirse a algunos de sus libros.

Vagabundo en París y Londres (1933) es una de esas obras menores de un escritor mayor, un relato de miseria y estrecheces que comienza como un cuaderno de viajes y termina como un ensayo socioeconómico. El motivo de esta mutación –que, por lo demás, se produce de modo pertinente y un buen ritmo- es la dualidad del libro, presente desde su título. Vagabundo en París y Londres, en otras palabras, París = un exótico lugar extranjero donde es necesario explicar cómo son las cosas y Londres = lo que usted lector y yo sabemos, donde hay que explicar por qué son como son.

Aunque Orwell realiza someras comparaciones entre ambas ciudades, su vida en cada orilla del Canal de la Mancha solo tiene un denominador común: la pobreza y su corolario, el hambre. En París, conocemos la existencia en un barrio pobre: casas de empeño, borracheras de café, personajes tarados, horarios extenuantes en trabajos de ínfima categoría… La obsesión de Orwell es encontrar empleo, lo que le supondrá comer a diario, a cambio de partirse el espinazo como friegaplatos en un hotel primero y en un restaurante después.

Hastiado de esta vida de semi-esclavitud, el protagonista regresa a Inglaterra por la promesa de un trabajo. El destino le juega una mala pasada: al llegar a Londres se entera de que deberá esperar un mes antes de trabajar y es, por tanto, un pobre de solemnidad, un vagabundo. A partir de ese momento vive de la caridad, de las meriendas gratuitas en iglesias, de las estancias en cochambrosos albergues o peor aún, en las celdas para transeúntes de los asilos de pobres (herencia victoriana).

En ningún momento entra Orwell a explicar por qué él –hijo de la clase funcionaria colonial, chico de Eton- vive una vida de absoluta miseria (no se sabe si por necesidad o para reunir material para sus escritos), pero sí que nos ofrece a lo largo del libro media docena de capítulos donde la narración da paso al ensayo y el escritor se mete a analizar improvisadamente las causas de la explotación de los trabajadores de hostelería en París o de las infrahumanas condiciones de las instituciones de beneficencia británicas. Su acercamiento a los pobres, entre los que siempre se cuenta, suena sincero, honrado y genuinamente preocupado.

Lejos del paternalismo, la censura o las ideas distorsionadas de la burguesía biempensante acerca de “las clases pobres”, George Orwell se perfila como un hombre con conciencia social, un reformador antes que un revolucionario, lo que coincide plenamente con la imagen que nos ha llegado de él gracias a sus obras escoradas a la izquierda pero críticas con el totalitarismo, Homenaje a Cataluña (1938), Rebelión en la granja (1945) ó 1984 (1949).

Por todo lo anterior recomiendo vivamente Vagabundo en París y Londres, un libro para leer y entender en su contexto, en el que hay que pararse a reflexionar casi tantas veces como a reírse o llorar, tal es la talla humana de las historias que por él desfilan. Ex oficiales del ejército ruso haciendo de camareros, artistas callejeros filosofando sobre la felicidad, bohemios que venderían a su madre por un trago de vino… en fin, que acaba uno pensando que, si (según Hemingway) en aquella época “París era una fiesta”, fue a Orwell a quien le tocó lavar los platos después.