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08 abril 2013

A ratos Conget se pone serio



La mujer que vigila los Vermeer

José María Conget

Pre-Textos, 2013

ISBN: 978-84-15576-38-9

147 páginas

17 €




Juan Carlos Sierra

Con la de decepciones que se suele llevar uno cuando se deja acariciar por los cantos de sirena de las promociones editoriales, es de agradecer que todavía haya autores como José María Conget, cuya literatura se sustente por ella misma, sin necesidad de campañas de prensa o de extenuantes ‘tours’ de presentaciones por toda la geografía española. La mujer que vigila los Vermeer, el último libro de cuentos del autor aragonés, viene a confirmar -otra vez- la solidez, fiabilidad y fidelidad de una literatura personal, de una prosa sin alambiques ni trampas; en definitiva, la coherencia de una carrera literaria que no necesita de voceros fulleros, sino que se contagia como los virus, en el boca a boca.

Salvo en lo que al humor se refiere, en esta nueva entrega de José María Conget volvemos a encontrar las constantes de su literatura en los últimos años. Por las páginas de La mujer que vigila los Vermeer desfila la sana obsesión de su autor por el cine y el cómic, el autobiografismo -incluso en los relatos menos autobiográficos-, cierto "pelelismo" masculino frente a mujeres de talla moral XXL y, por supuesto, la complejidad de las relaciones entre aquellos y estas. Si bien es cierto que, como se apunta más arriba y como advierte el autor en la dedicatoria, el humor no está tan presente en este libro como en otros recientes de Conget, no hay que olvidar que relatos como "Conspiración" o "¿Lo mío tiene remedio, doctor?" dibujan en el rostro del lector una sonrisa desde el inicio al final de ambos cuentos.

Llama, por tanto, la atención el tono contenido y grave del conjunto de la obra, que alcanza su punto más sombrío en el penúltimo relato titulado "Dos habitaciones", el texto más explícitamente biográfico y más triste, donde se rastrea la huella de la muerte en los espacios que han dejado de habitar dos personas recién fallecidas. También en el ensayo de cuento autobiográfico o de autobiografía de ficción que es "Mi vida en los cines", justo el anterior a "Dos habitaciones", aparecen los fantasmas de la Parca jugando con la memoria de los cines, es decir, de las películas y de la vida que estos han proyectado en la vida del narrador y protagonista.

En todo caso, los caminos que recorren los cuentos recogidos en La mujer que vigila los Vermeer no necesariamente concluyen con la muerte, pero sí en una especie de amargura, de fracaso, de soledad, de frustración,… En este sentido, hay que destacar aquellos que tienen que ver con lo "paraliterario" universitario. Me estoy refiriendo a otro par de cuentos, pero esta vez no consecutivos: "Suaves laderas" y -quizá el mejor del conjunto- "No calls, no letters, no messages". En ambos, sobre una explícita crítica al mundo de quienes se dedican profesionalmente a destripar el hecho literario -y, si se da el caso, a destripar a todo el que se les ponga a tiro-, se impone un relato crudo sobre la soledad y la bilis -no se sabe si fue antes la gallina o el huevo- de quienes como modernos mártires de las letras se crucifican voluntariamente en el madero de los estudios literarios e ignoran, consecuentemente, los códigos más elementales del mundo que se halla fuera de los libros.

Mientras que a estos eruditos ciegos parece que todo lo humano les es ajeno, José María Conget sabe plantear en cada uno de sus textos alguna de las grandes preguntas que inquietan desde siempre al ser humano, especialmente las que tienen que ver con sus relaciones más íntimas. 

23 septiembre 2011

Conocerse a uno mismo


Trilogía de Zabala

José María Conget

Prensas Universitarias de Zaragoza, 2010. Colección "Larumbe"

ISBN: 978-84-15-03173-4

725 páginas

24 €

Edición y prólogo de Ignacio Martínez de Pisón


Rafael Suárez Plácido

Nunca dejaré de preguntarme qué mecanismos conducen a un artista a desnudar su vida (también podría decir su alma, sus grandezas o sus miserias) y mostrarla ante los ojos de los demás. Y lo cierto es que todos los que merecen la pena terminan por hacerlo. El problema es que no obtengo la respuesta, por más que la sé, que me la dicen, que la digo, que la escribo o que la leo o que la intuyo. Desde que leo diarios o poemarios o novelas me pregunto: ¿Cómo pueden publicar esto de ellos mismos o de los demás? ¿Dónde está el pudor? ¿Dónde está el fingidor?

