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24 abril 2013

A la vuelta de la esquina


El fin del mundo equivocado

Mauro Corona

Altäir, 2013. Colección "Clásicos Heterodoxos"

ISBN: 978-84-939274-9-3

176 páginas

19 €

Traducción de María Alida Ares Ares


Alejandro Luque

La irrupción en el mercado español, hace un par de años, del escritor Mauro Corona, supuso una de esas buenas noticias que no se prodigan demasiado. Su libro Fantasmasde piedra daba a conocer a uno de esos escasos autores que conjugan una prosa más que brillante, rica, enjundiosa, con una personalidad magnética: escalador, escultor, escritor descubierto, como contamos en su día, nada menos que por Claudio Magris. Un hombre como de otra época, de ese tiempo en que vivíamos en comunión con la Madre Naturaleza, poseedor de secretos ancestrales vedados al urbanita del siglo XXI.

El segundo libro de Corona publicado en nuestro país es muy distinto de aquel fascinante rescate del pasado. Ahora, el escritor de los Dolomitas mira hacia el futuro. Y lo que ve, claro, resulta francamente desasosegante. El libro plantea una sencilla hipótesis, nada descabellada: el mundo, exprimido hasta el límite por la ambición humana, se queda sin carburantes: petróleo, carbón y energía eléctrico. ¿Qué se puede hacer? El invierno de “la muerte blanca y negra” acecha y toda la opulencia acumulada con avaricia por el llamado mundo desarrollado se revela perfectamente inútil. Será necesario recuperar el trabajo manual, casi olvidado, y los modos de vida sencillos y naturales para que la raza sobreviva.
    
El mensaje, de evidente aliento ecológico aunque no ahorra algún mandoble para animalistas extremos, es muy fácil de compartir. La mayor parte de los lectores de esta reseña es consciente de que nos hemos vuelto masa improductiva, peor aún consumidores compulsivos incapaces de arrancarle un tubérculo a la tierra, pescar una lisa mojonera o desplumar un pollo. Hasta los críticos literarios se llevan su merecido en esta visión distópica: “Hasta pocos días atrás, no perdonaban ni una, y si algún autor les caía mal por cualquier motivo, ¡adiós muy buenas!, el crítico declaraba que el libro de Fulanito de Tal era una porquería…”. Sí, para los ricos y los pobres, Corona tiene estopa para todos.

Sin embargo, su relato futurista, fascinante por momentos, muestra algunas fallas. La principal, la facilidad con la que da por abolida la economía a las primeras de cambio. No sólo hablamos del dinero, del valor del oro, que a lo largo de la Historia ha fluctuado de un modo notable según épocas y culturas. No es eso. Algo nos invita a pensar que las estructuras económicas, aunque convulsionadas por la coyuntura extrema que se nos plantea, mutarían sin sucumbir por completo al apocalipsis. Hay otra cuestión discutible, y es la fe de Corona en el efecto redentor de la debacle energética. La cultura judeocristiana, tan arraigada incluso en quienes no profesamos su credo, confía ciegamente en que el hambre, el frío, las privaciones, sacan a la luz lo mejor del ser humano. Pero la experiencia histórica y la intuición sugieren que no siempre es así, que con harta frecuencia la desesperación y el miedo despiertan en nosotros a un animal capaz de las peores bajezas. Es mejor no apostar al mundo feliz en un trance como el que nos propone este libro: carecemos de garantías.

No obstante, vale la pena asomarse a estas páginas y hacerse preguntas. Aunque el autor se vuelva un tanto reiterativo, aunque el estilo no tenga la grandeza de Fantasmas de piedra, se hace necesario mirar hacia el horizonte sin cinismo ni ingenuidad. La fantasía de El fin del mundo equivocado no especula con visitas extraterrestres ni delirios cibernéticos de un futuro remoto: habla de cosas que están a la vuelta de la esquina, y ante las cuales usted y yo, probablemente, nos desenvolveríamos como perfectos inútiles. Sólo por eso vale la pena leerlo. Dicho lo cual, si me lo permiten, les dejo y vuelvo a dedicarme a mis tomates, por si acaso.  

04 abril 2013

Esa dama alta y esquiva



Libre de la tormenta

Javier Sánchez Menéndez

Ediciones de la Isla de Siltolá, 2013

ISBN: 978-84-15039-86-0

10 €

182 páginas




Jesús Cotta


Libre de la tormenta, título sacado de un poema de nuestro Garcilaso, es el tercer libro de un proyecto más ambicioso titulado Fábula acerca de la grandeza de la poesía. Pero no es una poética. El mismo autor parece rechazar el concepto de poética, al menos el de poética convencional, la explicación que cada poeta da de su concepto de poesía. Una cosa es lo que el poeta entiende y otra cosa, según él, es la poesía. La poesía es algo tan alto, que es difícil que un poeta llegue siquiera a tocarla con la punta de los dedos. Pero este libro es, a su modo, también una poética, aunque en un género distinto del habitual.

Para acercarse a la poesía, prefiere el autor, por un lado, leer a los grandes como Dante, Rilke o Juan Ramón o la filosofía de Platón y, por otro, buscarla en medio de las cosas, las palabras y de la vida. En eso reside la virtud y a la vez el defecto del libro.

Virtud porque no manosea la poesía, no pretende que sea lo que él pretende. Tan solo sabe que es la estrella de su vida. La sitúa por encima del amor y de Dios (que él escribe con minúscula), como la única vía para captar la verdadera esencia de las cosas, como una quintaesencia de la vida que hay que aprender a encontrar donde menos uno lo espera y cuando ella quiere. Y defecto porque, si el libro quiere encarecer esa grandeza, no nos dice mucho de ella. Nos habla más bien de la pequeñez de los poetas en comparación con ella. A veces tiene uno la sensación de que pone a la poesía en todo lo alto para poder poner a los poetas en todo lo bajo. Nos dice que va a hablar de lo grande para acabar diciendo que lo grande no se puede explicar, sino solo sugerir y buscar. En vez de encarecer la grandeza de la poesía, que sería más bonito, encarece la pequeñez de los poetas, que no es tan bonito.

Pero, como en el defecto está la virtud, si hubiera sido al revés, no tendría el libro uno de sus encantos: el  de dar una colleja a los poetas por creerse sacerdotes dignos de tan alta señora. A los poetas les pasa como a los curas: que la idea que reverencian y predican es tan sumamente noble, que ellos, con sus miserias, sus ínfulas y sus mediocridades, nunca estarán a la altura. Esa es la maldición del poeta. Qué le vamos a hacer.  Y el autor tiene tan alto concepto de lo que debe ser un poeta, que condena a los poetas a defraudarlo y se condena a sí mismo, porque también él es poeta. Pero sobrelleva su maldición con dignidad y, aunque no nos lo dice, invita a los demás poetas a lo mismo. Aunque casi todos los poetas que conozco son mejores poetas cuanto mejores poetas son, también los hay (y no me estoy salvando de la quema) mendigos del reconocimiento ajeno y resentidos si no lo logran, porque saben que, en realidad, no hay justicia poética. Los más inseguros acaban pensando que no son buenos poetas y los más soberbios que todos son malos críticos. También hay alusiones a eso en el libro, aunque quiero decir que en esa pequeñez del poeta hay algo de grandeza, porque sabe que el reconocimiento ajeno no le va a dar dinero, sino solo a considerarlo digno de la Señora, la poesía.

Lo que piensa Guillermo de Occam de Dios, lo piensa él de la poesía: quien intente hablar de ella está hablando en realidad de otra cosa y quien pretenda haberla alcanzado se engaña, porque, en el mejor de los casos y únicamente si uno es un gran poeta, solo es posible atrapar dos o tres haces de su luz inefable a lo largo de la vida en una decena de poemas como mucho.

Esta actitud no es una mera pose, sino que la adopta él como poeta y como editor. Como poeta, porque su poesía es esa búsqueda, el desconcierto de no encontrar lo que buscaba y encontrarse siempre en el punto de partida. Y como editor, porque se complace en rechazar manuscritos de esos seres pedigüeños que son, según él, los poetas, que escriben más que leen, que encuentran más que buscan. Él prefiere buscar al poeta, pero no le gusta que el poeta lo busque a él, porque lo que él quiere es subir hasta el poeta que valga la pena y no que lo haga bajar quien no vale la pena. Es la poesía la que decide si publicar a un poeta es bajar o subir. La miseria del poeta es la grandeza del editor y viceversa.

El libro, con muchos endecasílabos escondidos en su prosa llana, tiene mucho de diario y de cuaderno de bitácora, pero sin depender de la inmediatez ni de la búsqueda de comentarios que tanto aqueja a tantos blogueros. Se dirige constantemente a un misterioso tú, que no es el lector y que contribuye a crear una distancia entre autor y lector, aunque no una lejanía, porque habla sin lirismos y desnudándose.
Muchas veces el lector se pierde con tanta referencia a asuntos personales y  en clave que solo el que lo conozca bien podría entender. A mucha gente eso le gusta. A mí no me acaba de convencer.

