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15 julio 2013

Monumento al detective desconocido

Os hemos engañado. Todavía nos quedaba un 'bonus track' en la recámara de las reseñas especiales por el IV Aniversario de EC. Pero no deja de tener su sentido que sea este cántico al albañil de las letras, a la literatura 'pulp' en definitiva, el que expíe, de verdad, los pecados lectores de los estadistas. Y es que, como comprobarán al final, nuestro Ilya U. Topper tiene más razón que un santo... Disfruten con este monumento al detective desconocido.


Ilya U. Topper

Llego tarde a entregar esta reseña. Padecía lo que los analistas llaman un suspense de creatividad estructural: se trataba, me dijeron, de airear un pecado o pecadillo literario. Y resulta que no recordaba ningún libro que me haya gustado y del que me avergüence, o viceversa, lo que, espero, se interprete como señal de buen gusto, y no de falta de vergüenza (aunque cualquiera sabe).  Cuando por fin caí y recordé uno, el problema se agrandó: no recordaba ni autor ni título.

Es por eso que ustedes verán aquí una portada marrón absolutamente anodina, y pensarán que les quiero dar gato por liebre, pero juro por todos los santos, empezando por Simon Templar, que es una fotografía real de un libro, y que no la he sacado de una tienda de atrezo digital. La fotografía, digo. El libro sí. Lo compró mi buen amigo Daniel Iriarte en las callejuelas del barrio de Tarlabasi -ese barrio del centro de Estambul donde filmaríamos un año más tarde un cortometraje ambientado en la guerra civil de Grozni, porque las calles daban el pego- a un señor que vendía libros al peso. Dani me trajo al menos cinco o seis kilos que, alineados en mi estantería, daban una excelente impresión de adusto aburrimiento, exactamente lo que necesitábamos para decorar el espacio vital de un disidente de Karayumurtistán Occidental con una debilidad por las transexuales de Estambul a punto de ser asesinado por un pistolero a sueldo capaz de despachar a un adversario con el canto de un terrón de azúcar.

Tras el fin del rodaje, y ante la difusa promesa de Dani de que vendría a recoger los volúmenes cuando le diera tiempo, junto con la camisa de mi asesino (que hoy es una de las mejores piezas de mi armario: el hombre siempre tuvo mejor gusto que yo en el vestir), empecé a hojear por distracción las obras, todas encuadernadas en el mismo falso cuero marrón, y descubrí que muchas eran en inglés y contenían historias de detectives y malhechores. Algunas manchetas ubicaban las ediciones originales en los años treinta, tanto en Nueva York como en Londres,  pero era algo difícil de determinar por la falta de pericia de los encuadernadores, probablemente analfabetos: muchas historias empezaban en medio, o terminaban en medio, justo en el momento de abrirse el ataúd con el falso muerto, aunque con suerte descubrías que seguían cincuenta páginas más adelante, y dándole la vuelta al libro para leerlo al revés. El peor en este sentido era el de relatos de Agatha Christie, aunque no importaba gran cosa, porque en las historias de doña Agatha, de todas formas el único capaz de seguir el hilo narrativo es Hercule Poirot.

Al final encontré dos o tres volúmenes con historias bastante completas, ubicadas en Nueva York, y en las que el típico detective privado persigue, pistola en mano, a mafiosos, millonarios con instintos asesinos y traficantes, encajando unos cuantos golpes en la nariz por el camino y contemplando a pelirrojas en vestidos transparentes (que es esencialmente lo más lejos que llega el erotismo literario norteamericano antes de cambiar de denominación de categoría). No recuerdo el autor -o los autores, porque creo que hubo varios, aunque indistinguibles- , me consta que no aparecían en internet y tampoco puedo comprobarlo ahora, porque al cabo de releer todas las obras varias veces al derecho y al revés -en el sentido literal de la palabra-  resolví que los volúmenes eran ideales para equilibrar el colchón de mi cama donde sobresalía por encima del armazón de hierro (que había tenido que capar con la rotaflex para subirlo por el hueco de la escalera). Allí, en tan inconspicuo lugar, los alcanzaría meses más tarde su destino, al romperse una tubería en la cocina e inundarse el piso entero. Sólo salvé de las densas capas de moho un ejemplar de The Saint, clásico casi tan inmortal como su protagonista, al que no había conocido hasta entonces. (Eso, no haberlo conocido antes, sí es el algo de lo que me avergüenzo, no el disfrutarlo hasta la saciedad, frase por frase, envidiar su impenetrable calma y su imperecedero estilo frente a al negro ojo de las pistolas). 

Sí tuve que despedirme de todas las aventuras de Leonidas Witherall, aunque sigo admirando profundamente a alguien (Phoebe Atwood Taylor, alias Alice Tilton, 1909–1976) capaz de crear un jubilado maestro de escuela, clavado a William Shakespeare, autor secreto de famosas radionovelas centradas en el ficticio lugarteniente Hazeltine y obligado en cada entrega a resolver un asesinato cuyo autor indudable es, a ojos de la policía, él mismo. Y alguien que de paso, mientras  se balancea en la cuerda floja entre el cuchillo del auténtico asesino y la silla eléctrica, es capaz de arrancarle al lector carcajadas. Hercule no duraría ni dos párrafos contra Leonidas.

Pero no quería hablar de los clásicos. Ni tampoco de esa otra autora, británica esa vez, que en los años cincuenta fue capaz de inventarse una pareja de asesinos a sueldo homosexuales, para darles un toque cercano y entrañable, profundamente humano. Y luego dicen que Brokeback Mountain.

No: mi homenaje va a ese autor o autores que no figuran en ninguna enciclopedia, que estaban obligados a repetir, mes tras mes (si tanto tiempo les otorgaba el editor) el mismo modelo de industrial amenazado, esposa desconfiada, amante de cabaret, traficante de droga, ladrón de diamantes y policía corrupto, una tras otra vez. Literatura que no deja huella. Literatura sin más pretensiones que, por parte de uno, comer caliente y del otro, pasar una tarde de verano sin pensar en su propia pequeña vida. Literatura de la más modesta y la más honesta. Metería presos a estafadores alquimistas que se creen guías de la humanidad, pero pondría un monumento al obrero de la máquina de escribir.  Y modesto no quiere decir fácil: aunque la trama no hace falta complicarla más allá del triángulo de sospechas, el estilo sí debe ser ágil y los diálogos, chispeantes, si uno quiere que el lector vuelve a decidirse por el mismo autor en el kiosco de la siguiente estación de trenes.

Recuerdo -y de eso sí me avergüenzo un poco- que a los veintidós años, y con la irreverencia imprescindible en un periodista cultural de esa edad, pregunté en una conferencia de Juan José Millas si no creía que gente como Andreu Martin mostraba mucho más oficio a la hora de narrar que unos cuantos grandes nombres premiados (entre los que no habría incluido al propio Millás hasta que publicara Dos mujeres en Praga). No recuerdo su respuesta. Tampoco puedo decir que sea muy fan de Martin, demasiado lúgubre para mi gusto.

Pero mantengo que el trabajo del albañil de las letras tiene su sudor. Un gran escritor puede fabular sobre su infancia o cualquier otra torre de marfil. Un autor de novela negra del tres al cuarto debe mantener siempre una mano en el pulso de la sociedad que le rodea, porque si la ambientación no funciona, el lector no se creerá las pistas falsas. En este oficio, lo primero es saber pintar bien el decorado. Y ese autor anónimo nunca podrá permitirse el lujo de volverse aburrido, insoportable, encadenador de frases incomprensibles, buzo de profundidades filosóficas insondables. No puede arrastrar al lector hacia un lugar donde no ocurra nada ni ocurrirá nada y hacerle creer que ese círculo vacío es el ángulo recto de la L de Literatura. Eso es algo que queda reservado a los grandes escritores, que quieren ver sus nombres impresos en tarjetones suecos.