En 1981, la editorial Hiperión publica quadrupedumque, primera novela del aragonés José María Conget, que realiza el viaje iniciático inverso al usual desde hacía unos años: joven español cuenta en una novela ambientada en Lima, cómo jóvenes europeos, cultos y con ganas de vivir, se abren camino en el Perú desde la nada. Ya habían pasado los años más intensos del boom, pero el destino habitual era París, o Barcelona a lo sumo. Todo lo que se sabía de Perú estaba tamizado por las lecturas de algunos de sus narradores esenciales. Hoy, treinta años después, tenemos en nuestras manos el volumen: Trilogía de Zabala (Universidad de Zaragoza. Colección Larumbe), que incluye dicho libro, ahora con el título Quadrupedumque, y los posteriores Comentarios (marginales) a la Guerra de las Galias y Gaudeamus, publicados también por primera vez en la citada Hiperión. Lo primero que se me ocurre es obvio: es una muy buena noticia recuperar esos libros agotadísimos en librerías y objeto de culto en las de segunda mano. Ante este lado bueno, contraponemos un problema: va a ser muy difícil que este libro llegue a las librerías de fuera de Aragón. Y hace falta.

Sí, hace falta porque tras estos tres primeros libros que ya fue creando expectativas reales sobre el autor, aparecieron las novelas Todas la mujeres (Alfaguara, 1989 y Paréntesis, 2009), Palabras de familia (Pre-textos, 1995), Hasta el fin de los cuentos (Pre-textos, 1998) y los libros de relatos Bar de anarquistas y La ciudad desplazada (también en Pre-textos), que han ido aumentando el número de lectores de su obra que ya no tenían acceso a esas primeras novelas.

Quadrupedumque (la mayúscula inicial es una decisión de Ignacio Martínez de Pisón, responsable de esta edición y autor del prólogo que la acompaña) es una novela sorprendente, en todos los sentidos, para el lector actual. También para los lectores del resto de su obra. Son fragmentos, aparentemente orales, que comienzan en medio de una oración y que van avanzando sin mayúsculas discursivas, sin puntos, sin más pausas que comas, guiones y paréntesis. La sintaxis de la oración escrita se rompe. Esto ya había pasado en otros autores y era una marca de estilo que entonces interesaba al autor. Se podría hablar de técnica de 'collage'. Los textos van surgiendo y no es hasta bien avanzados que descubrimos quién los refiere o cuáles son los personajes que intervienen.

Siempre es importante, en Conget, el paisaje de sus ciudades. La historia transcurre en Lima. Si le preguntáramos al autor por dos de sus tres aficiones favoritas, seguramente nos diría: ir al cine y viajar. La tercera es más cuestionable y supongo que dependerá del momento. Pero una buena parte de su vida lo ha pasado viajando y esto es patente en sus libros. La joven pareja que forman Miguel Zabala y Tana marchan a Lima prácticamente con lo puesto. Viven en casas de amigos hasta que encuentran trabajo: él como profesor de francés en la Universidad y ella dando clases particulares de inglés. Mientras tanto viven la vida limeña: es tiempo de convulsiones políticas, ascenso del APRA y revueltas constantes en las calles. Todas estas situaciones los van alejando y ellos, aunque parecen darse cuenta, no saben o no pueden ponerle remedio. Los cantos de sirenas que oye Miguel, alter ego del autor, le atraen de manera que no sabe incluir a Tana en estos momentos de su vida. Hay dos personajes que me atrajeron mucho. Se trata, en primer lugar, de Francois, francés, profesor compañero de Miguel en la facultad, el personaje más interesante de la novela. Inconsecuente hasta la nausea a veces pero consciente de serlo en todo momento. Quizá Miguel añora su libertad. Quizá Francois añora la estabilidad que debiera tener Miguel. Tampoco queda claro. Los personajes, las personas, que más me interesan no son blancos o negros. Son como son y, además de los dos protagonistas, presencias o ausencias constantes en todas sus novelas, es el personaje más logrado de toda su obra. El otro personaje que más me ha interesado de Quadrupedumque es utis. Sí, así se llama este desdoble del propio Miguel. A veces Miguel; a veces utis. Una especie de conciencia que advierte al protagonista constantemente del peligro que entraña su aventura: perder a Tana, perder a quien más quiere o, incluso, a la única persona a la que quiere en esos momentos. Los demás personajes femeninos del libro no me han interesado demasiado. Son un medio para que estos tres (o cuatro, depende de utis) protagonistas vayan contándonos sus vidas.