“Escribir poesía es un juego de alto riesgo”, así que dejémonos de versitos. Es lo que viene a decirnos. “Amo la poesía. ¡Odio a los poetas!”, que es como decir: “Amo a Dios, pero no a los curas”. “Quiero morirme solo, entre libros y versos” es su particular repudio del mundo, no solo literario, sino también del político y el social. “Todo es mentira” es un estribillo que le da al libro un aire de desencanto y amargura.

Son muy jugosas las reflexiones, que no se prodigan, en torno a lo que es estilo y calidad en poesía. Eso, viniendo de un editor que cuida al máximo la edición y que no busca el beneficio propio sino solo hacer un servicio a la poesía porque la ama, es valioso y de agradecer por parte de quienes nos afanamos, como él, en estar a la altura sabiendo que nunca lo conseguiremos. “El tono en la obra poética de un autor es una sucesión de matices purificados tras la eliminación de los desvíos”. Suscribo de pe a pa esa afirmación que yo jamás habría sabido poner eso en pie y que demuestra su buen hacer como lector y editor de poesía.

Un libro, en fin, cuyo mérito consiste en girar en torno a lo grande y cuyas limitaciones consisten en no transmitir la grandeza, aunque quizá sea mía la limitación si como crítico no he captado el hecho de que el autor no hace explícito el contenido de lo poético por deferencia al noble asunto al que ha dedicado su vida, su trabajo y su ingenio.

22 diciembre 2011

Una casilla en blanco

Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel

Leonardo Sciascia

Gallo Nero, 2010

ISBN: 978-84-937932-4-1

112 páginas

8 €

Traducción de Julio Reija


Alejandro Luque

Si ustedes tienen previsto pasar por Madrid antes del próximo 27 de febrero, no dejen de visitar la exposición que el Museo Reina Sofía dedica estos días a Raymond Roussel. Muchos descubrirán allí a uno de los escritores más extravagantes de todos los tiempos, capaz de escribir una novela como Locus Solus, sostenida sobre juegos de palabras, afinidades fonéticas y asociaciones arbitrarias, o unas Impresiones de África perfectamente inventadas, para lo cual hubo de olvidar minuciosamente lo que había visto y vivido en sus viajes reales al continente negro.

Roussel fue uno de aquellos ricos herederos de entre siglos, ociosos a tiempo completo, que supieron dilapidar sus fortunas sin renunciar a su curiosidad y al ejercicio de su talento. Su personalidad y su prosa fascinaron, entre otros, a Michel Leiris, a Michel Foucault, a John Ashbery y a nuestro Enrique Vila-Matas, que no desaprovecha ocasión para reivindicarlo. A él se acercó también Leonardo Sciascia, no tanto por afinidades literarias como por un hecho muy significativo: la muerte del parisino en un hotel de Palermo, el 14 de julio de 1933, en oscuras circunstancias.

Sciascia llega a este misterio de un modo casual: un estudioso francés le pidió que le consiguiera el certificado de defunción de Roussel, pero al obtenerlo le llamó la atención que la casilla “causa de la muerte” hubiera quedado en blanco. Esto animó al escritor siciliano a iniciar una serie de pesquisas que, siguiendo la fórmula de novela-investigación, o relato-encuesta (el original 'racconto-inchiesta di ambiente giudiziario' de Manzoni), da lugar a un nuevo concentrado de literatura, historia, política y crimen. ¿Alguien da más en medio centenar de páginas?

Publicada en España por Bruguera en los primeros ochenta, conjuntamente con En tierra de infieles, estas Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel ven la luz de nuevo, ahora como título exento, en una coqueta y muy portátil edición de Gallo Nero, sólo empañada por algunas lamentables faltas de ortografía. Una verdadera lástima, porque tanto las notas como el posfacio de Julio Reija responden a un mimo y una diligencia de los que el corrector de pruebas ha carecido.

Al margen de estos accidentes, el relato reconstruye con precisión la agonía de Roussel en el palermitano Grand Hotel des Palmes, un establecimiento de estilo Liberty en pleno centro de la ciudad donde al parecer Wagner remató su Parsifal. En la habitación 224, ajeno al tráfago de la capital, encontramos al padre de Locus Solus física y mentalmente degradado, acosado por tentaciones suicidas. En ese escenario aparece la figura de una dama con la que Roussel podría tener algo más que una sana vecindad, un camarero al que no se le escapa un detalle, un chófer más bien torvo, un médico de hotel que conocía la inclinación del huésped por los barbitúricos... Y todos estos ingredientes de novela de Agatha Christie acabarán reunidos alrededor del ilustre cadáver de Roussel.

¿Qué atrajo a Sciascia de este caso sin resolver? ¿Sólo el hecho de que un escritor famoso muriera tan cerca, en el corazón de su querida Palermo? ¿La simple curiosidad de una incógnita por despejar? ¿O la antigua simpatía que el siciliano profesó siempre hacia Francia y su cultura? Tal vez influyera todo eso, pero sobre todo una sospecha que se le convierte en reclamo irresistible: que el deceso de Roussel pudiera ser un crimen impune. Y la impunidad para él, como bien supo ver Federico Campbell en La memoria de Sciascia (1989), está siempre estrechamente vinculada con el poder, y en la sumisión de la justicia al poder. En este caso, la justicia chapucera e interesada del fascismo en aquel tórrido verano de 1933; pero podría haber sucedido en tantos lugares y épocas que no es exagerado hablar de lacra universal.

En la mencionada exposición del Reina Sofía, el visitante encontrará, junto a cuadros de Dalí o Max Ernst, manuscritos y objetos diversos, cosas tan curiosas como un vídeo de unos indígenas cocinando a un perro o una galleta a medio corromper que el inventor Camille Flammarion le regaló a Roussel. Ni una palabra, prácticamente, de los intentos de Sciascia por esclarecer qué hubo detrás de la sobredosis que acabó con él. Temo que, para cuando quieran reparar este error, los culpables se encuentren ya demasiado lejos.

11 julio 2011

Cómo matar y seguir viviendo

Carolina León nos rescata una obra tan singular como La condesa sangrienta, a cuarenta años de su escritura. Alejandra Pizarnik escribió, en 1966, esta reseña de un libro publicado en francés en 1962.

Esto puede resultar muy loco pero, en 2011, esta crítica literaria en crisis epistemológica no imagina mejor homenaje para celebrar el II Aniversario de Estado Crítico que hacer una reseña de un libro que nació como una reseña.



Carolina León

Cada vez que alguien admirado rebasa el umbral de los vivos, el mundo se hace un poco más inhabitable. ¿No os pasa así?

Ésta es una sensación que no me llegó a tocar con la muerte de Alejandra Pizarnik, tres años antes de mi nacimiento, y a una edad (36) que ya rebaso. Por tanto, Alejandra, para mí, es la muerta eterna.

Lo es para cualquier lector que se introduzca hoy en su obra. Y lo puede hacer en muy diversos volúmenes (poesía, prosa, diarios) que preparó Lumen, en los principios de esta década, o en esta exquisita edición de La condesa sangrienta (Libros del Zorro Rojo, 2009), con ilustraciones de Santiago Caruso). Antes de esa recuperación, no era fácil leerla en España.

Para celebrar el II Aniversario de este blog, di muchas vueltas a los libros importantes para mí y, en un principio, propuse otro distinto a los camaradas. Que ¿por qué quiero escribir sobre éste? Por cuatro razones:

a) ser un libro menor en las letras en español, de una fabulosa poeta y prosista muy mal /poco leída, hasta hoy, en nuestro país (lectura textual);

b) ser un libro central en mi construcción como lectora, descubierto, a trozos, en una juventud muy antigua en la que estaba enamorándome de la literatura (autobiografía);

c) contener una reseña dentro de la reseña, constituir un excurso de otro texto, y apretujar en pocas páginas lo barroco, lo surrealista, lo psicoanalítico y la gran literatura sobre la melancolía (lectura metaliteraria);

y, por último:

d) ser un texto seminal de una autora que, lejos de morirse de vergüenza, escribe hermosamente sobre asuntos tan turbios como sangre, asesinato, dolor, poder, locura, deseo... (lectura ideológica).

Lo que Alejandra Pizarnik pretende en este libro, que nace como reseña literaria, es explicar otro llamado La condesa sangrienta de Valentine Penrose, editado por primera vez en 1962.

"La condesa sangrienta" es Erzébet Báthory, una condesa húngara, real, que vivió en el siglo XVI y que parece ser que torturó, desangró y mató a más de seiscientas jóvenes de sus dominios, para calmar sus ansias y satisfacer sus deseos. Eso es. Muy edificante. Pizarnik comienza dando algunos datos sobre el libro de Penrose, situando el libro y sus intenciones, en un preludio de lo que se supone será una semblanza literaria; hasta que escribe "... la belleza convulsiva del personaje", y a partir del tercer párrafo se olvida de la reseña para construir su propia historia.

El libro está formado por doce o catorce cuadros -me gusta llamarlos-: breves relatos en los que la narradora describe la vida en el castillo de Csejthe, la rutina malvada de la condesa o sus hábitos asesinos.