Me quedo con un diálogo de uno de aquellos tomos amarillentos que, según aprendí hoy de Luque, se llaman 'pulp' en americano, y lo pongo por testigo que a veces son esas obras sin nombre ni gloria las que mejor resisten el paso del tiempo. Imagínense a un detective, manoseando inquieto su pistola en el bolsillo de la chaqueta, tomándose un café con un periodista local en un bar demasiado cerca del muelle, donde el sindicato del crimen descarga los fajos de droga que luego se almacenarán en la casa de un diputado:

- Te lo he advertido: no vayas. Te pegarán un tiro y la policía estará encantada.
- ¿Me dices que están todos compinchados?
- Todos.
- Pero eso hay que denunciarlo. Tú trabajas en un periódico. Los periódicos están para informar al público. ¿Por qué no lo destapáis?
- ¿Ves ahí enfrente la casa de putas? ¿Sí? Pues ¿sabes cuál es la única diferencia entre nuestra redacción y esa casa? Que nosotros no tenemos un piano en el vestíbulo.

Aún en 2013, tiene más razón que un santo. Más razón que Simon Templar. Que es, como ya habrán adivinado si se han fijado en las pistas que sembré, quien se oculta tras la portada que ustedes ven arriba (Follow the Saint, Leslie Charteris, 1939, edición de 1959). Los villanos en este libro son completamente imaginarios y no tienen relación con ninguna persona viva.

12 julio 2013

Una bolsita de gravilla, por favor

Nos ha costado sonsacarle a Sara Mesa un pecadillo de juventud lectora pero una vez abierto el tarro de las esencias... resulta que la vocación escritora de nuestra laureada estadista fue ¡Isabel Allende! Así que pasen y lean esta desgarradora confesión de un pasado lector ecléctico como pocos y que terminará, como no puede ser de otra forma, en lapidación. Ponemos así fin, con este broche de oro, a esta serie de reseñas especiales motivadas por el IV Aniversario de Estado Crítico. Esperamos que las hayan disfrutado.



Sara Mesa

Lo confieso: si no es por la presión de algún que otro estadista contumaz no hubiese escrito jamás este texto. Qué le vamos a hacer, una a veces se avergüenza de su pasado. Pero luego viene eso tan sano de la vergüenza torera y de dar la cara y reírse de una misma, así que aquí estoy, admitiendo mi devoción adolescente por esa escritora sonrojante a la que –que sí, que sí- tanto debo en mi formación lectora. A ver: se trata de leer con entusiasmo, ¿no? Con devoción. Con pasión. Pues eso, sí, ni más ni menos es lo que me pasó a mí con Isabel Allende. ¿Me excusa el hecho de tener 15, 16 años cuando empecé a leerla? ¡Espero que sí! Con esa edad espongiforme yo devoraba todo lo que caía en mis manos. Qué veranos aquellos en los que no podía salir con mis amigos y tenía que refugiarme en los libros… lo mismo Agatha Christie que Dostoievsky, Martin Vigil que Cortázar, Herman Hesse que Flaubert, la revista Nuevo Vale –que compraba a escondidas- que La conjura de los necios… Cuando digo todo, es TODO, independientemente de que lo entendiese o no… ¡pero si hasta me leí de cabo a rabo El año del peluquín, de Santiago Carrillo, porque lo regalaban con el periódico, o las selecciones del Reader’s Digest de los años 50 que encontré en casa de mi tía abuela! Así que, por un lado, suplico el perdón para esta chica despistada y un pelín aburrida (¡captatio benevolentiae, por favor!), pero por otro, ya que estamos, tengo que ser sincera y admitir mi pecado: a mí de verdad lo que en realidad me atrapaba, más que ninguna otra cosa, más que las aventuras de Raskolnikov o los conejitos de la carta de una señorita en París, eran aquellas novelas de amores tremendos, fantasmas, mujeres brujas, sexo más o menos explícito y trama más o menos política que leí y releí ¿cinco? ¿seis? ¿diez veces?... Ah, todavía recuerdo mi fervor por La casa de los espíritus, por De amor y de sombra y por aquellos cuentos que, en fin, sí, admito que me parecían una auténtica obra de arte: me refiero a los de la almibarada, tramposa y cursi Eva Luna.

De hecho, venga, voy a echar los restos aquí con más confesiones. Siempre digo que fui una lectora voraz pero que jamás, nunca, me planteé que podría llegar a escribir algún día. Más allá de mis infumables diarios, no fue hasta llegar a la treintena que sentí verdaderamente ese impulso de sentarme a escribir mis propias historias. Jamás fui una escritora precoz. Pero cuando digo esto, también miento un pelín. En realidad, el primer impulso, todavía incipiente pero el primero al fin y al cabo, lo tuve leyendo a Isabel Allende… ¿podría yo hacer algo similar, me dije? ¿Podría yo contar historias como las de ella? Copiaba párrafos de sus novelas para aprender… cuántos adjetivos tan intensos, qué sintaxis tan envolvente, qué encantadores me parecían sus personajes encantadores y qué retorcidos sus personajes retorcidos. Isabel Allende fue mi primera maestra… ¡era mi modelo! ¡Cuánto me indigné cuando vi que no le dedicaban ni un mísero párrafo en la sección de literatura hispanoamericana de mi manual de historia de la literatura! Alejo Carpentier, sí, Gabriela Mistral, y Rulfo, y Borges, y más recientitos García Márquez y Vargas Llosa, estupendo… pero ¿dónde dejaban a Isabel Allende? ¿A quién se le había olvidado incluirla? ¡Esa gente no sabía nada de libros! Aquella jovencísima Sara Mesa no podía entenderlo.

Más adelante las cosas fueron cambiando y ya con 18 años cayó en mis manos Paula, el libro en que la Allende relataba la enfermedad y muerte de su hija. Ahí el tufillo empezó a ser demasiado evidente y una alarmita se encendió en mi cabeza todavía considerablemente hueca: ¿no era aquello demasiado morboso? ¿Estaba la escritora tendiéndonos una trampa melodramática? Sin dudar del verdadero dolor que una madre siente ante una tragedia así, ¿no era aquel libro innecesario? A mí desde luego me generó rechazo. Me aparté. Y poco después empecé a renegar de toda su obra. Me da la sensación además de que todo lo que vino después era aún peor, sustancialmente peor. Pero, ¿tenían aquellas primeras novelas que yo leí algún valor? Debería releerlas para contestar con propiedad, aunque intuyo que literariamente hablando no son más que plastiquete del barato (codazo, codazo, guiño, guiño, para los compañeros Luque y Moraga). Y sin embargo, seamos justos: no pasa nada por leer librillos como estos. A esta que les habla no le ha impedido posteriormente leer otras cosas. Incluso escribir y todo, bajo premisas estéticas radicalmente distintas. Todo sirve, todo contribuye. Por qué no. Está claro que Isabel Allende no debía estar en el canon de mi manual de literatura. Pero quizá tampoco deberían estar otros que conocemos, contemporáneos nuestros, en los canones de la crítica actual. Si vamos a ponernos en plan de lapidar a autores (al modo 'naïf' de La vida de Brian, faltaría más) no solo deberíamos ensañarnos con escritoras como Isabel Allende: otros más encumbrados también se merecerían lo suyo. Así que todos a comprar bolsitas de gravilla y barbas postizas...