Hay dos momentos que valdrían por sí solos la novela. Son los fragmentos más largos de la historia. El primero es de Miguel y el segundo de Tana, van seguidos. Ambos presienten lo que va a ocurrir: la ruptura. Ninguno de los dos hace demasiado por remediarlo. Miguel asume los tópicos de la joven progresía de aquellos años. Tana no los comprende. Los asume porque ya ha decidido que es con Miguel con quien quiere pasar la vida, pero no termina de entenderlo. Le pide que escriba. Sabe que tiene que hacerlo para terminar de ser feliz, de comprender el momento que vive. Inicié estas líneas con la pregunta ¿por qué escribimos sobre nuestras vidas? Tana me responde: para tratar de comprendernos.

La forma narrativa es el otro gran tema de Conget. La voluntad de estilo; el desarrollo del monólogo interior; el estilo indirecto libre, libérrimo; el deseo de transcribir lo que se habla, más aun: lo que se piensa. Hay quien ha escrito que Conget es un narrador postmoderno. No sé. Quizás en estas novelas sí lo sea. El deseo de romper con todos los esquemas prefijados por la norma, por la sintaxis. El ritmo, los dejes peruanos de otros personajes frente a la prosodia aragonesa de los protagonistas. Todo esto está en Quadrupedumque.

Fue cuando escribía la segunda novela, Comentarios (marginales) a la Guerra de las Galias, cuando empezó a valorar la idea de la trilogía. La primera novela estaba ideada y publicada como una obra en sí misma. Diría que lo es, que puede serlo. Pero el segundo libro aclara muchos aspectos de ella. La primera parte es un recorrido por el terreno de la infancia: Zaragoza; sus padres; su tía tan querida a la que sintió como se siente a una madre; su abuela; la perplejidad del niño ante el paso del tiempo: del pasado al presente; su ingreso en el infierno gobernado por los jesuitas; los veranos: el único tiempo en que sintió que fue feliz. Puede parecer una infancia tópica, pero se apresura a aclarar que no lo fue: “No siento aquellos años como una patria añorada.” En la segunda parte tenemos al Zabala del presente: profesor en un instituto en Cádiz, separado de Tana y angustiado por sus últimas palabras: “¿Pero tú quién eres?” Es el momento de irlo descubriendo y lo hará y comparando su presente con el que podría haber sido. El humor también está siempre presente. La profesión que asumía aunque no le gustaran los métodos. En el título se recogen esos comentarios a la Guerra de las Galias que emparentaban sus años de profesor en Cádiz con los de alumno en los jesuitas de Zaragoza: los materiales eran los mismos. ¿Cómo podían interesar a adolescentes que no entendían nada de lo que aprendían casi de memoria? En la tercera parte vuelve a dar la voz a Tana, que también repasa el tiempo incierto de la infancia y que en Zaragoza o en Barcelona no deja de sentir que su vida tendría que estar junto a él.

La primera parte y la tercera son biografías, noveladas pero biografías de los protagonistas. Entre ellas están las que podrían ser notas de un diario: algunas de ellas nos aclara que tachadas. Sigue siendo el autor preocupado por la forma como si fuera un protagonista más de la novela. En el prólogo que hace a la reedición de su cuarta novela, Todas las mujeres, nos aclara que ya no está tan interesado en esas aventuras formales. Sí, son aventuras formales, pero tienen vida. Una vida que aparece ya como protagonista, en todo su esplendor, en la tercera novela: Gaudeamus.

