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02 enero 2012

John Wayne, el nihilismo y los cojones



Alguien que sea yo

Manuel del Barrio Donaire

Huacanamo, 2011

ISBN: 978-84-9378-916-9

73 páginas

10 €



Juan Carlos Sierra

En Tablero de sueños, el último libro del poeta José María Jurado, hay un texto dedicado a John Wayne. En él aparece, como no podía ser de otra manera, la imagen del vaquero curtido, duro y justiciero; el del gatillo fácil, el de la mirada retadora, el 'sheriff' que impone su propia ley que a veces está por encima de la misma ley. Sin embargo, al final de este poema en prosa José María Jurado también muestra al otro John Wayne, al de El hombre tranquilo, el regalo que John Ford le hizo a su tocayo Wayne para que nos olvidáramos quizá por un momento del encasillamiento rudo y desafiante al que lo habían abocado los innumerables 'westerns' que protagonizó.

Mientras leía Alguien que sea yo, el segundo libro de Manuel del Barrio Donaire (Úbeda, 1977), me venía una y otra vez este poema a la mente, porque su protagonista poético es una especie de John Wayne -me refiero, por supuesto, al personaje del celuloide, no a Marion Morrison-, pero del urbanita, desestructurado, relativista y posmoderno siglo XXI.

Cuando se sale de Alguien que sea yo, el lector acaba quizá fatigado de tanta rabia en verso libérrimo, de tanto reto a la vida y a la noche, de tanta mirada desafiante a la moralidad social, de tanto exabrupto a los cánones de todo tipo -incluidos los del mundillo literario-, de tanta justicia por su mano,… en fin, de tanto John Wayne de película del oeste. No obstante, al fondo de este discurso de la marginalidad autocomplaciente y verbalmente violenta late un hombre, si no tranquilo, sí consciente del dolor de vivir, a veces incluso tierno -como, por ejemplo, en el poema "Y te lleve a la cama el desayuno"-; un personaje poético que, como el protagonista de la película irlandesa de John Ford, se contiene y prefiere no reaccionar físicamente, sino solo desde los escupitajos en verso que profiere a la cara de un mundo que le produce un inmenso asco.

Aparte de esto, del libro de Manuel del Barrio Donaire se puede decir que recorre caminos poéticos bien conocidos en las últimas décadas de poesía en español; caminos por los que han transitado con anterioridad autores como Roger Wolfe, Kirmen Uribe, Karmelo C. Iribarren, José Luis Piquero,…: el lenguaje frontal, sin tapujos ni escrúpulos, la barricada del lenguaje poético frente a lo social y literariamente establecido, una irremediable necesidad de epatar al reivindicar una muy personal atalaya poética y moral,…

Alguien que sea yo añade a este panorama la contemporaneidad tecnológica y cultural del nuevo siglo XXI: el móvil, las descargas de internet -principalmente de porno-, el cómic japonés -en formato televisivo y de papel-, la PlayStation, el Mackbook Air, el iPod, las cadenas de comida basura, la publicidad, la música pop patria,… Bueno, y también un nutrido léxico intemporal y a veces extemporáneo de coños, pajas y cojones.

El peligro de un libro como Alguien que sea yo reside precisamente en dejarse deslumbrar por el envoltorio lingüístico, en creer que la irreverencia -tan necesaria en tiempos como los que corren- se sustenta solo en el cascarón de un discurso en apariencia irreverente, en el "caca, culo, pedo, pis" de muchos de los poemas que conforman este libro. Si debajo de esta pose no hay un auténtico diálogo crítico con la realidad, mejor el silencio o, en su defecto, el divertimento en la barra de un garito nocturno.

Afortunadamente, en la obra de Manuel del Barrio Donaire existe cierta coherencia entre el fondo y la forma, aunque esta última lastre de manera tan determinante y aplastante la interpretación nihilista con respecto a la vida que fluye a lo largo de Alguien que sea yo.

27 julio 2011

El oscuro pasajero


El demonio

Hubert Selby Jr.

