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31 julio 2013

Juguetes rotos


Daniela Astor y la caja negra

Marta Sanz

Anagrama, 2013. Colección "Narrativas Hispánicas"

ISBN: 978-84-339-9762-3

267 páginas

16,90 €




Fran G. Matute

Cuando fallece una diva no resulta difícil encontrar en los titulares de prensa la expresión “juguete roto”. La primera vez que la leí me causó profunda impresión porque me pareció enormemente elocuente. Cómo nos remite a algo bonito que ha nacido para ser usado, manoseado, golpeado y que, ya sea por desdén o por el mero paso del tiempo, termina perdiendo toda su entidad cuando se rompe, cuando deja de servir a su propósito que no es otro que el de divertir y entretener, el de dar placer, en definitiva. Cuando estas características las aplicamos a una persona la imagen se vuelve ciertamente incómoda. Y es esa incomodidad, soterrada, la que recorre las páginas de Daniela Astor y la caja negra, la última y potentísima novela de Marta Sanz.

Son los años del destape, del landismo y del daba-daba-da. Cuando una España bisoña confundió la democracia con el despiporre y la libertad con el horterismo, convirtiendo así el proceso de la Inmaculada Transición (Rafael Reig ‘dixit’) en uno de los mayores esperpentos ‘kitsch’ que ha dado la Historia reciente. Primero el pezón, luego la teta en su plenitud, para luego dar paso a la pelambrera y al mejillón. Y el homínido, con cara de tonto, embobado ante la visión de lo anterior. Se va así abriendo el diafragma de la cultura para introducir en su producción elementos de consumo adaptados a los supuestos vientos de cambio. Así se plantea, desde las altas esferas, que la modernización alcance a una caterva de catetos que fantasean, valga la redundancia, con el “fantaterror”: con vampiras lésbicas y sangre de mermelada desparramada sobre sus cuerpos de ninfas maniatadas. Son los años de esplendor de Nadiuska y Susana Estrada, pero también de Gracita Morales y Florinda Chico. Del cine de León Klimovsky, pero también del de Mariano Ozores

La pasión por el consumo de semejante producción “cultural” invita, intrínsecamente, a que la mujer se libere. Pero, ojo, que no estamos hablando de liberación sexual sino de liberación frente al sexo opuesto, esto es, de emancipación. A la mujer se le indica el camino para que domine al macho cabrío. Y surgen así las musas del destape. Las primeras que se atreven a romper los moldes de la censura. Las más descaradas. Serán hembras por las que los hombres suspirarán. Soñarán con ellas. Humedecerán las viejas alcobas de los españolitos, esas que todavía están coronadas por crucifijos de madera. Darán color al blanco y negro, en esa nueva etapa en la que España necesita acostarse con una buena erección para poder producir al día siguiente. Estas musas heredarán la Tierra. Y por eso Catalina, a sus doce añitos, quiere ser una de ellas. Catalina quiere crecer para dejar de ser Cati y así poder convertirse en su ‘alter ego’ imaginario, Daniela Astor, una diosa del papel cuché, por la que los medios beben los vientos... Mira aquí, Daniela. Estás magnífica. Qué ojazos. Pon esos morritos que tanto nos excitan. Esos tacones, cómo realzan tu figura, tus interminables piernas. Tienes a los hombres rotos, Daniela. Nada te puede detener… Y en esta encantadora ensoñación vive la niñita Catalina cuando la cruda realidad (y hasta aquí podemos leer) irrumpe en el escenario de la vida para hacer tambalear los cimientos de su existencia. 

Pronto comenzará a sospechar Catalina que las instrucciones que les han dado a las niñas de su generación son confusas. Que la adultez no es el nicho de libertad que se promete. Que Catalina probablemente no quiera terminar siendo la diva con la que sueña, más que nada porque detrás de ese halo de permisividad que percibe lo que hay es, realmente, puro libertinaje. Catalina se percatará de que a la mujer se la está cosificando para disfrute del hombre que es quien se está realmente liberando, ahora sí, sexualmente. Será entonces cuando Catalina se enfrente a otro tipo de libertad, relacionada también con la desnudez pero no del cuerpo, sino del alma. Y es que de lo que trata Daniela Astor y la caja negra es de Libertades, así con mayúsculas. De nuevo el recato nos llama la atención para no desvelar excesivos datos de la trama, pero baste decir que un país que pretende modernizarse mostrando senos al descubierto y que luego se dedica a criminalizar los derechos inherentes a las mujeres deja mucho que desear. Y Marta Sanz plantea esta cuestión de la forma más contundente posible, apelando a una historia sentida e íntima que está contada con tanta rabia y pasión que mucho nos tememos que presenta más de un paralelismo con la vida real de la escritora. 

No hace falta exhibir partes desnudas del cuerpo porque aquí se está hablando de otra forma de desnudez”, escribe Marta Sanz. Se enfrenta así la propia autora, a la hora de plantear su novela, al mismo dilema que la protagonista, percibiéndose constantemente en sus palabras ese valiente esfuerzo por mostrarse "desnuda" ante el lector, elevando el texto a cotas de una sensibilidad y brillantez inusuales. En cualquier caso, Daniela Astor... no es una novela de la que sea fácil hablar en público si no se tiene enfrente a un interlocutor que conozca ya las claves de la misma, de ahí que me limite a ofrecer una somera reflexión temática y, sobre todo, estética acerca del impacto que me ha supuesto leer esta obra. Porque, básicamente, cómo me ha encandilado la voz que Marta Sanz ha construido para su Catalina/Daniela. Qué precisa y poética. Qué inocente e inteligente. Qué mirada más limpia. Pero también, qué dolorosa. Vuelve a la mente esa sensación de obsolescencia programada que implica ser una suerte de “juguete roto”. Es esa lucha interna por cumplir o no con las obligaciones del ser social, esa autoconsciencia de la imposición de unos estándares estéticos contra los que pelea la protagonista. Una batalla que, tristemente, sólo puede ganarse desde la Literatura. De nuevo, así, con mayúsculas. Y Marta Sanz la gana desde el primer párrafo de su Daniela Astor y la caja negra que es uno de los pocos textos verdaderamente imprescindibles que he leído en lo que va de año.

