Mostrando entradas con la etiqueta Páginas de Espuma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Páginas de Espuma. Mostrar todas las entradas

25 abril 2013

Sociedad secreta


El deseo de lo único. Teoría de la ficción

Marcel Schwob

Páginas de Espuma, 2012

ISBN: 978-84-8393-160-8

172 páginas

21 €

Traducción de Cristian Crusat y Rocío Rosa


José Martínez Ros

En todos los países del mundo hay devotos de Marcel Schwob que constituyen pequeñas sociedades secretas.Jorge Luis Borges.

Entre los fans irreductibles de Marcel Schwob (1867-1905) no sólo hay que contar a Borges, también a Alfonso ReyesRoberto BolañoPierre Michon, Stanislav Lem o Enrique Vila-Matas. Con un grupo tan distinguido de "devotos", quizás valga la pena acercarse a la obra de este francés de origen judío, morfinómano, decadentista y simbolista, acérrimo enemigo del realismo, enormemente culto y, por su parte, admirador obsesivo de Robert Louis Stevenson -hasta el punto de emprender un viaje de rasgos pesadillescos, que cerca estuvo de costarle la vida, a los Mares del Sur, donde descansa para siempre su ídolo- y, sobre todo, autor de una obra no demasiado extensa, pero donde hay que rescatar, al menos, tres concisas obras maestras: Retratos imaginarios, una colección de biografías reales y ficticias que han inspirado 'a posteriori' otros muchos libros, de la Historia universal de la infamia a La literatura nazi en AméricaEl libro de Monelle, donde relata su relación con una prostituta adolescente (Monelle) con una prodigiosa, alucinada, intensidad verbal; y, por último, La cruzada de los niños, donde recoge la vieja leyenda medieval y cuya estructura a base de monólogos entrecortados copió y amplificó Bolaño en Los detectives salvajes

Ahora, gracias a la editorial Páginas de Espuma y al empeño de uno de los muchos schwobistas dispersos por el mundo, el escritor Cristian Crusat, nos llega El deseo de lo único, una selección de ensayos, prólogos y artículos que nos ofrece un panorama intelectual, la “teoría de la ficción” de un autor tan desconocido como influyente. En El deseo de lo único hay una extensa entrevista novelada, pequeños estudios sobre Flaubert, Shakespeare Thomas de Quincey, un autor que admiraba y con el que tiene mucho en común, un ensayo sobre el arte de la biografía y otro sobre Villon, el gran poeta maldito del medievo francés, que podría estar perfectamente entre sus Retratos… y un diálogo al estilo platónico en el que Schwob utiliza como portavoces de sus ideas sobre el arte y la belleza a DanteCalcavanti Boticcelli.

Podemos apreciar su amor por la literatura grecolatina y las tragedias shakesperiana en la que veía un modelo de literatura dirigida a conseguir la emociones más intensas, la piedad y el horror; su rechazo frontal a la novelas psicológica de la época y al determinismo cientificista; su idea fundamental de que el arte es, justamente, “contrario de las ideas generales”, pues se ocupa, ante todo, de lo individual, de lo único, de lo marginado, de lo solitario. 

Para los asiduos a Schwob, El deseo de lo único es una lectura obligada; para los desconocedores, una nueva posibilidad de acercarse a la literatura de uno de los padres de la modernidad.

23 julio 2012

Inanidad de la preceptiva

Escribir ficción

Edith Wharton

Páginas de Espuma, 2011

ISBN: 978-84-8393-082-3

172 páginas

16 €

Traducción y prólogo de Amelia Pérez de Villar


Coradino Vega

Desde el inicio de este conjunto de ensayos publicados por primera vez en la revista Scribner’s a mediados de los años veinte, habita una paradoja de difícil solución, un equilibrio precario que no deja de tener presente Edith Wharton: la conciencia de que la teoría literaria es tan necesaria como inevitablemente vacua. Han sido muchos los escritores que se han aventurado a escribir sobre cómo hay que escribir, desde sus coetáneos Henry James y E. M. Forster, hasta David Lodge, pasando por Eudora Welty o Vargas Llosa. A este elenco cabría añadir el sobrecitado manual de ese crítico con alma de novelista que es James Wood, Los mecanismos de la ficción, el cual rebate máximas y moderniza diversos aspectos pero sin embargo no aporta nada en esencia distinto a lo conjeturado, explícita o implícitamente, por los anteriores autores. Y es que quizás no pueda ser de otra forma. Decir lo que se puede o no se puede hacer —viejo vicio compartido por clásicos, vanguardistas y posmodernos— en un proceso creativo que por naturaleza es el reino del instinto, la intuición, el impulso soberano, la libertad y la imaginación individualizada, resulta cuando menos problemático. Aunque las posibilidades del aprendizaje sean casi infinitas, su enseñanza siempre se topará con un límite controvertido, ese “algo” que algunos llaman talento o genio o inspiración (“la cuestión principal [que] se nos sigue escapando”, como reconoce la misma Wharton) y que tarde o temprano contradirá la premisa a priori más sensata: que con esfuerzo, dedicación y entusiasmo cualquiera podría convertirse en Flaubert o Cervantes. Imagino que ese conato de estafa presidirá las sesiones de muchos seminarios de ‘creative writing’. Edith Wharton fue muy consciente de tal contradicción y, sin embargo, escribió este libro. De ahí que su “ángulo muerto”, por no salirnos de sus cautelosas categorizaciones en forma de atinados símiles, sea precisamente la incapacidad de resolver lo que no puede ser resuelto; y su mayor acierto, acercarse en la medida de lo posible a un criterio con el que refutar el relativismo basado en el gusto que convalide cualquier cosa encuadernada en forma de libro: “La combinación de un pasado lo bastante nutrido para extraer algunos principios generales con un futuro pleno de posibilidades sin explorar”. Las normas generales son necesarias para guiarse, dice la neoyorkina, pero es un error profesarles un respeto excesivo. Y aun así, hasta su sentido común resulta resbaladizo pues, en arte, no hacer dogma de la opinión viene a ser de lo más complicado. Hay sin embargo raras excepciones, buenos maestros que, en lugar de imponer sus particulares opiniones a sus discípulos e instilar una adherencia a sus procedimientos técnicos, ayudan a sus aprendices a descubrir sus propios medios de expresarse, a contemplar cuanto les rodea, leer con atención y amar la literatura incondicionalmente. Wharton no lo es o, si lo es, lo es sólo parcialmente. Como decía en una carta Saul Bellow, la gente que escribe tiene sus fuertes e inflexibles concepciones sobre cómo deberían hacerse las cosas, y lo que viene a hacer en estas páginas la autora de La edad de la inocencia, por más que repita lo contrario y jamás se tome como ejemplo directamente, es apuntalar una poética que parece no diferir demasiado de la suya. Por lo que llegado el caso, a uno sólo le queda mostrarse o no de acuerdo.