Huacanamo, 2011

ISBN: 978-84-937891-2-1

312 páginas

18 €

Traducción de Juan Miguel López Merino



Fran G. Matute

De la escueta información publicada en relación con esta obra de Hubert Selby Jr., me quedo con un dato: esta es la novela favorita del cómico Andy Kaufman. Muchos conoceréis a este señor gracias a la película Man on the Moon (1999) de Miloš Forman. Y como ya hace tiempo que se estrenó me voy a tomar la libertad de "espoilearla" con el ánimo de hacer más rica en matices la presente reseña.

Por si alguno no lo sabe, Andy Kaufman murió de cáncer de pulmón. Un cáncer que se presentó incurable desde el primer momento. No obstante, Kaufman tiró de fe a la hora de combatirlo y recurrió a mil y un remedios ajenos a la medicina oficial. Uno de sus desesperados intentos fue acudir a una especie de chamán filipino cuya fama como sanador le precedía. Aquel curandero se vanagloriaba de introducir sus manos en la carne viva de sus pacientes y extirpar, sin anestesia ni cirugía aparente, el órgano enfermo. Un milagro que realizaba delante de miles de feligreses, desahuciados y sedientos de esperanza, que todos veían con sus propios ojos y sucumbían al asombro en el acto. Cuando le toca el turno a Andy Kaufman, gracias a un leve movimiento de cámara, conocemos el engaño más ruín y repugnante que uno pueda imaginar. Un sucio juego de manos hábilmente perpetrado por el falso profeta, un ardid de prestidigitador que se mofa de la muerte de sus pacientes, los cuales recorren kilómetros y gastan fortunas por tener una audiencia con el hombre que juega a ser Dios. Y en ese preciso momento que conocemos el vil truco, Kaufman rompe a llorar... pero de risa. Aquéllo le parece la broma de mal gusto más cojonuda que haya presenciado jamás. ¡El jodido filipino se está quedando con todo el mundo en sus putas narices!. Una obra de arte de humor negro. Así que si tenemos en cuenta que El demonio (1976) es la novela favorita de semejante personaje, sólo cabe interpretar dos cosas: o estamos ante la broma infinita o ante la obra genial de un demente.

Si nos decantáramos por la segunda de las interpretaciones, lo primero que tendríamos que destacar es el potreo al que somete Selby Jr. a su personaje protagonista. Ese Harry White, apodado "el amante", un triunfador nato, un JASP en el Nueva York de mediados de los 70. No sabemos si Harry es más ducho con las mujeres o en el trabajo aunque lo primero, en ocasiones, afecte a lo segundo. El éxito no se consigue sin dejarse algo por el camino y a Harry le van a pasar la factura por todas sus conquistas en horario de oficina. Pero vicisitudes amorosas y laborales al margen, Harry ha nacido para ganar y su jefe le dará las claves del éxito y Harry las cumplirá a rajatabla con tal de conseguir el ansiado reconocimiento empresarial.

Ni su jefe, ni sus amigos, ni sus conquistas de un día, ni sus padres, ni siquiera el propio Harry, son conscientes de que en lo más profundo de sus entrañas habita un ser innominado que se alimenta de la bilis de su porteador. Selby Jr. no se adentra en disquisiciones psicológicas para justificar la existencia de ese "oscuro pasajero" (como el que acompaña al Dexter Morgan de Jeff Lindsay), por lo que el personaje de Harry pasa por ser el preludio de Patrick Bateman en American Psycho (1991). El mal habita en Harry y no nos preocupa saber qué motivó su nacimiento. Harry disfruta pecando y a lo largo de esta novela lo vemos caer en una espiral de autodestrucción que lo llevará al límite.