26 junio 2013

Fraude

El adversario

Emmanuel Carrère

Anagrama, 2013. Colección "Compactos"

ISBN: 978-84-339-7715-1

176 páginas

7,90 €

Traducción de Jaime Zulaika



Dedicado al Pera

Sara Mesa

Coincidiendo con la traducción de la excelente novela-biografía Limónov, Anagrama saca ahora en formato de libro de bolsillo otro de los títulos más brutales de Emmanuel Carrère, El adversario, narración que ha sido comparada con acierto con el A sangre fría de Truman Capote por el acercamiento literario a una realidad criminal con los procedimientos de la ‘non-fiction’. La historia que se cuenta en El adversario posee por sí misma ingredientes de sobra para resultar atractiva, pero con el material con el que cualquier escritor mediocre podría haber construido un subproducto comercial, Carrère factura una novela impecable, de gran valor literario y humano. El caso sonó mucho en su época, 1993, por lo inusitado y absurdo de su crueldad, y su extraña mezcla de exceso, delirio y quizá pura arbitrariedad. El responsable, Jean-Claude Romand, mató a toda su familia -padres, mujer e hijos- justo en el momento en que empezaba a desenmascararse la cadena de mentiras que le había llevado durante casi 20 años a fingir ser un reputado médico e investigador en la Organización Mundial de la Salud. Pero había más que eso: Romand construyó para sí, durante toda su vida, una existencia completamente falsa no solo en lo referente a su profesión, sino en otras muchas facetas, engañando y estafando a sus amigos y familiares sin que ninguno de ellos sospechase jamás de su fachada de buen ciudadano, esposo y padre. ¿Un farsante, un mentiroso compulsivo, un frustrado patológico, un egoísta? ¿Ante qué tipo de monstruo nos encontramos, se pregunta Carrère?

Lo que seduce a Carrère de esta historia no es en sí el crimen, sino el grado de impostura que conduce hasta él, la personalidad que se oculta tras este Romand incomprensible que paseaba por los bosques del Jura o dormitaba en su coche durante horas mientras se suponía que estaba en la OMS. Asusta pensar que una simple llamada a sus oficinas hubiese bastado para poner al descubierto toda la farsa, pero su habilidad para el engaño, y también el azar -que tiene gran importancia en esta historia- hicieron que durante años Romand pudiese ir sorteando la verdad. Carrère no coloca el acento en los hechos en sí, que desde el primer momento conocemos, sino que quiere meterse en el cerebro del protagonista, aun sabiendo que el empeño es inútil. Como sucede en Limónov, este libro contiene también la historia de la escritura del propio libro.

El relato se articula como una crónica judicial, aunque en su estructura tienen cabida otros materiales, como cartas del propio asesino, narraciones focalizadas en personajes secundarios y reflexiones sobre las dificultades y dilemas morales a los que se enfrenta un escritor cuando intenta abordar el retrato completo, con todos sus perfiles, de un criminal real, cuestión esta que es central en la obra de Carrère (y que él mismo expone con gran lucidez aquí) ¿No puede ser al fin y al cabo esta novela, se pregunta Carrère, una manera de alimentar el ego enfermizo de Romand? ¿Es justo desentrañar la historia desde la perspectiva del asesino, dejando fuera la de sus víctimas? ¿Al hablar sobre la infancia, los traumas, los problemas de Romand, se están justificando de algún modo sus espantosos crímenes? ¿Puede un escritor trabajar sobre el material de la realidad más atroz y salir impune, sin escorarse hacia la compasión o el morbo? ¿Existe el peligro del enamoramiento hacia el criminal, al modo de Capote con Dick Hickock? Lo cierto es que El adversario sortea admirablemente todos estos riesgos sin dejar de enfrentarse a ellos, conduciendo al lector hacia los mismos dilemas y dudas, dejando las preguntas latiendo en el aire después de cerrar el libro. Se ha dicho que esta historia es un viaje al horror, y sin duda es así, pero también es un viaje al desconcierto, a la terrible sensación de desconocimiento de la escurridiza y ambigua naturaleza humana.

Con su prosa elegante, bien medida y sobria, marca de la casa del magnífico escritor que es Carrère, El adversario resulta una novela inquietante no solo por la historia de este crimen sorprendente, sino por el buceo en las profundidades del mal, un mal gratuito e innecesario. Carrère confiesa finalmente su fracaso: no hay enfoque acertado, no es posible comprender, ni siquiera conocer, a ese "adversario" maligno que se encarna en los ojos de Romand, ese mismo que quizá también está en los nuestros cuando lo estamos mirando con fascinación y miedo. Pero por si acaso, más allá de la confusión final, algo nos queda claro: es mejor no fiarse del 'curriculum vitae' de nadie. Ni siquiera del nuestro.

21 junio 2013

Los sonámbulos

Incógnito. Las vidas secretas del cerebro

David Eagleman

Anagrama, 2013. Colección “Argumentos”

ISBN: 978-84-339-6351-2

348 páginas

19,90 €

Traducción de Damià Alou


Coradino Vega

Del mismo modo con que un alumno de bachillerato de ciencias mira por encima del hombro al de letras, el adulto de letras suele contemplar con indiferencia o desdén la mayoría de las aportaciones que provienen de la ciencia. Pero ¿qué sucedería si al crítico literario que postula que la realidad es una construcción ideológica, o al filósofo que lleva veintisiete siglos tratando de definir qué es el yo, alguien le demostrase que la conciencia es como un diminuto polizón en un transatlántico; que casi todo lo que hacemos, pensamos y sentimos no está bajo nuestro control; que las innumerables facetas de nuestros comportamientos y experiencias van inseparablemente ligadas a una inmensa red electroquímica cuyo mecanismo es ajeno a nosotros? Pues bien, eso es lo que hace el neurocientífico David Eagleman (Nuevo México, 1971) en este libro escrito con esa suerte de felicidad apasionada y divulgativa que parece hallarse en las antípodas del intelectualismo de resabio francés. Nuestras esperanzas, sueños, aspiraciones, miedos, sentido del humor o deseos, emergen de ese extraño órgano de un kilo doscientos gramos compuesto por miles de millones de neuronas que es el cerebro humano, y cada pensamiento depende del estado físico de las conexiones que se den en cualquier centímetro cúbico de tejido cerebral y que son tan numerosas como las estrellas de la Vía Láctea. Tanto da que la conciencia participe o no en la toma de decisiones. Casi nunca lo hace y, cuando lo hace, ralentiza su eficiencia. Nuestro cerebro va casi siempre en piloto automático, y la mente consciente tiene muy poco acceso a la gigantesca y misteriosa fábrica que funciona en la parte sumergida del iceberg de la que sólo es la punta.