11 julio 2013

Gala fue mi Beatriz

Probablemente el más sentido, afectado y prosopopéyico de nuestros estadistas, Manolo Haro, nos desvela los vergonzantes orígenes de su impostado lirismo: Antonio Gala. No nos extraña que la lectura compulsiva de El cuaderno de la Dama de Otoño haya trastornado tanto a este crítico, meándrico y genial, hasta el punto de que, echadas ya unas cuantas canas, aún habita el galismo en algún lugar de su subconsciente, como se desprende del documento gráfico adjunto a esta particular confesión de juventud.


Manolo Haro

En el año 1988 yo tenía quince años. En el instituto, un hombre sin cuello y un pijama (sic) a modo de chándal nos impartía clases de Educación Física. Era un individuo ridículo, fondón y con una voz aflautada cruzada por la urgencia de un ladrido animal. Nunca lo vi correr. Corríamos nosotros por él y por el mundo entero. Cuando hicimos los dos mil metros bajo un sol extrañamente justiciero en el octubre de principios de curso, y algunos nos aproximamos a la línea de llegada exhaustos y con el bofe fuera, nos daba la siguiente explicación: “Los síntomas de desfallecimiento después de una carrera son las arcadas y los vómitos en "escopetaso"”. La belleza vivía lejos de todo aquello. Nada había en mi vida cotidiana que llenara las ansias de sentir el limbo majestuoso de lo lírico en las cosas cercanas. Yo, como podrán inferir, tenía sensibilidad. La biblioteca del pueblo era un lugar a cuyo interior se ingresaba por un callejón maloliente y oscuro, tapizado por bragas y pinzas rotas que caían de los tendales del vecindario. Allí dentro me encontré con el libro de un tipo que me entusiasmó con su lirismo desmedido, más propio de un adolescente aventajado en los estudios que de un señor de 55 años. Era el Cuaderno de la dama de Otoño de Antonio Gala.

Lo recuerdo remotamente. Se trataba de una serie de reflexiones en torno a temas como el amor, la amistad, la poesía y algún que otro asunto de actualidad dirigidos a esa cursi Dama de Otoño que actuaba de interlocutora muda para el antojadizo Gala. También andaban por esas páginas unos ñoños perros a los que el escritor les dedicaba algunas líneas de reconocimiento cariñoso. Ante la pregunta que me hago hoy de cómo caí bajo los encantos de la prosa del pseudocordobés, sólo puedo responder que mi mala suerte cruzada por cierta tendencia al pasteleo "postpúber" me llevó a esta cima del ensayo lírico. En ciertas ocasiones, al tratar con algunos colegas sobre las lecturas que nos cambiaron la vida, estos han afirmado que a esa edad descubrieron a Borges y a Cortázar. En aquella época yo ya había leído los Apuntes Carpetovetónicos de Cela porque un compañero de la EGB descubrió un filón para los motes en un libro que apenas entendíamos, aunque nos hiciera reír con apodos como "Cabezabuque" y estar trufado de pollas y coños que nos deslumbraban en la apatía general de la disciplina religiosa. Pero, tras la lectura de este Cuaderno de la Dama de Otoño, mi mirada y cultura literaria de entonces me llevó a perseguir a Gala en todas las manifestaciones que tuvieran acomodo en las estanterías de la biblioteca municipal. El bibliotecario, hombre sensible y amante de Elisabeth Taylor (no en vano un día me confesó que su ilusión era traer a la actriz a San Juan de Aznalfarache para homenajearla como ella se merecía), había hecho acopio de todo lo que un joven de pueblo delicado tenía que leer. Así, dentro de una edición de "lujo" de Clásicos Hispánicos de la editorial Cátedra, en el prólogo de no sé qué obra del escritor, encontré una anécdota biográfica que, en lugar de hacerme odiarlo, lo subió al cielo de lo audaz. En tal estudio introductorio se contaba que el muchacho recibió la noticia de su licenciatura en Derecho a la temprana edad de 18 años de boca de su padre una mañana en la que aún estaba en la cama. Su respuesta fue: “Y para eso me despiertas”. Esta contestación, que hubiera sido suficiente como para hartar de hostias al "licenciadito" Gala, provocó en mí un empeoramiento de mi "galismo". Resultado de este nuevo deslumbramiento: volver a leer el jodido Cuaderno de la Dama de Otoño.

Lo mantuve conmigo todo el curso de 1988-1989. Renovación tras renovación, el bibliotecario –que, a pesar de ser un fervoroso lector de Antonio Gala, veía desmedida esa admiración mía por un sólo título– me conminó a hincarle el diente a otros autores como los Álvarez Quintero o Jacinto Benavente. Nada. Yo incondicional a mi Dama de Otoño. Incluso, a la manera de Avellaneda, hice un Cuaderno apócrifo en el que yo también me dirigía a la Dama de Otoño y le explicaba mi desazón vital en los difíciles años de la adolescencia. Desconozco quién me salvó de aquella enfermedad. A principios de los 90, Jesús Quintero entrevistaba a Gala en un programa de Canal Sur llamado Trece noches que yo veía con devoción. Aquello también era para haberse "matao"; Quintero fumando en un estudio de televisión, con los ojos entornados perennemente, haciendo el teatrito de molestar a un Antonio Gala locuaz e impostado que hablaba sobre los mismos temas de los que trataba mi libro de cabecera. Lo consideré el súmmum de la inteligencia lírica. Mis padres no podían creer que yo estuviera clavado delante del televisor como si aquello fuera el asesinato de Kennedy. Pueden ver en la foto que acompaña el texto que mi devoción por Antonio Gala aún habita en algún lugar de mi subconsciente.


A día de hoy, Gala me parece que ha realizado una labor literaria que ha satisfecho las querencias de muchas personas heridas de ese lirismo extremo que sólo me tocó durante una época de mi vida. Cuando el destino hizo encontrarme con la Gran Literatura y emparentarme con mis amigos letraheridos más exigentes, desdeñé este sonrojante pasado como lector. No volvería a hacerlo; lo juro. Pero he de agradecerle que me salvara momentáneamente de las arcadas y el vómito en "escopetaso" que anunciaba ese rapsoda empijamado del que hablé al inicio de la reseña. Lean a Nabokov, 'my friends', y déjense de tonterías.

10 julio 2013

La adolescencia de la literatura


Continuando con las reseñas por el IV Aniversario de Estado Crítico, hoy le toca el turno a una lectura vergonzosa clásica de la época adolescente: Richard Bach. ¿Quién no ha visto de joven sus obras Juan Salvador Gaviota e Ilusiones en las estanterias de  casa? Juan Carlos Sierra sucumbió a ellas en un tórrido verano. No guarda buen recuerdo pero aquella lectura evitó que nuestro estadista tomara otros derroteros bien distintos a los de la literatura...


Juan Carlos Sierra

Debió de ser en el verano del 86, en plena y confusa adolescencia. Por aquel entonces, en las tórridas e interminables horas de la siesta de un pueblo de interior, medio manchego medio andaluz, y agotado todo entretenimiento analógico -porque las TIC no habían entrado aún en nuestra vida-, encontré en la casa de mis padres un libro llamado Ilusiones de un tal Richard Bach. El callejón sin salida del sol cayendo a plomo y del tedio de la tarde infinita me llevó a hacer algo que no contemplaba ni en mis peores pesadillas, ponerme a leer.