El transcurrir del libro se puede representar en una cita: "Ha habido dos metamorfosis: su vestido blanco ahora es rojo y donde hubo una muchacha hay un cadáver". Esta breve frase, muy al principio del libro, ilustra el tipo de prosa en que se sumerge el lector/lectora atrevido. Pocas páginas, muchísima impiedad.

Mediante este tipo de lenguaje, sincrético, simbólico, los "cuadros" del libro construyen al personaje, lo hacen entidad literaria, autosuficiente universo en que el hambre, el hastío, la melancolía, la sombra y el eterno agujero de la existencia se expanden y se realizan. Recordemos, en el proceso de lectura y como medida terapéutica, que el texto nació como una reseña.

Ese proceso no es fácil ni cómodo: implica que nos salgamos de los constructos del humanismo y leamos de manera despersonalizada: dentro de un contexto simbólico en el que las palabras se desmaterializan. Sólo así podremos encarar, sin perder la compostura ni el almuerzo, cosas como: "Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se trasformaban en 'llagas tumefactas'". El relato de apariencia impersonal deviene conjura contra lo humano, y no sería posible ser leído si no fuese por su factura de alta, altísima prosa en español con ciertas premisas: seca, distante, precisa, tajante.

En los años 70 argentinos se quiso leer La condesa sangrienta como una metáfora vívida de lo acontecido en el país y en tantos otros lugares castigados por las dictaduras. Creo, sinceramente, que el personaje de Erzébet Bathory sirve a Alejandra Pizarnik para hacer una vivisección del asesino, su apetito, su agujero por rellenar infinitamente; y que el asesino -noble, conde, poderoso, no hay que olvidar- es para ella metáfora de la enfermedad de la melancolía. Es ciertamente difícil ajustar las "Torturas clásicas" y su apetencia de sangre roja de frescas muchachas vírgenes a los asesinatos políticos ocurridos en las dictaduras del siglo XX (da lo mismo el país). Aunque la lectura está ahí, el simbolismo de este libro apunta más lejos.

Otra lectura, probablemente poco señalada, es la lésbica: "Durante sus crisis eróticas, escapaban de sus labios palabras procaces destinadas a las supliciadas"; no se puede obviar que el lenguaje buscado -y alcanzado- por la argentina es de una potencia, explicitud y carga semántica importante; aunque esa lectura, dado que esta Drácula femenina obtenía un nimio placer por cada latigazo, no resulta fácil de sostener. Sin embargo, La condesa sangrienta, casi cuarenta años más tarde, sigue constituyendo un profundo, desprejuiciado y abismado estudio sobre la erótica del poder.

A Pizarnik se la conoce sobre todo como poeta, aunque ella se debatió durante su (corta) vida, siempre, con la necesidad de la prosa. Cuál fuera el motivo de su inquietud, de su deseo, ahora no nos toca destriparlo. Lo que sí podemos admitir es que ésta puede quizá ser su mejor obra. ¿Por qué creemos rescatable este libro? Pocas veces la crueldad, la locura y la sinrazón han sido mejor retratadas en nuestra lengua; pocas veces la prosa en español se ha asomado con esta clase de desnudez a materiales narrativos que están en la órbita del surrealismo, de la vanguardia, del expresionismo; La condesa sangrienta es un texto duro y hermoso escrito con una pureza de prosa tan grande que sirve para explorar algunas de esas zonas, sin mancharnos.

¿Cómo encontrar placer estético en La condesa sangrienta? No me parecen demasiado estúpidas las lecturas políticas al respecto de este libro, están ahí y fundamentan una situación; sin embargo, creo dentro del texto están todos sus valores. La condesa sangrienta ejemplifica y muestra todas las batallas que llevó a cabo esta autora con el lenguaje; toda su pasión y ejercicio de la prosa que, como sucede en su poesía, parece cercenada a cuchillo, afilada hasta resultar brutal. En La condesa sangrienta están todos los símbolos de que nutrió su poesía pero esta vez son rastreables, cognoscibles, sin la oscuridad de la metáfora, con la fuerza de la alegoría. En este viaje desasosegador, podemos sumergirnos en una (muy poco grata) piscina de crimen, mediante el retrato que hace de la condesa, sus aficiones, el pozo sin fondo de su ansiedad, la enfermedad de la locura melancólica.

El espejo, la muerte por agua, la virgen de hierro... Por supuesto, existen libros más edificantes; como pieza anómala, marginal, cruelmente hermosa, éste está siempre cerca de mi mano. Que alguien que lo tenga (ojalá en esta edición ilustrada por Santiago Caruso) me diga que no le resulta inquietante... pero que tampoco puede dejar de leerlo...

17 mayo 2011

La hora de seguir titubeando


La nueva taxidermia

Mercedes Cebrián

Mondadori, 2011

ISBN: 978-84-397234-17

160 páginas

15,90 €




Carolina León


He aquí una buena noticia: Mercedes Cebrián sigue titubeando. Como narradora, exprimiendo argumentos que giran en torno a la semántica inscrita en todas las cosas. Como prosista, tanteando caminos hacia una forma de decir densa como una natilla. Y sigue titubeando como actitud, como bandera de resistencia básica contra las narrativas firmes, seguras de sí mismas, tardocapitalistas y obsoletas. Al mismo tiempo, pocos y pocas de su edad pueden presumir de tener una solidez tan grande y una propuesta tan coherente.

Coherente por asumir sus limitaciones sin dejar de avanzar, por reorganizar una vez más los temas en una nueva composición que se espera más iluminadora. Y no defrauda. Esa idea de seriedad del proyecto me acompaña desde que terminé de leer La nueva taxidermia, hace ya un par de meses, y regresa ahora que releo fragmentos de las dos historias y pienso en componer esta reseña.

La nueva taxidermia es un libro en dos partes, dos relatos largos o novelas cortas, “Qué inmortal he sido” y “Voz de dar malas noticias”. Distintas historias, enfoques hermanos y un poso común, intuido, que se podría expresar como la intención de generar una narrativa que piensa. O un pensamiento narrado.

En la primera de las historias, una reflexión acerca de “lo real” que confronta las ideas del recuerdo, la memoria y el presente como parque temático, mediante el relato de una mujer que se obsesiona con la recreación de un episodio concreto de su pasado y lo representa, palmo a palmo, en un local alquilado. En la segunda, que podríamos empezar a leer creyendo que nos va a dar más de lo mismo, un giro de foco (de la primera a la tercera persona) y otros temas: la multiplicación de la voz en voces, la impostación, la búsqueda de verdad en la palabra y, a la par, la ficción que lo consume todo. Aquí la historia la lleva Belinda, quien crea entre ella y las cosas una serie de pantallas que la guarecen y fortifican, en la forma de muñecos con personalidades diversas con los que se dirige al mundo. El poso común, o la temática transversal, parece ser la identidad: en ambos textos, una mujer que desarrolla una estrategia alternativa para defenderse, experimentarse y, sobre todo, definirse. De algún modo, la mujer que instala arquitecturas efímeras queriendo crear un museo de sus vivencias y la que se sirve de muñecos antropomorfos de espectacular factura para hablarle al mundo comparten el miedo: a la falta de pertenencia o a la exposición de intimidad. A la fugacidad del tiempo o al compromiso inscrito en las palabras, de las que dice “hay que hacerse cargo de ellas”. Vivencias o palabras como hijos o descendencia. Deseo de estar, permanecer, frente a miedo a ser. Atroz miedo.

Como narradora, Mercedes Cebrián está cada vez más crecida, pero no abandona el titubeo: la exploración, el miedo, la falta de certezas, la fugacidad del propio relato, la indómita independencia y la creación de un discurso-in-progress, parco, desaliñado, pero fiero y resistente.

Hay que señalar algo que queda fuera de esa idea del “titubeo”: los territorios de los dos relatos están atados a través de un fino hilado de prosa bestialmente buena, por sus resultados. Situaciones, ejemplos, argumentario, estampas, todo son esquirlas de un discurso que está destinado a hacer pensar. Ensayo de tapadillo, escondido en dos relatos de factura impecable. Mi sensación de lectora, renovada cada vez que abro el libro, es la de que el fraseo tiene una apariencia ligera, y sin embargo está cuajado de sentido. Le pregunté una vez si había corregido mucho el libro; me dijo que no. Realmente esa prosa da la sensación de estar recortada y corregida al milímetro, se lee con un peso y una intensidad que empuja a no pasar por alto ni una coma.

“Sutil” y “precisa” son vocablos con los que se define en la contratapa. Añadiría “cargada”. Cebrián ha optado por no desarrollar los temas que le importan en una única y gran novela de largo recorrido, sino condensarlos en dos historias que funcionan como las caras A y B de un LP sinfónico, como dos actos de una opereta sobre qué ser, cómo ser, para qué ser.

Otra vez, insisto, con coherencia meridana con el resto de sus textos publicados hasta ahora. Con un esfuerzo salvaje por avanzar hacia adelante en la densidad de significaciones y la exploración de sus temas. Y con un resultado de novela delgadita donde no se dan certezas, sino titubeos. Sanísimos titubeos de narradora, en el marco de una realidad que se impone obscenamente.