El inicio del himno universitario sirve a Conget para transportarnos a los años de estudiante en la Universidad de Zaragoza. Los otros protagonistas ya han aparecido escuetamente en los libros anteriores: Rafa Carnicer en Quadrupedumque y Juan Lizalde en los Comentarios… La entrada en escena de Carnicer es colosal. El resto no demasiado. La vida de Zabala, aun inmerso en ese laberinto del infierno que fue el colegio, se debate entre el amor y el respeto a su familia, la pasión por los tebeos, el cine y los libros, y el deseo de explorar el cuerpo femenino. Quizá sea este Gaudeamus el libro que más me ha gustado de los tres. Quizá también de toda su obra. Las sensaciones encontradas que le producía María Eugenia, su amor platónico de entonces son muy asumibles. Las dudas: el asco y la fascinación que sentía ante Carnicer. Y el amigo de toda la infancia, Lizalde, siempre ahí, con unos referentes tan cercanos. Las primeras tertulias, las primeras copas, la impotencia… Querer ser y no poder serlo tantas veces. Al final de esta novela se produce el encuentro con Tana. No se deja ver claramente, pero se presiente que a partir de ahí todo va a ser diferente.

La Trilogía de Zabala es el libro de José María Conget que todos debiéramos conocer. No se trata de conocer una época, ni a un autor fascinante: se trata de empezar a conocernos a nosotros mismos.

02 septiembre 2010

Vida y obra

La ciudad desplazada

José María Conget

Pre-textos, 2010

ISBN: 978-84-92913-37-4

174 páginas

15 euros




Juan Carlos Sierra

Este año 2010 la cofradía de los ‘congetianos’ está de enhorabuena, ya que en apenas tres meses se ha podido topar con dos títulos nuevos del escritor aragonés: Espectros, parpadeos y Shazam! – publicado por la editorial sevillana Point de lunettes-, un libro que recoge artículos dispersos aquí y allá sobre literatura, cine y comics –sus tres pasiones-, y La ciudad desplazada, un conjunto de cuentos auténticamente ‘made in’ José María Conget.

Quien conozca un poco la biografía de este escritor zaragozano sabrá que, tras su paso por algunas de las ciudades en las que uno siempre ha soñado vivir, es decir, Nueva York, Londres y París, dejó las maletas aparcadas en Sevilla; que el mismo año que se jubiló de su puesto como profesor de Secundaria sufrió un infarto, del que se encuentra felizmente recuperado; que, como ya se ha dicho antes, atesora una vasta cultura literaria, cinematográfica y de TBOs; que, aun habiendo dejado muy pronto su ciudad natal, Zaragoza, mantiene casa en su ciudad natal y una relación estrecha con algunos de sus paisanos -José Luis Borau, Ignacio Martínez de Pisón y todos los escritores del ‘maño-power’-.

Pues, bien, en cada uno de los relatos que componen La ciudad desplazada se pueden detectar todas estas circunstancias biográficas de José María Conget. Verbi gratia, ‘Despedida’ donde el protagonista guarda cama, temores y despedidas en la UCI por un infarto, ‘El cazador de libros’ en el que aparece la obsesión por la literatura desde “un rascacielos de Lexington Avenue con la calle 42”, ‘Fútbol antiguo’ que saca a la luz de la escritura nostalgias familiares zaragocistas, ‘Quillomamona’, que habla de un profesor de Secundaria a punto de jubilarse o ‘La ciudad desplazada’ que no es otra que Londres contemplada desde la distancia del tiempo y de la literatura.

Visto y dicho así, cualquiera podría concluir que estamos ante unos textos sin aparente interés literario y muy apetitosos para los amantes de los chismes sobre escritores. Sin embargo, quedarse en esta lectura superficial no solo perjudicaría al lector, sino que además estaríamos cometiendo una injusticia contra el autor y su obra.