De entre los distintos y reiterativos volúmenes del “arte de la escritura según Wharton” que han publicado este año diferentes editoriales españolas, Escribir ficción es el más fiel al original y completo. En él se recopilan cinco ensayos sobre el oficio y la práctica de la creación literaria más el artículo “El vicio de leer”. Redactados todos con sencillez, rigor, elegante ironía y valor didáctico, ofrecen sin embargo un resultado dispar. Mientras en el primero (titulado “En general”) y el tercero (“Construir una novela”), Wharton despliega su penetrante inteligencia crítica tomando como referentes a los grandes novelistas del siglo XIX y ayudándonos, si no a escribir como ellos, sí al menos a leerlos mejor, el dedicado al cuento y el denominado “Personaje y situación en la novela” se tornan por momentos tan insustanciales como anacrónicos. Por otro lado, cuando Wharton da lo mejor de sí, ofrece una catarata de aseveraciones que sorprenden por su pertinencia y actualidad: “El recelo hacia la técnica y el temor a no ser original —síntomas ambos de cierta carencia de riqueza creativa— nos están llevando hacia la pura anarquía de la ficción, y uno se siente inclinado a afirmar que, en determinadas escuelas, la ausencia de forma se considera la primera condición de la forma”. Como reflexionaba en su clarividente diario poco antes de morir Sándor Márai, para Wharton lo importante no es el tema, sino escribir bien. Los mayores peligros para el joven escritor son el pánico a repetir lo que ya se ha hecho antes (indicio “habitual de inmadurez”), la mala imitación, el hábito indolente de ornamentar la superficie y la falta de paciencia, que si no es el genio mismo sí es uno de los principales logros del genio: “Sea lo que sea lo que un ser humano lleva dentro, para mostrarlo bien tiene que trabajar en ello con una persistencia indestructible”. Asimismo, se nota que a la glamurosa, adinerada y cosmopolita mujer que fue Edith Wharton le gustaba por igual la pintura, pues recurre a menudo a términos como “perspectiva”, “trazo” o “colorido” para ilustrar sus explicaciones, que la arquitectura o la música: su decidida apuesta por la economía de medios recuerda, como bien apunta en el prólogo Amelia Pérez de Villar, al “menos es más” de Mies van der Rohe o al afán de Brahms por eliminar cada nota superflua. Por otro lado, se muestra del todo crítica con quienes aprovechan la moda como fin en sí misma, como el camino más corto o más fácil de recorrer, y no como —hablando del “flujo de conciencia”, por ejemplo— un simple recurso que utilizar sólo cuando sea pertinente. También alerta de la nocividad de la prisa y, así, para solucionar el arduo problema técnico del efecto del paso del tiempo aconseja:

“… perder el miedo a ir despacio, mantener el ritmo que impone el tono narrativo, y ser tan incoloro y tranquilo como es a veces la vida en ese tiempo que transcurre entre los momentos culminantes”.

En una de las pocas elaboraciones conceptuales que le permite su prudencia definitoria, alerta además de la trampa de dejarse llevar por el afán de complacer, ya sea al público lector, al editor o al crítico, y pide a los escritores que escriban para ese “otro yo” con el que el artista convive en misteriosa, feliz o incluso tormentosa correspondencia. Toda obra debe obedecer a una necesidad y requiere una selección presidida por la relevancia. El drama se logra exponiendo los conflictos que se producen entre el orden social y los apetitos individuales. La verdadera originalidad no busca una nueva forma, sino una nueva visión, personal, que se logra sólo mirando al objeto durante el tiempo suficiente para que el escritor lo haga suyo. A veces es necesario dedicarse a un cultivo más modesto, de manera más concienzuda y minuciosa, en lugar de abordar uno más ambicioso sin profundizar. Buscar algo que arroje luz sobre nuestra experiencia moral, un chispazo, algo que emocione. Lo mejor que se puede decir de una novela o de un personaje no es que sean vivaces sino que estén vivos. Contemplar la vida es incluso más necesario que contarla con pelos y señales. Cada método tiene que justificarse por sí mismo. La única recompensa que vale la pena es la calidad del trabajo realizado.

Pero hay otros momentos en el que Edith Wharton se deja de preceptivas (“la verosimilitud es la verdad del arte”) y nos sumerge de lleno en una lectura gozosa de los grandes libros, como hace cuando analiza el comienzo de la novela y nos lleva de Guerra y paz a Los hermanos Karamázov y de La feria de las vanidades a El rojo y el negro, o al valorar su longitud, mientras alaba el sentido de la proporción de La muerte de Iván Ilich y Otra vuelta de tuerca o la precisión de Flaubert o Jane Austen. En esos momentos, uno olvida que está ante una especie de “manual de escritura creativa”, como pretende la contracubierta, y disfruta sin más de la exuberancia y la amplitud de miras de la buena literatura.

Pero, de repente, es la propia Edith Wharton la que nos saca de ese estado de placer y embelesamiento. En el ensayo dedicado por entero a Marcel Proust, tras conectar y analizar de manera magistral las claves de la escritura del autor de En busca del tiempo perdido, arremete contra su debilidad moral, contra su falta de valentía, y eso, unido al elitista y en cierto modo soberbio artículo final sobre la lectura, hace que uno se quede con un regusto de antipatía, con una incomodidad que nada tiene que ver con la agudeza de quien se atreve a voltear lo comúnmente aceptado, sino con la altivez del implacable ojo crítico que no se permite mostrar ni un solo síntoma de duda.   

17 abril 2012

Bloom dicta sus últimas lecciones


Novelas y novelistas. El canon de la novela

Harold Bloom

Páginas de Espuma, 2012

ISBN: 978-84-839-3091-5

872 páginas

29 €

Traducción de Eduardo Berti


José Martínez Ros

Harold Bloom, el célebre,anciano y gruñón autor de El Canon Occidental, un ensayo tan “problemático” -por usar uno de sus adjetivos favoritos- como tal vez necesario regresa a nuestras librerías con esteinteresantísimo y desigual Novelas y novelistas, aunque habría quedado mucho mejor sin el subtítulo de El canon de la novela -con toda seguridad, impuesto por sus editores- que resulta falso e innecesario. Sin ninguna pretensión exhaustiva, lo que aquí nos ofrece Bloom es una recopilación de breves estudios sobre unos cincuenta grandes novelistas, casi todos ellos anglosajones del siglo XVIII al XX, con alguna que otra incursión en tradiciones paralelas, como la francesa o la rusa.

Así nos lleva desde los muy cervantinos Daniel Defoe y Swift a Pynchon, el último gran narrador norteamericano que Bloom parece conocer en profundidad. Que los dos últimos ensayitos correspondan a dos autores tan menores y prescindibles como Amy Tam y Paul Auster y no a escritores coetáneos infinitamente superiores como Coetzee, Naipaul, Atwood, Lessing o Ishiguro nos confirma que el gran crítico de nuestro tiempo ya no siente un excesivo interés por la literatura más contemporánea, ni siquiera la escrita en su idioma. Pero dentro de esos límites temporales y geográficos, Novelas y novelistas resulta un estudio tan instructivo y recomendable como discutible (y entretenido) sobre el siempre complejo arte de la literatura.

Pero lo mejor del libro es, sin lugar a dudas, el propio autor.