11 mayo 2011

Diario (impertinente) de a bordo



Asco

José Ángel Barrueco

Eutelequia, 2011

ISBN: 978-84-938256-9-0

176 páginas

15 €




Daniel Ruiz García

Todo aquel que esté barajando seriamente lo de hacer un crucero para estas vacaciones veraniegas, ahora que todavía sale un poco más económico, debería darse una vueltecita por las páginas de este libro. En él encontrará lo que no cuenta ningún touroperador ni ninguna agencia de viajes: una narración pormenorizada y rigurosa sobre la travesía en un crucero por el Adriático, que fuera de todo tinte aventurero o romántico resulta ser un paseo por el infierno. Más concretamente, por el infierno de la gula, del mal gusto y de las actitudes egoístas y dignas de repugnancia. De ahí el título de Asco, con el que el autor sintetiza expresivamente las vivencias más significativas de ese viaje por las raíces marítimas de Europa. Un viaje que se realiza a bordo del mismo buque, el Zenith, que curiosamente sirvió a David Foster Wallace como trabajo de campo para su memorable artículo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, recurrente en el libro que aquí reseñamos.

Nótese que hablo de libro y no de novela. Sin ser una novela, tampoco es un libro de viajes, ni una guía, ni tampoco un reportaje o un ensayo al uso. Aunque de todo eso hay, no vaya a pensarse en que estamos ante un texto disperso, un puchero de párrafos o una adición de retales de ésas que de un tiempo acá se han puesto tan de moda, auspiciadas por el paraguas un tanto displicente de la postmodernidad literaria. El resultado es compacto, sustancial, y ello gracias a la voz narrativa de Barrueco, que cose muy bien toda la estructura y mantiene el fuste rígido en el estilo, ofreciéndonos un texto muy auténtico, por su carácter vivencial y porque la primera persona fija en todo momento el discurso, dejando muy claro que estamos ante un escrito testimonial y realista.

Además de un escritor muy competente (esto puede parecer una perogrullada, pero no: abundan los libros de escritores que no saben escribir), Barrueco es un autor especialmente dotado para el dibujo de personajes. En este caso habría que decir, más bien, para el retrato de personajes de carne y hueso, ya que en todo momento mantiene una posición de observador de una realidad muy –esto sí es de Perogrullo- real. El observador impertinente que no comulga con la fiesta, pero que se mantiene allí, bebiendo en silencio y tomando nota, en la tradición del escritor-observador flaubertiano.

Pertenece sin embargo Barrueco a ese género especial de retratistas con talento para la caricatura, y por este camino su prosa, normalmente fluida, alcanza cotas de fuerte expresividad que, con ánimo sincrético, le hace pensar a uno en los retratos maliciosos de Goya o en las viñetas hiperbólicas de Robert Crumb. También en esto del sincretismo, algunos de los personajes que atraviesan sus páginas parecen haberse escapado de La gran comilona de Marco Ferreri, o de las secuencias más desmesuradas de las películas de Terry Gilliam.

Lo peor, sin embargo, es pensar por un momento que Barrueco no ha sido exagerado. Y que esos personajes que retrata existen de verdad. Hay en este sentido momentos verdaderamente intensos, que mueven irresistiblemente a la hilaridad, como la anécdota de la turista que confunde Venecia con la Roma estival de Audrie Hepburn y Gregory Peck, cuando no a la repugnancia, como la crónica del concurso de bellezas femeninas (digna del mejor Bukowski).

Frente a esta visión implacable, con la que todos los lectores acabamos comulgando (nos hace sentir que estamos de su parte, nunca de parte del resto), Barrueco también muestra compasión por la otra mitad del barco, la tripulación, esto es, la masa trabajadora. En estas ocasiones, el autor muda la piel y se convierte en el compasivo Stevenson que viaja junto a los miserables trabajadores en El aprendiz de emigrante. La relación que mantiene con el trabajador asignado a su camarote, y la forma en que esta relación concluye a la finalización del crucero, es en sí mismo un relato minimalista de eco carveriano y gran potencia lírica. Esa dimensión poética se presenta de forma constante en la imagen del bebé que viaja con Barrueco y sus acompañantes, y que representa, en oposición a la masa abúlica y embrutecida, la inocencia, la pureza, lo bello, lo intocable. Este personaje-símbolo es de hecho el elemento que permite plantear un final abierto, que concluye con una pregunta: una especie de balcón con vistas a la esperanza.

Con esta obra arranca una trilogía que ya está bautizada (Angustia y Alumbramiento serán los siguientes títulos), y con la que Barrueco pretende rendir cuentas con su visión sobre la vida. El primer plato, asqueroso y a la vez sabroso, nos deja con algo de hambre, lo que no es malo: siempre es bueno conservar un poco de apetito al levantarse de la mesa. Para indigestiones pesadas, ya están los cruceros.

02 febrero 2011

La vida que no vemos


Mi perra Tulip

J. R. Ackerley

Anagrama, 2011

ISBN: 978-84-339-7551-5

192 páginas

19,50 €

Traducción de Adriana Astutti

Prólogo de Elisabeth Marshall Thomas


Manolo Haro

¿Dónde se esconden las trufas temáticas de la literatura? ¿Qué buscador experimentado da con esas preciadas piezas de restaurante y las sirve en sofisticados platos para degustación de paladares engolfados por las revistas de moda y El País Semanal? Stephen Vizinczey, en su excelente libro Verdad y mentiras en la literatura, aconsejaba en el apartado octavo de su decálogo para novelistas en ciernes lo siguiente: “No adorarás Londres–Nueva York–París”. Nada decía, en cambio, de lo que se pudiera mover entre las hormigueantes calles de estos monstruos urbanos. He aquí una pequeña historia que palpita en las calles de London que bien pudiera parecer a simple vista cuestión de poco interés literario, pero que a lo largo de casi 200 páginas nos lleva a sorprendernos sobre qué estamos leyendo exactamente y cómo lo leemos.

Mi perra Tulip (1956) de J.R. Ackerley (Londres, 1896-1967) es el relato de una relación íntima entre la voz narrativa y una hermosa hembra de pastor alsaciano. Basada en la experiencia personal del propio autor con la perra Queenie, cuyo propietario y amante de Ackerley, Freddie Doyle, se la cedió cuando estaba a punto de poner un pie en la cárcel por robo, esta novela autobiográfica es un ejercicio soberbio de algo poco común entre los escritores: prestar su voz para poner delante de los ojos de los lectores la sensibilidad secreta de los animales.

Para los que vemos cierto prosaísmo en el hecho de que un vecino sólo se relacione con su mascota por mor de las necesidades biológicas de ésta o por el innoble, y hoy tristemente de moda, uso de los animales como pendón enarbolable de estatus social o de conocimiento de lo que está
in, nos parece prodigiosa esta muestra sensible del revés de la trama. De hecho, Mi perra Tulip, tal como deja ver el autor en alguna parte (“también había mucha gente que sólo parecía tener en cuenta a los perros con fines utilitarios: un guardián para la casa o un entretenimiento para los niños”) plantea una reflexión sobre la felicidad de los animales y sobre los lábiles conceptos de castigo o placer, aplicados al mundo de los canes. “La ignorancia de los seres humanos con respecto a los perros es extraordinaria”, afirma Ackerley, y lo dice con auténtico conocimiento de causa: a medida que avanza en ir pintándonos diferentes pasajes de la vida de Tulip, vamos tomándole el pulso a los detalles más íntimos de la existencia canina: el celo, las secreciones, el flirteo, la reproducción, el parto, la cría, etc. El lector se encontrará con una sensación contradictoria y de extrañeza, provocada por la mezcla del lirismo que rezuman algunos pasajes que a su vez aparecen engastados en temáticas tan pedestres como, por ejemplo, la finalización del celo o el acto de masticar un conejo atrapado en el parque de Wimbledon.

Atención: este juego no es fácil ni tampoco casual. El autor nos pone entre la espada y la pared en escenas soberbiamente construidas en la que vemos el alumbramiento de ocho crías y su posterior proposición de matarlas. A nosotros sólo nos queda pasar una página más aguardando una pequeña brizna de esperanza que haga que aparezca el indulto por cualquier medio. He ahí la maestría de Ackerley: nos enseña la caprichosa condición de los humanos en contraposición a la nobleza de espíritu de un perro. Todo ello no es sino un intento de calcar en la tierra la presencia de un ser que a los ojos de su dueño es insustituible. Caminando de mañana por un bosque de abedules y de robles recuerda que allí mismo se adentró un hombre entre los matorrales de acebo y se envenenó; uno dejó este mundo guindándose de una rama; otro se ahogó en una ciénaga. Todas ellas, “vidas malogradas, frustradas, [que] pasan sin dejar huella”, permanecen amarradas al otro cabo desgastado y mugriento de una cuerda, que, en el extremo opuesto, el inglés ha colocado la memoria homenajeada de Tulip.