Sí, efectivamente, querido lector. Yo era un adolescente que prefería el jaleo de la calle y los amigos al silencio íntimo de la lectura, que pensaba que mi trabajo estaría ligado a una portería en un campo de fútbol y no a la literatura y que -por poner un caso extremo y casi vergonzante- me ahorraba el esfuerzo de leer los bocadillos de los pocos cómics que por aquellos años caían en mis manos. Para completar este breve retrato de desorden adolescente, hay que añadir que, al tiempo que sufría los desequilibrios típicos de una educación sentimental deficitaria, de los tabúes sexuales y morales del momento y de una rebeldía porque sí, tenía la carpeta del instituto decorada con una foto de Lenin y era miembro activo de las Juventudes de Acción Católica, lo cual contribuía a desarrollar en mí una espiritualidad de catecismo y un ramalazo pseudo místico muy acentuado.

Con todos estos ingredientes no es de extrañar que una lectura como Ilusiones calara en mí hondamente; hasta tal punto fue así que al poco tiempo continué con Juan Salvador Gaviota, otro de los 'best-sellers' del escritor -por decir algo- estadounidense Richard Bach

Del primer libro no recuerdo apenas el argumento y del segundo me cuesta trabajo ponerlo en pie. Ambos hechos colocan en mal lugar, empíricamente hablando, tanto a aquellos libros como al lector novato que por entonces era yo. He tenido que recurrir a Google antes de escribir este artículo para reconstruir sus tramas. En esta excursión digital me he encontrado con páginas donde se recogen frases de Ilusiones. Mientras las leía atentamente, el severo juez de uno mismo que llevo dentro le gritaba a aquel adolescente: ¡ridículo, cursi, empalagoso, simplón, vacío, filósofo de Tercera Regional! A la alegoría que plantea Richard Bach en Juan Salvador Gaviota y a aquel primerizo lector se les pueden aplicar los mismos calificativos y parecido sonrojo.

Lo curioso, no obstante, de aquella experiencia lectora fue que me abrió las puertas, quizá por una entrada falsa, al mundo de la literatura, porque, a pesar del bajísimo nivel literario de aquellos libros que ahora reconozco con vergüenza torera, a aquel adolescente despistado de mediados de los ochenta le cuadraron y le ajustaron como anillo al dedo. También he de agradecerles que contribuyeran a que abandonara los vestuarios cargados de testosterona del fútbol patrio, vendiera mis guantes de portero y me retiraran de las Juventudes de Acción Católica.

No sé si recomendaría ahora a un adolescente alérgico a la lectura que se aventurara con aquellos títulos. Quizá los tiempos no están para novelitas ñoñas fronterizas con lo peor de los libros de autoayuda. Aunque nunca se sabe. Todavía en algunos listados de lecturas recomendadas para adolescentes está El Principito, que también se las trae. Pero, como diría Irma la Dulce, esa es otra historia.

09 julio 2013

Como Nick Hornby pero sin churra

Que nuestro estadista José María Moraga es un britanófilo empedernido, es de sobra conocido. Pero de ahí a que sea capaz de tragarse cualquier producto que proceda de la Pérfida Albión hay un paso. Pero aquí lo tenemos confesando su devoción por El diario de Bridget Jones, una obra que le ayudó a entender a la mujer inglesa. A la mujer treintañera gorda, borracha, fumadora compulsiva, torpe y con el reloj biológico disparatado, claro.


José María Moraga

Desde el respeto, supongo que las feministas se habrán horrorizado con el título de esta reseña, y primero que nada me apresuro a darles la razón: antes de que a Germaine Greer o a algún discípulo de Lacan o de Freud (si es que quedan) les dé por tratar de castrarme a mí, confesaré la injusticia de tal título. Pido perdón por semejante barbaridad: ¡decir que Helen Fielding viene a ser una versión de Nick Hornby menos la churra! ¿Cómo he podido? Cuando todo el mundo sabe que Nick Hornby es infinitamente mejor escritor que Helen Fielding…

Lo cual no quita que la novelista inglesa haya escrito unos libros muy divertidos, dignísimos continuadores de la tradición satírica de su país, con un sesgo claramente femenino pero altamente disfrutables por todos los sexos (creo que hay siete, según Kurt Vonnegut). La comparación con Nick Hornby no debería haber sido autor con autor sino libro con libro: así, por impresionista e imprecisa intelectualmente que mi apreciación resulte, el punto de partida de mi afición a Bridget Jones es su razonable paralelismo con otro personaje desafortunado en amores: el Rob Fleming  de Alta fidelidad, nacido igual que Bridget en 1995, en plena época del ‘cool Britannia’.

Ambos personajes son enamoradizos hasta la patología; ambos idealizan a sus parejas pero saben muy bien con quién quieren compartir su vida en realidad. Ambos son perdedores en el sentido ‘loser’ del término: tienen pandillas de amigos bastante peculiares, los dos tienen un éxito moderado en trabajos mediocres que sin embargo les placen bastante. Los dos tienen familias que los acosan con el tema de sentar la cabeza.

Cuando estaba leyendo Alta fidelidad, con veinte años, creo, no paraba de pensar: “¡Dios mío! ¡Como este libro caiga en manos de una mujer estamos perdidos!”, porque me pareció que exponía la masculinidad del revés, como un calcetín. Allí estaban al desnudo todos nuestros miedos, ansiedades, pequeñas ridiculeces, que a diario tratamos de cubrir con una supuesta coraza, especialmente en temas de amores. Cuando leí El diario de Bridget Jones (1996) dos años después, sentí que estaba ante el equivalente femenino de Rob, vaya -ahora sí- el término sin la más mínima intención de desdoro. Sentí esto, porque, además de las similitudes ya apuntadas, ambos eran ridículos hasta resultar entrañables, y muy obsesivos ambos: Rob con sus listas de canciones y Bridget con su diario. Supongo que habrá aglomeraciones para rebatirme este razonamiento, cuya veracidad nunca podré constatar porque nunca llegaré a sentir lo que siente una mujer, pero hasta donde llega mi intuición, creo que no es mal punto de partida para empezar a valorar El diario de Bridget Jones.

Por tanto, no se me ocurre mejor libro para una reseña-aniversario, si como dijo Cotta, se trata de hablar de “obras que, porque eran malas o por lo que sea, no deberían haber[nos] gustado”. A mí El diario de Bridget Jones no debería haberme gustado porque soy un tío, y en principio no pertenezco a la población-objetivo de lectores que probablemente Helen Fielding  y los de Picador tenían en mente cuando la editaron. La novela no es mala: es buenísima: un excelente ejemplo de literatura de género (de un género, la 'chick-lit’, que contribuyó a popularizar hasta lo que es hoy) pero que puede llegar a satisfacer los paladares más variopintos. No hace falta ser una mujer treintañera gorda, borracha, fumadora compulsiva, torpe y con el reloj biológico disparatado para sentir empatía hacia una mujer treintañera gorda, borracha, fumadora compulsiva, torpe y con el reloj biológico disparatado. Antes bien, cualquiera con sentido del humor y un mínimo conocimiento de las convenciones sociales disfrutará a carcajadas de un libro tan bien escrito y (entiendo que) tan realista. Si Carrie (Sexo en Nueva York, 1997) quiere unos zapatos de Manolo Blahnik que cuestan miles de dólares y Belle (Las aventuras íntimas de Belle de Jour, 2005) se gasta miles de libras esterlinas en lencería para calentar a sus clientes, Bridget se conformará con unos peniques para comprarse una botella de vino barato para irse a llorar a su cuarto, aunque en su cándido interior sueñe con los mismos artículos de lujo y experiencias fantásticas que las otras dos ‘glamazonas’.