Este descubrimiento de la neurociencia supone un derrocamiento similar al iniciado por Galileo, Copérnico o Giordano Bruno. Si no hay mejor cura para la certidumbre y el egocentrismo que saber que sólo habitamos el rincón visible de un universo que contiene quinientos millones de galaxias y dos millones de soles, el asombro de reconocer que también hemos perdido nuestra posición en el centro de nosotros mismos da pie a una vastedad semejante a la que provoca nuestro lugar en el cosmos. Aunque las intuiciones de Freud sobre el inconsciente fueron acertadas, y hacen muy difícil cumplir con el precepto clásico de conocerse a sí mismo, la intención de Eagleman no es precisamente adentrarse en los meandros del psicoanálisis, sino constatar cómo la biología condiciona tanto el carácter como el libre albedrío. ¿De qué manera es posible que uno se enfade consigo mismo? ¿Por qué las rocas parecen ascender después de mirar una cascada? Si el borracho Mel Gibson es antisemita y el sobrio Mel Gibson se disculpa de corazón, ¿existe un auténtico Mel Gibson? ¿Qué tienen en común Ulises y el desastre de las hipotecas 'subprime'? ¿Por qué las 'strippers' ganan más dinero en ciertas épocas del mes? ¿Por qué la gente cuyo nombre empieza por J es más probable que se case con otra persona cuyo nombre comienza por J? ¿Por qué tenemos la tentación de contar los secretos? ¿Por qué hay cónyuges más proclives a la infidelidad? ¿Por qué Charles Whitman, cajero de un banco con un alto coeficiente intelectual y antiguo 'boy scout', de repente decidió matar a cuarenta y ocho personas desde la torre de la Universidad de Texas?

Ésas y otras cuestiones son abordadas en Incógnito con un talento explicativo que no rehúye de la precisión ni de la claridad ni del disfrute de sus ejemplos concretos. Sólo el acto de mirar, esa ventana por la que percibimos la supuesta realidad, es un mundo fascinante y complejo, plagado de ilusiones, en el que la atención cobra una importancia tan relevante como cuando Winifred Gallagher sostiene que nuestra vida es aquello a lo que estamos atentos. Lo normal es que no seamos conscientes de que no somos conscientes de los detalles. Vemos lo que necesitamos ver, y no más. La jerarquía sensorial, con sus desplazamientos en forma de sinestesia, ocupa buena parte del estudio de Eagleman. Y en relación con los mecanismos perceptivos llega a la siguiente conclusión: “Sólo porque creamos que algo es cierto, sólo porque sepamos que es cierto, no significa que sea cierto”. Pero al igual que somos conscientes de muy poco de lo que hay “ahí fuera”, tampoco tenemos un acceso volitivo a lo que pensamos, creemos y sentimos. La brecha entre conocimiento y conciencia es enorme. El papel de la segunda consiste en programar al robot, en grabar los movimientos en el ADN del futuro sonámbulo: la conciencia es quien planifica a largo plazo, mientras que casi todas las operaciones diarias son llevadas a cabo por aquellas partes del cerebro a las que no tiene acceso. Y mejor que sea así, pues como decía Flannery O’Connor cuando le preguntaban cómo se escribe un relato, en cuanto nos ponemos a meditar sobre su mecánica o intentamos explicarlo estamos perdidos.

Recuerda Eagleman que, ya en 1670, Pascal observó con sobrecogimiento que el hombre es por igual incapaz de ver la nada de la que surge y el infinito que lo engulle, pues a diferencia de lo que sucede con la gran mayoría de los adultos de letras en relación con la ciencia, este científico —sabedor de que su tema roza tanto la religión como la filosofía— maneja los materiales humanísticos con total desenvoltura. La realidad es mucho más subjetiva de lo que se cree normalmente. Dos personas pueden contener en sus cabezas dos mundos completamente distintos. La introspección no sirve de mucho. Hay patrones que han ido seleccionándose con el tiempo como el animal que, a lo largo de su evolución, pierde por ejemplo la cola. El olor, los instintos, las hormonas, las drogas, los psicofármacos, las microlesiones cerebrales, los niveles de serotonina, el equilibrio entre la razón y las emociones, pero sobre todo la genética y el entorno, no sólo condicionan nuestras opiniones o comportamientos diarios, sino que se hallan detrás de la práctica totalidad de los actos delictivos.

Además de dirigir el Laboratorio de Percepción y Acción en el prestigioso Baylor College of Medicine, David Eagleman preside una Iniciativa sobre Neurociencia y Derecho, de ahí que la tesis final de este libro sea la del replanteamiento de la culpabilidad, o responsabilidad penal, atendiendo a los avances de la neurobiología. Sus propuestas pueden resultar cuando menos controvertidas en estos tiempos en que los casos de flagrante actualidad han puesto en entredicho las imperfecciones del sistema legal español, con el consiguiente desplazamiento de parte de la opinión pública hacia esa línea punitiva que ignora el primer axioma que se enseña en las facultades de Derecho (“odia el delito y compadece al delincuente”), y que hoy parece tan condenado a su obsolescencia como cualquier otro instrumento de convivencia social basado en criterios racionales. Si procedemos de un proyecto genético y nacemos en un mundo cuyas circunstancias, en nuestros años formativos, no podemos elegir, los conceptos de libre albedrío y responsabilidad personal se vuelven como mínimo dudosos. ¿Por qué castigamos al niño que pintarrajea los muebles de casa y no lo haríamos en caso de que lo hiciera sonámbulo? Eagleman no pretende exculpar, sino contribuir a un sistema de rehabilitación más justo e individualizado. Por lo que quien conciba la cárcel sólo como medio de castigo difícilmente podrá comprender lo que aquí se trata: “Aquellos que rompen los contratos sociales tiene que estar encerrados, pero en este caso el futuro es más importante que el pasado”. O lo que es lo mismo, la finalidad debería pasar menos por la venganza que por que no se vuelva a cometer el delito. El problema es que las cárceles se han convertido de facto en instituciones mentales, y castigar a un enfermo mental generalmente influye poco en su comportamiento. Y la solución, para Eagleman, más que por la tradicional lobotomía o la castración, pasa por el desarrollo de los lóbulos frontales, es decir, por aquella parte del cerebro que inhibe la impulsividad y ofrece una oportunidad a todo aquel que esté dispuesto a ayudarse a sí mismo. En eso consiste también madurar.

Pero David Eagleman no es un científico determinista dispuesto a reducir la vida a la física y la química. Reconoce que la ciencia se encuentra con ese límite inefable que algunos llaman “alma” y, aunque apueste con cautela por una explicación orgánica de la espiritualidad, critica la soberbia cientificista que pretenda una solución universal para todo. Su receta se topa por tanto con el mismo límite contra el que siempre chocaron la religión y la filosofía. Sin embargo, en lugar de regodearse en la falta de sentido y la nada existencialista, no deja de insistir en que la galopante intrascendencia del género humano conduce a una comprensión más rica y profunda, puesto que lo que perdemos en egocentrismo queda equilibrado por la sorpresa y el asombro: “El destronamiento del centro de nosotros mismos no me parece deprimente; me parece mágico”. La tarea de la ciencia es seguir descubriendo. Al terminar su lectura, lo único que lamento es haber dedicado tanto tiempo a los Foucault de turno existiendo libros como los de Lynn Margulis o Bill Bryson, como Atención plena de Winifred Gallagher, o como este de David Eagleman.