El libro está atravesado por la ironía y la mirada personal de un artista muy a tener en cuenta. El lector en español puede leer escasos títulos del autor en su lengua: éste que aquí se comenta, el también rescatado
por Anagrama Mi padre y yo en su colección Otra vuelta de tuerca y Vacación hindú: un diario de la India en Pre-textos. Su lectura es recomendable por su desinhibición a la hora de tratar en su época temas como la homosexualidad. Como es bien sabido, el afanoso trabajo del canon amarillista está reivindicando autores desde perspectivas tangenciales como la negritud, el colonizado, la homosexualidad, etc. Esta labor es aceptable en tanto que nos ayuda a conocer e introducir en un canon universal, sin propuestas atrabiliarias y resentidas, a personajes de una valía literaria por encima de otros condicionantes extra-artísticos. Es el caso de J.R. Ackerley.

Amigo de E.M. Forster, el cual le consiguió un trabajo en la India como secretario del Marajá
de Chhatarpur, fue también editor de la revista literaria The Listener, desde donde se descubrió y promocionó a escritores como Philip Larkin, W. H. Auden, Stephen Spender y Christopher Isherwood. Los ingresos por sus éxitos teatrales en Londres los dilapidó en orgías homosexuales entre actores, cosa que nunca le preocupó. Ackerley fue lo que se llamó un 'twank', término utilizado por marineros y guardias para referirse al hombre que paga por sus servicios sexuales. Forster le llegó a advertir: “Joe, debe renunciar a buscar oro en las minas de carbón”. Imagino que para “el brujo de Viena” (apodo cariñosísimo de mister Nabokov para Freud) hubiera sido un lujo recostar en su diván a un señor que en su primera versión de su obra autobiográfica Mi padre y yo escribió: “El pene de mi padre medía treinta centímetros y medio”. Descubran al hijo de la “Banana de Londres” (así era conocido su progenitor, famoso comerciante de fruta en la capital) y rechacen las falsas tonadas de sirenas de la última hora del siglo. En el estante de abajo de las mesas de novedades, palpitan joyas como ésta.

28 enero 2011

La rebelión de los cronopios

Noticias

Santiago Alba Rico

Caballo de Troya, 2010

ISBN: 978-84-96594-52-4

240 páginas

15,90 €



Carolina León

Imaginemos una segunda parte de las Historias de cronopios y de famas: una en la que los famas hacen el mundo, mientras que son los cronopios los que lo cuentan. Aquellos seres medio antipáticos, fríos, realistas, aguafiestas, calculadores y proactivos, esos son los que gobiernan (hasta aquí, poca diferencia con la realidad). Aquellos otros un poco absurdos, un tanto calamitosos, abiertos a lo imposible, a la maravilla y a la mirada poética han okupado las redacciones de los diarios.

Regresemos al aquí y ahora: en esta cotidianidad zafia vivimos una crisis tras otra. Para Santiago Alba Rico, la crisis económica puede que no sea tan importante como la de la realidad -que por algo es filósofo- y esa otra, abrumadora, que está dinamitando la profesión periodística-. Y ¿qué nos propone para combatirla? No fantasía, no un mundo paralelo donde todo sale bien, no una realidad edulcorada y dineylandizada. No fábulas edificantes, sino estas Noticias: con apariencia de auténticas, dentro de un contexto, con fecha y nombre del medio. El primer sentimiento de descoloque en el lector puede venir, justamente, de ese entorno, pero a medida que pase las páginas podrá darse cuenta de la cualidad de la propuesta: hay una realidad que pasa todos los días, una normalidad completamente anormal que nos circunda a todos; sentimientos, pasmos, memorias, acontecimientos cotidianos, fantasmas, injusticias que no forman parte del mundo narrado en los medios de comunicación porque, simplemente, ninguna de esas cosas cotiza en bolsa.

“Acusado de asesinato después de desconectar el aparato del que dependía la vida de toda su familia”, “6.700 millones de personas sobreviven al fin del mundo”, “Se durmieron profunda y apaciblemente”, “Pierde el control y no viola a la prisionera”: son algunos de los titulares de las Noticias que escriben estos esforzados mediadores entre la realidad y nosotros. Hay otros formatos, otros desarrollos, que se sitúan más del lado de lo fantástico, o de lo posible improbable, como ese “Recortes presupuestarios” que nos anuncia: “Los ciempiés tendrán sólo noventa patas”; o como esa plaga de zapatos, primera pandemia que aqueja privilegiadamente a los más pudientes. Por supuesto, lo mejor de estas noticias rara vez está en sus titulares.

Porque el cronopio cortazariano (con el que estamos haciendo el juego de paralelismos, pero a quien no le debe gran cosa este libro) es también capaz de mostrar lo más terrible de este mundo en una forma elegante, marketiniana: “Haga sueño su realidad. No nos engañemos: usted nunca podrá tener una casa decente, un salario digno...”, etc. Los redactores de estas noticias pueden, además de todo lo dicho, arrancar muchos velos.

En el libro de Alba Rico, algunos lectores se pueden sentir un tanto náufragos: no se acomoda a género, no sigue normas. Gasta un poco de cada disciplina: desde la poesía al periodismo, en casi todas sus concreciones, pero también mucho del panfleto. Todos estos ingredientes arrojados al crisol dan estos breves fragmentos, cada noticia, que sólo con mirada miope podremos entender como “inventada”. El vehículo literario le sirve al escritor para elaborar temas, ideas y consignas de su forma de enfrentarse al mundo: cuando lees Noticias en contraste con la lectura de un periódico cualquiera, auténtico, no se siente en verdad ni más absurdo ni más extraño.

Es cierto que hay momentos mejores que otros. Hay hallazgos preciosos, junto a textos que se sienten de relleno. “Denuncia al Ministerio de Comunicación (...) por fallos reiterados en su detector de momentos reales”: varias noticias nos hablan de este dispositivo -demanda aún no satisfecha por los fabricantes de pequeño electrodoméstico-, en donde no deja de sentirse un escalofriante paralelismo con, por ejemplo, los dispositivos móviles que incorporan “realidad aumentada”. Al dueño del aparatejo “le pareció sentir una especie de emoción que tenía que ver con la existencia del mundo”: mientras que Santiago Alba Rico no pretende salvar la literatura (ni el periodismo) con este libro, su lectura puede deparar muchos y grandes momentos de una sensación cercana a la de tener delante la posibilidad de cierta redención.

02 septiembre 2010

Vida y obra

La ciudad desplazada

José María Conget

Pre-textos, 2010

ISBN: 978-84-92913-37-4

174 páginas

15 euros




Juan Carlos Sierra

Este año 2010 la cofradía de los ‘congetianos’ está de enhorabuena, ya que en apenas tres meses se ha podido topar con dos títulos nuevos del escritor aragonés: Espectros, parpadeos y Shazam! – publicado por la editorial sevillana Point de lunettes-, un libro que recoge artículos dispersos aquí y allá sobre literatura, cine y comics –sus tres pasiones-, y La ciudad desplazada, un conjunto de cuentos auténticamente ‘made in’ José María Conget.

Quien conozca un poco la biografía de este escritor zaragozano sabrá que, tras su paso por algunas de las ciudades en las que uno siempre ha soñado vivir, es decir, Nueva York, Londres y París, dejó las maletas aparcadas en Sevilla; que el mismo año que se jubiló de su puesto como profesor de Secundaria sufrió un infarto, del que se encuentra felizmente recuperado; que, como ya se ha dicho antes, atesora una vasta cultura literaria, cinematográfica y de TBOs; que, aun habiendo dejado muy pronto su ciudad natal, Zaragoza, mantiene casa en su ciudad natal y una relación estrecha con algunos de sus paisanos -José Luis Borau, Ignacio Martínez de Pisón y todos los escritores del ‘maño-power’-.

Pues, bien, en cada uno de los relatos que componen La ciudad desplazada se pueden detectar todas estas circunstancias biográficas de José María Conget. Verbi gratia, ‘Despedida’ donde el protagonista guarda cama, temores y despedidas en la UCI por un infarto, ‘El cazador de libros’ en el que aparece la obsesión por la literatura desde “un rascacielos de Lexington Avenue con la calle 42”, ‘Fútbol antiguo’ que saca a la luz de la escritura nostalgias familiares zaragocistas, ‘Quillomamona’, que habla de un profesor de Secundaria a punto de jubilarse o ‘La ciudad desplazada’ que no es otra que Londres contemplada desde la distancia del tiempo y de la literatura.

Visto y dicho así, cualquiera podría concluir que estamos ante unos textos sin aparente interés literario y muy apetitosos para los amantes de los chismes sobre escritores. Sin embargo, quedarse en esta lectura superficial no solo perjudicaría al lector, sino que además estaríamos cometiendo una injusticia contra el autor y su obra.