El gran acierto de El diario de Bridget Jones me sigue pareciendo, más de una década después de haberlo leído, ese formato de diario. Una historia puede verse esclavizada por su carácter epistolar o diarística, pero en este caso el pequeño formato del diario da alas a las vivencias/ocurrencias de Bridget. Lo que empieza como una resolución firme (dejar de fumar, beber menos, mostrarse fría ante los hombres) en una entrada del diario puede quedar sardónicamente obliterado ante la “cuenta de cadáveres” (unidades de alcohol, calorías y cigarrillos consumidos) de la entrada siguiente, exponiendo la debilidad de Bridget, que puede ser la de todos nosotros. Por otro lado, y antes no de la invención de internet pero sí de su hegemonía (no digamos de la web 2.0 de Facebook o Twitter), cada entrada del diario puede ser una excelente cápsula de información con sentido completo, yendo del aforismo al relato breve, según convenga al desarrollo de la trama, que tan a menudo juega también con las elipsis (¿por qué no escribe Bridget en tal fecha?, etc).

El diario de Bridget Jones me encantó, me divertí muchísimo leyéndola, y sucumbí al guiño British-cultureta de la importancia de Orgullo y prejuicio de Jane Austen en toda la trama. Tanto fue así que me leí también la segunda parte Bridget Jones: Sobreviviré (1999), igualmente divertida y acertada en el tono y la finura de las observaciones de Bridget aunque quizás sensiblemente más floja en cuanto a argumento. Pero ¿qué más da? Esto es literatura para disfrutar. ¿Mala? Al contrario: ¡buenísima! Promete una cosa y la cumple a las mil maravillas, y no aliena a media humanidad de potenciales lectores, como ha hecho -por ejemplo- la trilogía de Grey.

La primavera pasada, antes de pensar siquiera en esta reseña-aniversario, nos alegrábamos con la noticia de que Bridget vuelve, de que Helen Fielding va a continuar su historia (que parecía más o menos felizmente cerrada) con otra novela el 10 de octubre, Bridget Jones: Mad About the Boy (sin traducción, por el momento, al español). Poderoso caballero será don dinero que hace resucitar un personaje que funciona perfectamente en caja (y en taquilla: no olvidemos que ya hay dos películas y que no hay dos sin tres), pero ¿quién se resiste a ver si Helen Fielding tiene todavía el ‘knack’, la rara habilidad de tomarles el pulso a las mujeres y hombres de su tiempo? ¿Quién no quiere ver a Bridget años después, probablemente con los mismos problemas u otros nuevos, en la era de Internet? ¿Acaso no resucitoó Conan Doyle a Sherlock Holmes? ¿Acaso no sacó Cervantes una segunda parte de El Quijote una década después?

Para redondear mi confesión: hace doce años me encontraba de Erasmus en Inglaterra y ligaba menos que la gata del Vaticano. Entonces un amigo norteamericano me regaló -con toda la retranca- El diario de Bridget Jones “para ayudarte a entender a la mujer inglesa”. Empecé a leer la novela como una broma y aquí me tenéis recomendándola. Apuntadme en la cola para la que sale en octubre.

08 julio 2013

Soy hijo del Gabo y de San Tranquilino


No es que leer a Gabriel García Márquez sea, en principio, algo de lo que avergonzarse, pero indudablemente El amor en los tiempos del cólera es su obra más controvertida entre los críticos. Catalogada por muchos como un texto ñoño, propio de un culebrón, nuestro estadista Jabo H. Pizarroso se atreve a confesar su adicción a esta novela y cómo su recuerdo aún perdura.



Jabo H. Pizarroso

"El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas", 
Gabriel García Márquez (El amor en los tiempos del cólera)

Tras vestirse de Liquiliqui venezolano, recibir el Nobel en el año 1982, y fotografiarse con el Felipe González de la pana transicionera y la bodeguita preburbuja inmobiliaria, el Gabo se encerró en su casa de Cartagena de Indias y le metió mano a la novela que soñaba con escribir desde hacía grande tiempo atrás.

El amor en los tiempos del cólera es a Gabo lo que Las mejores intenciones es a Bergman, o La forja de un rebelde a Barea. Gabo busca a sus padres en este libro y trenza una historia de amor melodramática, un culebrón latinoamericano, algo que bien podían haber firmado Dago García o incluso Fernando Gaitán, el libretista de Café con aroma de mujer, o Betty, la fea, un relato enraizado en una historia de amor oculto entre dos personas que dura toda la vida, y que empieza y acaba como lo hacen los boleros... "¿Y hasta cuando cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?- le preguntó. Toda la vida-, dijo."

Fermina Daza fumando cigarrillos mentolados en un baño de porcelanas porcelanosas de nácar mientras Juvenal Urbino desrrama a un loro que se le ha escapado a una palmera real, y Florentino Ariza desvirga a una colegiala de trenzas meándricas y kilométricas antes de hacerle el amor y antes de devolverla a la escuela en medio de un caribe de calimas, Úrsulas, Aurelianos y Coroneles que no tienen quienes les escriban. Esta obra del Gabo, decimonónica y daguerrotípica, donde las colchas de cama, los abalorios, las estancias, las galerías de las casas y los alientos huelen a mora y a alcanfor, huelen a trementina y  a acetona, es un melodrama suavón, simple, cursi y lleno de orfebrería  literaria 'made in' garcía-marquez-pop. Según el Gabo es su mejor libro. Y yo estoy de acuerdo con él. García Márquez aquí homenajea ese género del amor y la lágrima que llena las televisiones de medio mundo desde los años ochenta y que viene firmado por escritores y escritoras de latinoamérica. La historia de un hombre que jura amor eterno a una mujer a la que esperará durante toda la vida para seguir demostrándole que le amó en ella, que le amó en todas y en otras, y que le sigue amando, es un libro para adolescentes en las nubes, para chavales y chavalas con pájaros azules en la cabeza.

Neutralizado y extasiado por la prosa de Gabo, me aventuré en este libro antes de meterme al Faulkner de Mientras agonizo entre pecho y espalda como si de una botella de whisky se tratara, y convertirme en un pez. Me metí en este libro seudobarroco, seudoalucinante, antes de follarme vivo, lectoramente hablando, a Reinaldo Arenas y antes de Lezamiarme o ser uno con Víctor Hugues, y estar investido de poderes en un siglo de las luces carpenteriano, antes de Eliseo Diego y Jesús Díaz, antes de estar borracho pero acordarme con Viscarra, y me metí en esa prosa repetitiva del Gabo, esa prosa que no cambia mucho desde que se asienta para la eternidad en Cien años de Soledad, o felicidad como le vi corregir una vez aquella cubierta de cátedra, hasta que noté que la picadura del culebrón El amor en los tiempos del cólera no se quitaba ni con Faulkner, ni con Monterroso, ni con Camus, ni con Anais Nin, ni con cualquier otro antídoto parecido.