17 junio 2013

Las novelas de un literato

Naturaleza de la novela

Luis Goytisolo

Anagrama, 2013. Colección “Argumentos”

ISBN: 978-84-339-6354-3

200 páginas

16,90 €

Premio Anagrama de Ensayo 2013



José María Moraga

El curriculum de Luis Goytisolo como novelista es apabullante: a su monumental tetralogía Antagonía (1973-1981; recogida en un solo volumen en 2011) habría que aunar los premios Biblioteca Breve, de la Crítica y Nacional de Narrativa, obtenidos por distintas obras en distintas décadas. 'A priori', nadie más cortesano ni pulido para encarar la tarea de reflexionar sobre la novela como género literario. A modo de mosquita cojonera, empero, lanzo el siguiente desafío: salga usted ahora mismo a la calle y pregunte quién ha leído algo de Luis Goytisolo. Bingo. No se trata de una refutación de su prestigio o idoneidad para pontificar sobre la novela, sino de una lamentable constatación de su elitismo y desconocimiento para el gran público, ese que al barcelonés parece interesarle más bien poco. Según el menor de los hermanos Goytisolo la novela está en crisis (“Luis Goytisolo y el R.I.P. de la novela”, titulaba El País hace dos meses), la novela del tipo que él lee y escribe, claro. La novela tal y como se ha entendido durante los últimos cuatro siglos está en decadencia porque también lo está la sociedad que la hizo posible: esos prismas rectangulares de papel encuadernado manchado de tinta que en la actualidad se venden por millones… bueno, eso directamente no son novelas. ¿A que empieza a caeros bien este señor?

Con Naturaleza de la novela Goytisolo ha ganado el Premio Anagrama de Ensayo 2013, y aunque se trata de un texto pulcro, compacto, bien argumentado, a la fuerza había de serlo dadas su brevedad y la modesta ambición de su plan como obra. En otras palabras: cuatro ideas muy bien dispuestas, pero no dejan de ser cuatro ideas repetidas, y aquí el reseñador desconfiado podría preguntarse (codazo, codazo, guiño, guiño) si los señores de Anagrama no habrán ido a premiar un nombre “grande” de nuestras letras antes que un texto provocador. Y en comparación con el ensayo premiado en 2012 (Ética de la crueldad de José Ovejero, un texto incómodo y correoso), yo diría que la respuesta es sí.

Suspicacias aparte, entremos a valorar el ensayo de Goytisolo por lo que vale. Lo primero que llama la atención es su brevedad: sólo 166 páginas de “turrón”, impresas con generosos márgenes, de las cuales nada menos que 61 corresponden a fragmentos de otras obras. Se me dirá que para bien argumentar un ensayo son imprescindibles las citas textuales, debidamente referenciadas,  cuando son pertinentes. Pero es que Goyitisolo parece incluir por sistema un fragmentito de cada obra que nombra y, francamente, en algunos casos la pertinencia de estas macrocitas no salta a la vista (no hay empacho, por ejemplo, en plantificarnos cuatro paginazas de Mio Cid, de Proust o Faulkner, que podrían ser igual de ilustrativas que otras cuarenta o cuatrocientas). Releyendo este párrafo me doy cuenta de que no ha sido precisamente laudatorio, y sin embargo Naturaleza de la novela no deja de tener su interés, aunque sólo sea el de proporcionar una distinción entre los novelistas que en el mundo han sido, sean “bíblicos” o “evangélicos”, según su obra guarde similitudes (conscientes o no) con la mitología, el tono y el estilo del Antiguo o el Nuevo Testamento, respectivamente (Balzac bíblico vs. Flaubert evangélico, y así sucesivamente, si al lector le place el jueguito).

Apoyándose en los hombros de gigantes de la Crítica Literaria más rancia (T. S. Eliot, Curtius, Auerbach… a Slavoj Žižek no lo iba a nombrar, para que os hagáis una idea…),  el ensayo explica cómo la novela tiene sus precedentes en la Biblia y en la literatura grecolatina, así como en otras obras narrativas: cantares de gesta, Boccaccio y Dante. Si entramos en el razonamiento del autor y -obviando que en la actualidad cualquier relato en prosa de ficción más o menos largo se considera “novela”- con él definimos novela como una forma de literatura surgida en el occidente cristiano a partir de los siglos XVI y XVII, podremos estar de acuerdo en que los siglos XVIII, XIX y XX fueron los grandes siglos de la gran novela, producida sobre todo en Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia y los Estados Unidos (en España no, al parecer, a no ser por los albores picarescos y El Quijote). Aquí, las filias de Luis Goytisolo le hacen describir Inglaterra como “el país más regular o constante a lo largo de los siglos desde un punto de vista literario” (117), mientras que el resto de la gran producción novelística y la aparición de los grandes nombres que la parieron bascula entre los diferentes países y sus etapas de esplendor, de 1800 a 1950 aproximadamente: la Francia de Balzac, Flaubert, Stendhal y Zola, la Rusia de Tolstoi y Dostoievski, la Alemania de Goethe y Thomas Mann, la América de Melville y Henry James. Curiosamente, entrado en siglo XX, la Santísima Trinidad de la Novela (Proust, Kafka y Joyce) no es adscrita por Goytisolo a sus respectivas realidades o tradiciones nacionales (ni siquiera se menciona que James Joyce fuera irlandés, mientras que para explicar a los novelistas franceses del XIX se hacía imprescindible comprender el concepto de “burguesía”). Tampoco entiendo por qué quedan fuera de este ensayo nombres del calibre de Joseph Conrad o Virginia Woolf (por no hablar de otros italianos o hispanoamericanos), ¿es que no aportaron nada a la novela?, ni por qué la indagación se detiene a mitad del siglo XX. El ‘nouveau roman’ es despachado de medio plumazo, mientras que nada se dice del Boom hispanoamericano ni de la novela posmoderna propiamente dicha: el último libro citado es ¡Absalom, Absalom!, obra de William Faulkner de 1936.