A medida que Harry se mimetiza con sus demonios internos observamos cómo el éxito va llamando a sus puertas. Ascensos, reconocimientos internacionales, dinero, casas suntuosas, una familia adorable, un futuro prometedor y sin límites... así que sería fácil interpretar que Selby Jr. está haciendo un alegato contra el capitalismo y sus consecuencias. Pero juraría que hacer una lectura de la novela en esos términos resultaría maniquea y simplona. Considero que Selby Jr. está más interesado en describir los procesos mentales por los que un hombre aparentemente normal puede llegar a pasar, no por culpa de su ambición (de hecho la oficina se muestra como uno de los pocos oasis mentales de Harry), sino por el mero gusto de hacer sufrir a su personaje. Es por esto por lo que creo que Andy Kaufman disfrutó tanto con la lectura de El demonio, a la vista de los calvarios a los que somete el autor a su particular cobaya. Calvarios que se reducen a todo lo que supone vivir en sociedad: familia, compañeros de trabajo, esposa, hijos...

Es esta, quizás, la novela más "literaria" de Hubert Selby Jr. Nos fascina ese detallismo costumbrista con el que se va adornando el día a día de Harry. Esa dulzura impostada con la que Selby Jr. trata temas como el matrimonio, las reuniones familiares, el cuidado del jardín... todo narrado desde el interior de las cabezas de los personajes, como si fuese una vocecita que te susurra al oído lo fantástico y fenomenal que es todo. Y es tal la maldad que encubren dichas frases que uno va leyendo cada párrafo esperando a que Harry saque, de un momento a otro, un cuchillo y los aniquile a todos. Y leemos El demonio con esta especie de angustia reprimida porque sabemos cómo se las puede llegar a gastar Hubert Selby Jr. -lo hemos leído recientemente en La habitación (1971), un auténtico vendaval de aberraciones 'contra natura'- y porque tanto buenrollismo nos irrita en sus palabras.

Pero el momento de implosión no parece llegar nunca y cuanto más caldeada está la situación, Selby Jr. nos refresca las ideas gracias a una reponedora ducha, elemento narrativo que hace las veces de válvula de escape de la novela, actuando como destensionador para su personaje, de ahí su acertada inclusión en la foto de portada de la edición aquí comentada. Gracias a ella, El demonio termina siendo un continuo sufrimiento de lectura, siempre a la espera del "rompimiento de gloria", siempre expectante a que aparezca el Hubert Selby Jr. de Última salida para Brooklyn (1964) o Réquiem por un sueño (1978).

Así que siempre cabe decantarse por la primera de las interpretaciones que nos sugería la elección de El demonio como la novela favorita de Andy Kaufman. Considerar que esta obra es una broma constante del autor a sus lectores, a los que martiriza casi tanto como al pobre Harry, al que condena, casi desde la primera página, a morir de éxito. ¿Es ésta una novela a destacar dentro de la obra de Selby Jr., un meritorio ejercicio de psicología psicótica o estamos ante una obra menor, un amago de recorrer nuevos caminos literarios, que no colma nuestras expectativas más cafres? Todo dependerá de lo en serio que te tomes el humor negro de Andy Kaufman...

06 abril 2010

Que hagan otros el trabajo sucio

Afuera canta un mirlo

Roger Wolfe

Editorial Huacanamo

ISBN: 978-84-9374-325-3

Barcelona, 2009

64 páginas

8 €




Rafael Suárez Plácido

Parece que Karmelo C. Iribarren y Roger Wolfe llevan bibliografías paralelas. Comenzaron en editoriales pequeñas, como suele ocurrir. Estallaron en Renacimiento. ¿Quién iba a decir ahora que la sevillana editorial Renacimiento fue la cumbre del mejor Realismo Sucio hispano? Y tras breves estadías en diversos sitios, y editar ambos sus Poesías Completas, vuelven a coincidir en la editorial barcelonesa Huacanamo.

Y también paralela es la evolución que encuentro en sus poéticas. Tras un pasado guerrillero: “El trabajo sucio. / Alguien –como dice / mi amigo Iribarren- lo tiene que hacer.” Ellos sentían que tenían que escribir versos incómodos, que llamar a las cosas por su nombre. Ahora, pasados los cuarenta, sus poemas son más sosegados, más discretos, quizá más lúcidos. La edad, la madurez, nos aleja a veces de las trincheras y nos acerca más a la poesía que nos gusta leer. Sería interesante, si su peripecia vital se lo permitiera, conocer la evolución de la tercera pata de ese triunvirato que, a mi modo de ver, es Violeta C. Rangel.

