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24 julio 2012

Y luego pasa lo que pasa



Vuelos de victoria

Ernesto Cardenal

Visor, 2012. Colección "Visor de poesía"

ISBN: 978-84-7522-191-5

90 páginas

10 €





 Alejandro Luque

Hace unos meses, con motivo de la concesión a Ernesto Cardenal del premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, escribí un texto de defensa de la obra del nicaragüense frente a sus detractores, que protestaron enérgicamente el galardón. Lo que venía a decir es que, aunque me pillan muy lejanos, los epigramas de Cardenal fueron una lectura alentadora de mi juventud. Aquella mezcla de amor y fervor político era justo lo que necesitaba a mis 17 años. Luego me ha divertido reconocerlos, versionados, en lugares tan distintos como un libreto de chirigota, un libro de Juan Bonilla o un muro pintarraqueado, lo que me da a entender que esos poemas han quedado felizmente disueltos en el imaginario popular, son ya de todos. Luego, leí con gusto otros libros suyos, especialmente El estrecho dudoso, que engarza la tradición del Canto general de Neruda con las Crónicas de Quiñones. Su dimensión antropológica, plasmada en títulos como Los ovnis de oro o Quetzalcóatl, también le dan en mi opinión categoría de poeta mayor.

Pero, apenas había terminado de romper esa lanza por el anciano Cardenal, cayó en mis manos un libro suyo, Vuelos de victoria, que data de 1984, aunque no se especifique en la edición de Visor, y que me ha parecido sencillamente infumable. El camarada estadista Jesús Cotta y yo discutimos a menudo sobre el compromiso político en poesía: él cree que en general es un lastre, más pesado cuanto más "progre", yo creo que a veces es indisociable de la vida. Pero en el caso de estos panegíricos a Ortega y la revolución sandinista no puedo sino darle la razón. No los salva ni el fervor del momento histórico, ni el justificado odio al dictador Somoza. Rozan el crimen de lesa literatura, ése que, lejos de prescribir, adquiere agravantes con el paso del tiempo y el decaimiento de las militancias.

En nombre de la celebración del sandinismo, Cardenal descuida el oído, el ritmo (“Y las azafatas/ comienzan a servir la comida de plástico como que si nada”), deja que el prosaísmo ramplón lo invada todo, pero sobre todo incurre en ejercicios de propaganda más bien burdos, hasta casi entrar en el terreno Disney, donde incluso los pececitos y los pájaros saludan al comandante Ortega: “Antes esta belleza estaba como abochornada”, dice sobrevolando el lago de Managua. “Qué bello se ve ahora el país/ Qué hermosa ahora nuestra naturaleza sin Somoza”. E insiste más adelante sobre el mismo escenario, en otro poema: “La liberación no sólo la ansiaban los humanos./ Toda la ecología gemía”.

No se sabe si son peores los comienzos (“Estamos todos muy ocupados/ la verdad es que estamos todos tan ocupados…”) o los finales: “Girando en el espacio negro/ dondequiera que vayamos, vamos bien./ y también/ va bien la Revolución”. Ahorro detalles de los poemas que hablan de la pura actividad política como el titulado "Reunión de gabinete", que describe un consejo de ministros en torno a la amenaza de una plaga de mosquito, o "Reflexiones de un ministro": “Qué se va a hacer. Soy Ministro de Cultura/ y voy a una recepción a la embajada tal…”.

Disculpe el amable lector de Estado Crítico el rotulador grueso con el que voy tachando estrofas enteras de este libro, pero es que de veras no veo por dónde cogerlo, y además estoy a punto de irme de vacaciones. Eso sí, nada más lejos de mi intención desacreditar, también de un plumazo, el hecho histórico de la Revolución nicaragüense. En mi opinión se trató de una necesaria respuesta a una dictadura feroz, apoyada por los intereses de los Estados Unidos, que acabó viendo cómo sus sueños de justicia social degeneraban en una nueva e indefendible oligarquía militar. Tan lógico me parece ilusionarse con los albores de aquella emergente Nicaragua como rechazar su actual deriva, rechazo que por cierto también ha manifestado en numerosas ocasiones un desengañado Ernesto Cardenal.

No todo fue malo, desde luego, en la producción poética de la llamada generación del 40: curioseen entre los poemas de Claribel Alegría, lean a Ernesto Mejía Sánchez, a Joaquín Pasos o a Carlos Martínez Rivas, y no les costará llenarse el bolsillo de perlas. Busquen sobre todo en José Coronel Urtecho, algo así como un hermano mayor de todos los mencionados, para entender que la utopía también ejerció un impulso notable sobre los creadores. Lean al mejor Cardenal, el de los libros citados al principio de esta reseña, muy alejados de la consigna sorda.

Lo que queda patente después de leer estos Vuelos de victoria –vuelos en todo caso bajos, y victoriosos a lo sumo en lo castrense– es aquello que decía el antes mencionado Quiñones: que el talento de la poesía se puede apoyar sobre unas ideas y unos anhelos, pero no ponerse al servicio de un carné ni unas siglas. Porque se empieza escribiendo para ellas, luego se acepta un cargo, se obliga uno a escribir un poco más y más fervorosamente, y luego pasa lo que pasa.