La respuesta a esto último sí parece fácilmente discernible: para Goytisolo la novela está en crisis, por no decir que está acabada; su modelo de novela, que es a la vez síntoma y causante de una época, novela que bebe de la épica grecolatina, de la Biblia, de la literatura provenzal y toscana, del Humanismo… Por tanto para Goytisolo, una vez pasados los titanes decimonónicos (robo el concepto a José-Carlos Mainer) y algún que otro epígono del siglo XX como los ya citados, la novela está agotada/ agotándose porque la sociedad en que nació está ya agotándose/agotada, y por eso cada vez habrá menos lectores (y escritores) de auténticas “novelas”. Si esto es así, ¿qué se vende hoy día por millones, sea en papel o en formato digital? ¿Qué son entonces las obras de Dan Brown, George R. R. Martin, Stieg Larsson, Carlos Ruiz Zafón o E. L. James? Pues para Luis Goytisolo esto son ‘best-sellers’, un subproducto narrativo fácil y altamente gratificante, cocinado con el (único) objetivo de ganar dinero. Se trata de  entretener a gente con mentalidad adolescente -no ya de educarlos o hacerlos pensar-  a base de proporcionarles emociones fuertes y facilonas, o como diría Janis Joplin, ‘cheap thrills’.

En las páginas finales de Naturaleza de la novela Goytisolo se hace varias preguntas interesantes pero propias de un ‘old-timer’ al que la sociedad de las pantallas le ha cogido con el pie cambiado. Con no rechazar el libro digital, el autor da a entender que su advenimiento y futura hegemonía acabarán con los lectores (desde aquí me ofrezco voluntario para moderar un careo entre Luis Goytisolo y Vicente Luis Mora), y se lamenta de que esto vaya a ser así. No obstante, este tono de jeremiada del epílogo no es el predominante en el ensayo, que constituye más bien una solvente -aunque limitada- indagación histórica acerca del ADN de la novela. En este sentido, encuentro que el último Premio Anagrama de Ensayo podría resultar de mucho interés y utilidad a estudiantes universitarios de la rama de Humanidades en busca de una reflexión propedéutica sobre el género novelístico a lo largo de la historia. También nos gusta a usted y a mí porque nos gustan estas intelectualadas, aunque como estado de la cuestión diste bastante de ser una obra completamente satisfactoria.

15 marzo 2013

Nuestros colegas, los griegos


La desgracia de ser griego

Nikos Dimou

Anagrama, 2012. Colección "Argumentos"

ISBN: 978-84-339-6345-1

104 páginas

11,90 €

Traducción de Vicente Fernández González



Jesús Cotta

Hay pueblos como el español, el griego o el portugués que viven su manera nacional de ser, sea esta lo que sea, de modo problemático. Las tres naciones tienen varias cosas en común: un pasado glorioso, dictaduras y arriba unos vecinos más prósperos y que no le dan tantas vueltas a su manera de ser o que al menos no la consideran un problema. Grecia comparte, además, con España una guerra civil el siglo pasado.

Grecia es, en Europa, un país peculiar, porque no pertenece a ningún grupo grande: ni a los germánicos ni a los escandinavos ni a los eslavos ni a los latinos y, aunque lo griego es, junto con Roma, el cristianismo y el legado de los pueblos bárbaros, uno de los fundadores de nuestra Europa, los griegos no se sienten plenamente europeos, pero tampoco pueden considerarse de otro sitio, porque su sitio, Constantinopla, está en otras manos y ahora lo llaman Estambul ("¿Hasta cuándo seguirás cayendo, Constantinopla?") , aunque no he visto en Grecia ni un solo mapa donde a la antigua capital del Imperio Romano de Oriente se la llame Estambul. Igual que Polonia, que, como decía Juan Pablo II, era latina entre los eslavos y eslava entre los latinos, Grecia es europea entre los orientales y oriental entre los europeos.

Pues bien, en la estupenda traducción de Vicente Fernández González, nos expone Nicos Dimou en forma de estampas, aforismos y breves reflexiones encadenadas por la lógica por qué es una desgracia ser griego y cómo esa desgracia es una de las razones de su fuerza y una de las maneras de salir adelante.

Según él, el griego solo se crece en la amenaza o en la desgracia. Su inercia es estar descontento con el mundo y, solo cuando este lo trata mal, se encuentra, pues, en su salsa.

El autor repasa todo lo griego: pasado, idiosincrasia, familia, religión, sexo, política, su relación con el extranjero y con el medio, etc. Retrata el complejo de inferioridad que muchos griegos sienten ante la grandeza de un pasado que los abruma y que no se atreven a cuestionar ni relativizar y ante el hecho de que ellos, por la ocupación otomana, no participaron de las grandes corrientes culturales europeas.

Una de las soluciones que el autor aporta es que los griegos acepten ser quienes son realmente y no quienes dicen otros que son o quienes quisieran ser. Y, desde luego, tienen razones para estar orgullosos: le dijeron que no al todopoderoso Hitler (cosa que Europa no ha agradecido lo bastante), son herederos directos de la mayor literatura y de un mundo cultural del que todos somos deudores, han sobrevivido como pueblo y como cultura a pesar del olvido de Occidente y de la invasión turca, y tienen una floreciente literatura y música que ya quisieran para sí países europeos más prósperos económicamente.

A lo largo del libro he tenido a veces la sensación de que el autor radiografiaba a los españoles. Con los griegos compartimos esa dificultad para alabar el mérito ajeno, sobre todo si es el de un compatriota en el extranjero, el poner en entredicho la virilidad del otro, el “piensa mal y acertarás”, el poco respeto que les merecen las instituciones y los que están contra ellas, ese deseo de europeizar el propio país, de minusvalorar sus raíces cristianas, de querer ser otra cosa. La lucha que es España, según Luis Rosales, entre hidalgos y pícaros, es en Grecia, según Nicos Dimou, entre la gallardía y la miseria.

En fin, un libro escrito al final de la dictadura y con dardos brillantes y punzantes y desde el amor a su país al que quiere proteger de lo falso, del victimismo, de la incapacidad, porque el autor, como todos los griegos que he conocido (y he conocido muchos) ama mucho a su país cuanto más lo critica. En eso también se parecen a los españoles, solo que aquí el amor natural a esta sana identidad cultural que es la patria se disimula tontamente porque no está bien visto.

Bienvenido sea este libro en estos días en que Grecia solo sale en las noticias como la enferma de Europa. Grecia es mucho más que eso: una gran nación que ha sobrevivido a todo y que saldrá adelante por el empuje y la creatividad de su gente más que por la acción de los políticos europeos y griegos. Aquello que la afea también la hace hermosa, porque en el defecto está muchas veces la raíz de la virtud.

25 febrero 2013

Existe y yo lo conozco...