Con él único quizá con el que se atemperó la fiebre coleriana, con el único con el que esa fiebre bajaba algunos grados y me permitía ver, y respirar y entrar en otras estancias de otras luces y otros olores y otras flores, fue con Thomas Bernhard y fue con Baroja, pero era eso, y era otra vez y nuevamente Gioconda Belli, que es un García Márquez mujer y sandinista, o Ana Istarú que es un Gabo centroamericano, o incluso César Vallejo, que es un pregabo, pero pasó el tiempo y ya desde el centro justo del caimán, desde Camagüey e incluso desde Isla de Pinos, pude gritar y reír Roque Dalton, pude exclamar también Desnoes, Roberto Arlt, Cortázar, Pizarnik, y Raúl Hernández Novás, pero siempre quedará en mi retrogusto literario un amargo y maravilloso sabor de almendra que me llevará sin cita previa, con nocturnidad, alevosía, y dolo hasta esta novela que comienza de una manera inolvidable y que es para mí como una letanía, un rezo, una sura de almuecín, una oración susurrada al oído, un algo que no sucumbe al olvido ni derrumba el tiempo,… Era inevitable: "El olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados."

05 julio 2013

¿Vos te acordás, Mario?

Alejandro Luque realiza hoy un verdadero esfuerzo crítico para justificar su amor adolescente por la literatura de Mario Benedetti. De hecho, nuestro estadista ofrece en la presente reseña tantísimos argumentos que casi nos ha convencido a todos de que Primavera con una esquina rota es una novela no sólo meritoria sino de lectura recomendable. Y confiamos desde aquí que este cántico a la obra del uruguayo sirva para que la amiga de la madre de nuestro estadista le devuelva el ejemplar que prestó en su día y nunca recuperó.


Alejandro Luque

Quienes me conocieron a los 17 años pueden acreditar dos cosas: que lo de mis rizos en cascada no es una leyenda urbana, y que fui uno de los más fervorosos, por no decir "hartibles", divulgadores de la obra de Mario Benedetti que hayan conocido. Durante mucho tiempo me dediqué a reunir minuciosamente toda su bibliografía –poesía, relatos, novelas, teatro, crítica, periodismo–, vi cuarenta veces El lado oscuro del corazón, acudí a todos los cursos de verano en los que participaba e incluso llegué a ir a Alicante en autobús (cuando Mariluz todavía no había nacido) para asistir durante una semana a una serie de clases magistrales impartidas por él y no despegarme en todo ese tiempo de su vera. Sí, el uruguayo me parecía el no va más, la síntesis perfecta de sensibilidad, compromiso y exigencia literaria, hasta el punto de que llegué a imitarle en poemas en los que voseaba y usaba localismos montevideanos.

Con el tiempo, claro, estos criterios fueron modificándose significativamente. Empecé a detectar carencias, a acusar el abuso de edulcorante en muchos de sus textos, a cansarme del tono 'naïf' de sus poemas (incluyendo la conmoción ante el horroroso comienzo de aquel que decía “Cuando Ayrton Senna se inmoló en Imola...”) o del dogmatismo de sus opiniones, y a acercarme, como suele ser natural, a otros maestros. Defender a Benedetti dejó de ser 'cool', mientras que Borges u Octavio Paz -tan mal vistos entre el progrerío en el que me movía- sí empezaban a serlo. Seguí leyendo los nuevos libros que iba sacando hasta el final de su vida, pero ya con más sentido de la lealtad que verdadero interés.

A la hora de elegir una novela que me haga dar la cara –aun a riesgo de que el rubor me invada– he evitado la tentación de señalar La tregua, que sigue pareciéndome en algunos aspectos muy interesante, y me he decantado por la menos defendible Primavera con una esquina rota, la primera que leí, la primera que me cautivó, la que me pidió prestada una amiga de mi madre y no me devolvió jamás. La obra, como recordarán, se articula a través de capítulos narrados alternativamente por distintos personajes: Santiago, revolucionario apresado y sometido a todo tipo de abusos por los milicos; Graciela, su mujer; Don Rafael, su padre; Beatriz, su hija; Rolando, viejo conocido del matrimonio, que se convertirá en amante de Graciela mientras el esposo está preso; y el propio Mario Benedetti, que narra en primera persona su experiencia como exiliado.

Hay algo que ni siquiera los más corrosivos detractores de Benedetti pueden negarle: la posesión de un estilo propio e inconfundible. Lo malo es que ese tono se infiltra absolutamente por todas partes, de tal suerte que todos los personajes, la niña, el abuelo y cómo no el propio escritor, acaban hablando exactamente igual. Pecado mortal que sigue echando a perder tantas novelas, pues uno de los atributos esenciales de un buen personaje es que tenga su propia voz, armonizada con la voluntad de estilo del autor.

También puede echársele en cara a Benedetti cierta idealización de los personajes, pero eso me parece un reproche secundario. El uruguayo me parece una buena lectura para adolescentes (y para adultos necesitados de cierta base) porque en algún momento todos necesitamos saber quiénes son los buenos y quiénes los malos. Ya habrá tiempo para matizar esas diferencias, para tratar de comprender al adversario o las razones por las cuales algunos países toman inquietantes derroteros. Pero ahí se trataba de contar, y de hacerlo alto y claro, que una serie de sangrientas dictaduras latinoamericanas persiguieron, encarcelaron, torturaron, saquearon y dispersaron en el exilio a sus opositores políticos, violaron a sus mujeres, vendieron a sus hijos, durante décadas. Todo eso no es, que yo sepa, objeto de discusión histórica, y Benedetti supo ver que la novela era el vehículo adecuado para plasmarlo, como los poemas lo fueron para enarbolar consignas en la calle, y los artículos periodísticos para polemizar políticamente.  

Hay dos motivos más para ensayar una defensa del autor de La muerte y otras sorpresas. Uno es su esfuerzo por hacerse inteligible para todos, por “socializar” la literatura más allá incluso de lo que lo hicieron García Márquez o Cortázar. Si a alguien le parece empresa sencilla, le invito a que pruebe en casa a escribir a la vez llano pero estiloso, y con un resultado tan ameno para la abuela como para el sobrino cani. El otro argumento se refiere a una poderosa impresión que me asaltó cuando viajé, hace ya unos años, a Montevideo: observando a los transeúntes en el Mercado del Puerto o en la Plaza Independencia, comprobé que no se parecían a los personajes de Onetti, ni a los de Felisberto Hernández, ni a los de Mario Levrero, sino a los grises, melancólicos y sentimentales burócratas que habitan las páginas de Mario Benedetti.

Tanto tiempo después, no tengo ánimos para recomendar novelas como ésta a quienes me piden consejo, pero tampoco las rubricaría con ningún 'vade retro'. Creo que a Benedetti, como a los primeros maestros, hay que leerlo para huir pronto de él. Y por qué no, volver después sobre sus páginas, y comprobar que algo de su talento, de sus valores y de su fe en la literatura siguen en pie, a pesar de todo.  

04 julio 2013

Cocodrilos en la playa

Cuando se publicó el 'best seller' de Katherine Pancol Los ojos amarillos de los cocodrilos se anunciaba en su faja: "Una novela que no deja a nadie indiferente". Y nuestro estadista José M. López no iba a ser menos. Obligado a leer dicha obra para evitar un conflicto familiar playero, el crítico se tuvo que terminar tragando gran parte de los prejuicios que tenía. He aquí la vergonzante pero divertida crónica de aquel caluroso verano rodeado de suegras y cocodrilos...