Aunque el primer libro de Roger Wolfe (nacido en Inglaterra, en 1962, pero residente en España desde su más tierna infancia) fue, con sólo veinticuatro años, Diecisiete poemas, no fue hasta Días perdidos en los transportes públicos (1992) cuando descubrimos al Roger Wolfe que hace historia, trasladando al castellano los presupuestos del Realismo Sucio anglosajón. Línea en la que ha estado, haciendo el trabajo sucio, no sólo con su poesía, recogida en la imprescindible Noches de blanco papel (Huacanamo, 2008), sino y muy especialmente en las prosas que denomina de ensayo-ficción: Todos los monos del mundo (Renacimiento), Hay una guerra (Huerga & Fierro), Oigo girar los motores de la muerte y Que te follen, Nostradamus (ambos en DVD). No me ha interesado mucho, en cambio, su obra narrativa, en la que sé que tenía puestas muchas esperanzas. Ahí está para quien quiera recogerla. Ahora es el momento de hablar de Afuera canta un mirlo (Huacanamo, 2009), su último poemario.

Cuando uno lee su ensayo-ficción y sus relatos, piensa que de dónde saca este hombre el tiempo para leer. Pero lo cierto es que pocos autores han leído y asimilado tan bien no sólo a los obvios Reed, Bukowski (“el abuelo”), Carver o Selby… (nadie ha escrito tanto y tan bien sobre Selby), sino a Cernuda, Pavese, Eliot, Pessoa, Celine o Hammet. Ahora que surgen tantas voces nuevas que dicen recoger su testigo, habría que pedirles que no sólo lo leyeran a él o que, al menos, lo leyeran completo. Si se quiere contar algo interesante, hay que leer más y mejor.

Toda esta reflexión sobre lecturas e influencias viene al caso porque desde el primer poema, “El trabajo sucio”, con una cita significativa del citado Iribarren, nos sorprende con sus lecturas preferidas: “Leo a Parcerisas, a Joan Margarit. / Releo a Juan Luis Panero, / a Cesare Pavese y a Cernuda.” Dice que es la poesía que siempre le ha gustado. Y nos sorprende aun más y gratamente: “Descubro los poemas amorosos / de Abelardo Linares. Me deslumbro. / Son una maravilla.” ¿Quién lo iba a decir? Pero es cierto. Y también lo es que estas son sus lecturas y bien que se nota en este libro. A lo largo de cuarenta y dos poemas desiguales nos ofrece la radiografía de un hombre que entra, sin demasiadas garantías de querer hacerlo, en su madurez. Son poemas escritos a lo largo de ocho años en los que mira hacia atrás con cierta melancolía: “Tiempos felices. / ¿Por qué la felicidad siempre / está donde no está?” Aparecen las figuras de sus padres, a quienes ya dedica su primer libro, y de su abuelo. Y reconoce que algunos de sus versos no van a perdurar: “Este poema / que a duras penas / recordaré mañana.”

Leer, fumar “buen tabaco holandés”, tomar té o algún café, son algunas de las ocupaciones que reconoce. Ya no hay bares ni alcohol. “Siéntate y espera” es otro de sus mejores poemas. Pero de los primeros del libro, prefiero uno en el que apenas se le reconoce: “El eterno retorno del delirio”, con un dominio de la palabra y del encabalgamiento que nos hace pensar en de lo que sería capaz si se lo propusiera, o en su mejor libro, al menos el que yo prefiero: Mensajes en botellas rotas (Renacimiento, 1996). Ocurre en Madrid en los tiempos que preceden a la mal llamada “guerra de Irak”, que él llama con más acierto: “nuestra pax americana”. Pero siempre encontramos la extrañeza o el pesimismo que siente el poeta: “Todo está tan bien / que casi duele. Todo está en su sitio. Todo encaja, perfecto / y absoluto, en el manso esquema del eterno retorno del delirio.”