Por encima o por debajo de lo eminentemente biográfico, que entiendo que no sirve más que de muleta donde apoyar el artificio literario, se encuentra lo que de verdad le interesa explicar a José María Conget. Se podía decir que a partir de la anécdota, más o menos cercana a la vida del autor, cada uno de los cuentos trata de poner sobre la mesa un perfil determinado, un matiz distinto de la condición humana cuando se enfrenta a una de sus emociones más determinantes, el amor. Pero entendiendo a éste en un sentido muy amplio: el viaje por las aduanas conflictivas entre el amor y la amistad –‘Variaciones sobre un tema’ o ‘Navarra-104’-, su capacidad para desbaratar otros amores, digamos, más literarios –‘El cazador de libros’-, sus relaciones con el azar –‘Encuentro casual en una estación de autobuses’-, sus intersecciones con la nostalgia –‘Fútbol antiguo’ e incluso ‘Despedida- o las caras insospechadas que nos presenta cuando menos lo esperamos –‘Quillomamona’-.

Y, por supuesto, el amor a la literatura, al juego de la ficción que baraja las cartas de lo real y de lo imaginado, de la vida y del sueño, como ocurre en el relato que le da título al libro –‘La ciudad desplazada-. Todo un aviso a navegantes o, más bien, para polizones chismosos de este libro.

¿Qué es verdad y qué es invención? ¿Dónde empieza el sueño y acaba la vida –o viceversa-? ¿Cuándo habla el Conget persona y cuándo el personaje? ¿Acaso la propia biografía no es una novela de una calidad literaria decepcionante?

Menos mal que en las manos de José María Conget estamos literariamente a salvo.

10 mayo 2010

Vida y pasión

Espectros, parpadeos y shazam!

José María Conget

Point de lunettes, 2010

ISBN: 978-84-96058-43-9

275 págs.

15 euros.




Rafael Suárez Plácido

Tengo amigos y conocidos que dicen que nunca leen los artículos de prensa. No les puedo reprochar demasiado. Casi siempre dicen lo mismo sobre los mismos temas. Además, sabiendo el nombre del periódico sabes si van a estar a favor o en contra de algo, porque casi siempre se escribe a favor o en contra de algo. Parece que nadie duda. Parece que nadie reconoce que en la mayoría de las ocasiones se trata de una cuestión de gustos. Hay quien dice también que la mejor prosa española está en estos artículos. Lo que pasa es que casi siempre lo dicen los propios articulistas y, claro, así es muy difícil llegar a algo. Pongamos el caso de los artículos culturales: reseñas o textos de fondo, o textos para catálogos. Cada uno es libre de buscar en ellos lo que quiera. Yo busco noticias de realidades que desconozco, que me abran puertas a un autor nuevo, que me ofrezcan un disco que hubiera pasado desapercibido, o que alguien realmente me convenza de que tengo que ir a ver esa película o esa exposición.

Cuando supe que saldría una recopilación de artículos sobre literatura, cine y tebeos de José María Conget (Zaragoza, 1948) sentí una tremenda curiosidad. Conocía algunas de sus opiniones sobre estos temas y quería saber qué habría de esas opiniones en este libro. La editorial Point de lunettes lleva varios años sacando libros en los que el diseño y el trabajo tipográfico es impecable. Recuerdo que asistí a la primera presentación de sus libros, hace unos años, en la librería Antonio Machado de Sevilla. Y, ciertamente, me alegra que sigan con el mismo empeño en editar bien buenos libros.