Limónov

Emmanuel Carrère

Anagrama, 2012. Colección "Panorama de Narrativas"

ISBN: 978-84-339-7855-4

396 páginas

19,90 €

Traducción de Jaime Zulaika

Prix des Prix 2011, Premio Renaudot, Premio de la Lengua Francesa


Sara Mesa

¿Quién es Limónov? ¿Quién es ese hombre que nos mira con severidad desde la cubierta de este libro, con atuendo militar, la mano posada en una máquina de escribir, girado hacia la cámara en un rincón de su desangelado escritorio? Es un personaje real, se apresura a decirnos Emmanuel Carrère desde el primer momento, “existe y yo lo conozco...”, un personaje fascinante, complejo, contradictorio, excesivo, testarudo hasta la idiotez, inigualable en todo caso... La atracción que tal sujeto genera en el autor de De vidas ajenas o El adversario es tan honda que el lector se siente contagiado de inmediato. El resultado es cautivador: el libro se lee más como una novela que como una biografía, y diría más: como una novela de aventuras, una novela apasionante protagonizada por un hombre que, de no ser porque basta con "googlearpara verificar su existencia real, parece sacado de un ejercicio de imaginación extrema.

Biografía novelada o novela biográfica... los libros que cabalgan en la hibridación de géneros suelen mostrar perfiles muy interesantes... En este caso, el propio Carrère, aunque siempre de fondo, se nos presenta también como un personaje de la obra. Carrère, que a principio de los 80 se sintió profundamente atraído por Limónov -cuando el escritor ruso era “el niño mimado del mundo literario parisino (...) nuestro bárbaro, nuestro gamberro: le adorábamos”-, se reencuentra con él años después y decide escribir sobre su agitada vida. De modo que el libro se convierte también en una historia sobre la propia escritura, sobre el por qué de esa fascinación que reside en la personalidad completa de Limónov, con todas sus luces y sus no pocas sombras.

Contradicción pura. Asombro. Admiración, pero también repulsa. Sentiremos todo esto al leer el libro. Carrère y Limónov cara a cara, en un combate desigual en el que obviamente ganará el segundo, el audaz, el apasionado, frente al papel de bobo aburguesado que el francés se atribuye a sí mismo. Pero Carrère se retira pronto y deja todo el protagonismo al ruso, para contarnos su vida en varios capítulos que abarcan desde 1943 a 2003, y que se ubican en diversos escenarios: Ucrania, Moscú, Nueva York, París, Sarajevo... Y en este recorrido, aparecen todos los perfiles de Eduard Savenko, el nombre auténtico de nuestro Limónov: desde fundador del partido extremista nacional-bolchevique, a poeta de vanguardia en sus años de juventud; desde mendigo en las calles de Nueva York, viviendo entre la picaresca y una sexualidad sórdida y desenfrenada, a romántico empedernido capaz de amar intensamente a una mujer durante años; desde escritor de prestigio 'underground' con sus escandalosos libros autobiográficos, a preso en la Rusia poscomunista por tenencia ilegal de armas; desde mayordomo de un millonario, a francotirador ocasional en la guerra de los Balcanes en apoyo de la causa serbia. Violento y místico, ambicioso pero capaz de renunciar a todo si es preciso, siempre franco, directo y a veces, nos da la impresión, llevado más por el instinto que por la inteligencia: así es Limonóv, o así nos los presenta Carrère. Esplendor y miseria se dan la mano en su peculiar vida, “un tipo sexy, astuto, divertido, que tenía a la vez un aire de marino de juerga y de estrella del rock (...) no era raro que al final de una cena, cuando todo el mundo estaba ebrio menos él, que tenía un aguante prodigioso para el alcohol, hiciera el elogio de Stalin, lo que atribuían a su gusto por la provocación (...) Le gustaba la trifulca, tenía un éxito increíble con las chicas...”. La limpidez de la prosa de Carrère -que muestra una vez más su talento para una escritura pulcra, envolvente y plena de matices-, nos absorbe tanto como las peripecias de su personaje. 

A pesar de los muchos episodios cuestionables de su biografía, Carrère afirma que no juzgará a su personaje. Su libro no está para eso. Bucea en las contradicciones más esenciales del escritor maldito y, por extensión, en las nuestras. En este sentido, creo que la orientación del libro no apunta tanto hacia la comprobación de la veracidad de lo contado (en efecto, Carrère no contrasta las fuentes y el punto de vista predominante es el del propio Limónov), sino hacia el análisis, mucho más escurridizo y subjetivo, de la irremediable atracción que se siente hacia los personajes extremos. No está escribiendo Carrère un reportaje periodístico -aunque haya mucho de su técnica-, ni un ensayo -aunque se encuentren densas reflexiones en la obra-, ni una biografía al uso -aunque haya mucho de ella, en efecto-, sino literatura, pura literatura que no se ancla en más limitaciones que las que el propio autor desea imponerse.

Pero además, este magnífico libro es también un relato sobre la convulsa historia de Rusia de los últimos cincuenta años, una crítica soterrada al aburguesamiento de la clase intelectual y a la interpretación unilateral de la realidad, una indagación en la contradictoria naturaleza humana y un paso más en la sólida trayectoria de uno de los escritores franceses actuales más interesantes. Merece, y mucho, ser leído.

19 febrero 2013

Siempre con ganas de más


El sentido de un final

Julian Barnes

Anagrama, 2012. Colección "Panorama de Narrativas"

ISBN: 978-84-339-7852-3

192 páginas

16,90 €

Traducción de Jaime Zulaika

Premio Man  Booker 2011


Rafael Suárez Plácido

Al final todo cambia. Cuando conocemos todos los detalles de una historia —y me pregunto si llegamos a conocerlos alguna vez—, lo que antes nos parecía inequívocamente que era de una manera, pasa a ser de otra. Probablemente, incluso se trate de todo lo opuesto. ¿Hay alguna defensa ante esa continua posibilidad de errar? No estoy demasiado seguro, pero hablaría del criterio, de una suerte de improvisación, cierta intuición con las personas y las situaciones, o de la experiencia, o de algún modo de inteligencia.

La última novela publicada en España de Julian Barnes (Leicester, 1946) parece interrogarnos sobre este asunto. Y lo hace de la mejor manera posible. Nos cuenta una historia deliberadamente sesgada (no hay mejor manera de manipular una historia que en una novela, ¿qué es el periodismo actual sino una mala novela?) en la que va introduciendo pequeñas variables que nos llevan de aquí para allá. Llegamos a sentir cierta compasión por la vida del narrador, Tony Webster: un ser completamente anodino que en algún momento de su vida llegó a tener sueños de cierta grandeza, la esperanza de que iba a vivir una vida plena de aventuras, cuando era un joven adolescente que había leído a Orwell y a Huxley, y formaba parte de un grupito de cuatro amigos con delirios de cierta grandeza, o cuando se alejó de su confortable casa-nicho en la Inglaterra de los setenta y viajó a Estados Unidos y allí su vida pudo cambiar y ser vida.