Por encima o por debajo de lo eminentemente biográfico, que entiendo que no sirve más que de muleta donde apoyar el artificio literario, se encuentra lo que de verdad le interesa explicar a José María Conget. Se podía decir que a partir de la anécdota, más o menos cercana a la vida del autor, cada uno de los cuentos trata de poner sobre la mesa un perfil determinado, un matiz distinto de la condición humana cuando se enfrenta a una de sus emociones más determinantes, el amor. Pero entendiendo a éste en un sentido muy amplio: el viaje por las aduanas conflictivas entre el amor y la amistad –‘Variaciones sobre un tema’ o ‘Navarra-104’-, su capacidad para desbaratar otros amores, digamos, más literarios –‘El cazador de libros’-, sus relaciones con el azar –‘Encuentro casual en una estación de autobuses’-, sus intersecciones con la nostalgia –‘Fútbol antiguo’ e incluso ‘Despedida- o las caras insospechadas que nos presenta cuando menos lo esperamos –‘Quillomamona’-.

Y, por supuesto, el amor a la literatura, al juego de la ficción que baraja las cartas de lo real y de lo imaginado, de la vida y del sueño, como ocurre en el relato que le da título al libro –‘La ciudad desplazada-. Todo un aviso a navegantes o, más bien, para polizones chismosos de este libro.

¿Qué es verdad y qué es invención? ¿Dónde empieza el sueño y acaba la vida –o viceversa-? ¿Cuándo habla el Conget persona y cuándo el personaje? ¿Acaso la propia biografía no es una novela de una calidad literaria decepcionante?

Menos mal que en las manos de José María Conget estamos literariamente a salvo.

20 julio 2010

Más sexo que género, por fortuna

Erótika. Escenas de la vida sexual

Patricia de Souza. Fotografía: Ana Moreno Meyer

Barataria, 2009

160 páginas

15 €


Jesús Cotta

Erótika es un conjunto de relatos y estampas y, a veces, fantasías, de amantes descritos en su acción erótica por una mujer, que es la que los mueve (y en alguna ocasión habla un hombre que no deja de ser un alter ego de la narradora, por no decir de la autora). La narradora trae al recuerdo del modo más vivo y con su toque poético encuentros eróticos con amantes del pasado; el elemento común a todas estas confesiones es la exploración del placer, la búsqueda de los límites del deseo y la imposibilidad, que ella misma se impone, de continuar con sus amantes o, lo que es lo mismo, la constante voluntad de ruptura, para que no cese la búsqueda de la variedad, donde la narradora cifra su mayor riqueza personal.

Ella se siente dividida entre la necesidad de afecto, que sólo se consigue con la estabilidad sentimental, y el deseo de nuevos cuerpos, que sólo se consigue negándose al compromiso. Pero ambos deseos humanos, aunque incompatibles, nacen del desamparo profundo, de la soledad inmensa que es ser humano. Si el amante logra escapar del desamparo con el compromiso, don Juan lo logra con la variedad, yendo de cuerpo en cuerpo. Y la narradora, consciente de la imposibilidad de ser esas dos cosas, busca, amante tras amante, su estabilidad y, a la vez, su libertad. Y sabe que eso es imposible, pero no lo lamenta.

Los encuentros eróticos son de lo más variados y suele haber más tiempo de coito que de prolegómenos. Por fortuna, la autora necesita con todos ellos “la dosis completa”, como ella dice, y entonces el lector, o sea yo, se lo pasa un poco mejor. Para un varón, que suele valorar los penes casi tan sólo por su tamaño y su grado de dureza, no dejan de ser curiosas y pedagógicas las descripciones que ella hace de los falos de sus amantes, que tienen algo de la personalidad de sus dueños.

Sólo en dos o tres ocasiones, la autora cae en la tentación de utilizar dos palabras feas y antieróticas para un relato de lances amorosos: roles y género. Gracias a Dios, cuya presencia late invisible en el libro, le gusta más el sexo que el género y eso es algo que hay que agradecerle en esta época donde en ciertos ambientes políticamente correctos está mal visto que al hombre le encante penetrar, qué caray, y a la mujer que la penetren. Para una cosa que sabemos hacer bien los dos, ¡qué bien está que nos compenetremos!

Los relatos erotizan más, a mi parecer, cuando el amante de turno es algo más que un hombre con todas sus cositas y cuyo nombre y procedencia la protagonista no quiere ni saber. En esos casos, los dos parecen objetos utilizados por una libido tonta y sin chispa. La ternura, la complicidad, el mutuo conocimiento entre dos son más excitantes que la mera promiscuidad sin espíritu y en casi todos los relatos hay, menos mal, un poco de eso, un poco del encanto de desnudar al otro y dejarse deslumbrar por su presencia.

El libro está ilustrado con fotografías de desnudos femeninos y parecen de una misma modelo, y su formato cuadrado lo hace apto para leerlo con espíritu desenfadado, aunque lo que cuenta no es nada desenfadado, sino el misterio de la vida de una mujer.

Un trágico destino persigue a la protagonista: la fusión erótica es un espejismo que le hace creer que ella tiene al otro y lo comprende con la fuerza ancestral del instinto, pero la realidad es que, por muy intensos que sean los orgasmos de los dos, los dos siguen siendo desconocidos el uno para el otro, pues ella, en todos los encuentros, tiene escrito en su corazón no el amor, sino la fecha inminente de la ruptura. Es una pena, porque durante toda la lectura de libro yo tenía la esperanza de identificarme con el amante con el que ella se iba a quedar al final. Pero no. Con todos acaba cortando.

En fin, al menos, se lo han pasado bien.

19 julio 2010

La verdad y la mentira

Mitologías de invierno: El emperador de Occidente

Pierre Michon

Alfabia, 2009

ISBN: 978-84-613-2701-0

166 páginas

23 €

Traducción de Nicolás Valencia

Rafael Suárez Plácido


Como ya hizo Anagrama en Cuerpos del rey, el último de los libros que ha publicado hasta el momento de Pierre Michon, la joven y pujante editorial Alfabia ha reunido dos títulos en un volumen del autor francés: Mitologías de invierno, que se publicó en Francia en 1997, y El emperador de Occidente, una nouvelle de 1989. El motivo, en ambos casos, no es otro que la brevedad de cada uno de los originales por separado. El resultado, también en ambos casos, los hace doblemente apetecible.

La narrativa francesa vive un momento de esplendor. En realidad, nunca ha dejado de ser así. Especialmente me interesan tres autores contemporáneos: Patrick Modiano, Pascal Quignard y Pierre Michon. Los tres, autores respetados y considerados de culto; los tres en torno a los setenta años y también los tres, en plenitud creativa. Los dos primeros recientemente redescubiertos en España. Es curioso el caso de Modiano, cuyas últimas reseñas críticas, en lugar de alegrarse por este éxito, parece que desconfían de los nuevos adeptos y, en lugar de reseñar el libro, evocan melancólicos, sus primeros contactos con el autor, cuando eran sólo unos pocos los elegidos.

El caso de Michon es diferente. Michon es el autor del silencio, a veces del frío silencio. Él mismo se ha llamado “el autor que no escribe”. Y hasta los treinta y nueve años no publica su primer libro, el impresionante Vidas minúsculas, que no se tradujo a nuestro idioma hasta 2002, dieciocho años después. En Francia fue un éxito inmediato que colocó a su autor, en palabras de Rafael Conte, como “el gran patrón clandestino de las letras francesas”. A partir de ahí, una docena de títulos que van haciendo de él, cada vez, menos clandestino.

Comienza el libro que reseñamos con la colección de relatos Mitologías de invierno. Siempre se ha dicho que sus principales influencias han sido escritores sobre los que él mismo ha escrito: Flaubert, Beckett, Rimbaud y Faulkner. En este libro hay otra influencia mucho más evidente y que él, incluso, reconoce como única. Si leemos en el prefacio: “Lo que importa es que con el mundo se hagan países y lenguas; con el caos, sentido; con las praderas, campos de batalla; con nuestros actos, leyendas y esa forma sofisticada de la leyenda que es la historia…” reconocemos lo mucho que deben estos líneas a Borges. Borges, junto a Kafka y a Pessoa, son el siglo XX, con todo lo bueno y todo lo malo. Si cambiamos los paisajes que rezuman las historias de Borges, por la Irlanda de los tres primeros relatos o por el Macizo Central francés de los otros nueve, el resultado son estos prodigios de concisión y de belleza. Y aquí, como en Borges, la belleza nos salva: “Que las cosas del verano, el amor, la fe y el ardor se hielen para terminar en el invierno impecable de los libros. Y que sin embargo en este hielo un poco de vida permanezca congelada, fresca, garante de nuestra existencia y nuestra libertad”. La belleza nunca es gratuita en Michon. La belleza, la literatura, es la salvación: nos da vida y nos hace libres.