José María Conget es uno de esos escritores que hay que conocer. Sus novelas son de las más interesantes que se publican hace años en España. Gaudeamus (Hiperión, 1986) es un ajuste de cuentas con la rígida educación recibida en la España tardo-franquista en una ciudad de provincias, el libro que muchos otros hubieran deseado escribir para mostrar todo lo que vivieron. Recientemente ha reeditado Todas las mujeres (Paréntesis, 2009), otra de sus novelas mejores, en la que el cine es un protagonista más de la acción. En 2002 sacó adelante un proyecto único, Viento de cine (Hiperíón), que realmente son dos libros: la antología de poesía castellana y cine del siglo XX, y las notas correspondientes, que uno no deja de leer desde entonces, (aunque eche en falta alguna nota sobre Jean Seberg). Otro libro que hay que mencionar para elaborar esta reseña es El Olor de Los Tebeos (Pre-textos, 2004). En su prólogo nos dice algo que hay que tener muy en cuenta: “¿por qué y para qué escribimos?” Tras hacer un repaso a algunas de las respuestas más tópicas (yo me quedaría con “para que nos quieran”, de Genet), concluye que él escribe para mostrar “el agradecimiento a personas, libros, películas y músicas” (y tebeos). Los artículos de Espectros, parpadeos y shazam! (Point de lunettes, 2010) son una muestra más de ese agradecimiento. Pero pasemos a hablar del libro, que se divide en tres series:

En “Espectros” nos ofrece artículos sobre libros o escritores. No habla de los que considera mejores o más interesantes, sino de los autores que han tenido mayor relevancia en su biografía, como el teósofo Roso de Luna, al que cita en Gaudeamus, o las páginas llenas de cariño y admiración por Carmen de Zulueta, a la que todavía hay que descubrir. Sus referencias al grupo de Bloomsbury también son deliciosas, como las que dedica a Chaves Nogales o al semidesconocido Ramón Carnicer. En el lado opuesto encontramos referencias negativas a cierta poesía de Juan Ramón, o de Juan Goytisolo, a Umbral, Cela, algunos poetas del silencio (que no nombra) u otros que surgen en torno al Opus, o de ciertos años del Premio Cervantes o de los autores que aceptan premios amañados. No defrauda mis expectativas, al contrario. Me gusta saber que hay autores consecuentes con lo que piensan.

La serie “Parpadeos” habla de sus relaciones con el mundo del cine que, en Todas las mujeres, ya se vio que era algo muy parecido a sus relaciones con la vida. Me encanta el texto “Tiernos camaradas” donde escribe sobre el cine y la libertad, en el marco de la caza de brujas y con la excusa del libro inédito en castellano de Patrick McGiligan y Paul Buhle, de entrevistas a los supervivientes de aquel lamentable proceso. También de la libertad se habla en “Buñuel en el púlpito” o en “La nostalgia de los cachorros”, homenaje al grupo de exiliados en México que rodó En el balcón vacío (1960), con la participación de algunos de los personajes más interesantes del momento: Emilio Prados, María Luisa Elío (que escribió sobre esos años Tiempo), Jomí García Ascott (que la dirigió), García Riera, Tomás Segovia, Álvaro Mutis, García Márquez… En algunos de estos textos asoma el humor, irónico y fino, como cuando inicia un artículo: “Que la justicia norteamericana es inmisericorde lo demuestra la película La milla verde donde los condenados a muerte, además de aproximarse día a día a la silla eléctrica, tienen que padecer de guardián al llorón de Tom Hanks.” Pero el artículo que prefiero es el que dedica a la familia iraní Makhmalbaf (Moshem, Samira, Hana, Maysam y Marziyeh), que han ido cosechando éxitos, casi heroicos, en los principales festivales europeos, y que es también un homenaje a su propia familia, a su hija Rebeca Conget, que se dedica a la distribución de cine extranjero en Estados Unidos.

En la tercera parte, “Shazam!”, escribe sobre tebeos. Los artículos que dedica a los tebeos españoles nos evocan a los que pudimos conocerlos una época más hermosa, en la que nos perdíamos en las páginas de nuestras revistas favoritas. Algunos de mis amigos, yo también, pensamos que somos como somos por culpa de un tal Vázquez que llenó nuestras infancias con algunas de las historias más locas y absurdas. Conget habla también de los principales autores extranjeros: Hergé, Pratt, Schulz, o de las relaciones entre el tebeo y el Arte.