Canon tras canon, ensayo tras ensayo, nos hemos acostumbrado a su a veces estrafalaria, áspera e injusta, pero siempre interesante y valiosa sapiencia de este orondo sabio judío que alberga en su memoria, y supongo que inherente ya casi en los (sus) genes, buena parte de la herencia cultural de Occidente. Sus obsesiones freudianas -todos los autores relevantes, todos los artistas de valía, ya sean hombres, mujeres, cristianos, ateos, socialistas, judíos o budistas, están obsesionados con superar a sus predecesores y anular a sus contemporáneos, algo con lo que cualquier persona que haya asistido a un congreso de literatura estará básicamente de acuerdo-; su feroz odio a lo políticamente correcto; su rechazo hacia las feministas y marxistas dogmáticos que desean reducir el arte a un conjunto de “factores sociales” o “conflictos de género”; su antipatía por deconstruccionistas y estructuralistas y demás ralea; y su inquebrantable esteticismo -la belleza por encima de todo- son, para sus lectores habituales, parte del encanto de este último gran dinosaurio de la erudición literaria.

(Por fortuna, también nos queda su también formidable -y aún más divertida- discípula Camille Paglia, la autora de Sexual Personae).

Llevo mucho tiempo leyendo a Harold Bloom. Con todas sus manías y fobias, que son muchas, y estoy seguro de que, cuando nos falte le echaremos muchísimo de menos.

02 marzo 2012

Cuentos asombrosos



Antes de las jirafas

Matías Candeira

Páginas de Espuma, 2011

ISBN: 978-84-8393-074-8

144 páginas

15 €




Fran G. Matute

Qué bien explicó, en su día, nuestro compañero José Martínez Ros el concepto "nostalgia ochentera", referido a lo que sentimos por las películas de aquélla época. Permitidme que tome prestadas sus palabras, que definían a la perfección una generación audiovisual nacida de productos que "[s]olían incluir, en primer lugar, una cinefilia intensa (...), un protagonista infantil o, mejor aún, adolescente confuso y solitario, una familia moderadamente desestructurada (...), un pequeño cuadro costumbrista de una comunidad suburbana y, por supuesto, no olvidemos lo más importante: el elemento fantástico y/o extraterrestre que impacta contra la vida cotidiana del protagonista (...)".

Toda esta parafernalia tomó su forma definitiva en los llamados Cuentos asombrosos (1985-1987) que produjo el principal culpable del género, Steven Spielberg. Por aquél serial pasaron todos los grandes nombres del cine de la época. Baste recordar que Clint Eastwood, Joe Dante, Robert Zemeckis o Tobe Hooper dirigieron algún episodio. No olvidemos que Kevin Costner, Harvey Keitel, Gregory Hines, Christopher Lloyd o Charlie Sheen pulularon por estas historias. De aquellos años fueron también Cazafantasmas (1984), Gremlins (1984), Regreso al futuro (1985), Cocoon (1985), Cortocircuito (1986)... y en medio de tanta eclosión popular nació Matías Candeira (1984).

Una de las grandes alegrías que me proporcionó la lectura de la colección Mi madre es un pez fue la de descubrirme a Candeira. Háganse un favor: lean "Purgatorio". Es de los relatos más desasosegantes que he leído nunca. Al más puro estilo de Chuck Palahniuk. Gracias a él, con menos de 20 páginas, me convertí en fan del autor. Corrí a la librería más cercana, adquirí La soledad de los ventrílocuos (2009) y Antes de las jirafas (2011) y aquí estamos.

Pero volvamos a la época que vio nacer a Candeira, ya que todos los cuentos incluidos en Antes de las jirafas nos han remitido, de forma inexorable, a ese ochentismo al que hacíamos referencia al principio. Para empezar, la inclusión de un DeLorean en la portada lo dice todo. Y para continuar, todos los relatos de la colección están protagonizados, de una forma u otra, por seres mutantes o mutados en perpetuo conflicto familiar y social. Lo mismo encontramos al Dr. Octopus (el cómic, ese otra gran referente de los 80) de crisis existencial que nos topamos con un asesino en serie profundamente enamorado. En el fondo, todos los personajes de Candeira son monstruos (algunos literalmente) que tienen que lidiar con el mundo que nos ha tocado vivir, lleno de vacíos, anhelos, contradicciones, sinsabores. Pero siempre existirá una máquina del tiempo, un bicho que te pica, una invasión de escarabajos... cualquier elemento sobrenatural que ponga las cosas en su sitio.

Pero lo más curioso de todo es que Candeira no acude a este ochentismo en un arrebato de nostalgia, ya que esa no fue nunca su generación vital. Así que lo que Candeira ofrece en estos relatos es más un ejercicio 'retro' que otra cosa. Y este hecho lo desvincula, al menos temáticamente, del resto de escritores de su "verdadera" generación. Candeira no parece comulgar, al menos desde el punto de vista literario, con los referentes genéricos asociados a la adolescencia que le tocó vivir a sus compañeros de clase, esto es, la segunda mitad de los años 90. Pues uno no suele pertenecer a la década que te ve nacer sino a aquella en la que transcurre tu adolescencia. Pero la sensibilidad de Candeira pertenece a una generación anterior, lo que nos ha ocurrido a muchos de nosotros, que no hemos encontrado en las postrimerías de la infancia elementos de conexión válidos con nuestra propia percepción de la realidad, asideras sobre las que construir nuestro andamiaje como "ser cultural", motivo por el cual nos hemos visto abocados a tener que acudir a épocas ya consolidadas, con una personalidad definida. Mirábamos al pasado con tristeza, pues sabíamos que la década que mejor encajaba con nuestros gustos no la habíamos vivido en plenitud y nos conformábamos con los vestigios y los productos imperecederos que se facturaron entonces. Y esta es, en esencia, la impresión que nos transmite Candeira con los relatos incluidos en Antes de las jirafas.

Aunque sólo fuera por este posicionamiento, ya empatizaríamos con la "poética" de Candeira. Pero detrás hay un talento literario importante sin aparentes límites creativos, pues el material del que están construidos sus textos es infinito. No obstante, si bien simpatizamos con los referentes temáticos de Candeira y su destreza escritora, su Antes de las jirafas presenta un problema grave de expectativas, ya que empieza tan fuerte -con ese monumento que me ha parecido "El extraño"- que todo lo que viene después es como un globo desinflándose. Nos hubiera gustado bautizar a Matías Candeira (estábamos predispuestos a ello) como la gran esperanza blanca de la literatura de este país, pero vamos a tener que esperar todavía un poquito más. Falta que nos entregue una obra compacta en la que no sólo los cuentos sean asombrosos temáticamente hablando, sino que el asombro venga de la propia colección en su conjunto. Pero de momento le compramos la postura, el envoltorio y la escritura. Elementos éstos que ya les gustaría tener consolidados a muchos de sus compañeros de generación.

01 febrero 2012

Ensimismado & Ensimismado: una semana leyendo a cuentistas españoles

José Martínez Ros

Es difícil identificar el encanto exacto de un buen relato; mucho más difícil que el de una novela y tanto, al menos, como un poema, al que se parece en un detalle: mientras que existen novelas excelsas, y otras simplemente interesantes y otras mediocres, un relato funciona o no, lo mismo que un poema es bueno o no lo es, sin paliativos ni termino medio. Un relato que funciona es como una pequeña carga de profundidad en tu cerebro; hace que unas pocas páginas se amplifiquen en tu imaginación, que rellena los huecos de la historia o completa la melodía de las frases más allá de los límites del texto. O lo consigue o fracasa.