Cuando Tony Webster comienza a contarnos su historia, tampoco es que nos engañe. De hecho, él mismo nos advierte que se trata de “algunos recuerdos aproximativos que tiempo ha deformado y transformado en certeza. Aunque ya no tengo la seguridad de que algunos sucesos fueran reales, al menos recuerdo con claridad las impresiones que dejaron. Es lo más lejos que llego.” Y todo es válido, porque de lo que se trata es de hacer vivir al lector las sensaciones que vivió el narrador en cada momento. De hacerle dudar cuando él dudó o creer que había llegado al final del enigma cuando él lo hizo. Aunque él ya conocía todo lo que había pasado y el porqué de las cosas, desde la primera línea de la novela, nos toma de la mano y parece que nos invita a un viaje por su tiempo y nos dice algo así como: “Acompáñeme. Esto es lo que yo he vivido en cada momento: tal cual.” De todas formas, lo que más me ha interesado no es la trama principal de la novela: la relación entre el narrador, Tony, y Verónica, y la posterior de esta con su mejor amigo, Adrian. Esa es la excusa, el viaje que nos lleva por las páginas de El sentido de un final, buscando comprender ese final. Pero lo que realmente nos interesa es eso mismo, el viaje. Y a la manera de Cavafis, el autor nos lleva por lo que fue la vida de Tony Webster, por unos paisajes humanos y urbanos muy próximos a los que debió vivir el propio Julian Barnes. Una época —los años 60, los primeros 70—, en la que era posible que cuatro jóvenes escolares adolescentes se caracterizaran por sus lecturas, muy diferentes de las que leerían los jóvenes lectores actualmente: “Si Alex había leído a Russell y a Wittgenstein, Adrian había leído a Camus y a Nietzsche. Yo había leído a George Orwell y Aldous Huxley; Colin, a Baudelaire y a Dostoievski.”

Estos jóvenes veían pasar el tiempo esperando que llegara un tiempo en el que realmente les pasaran cosas excitantes, y no dándose cuenta de que aquel era el tiempo en el que estas cosas podrían pasar. En algún momento, sin embargo, tendrían que cortarles las alas, y ese momento fueron los años posteriores de juventud: sus veinte años, en los que su único interés, y lo único que les estaba vedado, era el sexo.

Este momento de la historia de Inglaterra es el mismo que nos cuenta Ian McEwan en su Chesil Beach. Dos novelas diferentes con un mismo protagonista subliminal: el sexo o, para ser más exactos, su permanente ausencia fuera del matrimonio. Inglaterra, aunque no sólo Inglaterra, era un país lastrado por este problema que en Estados Unidos estaba ya bastante superado. De hecho, los dos protagonistas, el de Chesil Beach y el de esta novela, tienen viajes por Norte América que les aportan un poco de aire fresco y les abren al mundo, aunque sólo sea para regresar de nuevo a él.

El hecho es que Tony Webster se casa, tiene una hija, se separa y mantiene una relación más o menos afectuosa con su ex, sin saber muy bien por qué hace todo esto. Podría decirse que sin querer o que por no salirse demasiado de una norma que ha venido siguiendo toda su vida: su deseo de llevar una vida anodina. Es que, en realidad, Julian Barnes, ya desde su primer gran éxito, El loro de Flaubert, que no recuerdo demasiado, aunque sí recuerdo la grata, gratísima sensación que me dejó, no hacía demasiado hincapié en los detalles de la trama, sino más bien en una serie de reflexiones que parece que son lo que realmente desea contarnos. Así ocurre también en El sentido de un final: uno sabe que ha sido zarandeado de un lado a otro de la cubierta del barco, y al final todo ha salido como queríamos demostrar. Es posible que siempre ocurra así cuando se trata de los libros de Julian Barnes: siempre consigue lo que se propone. Aunque eso no quite que lamentemos quedarnos siempre con ganas de más. Así estamos ya: esperando por la próxima novela.

12 febrero 2013

“Bailaremos sin parar… en el mundo entero”


Karnaval

Juan Francisco Ferré

Anagrama, 2012. Colección "Narrativas Hispánicas"

ISBN: 978-84-339-9755-5

536 páginas

24,90 €

Premio Herralde de Novela 2012


José Martínez Ros

Esperaba Karnaval, la nueva novela de Juan Francisco Ferré con muchísimo interés. Su anterior obra, Providence, me pareció deslumbrante: tan excesiva y delirante como ambiciosa, tan extravagante en el habitualmente pudibundo paisaje literario español como deudora de la mejor narrativa norteamericana contemporánea (David Foster Wallace, Thomas Pynchon). En Karnaval, flamante ganadora de la última edición del Premio Herralde, Ferré se atreve a novelar el caso de Dominique Strauss-Kahn, que cruzó las pantallas de televisión y las redacciones de los periódicos hace unos años: el todopoderoso director de FMI, una de las más altas instituciones del mundo globalizado, fue detenido y llevado a juicio por una empleada de origen africano de un lujoso hotel neoyorquino a la que, presuntamente, había intentado violar. Por si eso fuera poco, al tremendo morbo de la noticia se añadía el hecho de que DSK -como lo llama el omnipresente narrador de la novela- sonaba como candidato del partido socialista francés para enfrentarse en las siguientes elecciones a Nicolás Sarkozy, quien se convirtió en el máximo beneficiario del escándalo al ser elegido ante la incomparecencia de su más peligrosos rival. 

Ferré, que es un autor al que se le puede calificar con cualquier adjetivo excepto "tímido" o "miedoso", nos lleva rápidamente a la mente atormentada de DSK, a la de su mujer, sus múltiples amantes, uno de los detectives encargados del caso o la de la propia víctima ofreciéndonos un retablo grotesco de nuestro hipertecnificado e hipercapitalista mundo lleno de un humor feroz, inmisericorde. No obstante, pronto detectamos los problemas de esta novela con vocación de panfleto político, de sátira universal e impugnación absoluta: a pesar de los continuos cambios de perspectiva y escenarios, la novela no avanza, sino que permanece estática en el marasmo que es la mente de DSK; y a pesar de los múltiples protagonistas, tenemos la impresión de que siempre escuchamos la misma voz narrativa, un Ferré transfigurado en un dolorido DSK, siempre en el mismo tono acre y burlón, con la misma voluntad caricaturesca, de modo que, pasados unos centenares de páginas, acaba por resultar fatigosa. Y el DSK de Ferré no consigue (o al menos, a mí no me lo ha parecido) ser fascinante: sus ideas o pseudoideas morales se limitan a un revoltijo de SadeFoucault y unos cuantos bien conocidos profetas de la postmodernidad; sus dogmas económicos y sociales no pasan de lugares comunes y podrían haber sido extraídos, sin problemas, del blog de Paul Krugman. Ferré, quizás, intenta que nos escandalicemos, pero a estas alturas, la sección económica de un periódico nacional es más subversiva (y gore) que todos los ensueños eróticos de Sade. 