En realidad, Conget no nos habla de libros, ni de películas ni de tebeos. Nos habla de eso, sí, pero de mucho más que eso. Conget nos cuenta la vida de un niño que vivió entre los tebeos que le compraba su tía y las películas que veía en sesión doble o matinal; de un adolescente que sumó los libros (la poesía, las historias) a su vida; de un adulto que nunca ha renunciado a sus pasiones y las ha transmitido a quienes han querido escucharle, igual que ahora nos ofrece su vida, sus pasiones, a todos nosotros.

16 julio 2009

Conget recuperado

Todas las mujeres.

José María Conget.

Editorial Paréntesis.
ISBN: 978-84-937-1353-9

186 páginas.
13 euros.


Juan Carlos Sierra

Hay escritores de corto recorrido comercial –muchas veces casi por propia iniciativa-, pero de largo aliento literario y considerable legión de fieles lectores a prueba de tsunamis editoriales. Éstos, los lectores, forman una especie de cofradía, de tribu literaria, al modo de las urbanas y adolescentes, que comparten guiños, gestos y, por supuesto, fetiche. Una de esta suerte de hermandades literarias es la de los ‘congetianos’, aquellos que desde Quadrupedumque, allá por el principio de los años 80, hasta Pont d’Alma, en 2007, le siguen los pasos al aragonés, pero también gaditano, limeño, londinense, neoyorkino, parisino y, de momento, sevillano José María Conget.
En este club de los congetianos hay grados. Están los hermanos mayores, que tenían edad literaria y lectora en los ochenta, es decir, los afortunados que han podido seguir los títulos de José María Conget según iban apareciendo; y luego estamos los que lo hemos descubierto más tarde y que, por las reglas del mercado, nos hemos tenido que conformar con lo que se iba publicando desde nuestro primer encuentro en adelante, porque muchos de los primeros libros de Conget solo se consiguen con fortuna en alguna librería de viejo.
Por eso, cuando la recién inaugurada editorial Paréntesis incluyó en su catálogo Todas las mujeres, título recuperado al cabo de los veinte años de su primera publicación en Alfaguara, algunos de los hermanos menores de la hermandad congetiana, para celebrarlo, bajamos al supermercado a comprar una botella de lambrusco, que en estos tiempos de crisis anda bastante barato. Y en ese estado medio ebrio, medio eufórico, nos pusimos a leer Todas las mujeres. El problema más importante de esta primera lectura fue la cantidad de erratas –incluso las teóricamente corregidas por el autor- que salían al paso, que uno no sabía si achacarlas al lambrusco o a una edición deficiente.
A pesar de ello y al margen de lo que tradicionalmente ha dicho la crítica de este libro –novela generacional, cinéfila, “de amores y de risas”,…- los congetianos de nuevo cuño nos topamos con un José María Conget hijo de su época literaria ochentera: periodos sintácticos extensos, a veces farragosos, y cierto experimentalismo, sobre todo en la fragmentación de la linealidad y de la voz narrativas. Pero también estaba el Conget que ya conocíamos por libros como Palabras de familia, Bar de anarquistas o Una cita con Borges, el de la prosa poderosa, el del gusto por contar historias, el del humor a flor de piel narrativa.
Además de todo esto, quizá lo más interesante de Todas las mujeres sea, en este tiempo de supuesta muerte de la novela, la reflexión sobre el oficio de escribir que planea a lo largo de todo el texto, que nos lleva a otra de las constantes que los congetianos admiramos en José María Conget: su capacidad para cuestionarse a sí mismo como escritor con altas dosis de lucidez, su tendencia a no tomarse demasiado en serio; en definitiva, su humildad.
Por otra parte, en estos tiempos posmodernos de confusión de géneros, Todas las mujeres supone una suerte de anticipación, ya que en ella Conget –ya a finales de los ochenta- confunde a propósito lo epistolar con la memoria y, en cierto sentido, el ensayo –la autocrítica literaria- para, a pesar de todo ello, componer una novela redonda.
Los hermanos de la cofradía congetiana seguimos aprendiendo cómo se hace buena literatura y disfrutando de ella en manos de José María Conget. Para los que aún no lo conocen, la reedición de Todas las mujeres puede ser una buena oportunidad de ingresar en la hermandad.