Los relatos que ocurren en Irlanda tienen en común el paisaje y, en los dos primeros, la pasión por el saber. La bella Brigid quiere ver a Dios y está dispuesta a todo por conseguirlo. El fiero Columbkill —su maza y su espada son el azote de sus enemigos—, recorre las bibliotecas de monasterios y abadías en busca del placer de un libro nuevo, o de un manuscrito diferente, que añada o quite una frase, una palabra o una coma, que sea capaz de hacerlo todo distinto. Los relatos que ocurren en el centro de Francia podrían ser una novela, como lo puede ser Vidas minúsculas. En ellos el tema es la mentira en la literatura, y cómo nuestra habilidad a la hora de construir las ficciones nos salva en mayor o menor medida. Un abad, para evitar que sigan robando en su monasterio, pide a un monje “que lee y maneja a la perfección la lengua noble, que fundamente la legitimidad del monasterio…” Para ello inventan la “Vida de Santa Enimia”, antigua abadesa que ni era santa precisamente, ni había pisado la zona. El artificio de estos monjes le sirve a Michon para fundamentar una teoría de la literatura que se hace en la Edad Media en casi toda Europa. En realidad Michon piensa que no es sólo en esta, sino en todas las épocas. Esta idea es muy borgiana. Borges también amaba el juego y el artificio. A veces se usa la mentira para llegar a una verdad. A veces simplemente para llegar a la belleza “garante de nuestra existencia y nuestra libertad.”

El segundo libro que incluye este volumen, El emperador de Occidente, se vuelve sobre el tema de la mentira. En la fantástica entrevista que le hace José Manuel Fajardo nos lo revela el propio Michon: “La historia la encontré en el libro de Gibbon sobre el Imperio Romano. Eran sólo diez líneas sobre el personaje de Prisco Atalo, pero no busqué más, no investigué nada”. Con esos mimbres se urde la trama: un joven Flavio Aecio conoce a Prisco Atalo en su vejez. Hablan. Atalo cuenta su vida. Fue músico e iba de ciudad en ciudad hasta que el azar lo lleva a la corte de Alarico y se convierte en su músico principal. Se establece una relación de mutua admiración. Alarico es el guerrero incansable. Atalo, el mágico tañedor de la lira. Cuando tienen que nombrar a un emperador del Imperio de Occidente, Alarico nombra a su músico. Lo destituye y lo repone varias veces. Esta es la trama. Pero en las mejores obras la trama no es demasiado importante. Mucho más lo son las reflexiones tan hermosas o las palabras que utilizan: “Aquí comenzó… a pesar de que yo mintiera fingiendo tomarlo por otra persona,… y que él mintiera aceptando ser esa otra persona… lo que debo llamar después de todo nuestra amistad.” De nuevo la mentira admitida, el fingimiento, el artificio. Para ellos la palabra tiene un valor demiúrgico: “Hablamos por supuesto de navegación…, de navegación y de poesía griega: porque no se puede hablar de una sin la otra, hasta tal punto que no se sabe cuál es el texto de la otra, ni si primero se arrojaron frágiles armazones alquitranadas o metros de perfecta sintaxis al puro azar del mar y las lenguas.” Y como no podía ser de otra manera: “Pensaba por su parte que el poema precede al navío.”

Yo también podría preguntármelo. Aunque hace varios siglos que los avances científicos y técnicos nos conducen por otros caminos, por otros mares. ¡Pero qué le vamos a hacer! La literatura no sólo es “garante de nuestra existencia y nuestra libertad”, también nos ayuda a conocernos algo más. Si yo pudiera o supiera, haría mía la descripción que hace Flavio Aecio de Prisco Atalo: “Quería disfrutar de las cosas, sin duda; era miope. O quizás miraba tan sólo el mar, la extensión que no se abarca, la viejísima metáfora insensata”.

[Publicado en Clarín]

13 julio 2010

Viajar causa escritos

Cómo viajar sin ver

Andrés Neuman

Alfaguara, 2010

ISBN: 9788420406084

17,50 €





José María Moraga


Cuando un grupo o artista saca un disco de éxito lo normal es que hagan una gira para promocionarlo. Cuando la gira es un éxito, lo normal es que editen un disco en directo, reflejo de la gira, para capitalizar el momento / ganar tiempo / exprimir la gallina. En 2009 el escritor hispanoargentino Andrés Neuman ganó el XII premio Alfaguara de Novela con El viajero del siglo, obra muy celebrada por la crítica y los medios, si no es la misma cosa. A causa de El viajero del siglo, Neuman emprendió su propio viaje, una gira promocional del libro que le llevó por casi todas las capitales hispanoamericanas y que le sirvió de estímulo para alumbrar una nueva obra: Cómo viajar sin ver (2010).

La premisa de Cómo viajar sin ver se completa en su subtítulo: (Latinoamérica en tránsito). He aquí el objetivo confeso de Neuman, cronicar de modo fragmentario, asistemático, su gira americana y plasmar sus impresiones de -en teoría- “lo que no ve” antes que de lo que ve. De este modo quedan fuera del libro los ingredientes más obvios que cabría esperar de una obra así: las ruedas de prensa, las firmas de la novela, las reuniones con escritores, en suma, los actos públicos. ¿Qué es lo que queda? El revés de la trama, pues, los actos privados. Claro que seleccionados por el hábil escritor que es Neuman.

El autor hace que lo difícil parezca fácil, él, que es novelista, poeta, cuentista, ensayista, acomete Cómo viajar sin ver en un tono confesional de diario, quizás sería más apropiado decir de blog. Alcanza la complicidad con el lector casi sin proponérselo, fíjate lo que me pasó, te va contando el revés de la trama, las acotaciones, las tomas falsas. Y eso hace de este libro un artefacto endiabladamente entretenido.

El estilo es casi siempre rápido, urgente, a veces la sintaxis llega a ser telegráfica, pero en otras ocasiones Neuman se recrea en pasajes de inesperado lirismo. El apunte costumbrista se yuxtapone al aforismo, la reflexión filosófica a la impresión personal. De paralelo modo, la atención del narrador bascula entre los localismos (marcas de cerveza, usos y costumbres, giros dialectales del español) y la Globalización (muerte de Michael Jackson, comparación de hoteles y aerolíneas…)

Algunos temas se erigen en leitmotivs, dotando al libro de cierta continuidad entre episodios (más allá del viaje de ciudad en ciudad): preocupaciones comunes a varios países hispanoamericanos como la psicosis por la gripe A, el trasfondo del golpe de Honduras (y la lucha Zelaya-Micheletti), la represión a la disidente y bloguera cubana Yoani Sánchez… De entre todos destaca, por sus ramificaciones, la alargada sombra en el continente americano del chavismo, por el que Andrés Neuman no profesa simpatía alguna (igual que le pasa con el castrismo).

Más allá de la anécdota de quedarse sin calzoncillos limpios o compartir avión con Rosa “de España”, se aprecia en Neuman una tal vez involuntaria voluntad de imponer sentido a Latinoamérica, a la que se acerca como algo propio y extraño a la vez (por su condición de doble nacionalidad). Me explico. Ciudad que visita ciudad donde no deja de hacer referencia a la literatura local, citando liberalmente lo mismo a consagrados (Lima es Vargas Llosa, Ribeyro, Bryce Echenique) que a jóvenes y desconocidos valores de la poesía. Con esto el autor consigue trazar un panorama o al menos tomarle la temperatura a la literatura en español del otro lado del Atlántico. Igualmente, la conciencia social de Neuman emerge cada vez que cronica su incomodidad ante el hecho (del que es consciente todo el tiempo) de estar participando en una Latinoamérica privilegiada, irreal.

Tan irreal que a menudo se contraponen las zonas residenciales o acaudaladas de las ciudades a “la realidad”. Tal vez el signo de los tiempos sea cualquier cosa salvo la realidad real, hacer zapping mejor que ver un programa entero, mirar por la ventanilla de un avión y pensar en Google Earth (cuando debería ser al contrario), viajar sin ver, escribir un libro de viajes sobre una serie de eventos como excusa para acabar hablando, fragmentariamente, de cualquier otra cosa. ¿Es ésta “La precesión de los simulacros” sobre la que nos alertó Baudrillard hace más de 30 años? ¡Uuuuuf, amigos! ¡Estamos en verano! Dejemos estas cuestiones sesudas a los intelectuales, y leamos un librito fresco, ecléctico y divertido, por ejemplo este de Andrés Neuman.

08 junio 2010

¿Fuego? en el cuerpo

La piel afilada Un bestiario de amantes

Josan Hatero

Alfaguara, 2010

ISBN:9788420405469

232 páginas

17 €




Carolina León

Tres libros, al decir del propio autor, están en el origen de La piel afilada: Las ciudades invisibles de Calvino, El libro de los seres imaginarios de Borges, y Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters. En ellos se inspiró. En el caso de éste que nos ocupa, la ambición de "catálogo" es aquello que comparte con los anteriores: procura ser, como reza el subtítulo, un "bestiario de amantes". Así, está construido a base de breves textos descriptivos, como entradas de una enciclopedia, pero sin ningún rigor científico; faltaría más; es una empresa literaria y no se le pide tal cosa.

Hatero se propone la ingente tarea de categorizar los tipos de amantes, las formas, modos y consecuencias del rozar la piel. Crea curiosos animales amatorios, todos con un título ("Berlineses", "Los que no se tocan", "Hooligans", "Crueles"...), y ciñe sus descripciones a pasajes, rasgos del comportamiento, compulsiones, o engarza en el interior de los textos microrrelatos de gran atractivo. En un principio, la tarea me parece la mar de sugestiva: "¿dónde estoy? ¿qué tipo de amante soy?", son preguntas muy lícitas durante el recorrido, y sin esfuerzo el lector podrá encontrarse en una u otra de sus páginas.