Y los malos relatos se distinguen, por el contrario, con facilidad: los que sacrifican cualquier grado de coherencia por un giro final sorprendente, sin dejar espacio para la emoción o los personajes; la versión degenerada del cuento realista-chejoviano que hace furor en los talleres literarios y se caracteriza -resumiendo- por estar escrito con el vocabulario de un graduado de primaria, con personajes que beben y fuman demasiado y están muy deprimidos…

No obstante, y para nuestra fortuna, algunos autores jóvenes se niegan a ser la caricatura de una escuela literaria y hay editoriales pequeñas, como Páginas de Espuma o Lengua de trapo que apuestan por ellos; y así se publican libros tan interesantes –y con puntos comunes que van más allá del título- como Los ensimismados de Paul Viejo y Ensimismada correspondencia de Pablo Gutiérrez.




Los ensimismados

Paul Viejo

Páginas de Espuma, 2011

ISBN: 978-84-8393-092-2

136 páginas

14 €




En Los ensimismados, Paul Viejo consigue algo casi imposible, que es renovar el recurso cada vez más gastado y cansino de la metaficción, desdoblando al narrador en crítico/comentarista de su propia narración, lo que da resultados memorables en el lírico y algo cortazariano "Sin salir de Marta" y en el cuento-homenaje a Scott Fitzgerald "Una mirada irlandesa". Además, en el libro de Viejo -que tiene entre sus virtudes una prosa clara y concisa- encontramos delicadas miniaturas en las que en unas escasas líneas, en la breve descripción de una epifanía personal, hallamos el eco de una historia más compleja, de unas vidas que no se pueden resumir en un cuento, pero sí resplandecer, explotar en él y que justifican el subtítulo: “Una autobiografía confusa”. De lo que serían, a su vez, muy buenos ejemplos, los relatos "Derrapar", "Divinos detalles" o "Todos han vuelto".

Por supuesto, y más tratándose de su primer libro de cuentos, no todos funcionan así, y en algunos casos la filigrana se agota en sí misma, en su propio artificio, en una excesiva herencia libresca o cinematográfica y genera, a veces, la sensación de que “esto ya lo he leído o visto en otra parte”. Sin duda, tras Los ensimismados, el reto de Paul Viejo es demostrar que, más allá de su notable habilidad técnica para los relatos breves o muy breves, es capaz de construir, interrelacionar y hacer crecer sus personajes en una narración más extensa. Pero que un libro de relatos contenga varios tan bellos y antologables como los citados lo justifica sobradamente como conjunto. Y por supuesto, los amantes de ese género a menudo injustificadamente anónimo y subterráneo no deberían perdérselo.



Ensimismada correspondencia

Pablo Gutiérrez

Lengua de trapo, 2011. Colección "Serie Business Class"

ISBN: 978-84-8381-115-3

156 páginas

18 €



Ensimismada correspondencia es mi primera aproximación a la obra de Pablo Gutiérrez, que, además, ha publicado dos novelas, Nada es crucial y Rosas, restos de alas con una notable recepción crítica. Gutiérrez nos presenta a una serie de personajes aislados, solitarios, inactivos que no encuentran o ni siquiera buscan un interlocutor, una vía de escape. Puede tratarse de un joven que va en coche a la playa y evoca unos versos de Gil de Biedma. O un oficinista que recuerda a su amante veinteañera. O un profesor de religión obsesionado por el porno. O una quinceañera hastiada que pasa la noche conectada a un chat erótico y charlando con sus tortugas. O, incluso, el propio Juan Ramón Jiménez recibiendo cartas melosas, apasionadas, falsas, de una supuesta admiradora, una dama criolla de Perú.

En estos relatos donde la acción es mínima, y que en gran parte se reducen a la descripción de un estado mental, de una emoción, el verdadero protagonista es la prosa de Pablo Gutiérrez que posee una fuerza rítmica y un lirismo verdaderamente desusados. Quizás puede recordar al primer y mejor Umbral de Las ninfas o, incluso, al Cela de novelas-poema como Miss Caldwell habla con su hijo o Mazurca para dos muertos, aunque en su temática no tenga nada que ver con ninguno de los dos. Sólo por paladearla merece la pena la lectura.

Esa potencia expresiva, no obstante, no oculta que se trata de un libro irregular en el que dos de los relatos, el pictórico "Ultramort" -que es uno de los mejores cuentos que he leído en muchísimo tiempo- y "Georgina Hübner, en el cielo de Lima", tienen mucho más calado que los demás. En el resto, Gutiérrez parece realizar una serie de variaciones sobre una misma situación básica, el personaje aislado, estático, y un único escenario; y en ocasiones funciona mejor -"Búsqueda.doc", "Virgen de las aguas"- y otras bastante peor, como en su "Conferencia", supuestamente dirigida a un público adolescente y que se diría, en realidad, la proyección de una mentalidad adolescente. Por encima de esas debilidades, Ensimismada correspondencia ha sido, en resumen, el descubrimiento de un auténtico escritor. Y os aseguro que sus libros anteriores no tardarán mucho en caer en mis manos.



La familia del aire

VV.AA. Edición y prólogo de Miguel Ángel Muñoz

Páginas de espuma, 2011

ISBN: 978-84-8393-051-9

480 páginas

29 €




CODA: Para el comentario del último libro, prefiero tomar unas pocas citas de sus protagonistas:

Hoy en día, cuando estoy escribiendo y me hallo en algún punto álgido o epifánico de mi texto, me viene a la cabeza un lector enemigo, uno de esos odiadores que dicen que hago metaliteratura y no sé qué otras clasificaciones más, todas tan estereotipadas. Y me digo: ¡Cómo le va a cabrear esto! La simple idea de que al odiador le voy a sacar de quicio me estimula de forma grandiosa, me ayuda a seguir adelante, a seguir creando.Enrique Vila-Matas.

(¿Soy el único al que le divierten enormemente las puyas y pequeñas maldades que suele deslizar Vila-Matas en sus entrevistas?)

La identidad, o eso que antes llamaban alma, no es en realidad otra cosa que la memoria. Y si cerramos los ojos somos solo recuerdos y nada más. Cada cosa nueva que nos ocurre cae rápidamente en ese pozo de memoria donde va a mezclarse con todo lo demás, a veces hay reacciones químicas explosivas, otras el alma cambia misteriosamente de color.” Carlos Castán.

Escribí el libro, así suene a tópico, que a mí me hubiese gustado encontrar entonces en las mesas de novedades, un libro de cuentos escrito con algún desparpajo, con alguna valentía torera, que se jugase la vida en cada párrafo, literariamente incorrecto, irreverente con tanta norma establecida, un libro que supiera contarme bien un chaparrón de mentiras, para instalarme fuera del todo de la realidad. Es ahora cuando me lo pregunto: ¿cuántos lectores habrá por ahí afuera que busquen un libro así? No serán muchos, me temo.Hipólito G. Navarro.

“A lo mejor suena muy exagerado, pero es que yo me veo los próximos treinta o cuarenta años de mi vida escribiendo (¡en serio!), así que, pensándolo de este modo, ¿cómo voy a preocuparme porque no se hable de mi primer libro?” Sara Mesa.

(Si un escritor primerizo no es capaz de suscribir esta frase, debería cambiar de oficio. Inmediamente.)