José M. López

Como todos sabemos, el verano es época propicia para saborear, por fin, toda una lista de libros apetecibles a los que teníamos pensado hincar el diente durante el invierno pero que, por diferentes causas, no tuvimos el tiempo necesario para leer. Debo confesar que nunca he sido un aficionado radical a la playa, pero, con el tiempo, y debido, en parte, a que mi pareja sí lo es, he aprendido a enmarcar una de mis actividades preferidas, la lectura, en ese extraño entorno de sombrillas, arena y chiringuito. Es más, yo no me limito, a pesar de la tendencia general, a leer en la playa libros livianos y de poco peso. He aprendido, con el tiempo, a compaginar aquel contexto lúdico y soleado con plúmbeas y apasionantes lecturas de esas de desgarrarte el seso. Poco a poco, toda aquella irritante coyuntura que rodeaba mis estancias en la costa se ha ido transformando en un entrono apacible, e incluso potenciador de la concentración necesaria para una agradable tarde de lectura: lo que antes era el fastidioso grito de una madre a su hijo, se torna ahora en ronroneo de fondo necesario para mi abstracción; el antiguo sopor de la canícula es ahora una idónea sensación térmica que me mantiene alerta ante las vicisitudes de la narración; hasta necesito, cada quince o veinte minutos, la interrupción producida por el golpe de una pelota de playa que me golpea furtiva como un necesario descanso tras la lectura de ciertos párrafos de especial intensidad. Bueno, pues aquella mañana de julio bajaba yo a la playa, mi libro cómodamente colocado entre el protector solar y las paletas, para empezar a disfrutar de mi primera lectura estival, pero, amigo Sancho, con los hados, o, más bien, con la familia, nos tuvimos que topar.

Cuando llegué a la arena, la familia de mi novia tenía ya perfectamente erigida su empalizada de sombrillas y sillas de playa. Ya hacía algunos años que me habían otorgado el privilegio de penetrar en ella, pues antes tenía que conformarme con acampar en los alrededores, como soldado advenedizo que aspira a conseguir ese honor. Pues bien, una vez dentro, y tras montar mi propia infraestructura defensiva, me dispuse a sentarme y a relajarme con mi ansiada lectura. Pero entonces observé a mi suegra leyendo una novela en cuya portada había un extraño dibujo de un cocodrilo con un ojo amarillo. Como no podía ser de otra forma, me dispuse a preguntarle por el libro, y ella contestó con un ciceroniano laudo hacia él. Tras ello, y como imponen las normas de cortesía, yo solté un “bueno, pues habrá que leérselo”. No di yo más importancia al asunto, hasta que la tarde siguiente mi novia se acercó con el cocodrilo de ojos amarillos en la mano y me dijo: “toma, mi madre ya se lo ha terminado, dice que te lo presta”. ¡Maldita cortesía, maldita familia y malditos hados! Tenía que posponer mi lista de lecturas ansiadas en pos de una novela de la que ya había oído hablar, y  sobre la que, debo decirlo, volcaba todos y cada uno de mis prejuicios literarios: éxito de ventas, autora de mediana edad, extremadamente 'cool' y, además, francesa. Vamos, una  novela de mujeres para mujeres, y, encima, con  título absurdo que nada tenía que ver con su argumento. Bueno, lo mejor sería acabar con ella cuanto antes, pero, oh Dios, otra nueva bofetada terminó de descorazonarme: tenía cerca de seiscientas páginas.

Con sumo cuidado me fui adentrando en la historia de Jo, una mujer casada y con dos hijas, que nunca ha tenido la entereza de valerse por sí misma, de dar rienda a sus sueños y poner en práctica toda una serie de proyectos que le apasionan y aterran a la vez. Esta mujer se ve abandonada por su marido, por lo que no le queda más remedio que encarar la vida, y estrangular de una vez sus miedos e inseguridades. Al principio, me mostraba reacio ante una historia que me parecía tópica y perfectamente diseñada para un tipo de lector/a muy concreto. Sin embargo, poco a poco, y ayudado por la calidez de una prosa nada torpe, me fui interesando por la protagonista, que si bien al principio me pareció estereotipada y anodina, va ensanchándose con el devenir de las páginas, y cobra una profundidad y calidez humanas considerables. La débil ama de casa que empieza la novela nada tiene que ver con la mujer que encontramos al final del relato. Jo se ha convertido, como la dama medieval que protagoniza  la novela que ella misma escribe, en una heroína cotidiana, a la que hemos acompañado desde el principio, nos hemos reído con ella, hemos sufrido por ella, e incluso, debo reconocerlo, nos hemos emocionado con ella. La narradora ha podido conmigo, me ha manipulado, y me ha obligado, a mi pesar, a encariñarme de esta antiheroína, de esta Woody Allen a la francesa.

La autora sabe perfilar la personalidad de su protagonista haciéndola interesante más que por sus virtudes, por sus defectos. Y estas características que en Jo son profundamente femeninas, trascienden lo particular y se vuelven, en mi opinión, universales, lo que provoca que no me sienta excluido para nada de la historia, y permite que, a pesar de las circunstancias propias del sexo, termine identificándome con esta mujer bondadosa y algo bobalicona.

Sin embargo, y a pesar de que toda la novela gira entorno de la protagonista, encontramos una amplia fauna de personajes no siempre cincelados con la misma fortuna. Muchos de ellos, sobre todo los personajes masculinos, son tipos de una personalidad plana, meros monigotes caracterizados normalmente por un solo defecto. El amante de su hija, por ejemplo, es el típico donjuán patético y engreído; su padrastro, un primitivo nuevo rico de carácter simplón; sus hijas, una la cariñosa y sensible, la otra la harpía con visos de futura 'femme fatale'.

Otro de los aspectos que, en mi opinión, lacra la historia, es su tono excesivamente 'naif'. A pesar de la crueldad de algunas situaciones, siempre hay una amiga para consolar a la protagonista o un caballero andante de jersey de cuello alto que termina salvándola. Hay que reconocer que el excesivo “buenismo” de algunos personajes y la desmesurada sensiblería de algunas escenas no hicieron más que apuntalar los prejuicios que albergaba antes de acercarme al libro.

Sin embargo, y pesar de estos vicios propios de toda obra que aspira a 'best seller', tengo que reconocer que ese inicio de verano, mientras me embriagaba el olor a la brisa salada y a filetes empanados, disfruté con la lectura de este libro. Y es que, a veces, un personaje salva una novela. Y debo admitir que la escritora da vida en el libro a una protagonista con un grado de humanidad tal, que, meses después de haber leído la novela, no estaba seguro de si el personaje de Jo pertenecía a una novela, lo había visto en alguna serie, o es que realmente había conocido a esa mujer.

Al final, y una vez terminada la novela, me di cuenta de que su lectura no había resultado una experiencia tan traumática como esperaba. Cerré el libro y observé con los ojos entornados a esa extraña gente que me rodeaba y que yacía tostada sobre sus toallas. Enterré un poco más mis pies en la abrasante arena y, me quedé dormido acunado por la extraña melodía que conformaban el romper de las olas sobre la orilla y el agudo silbato del vendedor de cuñas de Sanlúcar.

03 julio 2013

No siento las letras

Estamos convencidos de que la mayoría de vosotros no sabía que Sylvester Stallone se había metido a novelista. Al menos, por una vez en su vida, con este Paradise Alley. Pero a nuestro crítico Fran G. Matute no se le escapó en su día la ocasión de comprobar el potencial literario de uno de los iconos de su juventud. Y lo peor de todo es que quedó gratamente sorprendido. He aquí la crónica por la que nuestro estadista más americanizado perderá el poco respeto que le quedaba.