La mayoría de los fragmentos son exitosos: colman la expectativa con una minuciosa elaboración prosística e imaginativa. Es interesante por cuanto muchos de esos tipos son francamente anómalos, irreconocibles en el mundo, y sin embargo el lector inteligente encontrará en la mayoría una coherencia interna suficiente para otorgarles verdad. Que es en último término lo único que se le pide a la litertura. Aquí dentro, mientras, lo más destacable es el trabajo sobre la prosa, delicado, cuidadoso y coqueto, y la colección es amena, deleitable, mientras que se mantiene en conversación con el lector y le guiña del ojo; mientras que la literatura reina.

Sin embargo, lo que se le debe achacar a este libro es la parquedad de su ambición. Porque ahí donde debería crear una eterna, abarcadora enciclopiedia de los posibles tipos amatorios, resulta en una colección algo desordenada y, a ratos, de dudosa ambición zoológica; ahí donde debería haber dado rienda suelta (de verdad) a la imaginación, se cuela la voz del autor con comentarios (cuando nos dice "de esto no puedo aportar más datos" o "no existen evidencias"). Es evidente que hay un autor, a ningún lector de un libro como éste se le escapa, por ello da un poco de sonrojo que éste intente pasar por "certezas" algunas de sus construcciones imaginativas. Es ahí, en un juego poco honesto (que parece decirnos "soy un manual, pero no tengo ninguna base, soy libre a ratos y a ratos me recojo") donde se encorseta demasiado y parece darnos recetas, incluso acercándose peligrosamente a la autoayuda: en concreto, durante esas supuestas entrevistas a personas "reales" que se intercalan en el "bestiario". Entonces pierde por completo el interés.

Pero, mientras tanto, en La piel afilada también hay hallazgos: "Como un ciego vengativo con una pistola, su amor se dispara sin dirección ni objetivo". Brindo esta pequeña muestra, algunas de sus muchas subrayables frases. En nuestra humilde opinión, "el recopilador", Hatero, habría hecho bien dejándose llevar un poco más por aquel fuego en el cuerpo que empujaba a Laura Palmer, abandonando un poco la seguridad del puesto de observador, el objetivo de la cámara o el sillón al borde del diván psicoanalista. Sabemos que sus modelos, los mencionados arriba, eran bichos de palabras y material literario de primera, probablemente muy poco duchos en las realidades por las que fueron inspirados, pero para hablar del amor bien habríamos esperado un poco más de desmelene y ardor.

01 junio 2010

Con elegancia y desnudez

Elecciones generales. Todo a cien

Daniel Lebrato

SIM Libros, 2009

ISBN: 978-84-613-4060-6

55 pág.

7 euros

Jesús Cotta Lobato

A veces uno da con libros deliciosos y pequeños que le saben a gloria porque tienen lo mejor de su autor, que en este caso es mucho. Son libros donde el autor pone toda su sangre, todo su empeño, su razón y su corazón, su experiencia vital y su mundo poético, y luego lo quintaesencia y nos lo presenta en forma de elixir que se bebe en pequeñas dosis, porque la sustancia es intensa.


Yo, que soy un enamorado de los aforismos y las sentencias, he disfrutado como un enano con este Todo a cien.

Dos poemas conforman el prólogo y uno el epílogo y en medio el logo en forma de cien pensamientos agudos y brillantes, que tan pronto son máximas vitales como microrrelatos, y van desde la máxima a la greguería, desde la sátira mordaz a la exultación lírica, desde la proclama al arponazo, desde el buen titular de prensa a una nota a pie de página de un relato que el lector tiene que suponer, desde una impresión surrealista y onírica a unas notas de pintor para un cuadro, y todo entreverado de poesía, juegos de palabras y dobles sentidos. Cien disparos floridos e inclasificables, siempre in medias res, como a mí me gusta.
El autor no tiene además pudor ninguno en proclamar su pensamiento libre y difícil de etiquetar, que es el tipo de pensamiento que a mí me gusta y que necesitamos en esta época de dicotomías ideológicas de buenos y malos.

Si los dos poemas de confesión que figuran en el prólogo son sinceros y rotundos, el poema largo del epílogo tiene quizá demasiado de manifiesto político y con ello pierde un poco de garra poética, pero sigue siendo poesía de la buena, escrita en liras perfectamente medidas, y eso es lo novedoso: un metro clásico para un pensamiento nada clásico:

Numerados los mundos,
El nuestro es el primero
Y el resto aprenda inglés y a ser paciente…

Si mueren los obreros,
También le duele al yupi la cabeza.

Pero, a mi juicio, es el logo de los cien disparos lo mejor del libro. No habría podido yo lanzar a la casta política una puya mejor que esta:

Corazón de pizarra, empezó su carrera saliendo de delegado. Los repetidores se la tenían jurada a base de tiza y coscorrones y él se vengaba chivándose de los becarios.

¿Y qué me dicen de esta joya, que no sé si clasificar de microrrelato o estampa genial?

Habían quedado. Ella, biobífida, y dermo protectora. Él, manejando el látex de los preservativos como en quirófano los guantes de operar.

Recurra, pues, a este libro el amigo del talento, la intensidad y la elegancia más desnuda y todo aquel que aún acepte hacer de malo si es buena la película.

12 abril 2010

Bienvenido a Cuba

Diario delirio habanero

Luis Manuel García Méndez

Mono Azul Editora, 2010

ISBN: 978-84-936469-9-8

308 páginas

19 €


Juan Carlos Sierra

Para los que de momento no hemos visitado Cuba, salvo en manos de la hagiografía revolucionaria o en las garras del más recalcitrante exilio de Miami, en nuestro imaginario el país de Castro&Cía. puede fluctuar entre la mejor de nuestras utopías o la peor de nuestras pesadillas futuras. Una vez que se ha leído Diario ‘delirio’ habanero de Luis Manuel García Méndez, uno se inclina más por lo ‘pesadíllico’ –y perdón por el palabro- que por lo utópico. Para los defensores del régimen castrista esta conclusión será responsabilidad directa del vecino imperialista del norte de la isla, como cualquier otro de sus males, o de la contaminación contrarrevolucionaria de la oposición ‘miameña’, pero Luis Manuel García dista mucho de ser sospechoso de comulgar con ninguna de estas teorías cubanoamericanas.

Si el lector de este diario atípico concluye que la salvación de Cuba pasa por la desaparición de Castro&Cía., se debe fundamentalmente a la equidistancia de su autor, a su moderación, a su objetividad –en la medida de lo posible-, a la mirada crítica de Luis Manuel García con respecto a las jaurías que a dentelladas se reparten o se quieren repartir en un futuro sin los Castro el botín –¿escaso?- de la isla caribeña.

Para hablar de todo el embrollo cubano hay quien se embarca en sesudas investigaciones e incluso en arriesgados viajes a Cuba, para vomitar después en un extenso ensayo tanto experiencias como conclusiones y conjeturas más o menos eruditas. Sin embargo, Luis Manuel García ha optado por el formato del diario, por el perfil más íntimo del género narrativo.

No obstante, no se trata de un diario al uso, como apuntábamos antes, ya que entre los capítulos que narran los días de vacaciones veraniegas del autor, su esposa e hijo en la isla, entre los episodios de la vida cotidiana del exiliado que vuelve a ver a familiares y amigos y a revisitar los paisajes físicos y morales de la infancia y la juventud –en estado ruinoso ambos, por cierto-, la primera persona narrativa de Luis Manuel García echa mano de la tercera persona de los datos, las cifras, las citas, las hemerotecas, internet,… para ilustrar y contextualizar lo más objetivamente posible sus impresiones, para que éstas no pequen de exceso de subjetividad rencorosa y gratuita hacia un régimen que lo vio nacer y que, al cabo de los años, lo obligó a exiliarse.

Por otro lado, la posible y lógica acritud que pudiera suponerse a un libro como este la mitiga Luis Manuel García Méndez con humor, con ironía y con hábiles y divertidos malabarismos verbales –sirva como ejemplo el mismo título del libro-, porque el autor cubano sabe que el humor es una cosa muy seria.

Así, este diario-ensayo, desarrollado en unos centenares de páginas de prosa ágil, amena y absorbente, trata de alejarse de lo más peligroso de los géneros que ha elegido su autor para darle cuerpo a su particular percepción de la realidad cubana actual y, de paso, parece aspirar a que el lector más escéptico con las interpretaciones que hacen tirios y troyanos de esa misma realidad se acerque sin demasiados prejuicios a La Habana y, por extensión, al resto de la isla de Cuba.

Por todo lo dicho anteriormente y por otras muchas razones que se me escapan, si tiene previsto viajar a Cuba u opinar desde la distancia sobre lo que pasa allí, no olvide echar en su maleta o en su equipaje de opinólogo este Diario ‘delirio’ habanero. Le proporcionará información precisa de primera mano y no le pesará.