La familia del aire. Entrevistas con cuentistas españoles, editado por Miguel Ángel Muñoz -conocido tanto por sus propios libros de relatos como por la impagable labor de difusión del género que realiza desde su blog El síndrome Chéjov- puede utilizarse como manual de autoayuda para jóvenes aspirantes a literatos, como mapa de un género que vive un (secreto) auge y, sobre todo, como panorama de las filias, fobias, lecturas, recuerdos y muchas cosas más de algunos de los mejores escritores de nuestro país, desde consagrados como Cristina Fernández Cubas o Enrique Vila-Matas a jóvenes valores en ascenso como Iban Zaldua o Mercedes Cebrián. No están todos los que son -y tal vez sea imposible que así sea-, pero, desde luego, vale la pena. No duden en recetárselo.

Nota: esta reseña se publicó parcialmente en notodo.com

01 marzo 2011

Un vallisoletano en la corte del rey Poseidón

Notas de un viaje a Oriente

Julián Marías

Páginas de Espuma, 2011. Edición de Daniel Marías y Francisco Javier Jiménez

ISBN: 978-84-8393-028-1

208 páginas

21 €

Epílogo de Javier Marías


Alejandro Luque

"Ciudad de Cádiz" se llamaba el barco que salió de Barcelona el 15 de junio de 1933, con el objeto de recorrer el Mediterráneo con casi dos centenares de estudiantes y docentes españoles a bordo. Empezaba así la singladura del legendario Crucero Universitario que, impulsado por la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, pasaría por distintas ciudades de Túnez, Malta, Egipto, Turquía, Israel, Grecia e Italia a lo largo de un mes y medio. Su trascendencia se debe al hecho de que entre los jóvenes cruceristas se encontraran nombres que con el tiempo tendrían no poca relevancia en el ámbito intelectual español, como el profesor Lasso de la Vega, Jaume Vicens Vices, Gregorio Marañón, Isabel García Lorca, Gonzalo Menéndez Pidal, Guillermo Díaz-Plaja, Salvador Espríu o Julián Marías.

De éste último nos llegan las Notas de un viaje a Oriente, la crónica de aquel periplo que, gracias a un concurso organizado entre los pasajeros para premiar al mejor diario de viaje, vio la luz de un modo fragmentario en prensa y luego en el libro colectivo Juventud en el Mundo Antiguo (1934). Tantos años después, Páginas de Espuma ha tenido el acierto de rescatarlo en edición anotada y acompañada de generoso material gráfico, correspondencia relativa al viaje –donde sabremos, por ejemplo, de la visita que recibieron de Valle-Inclán desde Roma–, la lista completa de los participantes y un pliego de curiosísimas Prevenciones generales de obligada observancia.

Para los estudiosos, el interés principal de estos textos es la definitiva decantación de su autor hacia la Filosofía, el modo en que el Mediterráneo, escenario de las grandes preguntas de la Humanidad, señaló al joven Marías la senda de una vocación que ya habían alentado Zubiri y Ortega. Y el muchacho estaba predispuesto desde la partida: “Este viaje es, para mí, un intento de aproximación a Grecia y Judea [...] El viaje es, pues, vertical, hacia lo hondo de nuestros espítitus”, escribía.

No obstante, hay un muro en su sensibilidad, que no sabemos si atribuir a su procedencia castellana, que le impedirá conectar con el mismo fervor con otra significativa parte del Mare nostrum. “De lo egipcio y lo árabe –algo ya completamente distinto– habría mucho que decir; pero es mejor, como motivo no central, dejarlo para más adelante”. ¿Habría acaso un andaluz percibido la vibración de lo propio en la orilla sur mediterránea? Tampoco es seguro. Lo cierto es que la brecha psicológica entre lo judío y lo helénico de un lado, y lo árabe del otro, estaba bien abierta en el pensar colectivo de la época, hasta el punto de que Marías considere que en Alejandría “no hay nada egipcio”, o que Palermo le resulte esencialmente “normanda y española”, pero nada árabe.

No obstante, la narración del viaje discurre sobre una prosa exquisita, salpicada de observaciones inteligentes, por más que se trate lógicamente de un cuaderno de aproximaciones, conjeturas, intuiciones, y no de conclusiones rotundas. Tan pronto ensaya agudas consideraciones sobre lo clásico, como ve –todavía candorosamente– en el fascismo italiano “algo que trasciende absolutamente de lo político para entrar de lleno en el modo de ser, en el tono de las cosas”.

Y, al mismo tiempo, se percibe en estas páginas una ausencia notable: salvo alguna anecdótica, casi accidental pincelada, apenas se habla de la gente. De esta manera, Pompeya no está más muerta que Jerusalén, Kairuán o Atenas. El mar y las arenas, las ciudades y las ruinas acaparan tanto la mirada de Marías que la presencia humana es casi nula, y no porque estuvieran aislados: en una de las cartas a sus padres, por ejemplo, asegura que “hemos hecho trato con más sefarditas que pelos hay en la cabeza de cualquiera de ellos”. Tal vez creyera que la materia no sería de interés para sus lectores; en todo caso, es revelador que un chaval concentrado en la narración “de lo que le pasa a uno” al ponerse frente a las cosas, no reparara en lo que le pasa al ponerse frente a las personas; lo que nos induce a pensar que ya en la Segunda República española el germen del turismo futuro estaba ya enseñando uno de sus peores vicios.

No se puede, en fin, ser severo con el Marías de entonces. Tenía 19 años, y toda la vida por delante para afinar sus criterios y crecer. No hay duda de que aprovechó ese tiempo. Nunca consintió reeditar sus notas, dicen que porque en el crucero viajaba el compañero que le denunció tras la Guerra Civil, lo cual le costó meses de cárcel y casi el paredón. Pero ahora sabemos que fue en el Mediterráneo donde ese muchacho que no sabía nadar encontró, más que la tan cacareada cuna del pensamiento occidental, un desafío crucial a su arrojo y a su inteligencia.

16 marzo 2010

Breve, pero intenso

La máquina de languidecer

Ángel Olgoso

Páginas de Espuma, 2009

ISBN: 978-84-8393-045-8

131 páginas

14 €





Jesús Cotta
Me pregunto por qué en nuestra época somos tan dados al haiku en poesía y al microrrelato en prosa. ¿Lo pequeño se lleva porque han muerto los grandes ideales y preferimos el detalle lírico al monumento épico? ¿O tal vez porque tanto estímulo visual y tantos efectos especiales nos inclinan a la literatura breve e intensa antes que a Dante?

De hecho, esta página misma surgió de unos microrrelatos.

El caso es que con este libro de Olgoso les he pillado por fin el gusto a los microrrelatos, género que siempre he admirado porque me parece dificilísimo escribir uno bueno: si cada párrafo de una novela requiriera el mismo esfuerzo y arquitectura que un microrrelato, uno tardaría siglos en terminarla.

Mientras que los microrrelatos de algunos autores parecen más bien un fotograma o una secuencia o el apunte para una novela o tan sólo un pincelada aforística sin nada narrativo, los de Olgoso son auténticos microrrelatos, casi todos ellos con un final imprevisible que alumbra de pronto lo que uno acaba de leer. Otros tienen la sorpresa al principio y un toque de emoción desgarrada al final. Los hay también que tienen un toque más reflexivo o descriptivo y esos me gustan menos. Pero en todos hay una evolución y un ritmo intenso.

Sin embargo, no son el extrañamiento ni la sorpresa los únicos recursos de Olgoso. Se agradece el lenguaje exacto, justo, con agilidad y muchos registros verbales y, sobre todo, la agilidad de temas, tonos y planteamientos.