Los últimos diez poemas, a partir de “La tregua”, son de los que más me han gustado: poemas en los que “el mundo / está en suspenso”, y con él nosotros, “mientras huye en todos los relojes / cada instante irrepetible”. La Praga más gótica, Bécquer, Panero (Juan Luis, claro), Eliot, Kavafis o Cernuda pasean por la mente del poeta, que sufre la amenaza del papel en blanco. La amenaza, la espada de Damocles que se cierne sobre todos los poetas.

Roger Wolfe es un poeta que sólo tiene cuarenta y nueve años. Roger Wolfe todavía tiene muchas alegrías que darnos.

23 febrero 2010

Escribir el desamor

Itziar Mínguez Arnáiz

Cara o cruz

Editorial Huacanamo, 2009

ISBN: 978-84-9360-934-4

52 páginas

10 euros


Juan Carlos Sierra


Creo que es Alejandro Luque a quien le he escuchado alguna vez que cuando se encuentra en estado de dicha no ‘pierde el tiempo’ en escribir, sino que intenta disfrutarlo, vivirlo. Y algo de cierto tiene que haber en esta afirmación, porque, como en muchas canciones, se suele cantar más lo que se pierde que lo que se gana, las derrotas que los triunfos, quizá por una especie de rémora de nuestra educación y tradición judeocristiana en la que pesa como una losa el sentimiento de culpa y, por consiguiente, quien manifiesta sus instantes felices cae en el mayor de los pecados, la inmodestia.
O puede suceder que no sea esta la razón de fondo de la mayoría de los versos tristes que nos cruzamos en los poemas que leemos, sino más bien la capacidad que tiene la literatura –y la escritura en general- para ordenar el caos de la vida, cuando se tiene conciencia de él; y, puestos a lanzar hipótesis, quizá en ningún otro momento se siente más el desorden del mundo que cuando se desintegran los vínculos creados por el amor. Por el contrario, cuando el espíritu respira sin dificultades, todo encaja armónicamente como un puzzle sideral.
Digo todo esto porque Cara o cruz, el último libro de Itziar Mínguez Arnáiz, parece corroborar –especialmente en la segunda y tercera parte del poemario- esta tesis, puesto que su leit motiv no es otro que lo que viene después de la ruptura, del desamor, es decir, el desmoronamiento del ser amante para volver a reconstruirse. La primera, titulada ‘Cara’, aunque relata en un largo poema narrativo llamado ‘Rutinas’ los instantes en que las cosas iban bien para la pareja protagonista, tampoco se puede afirmar que se interese especialmente por los estados más dichosos –orgásmicos, eufóricos, plenos,…- de la relación que se acaba en las páginas siguientes.
En este sentido, el libro parece apoyar la tesis que planteaba Juan Bonilla en unos versos afortunados de su libro El belvedere: “Tarde o temprano a la rutina se le cae la t/ y los días se llenan de escombros de deseo/…”. La rutina no es sinónimo de aburrimiento acomodaticio, sino más bien de construcción sólida del amor. Cuando se le cae la t, lo que viene después son materiales de derribo que hay que tratar poéticamente para explicar, reordenar y reedificar a los amantes rotos.
Esto es en concreto lo que sucede en los apartados de la tristeza –‘Cruz’ y ‘Cara o cruz’-. En ellos se observa además una estructuración consciente por parte de la autora que lleva al lector de lo concreto a lo abstracto, del reparto de lo material –‘TV’, ‘CDs’, ‘libros’, ‘ropa’, ‘fotos’- a la división con decimales de lo inmaterial –‘balance’, ‘inventario de derrotas’, ‘buenas intenciones’, ‘planta baja’-.
Y todo esto lo traza Itziar Mínguez con un lenguaje poético limpio, directo, versolibrista, prosaico –en el mejor sentido lírico de la palabra-, que atrapa al lector para no soltarlo hasta el verso final.

07 enero 2010

Las musas ya no vuelan

Atravesando la noche

Karmelo C. Iribarren

Huacanamo, 2009.

ISBN.

67 páginas.

10 euros.