Respecto a su estatismo, las novelas de Thomas Bernhard (por ejemplo, en alguna de sus oscuras e infinitamente recomendables obras maestras como Helada Maestros antiguos, quizás la novela con la que más me he reído en mi vida) o, incluso, alguna de las incursiones narrativas de Beckett, a menudo carecen de acción en su sentido más tópico y típico, pero el discurso, la voz narrativa de sus protagonistas -casi siempre excluidos de la sociedad, automarginados, misántropos- era tan radical que se volvía absorbente. Como lector, he de afirmar que, en mi modestísima opinión, DSK es un fracaso: puede que fuera uno de los individuos más poderosos del planeta, pero eso no lo convierte automáticamente en un protagonista interesante, más bien todo lo contrario. El mejor capítulo de Karnaval es, sin duda, en el que Ferré, con el pretexto de un documental sobre el caso, saca a la palestra a Philip RothCamille PagliaMichel Onfray y otra media docena de gurús de nuestro tiempo: la capacidad del autor para fingir la voz de todos ellos queda acreditada (ese capítulo en concreto es divertidísimo), así que no dejamos de lamentar que un escritor del innegable talento de Ferré malgaste tantas páginas en un tipo tan, taaaan aburrido. 

Karnaval es, en resumen, el retrato hecho pedazos de un monstruo demasiado vulgar.

14 enero 2013

¿Eres digno de entrar en tu biblioteca?


Cuatro por cuatro

Sara Mesa

Anagrama, 2012. Colección "Narrativas Hispánicas"

ISBN: 978-84-339-9756-2

270 páginas

17,95 €

Finalista Premio Herralde de Novela



Alejandro Luque

Como no sólo somos lo que comemos, un novelista no es necesariamente lo que lee. Pero tampoco cabe duda de que nuestras lecturas son un reflejo de nuestros intereses, inclinaciones y curiosidades. Si tomamos como botón de muestra las reseñas del blog Estado Crítico firmadas por Sara Mesa en el último año –es decir, en la culminación de su Cuatro por cuatro–, encontraremos algunas referencias para adentrarnos en su última novela, flamante finalista del Premio Herralde: nombres como Hermann UngarHerta Müller o Thomas Bernhard hablan de una atracción hacia los mundos perturbadores y las representaciones del mal, de una concepción de la literatura como llave para adentrarse en las zonas más oscuras del alma humana.

En los comentarios de Sara a Subte, de Rafael Pinedo, leemos: “Estos no son tiempos para la literatura optimista o evasiva. Las distopías, o las utopías perversas, están de moda. Mundos desolados, destrucción, caos, lucha por la supervivencia… una atmósfera narrativa ante la que hoy estamos quizá más receptivos que nunca (¿o es que antes andábamos dormidos y ciegos?)”. No hay mejor modo de introducir Cuatro por cuatro, una historia ambientada en un internado, el Wybrany College, donde conviven alumnos de familias acomodadas y becados de extracción humilde, hijos de trabajadores al servicio del proyecto. En un logrado clima de opresión y aislamiento se desenvuelven personajes sometidos a una estricta jerarquía, dentro de la cual nadie desaprovecha la oportunidad de abusar de sus inferiores, a veces hasta la crueldad.

Pero, como escribe Sara Mesa en su reseña sobre La ética de la crueldad de José Ovejero, “la crueldad, no confundamos, no exige necesariamente la aparición de la violencia física. Lo cruel es una categoría relacionada en cierto grado con la violencia, pero sobre todo con el exceso”. El Wybrany es sin duda excesivo, pero no necesita enfatizar la violencia porque, salvando algún tímido amago de rebeldía, muy pronto sabemos que ésta ha logrado su fin último: la sumisión.

Si la novela hubiera extendido su estructura coral y circular hasta el final,  probablemente se habría adentrado en un callejón sin salida. Acierta en este sentido Sara al introducir, al llegar al centenar de páginas, un salto muy efectivo: pasamos a leer el diario de Isidro Bedragare, profesor del centro algún tiempo después de los hechos narrados en la primera parte, que abrirá una inesperada subtrama para desvelar las terribles verdades que esconden los muros del "colich".

Echando mano de algunos de los “grandes temas bernhardianos” que ella misma reconoció en su reseña de Trastorno –“el suicidio, los dramas familiares, la figura de la hermana oprimida, la corrupción de los sistemas educativos, la búsqueda obsesiva del aislamiento para la consecución de un anhelo artístico que lleva a la locura…”–, Sara logra imprimir un vuelo más que efectivo a la historia, mostrando a un personaje más bien blando, cínico y pusilánime, y preparando el terreno para un desenlace a la vez rotundo y abierto a lecturas diversas.

Añádanle a lo dicho una “prosa acerada y certera” como la de Herta Müller, un lenguaje “despojado de retórica pero impregnado de sentido”, así como una bien administrada dosis de “expresionismo y sordidez” a la Ungar, para obtener una de las mejores sorpresas que nos deparó el pasado año en materia de narrativa española, un paso de gigante en el crecimiento de la autora.

Para no ser acusado de corporativismo facilón, me he esforzado en sacarle un defecto a Cuatro por cuatro. No ha sido fácil, pero he dado con uno de los que subrayo en rojo: el hecho de que la voz de Bedragare sea sospechosamente similar a las voces de la primera parte, lo que resta relieve a los personajes. Por ejemplo, una expresión tan característica como “engurruñar los ojos” se repite en voces distintas a lo largo de la novela. De acuerdo, se trata de un detalle nimio, pero ya advertí que hay que cavar bastante para encontrar flecos en esta obra redonda.

Con Cuatro por cuatro, Sara ha logrado una de las máximas aspiraciones de un escritor, hacerse digno de ingresar en su propia biblioteca. Dicho, lo cual, sólo me queda felicitar a la autora y recomendar su novela con la misma apostilla que ella usó para referirse a su admirado Bohumil Hrabal: "Esperamos más títulos con impaciencia: literatura singular para lectores que buscan libros diferentes".