Maravillado estoy aún con La melancolía de los gigantes y con El ángel.

Lástima que la mayor parte de los relatos se asome a un mundo oscuro y a veces espantoso. Invito al autor al microrrelato donde de pronto se haga la luz allí donde había sólo oscuridad.

Recomiendo, pues, este libro para los amantes del género o para quien quiera iniciarse en él. En la variedad, disparidad e inteligencia de estas microarquitecturas que abren a mundos más grandes, está el gusto.

25 enero 2010

Cambalache

Por favor, sea breve 2 . Antología de microrrelatos

Edición de Clara Obligado.

Páginas de Espuma, 2009

ISBN: 978-84-8393-011-3

250 páginas

15 euros


Javier Mije

El microrrelato me tiene muy confundido. El género tiene sus profetas, sus exégetas, sus códigos teóricos, sus editores, sus detractores, e incluso una nómina no desdeñable de autores que lo tienen como segunda o tercera residencia, mientras construyen los cimientos de alguna novela que los consagre de verdad como escritores. Esta última afirmación es sólo una ocurrencia. No coincide del todo con mi pensamiento. Es injusta, indocumentada y pueril. Debería haber terminado en la papelera y no en una reseña literaria. Es lo que ocurre con algunos microrrelatos: no deberían haber sido escritos, no deberían haber sido publicados. Lo que los críticos más partidarios de la causa afirman de los microrrelatos me parece casi siempre hiperbólico –un gran Retablo de las maravillas que no alcanzo a ver-. Lo achaco a la inseguridad de un género que intenta ganarse poco a poco el respeto de los lectores. Examinemos la siguiente frase del prólogo de Clara Obligado a esta antología: “las buenas minificciones y los buenos escritores son legión”. ¿Qué ocurriría si la extrapoláramos a otros géneros, a otros aspectos de la vida? Los buenos poemas y los buenos poetas son legión. Las buenas novelas y los buenos novelistas son legión. Las rubias de ojos verdes de mi agenda son legión. No es verdad, lo exquisito es por definición deficitario, raro, y como dice el tango de Santos Discépolo, “revolcados en un merengue y todos manoseados”, el problema de las antologías es esa mezcla que sirve en un mismo plato obras de calidad diversa. Pero sigamos. ¿Qué sentido tiene escribir microrrelatos? ¿Es sólo un ejercicio de diletantes, un fraude literario como algunos han afirmado? Escribir cuentos muy breves tiene todo el sentido. El mismo que escribir ensayos, novelas, enciclopedias, sonetos o letras de canciones. Ni el sentido ni el placer -de la lectura, se entiende- residen en el tamaño. El sentido, cito a un lingüista cuyo nombre no recuerdo, “es aquello que evita que el lector, al acabar de leer una narración, diga: ¿y qué?” “Bueno, ¿y qué?” es mi anotación más frecuente, me temo, cuando leo microrrelatos.
Redacto estas consideraciones desde mi gran aprecio al microrrelato. El microrrelato, digamos, me duele. Me gusta escribirlos y sé lo difícil que resulta. Escribir corto no es escribir fácil. Me gusta leerlos y sé que la excelencia es infrecuente. Pero un libro de microrrelatos es siempre una promesa del tipo que pocos artificios literarios ofrecen. Resulta excitante pasar la página de cualquier recopilación de minificciones con la certeza –con la esperanza al menos- de que al otro lado nos espera una nueva historia, alguna extraña puerta que la voluntad de un autor ha decidido abrir en la realidad para ampliar nuestra visión del mundo, alguna iluminación que no llegamos a comprender del todo pero en cuyo revés intuimos la solvencia de un gran escritor, la constatación de que la vida podría ser de otra forma y de que el lenguaje bien empleado está ahí para desvelárnosla. Todas estas son sensaciones que he experimentado al leer algunos de los mejores textos de esta antología. Hay aquí más de una docena de microrrelatos excelentes y otro buen puñado de ellos de gran dignidad, notables incluso, y puedo afirmar que lo bueno es lo predominante en la selección de Clara Obligado. Bien por Ángel Olgoso, Shua, Raúl Brasca, Rafael Camarasa –qué terriblemente bueno es su Daguerrotipo-, Merino, Barragués Sainz, Luisa Valenzuela, Neuman y algunos otros. Bien por el editor que tanto está haciendo por las formas breves. Pero también es justo constatar que al lado de textos soberbios hay otros triviales, previsibles, sin sustancia, anecdóticos, irrelevantes, de una peregrina ingenuidad, faltos de hondura y de ambición literaria, en modo alguno antológicos. O dignos de una antología del “¿y qué?”. ¿Es un problema de esta selección? Yo diría que no. Es sólo un síntoma de la inestabilidad de un género que no ha terminado aún de definirse.
Quizá deberíamos proponer entre todos algunas ideas que contribuyan a normalizarlo. Mi primera tesis es que hay autores que no se toman en serio la escritura de microrrelatos, que los abordan sin el respeto con que afrontarían modelos literarios más consagrados. Escritos en horas bajas, con resaca, o en la servilleta de un restaurante, el microrrelato se convierte en un cajón de sastre para creaciones que no tendrían que haber salido del cajón del escritorio. Por otra parte, a los críticos, prologuistas, antólogos y académicos interesados en la ficción breve yo aconsejaría algo más de modestia. Debemos reivindicar la dignidad, dificultad y calidad literaria de los microrrelatos. Pero me parece un error hacerlo desde la hipérbole. Los microrrelatos no son siempre poéticos, insumisos, rompedores, revolucionarios, fulgurantes, explosivos, lúdicos y multiorgásmicos. No vendamos motos. No hace falta. La mayoría de las novelas tampoco son así y el género goza de una magnífica salud. Si alguien me dice que un microrrelato que consiste sólo en un punto y aparte es una obra maestra pienso que me está tomando el pelo. Si alguien afirma que le causa terror un cuento del tipo: “Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta”, pienso que me quiere dar gato por liebre. El exceso de entusiasmo en la crítica genera falsas expectativas y puede defraudar la lectura de obras que no aspiran a transformar el mundo ni a dinamitar las formas literarias. Un microrrelato no es el Che Guevara. Un microrrelato no cura el cáncer. Es sólo una historia contada en pocas palabras. Ni más ni menos eso. Una historia que a veces hay que leer al sesgo, y que requiere de los lectores cierto esfuerzo interpretativo, cierta paciencia, cierta relectura. No ingerirlos de forma masiva sería mi consejo a los lectores. Dejarlos madurar en la mesita de noche durante algunas semanas. Las relecturas producen sorpresas. A veces uno despierta de la siesta y encuentra la respuesta a esa pregunta maliciosa del “¿y qué?”. Es ahí donde, junto a las gafas y el reloj despertador, tengo desde hace años el famoso cuento de Monterroso.

11 diciembre 2009

Nada sobrenatural

Los que rugen

Care Santos

Páginas de espuma, 2009

ISBN: 978-84-8393-042-7

168 páginas

15 euros





Carolina León


De esta mujer, que no es ni mucho menos recién llegada, se pueden esperar de entrada sensaciones de intensidad literaria. Si se trata del relato breve, género en el que se estrenó y atesora varios volúmenes, incluso podemos empezar a salivar antes de probar bocado, imaginando lo que a continuación va a venir.