Fran G. Matute

Aunque la historia es sobradamente conocida, nunca está de más recordarla por si hubiera algún despistado. En la ceremonia de entrega de los Oscars correspondientes al año 1976 se produjo un hecho insólito. Un absoluto desconocido, que debutaba con una película de bajo presupuesto que él mismo había escrito y protagonizado, se presentaba aquella noche con diez nominaciones. Contra todo pronóstico, esa película no sólo ganó cuatro Oscars -incluido el de mejor película- sino que se convirtió en un éxito mundial. La película se llamaba Rocky. Hasta aquí la historia oficial. La "otra" historia, más "interesante" si así se quiere ver, es la que cuenta que la verdadera anomalía de aquella noche fue que ese debutante desconocido estaba nominado, a título personal, como mejor actor y como mejor guionista. Desgraciadamente no ganó ninguno de ellos, pero el mero hecho de estar nominado a ambas categorías por la misma película era una carambola del destino que sólo había ocurrido anteriormente en dos ocasiones: con Charles Chaplin y Orson Welles. Sylvester Stallone se colocaba así, de sopetón, a la misma altura que los más grandes cineastas del siglo XX.

En la entrevista que Peter Knobler le hizo a Stallone en enero de 1977 para la revista Crawdaddy se pudo leer la siguiente reflexión acerca de su actuación en Rocky (la traducción, lamentablemente, es mía): "Quizás se deba a que es la primera vez que hemos visto su rostro en la pantalla grande, o quizás sea porque estamos ante un trabajo verdaderamente inspirado, pero la verdad es que una vez vista la película se queda uno con la sensación de que Stallone no está realmente actuando. (...) Porque si estamos ante una verdadera actuación, probablemente sea la mejor del año (...)." No iba muy desencaminado Knobler en su primer análisis y eso que sólo le bastó ver un pase privado de Rocky para olerse la tostada. Con el tiempo supimos que Stallone no había nacido, precisamente, para actuar.

Pero ¿y como guionista? ¿Tenía Stallone algún talento para escribir o el guión de Rocky también fue un golpe de suerte? Hay igualmente una intrahistoria detrás de dicho guión. Se cuenta que Stallone lo escribió en tres desesperados días, tras presenciar el famoso combate de boxeo entre Ali y Chuck Wepner, y que no dejó que el guión viera la luz si no lo protagonizaba él mismo a pesar de las grandes sumas de dinero que le ofrecían los estudios por comprarle el material. El caso es que cuando se estrenó Rocky, el impacto mediático fue tremendo. Pero algunos críticos avispados vieron excesivas reminiscencias entre la historia de Balboa y la de Marty (1953), escrita por el gran Paddy Chayevsky. No parecía que Stallone, a primera vista, fuera un guionista tan original. Pero sí que era efectivo.

Los dos siguientes proyectos en los que Stallone se embarcó tras el éxito de Rocky son bastante interesantes. Por un lado, F.I.S.T. (1978), una muy apañada película que dirigió todo un clásico, Norman Jewison, y que también fue protagonizada y escrita por Stallone, sólo que aquí se hizo acompañar por Joe Eszterhas, que luego terminaría convirtiéndose en el guionista mejor pagado de todos los tiempos y uno de los más prestigiosos de Hollywood. El guión era un verdadero 'tour de force' pues se trataba de una película de dos horas y media que contaba la vida de un sindicalista que ofrecía demasiadas reminiscencias con la historia de ese enigma norteamericano que fue Jimmy Hoffa. Pero la película no alcanzó la fama deseada, de forma que Stallone decidió repetir fórmula (esto de repetir fórmula luego se convertiría en marca de la casa dentro de su filmografía) y se sacó de la manga otro guión con una historia muy parecida a la de Rocky. El film se tituló Paradise Alley (1978) -en España, La cocina del infierno- y aquí el amigo no sólo se conformó con escribirla y protagonizarla si no que se metió también a director y ¡a cantante!, pues el tema principal lo berrea la criatura. Y por fin hemos llegado al origen de la novela que aquí queremos reivindicar.

La película La cocina del infierno fue un fracaso estrepitoso. Pasó sin pena ni gloria y a la crítica no le gustó demasiado. Lo curioso es que es una cinta que no ha envejecido excesivamente mal y ahora conserva cierto culto por el mero hecho de ser el debut como actor de Tom Waits que incluso canta varios temas en su banda sonora. Se rumorea que el guión de Paradise Alley fue escrito por Stallone antes que el de Rocky, pero no fue capaz de colocarlo entre los estudios. Así que a raíz del 'boom' del "potro italiano", a Stallone se le dio carta blanca y decidió que también podía ser novelista y se atrevió a novelizar, para gusto del respetable, aquel guión que descansaba en el cajón y que contaba la historia de tres hermanos italoamericanos que vivían en el Hell's Kitchen, el duro barrio de Nueva York, de 1946.

No escapa a nadie que la historia de Paradise Alley presenta muchos elementos en común con Rocky. Ambas están protagonizada por alguien con no demasiadas luces y ambas son historias de superación personal no gracias al cerebro sino a través de la fuerza física. Luego está la ya citada herencia italoamericana y los orígenes humildes. Y si cambiamos el boxeo por la lucha libre, ser cobrador de deudas por ser repartidor de hielo y Philadelphia por Nueva York, tenemos, en esencia, la misma historia de 'underdogs' que tanto gusta a los americanos.

Sí. Vale. Paradise Alley es prácticamente la misma historia que Rocky. No os voy a engañar. Pero si asumimos lo anterior, tendremos también que compartir las virtudes. Hay una humanidad extraña en los personajes de Stallone. Una pureza que vive en las clases más bajas que él describe y de las que destaca, por encima de todo, la capacidad de trabajo, el compromiso, la confianza en los pactos no escritos. La fuerza de la familia, en la que apoyarse para compartir las penurias y superar adversidades. Esa mezcla de inocencia y picardía. Una bondad, por encima de todo. Una lucha perpetua por superarse. Y es que en el fondo todo forma parte de su propia historia. La de Stallone. Sabe de lo que habla. Lo ha vivido en sus carnes. Así que no necesita que sea original para que nos llegue. Necesita que sea verídico, que seamos capaces de visualizar lo que nos cuenta. Se trata, por tanto, de material válido desde el punto de vista literario. Porque su contenido es auténtico. Es, si así lo queremos ver, realismo sucio, puro y duro.

No seré yo el que defienda la prosa de Stallone. Más que nada porque la traducción que hizo en su día José Luis Álvarez para la editorial Caralt (que fue la edición que yo leí) tampoco era para tirar cohetes. Pero aún así, es fácil comprobar cómo esta novela es más un guión inflado que otra cosa, de ahí que la fluidez narrativa no sea el fuerte de este texto que está construido sobre un cúmulo de imágenes trazadas con brocha gorda. Y los diálogos no son, precisamente, el fuerte de Stallone. Por hacer la gracia, vamos a decir que no sentimos las letras cuando las escribe Stallone. Pero nada de eso impide poder disfrutar de su lectura. Sólo hay que saber descontextualizar al autor y admitir, desde el corazón, que la historia de los hermanos Carboni nos ha calado hondo.

No nos queda muy lejos este texto de uno de John Fante, por poner un ejemplo que sé que escocerá a más de uno. Y tampoco está de más recordar que en la misma colección en la que salió esta novela se publicaron referencias de Nelson Algren, W. R. Burnett, Erskine Caldwell, William Faulkner, Evan Hunter o Larry McMurtry. A nuestro juicio, son estas las coordenadas literarias bajo las que habría que integrar este Paradise Alley de Sylvester Stallone. Pues estamos ante un ejemplo claro de literatura muscular. No les quepa la menor duda. Sólo que en esta ocasión, desgraciadamente, el músculo esté más en el cuerpo del autor que en su cerebro.