Rafael Suárez Plácido


Si el primer libro que conozco de Karmelo C. Iribarren, La condición urbana (Renacimiento, 1995), se abría con citas de Roger Wolfe y de Charles Bukowski, ambos principales parangones del realismo más sucio español y norteamericano, en este libro las citas corresponden a Ángel González y a Gil de Biedma, como autores hispanos, y a Philip Larkin, como representante anglosajón. Esto puede dar una idea de la evolución que se ha ido dando en su poesía, a través de los títulos recogidos en el volumen de su poesía completa, Seguro que esta historia te suena (2005), y en el más reciente, Ola de frío (2007), ambos editados en la editorial sevillana Renacimiento.
De los libros incluidos en su poesía completa, Desde el fondo de la barra (Línea de fuego, 1999) es el que prefiero. Sus versos son sencillos y desgarradores. No tienen piedad ni compasión, especialmente consigo mismo. Pero ya ha claudicado en su inicial intención de mejorar el mundo. Ahora se conforma con mejorar un poco su vida, y la de algunos amigos que le rodean: “Al principio/ quieres cambiar/ el mundo,/ y al final/ te conformas/ con dejar el tabaco.// No hay más.// Así de cómico,/ y así de trágico.” Estos versos, que bien podría haber firmado su gran amigo el sevillano Javier Salvago, dan la clave de lo que va a ser, de lo que es, su poesía: la unión de lo cómico y lo trágico. Es uno más de esos poetas (como Ángel González, Javier Salvago o Manuel Vilas…) que nos hacen reír y llorar al mismo tiempo.
Huacanamo es una joven editorial que apuesta decididamente por la poesía, y que ya tiene en su catálogo libros de Roger Wolfe, de Ben Clark o de Leopoldo M. Panero, a los que ahora se suma este último libro de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959): Atravesando la noche. La noche ha sido el momento en el que ocurrían casi todas las historias de los primeros libros del autor. En realidad, nunca se ha alejado de la noche, pero ahora comparte protagonismo con otros momentos del día, menos dados a la épica de los bares y del amor. ¿Qué nos ofrece el autor en este libro? Casi citando la frase final de Casablanca: “este podría ser el inicio/ de una larguísima amistad.” Un libro de poemas que nos gusta se convierte en un amigo para toda la vida. Mientras tanto, un catálogo de días normales, y una advertencia sobre estos: “Que no te engañen,/ no son tan poca cosa/ como parecen: suelen poder/ con el amor.” De hecho, él mismo reconoce: “Qué rara/ suena/ a estas edades/ la palabra/ amor.” La rutina, el paso del tiempo, puede acabar con lo que da sentido a nuestras vidas o a algunas vidas. De vez en cuando, hay espacio para una sorpresa: “la cajera/ del supermercado/ cruza el parque/ en bicicleta/ hacia la playa, y me adelanta/ y es… no sé…/ cómo decirlo…” Primero fueron las cajeras del McDonald´s de Manuel Vilas, luego las alumnas de una escuela de peluquería, de José Luis Piquero, ahora la cajera de un supermercado. Ya ni siquiera las camareras de los bares de copas: las musas ya no vuelan.
Pero el tema que más le preocupa a Iribarren es el paso del tiempo, que el autor reconoce cuando mira Una Foto: “A la salida del cine,/ en la acera,/ cogidos del brazo,/ un hombre y una mujer/ miran a la cámara/ y sonríen (…) Son mis padres: y parecen felices.” Este es el pasado. El presente es Lo Que Hay: “Me estoy haciendo viejo, he ahí un hecho/ incuestionable.” Cuando más se percibe el paso del tiempo es en las noches, atravesando la noche: “A las cinco de la madrugada,/ viendo nevar/ sobre la autopista.// La imagen es tan bella que casi duele.” Lo único que nos devuelve al pasado es “El amor, ese viejo neón/ al que aún/ se le encienden/ las letras.”
Atravesando la noche. Un sencillo libro de poemas. En esta época en la que otros buscan claves para salvar el mundo, este poeta se conforma con tratar de entender su breve espacio. Un hombre que siente que se va haciendo viejo. Poesía, si así lo quieren, menor. Pero tengan cuidado, porque es posible que algunos de estos versos se les metan en el alma, y ya no pueda hacer nada por sacarlos de ahí.