Pues, aficionados al cuento en general y a los cuentos de delicada composición y filigrana, atención al regreso de Care Santos a la narrativa breve. En “Los que rugen”, hay ficciones de sólida formación, recorridas por seres fantasmales, espectros, personas que fueron o personas que ya no van a ser, y también algunos vivos. Unos llegan para perturbar a los otros, los otros se pliegan a las olas de sus ausencias, y los que narran bien pueden estar en uno u otro lado, pero siempre rezumando una sensibilidad extraña hacia los "fenómenos". Sin embargo... si algunas de estas piezas entrara a formar parte de una antología de literatura fantástica, no sería ni exacto ni justo.

La forma en que Santos inserta un mundo con otro hace que se diluyan las fronteras y una cosa deje de estar separada de la otra. No hay muertos ni vivos, hay seres dolidos por la pérdida y obligados al olvido, expuestos a la soledad y al extrañamiento del mundo. A ratos, los fantasmas de estos cuentos son muy corpóreos y, por momentos, los personajes “de carne y hueso” se desvanecen y se comportan como sombras.

El resultado, al haber recorrido todas las historias, es una agradable sensación de coherencia, de ausencia de tópicos, de naturalidad viva y fresca que hace de la fantasía lo más real posible en este universo literario. Porque nada habría más inexacto y desastroso, en 2009, que rellenar páginas con historias de “fantasmas” como si nada hubiese cambiado desde el siglo XIX: ahí está Care Santos con una actualización bien urdida y la pose, nada fingida, de que esta realidad sin ese otro lado, sin las zonas no comprensibles o aprehensibles por el intelecto, no sería esta realidad.

Hay fantasmas que no se reconocen como tales (“Por las noches aullamos”), la presencia inquietante de la más fría soledad (“Círculo Polar Ártico”), los problemas que nos crean aquellos a los que ignoramos o despreciamos (“Orden alfabético”), el lastre de la más sencilla falta de decisión (“Seis botellas, o tres, de Gran Reserva”), lo desconocido que se instala en lo familiar (“Promoción de otoño”) o ajustes de cuentas que se guardan con mucho celo (“Marcar un gol”). Para estos fantasmas y sus sufrientes manifestaciones, hay “comienzos que pueden parecer extraños”, están “preocupados por la dificultad del final” o, inadvertidos, entienden que “no se podía estar más equivocado”.

Ser fantasma y escribir ficción son cosas muy parecidas, parece querer decirnos la autora. Al cabo, requiere de entender y descifrar millones de diminutas encrucijadas en cada nueva frase, en cada sintagma.

Estos cuentos de apariencia sencilla y tema “sobrenatural” no lo son en absoluto (ni lo uno ni lo otro). Y, al cabo, la autora nos está contando más secretos sobre el propio acto de metamorfosear la realidad en historias que sobre los fantasmas de quienes, para ser honestos, poco sabemos nosotros.

28 octubre 2009

La tradición del cuento

Quédate donde estás

Miguel Ángel Muñoz

Páginas de Espuma, 2009

ISBN: 9788483930342

154 páginas

14 €


Joaquín Blanes

Tradicionalmente la fama del cuento en español (o en castellano, táchese lo que no proceda) se asociaba con los autores del “cogollito” del boom hispanoamericano (como lo llamaba el chileno José Donoso), sin embargo, en España, hemos tenido siempre una buena cosecha de cuentistas y en el último decenio del siglo XX se abrieron paso narradores que hicieron del cuento una profesión de fe. Si hablamos del sur tendríamos que hablar, entre otros y a bote pronto, del siempre afable Hipólito G. Navarro, con libros como El cielo está López (1990) o El aburrimiento, Lester (1996). Seix Barral recogió en 2005 gran parte de su divertido imaginario en el libro Los últimos percances. Recuerdo también al inigualable Félix J. Palma, con una capacidad para la fabulación extraordinaria y magistral, ejemplo inexcusable del cuento en español (o en castellano, táchese lo que no proceda). Deslumbró con El vigilante de la salamandra (Pre-Textos, 1998) y se fue confirmando en el universo particular de los certámenes literarios porque ha ganado infinidad de ellos (oneroso o envidiable, táchese lo que no proceda).

Siguiendo en el sur, surge en esta década del XXI un cuentista almeriense que no es relevo sino suma de la devoción por el texto breve y los tramos cortos, en ocasiones más difíciles de llevar a cabo que una novela porque no admiten dudas, ni altibajos.

Miguel Ángel Muñoz (no confundir con MAM el de Un paso adelante) se dio a conocer en 2006 con El síndrome Chéjov, entre otras cuestiones por la valiente apuesta que ha hecho Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, que con perseverancia ha ido editando libros de relatos de autores destacados que, probablemente, otras editoriales no se atrevían a publicar porque, sostienen, que el cuento no vende.

Miguel Ángel Muñoz vuelve a publicar un libro de cuentos con Páginas de Espuma, Quédate donde estás es el título, un libro que intercala relatos de una extensión, digamos, larga, con otros textos más breves que pueden leerse como poéticas particulares del autor o como anécdotas literarias (“Las dos hermanas” o “Vaivén”). Abre fuego una vocacional declaración de intenciones llamada: “Quiero ser Salinger” y le sigue “Ropa de verano”, un cuento sosegado, casi tierno, lleno de nostalgia, una nostalgia triste y metafórica sobre la soledad y el aislamiento. “Vitruvio” es uno de esos relatos extraños e inquietantes que todo cuentista decide acometer con osadía, sin reparar en la dificultad que entraña conseguir que el lector admita la premisa de que a un hombre le injerten dos brazos nuevos, sin prescindir de los que vienen ya de fábrica, con los genes. Una variedad de Shiva dedicada a la escritura. Sin embargo, Miguel Ángel Muñoz, hace que lo fantástico parezca cotidiano, hasta normal, y el cuento sea uno de los más destacables del libro, junto con el entrañable “El reino químico”, evocador de la infancia, retrata los miedos que atormentan la infancia y las relaciones familiares complejas (vamos, las de todo quisque).

Un libro de cuentos, a diferencia de una novela, tiene la peculiaridad de ser un muestrario de historias de las que el lector rescatará del olvido algunos cuentos, no todos, llevado por el arbitrio y la singularidad del que afronta la lectura. Los cuentistas escriben un buen puñado de relatos con la intención de salvar del olvido alguno de ellos, pero nunca se salvan los cuentos del mismo modo; para salvar un conjunto razonable de cuentos hace falta asentarse, lentamente, en la tradición, que tu nombre se vaya sedimentando en el inventario de autores indispensables, como el vino añejo, y el de Miguel Ángel Muñoz, por su tenacidad y su escritura esmerada, comienza a formar parte de esa taxonomía.

Muy recomendable para todo cuentista es visitar su blog: El síndrome de Chéjov.

01 octubre 2009

España, nipomanía y humor

España, aparta de mí estos premios.

Fernando Iwasaki

Páginas de Espuma

164. páginas

ISBN. 978-84-8393-043-4

15 euros



Jesús Cotta

Después del buen sabor que nos dejó con su Ajuar funerario y Helarte de amar, Fernando Iwasaki nos ha entregado este España, aparta de mí estos premios, con el que uno aprende de la condición humana y de España, disfruta de una buena pluma y, además, se ríe a carcajadas. ¿Qué más se le puede pedir a un autor?
El humor que este libro rebosa es una gentileza del autor, porque simplemente con el alarde literario que brilla en sus páginas ya nos daríamos muchos por satisfechos. Pero, encima, uno se ríe con él y no nos lo cobra.
Frente a autores ceñudos y cenizos que implícitamente nos invitan al suicido colectivo con cada una de sus obras, Iwasaki nos invita a la risa. Pero no se trata de una risa sarcástica o de meter el dedo en el ojo o de ajustar cuentas con nadie. Es la suya, y la del lector, una risa inteligente, con un fondo de piedad y simpatía hacia el género humano, y que consiste en sacarle partido a la realidad y llevarla hasta sus últimas consecuencias, que es el absurdo, como hacía Aristófanes. Los serios de España, los que ven la paja en el ojo ajeno y no ven la viga en el suyo, tienen con este libro la oportunidad de curarse.
El libro no critica la existencia de premios literarios, ya que gracias a ellos los autores ganan dinero. Esta obra, más bien, partiendo de la cortedad de miras y los prejuicios ideológicos de muchas bases de concursos literarios, ridiculiza muchas cosas que en este país nos tomamos demasiado en serio y por las que no valdría la pena pelearse. El humor es un relativista la mar de sano.
Cada uno de los relatos del libro va precedido de las bases delirantes del concurso y seguido del inefable fallo del jurado. Y a todos esos concursos se presenta el mismo autor con el mismo relato, adaptándolo a las exigencias ideológicas de las bases. En ese relato pluriforme o, si prefieren el griego, polimorfo, el protagonista es un japonés de lo más simpático y extravagante gracias al cual el autor gana todos los concursos. El resultado es un libro desternillante, ingenioso, agudo, pero el adjetivo que más le cuadra es el de cojonudo. El libro es, pues, un homenaje a Japón, que siempre, y más con Iwasaki, ha caído bien por estos lares, y una colleja amable a esa parte de España que sólo con libros como éste podrá curarse la ideologitis, esa incapacidad para reírse de uno mismo y de sus propias ideas.
Los localismos y los nacionalismos, que nos pueden llevar a sobrellevar lo autóctono sólo porque es autóctono, la corrección política que por un multiculturalismo indiscriminado puede incluso llamar muerte digna al sepuku, la telebasura que con la excusa de la solidaridad y la información filma las miserias humanas, los prejuicios de los políticos, la memoria histérica e histórica... todo eso deja de ser absoluto y serio y solemne y sesudo en estas páginas de espuma y se convierte en relativo y gracioso. Recomiendo su lectura a todos los que estamos aquejados de alguna de estas enfermedades aburridas y tontas: nacionalitis, feminitis, multiculturalitis, esnobitis, patrioteritis, buenitis...
Para aquellos que sobrevivimos en la vida gracias al humor, libros como éste nos recargan la batería para varios días. El mismo autor dice en el prólogo, y lo dijo en la presentación del libro en Sevilla:
“Hay dos Españas y sólo es posible escribir para una de las dos. Mi elección es clara y rotunda: siempre escribo para la España que sabe reírse de sí misma”.
Con este libro he descubierto que mis escritores favoritos y mis mejores amigos pertenecen a esa España simpática, que es, en definitiva, la que siempre sale adelante, la que no esconde la cabeza ni pone el dedo en el gatillo.

27 julio 2009

Miserias y grandezas de un género

Cazadores de letras. Minificción reunida

Ana María Shua

Páginas de Espuma

ISBN: 978-84-8393-032-8

894 páginas.

29 euros





Javier Mije
El microrrelato es un género fascinante. El microrrelato es un refugio de perezosos aficionados a las letras y tahúres del pensamiento. Contar una historia en pocas palabras exige un esfuerzo de condensación lingüística y habilidad expresiva superior al de la poesía -cuya vocación primordial no es narrativa-. Cualquiera puede escribir un par de líneas con cierto ingenio y etiquetarlas como literatura. La exaltación de lo breve, lo indefinido, lo fugaz, no es más que el producto de una sociedad que no tiene al trabajo –el de bueyes necesario para levantar obras más sólidas- entre sus valores. El microrrelato no es fruto de la haraganería sino reflejo de una época -¿posmoderna?- que ha desarticulado sus valores tradicionales en favor de otros sentimientos como la inconsistencia, la fugacidad, lo lúdico y lo intrascendente. No sé qué pensar de los microrrelatos, salvo que son como las novelas: excelentes o mediocres según quien las perpetre (¿Hace falta añadir que, en ambos casos, la sublimidad es minoritaria?). Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) suele escribirlos con acreditada solvencia.
Este volumen de casi 900 páginas y más de 800 textos reúne las minificciones completas de la autora, originalmente incluidas en los libros La sueñera, Casa de geishas, Botánica del caos y Temporada de fantasmas, publicados entre 1984 y 2004, y el inédito -y en estado de elaboración- Fenómenos de circo. Para los no familiarizados con el género cabe aclarar un posible malentendido: escritura breve no equivale a lectura rápida, y enfrentarse a estos textos exige un esfuerzo de concentración que hace desaconsejable su ingesta masiva (lo contrario, ciertamente, termina fatigando). Pocos géneros requieren como éste de la colaboración del lector, en pocos –dado lo desamueblado de estas obras- la instancia lectora contribuye con su conocimiento, experiencia, intuiciones y cultura literaria a la creación de significado. Una técnica similar, afirma Shua en una entrevista reciente, a la de las artes marciales, “donde se aprovecha la fuerza del adversario”.
Los mejores textos de Cazadores de letras son los que cumplen con una de las reglas fundamentales de toda ficción -ya sea a lo Monterroso o a lo Balzac-: la de contar una historia. Es comprensible que a lo largo de tan dilatada carrera la autora no haya sido siempre fiel a ese compromiso, y algunas de estas minificciones resultan ilustrativas de los peligros de contaminación del microrrelato con otros géneros como la prosa poética, la greguería o el chiste, cuyos juegos de ingenio – no confundir con algunos valiosos ejercicios de exploración lingüística que contiene este libro- Shua sortea casi siempre. Pero es justo señalar que el grueso de su producción une a la virtud de la narratividad la aspiración de alcanzar ese otro lado cortazariano –predominan lo onírico, lo fantástico y lo absurdo sobre lo realista- en fábulas que exploran las relaciones –insospechadas, humorísticas, inquietantes a veces- que mantienen entre sí objetos y personajes disímiles, como el hombre lobo y el dentista reunidos en uno de los cuentos de La sueñera. Bajo este título –primero de la colección- Shua explora acertadamente los intercambiables pasadizos entre la vigilia y el sueño en textos arracimados en torno a una misma línea argumental, que sin embargo se torna algo limitada y reiterativa –en este caso el hilo conductor es el mundo de la prostitución- en Casa de geishas. Pero el libro recupera en seguida su excelencia con Botánica del caos y Temporada de fantasmas - este último contiene uno de mis relatos preferidos: Los chicos crecen-, y constituye un muestrario impagable de las posibilidades expresivas de un género que hace precisamente de quienes lo practican –en busca de una ajustada obra de ingeniería en la que cada palabra que no contribuye al sentido debe eliminarse- auténticos cazadores de letras.